Índice del número 34
Abril de 1923. Año 4º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm
- El dogma católico. F. M. Morales
Las misiones católicas (3). Fr. Juan B. Botet, ofm
Acción Antoniana (7 y último). Desiderio
Murillo y Martínez Cubells (3). F. Asensio
Notas históricas de la Seráfica Provincia de Valencia.
Los abriles de las almas. Poema. José Corts Grau - El amanecer. Poema. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Benisa y su Purísima Xiqueta. Poema. Fr. Luis Ángel Roig, ofm
Principios (3). Hipias
La Asamblea regional mariana.
Noticias desde Onteniente, desde Teruel
Letras protestadas en todos los bancos de España. Fray Martín
Crónica
Tiempo pascual
El Dogma Católico
Los dogmas de la Iglesia Católica, a pesar de su aparente obscuridad, revelan al hombre muchos secretos, abren a su actividad ancho campo y le descubren horizontes que la inteligencia humana no podía ni siquiera sospechar.
Los que combaten el dogma católico, suponiéndole una muralla que nos mutila el entendimiento y la voluntad, impidiéndonos circular más allá de sus fronteras; o ignoran que su recinto es superior a la mente del hombre, o son desagradecidos a la misericordia divina, que, atendiendo a nuestra torpeza nos descubre verdades sobrenaturales que iluminan nuestra razón, para no caer en las tinieblas del error y de la duda.
El dogma no es candado que cierra, sino llave que abre; no es muralla que priva, sino atalaya y observatorio que domina; afirmación y no negación,-firmeza de principios y no vaivén de dudas y oscilación de voluntades.
Además, los dogmas nos son útiles. La creencia en ellos ha hecho nacer virtudes de que no parecía capaz la humana naturaleza v costumbres que solo se encuentran en las naciones cristianas. Eso es lo que nuestros antiguos apologistas respondían a los filósofos enemigos del cristianismo. Es preciso que estos dogmas sean útiles, pues por no haberlos conocido aquellos filósofos, por otra parte tan ilustrados, no enseñaron más que absurdos sobre la naturaleza divina, sobre la del hombre y su destino, sobre las reglas de las costumbres, sobre la causa de nuestras pasiones y sus remedios.
Son asimismo estos dogmas, inevitables, pues Dios, para darse a conocer, no puede mostrarse tal como es: incomprensible.
El dogma consolador de la Resurrección de Jesucristo, milagro de los milagros del Hijo de Dios hecho Hombre, es la brillante cúpula y glorioso coronamiento de su vida santísima, y la prueba más «humana» de su divinidad. Sin dejar de ser un hecho, por ser necesaria, y sin dejar de ser necesaria, por ser útil, la Resurrección de Jesucristo, como todas las obras divinas, es también un don magnífico otorgado por Dios al hombre para alumbrar su entendimiento con la plena confirmación de su doctrina, y fortalecer su corazón con la esperanza de una nueva vida inacabable y venturosa.
La Resurrección de Jesucristo es prenda segura de la «resurrección de la carne» y de la «vida perdurable», supremos anhelos del alma humana.
F. M. Morales
Las Misiones católicas (3)
El misionero católico necesita auxiliares: sin ellos, la obra grandiosa de la propagación de la fe no podría prosperar, moriría indefectiblemente. Porque el misionero católico no lleva a tierra de infieles más que el crucifijo y el breviario: lleva además, es cierto, su gran corazón, lleno de amor a Dios y al prójimo, abrasado por el celo de la salvación de las almas; mas todo esto, con ser mucho, no basta.
En un ejército que lucha por la Patria, no bastan el valor y el esfuerzo, la abnegación y el heroísmo del soldado: son necesarias armas y municiones, pertrechos de guerra que la Patria envía al campo de batalla; sin estos auxilios, el ejército no podría dar un paso adelante, no podría ensanchar los límites de su nación, no podría luchar, ni vencer al enemigo.
Así también; los misioneros católicos forman un ejército innumerable, extendido por toda la tierra, por todos los países de infieles: no van, es verdad, a conquistar aquellas tierras para unirlas a su nación, ni van tampoco movidos por el interés, ni por el afán de lucro: van tan solo a conquistar almas; pero aquellas almas están en poder de enemigos formidables; y para vencer a tales enemigos necesitan armas poderosas, armas especiales.
Además, los misioneros no son puros espíritus, son hombres de carne y hueso, y necesitan alimentarse, sostener sus fuerzas corporales, repararlas constantemente para poder desempeñar los múltiples oficios de su misión; necesitan luchar con los agentes de la naturaleza que los debilitan, les agotan las fuerzas, les roban la salud, y los atacan con achaques y enfermedades sin cuento.
De aquí las dos clases de armas que necesita el misionero católico: oraciones y limosnas.
Armas que todos podemos proporcionarles; todos, sin excepción alguna, sin distinción de sexo, ni de clase, edad, ni condición; todos debemos enviar dichas armas a las misiones católicas, si queremos formar parte de aquel ejército aguerrido, y tener participación en sus lauros y conquistas.
¿Quién dirá que no puede enviar a los misioneros oraciones o limosnas, o las dos cosas a la vez?
* * *
El misionero necesita limosnas. Así lo ha enseñado siempre la Iglesia Católica, y así lo ha practicado siempre toda la cristiandad. Y desde los primeros días del Cristianismo, cuando los Apóstoles empezaron la predicación del Evangelio, eran socorridas constantemente con las limosnas de los primeros cristianos, sin cuyo auxilio no hubiesen podido dedicarse por completo a la santa obra.
Y desde entonces, en todos los siglos, en todas las naciones católicas, en todas las Diócesis, se han recaudado y se recaudan limosnas para sostener y fomentar la grandiosa Obra de la Propagación de la Fe.
Y éste es uno de los pensamientos que más alientan y consuelan al misionero católico: el ver que la Iglesia, su Santa Madre, y todos sus hermanos en la fe., esparcidos por todo el orbe, se preocupan y se interesan por su obra y se desprenden de parte de sus bienes materiales para favorecerla; y en sus horas de amargura y acaso de desaliento y desconsuelo, piensa que no está solo en medio de aquellos bosques poblados de infieles, en aquellas islas, sembradas en los océanos, en medio de aquellas dilatadas llanuras que ha de recorrer; sino que en todas las naciones católicas, y especialmente en su propia Patria, tiene millones de católicos que le envían continuamente recursos para proseguir su obra.
Y cuando recibe el misionero las limosnas que de su Patria le llegan, las bendice, las riega con sus lágrimas, ensancha su corazón, respira con mayor holgura, porque aquellas limosnas van a remediar sus necesidades más urgentes y las de sus neófitos o nuevos cristianos.
Sí, no lo dudéis, almas caritativas, bienhechoras de las misiones: vuestras limosnas son esperadas con ansia por los misioneros, son recibidas con manifestaciones de la más profunda gratitud, y sobre todo, y lo que más vale, son agradecidas con oraciones que ellos mismos elevan al cielo, y hacen elevar por vosotras, a las ovejuelas que forman su rebaño.
Innumerables son los medios con que podemos procurar limosnas a nuestros misioneros: suscripciones anuales y mensuales, huchas especiales, destinadas para las Misiones; privaciones de cines, teatros, novelas y de otras diversiones que cuestan dinero; privaciones de golosinas, juguetes y objetos de lujo; y otros mil medios que ingenia la caridad cristiana, y que ni siquiera podemos mencionar. Pero no quiero pasar por alto un medio sumamente fácil, sencillo, al alcance de todos, puesto y a en práctica por muchas personas piadosas. Me refiero a la llamada compra de niñas infieles, por medio de una pequeña cantidad, prohijando y haciendo bautizar con nuestro propio nombre, a la nueva cristiana.
No ha mucho según nos refiere una Revista de Misiones, una niña valenciana ha comprado por tres pesetas, una niña india, ahijada suya, que ha sido bautizada con su propio nombre, María Luisa.
¡Cuántas niñas indias podrían ser bautizadas con el nombre de María de los Desamparados, María del Pilar, Antonia, Josefa, o con otros nombres, con tan pequeña limosna!
Anímense las jóvenes antonianas y las niñas y niños de la Infancia de San Antonio, a imitar el ejemplo de esta niña valenciana; pues no saben cuánta gloria darían con ello a Dios, y cuántas gracias y bendiciones atraerían del cielo para sus propias almas.
CULLERA.—Nuestra Señora del Castillo y su renombrado Santuario, del que están encargados desde el año pasado los PP. Franciscanos.—Las fiestas que se celebran en esta ciudad, la segunda semana de Pascua, en honor de la Patrona, son solemnes y a ellas concurren de todos los pueblos de la Ribera.
Acción Antoniana
VII y último
¿Deseamos que toda entidad antoniana florezca como ramillete de olorosas y pintadas flores? ¿Intentamos infiltrar el espíritu de San Antonio en alguna «Juventud» que languidece, como rama de árbol atacada por oculta enfermedad? ¿Queremos que nuestra asociación sea la primera en sus determinaciones, la más generosa en sus actos de caridad, la más entusiasta en los festejos civico-religiosos que organice, demostrando todos sus afiliados amor al Santo Paduano? Poned al frente ella un buen Director. Este es el punto más importante en la vida de una asociación: tener quién presida dignamente, quién aliente sin desmayos, quién ordene con acierto.
¿De qué cualidades debe estar adornado el Director? De las siguientes:
Nadie ha de superarle en amor a S. Antonio. Y este amor se tiene que desbordar en sus palabras y manifestaciones, así como el agua salta del pilón que se encuentra rebosante. Nada mas fácil para comunicar entusiasmos que poseerlos: el entusiasmo es un saludable contagio moral que penetra en el corazón de las muchedumbres, cada día mas devotas del Taumaturgo de Padua.
Además, el Director debe vivir respirando el ambiente de la asociación y pulsar los latidos de las actividades que abrace, se llaman estas: Centro, Pia-Unión, Juventud, Infancia, Pan de los Pobres, Ropero, Catequesis, Teatro, Deportes, etc. Una vez saturado del perfume que despide el conjunto y del fin que persigue cada una de sus modalidades,no encontrará dificultad alguna para que la asociación logre sus bellos ideales, actuando en cada momento con la oportunidad conveniente. El Director que se reviste de esta especie de obsesión, piensa, indaga y pregunta qué se podría idear para dar mas empuje a la obra; qué obstáculos se oponen a su desenvolvimiento; qué dificultades pueden presentarse; con qué medios cuenta para resolverlas. Y al efecto, medita su plan, lo aquilata y modifica según las circunstancias; cuenta y avalora las fuerzas de que dispone en los asociados o en sus familias; se sirve hasta de los sucesos imprevistos que la Providencia le depara. De este modo no le sorprenden los acontecimientos y dirige con seguridad la asociación a su fin.
Debe verse también al Director identificado, compenetrado con los elementos, que componen la Junta Directiva, sabiendo apreciar el valor positivo o negativo de cada uno de sus miembros. No prescindirá de la Junta ni aún en los menores detalles, pues así se aportan energías, se multiplican las fuerzas, se funden los entusiasmos, se sortean con facilidad las dificultades, y se realizan los proyectos.
El enemigo más temible que debe afrontar el buen Director de una Asociación, es el cansancio. En el transcurso de su actuación católico-social, le sobrevendrán contrariedades que amargarán su alma e intentarán detener el movimiento de la obra o se le presentarán dificultades cuando ya casi creía obtener el logro de sus fines o hasta puede que envidias, celos, calumnias, etc. que germinan espontáneamente en la tierra de corazones innobles, se ceben en su fama u honor o también que la ingratitud de quienes colmó de atenciones entibien sus entusiasmos.
En estos casos se necesita poseer un espíritu templado en el crisol de la tribulación para continuar el bien comenzado. Mas el Director al asumir el gobierno de la asociación debe contar de antemano con enemigos a quien combatir y que se multiplicarán a medida que tenga más floreciente su obra. Cuantas veces, pues, el infierno intente levantar a su alrededor tempestades de contradicción y oleaje de enemistad para hacer naufragar la navecilla de la asociación, confíe en su protector San Antonio, que el glorioso Taumaturgo derramará copiosa lluvia de consuelos y gracias sobre su corazón en particular y sobre su obra en general.
Desiderio.
Los pintores de San Antonio
Murillo y Martínez Cubells
III
La familia de MurilloTuvo Murillo de su matrimonio, cuatro hijos: Isabel Francisca, que fue Religiosa en el convento de la Madre de Dios, en Sevilla; José Esteban, que murió de corta edad; Gabriel, que fue Sacerdote, en América; y Gaspar Esteban, Sacerdote también y pintor, que llegó a Canónigo de la Catedral Sevillana.
Sus principales discípulosTuvo por sus mejores discípulos a Pedro Núñez de Villavicencio, Francisco Meneses Ossorio, Juan Simeón Gutiérrez, Andrés Pérez y Alonso Miguel de Tovar, Francisco Antolinez y Sarabia y Sebastian Gómez, llamado «el Mulato».
La obra de Murillo Si el sentimiento en el arte da la inspiración, no es de extrañar que los cuadros de nuestro biografiado—espíritu, como hemos visto eminentemente religioso,—tengan una fuerza tal de realidad y verismo, que de ellos se pueda decir que las imágenes que pintaba están hablando. Se cuenta del lienzo de San Antonio, que muchas veces penetran los pajarillos por los ventanales de la Catedral e intentan
posarse en la mesa que ha y en primer término y picar las azucenas del cuadro. Ningún crítico ni perceptista ha sabido todavía explicar el procedimiento técnico ni la ley de armonía en virtud de los cuales se combinan sin violencia la divina y resplandeciente luz en que el Niño viene envuelto con la ascética oscuridad de la celda del Santo.
Dicen los técnicos que donde más ha resplandecido el genio de Murillo ha sido en la representación de María en el Misterio de su Concepción sin pecado. A 26 ascienden las que se han catalogado de las capitales. Con razón, pues, se le apellida el pintor de las Concepciones.
* * *
El arte en nuestra patria sufrió grandes vicisitudes cuando la invasión francesa. Rebosa nuestro pecho indignación al pensar el sinnúmero de atropellos que en nuestras iglesias y museos cometió el ejército invasor, entregado al saqueo. Hablando de las peripecias de las pinturas de Murillo durante esa época, escribe un autor de mediados del pasado siglo, refiriéndose a la Concepción pintada para los Venerables de Sevilla.
«Se hallaban estos Padres en posesión de tal maravilla, cuando estalló la guerra de la Independencia y el ejército francés penetró en la ciudad. Estando paseando una mañana dos Hermanos de la Comunidad, cayeron sobre ellos los soldados invasores. Llevados ante los jefes, fueron sometidos a Consejo de guerra bajo el peso de una acusación de espionaje. Poco tiempo después se leía a los Frailes la sentencia, en que se les condenaba a ser pasados por las armas. Al saberlo el Prior, atribulado, pidió una audiencia al general en jefe. Lo que entre aquellos dos hombres se tratase, solo lo saben Dios y ellos. Debieron, sin embargo, las instancias del Prior ser tan vivas y tan convincentes sus razones, que salió con el indulto en la mano. Sólo que, poco después, la Comunidad, agradecida al general, le hacía generosa donación de la Perla de las Concepciones, consignándolo así en auténtico documento.
Cuando murió el mariscal Soult, que conservaba cuidadosamente sus trofeos, se anunció la venta del cuadro, en pública subasta, para el 19 de Abril de 1852. Reunido la víspera el Consejo de ministros,
acordaba secretamente, autorizar al director general de Museos para que se impidiese la salida de Francia del cuadro.
La subasta, ha sido de las más célebres. Una inmensa concurrencia invadía el local donde tenía lugar. El perito tasador la inició, pronunciando estas palabras:
—Se saca a pública subasta la Concepción de Murillo, bajo el tipo de 150.000 francos.
E inmediatamente estalló una salva de aplausos. El acto no era para menos. No se recuerda objeto alguno, mueble, que haya salido a pública almoneda con tipo tan elevado. Restablecido el silencio, se produjo desde todos los ángulos del salón un fuego graneado de 250 pujas seguidas a mi! francos cada una. Cuando el voceador, sin aliento ya, exclamó, como pidiendo una pausa: ¡Cuatrocientos mil!... el público, ante aquel espontáneo honor a Murillo prorrumpió en nuevos aplausos. Continuando las pujas más pausadamente y batiéndose ya en retirada muchos lidiadores, se alcanzó, sin embargo, la cifra de 500.000 francos. Entonces el acto cobró nuevo interés, porque solo quedaban dos contendientes: uno, extranjero, al parecer; otro, francés. Se cruzaron entre ambos, hasta ochenta y cinco pujas seguidas, siempre de mil francos. Sólo cuando el licitador francés llegó a 586.000 francos hubo un silencio sepulcral. Mirando entonces el presidente al otro licitador, que con un ademán de visible angustia se declaraba vencido, dijo pausadamente:
—Se adjudica por 586.000 francos... y
—¡A la Francia, señores!—interrumpió un concurrente, el conde de Nieuwerkerke, director de Museos, presa del más vivo entusiasmo.
Fácilmente se adivina que el licitador francés era el agente del Gobierno.
El cuadro se colocó en el más espléndido marco de cuantos existen; con él se puso en el Louvre en lugar de honor, campeando sólo, sin que le circunden otras composiciones, y allí admiran propios y extraños la aparición que por medio de Murillo hace ante los mortales la Reina de los Cielos. Cuando el pueblo la contempla, rodeada de su coro de 30 ángeles, cree a veces percibir en el grupo un movimiento ascensional, y por eso llama vulgarmente al cuadro la Asunción de Murillo.
Pero si este cuadro es tan maravilloso, las cuatro Concepciones que poses el Museo de Sevilla y sobre todo, las dos de cuerpo entero, no van a la zaga, y así lo han reconocido los extranjeros mismos. Sólo que estas no tienen historia maravillosa, ni ha costado su adquisición millones, sangre, ni astucia.
Una de ellas es de tipo moreno y tiene las manos juntas, la otra es rubia, con la cabellera y el manto flotantes, la cabeza inclinada hacia atras, en éxtasis el rapo azul de su mirada, y las manos cruzadas sobre el pecho. La adora y sostiene ala vez un coro de ángeles, en una agrupación llena de vida. La luz del cuadro es resplandeciente y dulce, sin haberla visto se presiente que tal es la luz del cielo. Los ángeles que flotan en esa luz y en ese ambiente, sostienen blancas azucenas de pureza, encendidas rosas de hermosura, flexibles palmas de gloria y ramos de olivo de paz, preciados atributos de la Reina a quien adoran. Cómo se ha hecho ese cuadro, imposible adivinarlo. Las actitudes de las figuras no son violentas, y, sin embargo, el modelo vivo no hubiera podido resistirlas en reposo.»
F. Asensio.
Notas históricas de la Seráfica Provincia de Valencia
Familia de Codinats.- Reedificación de la iglesia de este Convento
Las dos casas que cedió el rey don Jaime a los franciscanos, situadas en la calle de Zaragoza, para que las habitasen mientras durase la construcción de su convento, fuera de los muros de la ciudad, vinieron luego a ser propiedad del noble Berenguer de Codinats, rico-hombre que tanto ayudó a don Jaime en sus conquistas de Mallorca y del Reino de Valencia. Posteriormente, ambas casas constituyeron la casa solariega de don Benito y de don Berenguer de Codinats, hijo y nieto respectivamente del mencionado Berenguer de Codinats, el Antiguo.
Corrían los años 1372, cuando, necesitando de pronta y sólida reparación la iglesia de este convento, quiso Dios se realizaran sus obras, precediendo un hecho prodigioso, acaecido a don Berenguer de Codinats, nieto, como hemos dicho, de Berenguer de Codinats el Antiguo.
Como dicha reparación urgía y los religiosos no disponían de medios para llevar a cabo tamaña empresa, tomó el asunto por su cuenta el mismo Seráfico Padre San Francisco. Se presentó con traje de mendigo en casa del mencionado Berenguer de Codinats, y después de exponerle la necesidad que padecían los franciscanos, a causa del estado tan deplorable en que se hallaba su iglesia, le pidió humildemente les favoreciera con alguna limosna. Extrañado don Berenguer de la petición de aquel mendigo, no le hizo el menor caso, despidiéndole con desdén. Insistió el mendigo en su petición, y entonces, desconcertado el caballero, intentó arrojarlo de su casa, usando de la violencia. Se descubrió de repente nuestro Seráfico Padre, enseñándole las sagradas llagas que, impresas en sus manos, pies y costado, aparecían bañadas en admirables resplandores.
Confuso y humillado don Berenguer, se arrojó a los pies del Santo Patriarca, pidiéndole perdón por la conducta que con él había usado. Le levantó el Santo en sus brazos y le dijo: «Anda y repara la iglesia de mi convento que amenaza ruina», y al punto desapareció. Partió luego al convento, y, después de haber referido el suceso a la Comunidad, vio la ruina que amenazaba la iglesia, e inmediatamente dio las órdenes oportunas para que se reparase a sus expensas, con ampliación de la capilla mayor, donde eligió su sepultura (1).
«Conforme al gusto de aquellos tiempos», dice el Padre Martínez Colomer, se erigió una nave de arquitectura, cuyas capillas que se cerraban con verjas de hierro se elevaban hasta encontrar los ramales que cruzan la bóveda entre arco y arco: los altares por el mismo estilo. No tenía cornisa la iglesia y apenas había ventana por donde pudiese entrar la luz, porque la lobreguez en los templos era el estilo de entonces. El coro estaba bajo en el mismo sitio donde ahora es el medio de la iglesia y en este lugar se abrió un sepulcro en 1385 para enterrar el cuerpo del devoto Berenguer, cuya alma pasó a la eternidad por Mayo de aquel año. Para que no pereciese ni la memoria de este bienhechor ni la causa de haberlo sido, fijaron sobre la misma lápida una lámina de bronce donde estaba grabada la imagen de San Francisco del modo que se le apareció en su misma casa con una inscripción que contenía en breve la relación de su aparecimiento» (2).
(1) P. Teixidor. Monumentos históricos de Valencia. T. II. pág. 23.
(2) P. Martínez Colomer. Hist. de Valencia. T II. Ms.
Nuestros poetas
Los Abriles de las almas
Surgió la Primavera. En su veste de ondina
se prendió desangrada una flor peregrina,
una
dulce promesa de risueña ilusión.
surgió la Primavera... su aliento son las brisas,
sus
luces las estrellas, sus notas las sonrisas,
los
valles su camino, su trono el corazón.
Vino con la ternura del misterio insondable,
con
el gesto divino de una vida inefable,
de la vida que nace y se yergue triunfal.
Mas ¡cuántos se apostaron al borde de la senda
y esperarán en vano la perfumada ofrenda
sin
recibir el soplo de su voz virginal!
Y aquel capullo nácar que brota en el camino
por
ley inexorable de su fatal destino
caerá en las soledades temblando de dolor...
y seguirán brotando capullos de rosales,
y seguirán bramando los rudos vendavales,
y seguirán cayendo las hojas de la flor.
Naturaleza oscura que engendras la alegría
y la
sepultas luego con la mortaja fría
de un Otoño que muere sediento de vivir:
¿Porqué duran tan poco tus galas y colores?
¿Porqué no pisas siempre tus alfombras de flores?
¿Porqué no es perdurable tu mágico jardín?
Y en nuestra primavera, en los ocultos senos,
en el azul redaño de nuestros goces buenos,
¿porqué ha de entrar el cierzo de la desilusión?
y en la quietud sublime de nuestro santuario,
¿porqué causa la asfixia aquel mismo incensario
que un día perfumaba nuestra feliz visión?
Y esos contrastes mudos entre jardines y almas,
entre espinas y rosas, entre huracán y calmas,
entre valles floridos y valles de ansiedad...
También los mundos tienen sus vivas emociones
con sonrisas y sangre, con llantos y canciones
como sonríe y llora la pobre humanidad.
Oh! Cuántos corazones en esta primavera
contemplarán cubierta de flores la pradera
y sentirán marchitas las rosas del candor.
Y cuántas almas tristes, entre su densa bruma
mirarán temblorosas la flor que les perfuma
mientras desflora el llanto los sueños del amor.
Que venga, si, que nazca en nuestras arcas de oro
la primavera grata con su gentil tesoro,
el tesoro, el aliento de la felicidad.
Que perduren las galas de las almas dichosas,
que resuciten pronto las almas dolorosas,
que vibren, siempre, siempre las auras de la paz.
¡Señor! que la armonía de valles y jardines
levante en nuestro pecho los cánticos sublimes
de ternura y belleza, de santo resurgir.
Que enlacen los rosales en torno de la vida
cuando ahonde su zarza en dolorosa herida,
las rosas del ensueño perfumen el vivir.
José Corts Grau

José Corts Grau
Rector de la Universidad Literaria de Valencia
(29 dic 1951 - 31 mar 1967)
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