Índice del número 38

Agosto de 1923. Año 4º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm

Covadonga

¡Covadonga! El simbolismo y la fuerza histórica que tiene esta palabra mágica para el pueblo hispano, nos obliga a escribirla con santo temor y respeto.

La dolorosa circunstancia de encontrarse el mundo todo envuelto en el fragor de la Guerra Europea provocada por la barbarie de la civilización, distrajo la atención nacional de una fecha, la más interesante de cuantas registran los anales de nuestra Patria.

Covadonga

[De Wikimedia]

En 1 de Agosto de 1918 se cumplía el XII.° centenario del nacimiento de España. En esa Cueva bendita, y engendrada por el heroísmo y el sacrificio en el seno de la Fe Católica, el 1 de Agosto del año 718 nació la Monarquía española, dando carácter y personalidad propia y bien definida al pueblo más grande de la tierra; pues en el Guadalete se fundieron todos los elementos nacionales; y de la altivez y del espíritu independiente del pueblo ibero, de la inmensa cultura romana que avivó y perfeccionó nuestro genio dando a Roma los más ilustres sabios y Emperadores, y de la ruda virtud del noble pueblo godo, depurados en el crisol del infortunio, se apartaron las escorias de la idolatría, de los vicios y de la herejía; y el oro purísimo de nuestra raza fue a parar a esa Cueva que moldeó nuestro carácter como ella hondo y levantado y firme como la roca en que está labrada.

Deshecho el ejército de don Rodrigo y sometida la Península al invasor, era humanamente imposible ofrecer resistencia al joven pueblo árabe, impetuoso y fanático; pero la Providencia se valió, como siempre, de las grandes miserias para realizar sus grandes maravillas; y escuchando propicia la sencilla oración y aceptando el sacrificio generoso de aquel puñado de valientes que ofrecieron sus vidas en defensa de la Cruz, que enarbolaron como bandera, peleó con ellos la famosa Batalla de Covadonga (cuyo triunfo es todavía un misterio en la ciencia militar) y unos cuantos soldados cristianos, acaudillados por D. Pelayo, bastaron para aniquilar al poderoso ejército de Alkamah y dar comienzo felicísimo a la Gran Reconquista.

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Vista de la basílica [Viajes fin de semana]

D. Pelado y su yerno Alfonso I el Católico descansan en toscos sepulcros labrados en el fondo de la Cueva junto a ese sencillo santuario de madera, donde se venera a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de Covadonga.

Cuando tanto se prodiga hoy la lápida, el busto y hasta el monumento para honrar a personas que por el mero hecho de aceptar estos homenajes pierden todo mérito, pone amargura y santa indignación en el alma contemplar la pobreza de aquellas tumbas hasta hace poco profanadas con los restos de comilonas de incultos visitantes.

Por eso un Prelado ilustre, hijo de Valencia, el señor Sanz y Forés, a quien Oviedo ha dedicado una de sus más hermosas calles; cuando fue a tomar posesión de aquella Diócesis, dispuso que su primera visita oficial fuese al santuario de Covadonga; y llorando sobre la miseria y el abandono en que se encontraban aquellos lugares venerandos, ordenó al arquitecto que le acompañaba que levantase los planos de la magnífica Basílica romano - bizantina de piedra rosácea que muestra el segundo grabado. Entre ésta y la Cueva se alza hoy un espléndido hotel, el Hotel Pelayo, propiedad del Cabildo, donde se ofrece, con otras hospederías modestas, asilo y descanso al patriota y al turista.

Un tren-tranvía que llega hasta el mismo Covadonga desde Arriondas, en la línea de Oviedo a Santander, facilita cómodamente el acceso a la montaña sagrada.

Si yo fuese algún día gobernante no dejaría pasar la frontera a ningún español turista, si antes no había pasado por Covadonga a examinarse de Historia de España y a jurar sobre el sepulcro de Pelayo y de Alfonso I, la fe de la Patria.

S. O. Lerma.

A la juventud antoniana

San Antonio, guía de la juventud


Mis queridos jóvenes antonianos: Los que formáis esta simpática Asociación del gran Taumaturgo Paduano, pertenecéis casi todos, a esa edad encantadora, en la que todo es vigor, fuerza, energía, esperanzas, alientos, desarrollo: la juventud.

Y durante esa edad, vais subiendo la escarpada pendiente de la vida, alegres, afanosos, intrépidos, atraídos por esa aspiración noble y generosa que Dios ha puesto en vuestras almas, de subir y subir siempre, hacia las cumbres que coronan todos los estados, carreras, empleos y destinos de la sociedad humana.

Mas esas cumbres elevadas suelen estar envueltas por una nube blanca, tenue, impalpable, como esa neblina que oculta los picos de las montañas más altas, y nos impide ver desde la llanura los riscos, los precipicios y abismos que las rodean, las espinas y abrojos que sangran los pies del caminante, antes de llegar a ellas.

Pero no importa: en esa edad florida de la juventud, casi ninguno de vosotros repara en tales obstáculos; subir y más subir es siempre vuestra constante aspiración: como sube la savia desde las raíces más profundas de los árboles, a través del tronco y de las ramas, hasta que llega a las últimas extremidades de la copa, y llena todo el árbol de hojas, de flores y de frutos.

Mas vosotros, antes de llegar a la cumbre, todavía es muy largo el trecho de camino que habéis de recorrer: y en ese largo trecho ¿qué será de vosotros? ¿cuántos caeréis en el camino, para no volver a levantaros ya más? ¿cuántos sucumbiréis en los peligros, en las emboscadas y lazos que os tiene preparados el enemigo, o mejor dicho, los innumerables enemigos que os rodean y os persiguen de muerte, desde el primer día de vuestra existencia?

En una palabra: ¿cuál será vuestro porvenir? ¿qué será de vosotros a los veinte, treinta o cuarenta años?

«El porvenir, dice el P. Van Tricht, se abre ante vosotros como una galería profunda, sombría, llena de misterio, por la que debéis enderezar vuestros pasos; y vuestro espíritu va adelante, procurando penetrar hondamente en esa cosa desconocida que nada ilumina, como la mirada inquieta busca en la noche vacía y tenebrosa algún vago contorno de sombra en que fijarse.»

Hed ahí el problema que se os presenta, mis queridos jóvenes antonianos, y que no podéis resolver ahora, pero cuyas innumerables incógnitas se irán eliminando, a medida que se vaya descorriendo el tupido velo que oculta vuestro porvenir.

Y para recorrer ese largo trecho de vuestra vida, necesitáis Un guía, un conductor fiel, inteligente, experto, valeroso, bueno, que os lleve de la mano y os vaya apartando de los peligros, abismos, precipicios y simas profundas en que podríais despeñaros y perderos para siempre.

¿Queréis un guía que reúna todas esas buenas cualidades?

Ahí tenéis a San Antonio, vuestro Patrono, joven como vosotros, sabio, diligente, simpático, amable, cariñoso, y sobre todo Santo, quien será vuestro mejor amigo y compañero, y os guiará por ese intrincado laberinto, en que vais penetrando, a medida que avanzáis por el sendero de la vida.

Y si acaso alguno de vosotros, acompañado por vuestro celestial Patrono, es acometido por el enemigo, pretendiendo arrebataros el honor, la inocencia, la salud, el alma, poderoso es él, para auxiliaros en la lucha y daros fuerzas para alcanzar la victoria.

San Antonio pues, os irá dando en estas páginas de su Revista, consejos, lecciones, luces, instrucciones prácticas, sencillez, fáciles, asequibles a todos, digeribles y asimilables sin esfuerzo alguno, para que todos sus lectores os podáis aprovechar de ellas y aplicarlas en las distintas situaciones y circunstancias de vuestra vida.

Mientras tanto y para no alargar más esta carta, os saluda afectuosamente, y se despide de vosotros, quien en nombre de San Antonio os habla, vuestro amigo

Fr. Juan B. Botet, ofm

A las brisas del mar

Alegres brisas de la mar risueña,
hijas activas de la fresca ondina,
tiernas hermanas de las ninfas puras
estadme atentas.
De los ocultos misteriosos senos
de este mar grande que contemplo absorto,
y entre sus ondas que se balancean,
salid activas.
Que el dios Eolo rompa las cadenas
de blanca espuma con que os aprisiona,
y alzad el vuelo, dirigid las alas
hacia la tierra.
Id impregnadas de frescura suave,
id bien repletas de amor y sonrisas,
y la mar pura que tierna os engendra
os dé sus gracias.
Corred alegres a la tierra ardiente,
y en sus jardines removed las flores,
V entre sus selvas agitad las hojas
con dulces sones.
Bebed aromas en floridas vegas,
llenad las alas de dulzor y mieles,
y coronadas de la blanca espuma
corred la tierra.
Ya Febo ardiente levantó su vuelo,
sus rayos cálidos por doquiera prenden,
todo lo llena su calor activo
de ardiente fuego.
Vosotras hijas de la mar salada
seréis del hombre refrigerio y bálsamo
si caprichosas recorréis activas
por sus moradas.
Todos anhelan vuestro aliento fresco
en el bochorno del estío cálido,
cuando agitado y sudoroso el hombre
siente fatigas.
Cuando vosotras llenas de frescura
alzáis el vuelo por la mar risueña,
y caprichosas, llenas de ternura
vais a la tierra,
ya por la playa llenos de sudores
los marineros al plegar sus redes
miran atentos a la mar altiva.....
es que os esperan;
y cuando empiezan a rizar las ondas
ven muy alegres que entre las espumas
surgen las brisas para confortarles
con su frescura.
Y al punto sienten que como caricias
su frente rozan ráfagas de hielo,
es que las brisas dan a sus vecinos
su primer beso.
Luego festivas ya su vuelo tienden
jugueteando por las arboledas,
salvando oteros corren por los prados
y las campiñas.
Todo lo agitan con murmullos suaves,
dan a las flores perfumados besos,
y balancean en flexibles ramas
las tiernas aves.
¡Oh dulces brisas de la mar grandiosa!
¡Oh mensajeras de la paz del alma!
el hombre triste vuestro aliento espera,
dadle bonanza.
Corred activas y besad su frente,
Templad graciosas todos sus ardores,
dadle descanso, suavizad su vida
con vuestro aliento.
Yo que os espero desde que alza el alba
sobre la arena de la playa ardiente,
sedme oficiosas, mensajeras fieles
de mis anhelos.
Yo en lontananza, tras altivos montes,
dejé recuerdos de feliz morada,
y entre las brumas de este mar grandioso
surgir los veo.
¡Oh brisas tiernas, sedme mensajeras,
llevad alegres a mi hogar sagrado
mi amor, mi anhelo, mis recuerdos gratos,
todo mi afecto!
Corred festivas que esperando quedo
vuestro retorno a la mar grandiosa,
y entre los pliegues de la blanca espuma
llevadme nuevas;
nuevas dichosas de mi patria amada,
nuevas alegres de mi hogar sagrado.
¡Oh mensajeras, deliciosas brisas!
ved que os espero.
Con vuestro aliento de frescura suave
todo revive por la playa inmensa,
¡oh dulces brisas! así yo revivo
con la esperanza.
Veo a las naves agitar sus velas
y andar airosas cual gacelas blancas;
es porque el soplo de amorosas brisas
alienta en ellas.
Y al dar en tierra las ligeras naves
tras una noche de penosa brega,
repletas redes muestran los marinos
de ricos peces.
Con cestos varios de nudosos mimbres
las pescadoras en la playa aguardan,
mientras el soplo de la brisa alegre
juega en sus greñas.
Llenan los cestos con los ricos peces,
y por su rostro ya el placer retoza,
que va brotando de su grato pecho
dulces cantares.
Todo ese gozo, brisas placenteras,
es vuestro aliento, que lo llena todo,
como el respiro de secretas hadas
del mar inmenso.
Alegres brisas de la mar risueña,
llenad la tierra de placer y dichas,
que yo gozoso junto a vuestra cuna
bendigo al cielo.

Fr. Manuel Balaguer, ofm
San Justo (Altea), Julio 1923.

Los pintores de San Antonio

Murillo y Martínez Cubells

IV. Salvador Martínez Cubells

Nació este ilustre pintor en Valencia, en la casa número 5 de la calle de Gracia, en el mes de Noviembre de 1845.

De su padre, Francisco Martínez Yago, también pintor, recibió las primeras lecciones. Después estudió en la Academia de San Carlos, de Valencia. Allí fue condiscípulo de Domingo, Cortina, Agrasot y Muñoz Degrain, todos ilustres artistas fallecidos ya, menos el último, a quien Málaga acaba de rendirle un grandioso homenaje.

Y dejemos la palabra al ilustre artista, el que, en las postrimerías de su existencia y hablando de su vida con un periodista que le visitó, se expresaba así:

«—¿...?

A los doce años pintaba ya. Nada conservo de lo que en aquella época hice. Los dos primeros cuadros de relativo empeño que pinté, de costumbres valencianas, ambos inspirados en la huerta, me los compró el marqués de Campo. Esos cuadros estuvieron en la Exposición de Madrid el año 1864.

—¿...?

— Desde ese año viví ya en Madrid.

—¿...?

—No traía nombre ninguno. Aquí tuve que hacérmelo. Luché mucho, pasando una temporada de gran estrechez, aunque acaso es una de las que con mayor gusto recuerdo; que también tiene sus encantos la vida bohemia, para vivida, cuando se es joven, y para recordada, cuando se llega a viejo.

Aunque no fue larga, tuve mi época de bohemio. En esta misma casa —como nota curiosa, puede usted apuntar que hace la friolera de cuarenta y cinco años que vivo en ella,— en el piso tercero, donde todavía tengo el estudio, lo tuve por aquel entonces. Estudio y casa en una pieza. Vivíamos aquí reunidos Antonio Muñoz Degrain y yo. Hacíamos una vida desordenada. Para dos cosas estábamos juntos: para trabajar y para oír música, a la que teníamos gran afición. Cuando lográbamos reunir para una entrada del Real, nos repartíamos la representación como hermanos. Uno estaba dentro; el otro aguardaba a la puerta del teatro. En los entreactos nos recogíamos la contraseña y cada cual disfrutaba así de un trozo de ópera.

Recuerdo que en aquella época había a la puerta de las iglesias una especie de librería, que cerraban con unos grandes tableros. Sobre este armatoste, en la iglesia próxima, dejábamos la llave del cuarto.

El que primero se recogía la colocaba debajo de la puerta para cuando llegara el otro.

En aquella época una peseta tenía para nosotros los caracteres de un milagro.

Paco Domingo, que vino de Roma por aquel tiempo, quiso vivir con nosotros. Le advertimos que no había sitio, pero se empeñó en que sí; se trajo un colchón, y en el mismo estudio dormía. En las paredes del estudio, por debajo de los tapices que las cubren ahora, hay señales de nuestra labor de aquellos días. Dibujos de Muñoz Degrain y míos y caricaturas de Paco Domingo. Calcule usted el cariño que yo debo tener a mi estudio.

V. La salvación.—Restaurador del Museo

—Repito a usted que luché muchísimo.

Y que fue para mí la salvación el cargo de restaurador del Museo, que gané por oposición— Martínez Cubells ha sido el único que obtuvo de ese modo el nombramiento,—y que he desempeñado por espacio de veinticinco años.

Cuando las oposiciones se anunciaron, estaba yo en Valencia, a donde volví porque la quería mucho y había empezado a sentir su nostalgia. Muñoz Degrain me escribió diciéndome: «Te he presentado a la oposición». Vine; la lucha fue reñida; éramos veinticuatro opositores y gané la plaza. También esto me costó sinsabores. Eran los días en que se unieron los dos antiguos Museos de Madrid y se hizo el del Prado. La prensa seguía con interés el asunto y me fue francamente hostil. No vio con agrado mi nombramiento. Algún periódico llegó a decir que yo iba a «asesinar los cuadros, porque yo era un buen pintor; pero un mal restaurador». Yo creo que, por el contrario, era más restaurador que pintor. Como pintor valía entonces muy poco.

El sueldo de restaurador del Museo me «restauró», y pude vivir con menos apuros.

F. Asensio

Desde mi aldea

Al P. Atanasio Jordá y a Luis Hernández, que tan atentos han sido con sus inmerecidos elogios para conmigo.

Agradecido a vuestras frases. ¡Cuántas veces me estremecí de placer al pensar en aquellos lectores que en sus horas de ansias bellas recitaran mis versos! Todos los aplausos no valen lo que una sola lágrima derramada al meditar unas rimas en las que el poeta vertió el contraste de su alma con sus alboradas y con sus ocasos...

Sueños, vivir, amar... porque cuando la tristeza de la realidad nos roza con sus alas sombrías, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos rasgar nuestras palideces y por ese resquicio mirar hacia el azul?...

Yo quisiera, hermanos, leeros un poema— ¡oh! el consuelo de abrirnos a quienes vibran acordes—el poema de mi ruta poética, que comencé a trazar en los umbrales de mi vida. Una orfandad silenciosa suspiró su primer canto..; y luego versos de azucenas dictadas por una Madre a quien me confiaron mis padres moribundos y a quien me acogí yo al sentir el choque de mi desventura; versos que brotaron cuando el alma soñaba, soñaba en todo lo soñable; y al ascender por la pendiente brava, versos que se desangraron un día al estrujar el corazón unos amores que nacían para morir viviendo, y dejaron en el pecho una melancolía que se filtra en mis canciones; después, versos que descendían con angustias de nieves. Ahora quiero cantar a la vida, a todo lo bueno, a todo lo bello. ¡Resurrección!

Y al par que recitaros mi poema, yo quisiera también dedicar una estrofa a cuanto queda grabado en mi alma: a aquel lecho donde vi a mis padres abrazados al Crucifijo, a aquellas tardes en que el corazón ardía en ansias de vivir más, de soñar siempre, de llegar a aquellos paisajes inabordables de amores nunca marchitos..., y finalmente, yo quisiera ofrendar un canto de cariño y de recuerdos a los muros benditos de mi Colegio.

Santos muros cuya visión guardé avaro en aquel véspero de vuestra despedida. Os quedabais solos, muy solos. Y es ahora en mis momentos de nostalgia cuando brotan estas rimas suaves de anhelos y de inquietudes. Sois la tienda levantada para alivio de caminantes.

¡Madre augusta! En el fondo del corazón llevamos grabada una imagen de tu imagen que adoramos en silencio, que besamos en los fríos de la angustia, que abrazamos en las ansias profundas de nuestros sueños de felicidad.

Padres que infundisteis en el alma paz de cielo, que cincelasteis nuestra mente y encendisteis en nuestro pecho los amores santos, una estrofa para vosotros que habla de agradecimientos y cariños, de paz y de ventura...

Me habéis ensalzado, sin duda no me conocíais, ya veis, yo he querido, al devolveros el saludo, contaros estas cosas.

Si mis versos levantaron tu espíritu, ¡loado sea Dios! ¡Yo he necesitado tanto para resucitar!...

La irónica figura del fracaso,
que no deje a su paso
inerte el corazón, el amor frío;
Ante la sangre de la abierta herida
que palpite la vida
con más fuego, más ansias y más brío.

José Corts Grau
Fortaleny, Julio 1923.

Emigrante

Rafael abandona su pueblo como tantos y tantos emigrantes. Su madre llora, y agitando el pañuelo, se despide del barco que se aleja.

Adiós. La madre quiso redimirlo, sacarlo de los terrones donde nació y donde su padre, a fuerza de sudores, pudo sacar el pan con que se alimentaba cuando niño. Un acantilado de la costa va cubriendo, poco a poco, la blanca imagen de la nave. La llorosa mujer deja su sitio, y, secándose los ojos con su pañuelo, sube al acantilado que le tapó a su hijo. Todavía ve el barco un momento más.

Las brumas de la tarde envuelven a la viejecita que se yergue en la cima como el genio del bien, que extendiendo las manos al infinito, bendice al hijo que parte. La tarde cae.

Un manto negro, como el manto del olvido, cubre el mar y el acantilado, por un momento se ve aún la negra figura con los brazos al cielo. Más tarde, las tinieblas invaden el paisaje. Ya es la noche.

Las olas siguen acercándose a lamer las blancas arenas de la playa, con su murmullo sordo. Luego se alejar, también murmurando un eterno adiós. Sale la luna, sus rayos forman un camino plateado sobre el mar. Su tenue luz marca las siluetas negruzcas de las cosas. Las olas parece que apagan sus murmullos o adquieren tonos misteriosos. Todo es en la noche silencio y soledad, como lo es también en el alma de la pobre aldea.

¡Cuántas veces cayó la tarde, estando sobre aquel acantilado la misma imagen inmóvil del dolor de madre!

Las olas cambiaron sus sonidos, unas veces broncas y como con estallidos de trueno cayeron sobre las rocas cubriéndolas con sus crines de espuma: otras murmuraron aún más suaves que en aquella noche de triste despedida.

El alma de la madre ya no tiene tormentas ni bonanzas, no siente más que el triste vacío de la soledad y del silencio. Sus ojos están secos de llorar y sus dedos descarnados de pasar las cuentas del viejo rosario.

En el pueblo, se reciben noticias de los que partieron. Llegaron bien todos y están trabajando.

Uno, llegó al pueblo rico; otros, murieron allá en el camino o aquí consumidos por la miseria y el trabajo.

—¿Cómo estará Rafael? ¿Cómo vendrá?— Piensa su madre—. Rico y bueno. Y sus ojos se alegran y siente que el corazón le anuncia tiempos felices.

—¿Y si está malo o se muere?.—Y su alma salta de la tormenta a la calma.

* * *

—Ya viene Rafael, ya viene.

Y la pobre vieja recorre las casas con la carta del hijo que le da la feliz noticia.

Mira ti barco. En el horizonte aparece una sola vela, luego otra, y el barco se acerca como enorme pájaro de plumaje blanco. No todo es calma, el mar se encrespa, el cielo se nubla, esas nubes corren como corceles negros, alocados. A lo lejos se ve avanzar un manto tenebroso.

Las olas se alzan imponentes sobre el acantilado; en el cual la madre, muda estatua de la desesperación, quiere atravesar las tinieblas para ver a su hijo: ya las olas le mojan los pies, la baña la espuma, mientras ella firme, mirando hacia el mar embravecido, escruta las tinieblas con los ojos abiertos, el pelo suelto y las manos a! vacío, que también en su alma hay una tormenta más fuerte que los elementos.

Al día siguiente se encontró, sobre una roca, un náufrago. Le latía aún el corazón. Está demacrado, pálido, pero vivirá. La vieja madre de Rafael sigue escrutando el mar, ya en calma, desde el acantilado, erguida e inmóvil.

—Hay que llevarla de ahí.

La cogen: una sonrisa mezcla de burla y espanto se dibuja en su rostro. Sus ojos siguen fijos y abiertos.
Una carcajada desgarra su pecho. Está loca.

* * *

La puerta de ¡a habitación se abre.

—Mírela, está quieta. El medico se acerca.

—¡Madre!

Ella le mira espantada. Luego dulcifica su mirada.

—Era el ángel de la muerte, sí, era él; lo vi con sus alas negras... ¿eran nubes? no, no eran nubes... y se llevó el barco... volando... volando... ¿era barco o pájaro?... ¿no sabéis?... ¡ah!... no queréis decírmelo... pero lo sé... lo sé todo.

El médico llama aparte a las mujeres, habla en voz baja, no deja oír la loca con ese hablar monótono, al fin calla. Lo que pasaría hoy sin la tormenta, que pase mañana, su hijo estará bien.

* * *

Las mujeres llevan a la madre al acantilado. Un barco se acerca. Las que acompañan a la loca callan y ella, encorvada sobre el acantilado, sigue su hablar lúgubre del ángel de la muerte. Para el barco bajo el acantilado.

—¡Madre!—dice la voz de Rafael.

La loca mira a su hijo, extiende hacia él los brazos y cae como muerta hacia atrás. Ya volvió en sí cuando el hijo se acerca corriendo. La madre pasa su mano todavía crispada por la frente y cae en brazos de Rafael.

* * *

Bajo el emparrado cuenta el hijo su vida, la madre acaricia su cabeza donde asoman algunos cabellos plateados, que los sufrimientos hicieron salir. Sus rostros retratan la felicidad. Allá, atrás, en el monte, entre los castaños cantan los pájaros. Cae la tarde.

Allí cerca, el mar deja oír el murmullo de sus olas en calma: así está el alma ahora, el murmullo suave de sus presentes goces es bálsamo que alegra y rejuvenece, como los cantos de los pájaros que poco a poco van callando, mientras las blancas nubes se tornan rojas y la tarde se oscurece suavemente refrescada por la brisa del mar.

Argodery