Los derechos del niño (3)

2°. El niño que pase hambre debe ser alimentado. El niño enfermo debe ser cuidado. El niño atrasado debe recibir estímulo. El niño abandonado debe recibir acogimiento y socorro.

3°. El niño debe ser el primero en recibir socorros en caso de calamidad. (Declaración de Ginebra).

La expresión, en pleno siglo XX, de ese derecho 2.° que abarca cinco extremos distintos de una misma situación aflictiva de la infancia (pues el 3.° no es sino el último de ellos) poco habrá hecho discurrir a sus redactores para expresarla.

«Por los frutos conoceréis el árbol», ha dicho Jesucristo. Mejor les hubiera sido a los descubridores de esos derechos del niño, decir: Al niño que pase hambre debemos alimentarlo, etc; y aun mejor todavía que decirlo, ponerlo en práctica.

San Marcos, 9, 35-36, dice: «Y cogiendo Jesús a un niño le puso en medio de sus discípulos, y después de abrazarlo, les dijo: Cualquiera que acogiere a uno de estos niños por amor mío, a mí me acoge; y cualquiera que me acoge, no tanto me acoge a mí como al que a mí me ha enviado.

Ese derecho decretado veinte siglos antes que los de la Declaración de Ginebra, con garantías y con sanciones, sin las cuales el Derecho es nulo, está contenido en las Obras de Misericordia, uno de los más bellos capítulos de la Doctrina Cristiana.

La Iglesia Católica, playa hospitalaria a donde se acogen todos los que naufragan en el proceloso mar del mundo, es la única institución que tiene regazo de madre para todos los menesterosos, y singularmente para el niño. Ella le nutre integralmente con el triple alimento corporal, intelectual y espiritual; ella cura sus dolencias físicas y morales; ella le pone delante de sus ojos ideas sublimes que le estimulan, no sólo al progreso, en el más recto sentido, sino a la perfección, es decir, a la santidad, cuya cima brillante pueden escalar todos aquellos que, sin distinción de categoría social, edad o condición, admitan el yugo suave y la carga ligera del que se ha llamado a Sí mismo el Camino, la Verdad y la Vida.

La Iglesia y sólo ella tiene orientaciones para los que marchan extraviados por los caminos del error y de la corrupción; y para el huérfano y abandonado, basta decir que es Madre. Esa es su especialidad. Por eso, con instinto maternal, jamás igualado, ha penetrado en lo recóndito del problema infantil, yendo a buscar hasta al niño abandonado antes de nacer, huérfano con madre, que es la más triste de las orfandades, porque es el producto de la más infame de todas las prevaricaciones.

Fuera del recinto de la Iglesia Católica, es decir, fuera del alcance de su doctrina providencial, no hay solución para resolver esos problemas de la infancia. Las Asambleas y Sociedades que prescindan del espíritu de sacrificio, que es el espíritu religioso; que no inspiren sus deliberaciones y acuerdos en la moral cristiana, y no tengan a Jesucristo por modelo y maestro de la Caridad; y sólo atiendan a ese sentimentalismo estéril de filantropía, que no es más que el perfume o rastro de una caridad desaparecida, no tienen prestigio para ser escuchadas, y sus clamores serán un eco que se pierde en el vacío.

Sólo la Iglesia, y quien hable en su nombre, tienen prestigio para hablar de beneficencia, porque la practica.

La beneficencia, como en otra ocasión hemos dicho de la enseñanza, no se impone ni puede atajarse, porque es un apostolado para cuyo ministerio se necesita vocación o impulso sobrenatural, porque hay verdadero sacrificio; y éste se manifiesta en la inmensa desproporción de la recompensa en lo humano, a esa función que es divina. La enseñanza, rectamente entendida, es una de las aplicaciones de la Beneficencia.

F. M. Morales.


Un pintor ilustre

Los PP. Franciscanos han enriquecido su iglesia de S. Lorenzo con una importante obra pictórica, constituida por ocho grandes cuadros al óleo, debidos al pincel del joven y ya maestro artista don Rafael Berenguer Coloma, desarrollando estos asuntos: «Aparición de la Virgen del Rosario a Santo Domingo de Guzmán»; «Salida del Rosario de la Aurora de la iglesia de S. Lorenzo»; «Descanso en la huida a Egipto»; «Presentación de Jesús al templo»; «Despedida de S. Francisco a sus discípulos»; «El milagro de la mula, de S. Antonio», y «Predicación de San Antonio».

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Una inmensa labor artística llevada a feliz término en un tiempo relativamente corto, ante la contingencia de haberse tenido que inaugurar ahora, el día de S. Antonio, como se ha cumplido, con asistencia de un selecto público de invitados, distinguidos artistas y los profesores de la Escuela de San Carlos, entre los que se encontraba D. José Benlliure, y que han tributado al pintor Berenguer sinceras felicitaciones. En estos cuadros, el artista ha conseguido significativos aciertos de composición.

AutorretratoEn algunos el gusto renacentista italiano; otros, en los que figura la Virgen, viene al recuerdo el modo de Murillo en la disposición del ropaje, y en otros, un ponderado realismo muy moderno marca la meditación activa del joven pintor valenciano. El colorido campea en sus tonalidades nuevas, «dejado» con gran desenfado, y en la enorme dificultad de las masas extensas las múltiples gradaciones ponderadas, de tan experimentada dificultad. Los ocres, los amarillos de vestas y halos era otro escollo en asuntos de esta naturaleza, y Berenguer ha llegado al centro mismo del problema con juvenil fervor y conseguido entonados conjuntos. Hay las carnes de los «Niños Jesús», de una feliz y tierna modelación, y manos amorosamente dibujadas. La expresión de algunos rostros connota el fervor con que están tratados por el artista, y nos hemos fijado en el de San Francisco, en la impresión de las llagas, que revela el sentimiento del artista, su gusto y su técnica en la construcción y en los detalles.

La enhorabuena al pintor valenciano Rafael Berenguer.

J. Mª Bayarri

Autorretrato, del blog de Claudi Puchades.

Página poética

A la Mare de Deu del Castell de Cullera

Al mirarte' m senc poeta,
Mare de Deu del meu cor.
Deixam, bella Moreneta,
que hui' t cante'l meu amor
una dolça cançoneta.
En invern i en primavera
la felicitad m' espera
en este balcó tan bell.
¡Oh que hermós es el Castell
de la Verge de Cullera!
En este devot santuari
la meua ditja es cabal.
Jesucrist des del sagrari,
sa Mare' n el relicari
m'acompanyen aci dal.
En esta beneita altura
on l' atmósfera es tan pura,
tot me parla del bon Deu:
el mar, el cel, la planura,
la llum del sol i la neu.
Mare meua, una oració
de gratitut vól brotar
del meu cor per demanar
vostra santa bendició
per al que açó m' ha fet gojar.
Vullc també pregar per tantes
ánimes bones i santes
qu' ací busquen ton favor;
vullc que' n mig del cor els plantes
el abre del teu amor.
Al xiquet que' t canta i reça
i la teua image besa
pósa-li en el fron ton bes;
dexáu-li l'ànima entesa
cada volta mes i mes.
Als qu' este temple t' alçaren
i ais teus peus s' agenollaren
plens d' amor i de pietat
dóna-ls la ma i que no' s paren
fins estar al teu costat.
Ais ancians que tantes vóltes
han pujat estes revoltes
que porten al teu Castell
no' ls soltes Mare, no' ls soltes
i posá-ls baix ton mantell.
Als frares que nit i día
replets de santa alegría
passem sempre al teu costat
doneu-mos dolça María,
celestial felicitat.
A tots els filis de Cullera
i de l' hermosa Ribera,
tant al jove com al vell
donéu-los ditja sansera
Mare de Deu del Castell.

Fr. Buenaventura Meseguer, ofm

Cultura religiosa

Fe ilustrada

Nuestra fe ha de ser íntegra, os decía en el numero anterior: es decir, ha de abarcar todas las verdades reveladas por Dios, sin excluir ninguna.

Y además nuestra fe ha de ser ilustrada, es decir, que todo buen cristiano ha de aprender y saber las verdades y dogmas que debe creer.

Dicen los impíos y los ateos que nuestra fe es irracional, porque es ciega e inconsciente, y nunca sabe ni conoce el cristiano las verdades que cree.

Lo cual es completamente falso y erróneo, y es necesario no dejarse engañar ni seducir por los errores y razones aparentes en que se apoya. Nuestra fe ha de ser ciega, es verdad, en el sentido que nuestra limitada inteligencia ha de aceptar sumisamente las verdades reveladas por Dios, sin pretender penetrar nunca los misterios de nuestra Religión, porque nunca nuestra mirada, por profunda que sea, podrá salvar jamás la enorme distancia que separa lo finito de lo infinito.

Y por esto mismo, nuestra fe ha de ser sencilla y dócil, sujetando humildemente la razón a la infalible Autoridad divina.

Pero al mismo tiempo, nuestra fe ha de ser ilustrada, racional, y consciente, dándonos perfecta cuenta del acto que hacemos, al dar crédito a las verdades reveladas por Dios, y propuestas como tales, por la Iglesia Católica, Maestra infalible de la verdad. Y es una obligación grave de todo cristiano saber las verdades que cree y admite: es decir, que debe saber el Credo y los Artículos de la fe, que son el compendio y resumen de todas las verdades de nuestra Religión.

De manera que la Iglesia Católica manda expresamente a todos sus hijos que aprendan y sepan las verdades fundamentales de la fe: enseñándoles, además, que las verdades que deben saber son de dos clases: unas cuyo conocimiento les obliga con necesidad de medio, es decir, que quien las ignora no podrá salvarse; y y otras que están obligados a saber con necesidad de precepto, es decir, que quien las ignora voluntariamente, incurre en culpa grave, por no cumplir el precepto de la Iglesia, que le manda que las aprenda. Y no se limita la Iglesia a mandar a sus hijos que aprendan y sepan las verdades que han de creer, sino que a enseñar estas verdades se han dedicado sus hijos más insignes, los de inteligencia y talento más preclaros del Catolicismo y de toda la humanidad.

La Iglesia Católica ha cumplido siempre y cumple también hoy aquel precepto de su Divino Maestro a los Apóstoles: «Enseñad a todas las gentes».

Y la Iglesia ha sido y es la maestra más sabia, la más profunda, la más clara, la más perfecta, la más práctica, la más discreta, la más sacrificada y desprendida, la más económica y desinteresada, y sobre todo, la que nunca se equivoca ni puede equivocarse, en sus enseñanzas, porque tiene siempre consigo la inspiración y asistencia del Maestro Divino e Infalible Cristo Jesús. De todo esto deduciréis cuán equivocados están los que afirman que la Iglesia es ignorante, oscusantista y retrógrada, enemiga del progreso y de la civilización.

Esta es la calumnia más grosera y la acusación más falsa que contra la Iglesia se ha hecho y se hace, porque nadie como ella enseña, propaga y difunde la verdad y la verdadera civilización, en todos los órdenes, especialmente en el orden espiritual y sobrenatural, que es el que contiene las únicas verdades necesarias e indispensables para alcanzar el hombre su último fin y salvarse.

De modo que ya sabéis, mis queridos Antonianos, cómo habéis de rechazar la acusación que los impíos hacen contra la Iglesia, diciendo que es ignorante y retrógrada, y que la fe de los católicos es ciega, irracional e inconsciente.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Ecos de las misiones

Una limosnita...

Ni sin especial' razón, lleva por título la presente página Ecos de las misiones. Todos los meses, a pesar de las distancias inmensas que separan nuestro hemisferio del que ocupan y habitan los pobres infieles que se hallan envueltos con las sombras del error y de la incredulidad, llegan hasta nosotros, de los cristianos de aquel lejano territorio, Ecos misteriosos, y casi imperceptibles por razón de las ondas y cables conductores, pero que en estas páginas, debido a la generosidad, y amor de un alma entusiasta de las misiones, aparecen claros, y se dejan oír muy bien de todos los suscriptores de esta revista.

Hoy, he puesto atento mi oído al conducto misterioso que nos trasmite esos ecos misionales, y he percibido con suma claridad estas breves palabras: «Una limosnita para saciar mi hambre». Jamás se ha visto tanta miseria y pobreza en aquellos inmensos territorios, como las que experimentan en el tiempo presente; los ecos misionales confirman esa triste y espantosa realidad. Realidad funesta, que no hace muchas semanas pude comprobar, cuando tuve el honor de hablar largamente con el P. Mainulfo Hueffer, franciscano misionero de Alemania, el cual acababa de llegar de la China en cuyo Vicariato Apostólico de Tsinanfú, ha permanecido más de 18 años, con grande consuelo de su alma, al ver muchos infieles convertidos a nuestra religión. De sus labios oí tristes y desgarradoras escenas, ocasionadas por el hombre, y como testimonio de lo que me contaba me entregó dos cartas que no hacía muchos días acababa de recibir el P. Comisario Provincial de la Misión. De una de ellas os quiero copiar unos cuantos renglones para que os cercioréis de ello.

«...En nuestro Vicariato reina el hambre con todos sus horrores y funestos desenlaces. Todos imploran socorro, ¿pero qué vamos a darles? La mitad de los pueblos están despoblándose rápidamente. Las casas se derriban para poder cambiar su madera por un poco de trigo; el campo no encuentra ningún comprador; por una anegada se da un dólar chino (tres pesetas). Muchachas y mujeres jóvenes se venden por pocos dólares en las plazas; otras se precipitan en los pozos, se ahorcan y se envenenan; muchas mueren por falta de fuerzas y de hambre, y una pequeña enfermedad es suficiente para hacerlas morir».

¿Después de estas desgarradoras escenas no se apiadará vuestro corazón? No sacrificaréis vuestros gustos y vuestras satisfacciones innecesarias? Oíd los ecos misionales: «una limosnita». Aprended e imitad todos a una religiosa franciscana que al leer esa carta, no pudo menos que entusiasmar a sus alumnas, las que enternecidas por sus hechos, dieron «una limosnita para saciar el hambre».

P. B. R.

Asunción y coronación de María

A l'Asunció de la Verge

Suspirs d'una xiqueta

Oiu, dolça mareta,
els suspirs del cor meu:
Soc xicoteta, apenes se parlar,
mes la meua ánima d' amor s' ancén,
i abrasada' n ardenta i viva flama
sóls en Tu pensa y vòl amarte mes.
¿Me vóls? — dis-me-ho, mareta:
¿me vòls Tu a mi també?
¡Oh! ta veu armoniosa
la sénc dins del meu cor, i dolçament
me diu que si. Puix donam dos aletes
ivolaré com Tú entre ángels al cel,
on t'amaré per sempre' n gran deliri
i estaré al teu costat eternament.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

San Lorenzo

San Lorenzo. Azulejo plano pintado, siglo XIX. Valencia (España)
(De Pregunta santoral)

San Lorenzo Mártir

España se gloría de ser la madre de este santo que nació en Huesca hacia la mitad del tercer siglo. Joven todavía pasó a Roma, en donde conoció al Pontífice San Sixto, quien prendado de su inocencia y talento le confirió las órdenes sagradas constituyéndole el primero de los diáconos de la Iglesia.

En tiempo del Emperador Valeriano se levantó una grande persecución en la que intervino en gran manera Macranio. En ella fue martirizado el Papa San Sixto y pasados tres días, después de haber sido azotado bárbaramente, de haber sido sometido al potro y haberle dislocado los huesos, despedazadas sus carnes por los escorpiones, murió asado en las parrillas.