Índice del número 109

Julio de 1929. Año 10. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm

El Seráfico doctor San Buenaventura

a¡O buona ventura! Así exclamó el Seráfico Patriarca san Francisco al presentarle en Bagnorea (Florencia) un niño enfermo de cuatro años para que le restituyera la salud. Y el Santo de Asís, elevando los ojos al cielo, bendijo al niño y lo devolvió a sus padres.

Desde entonces, aquel niño que en el bautismo había sido llamado Juan, se llamó Buenaventura: y este es el Doctor Seráfico, honor y prez de la Orden Franciscana y de toda la Iglesia Católica.

A la edad de 20 años ingresó Buenaventura en la Orden Seráfica cumpliendo el voto que había hecho su madre de que sería hijo de S. Francisco si recobraba la salud.

De cuerpo gallardo, y de extraordinaria belleza, de inteligencia preclara, mente de poeta, corazón de Serafín y sencillez de paloma, decía su maestro Alejandro de Hales, que en Buenaventura parecía no haber pecado Adán.

Terminados sus estudios en la Orden, fue enviado por sus Superiores a la Universidad de París, donde se licenció y graduó de doctor, juntamente con su amigo y condiscípulo Santo Tomás de Aquino.
En el año 1257 fue elegido Ministro General de toda la Orden Franciscana, cargo que desempeñó hasta el año 1274, poco tiempo antes de su muerte.

Durante su Generalato, reunió los Capítulos Generales de su Orden, en Narbona, que le encargo escribiese una vida del Patriarca San Francisco; en Pisa, donde presentó dicha vida y fue aprobada por el Capítulo; en París; en Asís, en el que dispuso que se celebrase todos los sábados una misa en honor de la Santísima Virgen; y otro en Pisa para proveer a la dirección espiritual de las religiosas clarisas.

En 1264, instituyó en Roma la asociación de los Ganfalones, la primera de las cofradías fundadas en la Iglesia en honor de la Santísima Virgen.

En 1273, el Papa Gregorio X le nombró cardenal obispo de Albano. Cuando los legados del Papa le trajeron el capelo cardenalicio, le encontraron fregando humildemente la vajilla del Convento, y les rogó que colgasen el capelo de las ramas de un árbol que sombreaba la puerta de la cocina, hasta que se limpiase las manos para tomarlo.

El mismo Sumo Pontífice Gregorio X le encargó que preparase las cuestiones que habían de ser discutidas en el Concilio General II de Lyón, cuyas deliberaciones él dirigió.

Trabajó incansablemente, con otros religiosos franciscanos, en que los griegos abjurasen los errores del cisma, y se uniese la iglesia griega con la latina. Y debido en gran parte a su labor, se consiguió que en una misma misa de aquel Concilio se cantase la Epístola y el Evangelio, en griego y en latín, y que en el Credo se i repitiese tres veces que «el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

Durante la celebración de este memorable Concilio, murió San Buenaventura, con gran pena y sentimiento del Papa y de todos los Padres del Concilio.

El mismo Sumo Pontífice Gregorio X, que le había consagrado obispo, quiso darle otra muestra de afecto administrándole por sí mismo la Extrema Unción. Y no pudiendo el Santo comulgar, por causa de su enfermedad, suplicó que le aplicasen al pecho la Sagrada Forma: y ¡oh prodigio divino!, la Hostia Santa se desprendió de las manos del sacerdote, y penetró en el corazón del santo enfermo, abierto por la fuerza de su amor a la Eucaristía.

Sus funerales fueron solemnísimos, en los que hizo la oración fúnebre el cardenal dominico Pedro de Tarantasia, que luego subió al trono Pontificio, con el nombre de Inocencio V. Asistieron el Papa, el rey de Aragón Jaime I el Conquistador y todo el personal del Concilio.

Sus restos fueron depositados en la iglesia de los franciscanos de Lyón. Y en el año 1434 fueron trasladados a la iglesia que, en aquélla misma ciudad, fue dedicada a San Francisco de Asís.

El Papa Sixto IV, de la Orden franciscana, le inscribió solemnemente en el catálogo de los Santos. Y el Papa Sixto V lo declaró Doctor de la Iglesia Universal.

El Papa León XIII lo llamó PRINCIPE DE LOS MISTICOS: y en todo el mundo es conocido con el título de Doctor Seráfico, por el espíritu que anima e informa todos sus escritos.

Su fiesta se celebra el día 14 de julio, en toda la Orden Seráfica.

La Eucaristía en la vida de la piedad cristiana

En Dios, se resumen y concentran todos estos títulos de donde dimanan la religión y la piedad, y que en el corazón recto, iluminado por la fe han de despertar necesariamente afectos de amor y veneración a nuestro Padre celestial y el suave cariño con que se mira todo lo que toca y pertenece a los que tiernamente amamos como autores y conservadores de nuestra vida.

Por eso la piedad religiosa, que de nosotros sube a Dios, se derrama de nuestro corazón a todo lo que a El se refiere, y ordenadamente amamos y miramos con entrañable afecto todo lo que vemos iluminado con la luz de Dios y como tocado y perfumado por la mano bendita de nuestro Padre celestial. Así amamos en Dios y como Dios y Hombre a Jesucristo y sentimos la necesidad de honrar todo lo que a El se refiere; amamos a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo y misterioso vehículo de la vida sobrenatural para nosotros; amamos a la Iglesia, en la que Dios ha puesto de asiento su Espíritu y a la que Jesucristo ha hecho su Esposa y la magnífica expansión de su ser; amamos a los Santos, criaturas en que más hondo ha penetrado el Espíritu de Dios y más al vivo se ha mostrado la hermosura de Jesucristo, amamos los templos y vasos sagrados, las imágenes y objetos bendecidos, porque en todos ellos hay vestigios y rastros de nuestro Padre celestial y una como misteriosa fragancia de su Vida.

Todo eso abraza el espíritu de piedad, que no es sino el amoral divino origen de nuestra vida sobrenatural y a todo lo que de él participa o a él se acerca. Ese amor sale de las entrañas de esa misma vida y crece con ella, y cuando alcanza cierto grado de agudeza y finura, da al alma como una delicadeza divina para mirar y tratar las cosas de Dios,y pone en quien lo tiene cierto aire de humilde reverencia y delicado respeto a las personas y cosas sagradas, y se !e entra suavemente en los afectos, palabras y obras, que deja penetradas y llenas de fragante unción, que claramente muestra que no proviene y se saca del trato y conversación con las criaturas. Persona piadosa es, pues, la que lleva el corazón henchido de ese amor que, al salir de él, se difunde y derrama hasta en el cuerpo y en los actos exteriores de la vida, bañándolos de cierta apacible luz divina que despierta en quien los mira algo del respeto que tal amor entraña hacia las cosas tocadas por el Espíritu de Dios.

De esta piedad religiosa es centro de atracción y causa eficacísima de crecimiento la Sagrada Eucaristía. Como la tierra con su rotación alrededor del sol recibe de él luz y calor que sostiene en ella la vida, las almas, girando en torno del sagrario, se nutren y crecen en la piedad. Por lo que es, por lo que enseña y por lo que obra, ha de desenvolver necesariamente la piedad la Eucaristía.

Los seres inteligentes se atraen por el corazón en proporción de las relaciones que los ligan. Ahora bien; nosotros tenemos con Jesucristo vínculos tan singulares y profundos, tan fuertes y numerosos, que si el corazón humano no se cierra obstinadamente a la gracia y a la caridad, ha de llegar a amar a Jesús sobre todas las cosas y ha de tener espontáneamente a El como a su centro divino. Jesús es Dios, y, por tanto, tenemos con El las relaciones religiosas que nos atan con Dios. En Dios es Idea personal e Hijo, y por lo mismo es Ejemplar de nuestra filiación divina. Es también Hombre y como tal ha tenido la dignación de redimirnos, con lo que se ha constituido causa meritoria de nuestra filiación y de nuestra vida sobrenaturales. Misteriosamente nos vivifica por la comunicación de su Espíritu, que traspasa a nosotros la vida, ideas, afectos e intenciones de Jesús, que realmente es nuestra vida sobrenatural; y como quiera que en El reside en toda su plenitud y en nosotros sólo participada-mente y con entera subordinación a El, Jesús es también nuestra cabeza y nuestro fin inmediato en Quien y por Quien hemos de llegar a la unión con Dios y a la plena posesión suya en la gloria.

Fr. Luis Colomer, ofm

(Continuará)

Página mariana

Cartas a Mariófila

II

Inolvidable Mariófila en Jesús y María: No puedo ocultarte la grata impresión que me ha causado la lectura de tu carta, al ver que tu espíritu se ha remozado y te dispones a practicar, con gran ánimo de aprovecharte, la devoción y amor a Nuestra Señora, como la han entendido y practicado sus más fervorosos amantes. Con tan buenas disposiciones tenemos ya asegurado el triunfo de tu corazón en la mejor de tus conquistas por la Reina de los amores, y podré contemplar un día a mi cara Mariófila entre esa falange de santos marianos que tanto lustre dieron a la Iglesia de Dios, como honor a su Madre Inmaculada, y ello me alienta y da ánimo, no obstante mis cortos alcances, para hablarte de María.

aMas antes de entrar de lleno en la explicación de la excelente devoción que nos ocupa poderoso estimulante, digámoslo así, te propondré los grandes y nobles motivos que tenemos para abrazarla, pues no dudo que el claro conocimiento moral y físico de María y los oficios que viene desempeñando en el plan divino te han de espolear y servir de mucho para que ames y rindas culto a la que es digna de toda nuestra veneración y afecto. Y siendo la dignidad en que está constituida una persona lo primero que nos trae y obliga a rendirle nuestros respetos, te pondré aquí como primer motivo que te cautive y lleve al amor y devoción de la Virgen nuestra Señora su título nobilísimo de Madre de Dios.

No será necesario que me esfuerce mucho en demostrarte que María es Madre de Dios, mi cara Mariófila,porque estando tú animada por la fe y sentimientos religiosos como lo estás por la gracia del Señor, crees firmemente en la embajada del arcángel San Gabriel, cuando anunció a la Virgen de Nazaret que había sido elegida para Madre del Redentor y que por virtud y obra del Espíritu Santo concebiría y daría a luz a un hijo que se llamaría Jesús o Emanuel, que quiere decir Salvador, o Dios con nosotros, como predijo Isaías. Sabes también por el Santo Evangelio y por el testimonio infalible de la Iglesia que la Santísima Virgen es la Madre del Verbo encarnado o Hijo de Dios. María de la cual nació Jesús; dice clara y canónicamente el Sagrado Texto, y siendo Jesús Hombre-Dios por la unión hipostática, se sigue que María es verdadera Madre de Dios, pues el Verbo que se encarnó en sus purísimas entrañas era Dios, como atestigua el evangelista San Juan por estas palabras: «El Verbo se hizo carne y habitó en medio de nosotros, y el Verbo era Dios».

Y qué te dice la Iglesia Católica? Pues que en el Concilio de Éfeso la proclama por Madre de Dios contra la malicia de Nestorio y otros herejes que negaban a la Santísima Virgen su más glorioso timbre de la divina Maternidad, y nos formuló aquella sublime oración del Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, etc. que venimos repitiendo los cristianos en tan devoto afecto y provecho de nuestras almas, confesando a un mismo tiempo en esta devota súplica la Maternidad y la Santidad y poderío de María delante del Señor. Tú sabes muy bien todo esto, y lo crees firmemente polla misericordia de Dios, y ello me excusa de aducir nuevas pruebas en su confirmación, posando a hablarte del lugar que ocupa la Virgen Nuestra Señora entre todos los títulos nobiliarios del cielo y de la tierra por su dignidad de Madre de Dios.

El título de Madre de Dios es superior a todas las dignidades conocidas y aún posibles, como el cielo es superior a la tierra, y por lo mismo es más que princesa, y que reina, y que emperatriz y otros títulos de más alto rango y nobleza que se pudieran inventar. Mas si del orden natural pasamos al sobrenatural y volamos de la tierra al cielo veremos también allí que el título de Madre de Dios es superior al de los Patriarcas y Profetas y Apóstoles y demás Santos, y se eleva aún al de todos los coros de los Ángeles. Así que, amada Mariófila, si quieres hallar a María en el sitial que le corresponde y tiene en el cielo, remóntate sobre los más encumbrados Serafines y penetra si puedes, en el trono de la Beatísima Trinidad y allí la verás sentada junto a su Hijo, formando parte de la Nobleza divina como Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. Jamás se ha visto ni se verá otra pura criatura más encumbrada ni que pueda ostentar un título tan soberano y honroso como la Virgen nuestra Señora con su divina Maternidad, pues, como hace observar San Bernardo, el título de Madre de Dios es una dignidad casi infinita.

Más aún, con el título de Madre de Dios María Santísima puede, o mejor dicho, ostenta todos los demás títulos y dignidades posibles, porque en aquel los encierra todos, como el rey puede ostentar el título de príncipe, de capitán, de marqués y de todos aquellos que le son inferiores, pues en lo más siempre va contenido lo menos. Por lo mismo, si decimos de Jesucristo que es el Príncipe de la Paz, Rey de reyes, Señor de los que dominan y Emperador soberano y universal, porque es Dios y le corresponden todos estos títulos y dignidades; así también diremos que María Inmaculada es la Princesa del cielo, la Reina de los Ángeles y Santos, la Emperatriz de cielos y tierra y la Señora de todas las virtudes y gracias, porque es Madre de Dios y le competen los mismos títulos que a su Hijo Santísimo, a Este por naturaleza y a María por gracia.

Nobleza obliga te diré aquí, amada Mariófila. Y si contemplas a nuestra Reina y Señora superior a todos los hombres por más títulos y dignidades que nos presenten, y elevada sobre todos los Santos y los coros de los Ángeles, no obstante sus excelentes virtudes y gracias que tanto les distinguen y ennoblecen, siendo Ella sola la que ha merecido sentarse en el mismo trono de Dios por ser su verdadera Madre, ¿qué motivo tan poderoso no debe ser este para rendirte a su devoción y amor, a su honor y servicio? Con gusto se rinde homenaje a los que viven en la intimidad de los próceres de la tierra; y no obsequiarás tú con rendido amor a la que vive en la intimidad con Dios y participa de sus divinas perfecciones cual ninguna otra pura criatura? Por dichosas y muy honradas se tienen las damas, aún de grandes títulos, el poder acompañar y servir a sus reinas en los palacios, ¿y no consideras tú por muy feliz y agraciada el poder tratar confidencialmente con María, el obrar por María y el servir y amar a María, que es tu Reina y soberana Señora de cielos y tierra?

Pondera bien, oh Mariófila, este primer motivo que todos los cristianos tenemos para amar y servir a la Virgen nuestra Señora, por ser Madre de Dios y ofrécele tu corazón y tu alma con todo el amor, veneración y culto que su dignidad requiere.

Te lo pide muy de veras tu affmo. en Jesús por María.

Fr. Mariano.

Sumario. — Loables disposiciones de Mariófila. — Primer motivo para amar a María. — Pruebas de la Maternidad divina. — Doctrina de la Iglesia. — El título de Madre de Dios superior a todas las dignidades del orden natural y sobrenatural. — Los encierra todos de un modo excelente. — Nobleza obliga.
—Generoso ofrecimiento.

Amor del Corazón de Jesús

Cuando en la ultima cena te despedías, Señor, de tus muy amados discípulos, era tu corazón combatido del infinito amor que nos tenías con dos cosas contrarias. Por una parte te decía el amor que te fueses y por otra te decía que te quedases. El amor te decía que te fueses, pues tu ida, por muerte y pasión, era nuestra redención y vida, y así convenía que te fueses, porque de esta manera nos abrías las puertas del cielo y nos aparejabas sillas en la gloria.

Dependía todo nuestro bien de tu partida, porque yendo al Padre por la Cruz nos alzabas el destierro y lavabas nuestras almas con tu sangre. Esto fue lo que dijiste a tus apóstoles en esta cena sagrada. «Conviene a vosotros que yo me vaya». Si tú no fueras primero al cielo, no pudiéramos nosotros entrar en él, y así nos importaba no menos que la vida el que te fueses, porque presupuesta la divina ordenación, no podíamos salvarnos sin tu partida y muerte.

Fr. Diego de Estella, franciscano

Cultura religiosa. A la juventud dantoniana

Errores modernos

Mis queridos Antonianos: Os decía en la conferencia anterior, que la curiosidad, en el sentido que allí le dábamos, es unade las causas principales de del Modernismo, señaladas por el Sumo Pontífice Pío X.

Y la verdad, esa ansia y afán desmesurados de conocerlo y saberlo todo, de verlo todo, de averiguarlo y saborearlo todo, abren las puertas de nuestros sentidos para que por ellos entren toda clase de errores, y con estos la perdición y la muerte del alma, como entró en la de nuestros primeros padres cuando quisieron conocer el bien y el mal, contra el mandato de Dios.

Porque el caso aquel del Paraíso se repite constantemente en nuestros días, como se ha repetido siempre, en todo tiempo.

Y es ahor un libro prohibido, una novela escandalosa, una figura pornográfica, un espectáculo inmoral, una amistad o relaciones que no deben tenerse, un fruto, un árbol, un tesoro ajenos, los que hacen de serpiente tentadora.

Y ¿quién me prohíbe que lo mire, que lo lea, que lo toque, lo coja y lo retenga? Es Dios, tu Señor y tu Dueño, es el Papa, es el Prelado, es la Autoridad competente quienes te lo prohíben. Y no puedes ni debes mirar lo que no te es lícito tocar, ni cojer lo que no te es lícito comer, ni leer lo que no te es permitido saber, ni tomar lo que te está vedado poseer, ni conocer lo que no te es lícito amar. Y no has de tomar, ni probar, ni gozar nada, sien malo y prohibido, con intención de saborearlo y dejarlo después, no: porque esta curiosidad sería perniciosa y morta. «El día que comiereis del fruto prohibido, irremisiblemente moriréis". Y nuestros padres murieron, por haber pecado; pues de otro modo, no hubieran muerto; y nos trasmitieron a todos la muerte, con todas las funestas consecuencias del pecado original.

He aquí los incalculables estragos de la curiosidad de nuestros primeros padres: por haaber pretendido conocer el bien y el mal, perdieron el inmenso bien que poseían y se acarrearon un mal que ni siquiera vislumbraban.

Y esta es otra de las funestas consecuencias que de aquí se siguen. La curiosidad desmedida no solamente abre los ojos para el mal, sino que además los cierra para el bien.

Y parece esto una paradoja y contrasentido; pues parece que la curiosidad debería abrir los ojos para el mal y para el bien, mas no es así: y este fué el error de nuestros padres y el engaño de la serpiente, que no podía decirles la verdad, siendo el padre de la mentira.

Cuando pecaron Adán y Eva, se abrieron sus ojos para ver con grande vergüenza, que estaban desnudos, y se les cerraron para dejar de ver la inocencia, santidad y justicia original que les cubría como con hermosísima vestidura.

La curiosidad, dice San Agustín, les hizo perder la fe y el conocimiento de las cosas divinas, pues desde el momento que dieron crédito a las palabras de la serpiente, dejaron de creer en las promesas y amenazas de Dios.

Así ocurre casi siempre a los que se dejan vencer y dominar por la curiosidad. Por pretender saber lo que no deben, vienen a ignorar lo que más les obliga. De aquí que la curiosidad, hoy tan en boga, es una de las causas principales de la espantosa ignorancia moral y religiosa hoy tan extendida.

Se pretende saberlo todo, con unas ligeras e incompletas nociones que se adquieren de los progresos y descubrimientos materiales,y en cambio se desconocen por completo las cosas del espíritu, y los progresos y adelantos de la verdedera ciencia.

He ahí cuántas y cuán funestas consecuencias se siguen de la curiosidad y cuán sabiamente dice el Papa Pío X, que es esta una de las causas principales del Modernismo y de todos los errores que contiene este monstruo del averno.

Continuaremos hablando de estas materias que tanto nos ilustran, y nos abren los ojos, tal vez dormidos y cerrados por curiosidad pecaminosa.

Fr. Juan Bta. Botet, ofm