La Eucaristía en la vida de la piedad cristiana

III

Relaciones tan profundas sólo las tenemos con Jesucristo, de donde necesariamente se sigue que Él ha de ser el centro divino del corazón humano y el blanco a que tira la piedad religiosa, que aspira y busca a Dios. Luego donde esté Jesús allí ha de tener su centro la piedad y allí buscará el fuego sagrado que avive su llama y acreciente sus ardores.

Ahora bien; nos dice la fe que en el augusto Sacramento de nuestros altares está realmente Jesús en la integridad de su ser divino y humano, velado por tenues apariencias de pan, que lo ocultan al par que lo acercan a nuestros sentidos, Luego allí irá el corazón cristiano tocado por el fuego del amor divino, como va la mariposa a la llama que la consume, como van los ríos al mar que los traga, como va el amor al ser donde ha puesto su gloria y su descanso.

La Eucaristía, por lo que es, ha de convertirse necesariamente en centro de la piedad y en óleo sagrado que mantiene viva y brillante su llama bendita. Pero esa misma estupenda realidad de la Eucaristía es una cátedra viviente y siempre abierta de enseñanzas evangélicas que dan pábulo a la piedad. Para quien con ojos de fe sabe mirar al sagrario y ver todo el curso de la vida eucarística de Jesús, la Eucaristía es un evangelio en acción. Por la puerta del sacrificio entra Jesús en nuestros tabernáculos y allí permanece encerrado en hondo recogimiento y silencio interior.

Los relámpagos y fulguraríamos de todos los grandes ingenios humanos juntos son débil fosforescencia en cotejo de la opulenta luz de la mente de Jesús en el sagrario; los ardientes afectos de los Santos Padres, el abrasado amor de Dios y de los hombres que consumía sus entrañas o dilataba a veces hasta romper su pecho, son frío al lado de los vehementísimos y tranquilos ardores del Corazón de Jesús en la Eucaristía; la oración viva y apremiante de todas las almas que orando han sabido tocar el corazón de Dios, es pobre remedo de la oración inefable que vibra poderosa y oculta en el Sacramento del altar.

Allí está Jesús inmolado, amando, orando, callando y esperando. Su misma presencia eucarística es una permanente recordación de su sacrificio cruento, acrecentado ahora con el del olvido e ingratitud de los hombres, con el de los crímenes e infamias que manchan la tierra y que tanto repugnan a la infinita delicadeza del divino Corazón, con el de los sacrílegos atropellos que con El se cometen, sin que todo este horrendo y prolongado calvario de la eucaristía sea parte para retraer a Jesús de estar con nosotros hasta la consumación de los siglos.

Y esta misteriosa inmolación es llevada con humildad tan profunda y discreta y soportada con tan paciente y callada abnegación, que Jesús parece haberse reducido a polvo, pues voluntariamente se oculta en la blanca y frágil hostia que un niño puede mover y un sacrílego profanar. Tanta humildad y abnegación, tan ferviente oración y bienhechora actividad, van envueltas en perpetuo silencio y recogimiento, como si Jesús quisiera gritar con hechos a los aturdidos hijos de Adán, que la acción fecunda y bienhechora no consiste en moverse sin descanso en hablar hasta el agotamiento, sino en la unión con Dios, en la oración humilde y perseverante, en la abnegación propia y en el apartamiento del corazón de todo lo que huele a mundo.

Cuando esto se aprende prácticamente en el sagrario, con menos palabras se llega más hondo en las almas, con menos pasos se va más lejos en la acción social, con menos ruido y barahúnda exterior se logra más y mejor dondequiera que trabajemos para atraer almas a Jesucristo y volver a asentar a los pueblos en el trono del orden cristiano.

Quien arrodillado con fe delante del tabernáculo acierta a escuchar y aprender estas lecciones de vida eterna que Jesús,callando y obrando nos da,¿cómo no se ha de encender en el ferviente deseo de imitar la fecundísima vida eucarística de Jesús, y cómo tal deseo, convertido en obras, no ha de ungir todo el ser y los actos de quien así procede con el suave y oloroso bálsamo de la piedad cristiana?

Pero la Eucaristía aún posee una acción más directa y eficaz para desenvolver ese espíritu de piedad, que es como el limpio decoro visible y el buen olor de Jesucristo en las almas cristianas. La Eucaristía es alimento y obra como tal en quien dignamente lo recibe.

Vida orgánica tenemos y alimento se necesita que la sostenga, robustezca y lleve adelante; vida divina es la gracia, y Jesús que nos la da, ha querido ser El mismo el alimento divino de esa vida y quien con su acción de manjar la desenvuelva vigorosamente y la ponga en el punto de perfección que debe tener. Y así como en el crecimiento orgánico bien encaminado van adelante fas fuerzas de nuestros miembros y sentidos, con la santa manducación eucarística, también crecen al par de la gracia las virtudes y dones y siente la caridad la suave presión de Jesús a desenvolverse en actos de vida eterna que pongan en ejercicio todas las fuerzas espirituales de la vida sobrenatural. Entre esas fuerzas está la virtud de la justicia con sus derivaciones, la de religión y la de piedad, y el don de piedad, que nos hace lanzar gemidos de hondo afecto y de humilde reverencia al corazón de nuestro Padre celestial.

Entrar, pues, la Eucaristía como alimento en el organismo espiritual bien dispuesto y no dejarlo mejorado es imposible. Meterse una y otra vez en las almas bien aparejadas y no atraerlas a su poderosa vida ese manjar vivo y vivificante, no cabe ni tiene razón.

Fr. Luis Colomer, ofm

(Concluirá).

Cultura religiosa. A la juventud antoniana

Errores modernos

Mis queridos Antonianos: Otra de las causas de los errores del Modernismo, indicadas por el Soberano Pontífice Pío X, es la soberbia.

La soberbia que es el primero de los pecados capitales, la causa de la horrible caída de Lucifer y de los ángeles que le siguieron, el principio y raíz de todo pecado, como dice la Sagrada Escritura.

Y ¿qué es ese monstruo horrendo de la soberbia?

Es un apetito desordenado de propia exaltación y preferencia sobre todos los demás. Es un desorden incalificable, que consiste en pretender la criatura ocupar el lugar del Creador.

El orgulloso cree no deber a nadie lo que posee; cree no deber lo que tiene más que a sus propios méritos. Se vanagloria de ser sabio, rico, poderoso, y aun de aquello que no tiene, ni es suyo.
El soberbio y orgulloso cree saber hasta aquello que ignora: no quiere recibir lecciones ni consejos de nadie; es terco, obstinado en su propio parecer, amigo de hacer siempre y en todo su propia voluntad: no admite superiores a sí mismo, ni aún al mismo Dios.

¿Puede darse mayor locura que la soberbia?

Este vicio, dice San Juan Crisóstomo, nace de la demencia. No puede haber hombre soberbio que no sea insensato; el soberbio está lleno de locura.

He ahí lo que es la soberbia.

Mirad con cuánta razón dice el Sumo Pontífice Pío X, que la soberbia es la causa principal de los errores del Modernismo. Y aún no sólo de los errores del Modernismo, sino de toda clase de errores.

Porque el orgulloso cierra los ojos a la luz, y nada ve con claridad: obscurece la luz de la razón y de la inteligencia, y nada puede entender rectamente: desprecia la luz de la fe y nada puede ver del orden sobrenatural.

De aquí que la soberbia abre la puerta a toda clase de errores, tanto del orden natural, como del orden sobrenatural.

La soberbia cegó a los ándeles rebeldes en el cielo y fue la causa de su perdición y ruina. Se les propuso, según graves autores el misterio de la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen, y que por lo tanto habían de adorar a la Sacratísima Humanidad unida hipostáticamente con la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima: pero ellos por su orgullo se creyeron postergados, se consideraron superiores a Cristo, como hombre, y se negaron a adorarle. Entonces prorrumpieron en aquellas palabras de insubordinación y rebeldía: «No me sujetaré, no obedeceré, subiré a los cielos, y pondré mi trono sobre las estrellas... Subiré sobre las nubes y seré semejante al Altísimo». Y al momento fueron precipitados en el abismo del infierno. La soberbia les cegó, y no quisieron admitir aquella verdad que Dios les proponía, y fueron los primeros rebeldes, los primeros apóstatas, que no reconocieron la soberanía de Dios.

También la soberbia es la que ha cegado y hecho caer a hombres de talento, a los herejes que levantaron bandera de rebelión contra el Altísimo, contra el Soberano Pontífice, y contra los Prelados de la Iglesia.

Y si penetráramos en el interior de todos los ateos, impíos e incrédulos, veríamos como el principio de sus caídas, fue siempre la soberbia.

Temamos pues mucho este horrible pecado, mis queridos antonianos: nada hay que arrastre tanto al error, como la soberbia: nada hay más contrario a la verdadera ciencia, como el orgullo.

Si queréis ser verdaderos "sabios, sed humildes y temerosos de Dios, pues «el temor de Dios es el principio de la sabiduría».

Y para alcanzar esta verdadera sabiduría habéis de empezar por conoceros a vosotros mismos: cuanto mejor os conozcáis, tanto mejor conoceréis lo que sois y que todo lo que tenéis procede de Dios.

Y cuanto mejor os conozcáis a vosotros mismos, tanto mejor conoceréis a Dios, fuente y origen de toda ciencia y sabiduría.—Vuestro affmo. amigo,

Fr. Juan Bta. Botet, ofm

Aromas antonianos

S. Antonio y los pajaritos

I

Es tradición inmemorial, transmitida de unas generaciones a otras y relatada profusamente en los sencillos versos de una canción popular, la llamada: «Oración de S. Antonio y los pajaritos». Hermosa leyenda que ha forjado tal vez la piadosa imaginación de algún devoto del Santo, o que tendrá, puede ser, algún remoto fundamento en alguno de los mil prodigios y milagros que obró San Antonio en el mundo, y que no han quedado escritos, pues no era cosa posible poder anotar tantas maravillas y portentos como obró un Santo tan milagroso, que comenzó a hacer milagros desde el nacer, y no acabó con la muerte, ni acabará por lo visto hasta el final de los siglos.

La leyenda atribuye al Santo este milagro de los pajaritos a la edad de ocho años; y refiere que estando por el campo en alguna de sus heredades, marchaba su padre un domingo a la ciudad para oír misa, y dejó encargado al niño Antonio para que cuidara de ahuyentar a los pájaros de los trigales a fin de que no comieran la mies.

Cuando se quedó solo el niño, pensó que el mejor medio de cumplir la orden de su padre sería llamar a los pajaritos y encerrarlos todos en una habitación; así él bien tranquilo podría entregarse al rezo de sus devociones, sin que le molestara y distrajera el cuidado de espantar a las aves. Como lo pensó, así lo puso por obra, valiéndose del poder milagroso que Dios había depositado en su alma; y llamando a todas las aves del campo, acudieron obedientes, y voluntariamente se encerraban en la habitación que había dispuesto San Antonio.

Causó este milagro grande admiración no sólo a su padre, sino también a todos cuantos acudieron a la voz de este prodigio, y más aún cuando presenciaron la ordenada salida de todas las avecillas, que volvían a salir al campo a medida que lo iba ordenando el niño Antonio.

Será más grato saborear los tiernos episodios de esta leyenda con la lectura de los sencillos versos de esa canción popular, que yo he aprendido en una casa muy cristiana, donde me la cantaron una anciana venerable, una mujer, hija suya, y la nietecita, la hermosa Maruja, bella como un ángel, candorosa como un lirio y juguetona y alegre como aquellos serafines que, al bajar el Niño Jesús a visitar a San Antonio, se quedaban suspendí dos y acechando entre los cirros arrebolados de las brillantes nubes que marcaban el camino de la tierra al cielo; aquel camino esplendoroso que trazó el buen Jesús, cuando bajaba del cielo a la tierra para gozarse con los dulces amores de su amigo San Antonio.

La voz argentina de Marujilla resaltaba sobre las voces más graves de su madre y de su abuela; y alguna vez se interrumpía para reírse, porque se equivocaba en algunos versos que no sabía bien; y la reprendía su abuela, que lo hacía repetir, poniendo las cosas en su punto, para que yo, que lo estaba copiando a vuela pluma, lo pudiera transmitir fielmente a mi cuaderno de apuntes. Y tal como la copié, así quiero transmitirla a mis lectores en la Serie de Aromas Antonianos, y la reservo para el número siguiente.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

A María Santísima en su gloriosa Asunción a los cielos

A dónde vas, Madre mía,
Por qué en medio de esas nubes.
Hoy a los cielos te subes
entre celeste armonía?
¿No ves tú que esta sombría
Mansión de tristes dolores,
Será, sin los resplandores
de tu rostro celestial.
Antro oscuro donde el mal
reinará, y no tus amores?

Detén paloma tu vuelo,
permíteme que de hinojos
te contemplen aun mis ojos
flotando en el claro cielo.
¿Tú no ves, dulce consuelo,
Lo afligidos que nos dejas?
¿No llegan a ti las quejas
de nuestro fiel corazón,
que así a la etérea región
rápidamente te alejas?

¡Ay, cuán triste va a quedar
este valle con tu ausencia!
Sin tu divina presencia,
¿Quién podrá en él habitar?
Si de la aurora el brillar
y el suspiro de la brisa
y la luz dulce e indecisa
de la luna placentera,
no son ni sombra siquiera
de tu celeste sonrisa?

Detente, madre adorada,
que espere un instante el cielo
Y goce en él aun el suelo
el calor de tu mirada.
Una lágrima preciada
por el ala de un querube,
resbala en la que te sube:
Nube celeste e inmortal:
Virgen pura y celestial,
¿A dónde caerá esa nube?

Ya llegaste a la región
do todo es gloria y ventura;
y tu celeste hermosura
llena la eternal Sión.
Nuestro amante corazón
no te ve, Virgen divina
pero doquier te adivina,
En el mar, el monte, el prado,
en el bosque perfumado
y en la fuente cristalina.

Desde la celeste altura
en donde eres coronada
por la Trinidad Sagrada
Reina de toda criatura,
no olvides, vida y dulzura
a los tristes hijos de Eva,
y si en sus alas te lleva
un suspiro, una oración,
óyela con compasión,
y en goce el pesar renueva.

E. G.

Asunción de la Virgen

Cerasi Chapel, Santa Maria del Popolo (Rome, Italy)

A un nuevo sacerdote

Alabad al Señor todas las gentes,
Pueblos todos, cantad;
Cielo y mar, y vosotros, continentes,
Al Dios nuestro load.

Que el que es grande, infinito, omnipotente,
Nuestro Rey y Señor,
Quiso obrar con los hombres indulgente
Un prodigio de amor.

Un prodigio de tal naturaleza
Que ni aun pudo soñar
El mortal en sus ansias de grandeza
De a Dios mismo emular.

Todo un Dios se ha ocultado bajo un velo
De blanquísino pan,
Y le come un esclavo y todo el cielo
Con la Hostia le dan.

¿Y quién tiene el poder extraordinario
De forzarle a bajar
De su solio eternal y en el Sagrario
Obligarle a morar?

Es un hombre quien obra tal portento
Y no ya un serafín:
El le sirve al mortal el alimento
Del divino festín.

Y ese hombre eres tú, mi buen hermano,
Que hoy subiste al altar,
De poder revestido sobrehumano,
La Hostia Santa a inmolar.

Tú a Dios llamas y él baja sin tardanza;
Le encierras y allí está;
El contigo ha firmado eterna alianza;
Do tú quieres él va.

¡Oh inefable y jamás soñada alteza!
¡Oh qué insólito honor!
Alabemos al Dios por tal fineza
¡Viva el Dios del Amor!

L. A.