Alegría

Entre los varios elementos educadores existe uno de gran trascendencia y de cuya necesidad nadie dudará al sentirlo como circular por su sangre. La alegría aveces es sustituida por su contraria la tristeza y si aquélla presenta su faz atractiva, simpática y encantadora, ésta apaga la luz de nuestra existencia y encapota nuestro cielo interior con sus nubarrones feos y negros.

Y el caso es, que escribo hoy estas palabras, alegría, tristeza, y la mitad del mundo se pondrá en favor de la una, y en contra la otra mitad. Alegría, me dirán multitud de rostros pueriles y retozones, que no saben lo que es alegría, ni lo que es tristeza, sino porque no hay escuela, o porque se les rompió el caballito de su juego. Alegría, me dirá la multitud de bellas, y de ensortijados cabellos, y de ojos azules, y de rostro pintado por los colores de la edad juvenil, conocedoras ya de la vida alegre por exigencias de su corazón tierno, cariñoso e ilusionado. Alegría, cantan a coro con las bellas el sexo diverso, llevados por el mismo ideal y por el fuego de su sangre, y ya en sus rondallas al son de la guitarra, ya en sus galanteos a sus prometidas, convidan a la alegría y respiran jovialidad cantando rústicamente sus endechas, encarnación de la alegría popular.

Alegría quieren los recién desposados y la disfrutan hasta el colmo en aquellos momentos en que el amor se ve correspondido por mutua reciprocidad, titulados a la vez con el dulce y melifluo nombre de padre y madre. Alegría, alegría, dice media humanidad. Que nos hablen de alegría, que aumente, que dure, que reine la alegría, pues la vida es alegría y la tristeza es muerte, es amargura, es pesimismo. ¡Fuera el pesimismo y fuera la tristeza!

Pero... ¿a quién deberemos creer? Si a la media humanidad joven, florida y placentera se opone la otra mitad menguante, arrugada y marchita que nos dice: ¿Alegría?c¿Qué es eso de alegría?¿Existe ya la alegría? ¿Son alegría las lágrimas que bañan mis mejillas en mis soledades, en mis trabajos y en mis infortunios? ¿Qué es alegría? ¿Es un sueño que pasó en una noche, o es ligera brisa que meció mi vida en una tarde de abril? ¿Qué es alegría? ¿Es un beso que ni huella dejó, o es un dulce que amargó mi boca al acabarse tan pronto y tan de prisa? ¿Qué es la alegría? ¿Es una ilusión vaporosa que se perdió entre el cielo y la tierra, o es una engañosa realidad que sirve para el tormento?

¡Oh, hombres! ¡Oh, amigos! ¡Oh,familia que escucháis mis tormentos y os compadecéis de mis desgracias! dice el paralítico en su lecho, y el ciego sin ver la luz, y el enfermo crónico sin esperanza de salud: ¿Qué es alegría? ¿Dónde está la alegría? ¿Para qué sirve la alegría? Yo oigo reír, y veo saltar a la juventud divertida y canta y baila y va y viene y hablan y cuentan y... ¿es que sienten la alegría? ¿Y qué sienten? ¿Y por qué yo no la siento? ¿Y por qué soy privado de esa felicidad? ¿Es que sólo 'tiene derecho a ella el joven y el sano y no el viejo, el enfermo y el humillado? ¿Es que yo viejo no puedo comer de tal fruto? ¿Es que yo pobre y trabajado, perseguido y tal vez calumniado, no puedo heredar tan rica joya, ni ser bautizado con tan divino bautismo? ¿Qué es alegría? ¿Por qué nos habláis de alegría? ¿Por qué nos habláis de felicidad imposible para nosotros; y de vida con sombras de muerte; y de esperanza sin norte?

Sermón en vano, sermón en desierto, sermón perdido, o más bien, sermón perjudicial que aumenta o renueva el tormento, pues no podemos comer del árbol del bien y obligados somos a saborear los frutos del árbol de! mal. Callad y no habléis. Hablad a la otra mitad creyente, a la mitad dichosa y a la mitad de las ilusiones; no a la mitad llorosa, doliente y desgraciada, cuya esperanza es el olvido, término de nuestra vida amarga y triste.

Y... ¿es de otro modo la humanidad? He dicho bien al principio que,al nombrar y querer hablar de la alegría, la mitad de los hombres serán favorables y pedirán alegría, más alegría sin estorbos; toda vez que la mitad de desesperanzados y ajenos al placer, ni su nombre pronunciará sin sentir la pena de desheredado. Aquéllos de corazón fresco, amoroso y de ansias ilusorias dirán siempre: la alegría es amor, hablad de la alegría; la alegría es vida, hablad de alegría; la alegría es el pan del corazón,habladnos de la alegría que nos alimente, que nos dé vida, que nos encienda en amores. Estos, los desdichados, también dirán: si la alegría es amor, nuestro pecho está seco y no siente; si la alegría es vida, ¡ay de nosotros!; si la alegría es alimento del corazón, hambre también sentimos, pero no es manjar de desgraciados. No, no nos habléis de la alegría y sólo una mirada de compasión caiga sobre nuestra desventura.

Mas, ¿a quién oiremos? ¿De quién es la razón? ¿De jóvenes enardecidos e ilusionados, o de viejos, enfermos y desesperanzados? ¡Ah! La razón es de aquel que dijo: «Servíte Domino in leetitia». Servid al Señor con alegría. Y como e! joven de sangre ardiente debe servir a Dios, su alegría debe de ser templada, según el servicio de Dios pide. Y como el viejo y el cuitado debe servir al Señor, su vida debe de ser resignada y alegre como sacrificio que pide el servicio de Dios. Luego para todos es la alegría, y derecho tenemos todos a ella. Lo veremos. ¡Oh tierra!, recibe el mandato del Señor: Jubilate Deo omnis terra, servite Domino in leetitia. Y Dios reina en los corazones alegres.

Fr. Elías Mengual, ofm

Charlas Catequísticas o Instrucciones religiosas

La depositaría de la Tradición divina es la Iglesia de Jesucristo.

La Tradición divina y la autoridad de la Iglesia son necesarias para saber qué libros forman la sagrada Escritura y cómo se deben interpretar.

Sólo se pueden leer las Biblias aprobadas por la Santa Iglesia, las cuales van acompañadas de las correspondientes notas aclaratorias del texto.

El nombre de cristiano

La palabra cristiano viene de Cristo Nuestro Señor. Cristiano quiere decir hombre que está bautizado y profesa la fe y la ley de Jesucristo; fe y ley santas; por consiguiente, todos los que profesan de veras esta fe y esta ley, serán también virtuosos y santos.

Somos cristianos por la gracia de Dios.

Ser cristiano es uno de los beneficios más grandes que el Señor nos ha dispensado; por lo cual debemos dar muchas gracias a Dios todos los días.

Hay cristianos verdaderos y cristianos falsos.

Cristianos verdaderos son los que cumplen lo que manda la religión cristiana; cristianos falsos son los que no la cumplen.

Para ser cristiano verdadero es necesario conocer y practicar la doctrina cristiana, que es la que enseñó Nuestro Señor Jesucristo.

El cristiano que no practica la doctrina de Jesucristo, no va al cielo; y para practicarla es necesario conocerla.

No basta saber el catecismo de un modo rutinario; es necesario entenderlo, puesto que el catecismo nos enseña el camino del cielo.

Las demás ciencias nos enseñan los conocimientos útiles para nuestro bienestar en la tierra.

El estudio del catecismo es mucho más importante que el estudio de todas las otras ciencias, puesto que el cielo y la salvación del alma valen infinitamente más que la tierra y todos los bienes temporales.

La señal del cristiano

La señal del cristiano es la Santa Cruz, porque es figura de Cristo crucificado, que en ella nos redimió.
La Santa Cruz representa las principales verdades de la religión cristiana, a saber; Unidad de Dios; trinidad de Dios y Redención.

Unidad de Dios quiere decir que hay un solo Dios.

José Mª Luca.

(Continuará).

Romería de la Virgen

H I M N O

Salve, salve, te dicen a coro,
mezclados en profuso tropel,
los romeros que realzan tus «vivas»,
con los gritos de «muera Luzbel».

Míranos, Madre, mira a tus hijos,
tuyos somos, aquí Tú nos ves.
Mira cómo tus glorias cantamos
con el alma rendida a tus pies.

Tú más bella que sol refulgente,
Tú más pura que luz matinal;
ataviada de estrellas brillantes,
eres digna de! Rey eternal.

Palma erguida, ciprés elevado,
de azucenas ameno pensil;
con los nardos, claveles y rosas,
te ofrendamos candor juvenil.

Te ofrecemos guirnaldas tejidas
con primores que el mundo no ve;
con virtudes que exornan el alma,
con esmaltes que avivan la fe.

Ancora firme, norte seguro,
faro potente, guía sin par;
nave que al puerto corres ligera,
de ola en ola surcando la mar.

Si los astros del cielo te forman,
aureolas de luz y esplendor,
tus devotos diademas te ciñen,
esmaltadas con actos de amor.

Ora ruja furioso el averno,
ora brame con rabia Satán;
los hijos que postrados te adoran
a tus órdenes siempre estarán.

Complacidos a casa volvemos,
después de honrarte todos aquí,
reliquias al hogar nos llevamos,
que memoria nos hagan de Ti.

Todos, todos, corriendo a porfía,
de tus gracias y aromas en pos,
por su Reina, Señora, te aclaman,
te dan «vivas», te dicen «adiós».

Fr. Francisco Lliteras, ofm.

Leyenda infantil

El día festivo

Julio y Manuel son hijos de un fabricante que reside en una industrial ciudad catalana. Es el día de la Natividad, el día sublime en que se conmemora la redención del género humano.

La mañana está hermosa y los dos muchachos salen de paseo con el fin de tomar el sol por las afueras de la ciudad. Llegan a un sitio elevado, desde donde se domina la población, y se quedan contemplando el bello panorama que a su vista se presenta. Las numerosas chimeneas de las fábricas parecían una cuadrilla de titanes, enhiestos centinelas en cuyo centro se elevaba majestuosa y atrevida la esbelta figura del campanario. Dos de estas chimeneas dejaban salir un cono de humo negro que al extenderse, venía a formar una gran mancha oscura, la cual enturbiaba el límpido azul del firmamento.

—¡Qué escándalo!—exclamó Julio— ¡trabajar hoy!.. ¡Buenas tragaderas deben tener los dueños de esas fábricas!

Su hermano, que demostraba ya desde niño, esa avaricia febril del industrial ambicioso, dijo:—Verdad es que en el día de hoy se debía suspender todo trabajo; pero...

—¿Qué quiere decir ese pero...?

Quiere decir que la actividad del siglo, las necesidades mercantiles, las exigencias del negocio, obligan al fabricante a trabajar en días laborables y festivos, a sacrificarlo todo, hasta las fuerzas... hasta la salud... hasta la vida.

—Hasta la Religión, hasta el alma, hasta Dios—siguió diciendo Julio con ironía,—si el hombre tuviera poder para sacrificarlo. Todo por el negocio, todo por el afán de enriquecerse, todo por cuatro días de vida sobre la tierra... ¡Miserables!

—Miserable es quien no tiene dinero.

—No, Manuel: es más miserable el que reconcentra toda su actividad en la adquisición de ese metal; es más digno de lástima el que no ve más allá del mundo: es más infeliz el que carece de ideales cuya realidad está en el cielo; es más desdichado aquel que siente en su pecho la ponzoña de la ambición, el pensamiento constante de la plata... oro... billetes de Banco... y en su alma la más refinada depravación moral; alma que se revuelve en e! fango de la avaricia, que se va comprimiendo gradualmente, que llega a hacerse muy pequeñita, que desaparece del todo comida por el orín de la bajeza y la abyección. Y entonces, ¡claro!, ya no hay nada de espiritual en el hombre, nada divino, ninguna idea que pase más allá del sitio por donde sale el humo de la chimenea, nada que suba y se dilate, y llegue al cielo. Todo queda reducido a la tierra y, como el alma, lo sobrenatural se comprime, baja, desaparece; lo divino se transforma en humano y lo espiritual en materia... en asquerosa materia.

¡Ah, Manuel! ¿Es que no hay más Dios que el dinero, ni más ley que él negocio, ni más virtud que el trabajo desordenado, ni más sabiduría que la de saber enriquecerse, ni más religión que la industria, ni otro sentimiento que el carbón que alimenta la caldera de la máquina de vapor?

—¡Phs!.. sí; pero lo primero es el negocio, Julio.

—Lo primero es el cumplimiento de la ley de Dios, Manuel. Hay un precepto que nos manda santificar las fiestas,y debe cumplirse.

—¿Porque lo exige la Religión?... ¡Ja, ja!

—Porque además de ella lo exige la sociedad, lo aconseja la razón, lo pide la salud, lo solicita la familia, lo requieren el cuerpo y el alma,lo prescribe la naturaleza, lo manda Dios.

—¡Chico, chico, me parece que has exagerado algo en la extensión de los fundamentos! Dios ya sé que lo manda, y hasta te concedo que lo aconseje la fe, por ser un mandato de Dios; pero... ¿que lo exija la sociedad, y lo pida la salud, y lo solicite la familia, y lo requieran el cuerpo y el alma, y lo prescriba la naturaleza? Vamos, Julio, opino que te pondrían en un aprieto si te exigieran la demostración de todas esas afirmaciones.

—¿Sí, Manuel? Pues para que veas que al buen pagador no le duelen prendas, voy a suponer que eres tú el que me exige la demostración. Escucha.

No negarás que el hombre es naturalmente sociable. Tampoco podrás negar que en el taller o fábrica, el hombre no se presenta como tal, sino como una máquina de trabajo. Luego aunque los obreros en la fábrica forman una colectividad, ésta no puede legítimamente considerarse como una asociación de ciudadanos, sino como una adición de instrumentos activos.

La Religión, la política, la familia, la amistad, la instrucción, etc., como elementos constitutivos de la sociedad, reclaman la atención del hombre como católico, como ciudadano, como padre, como amigo, como ente capaz de instruirse y de instruir, de educarse y de educar.

Luego precisa la existencia de días en ¡os que el hombre deje de ser máquina: esos son los días festivos.

—En eso tienes razón. Sigue.

—La limpieza es al cuerpo lo que la pureza es al alma. Uno y otra se ensucian: el cuerpo, con sudor, polvo, grasa; el alma, con errores, vicios, pecados... Luego la salud de uno y de otra necesitan días especiales en que se atienda a la curación de las enfermedades que atacan a la carne y al espíritu: estos días son los festivos. Días en los que el hombre deja la ropa sucia de la semana y se reconcilia con Dios en el templo.

—¿Que se reconcilia con Dios en el templo, Julio? No sabes que la generalidad...

—Sí, Manuel, es verdad. Debo confesar que el día festivo es para muchos el señalado para embrutecer el cuerpo con alcohol y el alma con obscenidades. Es día de borrachera, de juego, de baile, de camorras y pendencias; pero... ¿acaso la imperfección del hombre mancha en lo más mínimo la bondad de la idea?

El día festivo debe existir; lo que debiera desaparecer es el mal uso que de él se hace. Substituir la taberna por el templo, el baile por la oración, los nauseabundos vapores del alcohol por las saludables brisas del campo, la funesta baraja por el buen libro, el trato de los amigos tabernarios por las caricias de los hijos; y así sucesivamente todo lo que tienda a fortificar los buenos sentimientos del corazón y los consejos de la higiene.

—No puedo negarte que tienes razón. Sigue.

—El trabajo del padre en el taller, fábrica o campo representa el sustento de la familia,y como éste es necesario, necesario es también que el hombre trabaje los días laborables. Pero el obrero tiene también deberes ineludibles que cumplir para con su esposa e hijos, y forzoso es que exista un día que les permita reunirse todos en casa, para que el padre pueda cumplir su misión de jefe de familia educando y animando a todos sus subordinados con el consejo que corrige y con la caricia que alimenta y consuela: ese día es el festivo.

Pues bien; si el padre (y hasta la madre) han de tomar otra vez, en el día festivo, los grasientos trajes de la semana y salir de su casa al amanecer, el fabricante podrá recoger las miserables monedas que le produzca la ganancia de los artículos fabricados en aquel día; pero... ¡cuánto daño ha hecho su avaricia!: ha robado un católico a la Religión, un ciudadano al Estado, un alma a Dios; y al mismo tiempo, ha destrozado la amorosa reunión de una familia, borrando la máxima del buen vivir que, anunciada por el padre, se transmite a los hijos en los días festivos como sagrada herencia del hogar.

—Es verdad.

—Pues bien, si esto es verdad, ¿puede ponerse en duda que el cuerpo necesita días de descanso para reparar las fuerzas gastadas en los de trabajo?

A no ser cayendo en el más grosero materialismo, ¿es posible negar la necesidad de un día especial en que calle la máquina y hable el alma en la tranquilidad del silencio y de la meditación?

¿Cabe pensar que el hombre sea una bestia sin otro objeto que trabajar para comer y comer para trabajar?.. Pues es necesaria la existencia de los días festivos, porque únicamente en ellos deja el obrero de ser instrumento... esclavo... bestia de carga.

Y si te fijas en los fenómenos de la naturaleza observarás, Manuel, cierto orden periódico que regula la actividad del movimiento y la quietud del reposo. Hasta las plantas tienen su época de descanso, época en que ni aun circula la savia.

Luego los días festivos no son más que un efecto de las leyes de la Naturaleza. Y de tal modo es así, que si Dios no nos hubiese dado el tercer Mandamiento, los gobiernos,y aún el mismo individuo,se hubieran visto en la necesidad de crearlo.

—Opino como tú, hermano mío.

—Entonces, ¿necesitarás argumentos que demuestren la injusta desobediencia de los hombres que no cumplen con este precepto?

—No.

—¿Comprenderás la vil ingratitud que esta desobediencia encierra para Dios, y la propiedad de la palabra miserables aplicada por mí a los dueños de esas fábricas?

—Sí, Julio: esos industriales, egoístas e irreligiosos, son más infelices que los obreros a quienes infamemente obligan a trabajar en el día de hoy, o en cualquier otro destinado a Dios.

—Y si tú llegaras a ser dueño de una fábrica, ¿no te tentaría el negocio, las exigencias del comercio?

—No, Julio, evitaría que trabajaran mis obreros en días festivos y haría lo posible para alejarlos de la taberna y del vicio, a fin de que santificaran las fiestas.

Entonces Julio, al ver que su hermano hablaba sinceramente, le abrazó cariñoso; después, los dos juntos regresaron a la ciudad hablando del origen, historia, legislación canónica actual sobre las fiestas, y Julio, que poseía una regular instrucción sobre este punto, dio a su hermano una explicación detallada de las obras serviles, liberales, mixtas y forenses, haciéndole, además, otras advertencias importantes.

Palmi.

Cristo crucificado

La mendiga

No es leyenda, ni el título de una peregrina narración; es sucedido humilde, una verdadera cosa menuda, casi pueril, que 70 elevo a la modesta categoría de esta crónica.

La voy a contar.

Hay en mi parroquia un Cristo muy hermoso, muy pálido, muy triste.

Hace algunas semanas, desde que las flores se venden, con extraordinaria abundancia, vi que al Cristo de mi parroquia le florecía entre los pies ensangrentados un oloroso ramo de claveles.

La constancia de este ramo, siempre fresco, siempre en el mismo lugar, sujeto entre los santos pies sobre un clavo y las heridas, me llamó la atención; y una tarde, la casualidad me puso delante a la devota jardinera que ungía los divinos pies con lozanos claveles.

Estaba la iglesia solitaria y silenciosa, y yo rezaba cerquita de la imagen del Señor.

Unos pasos vacilantes quebrantaron la calma profunda del templo, y una tos, un jadeo y un suspiro se aproximaron a Jesús.

Era una anciana menuda y pobre, la que lucía en sus manos cenceñas un nuevo ramo de claveles preciosos.

De puntillas, para alcanzar hasta las plantas esclavas, la vieja desprendió dulcemente el ramo de la víspera y colocó el que llevaba. Iba ofreciendo uno a uno los claveles, y los besaba, suspirante y devota, murmurando:

—Pobretuco, pobretuco...

Entonces mi emoción se hizo curiosa para preguntar a la anciana:

—¿Es usted montañesa?

—¿Montañesa?—interrogó a su vez, mirándome sorprendida. Y sin responder a mi pregunta, repuso, meciendo en la sombra su mirada apacible:

—Yo soy de muy lejos... de muy lejos...

—Pero, ¿de dónde?—insistí porfiado.

—De más allá de "Torlavega"... Para venir aquí hay que andar en tren toda la noche.

Con una indiscreción llena de simpatía yo quise averiguar.

—¿Hace mucho que vive usted aquí?

—Mucho—me respondió con expresión de infinito cansancio.

Luego de quedarse un instante pensativa, añadió:

—Me trajo el hijo por acá y cuando él murió me quedé sola con Éste.

Y señaló al Cristo pálido.

—¿Por qué no se vuelve usted a su pueblo? —le dije conmovido.

—Está muy lejos, muy lejos... más allá de «Torlavega»...

—¿Y no tiene usted allí familia?

—Nadie —murmuró—nadie en el mundo; pero tengo a Éste.

Y tornó a mirar a Jesús clavado.

Hablábamos despacito, a la luz de dos velas crepitantes encendidas a los pies del Señor. La vieja quiso, bondadosa, satisfacer toda la curiosidad que le revelaban mis preguntas. y me dijo con dulzura:

—Pido limosna, y lo que saco lo reparto con Él, le compro claveles ahora, luego rosas, más allá violetas, y en la Semana Santa dos cirios grandes.

Pronunció estas últimas palabras con infantil orgullo, observando el asombro que me causaba el tamaño de los cirios.

Estaba yo tan confuso y absorto oyendo a la viejecita, que no supe qué decirle; y como ya hubiese ella colocado con mil precauciones devotas su fresco ramo a los pies de Jesús, me hizo un saludo amistoso y se confundió en la oscuridad del templo, con misterio de aparición, muy chiquitina, muy dulce y muy triste, esta anciana montañesa que vive de limosna y unge con aromas de lozanos claveles las plantas esclavas de una imagen, símbolo de misericordia infinita.

Temas religiosos de Liturgia

—¿Pueden contentarse los fieles católicos con asistir a la santa Misa y oiría a manera de simples espectadores, cual si el templo del Señor, que es alcázar y morada del Rey de cielos y tierra, fuese aquí un teatro más, un nuevo escenario el altar de tan augusto sacrificio y una empresa anónima el importante grupo formado por el celebrante, los ministros, los acólitos y el pueblo fiel, que física o moralmente concurren también al acto?

—En forma ninguna. Este modo de obrar, irreverente y estúpido, equivaldría a una grosera manifiesta profanación de los lugares, de las cosas y de las personas consagradas al culto divino; la cual no debe tolerarse entre nosotros. A los buenos cristianos nos toca oír la santa Misa por fines y motivos sobrenaturales, tomar en ella parte activa, consciente y personal, seguir sus ritos y ceremonias en lo posible y demostrar con nuestra compostura una fe y devoción no fingidas.

—¿Qué decir de aquellos que durante este santo sacrificio se ocupan en rezar sus devociones particulares, leer libros piadosos, meditar, contemplar o discurrir sobre los misterios de nuestra sacrosanta religión, que no tienen relación directa con lo que entonces se hace, dice o representa en el altar, donde se ofrece a Dios un holocausto magnífico?

—Que así y todo no estuvieron de lo más acertados en la elección del método para bien oiría y cosechar los frutos de ella con abundancia. De esta clase de oyentes, no obstante su reconocida piedad personal y nobleza de intenciones que los distingue del vulgo de los devotos, cabe afirmar que han puesto su pucherito aparte, que en presencia del grandioso drama de nuestra redención se mantienen neutrales, que se muestran como ajenos a las emocionantes y sabrosas escenas del Calvario, y que, a sabiendas o sin saberlo, de propósito o sin intención ninguna, practican entonces una devoción fuera de tiempo, por no decir mal entendida.

—Ya que nuestra asistencia personal a ese acto público de la Iglesia supone también un género de cooperación más directa al desarrollo y consumación de este supremo y divino sacrificio, ¿cuál será el método más apropiado para una función tan sagrada aplicable a los fieles de uno y otro sexo que quieran esmerarse en oír bien la santa Misa?

—El llamado litúrgico o de intercesión personal individual. Este es, sin duda, el mejor de todos. Seguirlo fielmente es asociarse cada uno al propio celebrante, quien aquí representa la augusta persona de Jesucristo nuestro Salvador. Los que hacen esto ofrecen también de su parte la Víctima divina al Padre de las eternas misericordias y entran a la participación del fruto que está reservado al ministro del santuario, porque permanecen íntimamente unidos con él desde el principio hasta el fin de tan rica ofrenda.

—¿Cómo hemos de conducirnos los cristianos si queremos pertenecer al número de esos oferentes secundarios y mantenernos siempre unidos al oferente principal visible, que es aquí el sacerdote celebrante, y al invisible que es Jesucristo en persona?

—Seguir paso a paso, con la mente y corazón, el curso de las ceremonias, ritos y oraciones del celebrante, ministros y acólitos, en lo que nos afecta a nosotros, sin atender a otra cosa durante la santa Misa, fuera de lo prescripto por los usos y leyes litúrgicos, a no ser que ello brote de las entrañas del acto que entonces se realiza y lo complete. Los que van por otros caminos, se apartan constantemente de la liturgia de la santa Iglesia y llenan de novedades abusivas esa función tan sagrada con que los buenos católicos, aun viviendo en carne mortal, nos acercamos y unimos con Dios.

—¿Acaso condena V. con esto esos métodos más usuales, tan en boga en nuestros días, practicados individual y colectivamente en la audición de la santa Misa, con notable fruto espiritual de los asistentes al mismo sacrificio?

—Tanto como esto, no. Aquí establecemos la comparación de unos con otros y preconizamos el método litúrgico sobre todos los demás. Este es el que recomendamos para las personas medianamente instruidas, y para sacerdotes, religiosos y religiosas, a quienes suelen molestar los rezos y lecturas de libros por devotos que sean. Ya sabemos que para el vulgo de los cristianos, en estos tiempos en que andan tan escasos de instrucción religiosa y de lastre espiritual, será más conveniente simultanear la audición de la santa Misa con el rezo del rosario, con alguna meditación de verdades eternas, triduos, novenarios y explicaciones catequísticas u otras prácticas piadosas; pero esto obedece a que ese vulgo, hoy más numeroso que nunca, no es capaz de alimento más sólido; lo cual debiéramos lamentar y llorar con lágrimas de sangre.

—¿Qué instrucción religiosa supone este método en los fieles cristianos de toda especie cuando asisten a la santa Misa y la oyen como se ha dicho? ¿Son actualmente muchos los que poseen siquiera la instrucción necesaria para emplearlo con fruto en la Iglesia de Dios? ¿Hay derecho a pedirla sin distinción a todos los católicos de uno y otro sexo, atendida la capacidad intelectual y moral de los oyentes cristianos?

—Siendo este augusto sacrificio la expresión viviente y el centro primordial del supremo culto que los cristianos católicos tributamos a Dios, Señor y Creador nuestro, y debiendo de ser la piedad de los fieles ilustrada en todo sentido y compenetrarse con el espíritu de la santa Iglesia que se gloría de poseerlo, no cabe duda ninguna de que hay derecho a pedir a todos los adultos bautizados una clara noción, aunque sumaria y brevísima respecto de muchos seglares, de lo que es él en sí mismo y en sus efectos, de lo que vale y representa entre nosotros y de lo que son los lugares, las personas y las cosas que lo ilustran y completan.

—¿Qué extremos deberá abarcar ese mínimo de cultura religiosa de los católicos con relación al santo sacrificio de la Misa, aun tratándose de las gentes más engolfadas en negocios y problemas seculares, si todavía conservan afición y amor a su altísima dignidad de cristianos?

—No se les puede eximir fácilmente en ningún caso de tener siquiera una sucinta idea de nuestra sacrosanta religión, del modo ordinario de honrar y adorar a Su Divina Majestad, del alto y prestigioso destino que corresponde a los templos o alcázares y moradas del Rey de los reyes, de la encumbrada santidad y clásico simbolismo del altar por el divino Cordero que en él se inmola y ofrece a Dios por los pecados de todos los hombres, a la vez que de los ornamentos, vasos sagrados y demás utensilios complementarios de la liturgia de la santa Misa, que para cada cosa tiene su significación especial. Esto no obstante, forman ya legión los fieles católicos que no alcanzan este mínimo de instrucción religiosa tocante al acto con que mejor muestra Jesucristo su acendrado e infinito amor a Dios y a los hombres.
—¿Entre quiénes cabe sin culpa de ningún género la ignorancia de estas nociones tan elementales como necesarias, en la devota asistencia al santo sacrificio de la Misa, si no se puede ser buen cristiano sin el conocimiento práctico de las obligaciones contraídas en virtud del santo bautismo, que nos alistó a la milicia de nuestro Señor Jesucristo? ¿Hay por ventura quien esté absoluta y verdaderamente dispensado de imponerse en los conocimientos religiosos aquí enumerados?

—Con exención completa de toda culpa moral, no sabemos que haya entre nosotros más que los niños y los dementes. Los primeros porque no han llegado aún al libre uso de la razón, y los segundos porque la han ya perdido. Pero a todos los demás, según así nosotros lo entendemos, les alcanzará su tanto de responsabilidad, que seguramente no será igual para todos esos descuidados.

Fr. Francisco Lliteras. ofm

Corazón generoso

Aunque no ha satisfecho la Psicología cumplidamente a la pregunta de por qué el corazón es como el motor inmediato de todas nuestras obras, es lo cierto que en la común apreciación y sentir, él es el eje sobre el que gira toda la universalidad de las humanas acciones.

Cuando hay lances que provocan una oleada de alegría, se nota un latir rápido y que se propaga con la crecida del torrente circulatorio a todo el organismo para llevar una suave sensación de satisfacción y bienestar a todo é!. Igualmente la tristeza oprime el corazón, dificulta la circulación y respiración, y queda como consecuencia una abyección y desgana de actividad. O ya en otras palabras: el corazón que late vive con placer y se entrega al optimismo y mira de frente a la vida, y se entrega dadivosamente para hacer igualmente felices a los demás compañeros; y al contrario, el corazón que late lentamente tiene poca vida en sí y cree en su mezquindad que le vana arrebatarla poca vida que tiene si se prodiga a los demás.

¿Pero es que solo el tener frecuentemente esa alegría y dicha será lo que marcará la planta del corazón generoso? ¡Ah! El corazón es como un motor inmediato, pero a ese motor lo ha construido complejo un fabricante que es el responsable de toda esa acometividad de que se culpa ordinariamente al ciego corazón del hombre.

Primeramente los antepasados han dejado una profunda huella de predisposición en el corazón hacia la generosidad o hacia el egoísmo según una u otra fueran las características de ellos.

Luego el alma que nos ha informado ha sido más o menos bien dotada por Dios nuestro Señor para imponer su fuerza dominadora y espiritual sobre el organismo. La razón, la idea, tiene una fuerza de penetración enorme, y la voluntad, su eterna compañera, entra como señora que todo lo avasalla.

Estas potencias adhiriéndose con firmeza a la verdad y a la justicia arrastran tras sí al corazón con una fuerza aunque no despótica (no cambian momentáneamente) pero sí política enorme, imponiéndose casi físicamente.

No obstante la fuerza del alma en orden al bien y desprendimiento y por tanto generosidad, hay otra fuerza de lastre enorme, que nos arrastra a la parte contraria, al apego a nuestro placer y objetos materiales que nos lo procuran: es el egoísmo y sensualidad. Esa misma sensibilidad del corazón que se hace eco de todo cuanto viene a impresionar nuestros sentidos y que nota tan fielmente la parte de placer o enojo que producen los objetos sensibles que nos envuelven, es parte de que el corazón se agarre al bienestar, a la sensualidad que es la encarnizada enemiga de la espiritualidad y abstracción y despego de lo material que tiene nuestra alma.

Cada una de esas dos fuerzas eminentemente contrarias, rectitud y egoísmo, pretenden imperar en nuestro corazón, y a cada paso de una hacia adelante se le opone todo el peso de la otra y se forma en la vida un contrabalanceo continuo, y enemigos irreconciliables no pueden pactar entre sí para entenderse y formar un estable equilibrio. Está, pues, el corazón suspendido entre el cielo y la tierra, entre los dictados de la recta razón y el bienestar egoísta. Y a más de ella, como prenda tan estimable, la pretende atraer Dios hacia Sí de un lado, al mismo tiempo que el enemigo le pone delante el cobarde placer para que no suba hacia el centro de toda justicia.

Los corazones raquíticos, mezquinos y rastreros van pactando con sus sentidos de no negarles lo que piden, y como cada paso deja su huella, resulta que el corazón va prendiéndose a las redes sutiles de la sensualidad y como mosca incauta, cautivo queda de las mallas de los vicios y del egoísmo ciego, que le corta las alas de la libertad y de la generosidad.

Para ser verdaderamente generoso el corazón, con la generosidad que le presta la libertad de acción por estar desprendido de la sensualidad, es preciso que se abstraiga de sí, que remonte el vuelo a las esferas del amor de Aquel que triunfó, resucitó de entre los muertos, que es la resurrección de la vida.
Lo primero, no dejarse atar por ninguna clase de lazo que pretenda pegarle las alas con el bajo e inmundo suelo, y luego dirigir el raudo vuelo a lo alto para volar muy alto en alas del amor, de aquel amor que es vida del corazón generoso.

El corazón sensual es misántropo, o sea dirige siempre la mirada hacia si, para gozar de sí, para chupar toda gota de placer que produzca el contacto con las criaturas, y esta mirada introspectiva le lleva a no hacer caso de nadie ni de nada que no sea su propio yo y egoísmo.

Otra cosa es el corazón generoso. Este mira siempre a lo alto, hacia arriba, y se olvida de sí, y atiende a todos y se prodiga en beneficios a todos con la sola condición de que no le distraigan de su centro que está en las alturas, donde está su tesoro. Esta altura de mirada le da una rectitud, una simplicidad, una constancia, una alegría inefable que son dotes, a cuál más apetecibles del corazón generoso.

Fr. Gerardo Boluda, ofm.