El día de la prensa Católica en España

Sabido es de todos los católicos que el Día de la Prensa en España, es el día 29 de Junio, festividad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo: y en este día se recomienda a todos la oración y colectas de limosnas pecuniarias, para contribuir al triunfo de la buena Prensa, tan combatida hoy día por la mala y pornográfica.

Y una vez más recomendamos, con verdadero interés, a los lectores de nuestra Revista y a todos los católicos, que no dejen de contribuir con su óbolo y con sus oraciones al sostenimiento y propaganda de la buena Prensa, como repetidas veces nos lo piden el Sumo Pontífice y los Prelados de la Iglesia.

«Una vez más, dice el Cardenal Primado de España, viene la Santa Sede a dar solemne testimonio de la necesidad de trabajar denodadamente en la obra de la Prensa Católica, de imperiosa urgencia en nuestros días».

«Por lo que toca a nuestra Patria bien puede afirmarse que la Prensa es hoy día el ariete más formidable que utiliza la impiedad para combatir constante y encarnizadamente a la Santa Iglesia.

«Y como la mala Prensa, que sin escrúpulo hace guerra a las instituciones sagradas, cae en manos de tantos incautos, es incalculable el perjuicio que ocasiona a las almas.

«Con intuición apostólica señaló este peligro el Padre Santo a los predicadores cuaresmales de Roma en la Alocución que les dirigió en la audiencia a ellos otorgada el día 4 de Marzo pasado.

«Les encomendó que tomasen como argumento de su predicación las malas lecturas, que son una gran plaga, un gran mal, una verdadera calamidad de nuestros tiempos».

«El celó, pues, que el Padre Santo encomia en los católicos españoles respecto al Día de la Buena Prensa, tiene un campo amplio en que ejercitarse con extraordinario fruto, restando elementos de vida a la mala Prensa que es uno de los medios de perversión más nocivos de nuestros días.

Necesario es que la Prensa católica, a la que todos los buenos españoles deben apoyar con espléndida generosidad, esté siempre vigilante, dispuesta a combatir los errores y procacidades de la Prensa enemiga.

Mas esto no basta: menester es que los buenos cumplan el deber apremiante de no prestar ninguna clase de apoyo a la Prensa que combate sus intereses más sagrados.

No cabe dudarlo, la mala Prensa, esa plaga grave, ese mal grave y esa verdadera calamidad, que nos denuncia el Vicario de Jesucristo, no subsistiría entre nosotros sin la cooperación y apoyo de los nuestros.
Triste es tener que reconocer que la Prensa anticatólica vive principalmente por la suscripción, por el anuncio, por la lectura de muchos que se ufanan de llamarse católicos.

Dos partes, substanciales ambas, incluye, por lo tanto, la actuación de los católicos con respecto a la Prensa, s¡quieren secundar las orientaciones pontificias, en consonancia con el diverte a malo et fac bonum de los Libros Santos: evita el mal, y haz el bien.

Es preciso, en primer lugar, huir de la mala Prensa, como de la vista de un áspid; y es necesario hacer el bien favoreciendo ampliamente la buena Prensa con toda ciase de cooperaciones.
Juntamente pues, con la oración y con el generoso donativo, aquí tienen los católicos españoles un magnífico programa para el próximo Día de la Prensa Católica en España».

Así habla el Primado de España en la hermosa Pastoral que dirigió a todos los católicos españoles, en la festividad del glorioso Patriarca San José.

Y deber urgente es de todos los católicos poner en práctica estos consejos tan saludables y tan oportunos en las actuales circunstancias,pues todos vemos con nuestros propios ojos los estragos que está produciendo la mala Prensa, en todos, pero especialmente en los jóvenes de ambos sexos.

Arranquemos pues de sus manos los folletines indecentes y las novelas inmorales que atentan contra la fe, la moral y las buenas costumbres, como les quitaríamos un veneno mortífero o un arma con que pretendieran arrebatarse la vida.

J. B.

La ofrenda de San Antonio

Le v¡puro, sonriente,
más bello que un serafín,
en sus ojos luz naciente,
en sus mejillas carmín.

Su alma pura, inmaculada
resplandeciente de amor,
aparecía agraciada
con destellos de esplendor.

Su peregrina figura
vestía burdo sayal,
y ostentaba en la cintura
cordón de albor celestial.

Sus brazos acogedores
llevaban tan rico don,
que con sus vivos fulgores
cautivó m¡corazón.

Era la perla agraciada
del Niñito encantador,
en los brazos engastada
de Antonio, fiel amador.

Y Antonio dándome el Niño,
y con voz dulce, cual miel,
me dijo: «Sea el cariño
«del Colegio de Teruel;

«sea su eterno modelo,
«sea su luz y esplendor,
«y será la tierra cielo,
«y el Colegio, luz y amor».

¡Qué regalado consuelo!
¡qué ofrenda y valioso don!
Ser Jesús nuestro modelo,
nuestra luz y protección.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

Las manos de San Antonio

Esas tus manos preciosas
tienen mucho que admirar,
les dedos parecen fuentes,
no de agua, sino de pan.

Son manos iluminadas
que derraman bienestar
y curan a los enfermos
de cualquier enfermedad.

Son manos de taumaturgo,
manos no vistas jamás,
manos de padre, de hermano
y de amigo celestial.

Son manos de misionero,
manos que anuncian la paz,
manos llenas de prodigios
que libran de todo mal.

Son manos sacerdotales,
manos como no las hay,
manos mágicas y santas
que siempre tienen que dar.

Manos que atraen las almas
como s¡fuesen imán,
manos que quitan pesares
y vierten felicidad.

S¡las extiendes, oh Padre,
sobre este infeliz mortal,
estoy seguro que nada
del mundo me dañará.

Pues cúbreme con tus manos
en tiempo y eternidad,
que te juro por quien soy
que te amaré por demás.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

A las madres cristianas

IV. -El mal árbol da malos frutos.

¡Qué esmero tan exquisito se pone ahora para que el niño llegue a ser un miembro sano y útil del inmenso organismo social!

Se cuida de que brille por su cortesía, se le ¡lustra en todos los ramos del saber humano, en las ciencias, en algún arte o noble profesión, se da a su alma un baño ligero de las virtudes naturales. A eso se ciñe la educación en concepto de muchos. Son los criterios mutilados y mezquinos que apuntábamos en el anterior artículo.

En estos falsos conceptos se echa de menos la norma cristiana y fundamental de la educación, se olvida a Jesucristo, Ideal adecuado del hombre tal como le quiere Dios.

La moderna pedagogía circunscribe sus preceptos y orientaciones con linderos meramente naturalistas. No son de extrañar las funestas y desastrosas consecuencias en la educación, cuando se eliminan de ella las normas cristianas, únicas que pueden regir y orientar debidamente nuestra naturaleza contaminada por el pecado.

La pedagogía naturalista ha cosechado ya sus frutos. Es una lamentable realidad que todos podemos palpar, los amargos frutos que ha dado el naturalismo en la educación.

Descartada de la educación la idea del fin ultraterreno, eliminado Jesucristo y sus salvadoras enseñanzas, han cifrado los corazones sus dorados ensueños y su felicidad en las riquezas, en los placeres, espectáculos, diversiones, y en lo que San Juan llama orgullo de la vida. Han revivido los sentimientos bajos y rastreros que la Divina, Sabiduría pone en labios de los libertinos e impíos: «Venid, gocemos de los bienes presentes y usemos de la criatura a toda prisa... Llenémonos de vino precioso,y de perfumes; y no se nos pase la flor del tiempo. Coronémonos de rosas antes que se marchiten, no haya pecado alguno por el que no pase nuestra licencia». (Sb 2, 6-8).

Así estragados los sentimientos del corazón y envueltos en mefítico ambiente, se cumplen a la letra aquellas palabras de nuestro Señor Jesucristo: «Del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias». (Mt 15, 19).

De esa corrupción de los corazones brota, añadiremos, el poco respeto a las leyes que imponen la pureza y la modestia cristianas en el régimen de nuestro cuerpo, el decoro en el vestir, el ansia de presenciar innobles espectáculos, la violación de los sagrados fueros de la recta conciencia y los injustos manejos y violencias en las múltiples relaciones sociales, como previene el libro de la Sabiduría al expresar las execrables aspiraciones de los malvados: «Sea nuestra fuerza la ley de la justicia». (Sb 2, 11)

Con estas aspiraciones en el corazón bien se explican las continuas revueltas y luchas que presenciamos y que han puesto azarosa y crítica nuestra época en cas¡todas las esferas del orden social.

Materializados y desquiciados los hombres han venido a caer en otro formidable abismo: la despreocupación y el indiferentismo religioso.

Inútil es hoy hablar a muchos de los supremos destinos humanos, del pecado, del alma, de Dios, como Creador, como Redentor y como Glorificador. Proponerles el valor de la gracia, los misterios de Cristo, el mérito que obtiene un alma por su vida santa y pura etc.., y cuanto tenga sabor a ese sobrenaturalismo es exponerse a este o parecidos reproches: «No miréis para nosotros las cosas que son rectas; habladnos cosas que nos gusten, ved para nosotros cosas falsas». (Is 30, 10).

Madres cristianas: ¿Os parece desolador el panorama que ofrece la actual sociedad?...

Esas funestas y desastrosas consecuencias trae la negligencia y el descuido en educar a los hijos según las normas cristianas.

P. Dionisio Verdú, ofm

Aromas antonianos

La Cabellera devota

No era por cierto muy amante de la Garçon aquella buena devota del glorioso San Antonio. El Santo hacía milagros a granel, se había consagrado a la predicación por mandato de la santa obediencia, y sus sermones iban siempre acompañados de multitud de milagros, por lo que ya entonces se le llamaba el Santo de los milagros, como sigue el mundo llamándole hoy con sobrada razón y motivo.

Había sido el Santo destinado por el Capítulo General para ejercer el cargo de Custodio de la Custodia Franciscana de Limoges, donde abundaban con profusión los herejes, y para que San Antonio los convirtiera a la fe con su maravillosa predicación le obligaban a predicar todos los días con fruto abundante en los herejes y con grande provecho de las almas buenas.

Había en la ciudad de Limoges una mujer joven y hermosa, en extremo devota de San Antonio y sus frailes, que seducida por la predicación del Santo, se había ofrecido a servir al convento como de mandadera, buscando y comprando para los frailes las cosas que necesitaban, y empleando en 311 servicio algunas horas del día.

Su marido, que era poco devoto y sobradamente celoso, lo llevaba esto muy a mal y la reprendía con frecuencia. Un día, que ocupada en buscar las cosas necesarias para el convento se le hizo tarde, llegó a casa de noche, y enfurecido el marido, la maltrató de palabra; mas cuando ella dijo que venía de prestar servicio a los frailes, a los que amaba mucho por el amor de Dios y el provecho de su alma, se enfureció el marido en sus celos de tal modo, que asiéndola por la cabeza tiraba con tal furia de los cabellos que no cesó hasta arrancarle su hermosa cabellera. Horrorizada la mujer al verse pelona, y sintiendo más esto aún que los golpes de su marido, recogió cuidadosamente todos los cabellos y los colocó sobre la almohada de su lecho, acostándose y poniendo sobre ellos la cabeza.

Se sentía muy mala, y a la mañana siguiente hizo llamar a San Antonio, y cuando lo tuvo en su presencia le dijo con lágrimas en sus ojos: ¡Oh Fray Antonio, cuántos trabajos paso por servir a vuestros frailes! Vedlo aquí y levantando la cabeza le mostró los cabellos arrancados por la furia de su marido, y le contó cuanto había sufrido. Después le dijo que ella confiaba que con sus oraciones él podría juntar de nuevo sus cabellos a su cabeza, pues de otro modo moriría de pena y de vergüenza.

Quedó San Antonio espantado de lo que había ocurrido y mucho más de la petición de aquella mujer, obligándole a interceder por ella, que por amor de los frailes había sufrido aquella afrenta y aquellos malos tratos. Oró, pues, con fervor al Señor, que escuchó su oración, e inmediatamente los cabellos se juntaron a la cabeza de aquella mujer, que tornó en sí y se inundó de alegría al verse adornada de nuevo con su blonda cabellera, que realzaba más la hermosura de su rostro, así como un marco bien vistoso da realce y brillantez a la imagen delicada que se destaca en un cuadro.

Tornando el marido,que durante aquella escena estaba fuera de casa, quedó en extremo sorprendido; mas al contarle la mujer que por las oraciones de Fr. Antonio había Dios hecho aquel milagro, quedó arrepentido de sus celos y sospechas, y de allí en adelante fue muy devoto y servidor, como su mujer, de San Antonio y de sus frailes; y quedó de ella más enamorado, porque le parecía que aquella prodigiosa cabellera le daba más gracia y le revelaba una virtud interior, que hasta entonces no había reparado en ella.

¿Será esto un indicio de que la cabellera da mayor encanto y atractivo a las mujeres, y las hace más modestas y recatadas y más dignas de un verdadero amor? De seguro que las garzonas disentirán de esta opinión. Pero el sentido común y el milagro de San Antonio nos dan la razón, como la dio aquella cabellera devota de la devota del Santo.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Orientales seráficas

San Antonio de Padua

Grande es la devoción que profesa el pueblo musulmán al Taumaturgo paduano. Bien es verdad que el Santo se ha portado con ellos a las mil maravillas; que son frecuentes sus gracias y milagros a favor de ese pueblo que, en su ignorancia, está lejos de Dios, pero que tiene un corazón grande como su alma, grande y magnánima por naturaleza; como grandes y desorbitados y serenos y claros son sus ojos, que retratan sin espanto la extensión sin límites de sus desiertos. Este pueblo oriental que se llama hijo del profeta Mahoma, pero que no puede engañar que es hijo de Dios, ignorante y sencillo, pero ferviente en su fe, amador y agradecido, profesa a San Antonio una confianza a toda prueba. ¿De cuándo data? No se sabe a ciencia cierta; se recuerda, sin embargo, que fue pública esta devoción a raíz de acontecimientos históricos muy desagradables para la población indígena de Palestina. Nos referimos a tiempos viejos en que...

El Fraile Portero

...¡Ah sí! Abuna Reis, que así se llama en Jerusalén el padre Administrador, tenía dispuestas todas las cosas para un posible conflicto, que hiciera preciso encerrar a los cristianos en el Convento.

Verán ustedes; el convento franciscano de San Salvador, en Jerusalén, es grande como un pueblo. En sus claustros, extensos patios como plazas, oficinas y locales donde se ejercen todos los artes 7 oficios, desde el del modesto zapatero hasta el del tipógrafo; en sus almacenes, sótanos y caballerizas; en su espaciosa iglesia y salas adyacentes, además de su huerto y azoteas que triplican todavía más el local disponible, cabe toda la Jerusalén cristiana muy holgadamente y sin apreturas. Siempre nuestro convento fue tenido en gran respeto, como habitación consular, aun más como sagrada vivienda de hombres extranjeros consagrados a Dios y su culto. La simpatía de los Frailes de la Cuerda, como ellos nos llaman, por el cordón que llevamos al cinto, ha hecho a veces que sus vidas escaparan milagrosamente de peligros y de la muerte cierta. Se descubren a su paso. Se arroja el café a sus pies, cuando se advierte su presencia, como signo de grandeza espiritual e incolumidad de vida. Suelen besar sus manos y sus barbas, llevándose ellos sus manos al corazón y a la frente, como diciéndoles en este gesto hermoso cuán bien les quieren en su corazón y cuánto les recuerdan en su cabeza. Respeto, veneración, cariño que se conquistaron los frailes franciscanos en Oriente con un reinado de paz y amor siete veces secular.

De aquí que todo motín, toda insurrección, todo acto de bandidaje y salvajismo muera al umbral de nuestro Convento.

Era en uno de estos motines. Jerusalén llevaba y a días de asedio y de matanzas. Ya no por las calles sino por las casas se buscaban para matar. Los cristianos de la Ciudad en número crecido de varios miles se habían refugiado en el Convento, y eran guardados y alimentados con seguridad y cariño. Después de algunos días, los no cristianos comenzaron a solicitar su entrada como único refugio seguro; porqué no decirlo... por lograr comer un cacho de pan blanco, salido del horno de los frailes, que es una bendición y un milagro... La ciudad estaba desolada y los amotinadores, hambrientos de pan y de sangre, quisieron llevar el odio hasta el recinto sagrado de la Frailía,donde sabían que el pueblo se había refugiado y que lo pasaba sin hambres y contento.

Allí se fueron. Eran muchos en número y llevaban sus carabinas cargadas y cimitarras desenvainadas. Tocaron a la puerta del Convento. El hermano portero, providencialmente, se había ausentado por unos instantes. Volvieron a llamar dos y tres veces. Y como nadie abriera, y oyera los golpes San Antonio de Padua que tenía un altar hermoso en la iglesia, contiguo a la portería, se bajó a abrir. El Santo mostraba una majestad grandiosa y augusta en toda su persona. Respiraba todo él un celestial perfume y un aroma embriagador que se percibió mucho tiempo por todo el convento. Sus ojos brillaban con luz irresistible y no era posible mirarlos sin cerrar los propios. Una sonrisa, sin embargo, se dibujaba en sus labios; y una compasiva alegría era la expresión de su rostro... Se abrió la puerta, girando sobre sus goznes; y en medio del portal apareció la figura de San Antonio, que llevaba en sus brazos a un precioso niño, como de pocos meses, que le acariciaba y sonreía mientras el Santo hablaba con los árabes presentados. A todos pareció que era un niño de los refugiados; y que aquel fraile simpático y atrayente no era más que el portero...

—Bien venidos, hermanos. —Dijo el Santo—. Todavía faltabais vosotros, ¡Cómo habréis sufrido y cuánta será vuestra hambre!... El convento es grande y en él cabéis vosotros todavía y muchos más. En la iglesia aun no ha entrado nadie, y ella está vacía, venid y ocupadla vosotros, y se os servirá pronto qué comer; porque lo veo tenéis hambre... Entrad, hermanos...— Y apartándose de en medio San Antonio les dejó paso, mientras les señalaba con la mano la escalera que conduce a la iglesia. Los ¡bravucones! no sabían qué les pasaba. Envainaron la cimitarra, se la colgaron al cinto, y sumisos entraron como rebaño en su aprisco.

Tras de ellos se cerró de nuevo la puerta. Los comentarios de los primeros eran sobre el fraile y su niño. Unos decían: Hermosa debe ser la mujer de nuestro pueblo que parió a ese niño... Y otros, refiriéndose al fraile, decían a su vez: Dicen que en esta Frailía hay muchos magnates y caballeros de la Europa, que se esconden debajo del hábito para hacer penitencia, ignorados aquí, mas no olvidados allá. Los hay hijos de reyes. Sin duda que este fraile es un apuesto caballero de aquellos países...

Mas, mientras estas cosas subiendo comentaban, a la vista de todos desapareció el fraile y el niño que llevaba en sus brazos. Y en la iglesia no se vio ya fraile viviente con ellos. Extrañados, se dieron a visitar los altares y a escudriñar todos los rincones, en espera del pan y viandas para comer. Mas, pasando por delante del altar de San Antonio, vieron con gran sorpresa que aquel fraile y su niño eran los mismos que les abrieron la portería. Se corrió la voz. Acudieron todos. Y todos ellos, por cierto, no dudaron, no podían dudar que el que les había abierto las puertas e invitado a entrar no era un fraile de los del Convento, sino un Santo; y que aquel niño era Dios. En medio de esta confusión, y cuando más la emoción les embargaba, entró el hermano panadero con los sirvientes portadores de pan y viandas para saciar el hambre. Mas clamaban, a voz en grito, el milagro del Fraile del Altar y confesaron sus innobles y vengativos deseos. Se arrepintieron; y con lágrimas en los ojos, aquellos bravos amotinadores comieron su pan, depusieron las armas, y saliendo a la calle pregonaron el milagro y la paz.

Jerusalén quedó tranquila. Y todo el mundo volvió a sus casas y a sus quehaceres.

Fr. Juan Alventosa, ofm

Rimas

Perdonar, Señor...

Perdonar, Señor, flaquezas de este mundo pervertido,
perdonar al enemigo, bien merece un galardón;
perdonar es lo más grande, lo más santo y bendecido,
perdonar es el motivo de merecer tu perdón.

Perdonar y resignarse tu cariño nos acrece;
perdonar es imitarte y lograr la salvación,
perdonar quisiera, oh Padre, al que el odio me merece,
perdonar al que me hiere y destroza el corazón.

Perdonar las injusticias de este calvario vivido,
perdonar, Señor, las culpas del que mancha el santo honor...
perdonar, hiciste, al Padre sobre el Calvario subido;
perdonar fue vuestro ruego, ¡oh, Madre del Redentor!...

José Alventosa.

Sabadell, Mayo - 1930.

El nuevo oficio del Sagrado Corazón de Jesús
y la Orden Franciscana

Como eran varios los Oficios y las Misas que se rezaban en la Iglesia en honor del sacratísimo Corazón de Jesús, con el nuevo y único Oficio viene la uniformidad litúrgica en todo el orbe católico. Además, se ha añadido la octava de tercera clase, y resulta un culto grandioso de ocho días litúrgicos para tan amante cuanto paciente deífico Corazón, expresado en el Amor non amatur de San Francisco de Asís.

La nota saliente. Tanto en el Oficio como en la santa Misa, sobresale el Corazón paciente y muriente de Cristo Jesús. Por esto nos convida en el invitatorio a adorarle, porque fue herido por nuestro amor, Cor Jest¡amore nostr¡vulneratum. En este sentido ha sobresalido en la Orden franciscana el culto y la devoción al Corazón de Jesús, unido al amor inmenso de su sacratísima Pasión, continuando el Calvario en el Sagrario, en la sagrada Eucaristía. De este modo desaparece de esta devoción el sentimentalismo y el formalismo exagerado y vicioso, y se convierte en un realismo hermoso y santificante.

El objeto formal de este culto. La Iglesia nada indica de las cuestiones acerca del objeto de este culto. Algunos ponen su objeto formal principalmente en el Corazón material; otros principalmente en el amor divino; y todos en la unión hipostática del Corazón con el Verbo divino. Queda en pie la discusión del objeto formal de este culto.

El centro de este culto. Podemos distinguir con los fisiólogos el centro elicitivo, y el centro manifestativo. Hoy se da por cierto que el centro elicitivo de las afecciones humanas no es el corazón, sino el cerebro. Sin embargo, el centro, o uno de los centros manifestativos de las afecciones humanas puede ser considerado el corazón, como lo es vulgarmente el centro atributivo de toda afección amorosa. La Iglesia no dice más que aprobó este culto Clemente XIII, para que sub santissim¡Cordis símbolo, bajo el símbolo del santísimo Corazón de Jesús se aumente la devoción y el fervor a la Pasión de Jesús,
y a la sagrada Eucaristía, como se puede ver en la sexta lección del Oficio interior.

El Corazón de Jesús en la Orden Seráfica. Aunque es uno mismo el objeto y culto de este deífico Corazón, puede ser considerado su infinito amor en mayor o menor extensión. La Orden Franciscana admite dos Protoevangelios. El Protoevangelio o la Buena Nueva de la Encarnación, anterior e independiente al pecado de Adán y a toda criatura; y el Protoevangelio de la Redención o la Buena Nueva y promesa de sacarnos de la esclavitud del pecado. Cristo Rey glorificador impasible, y Cristo Redentor con su sacratísima Pasión y muerte. Se extiende a estos dos conceptos el amor del Corazón de Jesús, de la Orden Seráfica, extendiéndose no sólo a la redención, sino a toda la creación, no sólo a Adán prevaricador, sino a Adán inocente y a los ángeles y a todos los seres, porque el Verbo encarnado es según la Escuela Franciscana el Primogénito de toda la creación en los decretos divinos.

La historia de este culto. La sexta lección del nuevo Oficio divino dice, que el culto del Sagrado Corazón fue reconocido y propagado desde los primeros tiempos de la Iglesia por los Santos Padres. Confirman esta verdad los Padres Pignatell¡y Uñarte, alegando más de doscientas autoridades hasta la Edad Media; como se puede ver en «Reinado del Corazón de Jesús en España». Y no sólo los Santos Padres, sino que afirma que los Doctores y Santos, Doctores, Sancti, Redentoris nostr¡amaren celebrarunt, celebraron también el amor de nuestro Redentor, llevando a las almas contemplativas por la llaga del costado al divino Corazón, y que no hubo en la Edad Media región n¡Orden religiosa que no diese testimonio de ello.

En la Orden Franciscana, llamada Orden Seráfica, Orden de amor, no podía faltar este culto y devoción, y el Padre Uriarte cita 26 franciscanos que antes de Santa Margarita tuvieron acendrada devoción y culto al deífico Corazón. De esta Orden salió la jaculatoria Amor non amatur, el Amor no es amado, que encierra un mundo de pensamientos y que revela de un modo sublime la ingratitud del hombre para con las finezas de Jesús. En la jaculatoria ¡Dios mío y todas las cosas! y sobre todo en las palabras ¡Dios mío!, ¿quién sois Vos y quién soy yo? de San Francisco de Asís, se halla la quinta esencia del amor de Dios y de la nada del hombre.

El P. Minges en el Compendio de la Teología Dogmática, al hablar de este sacratísimo Corazón,dice que su culto en la Edad Media era general y que en la Orden franciscana hubo más de veinte notables individuos que propagaron esta devoción, y añade: hic cultus correspondet praesertim principiis scotiscicis, que este culto está conforme con los principios de la Escuela Escotista, que establece la preeminencia de la voluntad, del amor y del corazón sobre el entendimiento. Así vemos a San Antonio de Padua como una perla preciosa dentro del Sagrado Corazón; a San Buenaventura escribiendo las hermosas lecciones que leemos en el Oficio divino y pintando en el escudo de la Orden el Corazón con tres clavos; a Santa Margarita de Cortona viendo y adorando el Corazón de Jesús, y profetizando que su culto sería general en el mundo; al Bienaventurado Baptista Varan¡describiendo a mano maestra los dolores mentales o internos de este sacratísimo Corazón, como se puede ver en las lecciones del Breviario y en su vida.

En el siglo XVII. Hasta el siglo XVII corría el culto del Corazón de Jesús sin enemigo alguno. N¡un solo santo de la Orden Seráfica se encontrará que no se haya distinguido en esta devoción, porque su característica es el amor. Tanto en la Pasión del Señor como en la Eucaristía brilla este amor al Corazón de Cristo en todas las manifestaciones seráficas. En este siglo aparecieron algunos enemigos de la Comunión y del culto a la Humanidad de Cristo, y la Orden franciscana en 1611 se lanzó a defender este culto y fundó en Francia la escuela de la vida interior de Jesús, por medio del terciario Cardenal Berulle, San Francisco de Sales y de otros insignes varones de la época de oro en la vecina nación que continúa en Obir y su Seminario de San Sulpicio. Esta influencia seráfica influyó y dominó en Francia, hasta formar en toda la plenitud la mística y la característica de los Santos franceses. En 1611 llevaban los franciscanos en las santas misiones un gran cuadro con la imagen de Jesús Crucificado dentro de la Sagrada Hostia y del Sagrado Corazón, como sé puede ver en Paray le Monial y en el museo de los Padres Capuchinos de Roma. Este golpe decidió en el pueblo cristiano la controversia a favor del Corazón de Jesús, y el terciario y bienaventurado Juan Eudes fue el primero que compuso y rezó los Oficios de los Sagrados Corazones de Jesús y María, como lo dice el nuevo Oficio de esta fiesta.

Para coronar esta obra seráfica se apareció en la Sagrada Eucaristía este divino Corazón a Santa Margarita María de Alacoque y le recomendó varias veces la propagación de este culto, mereciendo el título de apóstol de esta devoción. Ninguna Orden religiosa se opuso a esta preciosa devoción y los enemigos de ella fueron triturados por los sabios y condenados por la Iglesia. No era una nueva devoción, no era una devoción de Santa Margarita, sino una devoción de todos los tiempos, porque la devoción y culto al amor de Dios en la Pasión, en la Eucaristía y en todas sus obras, simbolizada en el Corazón de Jesús, es tan antigua como la creación.

La Orden Franciscana y Santa Margarita María. Esta terciaria seráfica nunca se separó, del espíritu franciscano, pues en el tomo primero de Vie el Oeuvres dice: «Un día de San Francisco, estando en oración, me hizo ver el Nuestro Señor a este gran Santo revestido de luz y resplandor incomprensible y encumbrado a un grado eminente de gloria sobre los demás Santos, a causa de su conformidad con la vida paciente de nuestro divino Salvador y del amor que tuvo a su santísima Pasión, amor tal, que movió a este divino Amante Crucificado a imprimirse en Él, mediante la impresión de sus sagradas llagas.

Merced a esto, fue uno de los mayores privados de su Sagrado Corazón, el cual le había concedido con gran poder para alcanzar la aplicación eficaz de los méritos de su sangre preciosa, haciéndole en algún modo distribuidor de este divino tesoro, a fin de aplacar a la divina justicia, cuando irritada está contra los pecadores y pronta a castigarlos, se ofrece a esta divina cólera de un Dios enojado, como s¡fuera otro El, oculto en el interior de su Hijo Crucificado...

P. Andrés de Ocerin Jáuregui

(Concluirá).