Amenidades
Haz bien y no mires a quien
Reinaba el año 1866.— Estaba en pleno auge la guerra austro-prusiana. Envuelto en sus ondas de exterminio, que pasan arrolladoras sobre campos y ciudades, allá se anda, enbutido en su uniforme de húsares, el pobre César, arrancado de un despacho de administración, por los gritos de alarma de la patria amenazada.
César, como buen prusiano, pone el amor a su tierra por encima de todo. El flamear de la enseña nacional a la cabeza de las tropas, despierta en su pecho oleadas locas de entusiasmo. Batirse en primera línea, con la mueca del desprecio a la muerte en los labios, le parecía un honor de altos vuelos. Pero no es feroz, no es vengativo con el adversario. Vencedor, le compadece; vencido, le admira sinceramente. Su alma, sin hieles de odio, sin nubes de preocupaciones, acepta la lucha y a ella se adelanta como un deber penoso, ineludible, doloroso; pero deber al fin. Por lo demás, el recuerdo de su casa, le hace pensar que también el enemigo tiene la suya, que de ella ha sido arrancado en igual forma y siguiendo el impulso de idénticos amores: que s¡a él le aguardan unos seres que le quieren con delirio, otros no menos adorables aguardan al que contra él somete a prueba el temple de los aceros.
Quizá o sin quizá por estos motivos, César aprovecha las horas de quietud para darse una vuelta por los hospitales de sangre, compartiendo con los enfermeros el cuidado de los heridos y se brinda gustoso a ayudar a los camilleros en el transporte de las víctimas desde el campo de batalla, una vez puesto término a cada refriega luctuosa.
«No puedes imaginarte, escribe a su madre, cuánto me gusta asistir a los infelices. ¡Me inspiran tanta compasión! De buena gana dejaría m¡puesto de combate en el frente para dedicarme a estos oficios. Y es que me imagino que han de agradecérmelo muchas madres y muchas esposas... Pienso que tú no sabrías con que premiar a quien me recogiera a mí herido, o me cuidara enfermo»...
Fiel a estas sus reflexiones, abandona César la tienda de campaña en las primeras horas de una noche otoñal. Aquel día ha sido uno de los más duros para el corazón del joven. Alfombran la campiña miles de cadáveres.
—¿Y s¡alguno está con vida, y muere por falta de socorro?, se pregunta César.
Y al resplandor tenue de la luna, que pone una nota tétrica en el cuadro, comienza a recorrer el campo solitario, ligero y mudo como una esfinge.
De pronto recibe a corta distancia un lamento, que le parte el alma, el «adiós, madre mía», de un moribundo.
—Animo, compañero; aquí estoy yo, exclama, precipitándose en la dirección en que llega la voz.
—No soy compañero, sino adversario, gime el herido.
—¿Eres austríaco?
—Austríaco de pura cepa.
—¿Qué más da? Eres un necesitado. Vamos, ¿qué quieres?
—Que me remates de una vez. Te lo pido por favor. No puedo con estos dolores y quiero morirme.
—¿Morirte? ¡Qué tontería! ¿Y qué ganas con eso? Bastantes mueren ya. Para morir, siempre hay tiempo.
—No seas cruel... ¡mátame!
—¿Y qué dirán, al saberlo, tu madre o tu mujer, o tus hijos, s¡los tienes? Ellos no me pedirían eso, camarada. Lo que me pedirían... ¿verdad que tienes sed? Aquí traigo un frasco de cerveza...
Y arrodillándose César al lado del herido, aplícale el frasco a la boca. Pero el herido, que se desespera con los dolores, en vez de aceptar el obsequio, saca como puede un puñal y trata de clavárselo en el pecho. César sujétale la mano, tira lejos el puñal, y exclama sonriendo:
—Pues ¿no decía yo? ¡Vaya unas bromas que gastasl Ahora, en castigo, beberás sólo medio frasco en vez de beberlo entero. El primer medio va en esta dirección, añade, poniendo la boca del frasco en sus labios, y vaciándolo hasta la mitad.
—Ahora tú, ¿oyes?, dice ofreciéndoselo al enfermo, que incapaz de resistir a tanta generosidad de ánimo, acepta al fin el obsequio.
—Hola ¿he? con que ¿bebes? ¡S¡querrías matarme, por creer que te daba bebida envenenada!
—No: quería herirte, para que, irritado, acabaras conmigo de una vez.
—Pues,no has de salir con la tuya.
¡A la ambulancia, camarada! Échame las manos al hombro... Así.
y César, levantándose despacio, para evitar dolores al herido, empréndela con su carga hacia el campamento, con la misma satisfacción que s¡llevara sobre las espaldas los trofeos de todas las conquistas.
* * *
La curación del herido es larga y penosa A ella atiende César, a ratos, con la solicitud de una madre, despertando en el corazón del enfermo sentimientos de subidos quilates.
Se trata de un oficial austríaco, elegante, ilustrado, correcto en su porte hasta la exageración.
Se adivina, desde luego —por más que pone empeño en ocultarlo— que pertenece a encumbrada casa nobiliaria. En proporción con el alivio de sus dolores, crece en él el amor a la vida, se acentúa en su rostro la frescura de la juventud, resplandecen sus ojos con más brillantes reflejos de complacencia.
—¡Y he estado para morir! exclama, como despertando de un sueño, ¡y hubiera muerto seguramente, s¡César no se empeñara en salvarme!... Oh, esa es la frase: «s¡no se empeñara»; en tanto que yo estuve a punto de asesinar a m¡bienhechor. Entre los deseos de matarle yo a él y de salvarme él a mí. hay la distancia que del infierno al cielo. ¡Cuántas veces los que nos tenemos por nobles, recibimos lecciones de hidalguía de la conducta de seres de clases más modestas!
El día en que el oficial, cas¡restablecido, hace estas reflexiones, César desaparece de aquel frente de batalla. Un relevo de tropas, que se efectúa sin previo anuncio, impídele dar al austríaco el adiós de despedida, y roba a éste la satisfacción de dejarle las señas de su casa y de recibir las de la del joven soldado.
—¡Lástima de chico!, piensa el oficial. A lo que puedo conjeturar su posición no debe ser de las mas envidiables. Tal vez pertenezca a una familia humilde, a la que yo podría arrancar de la miseria. Hoy por hoy, no me conviene dar a conocer m¡posición, pues dificultaría m¡libertad al efectuarse canje de prisioneros; pero... más adelante!... Y nada, que es inútil pensar ya en tropezar con él de nuevo, para recompensar su buena obra.
En cambio, César no da la menor importancia al hecho. Es uno de tantos por él realizados con la mayor naturalidad del mundo, sin aspiraciones a otro premio que al que le otorga, con su veredicto, la propia conciencia. De aquí el que no pueda ocultar su asombro cuando, al término de la lucha y antes de ser licenciado, le llaman a una oficina militar y le hacen la entrega de un magnífico reloj de oro, allí depositado por el oficial austríaco para que se lo remitieran a él en recuerdo de su hazaña.
—¡M¡madre se alegrará de ver este obsequio!, alega por toda contestación, el magnánimo soldado.
* * *
Termina, por fin, la guerra.
César retorna a casa, con vistosas condecoraciones en el pecho.
Con la llegada del joven, hay fiestas y regocijo y aplausos entre la familia y amigos. Las aventuras por que ha pasado, le rodean de cierta aureola de admiración y respeto, que le convierten en blanco de las atenciones y obsequios generales.
Mas, al disiparse, luego, como el humo, aquella oleada de entusiasmo, se ve César frente a frente con la realidad.
La realidad es triste de ordinario. Sólo tiene halagos para contadas personas, entre las cuales no figura, por desgracia, nuestro joven. A las privaciones impuestas por la aparición de una guerra insaciable, viene a unirse la de la muerte del rico propietario, cuya hacienda administraba César; aquellos bienes, repartidos entre los deudos del finado, no necesitaban ya de sus buenos servicios.
¿Dónde, pues, hallar colocación proporcionada a sus aptitudes? En el pueblo no la encuentra. Para atender a los bienes de la familia, bastan y sobran sus hermanos. Quedarse en casa sin trabajo, resulta un martirio para quien es todo actividad y nervios.
A pesar de ello, el cariño de los suyos logra atarlo al hogar por espacio de dos largos años, después de los cuales, deseoso de abrirse porvenir más halagüeño que el que le ofrece su posición, se da a correr tierras, a visitar hacendados, a poner en juego recomendaciones valiosas sin otro fruto que el de recoger muy a disgusto cosecha abundante de desengaños. De los propietarios a cuyas puertas acude, los más piensan sólo en explotarle sórdidamente. Los jornales son tan mezquinos que con dificultad logran desvanecer sus necesidades más perentorias.
Que César no califique esto de buen augurio, nada tiene de extraño. Lo extraño sería lo opuesto. Y sin embargo, lo opuesto es lo que ha de abrir cauce al logro de sus deseos. Porque al joven le aguarda un buen porvenir, pero muy lejos, muy lejos de sus lares: este porvenir no llegaría a tocarlo con las manos, s¡la adversidad no fuera empujándolo de pueblo en pueblo, de región en región, hasta hacerle pisar suelo extranjero.
Dejémosle penetrar en Austria.
* * *
¿Por tierras austríacas y en busca de trabajo? Así va César. Con cierta timidez, impropia de su carácter, recorre las poblaciones, temeroso, acaso, de que alguno descubra en él al que no hace mucho combatía contra los propios cuya protección implora.
En esta actitud, traspone cierto día los umbrales de una casa principesca, y pregunta por el dueño. El portero, desdeñoso, le hace repetir dos o tres veces el ruego, respóndele ambiguamente en tono despectivo y atormenta su paciencia con larga espera, durante la cual le somete a interrogatorio minucioso Quizás el resultado de tales preámbulos se limitara a enseñarle otra vez la puerta, de no comparecer inopinadamente el príncipe, escalera abajo.
César, en notando su presencia, se descubre respetuoso.
—¿Puede saberse?...
—Señor, ando buscando donde emplearme.
—¿Qué oficio tiene usted?
—Hasta ahora estuve empleado como administrador en varias casas. Traigo referencias que comprueban m¡fidelidad y celo...
—iCalle! Usted no es austriaco.
—Soy prusiano, señor.
—Pues, o me equivoco de medio a medio, o le he visto en alguna parte. Esa cara, ese tipo... ¿Usted no me conoce a mí, por ventura?
—Señor, no hago memoria.
—A usted debe sentarle muy bien el uniforme de húsares. ¿No lo vistió por el año de 66?
—Pero ¿quién le ha dicho?...
—Sí, recuerdo, recuerdo... Y aun me parece que debe ser usted amigo de empinar el codo, pues solía andar en la buena compañía de un frasco de cerveza.
—¿De cerveza?
—Y un día se la ofreció usted a un «quídam», que por poco no le paga el refresco en forma poco correcta.
—Pero, usted...
—Yo fu¡el obsequiado, sí señor. Usted me salvó la vida. No necesito más recomendaciones para cederle un puesto en m¡casa... un puesto de hermano, de amigo íntimo, ¿sabe usted?
—¡Qué coincidencia! ¡Cómo ha ido empujándome el destino hasta hacerme tropezar con m¡salvador!...
—Antes lo fue usted mío.
—Entonces conocerá usted este reloj, m¡solo compañero de viaje.
—¡Ah! ¿Lo conserva usted? Fue lo único que pude dejarle entonces, porque no tenía otra cosa. Pero ahora estoy en ocasión de persuadirle de que una buena obra no se olvida nunca. El solo remordimiento que tuve al salir de Prusia, fue no verle a usted para darle m¡dirección y ponerme a sus órdenes. ¿Quién iba a pensar que Dios había de traerle a usted junto a mí? ¡Un abrazo, César! Vamos a dar juntos el primer paseo. Antes, sin embargo, quiero presentarle a la familia. Suba usted.
Sube, en efecto, César, que es acogido con grandes muestras de simpatía. Y en tanto que los obsequios y los elogios inauguran en su existencia una fase de prosperidad y ventura, su corazón vuela hasta el hogar paterno; y una voz, la voz de su madre, parece decirle: «Cuando yo te repetía, de niño, «Haz bien y no mires a quien», ¿verdad que no te engañaba? Ahora recoges el fruto».
¿Cuidado con la pintura?
¿No lo habéis visto? En los pueblos no tanto, pero en las poblaciones se ve con frecuencia, ya en un escaparate, ya en un poste del tranvía o luz eléctrica, ya en el banco de madera de un paseo, un cartelito que dice: «Cuidado con la pintura». Es que el banco, el poste o el escaparate están recién pintados y corre peligro la indumentaria s¡roza con ellos.
Pues bien; una previsión igual debiera observarse para preservar a los niños del peligro de ciertas pinturas y dañinos menjurjes a que están expuestos.
Los pequeñines, que tan besuqueados suelen ser, debieran llevar en el gorro o en el baberillo un cartelito que dijera: «S¡estás pintada no me beses».
¿Por qué eso? Voy a daros la contestación con el siguiente relato:
Juanita era una muchacha encantadora; a sus naturales atractivos, que eran muchos, sabía añadir secretos del tocador que la hacían semejarse a una rosa abrileña de pétalos rosados y aterciopelados. Tenía poco que hacer; así, que dedicaba el tiempo que fuese preciso ante el espejo y los tarritos de coloretes y mantequillas, hasta perfeccionar de tal forma el retoque que era difícil conocerle.
No tenía más patrimonio que su belleza y era preciso realzarla para dar caza a un marido presentable.
Y le cazó. ¡Vayal ¡y bueno! Guapo y de posición.
El espejo y los tarretes del retoque eran para ella una necesidad y, casada, siguió con ellos.
Vino el primer hijo, llenando de alegría a los padres.
Juanita no se cansaba de besarle, de acariciarle, de mimarle; pero no se olvidaba del tocador; ahora con mayor solicitud, pues la maternidad había dejado en su rostro huellas horribles, según ella.
Poco más de un mes tenía el niño cuando un día empezó a llorar desesperadamente, cual s¡agudos dolores le atormentasen. Sus ojillos se pusieron cárdenos y entrantes, la piel sudorosa, el pulso galopante, el rostro desencajado; las piernas y bracitos se agitaban expresando el suplicio que le aquejaba; luego sobrevinieron ataques convulsivos.
Lloraba la madre ante su hijo atormentado.
Llamaron al médico que diagnosticó «¡Meningitis!»
Todo fue inútil, el pequeño murió a los pocos días.
* * *
Otro angelito vino al año. ¡Tan precioso, tan sano y regordete!, que cas¡hizo a los padres olvidarse del primero.
Juanita no lo soltaba de sus brazos, y a cada momento, después de contemplarle extasiada, vertía sobre sus aterciopeladas mejillas y sobre sus rojos y frescos labios un chorro de besos, apretándole sobre su regazo, temerosa de que se le fuera como el otro.
—¡Manuel, Manuel!—gritó angustiada cierto día, llamando a su esposo.—¡Mira!
El niño tenía el rostro macilento, sentía vómitos, se agitaba inquieto lloriqueando...
—¡Como el otro! ¡Como el otro!— gritó la madre infeliz.—¡Que venga el médico en seguida!
Y vino el doctor; pulsó al niño, le registró, le miró los ojillos, e, inconscientemente hizo un gesto de pesimismo, que fue para la madre una punzada en el corazón.
—¡M¡hijo se muere!—exclamó.— Dios mío, tened piedad de mí, no me le quitéis...
Y llorando amargamente le besaba sin cesar.
—A ver—exclamó el médico que miraba silencioso e impotente la triste escena.— Se inclinó sobre el niño y tocó con el dedo una manchita roja que el pequeño tenía en el rostro; otra mancha igual observó en los pálidos labios de la criaturita.
—Esto es pintura, dijo. ¿De dónde procede esta pintura?—preguntó mirando a la madre.—Toqúese usted los labios—mandó a ésta.
Y cuando la señora, al obedecer, retiró los dedos, se veían en ellos una mancha semejante a las del niño.
De los ojos del doctor se escapó un rayo de indignación.
—Señora, s¡quiere usted que vivan sus hijos, no los bese o deje de pintarse! Su pequeño...
No se atrevió a terminar la frase, cogió el sombrero y se marchó.
¿Queréis saber lo que el médico iba a decir? Os lo diré:
«Su pequeño está envenenado con las pinturas que usa su madre».
Ir por lana...
Es preciso, Gustavo, —exclamó la condesa, jovialmente, dando dos o tres palmaditas en el hombro de su hijo, y apoyándose en el respaldo de la butaca en donde aquél se reclinaba perezosamente.—En cuanto llegue tu prima, te declaras a ella; te admite; de seguro; se piden licencias a Roma, y en cuanto lleguen os casáis. En esta ciudad no hay quien pueda disputártela, como no fuera el marqués de Santa Herminia. Los demás no se atreverán, y en cuanto al marqués... no hay que pensar en eso. Aun suponiendo, que no es poco suponer, que se fijara en María, no se le da tiempo para que llegue a pretenderla. S¡llegara, hay que reconocer que sería un rival temible, Gustavo... Es riquísimo, ilustre y un gallardo mozo... Pero repito que no hay que pensar en esto. Los padres del marqués no tienen relaciones con los padres de María, mientras que tú visitarás su casa a todas horas desde el día que lleguen. ¡Qué digo visitar su casa! Iremos a esperarles a la misma estación del tren, con lo que puedes empezar a poner sitio a la plaza desde el primer instante. Y a ves s¡llevas tiempo y terreno adelantado...
—¡Por Dios, mamá! ¡No se burle usted! —replicó Gustavo riendo.— No conozco a m¡prima más que por las cartas que escribe a usted; pero esto sólo me basta para asegurar que no ha de gustarme, o mejor dicho, que no me gusta. No digo que sea fea, que esto no puede conocerse por sus escritos; pero aunque no lo fuera. ¿Quiere usted que me ponga en ridículo casándome con una mujer imbécil?
—¿Y de dónde sacas que es imbécil, criatura?
—Pues de donde usted; de sus cartas. ¿No me ha dicho usted mil veces que m¡prima debe de ser medio simple? ¡Pues s¡apenas le habla a usted más que de misticismo y de beaterías! ¡Que s¡está haciendo la novena tal o cual! ¡Que s¡se ha inscripto en la Sociedad de San Vicente, para visitar y socorrer a los pobres! ¡Que s¡en la catedral ha habido una misión y ha producido tantas conversiones!
—Ese es el resultado de la educación que le han dado sus tíos. ¡S¡la han tenido, hasta que cumplió diez y ocho años, en un colegio de religiosas! ¿A quién se le ocurre educar a una señorita de su posición de esa manera?
—¿Y quiere usted que después de haber recorrido yo medio mundo, viviendo largas temporadas en los principales centros de la cultura y civilización modernas, admirando y hasta frecuentando el trato de las mujeres más hermosas, elegantes y distinguidas; después de ilustrar m¡entendimiento con los más profundos estudios científicos, y de perfeccionar m¡educación artística y literaria visitando los principales museos de España y del extranjero, y estudiando detenidamente las mejores obras de poetas y literatos, vaya ahora a casarme con una mujer sin cultura n¡ilustración de ninguna clase, con una mujer cuyo entendimiento se encuentra sumido en las nieblas de la ignorancia y del más vulgar fanatismo religioso, con una beata, en fin? ¡Horror, mamá! ¡Una beata! ¡El tipo que me es más profundamente repulsivo! ¿Usted ha pensado bien lo que me propone? ¿Quiere usted ponerme en ridículo ante la sociedad elegante?
—Precisamente eso es lo que quiero evitar, hijo mío; que te pongas, o mejor dicho, que nos pongamos en ridículo, no ante la sociedad elegante, sino ante el mundo entero. Porque vamos a ver: ¿con qué contamos para sostener el boato y lustre de nuestro rango, sino con relativo decoro?
Gustavo calló abrumado al escuchar esta terrible pregunta que apenas se atrevía él a hacerse sino muy a solas y muy callandito, y que, sin embargo, le quitaba el sueño hacía ya bastante tiempo...
—Tu casamiento con María —prosiguió la condesa— resolvería en favor nuestro este terrible problema que me espanta y que no tiene más solución que esa... o la ruina y el descrédito. ¿Quieres que nos retiremos a un oscuro pueblecillo a vivir humildemente con el producto de nuestras ya escasas fincas? Y aun allí, no podríamos dejar de ser lo que siempre hemos sido y lo que somos... ¡los ilustres condes de Cumbres Azules! ¿Quieres que nos pongamos en ridículo ante el mundo?
—¡Eso no!—contestó con vehemencia Gustavo, que consideraba más indigno vivir honradamente con el producto de su hacienda poca o mucha, que casarse sin amor y sólo por miserable interés.
—Pues entonces, no tienes más remedio que casarte con tu prima, por mucho que te cueste.
—¡Es un sacrificio terrible, mamá! ¡Inmenso!
—¡Ya lo sé, hijito, ya lo sé que es terrible; pero también es necesario! Reflexiona que no hay en toda esta ciudad n¡en todos estos contornos una joven que cuente con una dote igual a la de tu prima. ¡Es riquísima, y además hija única!... ¡Por millones se contará su herencia el día que mueran sus padres! Conque me parece que el caso debe pensarse detenidamente, o mejor dicho; creo que no debe pensarse n¡un instante siquiera. —Concluyó la condesa guiñando un ojo maliciosamente.
Gustavo convino al fin con su madre en que no había más remedio que sacrificarse. Pero, ¡a qué precio! ¡Inmolar su juventud, su elegancia y su esmerada educación científica, artística y literaria casándose con semejante mujer! ¡Con una beata!
Hay quienes se figuran falsamente—y Gustavo era uno de estos,—que una señorita cristiana ha de ser, por fuerza, una chica rara y estrafalaria, que no ha de salir nunca de su casa más que para ir a la iglesia y pasarse allí cas¡todo el día; huraña, insociable y hasta mal educada en fuerza de huir del trato de las gentes y de considerar pecaminoso hasta lo más inocente; fea, desgarbada y tonta, vestida siempre ridículamente, según la moda del año 30, o con una falda oscura y lisa y una correa a la cintura, con el pelo muy apegadito a las sienes, tapándole las orejas, y que no ha de levantar los ojos del suelo cuando va por la calle aunque sienta que le cae una teja en la cabeza o que se le viene encima un carruaje con peligro de atropellarla.
Y aunque Gustavo hiciera, como no podía menos de hacerla, dada la posición social de su prima, la conveniente rebaja en cuanto a lo ridículo del tipo que, en general, él se imaginaba que correspondía a una señorita cristiana, todavía resultaba que siendo su prima, como lo había demostrado en sus cartas, una beata, aunque de la clase alta, por fuerza había de tener mucho de So característico del tipo, y ser, por lo menos, una mujer ignorante y fanática, sin entendimiento casi, n¡voluntad, completamente dominada por la «gente clerical», y a quien no podría, sin sonrojo, presentar en los salones que él y su madre frecuentaban. ¡Oh! ¡Esto era horrible, muy horrible! El sabio, culto y elegante Gustavo sentía escalofríos de horror sólo de pensarlo..., pero era preciso; lo reclamaba imperiosamente la situación de su casa. Era necesario restaurar a toda costa, y pronto, los dorados y soberbios blasones de los Cumbres Azules, bastante deteriorados por los inconsiderados y fastuosos despilfarros de la madre y del hijo. El sacrificio, pues, se imponía, por doloroso que fuese...
Trabajo, y no poco, le costó, cuando llegó la joven algunos días después, confesarse que se había equivocado, porque Gustavo era, como todos los soberbios, tenaz y apegado al propio parecer; pero aún sin querer tuvo que reconocer y confesarse que María no era, n¡aun haciendo la conveniente rebaja, lo que él se había imaginado. Era alta y esbelta, bellísima, discreta, cortés y afectuosa con todo el mundo, sin menoscabo de la virtud n¡ofensa de Dios, revelando en todos sus actos y maneras, en lo que hablaba y hasta en lo que callaba, la más exquisita finura y distinción; ese no sé qué naturalmente aristocrático y delicado que caracteriza a la gran dama. Vestía con exquisito gusto, primor y elegancia, con arreglo a su clase, aunque sin lujo n¡afectación, sino con toda aquella modestia y decoro que corresponde a una joven soltera, sea cual fuere su clase, y que es peculiar distintivo de la doncella cristiana, y el mejor realce de la belleza y de la verdadera elegancia. Hablaba y escribía con gran perfección tres o cuatro idiomas, tocaba el piano con maestría consumada y cantaba como un ángel; poseía extensos y numerosos conocimientos en artes y literatura, y no le eran desconocidos los principios fundamentales de ciertas ciencias. En suma: su ilustración era vastísima, y su juicio recto, claro, firme y sereno.
Y sin embargo, ¡cosa singular!, aquella mujer, en la que se reunían tan brillantes y excepcionales condiciones, era beata, fanática a más no poder. Confesaba y comulgaba a menudo, creía firmemente todos los dogmas de la religión católica, sin excluir siquiera las preocupaciones más vulgares—así las llamaba Gustavo—como por ejemplo, la existencia de los milagros y otras cosas a este tenor, propias sólo de personas ignorantes o de imaginaciones extraviadas y enfermizas. ¿Cómo se explicaba tamaña anomalía? Gustavo no podía explicársela.
Varias veces intentó sondear el ánimo de la joven respecto a cuestiones religiosas, provocando, al efecto, discusiones, en las que salió siempre derrotado, como no podía menos de suceder, porque el orgulloso incrédulo que negaba a Dios y todo el orden sobrenatural, fundándose únicamente en las afirmaciones enteramente gratuitas de las obras impías y pseudo-científicas que había leído, desconocía en absoluto los principales fundamentos de las verdades religiosas, mientras que la joven poseía una fe ilustrada, y aducía, por consiguiente, gran copia de razones para probar las verdades que sustentaba, al par que deshacía y pulverizaba, con la maestría de un polemista consumado, las objeciones que su primo le presentaba, retorcía contra él los argumentos, y le objetaba, a su vez, con tan certero tino y habilidad, que el presuntuoso mozuelo, desconcertado, comenzaba a batirse en retirada disparando al huir como los Partos; mas la joven, que en otras diversas discusiones que sostenía con su primo abandonaba fácilmente el campo de batalla, aunque contara con armas y fuerzas para sojuzgar a Gustavo, era implacable con él en tratándose de cuestiones religiosas.
Sabía con quién se las había. Sabía que una refinada mala fe movía a Gustavo a provocar aquellas luchas, para vencer en las cuales no contaba, sin embargo, más que con su inmensa soberbia y su absoluta ignorancia, y tenía un especial placer en perseguirlo y atacarlo hasta las últimas trincheras en donde se refugiaba, derrotándole y sojuzgándole enteramente. Pues, a pesar de lo evidente de la derrota, el soberbio Gustavo no se creía derrotado. Al contrario: pensaba siempre haber salido victorioso, y hasta llegaba a compadecer a su prima, cuyo fanatismo era inconcebible, dado el indudable talento que, al tratar de otras materias, manifestaba la joven.
Este inconveniente, el fanatismo (palabra muy socorrida para los incrédulos, pues pretenden salir siempre con ella del paso, a falta de razones), era el único obstáculo formal que impedía la consumación del sacrificio. Las demás condiciones físicas, intelectuales y morales de María, aunque no fueran ninguna gran cosa para el elegante, sabio y culto joven, no eran tampoco despreciables... Pudiera ser que Gustavo transigiera con ellas... Concediendo algo, podría decirse que merecían la pena, pero el fanatismo le sacaba de quicio, le irritaba; sobre todo, le irritaba. ¡Era mucho el atrevimiento de la joven! ¡Sostener ante él, sabio profundo, preocupaciones tan vulgares!
Sin embargo, urgía gravemente, no ya restaurar los soberbios blasones de aquel Cumbres Azules, sino atender a urgentes y prosaicas atenciones de la vida, y nuestro gigantón se decidió al fin a hacer a su prima el favor de pretenderla para esposa, bien que renegando de la injusta suerte que tan mal le trataba... Poco tendría que hacer para lograr su propósito; bastaría indicar su deseo con una media palabra; porque, ¿cuándo, n¡soñando siquiera, podría imaginarse su prima que el pollo de moda, el niño mimado de la sociedad elegante, el sabio, ilustre y culto condesito se dignara poner los ojos en ella?
María escuchó sonriendo, sin manifestar extrañeza alguna, las palabras de Gustavo: insistió éste en obtener una contestación resuelta de la joven, y María entonces, sin dejar de sonreír, echó la cuestión a broma, a cosas de primos, como s¡no creyera que Gustavo pensara formalmente en ella. ]Lo mismo, lo mismo que había imaginado Gustavo! María no podía creer que el elegante joven la eligiera para esposa. Gustavo hubo de confesarse que la actitud de su prima, que tanto significaba en pro de la modestia de María y de los méritos de Gustavo, no le disgustaba... Mas como aquella actitud continuara, se hizo preciso, al cabo, que Gustavo, sonriendo con la satisfacción propia del orgullo halagado, se dirigiera una tarde a casa de María acompañado de su madre, muy engalanados ambos y aparatosos, para que la condesa pidiera, con toda la solemnidad que el caso requería, la mano de la joven para el ilustre heredero de los Cumbres Azules. ¡Pobre-cilla! ¡Qué sorpresa iba a experimentar!
—¿Están los señores?—preguntó la condesa al criado que les abrió la puerta.
—El señor, salió. La señora y la señorita están en el gabinete azul. ¿Quieren sus excelencias que les anuncie? —preguntó el criado, inclinándose respetuosamente.
—No, Luis; ya sabe usted que somos de confianza —contestó la condesa, dirigiéndose al gabinete azul con Gustavo, que caminaba satisfecho, erguido, sonriente, con aquel continente con que debió exclamar Don Juan, en el poema de este nombre, al entrar en los cielos: «¡Vedme bien! ¡Soy Don Juan! ¡Sonad, clarines!»
No oyeron, sin embargo, sonar por allí ningún clarín; pero, en cambio, cuando ya estaban cerca del gabinete, oyeron distintamente la madre y el hijo la voz de doña Angustias, la madre de María, que decía a ésta:
—Tú verás, hija mía, lo que has de contestarle. El marqués de Santa Herminia es un excelente cristiano y un cumplido caballero, y, la verdad sea dicha, n¡a tu padre n¡a mí nos pesaría llamarle hijo.
Gustavo y la condesa se miraron en silencio, con el mayor asombro, al escuchar aquellas palabras, y se detuvieron, conteniendo hasta la respiración... Afortunadamente la alfombra había ahogado el ruido de sus pasos. La voz de doña Angustias, prosiguió:
—Conque, vamos a ver... ¿qué te parece a ti? Una voz dulce y armoniosa, pero tímida y balbuciente, la voz de María, se dejó entonces oír, exclamando:
—A mí... la verdad... no me desagrada. De modo es, que s¡a ustedes no les parece mal...
—¡Gracias a Dios, hija mía!—contestó doña Angustias.—¡Qué peso tan grande me quitas del alma con estas palabras! ¡Temíamos que estuvieras enamorada del incrédulo de tu primo!
—¡Por Dios, mamá! —replicó María, lanzando una carcajada burlona, que heló la sangre de Gustavo.—¡Enamorarme yo de semejante «tipo». ¡Pues n¡que estuviera loca!
—Como no dabas una contestación categórica a sus pretensiones...
—Eso dice él, y eso cree porque la soberbia no le ha dejado entender lo que mis burlas le decían bien claramente... Y crea usted que se me han pasado ganas de contestarle en serio, con toda la seriedad que merecía quien mira el matrimonio como un negocio, como una miserable especulación, como él lo mira, ¡y, sin embargo, todavía creé el muy presuntuoso que me hacía un favor casándose conmigo! En su inmenso orgullo, que le lleva a decidir cuestiones, acerca de las cuales no entiende una palabra, me juzga necia, beata, fanática, mientras él, como todos los hombres verdaderamente ignorantes y presuntuosos, se juzga un pozo de ciencia. Pues no hay nada de eso, mamá. Es un pobrecillo, un "cursi". Curs¡su pretendida elegancia, curs¡su escasa y superficial ilustración, y curs¡hasta su impiedad. Yo creí al principio, por lo que de él me dijeron, que sería algún impío temible; pero resulta completamente inofensivo, al menos para cualquier persona de buen sentido y de una mediana ilustración siquiera, porque a pesar de su incredulidad, es tan poco, falso y vulgar lo que a su limitado entendimiento se le alcanza de esas materias, que, a lo más, podrá servir el infeliz para orador de club, o para colaborador gratuito del «El Motín».
Todo el orgullo de siete generaciones de Cumbres Azules se sublevó en el pecho de Gustavo al escuchar aquellas palabras que expresaban la verdad más grande que, respecto a su persona, había oído en su vida: la sangre se le agolpó al rostro, y sintiendo un vértigo de soberbia, se apoyó en el respaldo de una butaca para no caer, mientras en la puerta de entrada de la habitación se oía la voz del criado, que gritaba:
—¿Por qué se detienen sus excelencias? ¡Pasen, pasen, que en el gabinete están las señoras! Pero, ¿qué le ha dado al señorito?—exclamó acercándose.—¿Se ha puesto malo?
Doña Angustias y María salieron al encuentro de sus parientes al oír la voz del criado, después de cambiar entre sí una rápida mirada de inteligencia... ¡Sin duda la condesa y Gustavo lo habían oído todo!
—¡No es nada; no es nada! ¡Son los nervios!—decía la condesa, aturrullándose cada vez más, y esforzándose, lo mismo que Gustavo, por sonreír, mientras Marta se dirigía a una de las puertas de la habitación y desde allí gritaba lentamente, poniendo en su voz los acentos de la más fina y delicada socarronería que jamás ha salido de labios de mujer:
—¡Juana! iPepa! ¡Que le hagan corriendo al señorito una taza de tila bastante cargada!
La primera Santa Mallorquína: Santa Catalina Thomas
El día 22 del mes de Junio tendrán lugar en la Ciudad Eterna ¡as fiestas de la Canonización de la Beata Catalina Thomas. Son muchos los pueblos de Mallorca que acuden en regueros de fe y de amor a venerar la cuna de la Virgen Valldemosina y actualmente se está organizando una Peregrinación Mallorquina a Roma, para asistir a las mentadas fiestas de la Canonización.
Este glorioso acontecimiento nos hace tomar la pluma para escribir algunos rasgos biográficos de nuestra primera Santa Mallorquina.
Nació en 1 de Mayo de 1531 en Valldemosa, uno de los pueblos más pintorescos de Mallorca situado en delicioso valle de la cordillera que circunda la parte Norte de la Isla.
Notó su madre que la tierna criatura se abstenía de vez en cuando de tomarle el pecho, sucediendo esto precisamente los viernes. La primera palabra que pronunciaron sus labios fue la dulcísima y angélica del Ave María.
No conocía los entretenimientos pueriles propios de la infancia y sus juegos predilectos, s¡juegos pueden llamarse, eran retirarse a un rincón apartado de la casa y rezar a solas el Santísimo Rosario, sirviéndose de las hojas de alguna remita de olivo para contar las Ave Marías.
Tendría solamente unos tres años de edad cuando se le murió su buen padre, y desde entonces no cesaba de ofrecer todos sus rezos y demás obras piadosas por el eterno descanso de su alma, pues aunque pequeña estaba dotada la tierna niña de una superior luz natural. Un día mientras oraba oyó una voz que le decía: «No te aflijas, hija, n¡desconsueles; mira allá a tu padre». Levantó los ojos Catalina y vio en efecto a su padre rodeado de célicos resplandores en medio de gran multitud de bienaventurados.
No bien se hubo consolado de la pérdida de su padre, cuando Dios quiso sujetarla a otra prueba muy dolorosa, cual fue la muerte repentina de su piadosa madre, estando ausente la niña. Dispuso Dios que se le apareciese luego diciéndole: «H¡ja mía, ya te hallas sin madre; acabo de expirar en este mismo instante, y estoy aguardando tus oraciones para entrar cuanto antes en la Gloria».
Aquella hija angelical se puso inmediatamente en oración, y a las tres horas de estar arrodillada orando, recibe aviso de su misma madre que salía de! Purgatorio y se iba a los eternos goces del Cielo.
Huérfana Catalina de padre y madre, pasó a vivir con unos tíos en el predio «Son Gallard» distante como una legua de Valldemosa. Se ejercitó aquí en todo género de virtudes. Pasaba muchas noches en oración sin tomar una sola hora de descanso, y cuando rendida de fatiga dormía algunos cortos ratos, se levantaba la primera de la casa, empezando el trabajo antes que amaneciera el día. Ayunaba cas¡todos los días de la semana. Llevaba sus pies descalzos aun en medio de los rigores del frió, y como su oración y mortificación eran las demás virtudes, distinguiéndose entre estas su profunda humildad y el bajísimo concepto de sí misma.
Alma tan pura y fervorosa, dice un historiador de la Santa no podía permanecer en medio de este corrompido mundo. Por eso quiso el Señor transplantarla a los jardines del claustro, y así empezaron a despuntar en Catalina los primeros destellos de su vocación religiosa.
(Continuará).
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