Amenidades
La noche de los difuntos
Conocéis a Paquito? ¡Ya lo creo! Es raro el pueblo en que no haya uno o... varios.
Paquito es ese mozalbete pedante, holgazán y presuntuoso, que, porque ha leído algunas novelas o fue a la capital a estudiar el grado, se cree una eminencia y muy superior a todos sus convecinos.
Ese petulante Paquito suele ser, ¿como no?, indiferente en cuestiones religiosas. Eso de ir a misa, confesarse, etc., es cosa, según él, de mujeres y niños, y el es hombre!, digo, es algo más, es un ¡superhombre!, Y para probar que gasta pantalones no hay vicio que no le coja; pues un hombre, según la mentalidad de los paquitos, ha de saber gozar la vida, y la vida, para los tales, se goza en casinos, tabernas y prostíbulos.
Y como la religión estorba para todo eso, empiezan por desentenderse de ella, al menos prácticamente, y digo al menos prácticamente porque en el interior es difícil hacerlo de un modo absoluto.
Siempre queda el rescoldo de la fe inculcada por una buena madre, la conciencia que no deja de pregonar de mil formas la existencia de un Dios justiciero. Testimonio de lo que acabo de decir es lo que pasó a nuestro Paquito una noche de difuntos.
—Paquito, hijo mío—le había dicho su madre apenas comenzaron a doblar las campanas, recordando a los vivos sus obligaciones para con los muertos—esta noche no saldrás de casa hasta que hayamos rezado el rosario en sufragio de las ánimas benditas, y, particularmente, por tu padre, que hace hoy seis meses que murió. Ésta fue siempre costumbre de hogares cristianos y jamás dejó de observarse en esta casa, bien lo sabes; tu padre era el primero en recordarlo.
—Vamos, madre, que ya tengo los veinte cumplidos y han pasado a la historia los fanatismos. Déjeme usted de rezos. Y sonriendo burlonamente, dio media vuelta y se salió de casa en busca de pasatiempos más apropiados a su ilustración.
Con el alma amargada de pena y arrasados los ojos de lágrimas, quedó la pobre madre.
Y allí, junto al rescoldo del hogar, sola y apenada, fue pasando una y otra vez las cuentas del rosario, musitando, entre suspiros, las Ave Marías.
Y allí, a las altas horas de la noche, la encontró el mal hijo, como siempre, esperándole para dejarle recogido, con solicitud maternal, en el lecho.
Pues el corazón de una madre, siempre compasivo, parece tener más amor para los hijos desgraciados.
A Paquito aquella solicitud de su madre le molestaba. Claro, ¡como que removía su conciencia poniéndole de manifiesto su malvada conducta!
Apenas entró en casa se metió en su habitación, se desnudó, se tendió en la cama, apagó la luz y se dispuso a dormir. Pero... el doble de las campanas, acompasado, triste, lleno de evocaciones, le desveló.
Comenzó a dar vueltas y cerraba fuertemente los párpados, llamando al sueño; todo inútil el sueño no venía.
Aquel din... dan,., incesante le iba a volver loco, y renegó de las prácticas supersticiosa de la religión, y de las ánimas benditas.
De pronto... ¿Sería una pesadilla? Al través de los cristales de la ventana vio que se abrían las puertas de la iglesia, rasgando, súbito, el resplandor de mil velas las tinieblas de la negra y lluviosa noche.
Se removió el suelo de la nave y del atrio del templo, surgiendo esqueletos que, envueltos en amplios sudarios y organizando en macabra y espantable procesión, comenzaron a rumorear versículos de salmos fúnebres con cadencias que parecían gemidos.
El dan... din... de las campanas se hizo más triste. La fúnebre procesión se encaminó hacia la morada de Paquito, y sin que éste pudiese explicarse cómo, los esqueletos comenzaron a invadir el dormitorio y rodearon la cama, sin cesar en sus fúnebres salmodias.
Paquito quiso huir; mas no pudo; una fuerza invisible le sujetaba al lecho. Uno de los aparecidos levantó el cirio que llevaba en la mano, y separando el sudario que cubría su rostro amarillo y esquelético preguntó.
—¿Me conoces?
—¡Oh, sí!—gritó el atemorizado mozo. ¡Mi padre!
—Si, soy tu padre; el que tanto te quiso en el mundo, el que tanto se afanó por dejarte bienes, el que tan caro está pagando las complacencias que tuvo contigo y a quien tú ha poco negaste una consoladora oración. ¡Sígueme!
— ¿A dónde? Por piedad, tened compasión de mí.
— Por esa piedad, porque te compadezco, sígueme. Voy a llevarte adonde se despeja la razón y se despierta la conciencia para conocer los errores de la vida y arrepentirse de ellos.
Paquito saltó del lecho; los esqueletos reanudaron sus tristes plegarias y se pusieron en marcha.
Atravesaron las solitarias calles del pueblo, salieron al campo y penetraron, por fin, en el cementerio.
Las campanas del templo seguían su acompasado y triste din... dan...
El viento parecía gemir sobre las cruces del cementerio, y sobre las losas de los sepulcros, brillaban fugaces lucecitas.
—Aquí, siéntate aquí— dijo a Paquito su padre, señalándole el borde de una sepultura recién abierta. Es la tuya, mañana estarás dentro de sus entrañas.
Paquito, temblando de terror, obedeció sin réplica.
—Ahora —siguió hablando su padre— desde el borde de ese sepulcro mira el pasado de tu vida y ve si estás satisfecho de tus obras. Aún tienes tiempo, dentro de un momento será tarde. Ante ti se están abriendo las puertas de la eternidad, y Dios que, aunque tú le niegues, existe, pronto ha de juzgarte. Medita, hijo mío, medita sobre el olvido en que tienes tu alma, en la esclavitud en que la tienes sometida al cuerpo. ¡El cuerpo! ¿Quieres ver el porvenir de ese cuerpo por el que tanto te desvelas? ¡Mira!
Se abrió un sepulcro y Paquito dio un grito: vio un cadáver medio descompuesto que despedía insoportable hedor. Era el cuerpo de un camarada suyo de vicios y disipaciones, pocos días ha enterrado.
—Así estará el tuyo dentro de una semana; después será eso, y señaló a los pelados huesos de un esqueleto, y después esto, y cogiendo un puñado de polvo lo lanzó al aire. Medita, hijo mío, medita. Tu alma, en cambio, con sus obras, será inmortal.
En este momento el alba comenzó a iluminar el Oriente y los esqueletos desaparecieron y también las fosforescentes lucecitas que brillaban sobre las losas. Paquito se encontró solo ante aquella sepultura abierta a sus pies, iluminada por la tenue luz de la aurora.
Gemía el viento al azotar los tapiales y cruces del cementerio y gemían las campanas con su din... dan... lento... interminable. Paquito se sentía atraído por el abismo de aquel sepulcro; sintió que le abandonaban las fuerzas, se le doblaron las piernas y cayó, al fin, sin sentido.
—Hijo, ¿estás enfermo? ¿Por qué no te has levantado ya?
— ¡Ay, madre mía! ¿Pero ha sido un sueño? —exclamó Paquito abriéndolos ojos—. ¡Oh, que terrible pesadilla!
¡Dilín... dilán... dilín... dilán...! —¡Jesús!, el último toque a misa; me voy hijo; seria imperdonable dejar de oiría por tu padre hoy el primer día de difuntos, después de su muerte.
—¡Madre, madre!, yo voy también.
—¿Tú?—preguntó sorprendida.
—Sí, yo.
Y mientras se vestía precipitadamente, decía para sí:
—Ha sido un sueño; pero, ¿quién me asegura que dentro de poco, tal vez de horas, no será una realidad?
Después de todo, ¿qué es la vida, por larga que sea, en comparación con la eternidad? ¡Un momento!
y la conciencia me lo dice, como en la pesadilla me lo ha dicho mi padre: Aunque yo le niegue, Dios y su justicia existen. La prudencia aconseja, pues, vivir prevenido.

San Antonio de Padua leyendo. Óleo
sobre madera de 71 x 31 cm. Louvre. París.
Cosme Tura (1430-1495) Renacimiento italiano
Oferta descuidada
I
Los que tenéis del amor materno la idea noble y elevada de toda persona bien nacida, difícilmente os resignaréis a imaginaros que puedan haber madres, con hígados de hiena, dispuestas siempre a convertirse en verdugos implacables de la inocencia y del candor de sus hijos. Y sin embargo las hay ¡vaya si las hay! que, más crueles que las mismas fieras, no temen arrojar al lodazal de la corrupción el fruto de sus entrañas con la desaprensiva desenvoltura de quien, divorciado de todo sentimiento humanitario, busca en el vil metal el medio de sostener con boato la propia deshonra.
¡Pobre joven, la candorosa y modesta Lucía, condenada por la suerte a dar el nombre de madre a uno de estos repulsivos monstruos de perversión! ¡Ella, tan buena, tan cariñosa, de corazón tan puro como sencillo, creciendo y desarrollándose, como bellísima flor de inmaculados candores, al abrigo de aquella infame que barajaba en las negruras de sus cálculos el plan más o menos encubierto de comerciar villanamente con el honor de su hija!
Quizás nunca se hubiera permitido hacer a Lucía humillantes proposiciones, de no encontrarse de la noche a la mañana en el abismo de la miseria a que la precipitó la desenfrenada pasión de su marido por el juego. Heredera de un título ilustre, arrullada desde muy niña en el seno de la opulencia, sin freno alguno que contuviera en sus juveniles años la más pueril de sus caprichosas exigencias, se halló frente por frente con la desgracia cuando menos podía imaginárselo. Buscó en el fondo de su pecho tesoros de cristiana resignación, y no encontró más que productos de nunca domado amor propio: acudió a su
mente en busca de pensamientos de humildad que le ayudaran a sobrellevar tan pesada carga, y la halló soberbiamente rebelde a todo pacto de alianza con una condición modesta, pero nunca deshonrosa. ¿Qué hacer en tan apurado trance? ¿Imitar al vicioso marido que acababa de fallecer, víctima del despecho y la vergüenza? ¿Irse a devorar sus amarguras a una población desconocida, donde nadie pudiera señalarla con el dedo ni hacerle muecas por la espalda?
Esto era indudablemente lo más aceptable; y así lo hizo con toda celeridad la madre de Lucía. Nadie en su nueva residencia la molestaba poco ni mucho; pero ¿tenía, acaso, necesidad de eso para ser infeliz la que se había llevado consigo dentro del alma deseos y caprichos y exigencias que no podía satisfacer cumplidamente en las estrecheces de su nuevo género de vida?
En tan críticas circunstancias, puso los ojos en Lucía. La joven, en medio de su hondo infortunio, contaba para conjurarlo con lo que precisamente faltaba a su madre: con una resignación cristiana a toda prueba. Era naturalmente buena: había tenido una institutriz de sentimientos profundamente religiosos; y al verse entonces en pleno período de hondas tribulaciones, pensó en buscar en las enseñanzas de su antigua institutriz una tabla salvadora con que sostenerse a flote en el piélago de amarguras que amenazaba concluir con ambas. Sus miradas se dirigían al cielo, seguro puerto de refugio de las almas atribuladas: y en el cielo descubrían luz consoladora de esperanza que en vano se esforzaba por hacer ver a su madre, empergaminada en sus rancias ejecutorias de nobleza y sumida en la noche de sus negros proyectos. Para ésta no había otro medio de hacer frente a situación tan precaria que volver a recobrar su brillante posición en los círculos de la alta sociedad.
—Pero, mamá, le respondía la joven en una de las innumerables ocasiones en que se entretenían en dar vueltas y más vueltas al mismo tema, ¿no ves que eso es soñar despierta?
—No tanto como tú te lo imaginas.
—Sería preciso un milagro...
—Sí, pero de una clase de milagros que tú puedes hacer cuando quieras.
—¡Dios mío! ¿yo?
—¡Toma! ¿Y qué tendría de extraño? ¿No te he llamado mil veces «aurora de mi vida»?
—Ocurrencias tuyas. Lo mismo hubieras podido llamarme «lucero de la tarde».
—¡Ah, no! El sol se hunde en el ocaso; pero el sol vuelve a renacer a la mañana siguiente. ¿Por qué al sol de la fortuna no ha de sucederle lo propio? ¿Y qué sol reaparece sin que la aurora le preceda? Di ahora que no está justificado mi calificativo.
—No acierto a comprenderlo, ni sé cómo voy yo a desempeñar ese papel alegórico que te empeñas en hacerme representar.
—¿Quieres que te traiga un espejo para que lo comprendas?
—Las caras bonitas no traen fortunas.
—¿Ignoras que cuentas con admiradores ricos e influyentes?
—Sería una tonta en hacerles caso: no piensan en cosa seria.
—¿Y eso qué importa?...
—¡Ay, mamá! ¿Qué dices? ¿Crees que no tengo un alma que salvar?
Esta respuesta, vigorizada por la actitud noble de Lucía, obligó a la madre a morderse los labios aquella tarde. La hija quedó aterrada ante la idea, confusa todavía, de los negros proyectos de la infame: pero ésta, después de soltar la primera y más costosa prenda, ya no se paró en barras. Un día y otro día vio la joven torturados sus oídos con frases que se le clavaban en el corazón como saetas, que le martirizaban la conciencia como rabiosos reptiles. Eran unas veces de rendida súplica, otras de cólera mal encubierta: mas siempre tan dañosas, tan cáusticas, que Lucía principió a tener miedo de sí
propia, a considerar su casa como el sitio más peligroso para su honor, y a ver en su madre al más temible de sus enemigos.
II
La hiel de sinsabores concentrada en el pecho de Lucía durante el corto y agitado período de estas secretas contiendas, fue al fin a desbordarse junto al altar del Santo de Padua, que allá, en sitio preferente del templo, rodeado de luces y flores, parecía aguardar de continuo a las víctimas del infortunio para oír sus lamentos y remediar sus necesidades.
Era realmente hermosa la imagen aquella de San Antonio. Su rostro juvenil, con una frente que reflejaba candores, con unos ojuelos en que le bailaba el regocijo, con unos labios que le regalaban sonrisas..., no podía contemplarse un momento sin que se levantara en el fondo del corazón del observador una oleada de dulces emociones. El Santo miraba hacia sus devotos, señalándoles con una mano al Niño Jesús que le descansaba sobre su mano izquierda y le acariciaba blandamente como diciéndole: «Pídeme, amado mío, lo que quieras; pues nada puedo negarte».
¡Ah! ¡qué bella coyuntura para Lucía! Ella, tan necesitada, tan afligida..., y encontrarse allí con quien podía remediarla, por tener en sus manos al Dador soberano de todos los bienes! ¿Necesitaba más la triste doncella para caer a sus pies, abrirle su corazón todo entero y mostrárselo desgarrado, hecho trizas, consumido de amarguras por las villanas propuestas de su madre?
Lucía lloró mucho, mucho a los pies del Santo: le contó sus desgracias, le manifestó sus internas inquietudes, le hizo ver todo el negro fondo de abyección en que se intentaba precipitarla, y luego con animado acento en el que parecía querer condensar todas sus aspiraciones, concluyó con heroica resolución:
—Bendito San Antonio: acordaos que tengo un alma que salvar. Siendo la que debía protegerme la causa del peligro en que me veo y privada de todo humano refugio, a vos os elijo y reconozco por Protector mío. Dadme medio de salir de nuestro estado de miseria para poner a cubierto mi honor; y si esto no es del agrado del Altísimo, que la lepra o la viruela desflore mi hermosura, que mi vista cause a todos repugnancia y asco... ¡Todo, todo, antes que sucumbir a la violencia de la seducción!
Así oraba la joven ante su celestial Patrono, más bien con el espíritu que con los labios, cuando, revoloteando por delante de ella, vino a caer a sus pies un papelito cuidadosamente plegado. Lucía, presa de viva agitación, lo tomó en sus manos y observó el sobrescrito. ¡Triste decepción! La carta no era para ella... Miró, luego, al Santo, como demandando la razón de aquella misiva, y nada de particular descubrió al exterior: Antonio continuaba sonriéndole dulcemente y Ofreciéndole con sus miradas el consuelo que le demandaba su atribulado espíritu, pero nada más... Replegó, por último, su atención en las interioridades de su conciencia, y una voz del cielo, suave y pura, pareció entonces responder a su tácita pregunta:
—Lleva esa carta a su destino, y ten confianza en mi protección.
Lucía se levantó al punto y salió del templo,deseosa de descifrar cuanto antes el misterio. No conocía ella, sino por meras referencias, al opulento comerciante cuyo nombre figuraba en la dirección, ni sabía que entre él y San Antonio hubiera pendiente asunto alguno que reclamara aquella misiva inesperada.
Nosotros, empero, que estamos en el secreto, podemos asegurar a nuestros lectores que Alejandro, a despecho de su afirmación habitual de que no debía a nadie un céntimo, estaba en descubierto con el Taumaturgo desde algunos años atrás. La causa de aquella deuda era bien sencilla: Alejandro, viéndose empujado hacia el sepulcro por una enfermedad maligna que se burlaba de la ciencia de los Galenos, había prometido a San Antonio una soberbia lámpara del valor de trescientos escudos si le restituía la salud perdida: el Santo había aceptado el pacto: y Alejandro, tan pródigo en prometer como remiso en cumplir, no sólo no había pensado en satisfacer su deuda, sino que hasta la tenía olvidada por completo.
Por lo demás, no vaya a creerse que el olvido del rico comerciante era intencionado. Claro está que no le gustaba tirar con los cuartos por mero capricho, tanto más cuanto que desde dos años antes venía revolviendo en su cerebro la idea de constituir nuevo hogar sobre la base de una bien saneada fortuna; pero en eso de cumplir con sus formales compromisos, a fuer de cristiano y caballero, no permitía que le pusiera nadie el pie delante... Lo que él repitió después miles de veces relatando el suceso: «¿Quién está libre de incurrir en un ligero descuido?»
III
No hay para qué decir que Alejandro acogió a Lucía con toda la ceremoniosa cortesía de un joven amable, bien educado, y por añadidura comerciante. El aire de distinción de la apuesta doncella, dignificado por su actitud recatada y modesta, le impresionó favorablemente, arrancándole frases de consideración y respeto que llegaron al corazón de Lucía transformadas en soplo bienhechor de auras de íntima complacencia.
No obstante, la joven no tuvo para el galante mercader una sola palabra de respuesta. La emoción había anudado la voz en su garganta; así que se limitó a tender la mano temblorosa a Alejandro, haciéndole entrega de la carta que para él llevaba.
—¿Un encargo... y por escrito?, replicó el mancebo desdoblando el papel con no poca extrañeza.
Pero ésta fue mayor todavía no bien se enteró del contenido, que estaba redactado en los términos siguientes: «A la persona que te lleve la presente, harás entrega de la cantidad de plata que pese este papelito.—Fr. Antonio de Padua».
—¡Vaya una idea rara!, se dijo Alejandro entre dientes, mirando alternativamente a la carta y al rostro de la turbada Lucía, por el cual desfilaban atropellándose todos los colores del arco-iris.
—Comprendo, añadió luego en voz alta: joven, guapa y sin dinero, has querido sorprender mi buena fe abusando del nombre de un Santo tan milagroso.
—Señor...
—Bien, bien, si no quiero ofenderte. Me gusta el ingenioso recurso, sobre todo porque se ve que al fin de cuentas no es gran cosa lo que solicitas. Por respeto al Santo de Padua, quiero tomar la cosa en serio. Si algo siento es que con tan exigua dote no vas a encontrar novio que acepte tu mano.
Y sin poner atención en que sus bromas herían en lo más vivo el amor propio de la muchacha, colocó el papelito en uno de los platillos de la balanza y arrojó como al descuido una moneda de plata en el opuesto.
—Con esto habrá bastante, se dijo.
¡Cosa extraña! el papel no cedió. ¡Ni que fuera de plomo!
Agregó una nueva moneda, luego otra más y el fiel de la balanza siempre del lado del afortunado papelito!
Alejandro, en vista del prodigio, quedó atónito y perplejo. Sus ojos se abrían desmesuradamente y el cuerpo le temblaba cual si estuviera en contacto con lo sobrenatural.
—¿Me podrás decir el nombre del que te entregó este papel?—preguntó con voz suplicante a Lucía.
—Cayó del altar del Santo mientras yo le pedía remedio para mis grandes apuros; y como traía vuestra dirección, me he apresurado a traéroslo.
—Ahora principio a creer en tus palabras. Mucho debe quererte San Antonio cuando, de modo tan prodigioso, así dispone del fruto de mis trabajos en obsequio tuyo. Pero bien, no faltaré a mi promesa aunque me quede sin blanca. ¡Sea todo en honor de tan glorioso Taumaturgo.
Y esto diciendo abrió su caja de caudales, y siguió echando monedas a puñados, sin contar siquiera.
Al fin el papelito se dio por vencido; y el mercader, respirando fuertemente como libre ya de una penosa carga exclamó:
—Contemos ahora: uno, dos..., trescientos escudos. ¡Ahí ¡qué coincidencia! Es el precio de una lámpara que le tenía prometida... La verdad: no tengo de que quejarme. ¡San Antonio dispone de lo suyo y me dispensa la gracia de recordarme una oferta que tenía ya olvidada!
—¡Bendito Protector mío, dijo Lucía emocionada, sin poder contenerse, gracias, gracias, por tu inagotable misericordia para conmigo. No te seré ingrata. Con este socorro acabas de comprarte una lámpara en donde arderá siempre la luz del más sincero reconocimiento; mi pobre corazón!
—Y bien, preguntó Alejandro con viva curiosidad, puesto que la gratitud a San Antonio une en cierto modo nuestros corazones, ¿sería indiscreción en mí suplicaros que me expusierais la causa que os obligó a recurrir a su patrocinio?
—Os la diré en dos palabras: heredera de un título ilustre, sepultada de la noche a la mañana en la miseria, estaba en peligro gravísimo de que esta propia miseria me arrastrara al deshonor, lo que me era más sensible que la muerte. En esta situación acudí al Santo, pidiéndole remedio a mi indigencia, o bien una enfermedad que me dejara inútil y deforme. El resultado ya lo acabáis de tocar por vuestros propios ojos.
—¡Ah! eres digna de todo, pues con igual conformidad de ánimo le pediste la fortuna o el sacrificio. Créeme, que no habrá muchas mujeres que sigan tu ejemplo, y que eres digna de más alta suerte de la que pueden ofrecerte esos trescientos escudos... ¡Si pluguiera al Taumaturgo que fuera yo el llamado a proporcionártela!
IV
Algunos meses después, el altar de San Antonio, vestido de luces y flores, brillaba como en los días de las grandes fiestas litúrgicas. Un sacerdote, revestido con soberbios ornamentos, bendecía allí, en presencia de la bendita imagen que continuaba sonriendo dulcemente, la unión de dos corazones, dispuestos a compartir mutuamente las delicias y los sinsabores de la existencia: los de Lucía y Alejandro; y algo apartada de ellos, llorando a lágrima viva, se golpeaba sin compasión el pecho una mujer vestida de luto, que no se cansaba de repetir entre sollozos:
—¡Perdón, Santo mío. perdón! He sido una infame. Sin ti ¿qué hubiera sido de mi hija?
¿Qué es eso del Purgatorio?
Era el último día de octubre de mil novecientos y pico; del pico no me acuerdo. La barbería de mi pueblo estaba aquella noche llena de hombres, que venían unos a pelarse, otros a afeitarse y otros a pelarse y afeitarse juntamente. Entre ellos había un anciano de aspecto venerable, que llevaba la voz cantante en la conversación, y, según parecía, debía estar ya muchos días sin rasurarse, porque tenía casi un dedo de barba. Cuando le tocó la vez le dijo el oficial: «Tío Alejandro, ahora le toca a usted.»
—Comenzó el barbero a enjabonarle y a darle broma en estos términos:
—¿A que se ha dejado crecer la barba, por no darme propina?
—¡No, hombre, no!, porque estaba ocupado en la siembra de las habas y no he podido venir del campo hasta hoy; pero a bien que voy a holgar dos días. Ya no me voy hasta que pasen los difuntos.
—¿Y qué hará Vd. ese día?
— Pues ir al cementerio a rogar por ellos para que salgan del Purgatorio.
—¡A ver, a ver! ¿qué es eso del Purgatorio? replicó el oficial, siguiendo la broma.
—¡Hombre! ¿también tú eres de los incrédulos?
—¿Yo? ¡Dios me libre! soy cristiano como el que más; y creo a puño cerrado en la otra vida; porque hay bribonazos por ese mundo que merecían estar en presidio toda la vida; y no obstante, andan nadando en la abundancia, riéndose de sus víctimas y burlándose de la justicia humana; y hay también almas buenas que se quitan el pan de la boca por socorrer una desgracia, sin que su virtud sea pagada en la tierra; y como Dios es justo, y no puede dejar la virtud sin premio, ni el crimen sin castigo, es preciso que en la otra vida haya un cielo para unos y un infierno para otros. Todo eso es muy conforme a la razón, y todo lo creo yo; ¡conque mire Vd. si soy buen cristiano! Pero eso del Purgatorio, eso de que los buenos tengan que padecer allí después de haber pasado aquí lo que Dios sabe, eso... parece que no sea muy conforme a la razón. A lo menos a mi se me hace muy difícil de entender.
Al decir esto, el barbero guiñó un ojo, y los circunstantes esperaban en silencio la contestación del tío Alejandro. Este, después de un momento de espera, respondió:
—Hombre eso no es difícil de entender, y es muy conforme a la razón; porque la fe enseña que las almas buenas no pueden ir al infierno; y que las almas manchadas con culpas leves no pueden entrar en el cielo: luego si algunas almas buenas salen de este mundo con algunas manchas de pecados ya absueltos, y no pueden ir así ni al cielo ni al infierno, será preciso que vayan a otro lugar para purificarse de aquellas manchas; y a ese lugar de purificación se le llama Purgatorio. Más claro: cuando cae una mancha en una pieza de ropa buena, ¿qué es lo que se hace? ¿Se la quema? No! ¿Se la pone uno manchada? ¡tampoco! ¿Entonces qué? Pues se lava hasta que se le quite la mancha para utilizarla luego. Pues eso mismo hace Dios con las almas buenas, que salen de aquí manchadas; las lava en el Purgatorio hasta que estén bastante limpias para ponerlas en la gloria.
—¡Cristiano!—le dijo el oficial en tono festivo;—pero si de aquí salen las almas malas para el infierno y las buenas para el cielo, ¿a qué viene esa detención en el Purgatorio? Eso es lo que yo no entiendo.
—¡Canasto! ¡Parece mentira que un barbero no entienda eso! Pues figúrate tú que el rey de España te llama hoy para darte un premio, con tal que vayas a Madrid andando y llevando sobre tus hombros una cruz no muy pesada. Tú te echas la cruz a cuestas, y caminando, caminando, llegas a la Corte al cabo de un mes, más sucio que un trapero, con más pelo que un gitano y más barbas que un capuchino. Dime: si esto te pasara, ¿irías de esa manera al Palacio de Oriente para recibir el premio?
—Claro está que no: porque ni yo iría a presentarme sucio delante del Rey, ni, aunque quisiera ir, me dejarían entrar.
—¿Pues entonces qué harías?
—¡Toma! pues lo que está usted haciendo; meterme en una barbería a que me pelaran, y me afeitaran y me dejaran decente para ir a tratar con S. M. el rey.
—¡Eso mismo! Suponte, pues, que el Purgatorio es una barbería y estamos entendidos.
La gente rompió a reír y el oficial preguntó:
—¿Cómo? ¿que esto es un Purgatorio? ¿tanto mal le hago a Vd.? ¿No es buena la navaja? ¿Cojo otra?
—¡Hombre no! ¡no es eso!
—Pues entonces, ¿que? ¿que aquí martirizamos a los parroquianos?
—¡Tampoco!
—¡Cristiano con las indirectas del tío Alejandro!
—No, hombre, no son indirectas: quise decir, que esta vida es una peregrinación o un viaje para la otra, que por esta razón dice la copla que
Todo hombre es peregrino
de esta vida en el pasaje;
el niño empieza el viaje y
el viejo acaba el camino.
Porque todos estamos obligados Sin remedio a comparecer un día, no ante el rey de España, sino ante el Rey de cielo y tierra. El viaje para visitar esa corte del Rey de reyes lo emprendemos al nacer, y unos gastan en ese camino diez años, otros veinte, otros cuarenta, otros sesenta y otros ochenta o algo más. Después de tantos años de viaje por un camino tan cenagoso y resbaladizo como el de la vida, es natural que lleguemos a la última posada (que es la de la muerte,) sucios llenos de barro y con más lana encima que un carnero por esquilar. Y ¿quién se atreverá a presentarse de esa manera ante el Rey de la gloria? Y ¿cómo es posible que nos dejen entrar en el cielo de ese modo? ¡No puede ser! Y por eso los ángeles que nos quieren mucho, nos dicen donde está la barbería, llamada Purgatorio, y allí nos metemos nosotros para que nos corten la melena, nos monden la barba, nos cepillen el polvo y nos dejen como un palmito; y hecho esto, salimos de allí para el cielo con cara de pascua.
—¡Carambita con el tío Alejandro! Parece un libro, cuando se pone a ensartar sentencias.
—Pero ,hombre; ¡si esto es más claro que el agua! ¿qué es lo que pasa aquí? Entra uno barbudo y desmelenado; tú coges las tijeras y el peine, y chá, chá que chá, cháquechá, le cortas el cabello; luego le enjabonas bien la cara, tomas la navaja, y ¡tras! en dos tajos la primera mano, después la segunda; enseguida al lavatorio con unas gotitas de agua colonia y, por último, sus polvitos o pomada para que no se queme el cutis con el aire. En fin; que entra uno aquí como un oso viejo, sale rejuvenecido y perfumado, como las rosas de Mayo.
—Diga Vd., ¿y quién hace de barbero en el Purgatorio?
Según dice un libro viejo que yo tengo, son los ángeles; y los tormentos que allí se padecen hacen las veces de navaja, tijeras, peines, etc.
—Entonces, ¿para qué sirven las oraciones que rezamos por ellos?
—¡Cristiano! ¡qué preguntón te has vuelto!
—Dígalo Vd. y no le pregunto más.
—Pues nuestras oraciones hacen con las almas las veces de jabón y los perfumes, y si quieres saber para qué sirven, ponte a afeitar a uno sin jabón y verás como sufre las de caín; enjabónalo bien y verás con qué suavidad corre la navaja. Pues aplica el cuento. Las almas del Purgatorio, que no tienen quien ruegue por ellas, padecen comparativamente, como el que es afeitado a secas; y las almas que tienen aquí muchos sufragios, como el que es afeitado con la barba bien remojada. ¿Comprendes?
—Comprendo que sabe Vd. más que una librería. ¡Pues no sé, si tiene gramática parda el tío Alejandro!
—Vamos; date prisa y acaba pronto.
—Diga Vd., tío Alejandro: ¿y las almas pagan también sus cuartos al que las afeita?
—Ya te he dicho que eres más preguntón que una monja.
—Ande Vd., dígalo Vd. mientras acabo.
—¡Que sí, hombre, que sí! ¿No te caíste la otra noche y estuviste a punto de matarte? ¿No te cortaste la otra tarde afilando la navaja y te llegó la herida hasta la misma vena arteria?
—Sí señor.
—Y ¡quién sabe si el no haber tenido una desgracia en esas ocasiones y otras muchas, lo debes a las almas benditas que están en el cielo rogando por ti, para pagarte lo que has hecho por ellas! ¿No te acuerdas de rogar algunas veces por tu difunta madre o por tus hermanos?
—Todos los días. No me acuesto ninguna noche sin pedirle a Dios por los difuntos de mi familia: en especial cuando oigo el toque de ánimas, que entonces rezo de más buena gana.
—¿Y crees tú que el alma de tu madre no te pagará con ganancias de la otra vida lo que tú hagas aquí por ella? No tengas duda, que como tú logres afeitar (quiero decir sacar un alma del Purgatorio), te lo ha de pagar mejor que nosotros. ¿Estamos?
—Si, señor: ya está Vd.; pero bien a pesar mío, porque quisiera volver a preguntar más cosas del Purgatorio.
—Pues déjalo para otro día, hoy no puedo más.
Y añade el viejo pergamino de donde yo he copiado este cuento, que el barbero de mi pueblo comprendió tan perfectamente la idea del Purgatorio con las comparaciones del tío Alejandro, que nunca más volví a formular ni de veras, ni por broma, la pregunta algún tanto desdeñosa de los impíos, que va al frente de este articulejo y que por desgracia, se oye con bastante frecuencia en boca de algunos cristianos, que quieren ser tenidos por católicos. Y tú, lector amado, no la formules nunca y ruega mucho por los fieles difuntos, sobre todo durante el mes de noviembre, consagrado a las benditas almas del Purgatorio.
La Caridad recompensada
Doña Leonor, joven viuda, riquísima, con hija única de cinco años, se vio combatida por desgracia horrible: la pérdida de esta niñita amada.
¡Pobre madre! ¡Ningún consuelo había para ella! ¡Triste es tener muchos hijos cuando no hay qué darles de comer, pero también causa amargura inmensa abundar en riquezas y perder al hijo único!
Un consuelo no más le quedó a la pobre señora: ir cada día al cementerio, y pasarse horas enteras ante la tumba del ángel que a mejor vida marchó de su lado.
Una vez, pasando junto a la fosa o sepulcro común de los pobres (de los que no tienen dinero para pagar un enterramiento particular), vio a cierta ancianita con una niña de la mano, niña de la propia edad que la que ella perdió. Estaban ambas arrodilladas, rezaban devotas en alta voz. Doña Leonor, conmovida ante cuadro tan sencillo como tierno, se detuvo y esperó a que el rezo acabara. Luego se acercó a ellas, acarició a la pequeña, y preguntó a la anciana, que le dijo: —Señora: murió la madre de esta niña, mi buena vecina, hace dos meses; sin duda alguna, de pena por su marido, que no hace mucho lo enterraron aquí mismo. Aunque yo no tengo quien me lo gane sino estas manos temblonas, ¿cómo iba a consentir que la pobrecita quedara abandonada? La recogí, y con ella parto mi escaso pan. Me han hablado de un asilo, pero no; mientras yo pueda, tendré recogida a la nena. ¡Sólo siento que mi edad es mucha, y que no sé lo que será cuando yo muera, de mi pobrecita Julia!...
—¿Julia, dijo usted? ¿Se llama Julia?... Señora: Tuve una hija de la misma edad que ésta, del mismo nombre, y la perdí y con ella mis esperanzas. ¡Dios no me quiere abandonar! Soy muy rica y no tengo herederos forzosos. Si usted consiente en ello adopto a esta niña en memoria de mi querida hija, con la condición de que usted ha de vivir con nosotras, para descansar o para ayudar a los quehaceres domésticos. Como usted quiera.
¡He aquí como la buena anciana caritativa recibió en vida el premio a tan buena acción; pues aceptada la proposición, fue feliz con Julita y doña Leonor el resto de sus días!
La bolsa perdida
Un pequeñuelo mal trajeado andaba por el bosque próximo en donde su casa se hallaba (modesta choza de honrados carboneros), y se lamentaba amargamente llorando y gritando, rezando en voz alta de vez en cuando.
Cierto señor, acompañado de otro al parecer criado, ambos en traje de caza pasaron junto a él. Compadecido el primero, se le acercó:
—¿Por qué lloras de este modo, querido? ¿Qué te ocurre?
—He perdido una bolsa con dinero que me dio mi padre para entregarlo al médico del pueblo; porque mi madre estuvo enferma mucho tiempo, y el padre ha ido ahorrando para pagarle.
—¡Pobre!... ¿Y si no la encuentras?...
—Pegarme no me pegarían. Pero ¿cuándo mi padre podré ahorrar otra vez tantos cuartos?... Rezo, porque Dios no querrá que deje de encontrarla. Siempre que le pido algo me lo concede.
Se hablaron ambos cazadores al oído; y después, sacando el criado hermosa bolsa de seda encarnada, que mostraba por entre los calados varias monedas de oro, dijo al señor, tomándola en sus manos y alargándola al pequeñuelo:
—Dios te ha oído, hijo mío. Toma tu bolsa que acabamos de encontrar nosotros.
—¡No!... ¡No la tomaré, señor, porque esta no es mi bolsa! La mía es de lana y las monedas que tiene dentro no son tantas, ni de oro como estas. Esta bolsa podrá ser de algún señor como usted, no de unos pobres como nosotros.
—¡Vaya, hombre! ¡Pues, lo siento!... Sin embargo toma esta; pues que la encontré y no me hace falta... Así pagarás al médico, y aún os quedará bastante dinero.
—Gracias, señor; pero no es mía, y mi padre me dice siempre que no tome lo ajeno sin la voluntad del dueño.
—Pues a ver si esta otra bolsa es por casualidad la tuya. Me la encontré hace un rato allá abajo...
—¡Ay!... Sí, señor, esta es. ¡Dios mío, qué contento estoy, y cuánto te agradezco el hallazgo, lo mismo que a tan buen señor que me la entrega!...
El caballero, emocionado por la escena, obligó al niño a que le condujera a su choza; y allí, en presencia de sus padres y después de haberles referido la buenísima conducta del hijo, le forzó a que tomara el bolsillo anteriormente ofrecido (que era muy suyo y que por probarle mandó sacar al criado) en premio a su confianza en Dios, y a su honradez manifiesta.
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