A la memoria del Cardenal Cisneros
Vida popular de Cisneros
(Conclusión)
La autoridad moral de Cisneros era tanta, que donde él se paraba a conversar, en seguida se formaba un inmenso corro y muchas gentes besaban sus hábitos como los de un santo.
Yo he contemplado en Alcalá su hermosa letra cursiva y he seguido los infinitos renglones que noches y noches enteras trazó su sabia mano.
Se nota en aquella letra, desigual y brincona, la nerviosidad del grande hombre y el apuro en encarcelar las ideas por medio de las palabras, antes de que los pensamientos se escaparan.
La historia refiere que en Granada entre los moros sublevados se le tenía un respeto grande; y que a pesar de haber amasado tesoros inmensos para sostener sus colegios y el gran establecimiento de Alcalá, jamás llevaba una moneda, n¡comía cosas finas, n¡dormía sino en tabla durísima y de madera de ébano, con una cruz blanca grabada en el fondo.
En Madrid, junto al camino viejo del Escorial, había una gran cruz de piedra con gradas, en la cual rezaban todos los transeúntes. Allí pronunció él, aquel celebrado discurso político-religioso, con motivo de la reunión de las primeras Cortes y del decreto contra las jugadas, en el cual expresó que «entre otras razones "era cristiano porque veía patente que el "médico no vencía a la muerte; porque "veía que el número era infinito como el "espacio; porque el jurista ignoraba lo "que había en el fondo del reo; porque n¡"en Babel n¡ahora, ningún arquitecto "construiría hasta el cielo; y porque el "ser humano no era posible ser reproducido fuera de Natura, por más que "hablase la alquimia».
Tales bienes se derivaron de esta oración sagrada, que el mismo cardenal en recuerdo del acto levantó con sus propias manos aquella cruz, destrozada en la época en que el general Pavía barrió con botes de metralla las trincheras de la segunda revolución republicana.
A grandes plumadas he trazado los principales rasgos de la vida popular del gran hombre de España, y me comprometería a escribir un libro voluminoso, s¡no fuera porque la lucha por la vida y los gastos que requieren me cierran el camino. Pero años y más años que en estos estudios de su persona he hecho en Castilla, me constituyen en amateur humilde, pero decidido de su gigantesca historia de religioso y Virrey; y en orador de tan alto literato y cuentista muy afamado en la república de las letras. Decía el Rector de Salamanca que de las anécdotas y cuentos sabrosos recitados por Cisneros, podría formarse un hermoso libro, fuerte como su alma y ameno como un prado de flores.
FIN
Raquel
La colecta «Et fámulos»
Quisiera saber a qué clase de oraciones imperadas pertenece la colecta «Et fámulos», que los sacerdotes seculares y los regulares decimos en las misas, dentro de nuestra diócesis de Valencia. ¿Es imperada de modo ordinario?... ¿Lo es por causa grave?... ¿Alcanza su obligación a las fiestas de primera clase?... ¿Hay que decirla aun en las fiestas más solemnes de Navidad, Pascua. Ascensión, Pentecostés, Corpus, Cristo Rey., etc.?... Quedaré agradecido a cualquier indicación que se me haga sobre este punto.—J. S.
A nuestro buen hermano que desde Onteniente nos hace esta consulta, lo mismo que a los sacerdotes de ambos cleros a quienes pueda interesar esta información especial, decimos que la colecta «Et fámulos», dentro de esta diócesis de Valencia, ha de entrar en todas las misas cantadas y rezadas, que no sean de Requiem. Y esto porque entre nosotros está imperada del último de los modos indicados arriba. Véase a este propósito el «Boletín Oficial» de este Arzobispado, correspondiente al año 1923, página 319, donde se encuentra el decreto del Sr. Arzobispo, quien, en uso de sus facultades, la prescribió con toda la extensión aquí dicha.
Desde los tiempos de San Pío V y del papa Gregorio XIII, podemos los sacerdotes españoles rezar de nuestra libre voluntad esta colecta en todas las misas solemnes y privadas, sin más limitación que la antes expresada. Luego pueden los obispos de España y de la América latina prescribirla también sin más limitación que la impuesta por estos romanos pontífices. La razón es evidente, por que lo que a nosotros nos está generalmente permitido por la Santa Sede, cae bajo la jurisdicción de nuestro Prelado Diocesano, y él nos lo puede ordenar de precepto. En este caso su ordenación nos afecta como súbditos suyos, en esto; pero no a las rúbricas del Misal n¡a los decretos pontificios, que ellos no pueden cambiar n¡inmutar de su propia autoridad.
Por esto el Sr. Arzobispo de Valencia, respecto a la colecta «Et fámulos», pudo decir en absoluto el año 1923: «Ordenamos que los sacerdotes que celebren en nuestra amada diócesis la reciten en todas las misas, exceptuadas las de Requiem». Su fórmula equivale en todo a estas otras: Ya que pueden decirla, mandamos que la digan; disponemos que hagan uso de su derecho; se la imponemos de rigurosa obligación.
* * *
Data esta Colecta, aunque no con las precisas palabras con que la rezamos ahora, desde la celebración del Concilio de Mérida, capital de la antigua provincia de Lusitania,en tiempo de los romanos. Los Padres de ese concilio, convocado el año 666 por ordenación expresa de Flavio Recesvinto, rey de los godos, decretaron que cuando el Rey fuese a campaña y estuviese en ella, se ofrecieran cada día sacrificios a Dios por él y por su ejército, hasta su regreso a la corte. De aquí tuvo origen esta singular Colecta, cuyo objeto es pedir por el papa reinante, por el obispo de la respectiva diócesis, por el rey de la nación y su familia real, por la Iglesia, etc., etc., como consta en todos los misales de España.
Hace, por lo tanto, 1265 años que la iglesia española, siempre amada de sus reyes, introdujo esta Colecta en su liturgia. Desde entonces, unas veces por devoción y otras por voluntad de los respectivos Prelados, la rezan, cas¡de continuo no pocas de las diócesis del reino y de las repúblicas que fueron antes nuestras colonias.
Noticias
Profesiones religiosas.
Emitieron sus votos religiosos en Santo Espíritu del Monte, nuestros hermanos en religión, fray Leonardo Andrés Bosch, novicio de coro, el día 2 de Febrero; y los hermanos no clérigos fray Bernardino Barat y fray Luís Tortajada, el 15 del mismo mes. A los recién profesos damos la enhorabuena y enviamos un abrazo de bienvenida.
Frutos de Santidad de la Orden Franciscana.
Desde 1900 a 1930 han sido elevados, por la Iglesia, al honor de los altares como Santos o Beatos 42 hijos de San Francisco de Asís, pertenecientes a sus tres órdenes: de la primera Orden un Santo y veintiséis Beatos; de la segunda Orden, cuatro Beatas; de la tercera Orden, un Santo, una Santa y nueve Beatos. De los 42 Bienaventurados nueve son españoles, y dos valencianos. Además, actualmente la Orden Franciscana tiene abiertos en la Curia Romana 131 procesos de Canonización y Beatificación.
Algunos de estos procesos incluyen muchos siervos de Dios.—(Acta Ordinis Febr. 1931)
Beatificación de un Terciario Franciscano
Pronto será un consolador hecho la beatificación del ilustre y venerable profesor de Derecho Romano, Contardo Ferrini, Terciario Franciscano. Introdujo su causa Pío X. En ella han depuesto altas personalidades de la Ciencia y de las artes, sus amigos y conocidos; y entre los deponentes figura el mismo Papa Pío XI, que era amigo íntimo de Ferrini, siendo prefecto de la Biblioteca Ambrosiana. Su Beatificación será un acontecimiento.
Contardo Ferrin¡nació en Milán el 4 de abril de 1859 y murió en Suna, Lago Mayor, el 17 de octubre de 1902.
Cuaresmeros franciscanos en la región valenciana.
En Valencia, parroquia de San Esteban, y Sedaví, el P. Buenaventura Arener. En Valencia, iglesia de San Lorenzo, y Moncada, el P. Juan Alventosa. En Alcoy, parroquia de Santa María, y en Muro, P. Conrado Ángel. En Alcoy, parroquia de San Mauro y San Francisco, P. Bernardo Verdú. En la Catedral de Segorbe, P. Miguel Alonso. En Liria, R. P. Ladislao Ventimilla. En Carcagente, P. Juan Bta. Pons. En Concentaina, el P. Francisco Ferrer. En Pego, el P. Juan Bta. Gomis. En Benigánim y Bélgida, el P. Francisco Sanz. En Guadasuar, P. Francisco Insa. En Fuente en Carroz, P. Antonio Ribera. En Agres, P. José Pineda. En Ayelo de Maiferit, el P. Carlos García. En Carrícula. P. Vicente Margarit. En Pedreguer, el P. Zacarías Ivars. En Benitachel, el P. José María Gisbert.
Profesión Solemne.
En el Convento-Constado de Concentaina, ha profesado solemnemente, en manos del P. Francisco Ferrer, Maestro de Coristas, Fray Antonio Guizarnótegu¡Moreno, corista mejicano que con otros compañeros y hermanos en religión, realiza sus estudios eclesiásticos en nuestra Provincia Seráfica, por causa del deplorable estado de la religión en su País. La enhorabuena al nuevo profeso solemne y Dios le haga un santo.
Nuestros difuntos
En Valencia.—El día 8 de Febrero, a las 10,20 de la noche, rodeado de sus Hermanos en Religión, murió santamente el P. Justino Candela Crozat.
Religioso sencillo, afable, servicial y obediente supo atraer las voluntades de sus hermanos en Religión y de cuantos le trataron.
Nació en Alcoy el año 1863; sus piadosos padres se desvelaron por educarle en el santo temor de Dios, logrando de este modo formar su espíritu en un ambiente de sencillez e inocencia que ha conservado toda su vida. A los 20 años se sintió llamado al estado religioso, vistiendo el santo hábito el 23 de Noviembre de 1882 en el convento de Santo Espíritu del Monte, realizando su profesión religiosa al año siguiente. Ordenado de sacerdote, los Superiores, conocedores de sus buenas cualidades, le destinaron a la enseñanza en el colegio de Onteniente, del que fue Prefecto de estudios. Su celo por la salvación de las almas fue grande; a pesar de las tareas de la cátedra siempre encontraba tiempo para dedicarse al ministerio de la predicación.
Dentro de la Orden desempeñó varios cargos: fue Lector del Coristado, Guardián de los conventos de Benisa, Concentaina, Benigánim y Segorbe, y Definidor Provincial.
Aquí en Valencia de todos es conocida su benemérita labor. En la fundación y construcción del actual convento de los Padres Franciscanos fue uno de los religiosos que más actividad desplegó, así como siempre se ha mostrado incansable en la asistencia al confesonario, en la predicación y en la visita de los enfermos. Actualmente dirigía la Asociación Pía Unión del Tránsito de San José, que por su acertada gestión ha recibido notable progreso.
Su salud, ya resentida desde varios años, ha sido quebrantada últimamente en el presente invierno con una afección cardíaca, que él ha soportado con edificante resignación cristiana hasta el morir.
Su muerte ha sido la del justo, como fue su vida. Con gran devoción recibió los Santos Sacramentos y cuantos auxilios espirituales guarda Nuestra Madre la Iglesia para la hora de la muerte. Y en los últimos momentos, cuando ya para el mundo no tenía sentidos, s¡los tuvo para apretar en sus manos el crucifijo y besarlo. En uno de estos besos, Jesús le besó y se lo llevó al cielo.
«La Acción Antoniana» llora la muerte de un hermano muy querido, y ruega a cuantos le han querido en vida que le encomienden a Dios en sus oraciones.
—El 31 de Enero, confortado con los auxilios espirituales falleció D. Germán Boned Ferrer. Médico prestigioso, y cristiano convencido y práctico. Desempeñó su profesión con abnegado desinterés y con afabilidad que le conquistaron el aprecio de cuantos a él acudieron. Nuestros PP. de esta Residencia de Valencia, a quienes ha visitado largo tiempo, conservan de él gratos recuerdos, sembrados por sus exquisitas atenciones. De corazón nos asociamos al sentimiento de su familia, muy especialmente de sus afligidos viuda e hijos.
Amenidades
Un escultor como pocos
Los señores Sengento, pertenecientes a la flor y nata de la sociedad aristocrática, andaban por aquellos días preocupados. El caso no era para menos, como que pensaban abrir dentro de poco, con motivo de la «puesta de largo» y presentación en sociedad de su única hija, sus espléndidos salones, en los cuales proyectaban congregar semanalmente a sus numerosos amigos con el pretexto de un bal paré o un thé dansant, que lo mismo da, por decirlo y hacerlo a la francesa.
Era él lo que se llama muy caballero, devotísimo de su alcurnia y de sus blasones y, en consecuencia, muy amigo de andarse en todo por las primeras filas, por aquello de guardar el lustre de su casa. Se había encargado, a la sazón, de vestir decorosamente, como él decía, los suntuosos salones, y como era artista de buen gusto y de posibles, fue de ver cómo se dieron cita en los muros de su casa las firmas de los autores más acreditados. Allí obras de Vinci, de Mignard, de Van Ryn, de Van Eyck, de Durero, de Murillo, de Velázquez: en resumidas cuentas, aquellos salones parecían las galerías de un museo. Con todo, aunque le abundaban los lienzos, no andaba nuestro hombre igualmente provisto de esculturas, las cuales más bien escaseaban, a pesar de todos los esfuerzos hechos para adquirirlas, cosa que traía muy a mal traer al de Sengento.
Era la señora, dama que gozaba renombre de católica y que unía a los blasones de su abolengo los no menos valiosos de sus virtudes, con las cuales, sin embargo, como tantas otras damas del día, tal vez por una inconsecuencia moderna, compaginaba los devaneos del mundo galante.
* * *
—Marisita, niña mía, pruébate el traje de soirée que estrenarás el quince de los corrientes. Ya verás qué bien te va.
La niña Marisa contaba diecinueve años y por ser en su honor la fiesta que se había de celebrar, era muy lógico que fuese doblemente reina: de la elegancia y de la belleza.
Y Marisa, un poco ruborizada, sé probó el traje. Traje inmensamente costoso, largo lo suficiente, porque así lo exigían ya los decretos de la moda; pero que no tenía mangas, y con el escote tan cuadrado, y tan exagerado que le dejaba al descubierto el seno hasta el arranque del pecho y la mitad de la espalda. Nuestra adolescente era deliciosamente bella, rubia como los rayos del sol, blanca como copo de nieve y sonrosada cual fragante rosa de mayo.
—Está bien, ¿verdad, Marisita?
—Mamá, s¡te he de ser franca, me parece un tanto escandaloso.
—No seas niña, Marisita.
—¿Por qué no mandas que me cierren un poco el escote, aunque sólo sean dos dedos?, dijo Marisita en tono suplicante.
—Vamos, hija; más que caprichosa, eres ridícula. Con esos escrúpulos darás la nota de cursilería esa noche en medio de tantas bellezas como acudirán.
—De todos modos...
No tuvo más remedio la mamá que ir en persona a casa de la modista.
* * *
—Marisita, ¿no te parece que faltan algunas estatuas desnudas?
—¡Desnudas, papá!
—Sí, hija, que la manifestación más pura del arte está en el desnudo precisamente: las líneas esculturales del cuerpo, lo bien modelado del busto. Fíjate en esas columnas que sostienen esa arcada de estilo renacimiento. Estarían mucho mejor con dos colosales atletas que simularan sostenerlas. Lo mismo que en aquellos ángulos que con la Purísima de Murillo se confrontan, vendría como anillo en el dedo una Venus de nuestro escultor Belver.
—No entiendo mucho de estos arreglos, papá. S¡mamá no hubiera ido a casa de la modista te aconsejaría ella.
—Pues mira, me decido yo también a ir a casa de Belver. El me aconsejará mejor que nadie.
Padre e hija se besaron, quedándose la joven dando gracias a Dios porque tenía unos padres que se preocupaban tanto de ella.
* * *
El primer objeto con que tropezó de Sengento al penetrar en el estudio de Belver, fue una preciosa imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Otras imágenes, joyas del arte religioso, se exhibían en el salón del artista. Pero superaba a todas la magistral figura de Jesús, mostrando su corazón ensangrentado, dolorido, por culpa de todos los hombres; y a pesar de ello, rodeado de llamas de amor, manifestando de una manera muy significativa la predilección con que aquel mismo corazón amaba a los hombres.
Grandemente sorprendió al católico de Sengento, que con todas aquellas estatuas religiosas no se mezclara una sola de arte profano, por lo que pensó estarían en otro salón aparte. Por esta razón insinuó a Belver la siguiente pregunta:
—Pero ¿por ventura se dedica usted exclusivamente al arte religioso?
—Soy escultor de arte religioso y escultor religioso, contestó el artista.
—Creía yo, amigo Belver, que su amplio ingenio se extendía a uno y otro arte.
Y Casimiro Belver, con esa naturalidad exquisita, replicó al que acababa de darle el grato nombre de amigo:
—No me extraña. Le ha sucedido a usted como les sucede a muchos católicos de hoy. Creen la mayoría que se pueden hermanar las desnudeces del arte pagano con la pureza del arte religioso. No participo yo en esas ideas. No se puede servirá dos señores: a Dios y al mundo.
—¿Le parece a usted bien, señor de Sengento, continuó Belver, que aun llevaba en la mano la tarjeta del aristócrata, que al lado de esa imagen divina colocara yo una Venus, por ejemplo o un luchador olímpico?
Se mordió los labios el caballero; pero para darse por vencido, no había de haber tenido tan arraigada su afición al mundo elegante, lujoso, exigente, en el cual quería siempre figurar en primera fila.
El semblante noble y risueño surcado ya por algunas arrugas, así como la prestancia y la amable palabra de Belver, se ganaron la simpatía de Sengento. Por otra parte, la franca expresión del escultor le pareció una muestra de confianza que le otorgaba. Y lejos de levantarse desconcertado, se acomodó más holgadamente en su muelle sillón.
—No vengo, precisamente, continuó, a ver las obras que le indico, sino a encargárselas. Estoy dispuesto o pagar su trabajo a peso de oro, con tal de que estén listas para el día que las necesito.
—El dinero es nervio de la guerra, dijo Demóstenes; pero aun cuando yo me decidiera a complacerle a usted, tenga por seguro que a ello no me impulsaría el oro que me promete. Escultores de sobra encontrará usted en la capital, que le servirán sin necesidad de que recurra a una retribución extraordinaria.
—Esos son, amigo mío,, los aficionados, los principiantes, y yo necesito el cincel de un maestro.
—¿En qué puedo servirle, caballero?
De Sengento le explicó cuanto nosotros conocemos.
—¿Es usted católico?, le preguntó sin pestañear el escultor, profundamente sorprendido.
—Me precio de ello, señor mío. Se convencerá usted s¡le digo que hace tres días pasé toda la noche haciendo m¡turno en la vela al Santísimo Sacramento. Me precio de ello, de ser eminentemente eucarístico.
No dudó de ello el escultor Belver; pero se convenció mucho más de que su interlocutor, sin dejar de ser de Dios, era mucho más del mundo.
—Vamos a su palacio y me percataré mejor de lo que quiere, dijo Belver inspirado en un sentimiento de caridad cristiana.
* * *
Pronto se dio cuenta el artista de la profanación que suponían los intentos del noble aristócrata. Pretendía nada menos que mezclar las sagradas imágenes que se exhibían en hermosos lienzos, abundantemente repartidos por los muros, con estatuas totalmente desnudas en actitudes profanas e impúdicas, y eso, desde luego, por amor al arte.
Creyéndolo solo, penetraron en el salón la señora de de Sengento y Marisita, para enseñarle el flamante traje que ésta había de lucir en el día de !a fiesta. Era el mismo de antes: sin mangas y mostrando desnudos el pecho y la espalda. Por culpa de la modista o de la mamá no se reformó nada de lo que la joven deseaba. El caballero, lleno de orgullo las presentó a Belver, el cual, mudo de asombro, de estupor y de vergüenza, de ver aquel tierno capullito semidesnudo, expuesto a todos los vendavales de las pasiones, cuando debía de estar cuidadosamente guardado por blancos tules de inocencia, sin poder contenerse, exclamó, abusando tal vez de la franca confianza que se le había otorgado:
—Yo tengo tres niñas. Hace ocho días las dos menores tomaron la primera Comunión, y la mayor vistió de largo. Tuvimos fiesta; asistieron muchos invitados; ocupó la presidencia la imagen de Jesús. La nota saliente de la fiesta fue la modestia del espíritu cristiano. Porqué ¿acaso no nos hemos de distinguir en nada los cristianos de los que no lo son? M¡amor de padre esculpió en el corazón de mis niñas la imagen de Jesús, de la misma manera que m¡cincel la esculpe en el mármol. Cuando la sana alegría llegaba a su apogeo, yo miré al divino Maestro, y como Cornelia hizo con sus hijos, le enseñé y le ofrecí mis joyas. Lo podía hacer con el corazón dilatado, caballero, puesto que m¡hija mayor vestía con mucha decencia, y no había al lado del arte religioso, mezcla alguna de arte pagano, que pudiera humillar m¡dignidad de padre. Así, pues, señor de Sengento, no puedo aceptar vuestra propuesta en modo alguno. Por encima de todo está la paz de m¡conciencia...
* * *
—Verdaderamente, se decía Marisa de Sengento cas¡sollozando, mientras daba vueltas en su lecho, s¡papá y mamá fueran como aquel señor del otro día, la fiesta de hoy no se celebraría o por lo menos, no llevaría yo ese traje tan indecente... Yo bien decía que era algo escandaloso, pero no se me ha hecho caso. En el colegio no me dijeron nada de todas esas cosas. Sin duda así lo quieren mis papás porque no me aman como aquel caballero ama a sus tres niñas.
—Pero, ¿Marisita de m¡vida, aun estás en la cama?
—Mamá, no me encuentro muy bien y pensaba no levantarme.
—Déjate hoy de enfermedades. Mañana podrás quedarte.
Cas¡en seguida penetró su papá en el aposento.
—Papaíto mío, gritó entonces la joven, suplicante: ¿Por qué no suprimes esta fiesta? Estoy enferma de pensar en ella.
Se acercó al lecho el caballero, a quien traía muy preocupado la lección del escultor, besó a su hija en la frente y lleno de cariño le dijo:
—Queda suprimida.
—Se dará otro día, ¿verdad esposo mío?
—De ninguna manera. Marisita se pone enferma de pensar en la fiesta, y yo digo ahora lo que el otro día el señor Belver. «Por encima de todo la paz de la conciencia».
Fue más dulce que nunca la sonrisa que Marisita regaló a su padre, y a no ser porque su proceder podría echarlo todo a rodar, no se levantó en seguida para expansionarse, llenan lo toda la casa de su contento.
A. Jacinto Margarita.
La hija del zapatero
Tomada del libro, «Erzählungen eines Droschkenkutschers» del escritor suevo Angust Blanche.
Nunca olvidaré a la pobre, pero honrada familia, que vivía años ha en el parterre, junto a m¡casa. A buen seguro que la palabra pobre no está aquí en su lugar, que pobre es sólo el desprovisto de medios, pero no está desprovisto de ellos quien posee fuerzas y amor al trabajo. Por lo demás, felicidad... ¿que es eso? ¿No se oyen suspiros en un palacio y gritos de alegría en una cabaña? ¿es acaso extraña cosa la riqueza con ceño y la pobreza sonriente? ¿No se ve con harta frecuencia al cuitado en carroza y la alegría descalza? Felicidad es alegría y alegría es contento, satisfacción con su suerte; la más hermosa trinidad. ¡Tan fácil como lo dice la boca, y tan difícil de encontrar! Yo sólo la encontré una vez en la vida; en casa del zapatero Lundquis.
Esa casa, o mejor, habitación estaba dividida en dos por una cortina. En la parte que daba a la calle se sentaba a trabajar el zapatero ante su mesa y trípode; en el departamento de dentro se ocupaba su mujer planchando ropa para la vecindad, o entretenida en quehaceres domésticos. Al rededor de la madre se entretenían en sus respectivas ocupaciones los seis hijos que el Señor le había dado.
A quien por primera vez penetraba en aquella más que modesta vivienda, le sorprendían en gran manera el orden, la aplicación al trabajo, y la alegría que allí reinaban. El padre trabajaba todos los días desde la mañana hasta la noche. Sólo salía de casa los domingos; por la mañana, a la iglesia, y por la tarde, con sus hijos y esposa, a los jardines públicos o al campo, a paseo.
La mujer, igual en todo a su marido, era al mismo tiempo maestra de sus hijos. Era un placer extraordinario ver a esa madre ocupada en el planchado para ayudar a llevar las cargas de la casa, y, al mismo tiempo, enseñando el catecismo a sus hijos, o aclarándoles historietas de la Biblia, que cuidaba de acomodar a la edad y capacidad de los niños. De la enojosa atención que con frecuencia se ve en las escuelas, no había allí n¡rastro. Frescos y alegres, tanto unos como otros, y con una limpieza externa e interna que esclarecía todo su ser.
En cierta ocasión me dijo m¡madre: No entiendo cómo se las compone esa buena mujer para mantener a sus hijos tan limpios, n¡cómo son ellos tan comedidos y moderados en sus juegos.
Me picó la curiosidad y me llegué a esa buena mujer por ver de averiguar el porqué de tanto orden y y tanta paz.
«Mire Vd. —me dijo ella— nada más fácil. El jabón no es caro. El agua la tengo de balde. Y en cuanto al comedimiento y mesura de mis hijos, le diré a Vd. que no tienen tiempo para ser otros de lo que son. Ya desde muy pequeños aprenden que el trabajo es tan provechoso como agradable. En todo lo que se refiere a trabajo por la casa se les hace tomar parte. Su padre y yo oímos con frecuencia su parecer, y, s¡lo creemos prudente, lo seguimos. De ese modo llega cada cual a convencerse de que su cooperación al trabajo de casa es no sólo importante, sino indispensable; y se esfuerzan por ayudar cada uno según su capacidad. Ahí tiene usted, por ejemplo, a nuestro pequeñín. No tiene más que seis años. Pues bien, el pobrecito está convencido de que, s¡él no corta taruguillos de madera para las suelas de los zapatos, que hace su padre, nos moriríamos todos de hambre y frío».
«Dice usted que son de temperamento alegre y comedido, y así es en verdad. La causa de ello esté sin duda, en que m¡marido y yo no nos hemos dicho nunca una palabra seca o desabrida. N¡él n¡yo olvidamos que los hombres son más tarde lo que de niños son. El natural, el carácter se les declara pronto, en les primeros años, y entonces... ¡con qué frecuencia se ve a los padres reprender y castigar en sus hijos faltas que ellos son los primeros en cometer, y de los cuales las han aprendido sus hijos! Gracias a Dios nunca me he visto en la precisión de castigar a mis hijos. Todo es de todos; trabajo, alegría y cuidado. Lo demás lo dejamos todo en manos de Dios».
¡Qué palabras! Pensé que todas las madres y padres de familia debieran oirías.
Marta, la hija mayor, tenía 17 años cuando murió su madre. Durante la enfermedad de la madre visité a la familia, y encontré a todos los niños alrededor de la cama de la enferma; Marta, apretando una mano de su madre entre las suyas. El desconsolado esposo estaba sentado en el borde de la cama, mudo, indiferente a todo lo que a su alrededor pasaba. «Querido esposo —dijo la enferma— ¿por qué estás tan triste? Morir es una cosa tan natural como dormir cuando se está cansado. Todos hemos de abandonar este mundo para dejar lugar a los que nos siguen, a fin de que ellos, como nosotros, puedan gozar de la magnificencia de Dios. Y esa magnificencia que aquí vemos sólo a través de obscuro cristal, nos la muestra la muerte cara a cara. La muerte es una prueba más de la bondad inmensa de Dios. ¿De qué nos hemos de quejar, pues tanto tiempo hemos vivido juntos, con tanta felicidad y ricos en nuestra pobreza? Nadie se aparta del todo de los suyos. En vuestro corazón viviré yo siempre; eternamente estaremos juntos».
Unos días después murió esta madre modelo. Nunca se han admirado tanto las gentes de este barrio como en aquella ocasión, al ver que nobles y plebeyos, grandes y chicos, en coche o a pie, se llegaban a casa del zapatero para acompañar al cementerio los restos mortales de esa madre. Un torrente de verdadero cariño desembocó en aquella casa. Pero, aunque esto consolaba a los niños, al padre no podía llenarle su pecho vacío. La mejor mitad de su ser descansaba en el cementerio, y, al cabo de un mes, le siguió la otra mitad. Siguiendo el consejo de su madre, estableció Marta una escuela de parvulillos. De ese modo podía ganar lo suficiente para educar a sus hermanos, y ser provechosa a los demás.
Al poco tiempo era cosa obligada en todas las familias enviar sus pequeñuelos a la escuela de Marta. Ella se portaba con los niños con la gravedad de una matrona y en el juego era la más movida y alegre de todas.
Cuando paseaba por los jardines públicos con el rebañito de sus pequeñuelos, los transeúntes, aun los de altas esferas de la sociedad, la saludaban como a una princesa. ¿Princesa digo? Sí por cierto; pero los brillantes de su diadema eran da esos que solo Dios ve y aprecia como a ellos cuadra.
Fr. Manuel Reig, ofm
Leyenda del Oro
En el infierno es día de gran fiesta.
Acaba de llegar a conocimiento de Lucifer, después de la caída de Adán, que se ha prometido un Redentor, y ha comprendido que se aniquilaba todo el mal que había esperado de aquella caída, con tanta hipocresía y rabia preparada.
Después de un momento de congoja terrible, levanta contra el cielo su soberbia frente, y con sonrisa llena de odio, exclama:
—«He hallado el medio de luchar contra t¡¡oh Dios! y contra Aquel a quien llamas Redentor».
Y para preparar esta lucha, estaba de fiesta el infierno.
En torno de un crisol cortado en un diamante de un solo bloque, alto como una montaña y sumergido en llamas, se hallaban alineados los demonios, silenciosos y ávidos de presenciar el espectáculo que se preparaba.
—Arrojad aquí los pedazos de m¡trono—dijo Lucifer.
Y el trono hecho trozos fue arrojado en aquel extraño crisol; y de pronto se convirtió en lava hirviente, que lanzó sus rojos reflejos sobre aquellas horribles y siniestras cataduras.
* * *
—«Demonio de la soberbia —aulló el príncipe de las tinieblas, —dame una copa llena de tu sangre».
Y el demonio, desgarrando una vena de su cuerpo con sus acerados garfios, llenó la copa y la presentó a su soberano.
Luego, inclinándose sobre la humeante cima de la montaña, vació Lucifer la copa en el cráter, y agitando la mezcla con su cetro de oro, dijo lentamente:
—Por virtud de este metal, sienta el hombre la necesidad imperiosa de engrandecerse y elevarse; de elevarse sobre sus semejantes y sobre el mismo Dios... Conviértase en déspota, en tirano, en hipócrita... Hágase adorar... Seque este metal su corazón, y extinga en él toda misericordia y piedad.
—Amén—vociferaron los demonios.
«Demonio de la avaricia, dame una copa llena de tu sangre».
Vaciada que fue la copa añadió:
—Para poseerte, venda el hombre su conciencia y su alma. Haga traición y venda a su señor, a su amigo, a su patria, a su madre. Escriba libros infames. Permita que el pobre muera de hambre a su puerta. El mismo, nadando en riquezas, viva en la desnudez y en la miseria, y muera desesperado y maldito.
—Amén —aullaron los demonios.
* * *
—«Demonio de la lujuria, dame una copa llena de tu sangre».
Lucifer vació lentamente esta copa, que chorreó cenagosa sobre el metal fundido, y dijo:
—Reniegue el hombre por t¡de su Creador, y fabríquese dioses de sangre y de cieno. Compre por t¡la vergüenza y la deshonra. Edifique infames teatros, pueble las salas de baile y arrástrese en el fango semejante a un animal inmundo.
—Amén —aullaron los espíritus del averno.
* * *
—«Demonio de la envidia, dame una copa llena de tu sangre».
Como lo habían hecho los anteriores demonios, se abrió éste una vena, de donde brotó sangre lívida, y Lucifer, vertiéndola gota a gota dijo:
—Por virtud de esta sangre, conviértase este metal en gusano roedor de los desheredados de la fortuna; afile el puñal en la sombra; cámbiese en reptil para difundir la calumnia sobre toda virtud, sobre toda fortuna, sobre todo talento. Despierte una sed devoradora, que sólo pueda ser calmada con la sangre y la venganza.
—Amén —gritaron los espíritus infernales.
* * *
—«Demonio de la ira, dame una copa llena de tu sangre».
El espíritu alargó su copa, la cual, vaciada en el cráter, hizo hervir el metal líquido como hierven las ondas de la mar agitadas por la tormenta.
* * *
—«Demonio de la gula, de la pereza, dame una copa llena de tu sangre.
Y en medio de blasfemias y de horribles mofas de los espíritus infernales, se hizo la mezcla.
* * *
—Ahora idos —dijo Lucifer;— idos, soldados del infierno. Ocultad este metal en las entrañas de la tierra; mezcladlo con impalpables partecitas de arena, que arrastren luego los ríos, para que fascine la mirada de los hombres; ocultadlo profundamente y no permitáis que lo descubran sino en pequeños fragmentos, para que la dificultad en procurárselo aumente su valor.
Los demonios salieron.
Y después de un momento de lúgubre silencio, exclamó el príncipe de las tinieblas:
—¡Ah, ah! ese que me ha domado, quiere salvar a los hombres. Pues bien, yo los pervertiré. Y con menos sudor y menos fatigas.
* * *
Pero los ángeles velaban.
Y a medida que los demonios escondían más el oro en las entrañas de la tierra, lo tocaban ellos con sus alas y murmuraban:
—«Sirve también para rescatar los pecados y para conducir al cielo».
A propósito la dote
¿Quién no ha oído repetir en el mundo esta frase vulgar «No tiene dote; será difícil casarla? Y al oiría, ¿quién no se rebela contra ese mundo espantosamente materializado, que hace del matrimonio, de ese lazo tan santo, una operación comercial?
Pero es preciso «una dote», porque hay que vivir.
Pero hay dotes, que nada tienen que ver con el dinero, "más preciosas" que el dinero, más al abrigo de los golpes de la fortuna que el dinero.
Queriendo cierto padre casar a su hija, dijo que le daría «cien mil pesetas».
Los pretendientes acudieron seducidos... quizás por la dote, y el padre sonreía finamente al contemplar su afectuosa solicitud.
Pero él examinaba, esperaba.
Entre los jóvenes más asiduos, se fijó en uno que le parecía menos entusiasta y fatuo que los otros. «No carece de buen sentidos —murmuraba el padre por lo bajo.— Era un comerciante activo, inteligente, laborioso.
El padre le recibió un día.
—¿Quiere usted—le dijo—que hablemos íntimamente de la dote de m¡hija?
—No corre prisa—contestó el joven, conmovido y feliz.
—¿Qué importa? Así sabrá usted mejor lo que hace; aquí está la nota completa.
El papel contenía las siguientes líneas, que leyó el padre acentuándolas:
"Educación cuidadosa, espíritu de justicia, recto sentido, 20.000 ptas
»N¡asomos de coquetería, gusto delicado, un poco severo, pero n¡capricho ni entusiasmo por el adorno de su persona, 20.000 ptas
«Regularidad en las prácticas religiosas; economía, orden; mujer casera, que dirige por sí misma su hogar, 30.000 ptas
»Nada de afición por el baile y los espectáculos; se amolda a las conveniencias, no se entrega jamás a los asuntos extraños, 10.000 ptas
«Laboriosa y hábil; puede prescindir de modistas y costureras, dirigirlas s¡conviene, 10.000 ptas
«Finalmente, en dinero contante, 10.000 ptas»
—Estas 10.000 pesetas —continuó el padre— valen más que una fortuna con los defectos contrarios a las cualidades que garantizo en m¡hija. No hablo de su abnegación, pues un padre se ilusiona sobre esto, pero sé que ella ve en el matrimonio algo de divino.
El joven quedó de pronto algo desilusionado, pero con buen sentido, comprendió la lección del padre y se casó con la hija.
Se dice que no se ha arrepentido nunca.
Mons. Sylvain
—