Del país de Jesús

Por Samaría

En un día primaveral del florido Abril, hacia las ocho de la mañana, nuestra escuela bíblica hacía asiento en el pintoresco valle que separa el Garicín del Hebal, donde hace más de cuarenta siglos el patriarca Abraham, proveniente de la Caldea, plantó sus tiendas; donde más tarde Jacob, de regreso de Mesopotamia, compró a los hijos de Hemor una parcela en la que levantó un altar y excavó un un pozo; donde, va para 2.000 años, nuestro amable Salvador convirtió a la Samaritana.

El panorama es por demás interesante y encantador. El auto, que se había deslizado por entre trigales esmaltados de flores, hizo alto junto al pozo de la Samaritana, llamado también de Jacob. Sentados sobre la verde hierba se leyó el interesante diálogo de Jesús con la mujer de Sicar, según la narración de San Juan. Pocos metros nos separaban de aquel pozo profundo, cuyas frescas aguas habían refrigerado la sed ardiente del Redentor; en frente contemplábamos las pequeñas aldeas de Askar y Balata que se disputan el honor de recordar la Sicar de la célebre Samaritana y de haber hospedado a Jesús.

A unos 160 metros veíamos el Sepulcro de José, tenido en gran veneración por judíos y samaritanos, cristianos y musulmanes por haber conservado los restos del célebre virrey de Egipto, traídos desde la tierra de los faraones por sus hermanos. Al sur y al norte se levantan majestuosos los montes Garicín y Hebal, en cuyas laderas tomaron siento las tribus de Israel, mientras en el fondo del valle los sacerdotes y levitas rodeaban el Arca para promulgar las maldiciones y bendiciones del Legislador. El Gariciín, monte santo de los samaritanos, se eleva a 380 metros sobre el valle y a 868 sobre el mar; el Hebal es 70 metros más alto.

Como Jesús pidió agua a la cismática Samaritana así nosotros la recibimos de un cismático griego que nos la ofreció con mucha cortesía, quizás en vista a la obligada propina.

Reanudamos nuestra marcha, pasando a los pocos minutos por Naplusa, que se asienta un poco al occidente de la antigua Sichem. Esta ciudad, patria de San Justino, hoy una de las principales de la Palestina, ha siempre tenido una relativa importancia en la historia palestinense, merced a su posición pintoresca y estratégica a la vez, no menos que a la extraordinaria fertilidad de su suelo regado por más de veinte manantiales. S¡los samaritanos de otro tiempo se distinguían por carácter agresivo y poca hospitalidad para con los judíos, los musulmanes de la Naplusa de hoy se caracterizan por su carácter fanático y turbulento y poca corrección para con los extranjeros.

A pesar de esto con gusto hubiéramos visitado la Keniset es Sumiré o Sinagoga de los samaritanos para contemplar, mediante un bajxis, la antiquísima copia del célebre Pentateuco samaritano de caracteres fenicios, que eran los usados antes de la cautividad babilónica... s¡la premura del tiempo no nos hubiera obligado a precipitar la marcha hasta las ruinas de la antigua Samaría, engrandecida por Herodes que la llamó Sebaste, objetivo primario de nuestra excursión bíblica.

Samaría, la capital del cismático reino de Israel, coronaba una colina que se erguía majestuosa en medio de una fértil campiña rodeada a la vez por los montes de Efraín, entonces cubiertos de exuberante vegetación. Con razón el príncipe de los profetas Isaías la apostrofa llamándola: «Corona soberbia, la gloriosa que se asienta sobre una colina, rodeada de frondosa y fértil llanura.»

Desde que Amrí, dejando Sichem en el siglo IX, antes de J. C., fijó su residencia real en Samaría que él mismo hizo edificar, fueron muy diversas las vicisitudes por las que atravesó la ciudad, siendo el idumeo Herodes quien la elevó al mayor fastigio de gloria después que César Augusto se la regaló como prueba de gratitud por haberle apoyado en sus luchas contra Antonio.

El grande y cruel Herodes restauró y embelleció magníficamente la ciudad, que llamó Sebaste, es decir, Augusta, en obsequio de su protector el emperador romano. La amuralló fuertemente y la dotó de construcciones que en nada desdecían de la majestad y pompa romanas.

Las excavaciones, que hoy continúan con interés siempre creciente, dan idea clara de lo que fue la ciudad en la época romana. Contempladas las ruinas desde el punto más elevado de la colina, que era el centro de la ciudad, se observa:

Mientras admirábamos los restos de tanta grandeza pasada, yo recordaba una de las más hermosas páginas del libro de los Actos en la que el inspirado histórico San Lucas nos cuenta la evangelización de Sebaste por el diácono San Felipe, que con su doctrina pura y santa y con sus estupendos prodigios logró desacreditar al famoso Simón Mago de Gilton, el cual con sus encantos y magias había embaucado las buenas gentes de Sebaste.

Los apóstoles Pedro y Juan, delegados del Colegio Apostólico, pusieron el sello al apostolado del célebre diácono; pues llegadas a Sebaste desde Jerusalén, invocaron sobre los neófitos el Espíritu Santo, que se manifestó con dones y carismas especiales, cosa nada rara en la era apostólica.

Entre los cristianos recuerdos de Sebaste merece especial memoria la tumba de San Juan Bautista, de la cual, después de San Jerónimo, hacen mención todos los peregrinos. Es el Anónimo Piacentino (año 570) el primero que nos habla de una iglesia, consagrada, a las reliquias del Precursor. (Las ruinas, que en nuestra excursión tuvimos la dicha de contemplar, nos recuerdan la majestuosa Basílica que los Cruzados erigieron sobre los restos de la primitiva y que se remonta al siglo XXI.)

Merece, en verdad, nuestro aplauso la Universidad Americana de Harvard, la cual inaugurando felizmente las excavaciones en el 1908 y continuándolas en los años siguientes ha desenterrado en Sebaste seis civilizaciones: la primitiva, la israelítica, la asirobalilónea, la griega, la romana y la bizantina árabe, sobresaliendo entre ellas la israelítica y la romana.

Entre los objetos encontrados ocupan lugar preeminente las célebres 75 ostraca, es decir, tiestos con inscripciones hebraicas con caracteres arcaicos, que por lo general servían de etiquetas a las tinajas de vino y aceite mandadas a las bodegas del rey...

Serían las once cuando el automóvil cruzaba Djenín, la antigua Engannim, donde una antigua tradición localiza la curación de los diez leprosos. Es una villa risueña y de exuberante vegetación que abre la llanura de Esdrelón y que, por lo tanto, nos introduce en la Galilea, que también visitamos en esta excursión bíblica, y cuyas buenas impresiones reservo para otra correspondencia.

Fr. León Villuendas, ofm

Jerusalén y Abril 1931.

A la juventud Antoniana

Instrucción religiosa

Mis queridos Antonianos: No necesito manifestaros las causas que han motivado la interrupción en la publicación de nuestra amada revista La Acción Antoniana: conocidas son de todos vosotros.

Lo cierto es que, con harto dolor nuestro, han cortado nuestras conferencias y conversaciones familiares sobre instrucción religiosa, que tanta falta nos hace.

Mas ahora, después de siete meses, que nos han parecido siete años, vuelve a reanudarse la aparición de nuestra Revista con mayor gozo, satisfacción y entusiasmo que antes, como después de larga incomunicación entre dos verdaderos amigos vuelve a reanudarse la íntima correspondencia entre ellos, transfundiendo de un corazón en otro los ideales, los sentimientos, las aspiraciones que habían abrigado en lo más profundo de sus almas.

Me consta por varios conductos que todos vosotros habéis esperado y deseado con ansias la reaparición de nuestra Revista, y esto nos demuestra claramente una vez más que os interesa su lectura y amáis su vida, su prosperidad, su difusión y su propaganda no interrumpida. Mil plácemes merecéis por ello y nosotros os quedamos profundamente reconocidos, y al mismo tiempo muy obligados a trabajar sin descanso para que nuestra Revista continúe publicándose con vida nueva, próspera, rica, variada y adaptada a las actuales circunstancias y a los gustos y aficiones de los millares de sus lectores, admiradores y entusiastas propagandistas.

Nuestra Revista va, pues, de nuevo a visitar vuestras casas, vuestros hogares y familias para llevaros la paz, la tranquilidad, el consuelo, la instrucción religiosa, el pan de la inteligencia y la vida del alma, como s¡el mismo San Antonio os visitara e instruyera con su palabra y con su ejemplo, como cuando recorría las villas y los pueblos pequeños, las grandes ciudades, las casas humildes y los suntuosos palacios, derramando en todas partes luz, consuelo, bienestar y disipando los errores, las dudas y la ignorancia religiosa que tanto cundía en su siglo como abunda también ahora, por desgracia, en el nuestro.

Recibid, pues, mis queridos Antonianos, nuestras palabras nuestros artículos, nuestros consejos e instrucciones como s¡los recibierais del mismo San Antonio, que por nuestro conducto os los envía.
Y como nuestro glorioso Taumaturgo nunca va solo, sino que siempre lleva en sus brazos el Divino Niño, recibid con nuestro Santo Patrono, protector de los niños, de los jóvenes y de las personas mayores, recibid, digo, al que es la misma vida, la paz, el bien, el gozo, el consuelo, el verdadero bienestar y la satisfacción interior de las almas, de las familias y de la sociedad entera.

Y después de este saludo intimo, espontáneo, efusivo, necesario después de tanto tiempo de incomunicación y de ausencia, os anuncio que vamos a continuar nuestras conferencias y conversaciones familiares sobre instrucción religiosa, como hasta ahora, y vamos a inaugurar en esta sección una nueva serie de artículos acerca de nuestra Madre, la Santa Iglesia Católica; de nuestra Madre que es tan ignorada y desconocida y por esto tan despreciada y poco querida. ¿Qué diríais de un hijo que ignorara voluntariamente quién es su madre y que la vilipendiara y escarneciese? Todo lo que os viniera a la boca sería insuficiente para expresar vuestra indignación y reprender la conducta del mal hijo que así procediera.

Pues todo esto podríamos decir de tantos malos católicos y cristianos que desconocen a su Madre la Iglesia Católica, y no la quieran conocer, y la desprecian, persiguen y calumnian.

No seáis de este número vosotros, mis queridos Antonianos, sino que cual veraneros devotos y discípulos del glorioso San Antonio, que tanto amó y defendió a la Iglesia Católica contra los ataques de los perseguidores y herejes de su siglo, amad de veras a nuestra Madre, y para ello tratad de conocerla profundamente y estudiad su origen divino, su carácter, su organismo, su jerarquía, su belleza, sus prerrogativas, sus derechos, sus frutos, su catolicidad, sus triunfos, su difusión y perpetuidad a través de los siglos; pues cuanto más profundamente la estudiéis y conozcáis, tanto mayor será el aprecio, la estima y el amor que a ella tendréis.

A tratar, pues, de todo esto van encaminadas estas breves conferencias y conversaciones familiares, con la misma sencillez, claridad, amenidad y espontaneidad con que hasta ahora os he hablado.

Y no dudo que vosotros las leeréis y propagaréis con el mismo interés, constancia, asiduidad y entusiasmo con que hasta e' presente las habéis recibido.

Y basta por hoy de preámbulo y exordio; os basta con lo dicho para que forméis concepto claro de esta nueva serie de artículos que hoy inauguramos y parra que avivéis en vuestras inteligencias y corazones los deseos, las ansias, las aspiraciones, como buenos hijos, de conocer y amar cada vez más y mejor a nuestra Madre la Iglesia Católica, a quien sus enemigos no aman y desprecian porque la desconocen, y a la que abrazan, deseando morir en su seno, los mismos que durante su vida la persiguieron y denigraron.

Este contraste os dará a conocer la bondad, la misericordia, la ternura, la eficacia y la verdad de esta Madre, que nos ama mucho más que nuestras propias madres, porque es más Madre, más nuestra, más íntima que ellas mismas.

Hasta la nueva conferencia, pues, del mes próximo, quedo como siempre vuestro verdadero amigo,

Fr. Juan Bta Botet, ofm

El sello de San Antonio

Sabido es por los devotos de San Antonio que nuestro Santo es un excelente cartero celestial, que cuida y lleva a feliz término las cartas y objetos que se le recomiendan, y s¡no bastara la fe que en ello tenemos valdría para afianzarnos la siguiente prueba:

El 13 del pasado Septiembre estaba preocupado en sus múltiples quehaceres el P. Juan Gramiccia, Comisario General de Tierra Santa, en la ciudad de Nápoles. El sonido del timbre le hace volver en sí y acude presuroso a la portería. Un oficial de Correos le esperaba. Llegado allí le entrega una cajita dirigida a él por el correo, desde la América, Irvington (N. J ). Al tomarla el padre uno y otro se miran con extrañeza; aquella cajita estaba toda machucada y abierta por la mayor parte de su superficie, de tal modo que dejaba entrever un pliego escrito y dos dólares relucientes que una buena devota de Irvington enviaba para la obra de la Tierra Santa.

Pero era el caso que la buena señora, sea por ignorarlo o sea por escasez de de dinero, no había asegurado n¡certificado aquel envío, por lo que llegaba sin ninguna garantía, y esto causó la mirada de extrañeza que el buen religioso dirigió al cartero.

El estado de la cajita y la multitud de matasellos que sobre ella había marcados indicaba bien a las claras que había pasado por muchas manos y por muchas oficinas de Correos. ¿Cómo, pues, pudo llegar a las manos del destinatario sin que nadie cayera en la tentación de hacerse con aquellos dos flamantes dólares que estaban tan a la mano y tan visibles y sin derecho ninguno a que alguien los reclamara. De esto se maravillaba el padre Comisario, y no menos el oficial de Correos, pues por muy buena que sea la reputación de les carteros no deja de ser sorprendente que aquellos dólares llegaran a su destino.

La cajita fue examinada y remirada en todos sentidos, hasta que por fin clamó el padre Comisario, diciendo: «¡Aquí está el misterio!» Sobre uno de los bordes de la juntura se veía apegado un sello conmemorativo de San Antonio de Padua que entre sus brazos llevaba al Niño Jesús sonriente y bendiciendo.

Aquella buena señora de América, doña Josefina Ruggieri, dejando aparte todas las precauciones humanas, confió su carta y su dinero al Santo Paduano, y estampó allí su sello, y se quedó tranquila con la seguridad de que llegaría a su destino, y no podía menos San Antonio que acreditar la confianza de su devota haciendo llegar a su destino aquel envío en circunstancias en que no era fácil haber llegado. Pero, ¿qué se hubiera dicho del Santo de los milagros s¡se deja robar por el camino habiéndole puesto allí con su divino Niño para velar por los intereses de sus devotas?

Por algo se ha dicho que San Antonio, por complacer a sus devotos, se presta a hacer de cartero; pero es más, quiere ser también etiqueta de seguro, y para eso están sus sellos, y a ver quién se atreve a tocar sus mercancías.

Para memoria de este hecho el destinatario de la famosa cajita ha tenido gran interés en guardarla y remitirla, con el relato del maravilloso recibo, al Museo Antoniano de Roma, donde será conservada en testimonio del valor y eficacia que tienen los sellos de San Antonio.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

San Antonio y la buena Prensa

«No de solo pan vive el hombre —dijo el buen Maestro— sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.» La palabra de Dios se nos da de muy diversas maneras, que no vamos a detallar; pero no cabe duda alguna que uno de los medios más eficaces por donde se nos da el pan de !a palabra de Dios es la Buena Prensa.

El hombre necesita el pan de la vida material, con él se alimenta y sin él no podemos vivir; de ahí la apremiante necesidad que sienten los pobres de implorar el pan de San Antonio cuando se ven hambrientos, porque de no comer se mueren, y cuando no tienen con qué alimentarse lo han de buscar, y para muchos es una gran providencia el Pan de los pobres, que está a cargo de San Antonio y que sabe ingeniarse mil medios para que no falte el pan de sus pobres. Todo eso está muy bien, y bendita sea mil veces tan caritativa institución, y loado sea nuestro Santo, que tan lindamente sabe tocar los corazones para que siempre estén repletos sus cepillos del Pan de los pobres.

Pero repito con el Señor, que «no de solo pan vive el hombre, sino de toda palabra que proceda de la boca de Dios», y San Antonio no debe estar satisfecho de que los hombres se cuiden sólo del pan material, que sólo alimenta al cuerpo, y no se preocupan del pan del espíritu, que procede de la boca de Dios, siendo la buena lectura uno de los más eficaces conductos que lleva al espíritu la vida de Dios, que completa la felicidad del hombre.

Nadie ignora el afán, la ansiedad que hoy día sienten los hombres por la lectura. Juntamente con el pan y sus fiambreras llevan los hombres a la fábrica, al taller, al campo su periódico o su novela, y en los ratos libres para el descanso sacian su espíritu con su lectura, las más de las veces impía, procaz, pornográfica y saciada de sarcásticas burlas contra Dios y las cosas más sagradas, con caricaturas indecentes, rotuladas con las más eróticas reticencias y con las frases de peor gusto, y ese es el pan del alma de la mayoría de esos desgraciados obreros.

No menos se sacian de ese pan inicuo las obreras de las fábricas y talleres, las muchachas de servicio y gran parte de damas y señoritas, que no pueden vivir sin su novela, su periódico, su revista, pero ¡qué revistas!, ¡qué periódicos!, ¡qué novelas! Las desnudeces más procaces y eróticas, que hacen enrojecer al hombre de mediana conciencia, están en manos de niñas cas¡impúberes, de jovenzuelas, de señoritas y matronas, al parecer delicadas, que las miran y leen con una tranquilidad que hiela el alma, y algunas de esas mujeres frecuentan la iglesia, los sacramentos y pasan como piadosas. ¡Qué piedad, Dios mío!

No cabe duda que muchos de esos obreros y la mayoría de esas niñas y señoras y de esas muchachas y obreras saciarían su afán de leer en periódicos decentes, en buenas revistas y mejores libros s¡estuvieran a su alcance, mas al no encontrar un panal de dulce miel, nutren su espíritu de veneno y se atosigan de impiedad, de indecencias e inmoralidades, de herejías y de blasfemias, porque no otra cosa contienen la multitud de papeluchos que llenan los quioscos y se entrometen en todos los hogares.

¿Por qué no se ahoga ese aluvión de maldad con otro aluvión de buenas lecturas, siendo así que la mayoría en todos los pueblos conservan su honradez y son personas decentes? Porque falta desprendimiento y hay pocas almas generosas que se preocupen de buscar el pan que alimenta a los espíritus, y es más cómodo echar unos céntimos o alguna peseta en el cepillo del Pan de los pobres que acudir a los quioscos a demandar la Buena Prensa, para que se acostumbren a exponerla, o desprenderse de alguna cantidad para auxiliar la publicación de buenas lecturas, que no se editan muchas veces por falta de medios económicos.

¿Por qué, pues, no se introduce la costumbre de instalar cepillos para el Pan de las almas, que es la Buena Prensa, juntamente con los cepillos del Pan de los pobres de San Antonio?

¿Podemos dudar que San Antonio dejará de ingeniarse excelentes medios para dar pan de buenas lecturas a las almas menos de lo que hace para alimentar a sus pobres? San Antonio lo quiere.

Fr. M. B.

La pasión por la prensa

Hace muchos años que D. J. F. Pacheco dijo al ser recibido académico de la Lengua, discurriendo sobre el tema «Del periodismo»: "Es una literatura infiltrada en la sociedad hasta la medula de los huesos". Y León XIII, habida razón de las circunstancias actuales de estos tiempos, escribió que la publicación de periódicos ha venido a imponerse en cierto modo como una cosa necesaria...

La prensa fabrica hoy las ideas

Drumont lo expresó con frase que ha hecho fortuna: "Los franceses no piensan ya, les falta tiempo para pensar, no piensan más que por su periódico: «tienen el cerebro de papel»... Lo mismo sucede en todos los países, y cabe decir sin encarecimiento con ese hombre extraordinario y asombroso llamado don Andrés Manjón que "el mundo moderno es la Prensa", y que "el titulado entre nosotros hombre moderno no suele tener n¡usar otro libro que el papel, n¡mira por otros ojos que los del papel, n¡forma otro juicio que el del papel, n¡habla otra cosa que de lo del papel, n¡usa de otras formas que las del papel".

La experiencia de todos los días nos está enseñando que el periódico es el evangelio de los que no creen en el Evangelio.

El poder de la prensa

Es tal que se entra por los ojos y n¡aun cerrándolos deja de verse... S¡la soberana del universo es la opinión, la soberana de la opinión es la Prensa. Ella la encauza o la extravía, la mueve o la sujeta, la impulsa o la retarda. La agita tan fácilmente como el viento las olas de la mar. Como al contacto de la vara de Moisés brotaban de la dura peña abundantes corrientes de agua cristalina la varita mágica del periódico hace resurgir corrientes de opinión a su talante.