Episodios del negrito Marabá
I. La costa de los Esclavos
En el golfo de Guinea, frente a la bahía de Benin, hay unos 300 kilómetros de costa baja y arenosa, que abarca los países del Togoland, Dahomey y Lagos, y está limitada por las desembocaduras de los ríos Volta y Níger.
Se llamó costa de los Esclavos por el frecuente tráfico de esclavos que en otro tiempo se hacía en aquellos lugares, a causa de su particular conformación, pues está defendida por múltiples rompientes y además posee junto a las lagunas que la bordean frondosos bosques, que servían de escondite a los negreros para asaltar por sorpresa a las tribus vecinas y reducirlas a la esclavitud.
A estos fatídicos y peligrosos lugares nos conduce nuestra historia, para hallar el origen y el comienzo del éxodo de nuestro pobre negrito Marabá.
Más adentro, desde la costa hacia el interior, formaban sus poblados de chozas las diversas tribus negras que vivían en la espesura del bosque, tales como los Nufis Haussas, Nagos, Djedjis, Egbas, Jabues, Malais y Tolis, que poco mas o menos adoraban a los misinos fetiches, dioses sanguinarios, que entre los principales y comunes a todas las tribus estaban Osa, dios de los lagos; Huecy, Sango, Afe-san, Ifa, Ogun, dios de la guerra.
Todas estas terribles divinidades exigían para sus fiestas los sacrificios humanos, de cuyas sangrientas ceremonias nos han dado detalladas' noticias los misioneros del Dahomey, de Benin, de Porto-Novo y de las selvas tan densas
por las que serpentean las corrientes del Volta y del grandioso y dilatado Níger. En uno de estos bosques que limitaba las orillas de una gran laguna tenían las Nagos el templo de Osa y el de Ogun, los fetiches más sangrientos de sus ridículas divinidades. Goudun había sido su príncipe, que en Dahomey, en su tráfico con los blancos había conocido a los misioneros del cristianismo, y simpatizando con ellos les había favorecido la entrada en las selvas, a través de los ríos, prestándoles sus piraguas y sus esclavos para guías y remeros.
Así comenzó la luz del cristianismo a iluminar las duras tinieblas del fetichismo sanguinario, y suavizar los crueles sacrificios humanos, tan connaturalizados en aquellas tribus africanas. Pero el príncipe Goudun era mirado con recelo por los sacerdotes de los fetiches, y en los antros de los templos dé la muerte se minaba su trono y se tramaba su perdición. En una guerra inesperada con las tribus vecinas, tal vez urdida por los fetichistas, pereció Goudun, probablemente a traición, y los nagos atribuyeron su muerte a castigo de los dioses, y para desagraviarlos decretaron los fetichistas el sacrificio de todos los familiares y esclavos de Goudun; y el día que subía otro príncipe al trono fueron sacrificados bárbaramente para tener propicio al dios de la guerra Ogun.
Desde lo alto de la plataforma del nuevo príncipe, las víctimas, encerradas en grandes cestos de mimbre, eran arrojadas a la multitud reunida en la plaza; y la turba, como fieras, se apoderaban de ellas sacándoles las entrañas que ofrecían a los dioses, y arrancándoles el corazón, que guardaban los guerreros para preparar con ellos el fetiche y beberlo antes de los combates.
He aquí lo que se entiende por beber el fetiche. Los guerreros colgaban en sus chozas los corazones arrancados a las víctimas y a los prisioneros de guerra especialmente. El sitio donde solían colgar estos corazones era donde se hacía el fuego, o sea en el hogar donde se enciende la lumbre. Allí se conservaban ennegrecidos y secos hasta la hora del combate. Cuando llegaban los preparativos de la lucha se picaban en el odo (mortero de machacar el maíz) y se reducían a polvo entre dos piedras llamadas olo. Después recogían este polvo en una calabaza y se repartía entre los compañeros. Unos lo tragaban tal como estaba, otros lo desleían en aguardiente; todos ponían este polvo en unos calabacines que se ataban al cuello y a la cintura. Hecho esto eran ya fuertes y afrontaban el peligro sin temor; ellos habían bebido el fetiche.
Pero volvamos al sacrificio de los familiares de Goudun. La mayoría de ellos habían sido arrojados en los cestos de mimbres, y destrozados por la multitud, ebria ya de sangre humana.
En esto se vio la fiesta sorprendida por el sonido del gongon (campanilla de hierro) que unos esclavos iban tocando, seguidos por una comisión de los fetichistas de Osa, dios de las lagunas.
La multitud se detuvo por unos momentos, cediendo en su furor de destrozar a las víctimas; el gongon era sagrado para ellos y debían dejar paso a los sacerdotes del ídolo, que con lentitud llegaron al trono del nuevo príncipe.
—Príncipe —le dijeron— Osa tiene hambre, pide víctimas de Gaudun, porque sus piraguas y sus esclavos llevaron fetiches blancos por sus lagunas.
El Príncipe dio orden de no arrojar más cestos de víctimas al pueblo; y las que había quedaban reservadas para los sacrificios de la laguna.
Todavía quedaban para sacrificar las esclavas vírgenes y los jóvenes esclavos, y entre ellas una cesta mayor que se reservaba para el último sacrificio, que había de ser el más cruel.
En ella estaban atados juntos la joven esposa de Goudun, la hermosa princesa Djerua, y su hijo, el niño Marabá, de cinco años.
El nuevo día de fiesta fue anunciado en Nagon por el monótono y triste son de los tambores, formados de pieles humanas arrancadas a los guerreros vencidos, y por el repiqueteo de los fatídicos gongons. Toda la multitud se encaminó hacia la laguna; las víctimas estaban alineadas junto a las orillas, al pie del altar de Osa; la cesta de Djerua y Marabá se dejó aparte para ser clavados en los árboles sagrados.
El príncipe tomó una joven esclava de entre las víctimas, la partió por el vientre, junto a la orilla, sacándole las entrañas, derramó sobre su cadáver aceite y harina y la hundió por fin en la laguna. Así continuaron los fetichistas sacrificando a las demás víctimas, que eran arrojadas a la laguna para aplacar a Osa.
La más hermosa de las vírgenes esclavas quedó la última. El príncipe volvió a descender a la orilla, abrió su cuerpo, como de costumbre y la colocó en una piragua. Tomando en seguida aceite de palmera, roció con él el cadáver de la víctima, lo cubrió con cuatro saquitos de cauríes (conchas que sirven de monedas), y soltó la piragua a merced de los vientos y de la corriente. Desgraciado del pescador que se apodere de las cauríes ofrecidas al fetiche; s¡alguien las tocare para apoderarse de ellas, la tribu caería en gran confusión. El príncipe hizo sonar el gongon (campanilla), proclamando que el gran fetiche Osa sacaría los ojos al temerario que se atreviese a tocar las cauríes de la piragua.
Quedó todo el pueblo consternado mirando como la corriente arrastraba la piragua, y un grito de sorpresa conmovió a la multitud, que se precipitó en dirección de la piragua.
La esclava muerta levantó en diversas contorsiones los brazos y un saco de cauríes cayó al fondo de la laguna. Esto causó el espanto de aquel pueblo fanatizado, y no fue otra cosa, sino los últimos espasmos del estertor horrible de la agonía de aquella infeliz esclava.
Cuando volvieron al lugar del sacrificio otro espanto aterró al príncipe, a los fetichistas y al pueblo; Djerua y el niño Marabá no estaban ya en la cesta de mimbres. Las víctimas habían desaparecido.
Fr. Manuel Balaguer, ofm
(Continuará)
Luz entre sombras
Nadie desconoce lo difícil y angustiosa que es la situación por que atraviesa la Iglesia Católica. La voz lastimera del Romano Pontífice ha resonado en las naves del Vaticano, y sus ecos, tristes y paternales, han llegado hasta los rincones más escondidos de la tierra. Por todo el mundo católico las voces del Padre común de los fieles han traído la esperanza y el consuelo a todos los corazones, pero la situación aparece de idéntica manera, triste, preñada de tempestades, cubierta de espesísimas sombras.
Y no sólo es en España, en donde esas tinieblas densas se ciernen por el horizonte de la tradición y piedad, y ocultan los rayos del sol luminoso de la fe y la Religión: es Europa entera, es el mundo en general, el que se encuentra oprimido por las sombras de la incredulidad, que pretende robar las bellezas que siempre ha proyectado la antorcha encendida de la Iglesia Católica. Mas a pesar de tantas oleadas de ateísmo como por todas partes se contemplan, no obstante los esfuerzos supremos de la masonería que intentan derribar el santuario de la Iglesia con todos sus dogmas, a pesar de las densas nubes que pretenden oscurecer los reflejos brillantes de la luz fúlgida de la fe, la divina Providencia, que vela por el sostenimiento y prosperidad de la Iglesia y todos los miembros de la misma, se complace en poner fuertes diques a los esfuerzos de la masonería, y en proyectar focos de luz espléndida que avergüencen a las sombras y las disipe del horizonte de la vida.
No otra cosa son las admirables Encíclicas que el Romano Pontífice ha dirigido a la Cristiandad, y en las cuales, de una manera especial en la última Lux veritatis, ha puesto de manifiesto los ideales que deben orientar las inteligencias de los católicos, para contrarrestar los impulsos revolucionarios de los enemigos de la Iglesia, y poner dique a esa avalancha avasalladora que todo lo pretende arrollar.
Mas para que sean más palpables esos ideales, y los ejemplos vivos, ejerzan más atracción en las almas, el Romano
Pontífice Pío XI, padre misericordioso de todos los fieles, ha querido poner sobre el Candelabro de la Iglesia una nueva luz que proyecte rayos vivísimos por toda la Cristiandad, y un nuevo Doctor que con sus esfuerzos pueda defender y sostener los tesoros admirables del depósito de la Iglesia.
Esa luz que proyectará nuevos rayos y disipará las sombras y tinieblas de nuevos errores es Alberto Magno, célebre filósofo de la Edad Media y distinguido naturalista entre los grandes conocedores de los misterios de la Naturaleza.
Así se acaba de exponer en la Bula de Canonización recientemente publicada por Pío XI, en donde se encomia la ciencia de quien mereció el título de Doctor Universal por la amplitud de sus vastos conocimientos en todos los ramos del saber, y en donde se especifican las admirables virtudes de quien a través de la historia mereció por tradición el título de beato, y hoy, después de haber pedido muchas veces la Cristiandad, en especial en el Concilio Vaticano los obispos alemanes, la canonización de este ejemplar religioso dominico, ha merecido ser colocado en el Catálogo de los Santos, y al mismo honor que ha sido condecorado con el título de Doctor de la Iglesia Universal.
He ahí la luz admirable que el Romano Pontífice ha colocado sobre el Candelabro de la Iglesia para que sus rayos iluminen los horizontes de la verdad y disipen las sombras nocturnas del error y del vicio. Que sus ejemplares virtudes inciten a nuestra alma para que corra tras la santidad, y que la luz de su vasta ciencia sea la que ahuyente las sombras de la indiferencia y de la tibieza de nuestro ser.
¡Sea siempre glorificado S. Alberto Magno, Doctor de la Iglesia, y luz esplendente entre las sombras de la incredulidad!
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Teruel, 14-1-1932.
Cultura popular
Una interviú con el diablo
Acabo de encontrarme al diablo en un rincón de la rue Bayard.
Iba de veinte alfileres, sobretodo gris, cuello de seda, pantalón de pliegue impecable, zapatos Richelieu, guantes rosa...
—¿Qué haces aquí? —le dije, pues nos tuteamos.
—Estoy vigilando tu Congreso.
—¿Te inquieta?
-¡Oh! ¡Tan poco!—contestó con sarcasmo.
Pero en su mirada vi, a través de su monóculo, que no decía verdad. Yo seguí m¡camino, pero él me acompañó. Y me decía:
—Ya podéis moveros cuanto queráis. Os tengo cogidos por el cuello. Vuestros informes de trabajos me divierten... vuestras voces... ¿Veis m¡mano? Pues ha anudado sobre los ojos de los católicos una venda que no se ha deshecho en más de medio siglo. ¡Ah! ¡Sé trabar bien mis nudos!
* * *
Nerviosamente, con su bastón de caña, me señalaba los transeúntes:
—¡Mira este señor... también lleva m¡venda... Es un buen católico. .. tú lo sabes..., un católico. Pero, por lo demás, está suscrito a un diario de la mañana, de los míos; y cada tarde envía a su criado por otro diario de los míos. Lo lee, lo tira al cesto de los papeles, y de allí vuelve a salir el diario para ser leído hasta en la cocina...
Algunos pasos más y nos cruzamos con una joven.
—¿La ves? Va a misa. Pero, con todo es muy fiel suscriptora mía. Cada día me da algunas monedas.
"¡Una gota de agua!", dirá uno de tus ciegos católicos. Pero tú sabes bien que aunque una gota de agua sea nada, el Océano sólo está formado de gotas de agua. ¿Con qué sino con los céntimos de esta devota y otras así, he edificado yo estos palacios que son mis palacios, conteniendo linotipias y rotativas, unidos por hilo telegráfico especial a todas las capitales.
Esta cristianita lleva también ya m¡venda.
* * *
Pasamos por ante un kiosco. Los ojos de Satán brillaron.
—Cuenta tus diarios..., vamos..., cuéntalos —me dijo.
Los conté. Uno..., dos..., tres..., cuatro..., cinco... No más.
—Ahora, cuenta los míos.
Su bastón de caña iba, rápido, señalándolos.
—Este es de los míos por sus artículos de fondo...; éste, por su folletín...; éste, por sus grabados.., por sus anuncios... Y éste..., y éste..., y aun más.
Contamos hasta... cuarenta y tres.
* * *
Pasó un sacerdote. Satanás le siguió con la vista con particular atención.
—Hasta ese... lleva también la venda. Míralo... está cansado... Viene de predicar un sermón..., un bello sermón .. Su discurso ha sido muy estudiado... Pero se dirigía sólo a 100 personas convencidas ya de antemano.
¡En tanto, yo!... Pero ¿a qué hablar? Mira mis kioscos. Fíjate en éste. Piensa cuánto me produce...
Eran las cinco de la tarde, y la calle estaba llena de gente. Había ante el kiosco muchas personas mirando los graba dos y leyendo las planas de los periódicos expuestos. Muchos compraban..., las vendedoras no daban abasto en plegar los diarios que les pedían. Cada diez minutos llegaban ciclistas con pesados paquetes de números del diario que acababa de salir, húmedos aun de tinta...
* * *
Satán me dijo con orgullo:
—Esta es m¡cátedra... Y este sacerdote que pasa no ve que entre m¡predicación y la suya hay la misma diferencia que la que existe entre el cañón de gran calibre o la ametralladora y la antigua catapulta.
Pero... él no ve... Pasa sin mirar con espanto este kiosco, este kiosco que cada día, cada hora del día, le roba las almas,
hasta almas de niños, redimidas por la sangre del Otro.
* * *
¡También este sacerdote lleva m¡venda!
El diablo estaba ya en confidencia conmigo.
—Sólo una vez he sentido temor...
Cuando se expulsó a los religiosos de las escuelas... Cuando se robaron las fundaciones y los bienes de la Iglesia, temí que resurgieran... Temí que se consagraran a la Prensa..., que cayeran en la cuenta de que... el pueblo es de aquel que le habla...
Era una cosa tan de esperar que... lo confieso... Sentí miedo. ¿Qué sería de m¡imperio s¡alguna vez los católicos, con su gran ideal, la fecundidad de su apostolado y la bendición del Otro, volvían contra mí el arma terrible de la Prensa.
Entonces reafirmé la venda. Pero el peligro pasó.. , los católicos continúan dulcemente resignados... y la Prensa es mía, con toda su influencia...
* * *
—Yo, el ángel de las tinieblas, no llevo vendas en mis ojos... Veo claro, ¡tan claro!
Sé lo que es ese sentimiento que los católicos no han experimentado nunca... ¡el orgullo de m¡grande y predilecta arma! ¡Oh! ¡M¡diario!
Es la más eficaz expresión de m¡voz...
Suena en la redacción..., va de kiosco ¡en kiosco.., llena la ciudad..., invade las estaciones.., toma el tren..., hasta en los. vapores resuena. Entra en todos los pueblos, penetra en las escuelas y en los hogares, y no se detiene sino cuando ya no queda n¡un alma que ofrecerme... llega : hasta las almas de los niños.
Los católicos ignoran todo eso... ¡M¡venda les ciega!
Llegamos, al fin, a la puerta del teatro en que estaba reunido nuestro Congreso...
Satán me lo señaló con gesto de desprecio.
—¡Ca!...
Yo le contesté:
—El cenáculo era aun más pequeño. A pesar de la verdad insolente de tu demasiado real triunfo, yo creo en la victoria de Aquel que tiene palabras de vida eterna... Creo que algún día los católicos verán claro... ¡Oh, este día!
Y, dejando al diablo a la puerta, entré en la sala en la que, dulcemente, finamente, me pareció más vivo el recuerdo del Padre Bailly, el ilustre religioso, el guerrero de las nuevas cruzadas, que volvió contra Satán el arma terrible que con su venda nos impide ver.
Pierre l'Ermite
Necrología
Fr. Ignacio Ros Miralles
El día 17 de Enero de 1932 falleció en Valencia nuestro hermano lego Fray Ignacio, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica de Su Santidad.
Con la muerte de Fray Ignacio pierde La Acción Antoniana uno de sus más asiduos colaboradores materiales, pues por muchos años ha estado consagrado a la composición de nuestra Revista, en su imprenta dé San Lorenzo, en la que ha trabajado con grande celo e interés.
Fue un religioso muy sacrificado y laborioso, hasta que en los últimos años una traidora enfermedad le había reducido a una parálisis que le hacía imposible su trabajo.
La redacción de La Acción Antoniana
no puede menos que ostentar su sentimiento por tan sensible pérdida y ruega a todos sus lectores una ferviente plegaria para que Dios le dé su eterno descanso.
Hay más información sobre Fr. Ignacio en otra parte de esta revista.
Noticias
Leprosos sanos
En las islas Fidji, junto a Macowai, hay una leprosería a cargo de las religiosas franciscanas Misioneras de María.
Debido a los extremados servicios de las religiosas y de los médicos que no dejan de experimentar cuantos medios les sugiere la ciencia se han dado de alta 18 leprosos enteramente curados. Quedarán por una temporada sometidos, por vía de precaución, a reconocimiento facultativo, pero los médicos los tienen por limpios de la terrible enfermedad. ¿Será posible que deje de ser incurable esa plaga de la Humanidad?
En el Japón
Se exhibe ya en los teatros japoneses la película del martirio de nuestro San Pedro Bautista y compañeros mártires. El público pagano presencia, admira y aplaude las edificantes escenas, habiendo de dar varias sesiones diarias, a fin de dar despacho a la enorme cantidad de entradas que se pedían. Es chocante que suceda esto en un país pagano, y ello puede indicar la buena disposición de ánimo de los japoneses para con la doctrina de Jesucristo. Estos santos fueron martirizados en el Japón.
Ejemplos de religiosidad
Tomamos de la carta de un misionero (Fr. S. Bilbao) las siguientes noticias:
"Los paraguayos son en general muy religiosos; admira verdaderamente la devoción y el respeto que siente hacia el sacerdote y a las cosas de la Iglesia, hasta degenera en superstición.
En cuanto un paraguayo ve a un padre misionero, che Pai, como ellos dicen, pídele la bendición con las manos juntas, lo mismo que sea hombre de edad, una mujer de respeto, un joven, una muchacha o un niño. Es algo sorprendente. Va el padre por la calle o por el campo, y salen en actitud humilde a besarle la mano o a pedirle la bendición. Tienen tan arraigado el sentimiento religioso que todo lo posponen al cumplimiento de sus creencias.
No hay familia entre ellos que no
tenga en casa su oratorio, chico o grande, siquiera un nicho, donde ponen sus santos abogados, a quienes prenden velas en días determinados de la semana; y en cada año no les ha de faltar su correspondiente misa, rezada o cantada. Entonces sacan en andas o en cuadro al santo con gran acompañamiento de vecinos, y a la entrada y salida de la Iglesia es indispensable tocar un repique de campanas.
Por esa razón los paraguayos son los que más misas hacen celebrar. Prefieren ellos sacrificarse de ahorrar todos los centavos y pasar una vida miserable antes que dejar sin misa al Santo Abogado o Tutelar de su familia.
El crucifijo y la escuela
El pueblo de Piñel de Abajo (Valladolid) ha dado una prueba de entereza cristiana que debe ser imitada.
El maestro de este pueblo, al regresar después de vacaciones de Navidad, indicó a los alumnos que quitaría de la escuela el Crucifijo y el cuadro de la Inmaculada. Los alumnos cuando salieron al recreo avisaron de lo que ocurría a sus familias, y a las dos de la tarde, cuando se iban a reanudar las clases, todo el vecindario, que llenaba la plaza donde está situada la escuela, exigió la colocación de la Inmaculada y del Crucifijo en los sitios donde se encontraban. Ante la actitud adoptada por todo el pueblo en general el maestro tuvo que acceder a la petición.
Conmovedora generosidad
Las colectas hechas en favor del culto y clero han dado ocasión a múltiples actos de conmovedora generosidad que atestiguan la intensidad y permanencia de una fe que en vano intentan desarraigar de los corazones.
He aquí un caso admirable:
Rasal es una parroquia pobre y pequeña del Obispado de Huesca. En una de las casas más humildes carecían de dinero para depositar en las bandejas, pero deseando contribuir a los fines de la colecta la familia que la habitaba mandó a una niña con un pan para que se lo
entregara al párroco con la promesa de que no le faltaría mientras la familia lo tuviera.
El párroco aceptó el pan y lo beso.
A veces en los campos más devastados es donde se dan las mejores cosechas.
Los ciegos guerra de Italia y San Antonio
Cerca de Asís, en el pequeño monasterio de San Damián—escribe el Padre Guitton—, he visto una lápida de mármol que me ha conmovido.
En San Damián existe una minúscula terraza, llamada de Santa Clara, en
donde San Francisco compuso su cántico: ''Al hermano Sol".
Los ciegos de guerra italianos han tenido el delicado pensamiento de colocar, en el muro que bordea a dicha terraza, una lápida de mármol con la siguiente inscripción:
"En este sitio, donde San Francisco cantó a su hermano Sol, nosotros, ciegos de guerra, privados para siempre de claridad, venimos a asociarnos cordialmente a la alegría que él experimentó en otro tiempo al contemplar la gloria de la luz. Que en recompensa se digne iluminar nuestras almas.
Imprenta La Semana Gráfica.-Valencia
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