El beso de la ingratitud
..."Y acabada la cena, como el diablo hubiese puesto ya en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregase... Jesús se turbó en su espíritu y protestó y dijo: "En verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me ha de entregar". Y los discípulos se miraban los unos a los otros, dudando de quién decía. Y uno de los discípulos, al cual amaba Jesús... recostándose en su seno, le dijo: "Señor, ¿quién es?". Jesús le respondió: "Aquel es a quien yo diere el pan mojado". Y mojando el pan se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y tras el bocado entró en él Satanás. Y Jesús le dijo: "Lo que haces, hazlo pronto."
La traición de Judas, con sencillez y unción admirable relatada por San Juan en este pasaje de su Evangelio, es, sin duda alguna, la más odiosa escena de la Pasión de Jesucristo. La escena que acude a nuestra memoria levantando mayores gritos de indignación; la escena que infirió al corazón de Jesucristo la más fría, cruel, despiadada y profunda herida.

Beso de Judas. Gioto
La traición de Judas es la concreción de todas las ingratitudes que manchan y envilecen la dignidad y el espíritu humano en un solo corazón y en un solo acto del hombre, La ingratitud del amigo que olvida los favores y beneficios que acompañan por doquier a la amistad; la ingratitud del discípulo, que se levanta atrevido y audaz contra el maestro bueno que abrió su pensamiento a todos los horizontes de luz y de verdad; la ingratitud del hijo, que en los días de ventura en el tiempo de la prosperidad no tiene lengua para cantar y bendecir los amores heroicos y las ternezas sublimes, atesorados en el corazón del padre; la ingratitud del cristiano que mientras la sangre redentora cae misericordiosa sobre sus culpas para rescatarle del pecado levanta sacrilegamente su rostro y entrega con un beso traidor a sus más crueles enemigos al mismo Dios que le perdona, que le rescata y redime.
La ingratitud es la aberración más grande del corazón humano. Revela la perversidad de un alma que ha perdido hasta los más elementales instintos de la Naturaleza; porque una de las leyes de la Naturaleza es el agradecimiento, es la gratitud. La flor agradece la gota de rocío cerrando su cáliz y trocándose en fruto; la tierra agradece el calor fecundante del sol cubriendo sus campos de doradas mieses y elevando a los cielos sonrisas de gratitud por los entreabiertos y pintados labios de la graciosa amapola; el ave agradece su libertad inundando el espacio de trinos cadenciosos y de armonías suaves...
¡Horrenda cosa es la ingratitud! No es condición, no es ley n¡de la Naturaleza n¡de la vida. Por esto el recuerdo de Judas se verá siempre acompañado de la proscripción terrible, del anatema espantoso de los siglos y de las generaciones; por esto el nombre del traidor discípulo solamente tendrá en los oídos piadosos ecos de asombro, remembranzas de envilecedora pasión; por esto el beso infame del Huerto de Getsemaní, abrió en el pecho de Cristo sangrante llaga, por donde salieron en oleada inmensa de sangre y de amor estas divinas, angustiosas y tiernísimas palabras: ..."Amigo, ¿a qué has venido?... Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?".
Lo que dice la Cruz
La cruz es el signo del dolor. Cuando contemplarlos la cruz, sus brazos escuetos y severos evocan en nuestra mente a los verdugos y sayones que en ella crucificaron al Redentor divino, y los tormentos, las penas, las amarguras, las injurias que devoró el divino Crucificado agitan tiernamente las fibras de nuestro corazón para compadecerle y nos hacen recordar el océano de males que el pecado trajo a la tierra. Esa imagen del dolor es el reflejo o es el compendio de las penas y dolores a que está sujeto el hombre; y nos recuerda que la vida está llena de amarguras que provocan en nuestra alma las dolencias de la enfermedad, las persecuciones y las injurias del enemigo, las calumnias, el odio de los malvados, las insidias y asechanzas de los falsos amigos, los reveses de la fortuna, producen tantas penas y amarguras de y del amor, y otros mil motivos que producen tantas penas y amarguras de que está llena la vida del hombre. Pero de esa cruz brota un torrente de sangre redentora para curar nuestras heridas; y al contemplar la imagen del Inocente que en esa cruz se inmola por la salud de los hombres y sufre con resignación divina la inmensidad de su dolor, resuena en el fondo de nuestra alma la lección que brota de esa cruz y oímos la voz del divino Crucificado que nos dice: "Aprende a padecer."
Rosal místico
I
El mejor rosal del mundo
brotó en la cumbre del Gólgota
y sus ramas se extendieron
de la tierra hasta la gloria,
y como un círculo máximo
circundó el orbe de rosas
blancas
como la azucena,
rubias como la amapola,
todo rosas perfumadas
teñidas en sangre todas.
II
Yo de flor en flor iré
como inquieta mariposa;
yo subiré por el tallo
alegre como la alondra.
Mas herido en pies y manos
por espinas numerosas,
¿podré subir a la cumbre
y cantar allí victoria?
Sí; porque todo lo puedo
en Jesús que me conforta
y es el rosal y las ramas,
las espinas y las rosas.
Las tres Marías y el Sepulcro
No hay relatos tan conmovedores y tan tiernos como aquellos que brotan de la palabra de Dios, esa palabra sencilla al par que sublime que tan copiosa de divinas bellezas encontramos en el libro de los Evangelios.
Busquemos, pues, en ellos el cuadro tan prodigioso de la Resurrección de Cristo.
Era muy de mañana, cuando envueltas aun entre las sombras de la noche salía un grupo de mujeres por la puerta Especiosa de la ciudad de Jerusalén; cubiertas con sus largos y oscuros mantos llevaban algo oculto entre sus manos, y andaban en silencio, sin que otra cosa se percibiera más que el ardiente palpitar de sus corazones enamorados.
Sólo a la mitad del camino, una de ellas se detiene y dice con ansiedad a las otras: "¿Quién nos removerá la losa del sepulcro?"
Pero callaron las demás, y después de detenerse un momento y pensar en ello, siguieron en silencio al impulso de su fe, y no se arredró su corazón por esta dificultad, porque el amor todo lo vence.
Eran estas piadosas mujeres María Magdalena, María, madre de Santiago, y María Salomé, que habiendo comprado ungüentos y aromas, al terminar la noche del sábado, salieron en dirección del sepulcro de Jesús para ungir de nuevo y embalsamar su sagrado cuerpo.
Al brillar los primeros fulgores de la aurora, y marchando aun ellas por el camino, les sorprendió el estruendo de un terremoto por la parte donde estaba el sepulcro, pero tampoco se arredraron, y como s¡hubieran visto una luz esplendorosa se sintieron más animadas para proseguir su camino.
Llegaron allá: orto jam sole, como dice el Evangelio, al salir el sol, y quedaron sorprendidas, porque la piedra estaba ya removida, y a la derecha, y sentado sobre el sepulcro vieron a un joven hermosísimo como el sol, y vestido de blanco, que resplandecía como la nieve. Era un ángel del cielo que les dijo: "¿Buscáis a Jesús Nazareno que fue crucificado? Surrexii, non est hic: ha resucitado, ya no está aquí. Decid a sus discípulos y a Pedro que él les precede en el monte de Galilea; allí le veréis. Ahora entrad y ved el lugar donde le pusieron."
Entraron las santas mujeres en el sepulcro, y allí vieron otros dos ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies, y el sepulcro vacío; y allí puestos a un lado los lienzos con que había sido envuelto. Resucitó, ya no está aquí, él os precede en el monte de Galilea, allí le veréis. Hermoso cuadro que tan al vivo nos recuerda la resurrección de nuestro amable Redentor, y pone ante nuestra vista la imagen de nuestra resurrección. El nos precede, nos espera en el monte de la gloria, y allí le veremos.
No borremos jamás de nuestra imaginación este cuadro. Por la ladera del monte el camino de la vida; por él van caminando las almas piadosas en dirección al sepulcro, al sepulcro glorioso donde está el ángel sentado a la derecha y señalando al monte de la gloria, y dice a los que llegan: "No está aquí, ha resucitado; en la gloria lo veréis después de haber resucitado como él." Miremos cómo esas almas piadosas siguen por ese camino las huellas del Crucificado, que con tanta precisión marcan los actos de la vida cristiana, y sigamos tras ellas con las prácticas de la oración, el sufrimiento y del amor.
Noel.
Leyenda
Tengo sed
El crimen deicida se había consumado, y Jesús agonizaba pendiente de la cruz, afligido por los escarnios y las burlas de las gentes que presenciaban, sedientas aun de sangre, su terrible suplicio.
Los ladrones mismos crucificados con él, le insultaban porque no descendía de la cruz, librándolos también a ellos de la muerte.
Sólo un reducido grupo, María, la Inmaculada Dolorosa; Magdalena, la pasionaria amante; algunas otras pías mujeres y Juan, el discípulo amado, siempre fiel, le contemplaban con ternura, compadeciéndose de sus tormentos; María, la Madre Dolorosa hacía más aún; los sentía en su alma purísima y se unía a El en su voluntaria inmolación por amor a los hombres.
En aquel grupo había un niño, un encantador y candoroso pequeñito de siete años que, acompañando a su madre, siguió a Jesús hasta el calvario.
Ruth fue una de las compasivas hijas de Jerusalén que lloró al ver al Señor tan abatido, abrumado bajo el peso de la cruz, y al pasar junto a ella, le presentó a su hijito amado para que le bendijese por última vez.
Pero los crueles soldados no permitieron al Señor detenerse, y Efraim se quedó muy triste porque la diestra divina no se había posado una vez más sobre su rizada cabecita.
¡Tantas veces le había acariciado Jesús cuando estaba libre y predicaba por doquiera su salvadora doctrina de amor y de paz!... El era uno de sus amiguitos, uno de los pequeñuelos que le rodeaban cariñosos acariciándole con inocente atrevimiento, logrando la honra y la dicha inefables que ellos no podían entonces comprender, de que la diestra omnipotente del Dios humanado les devolviera sus caricias.
* * *
Densas tinieblas cubrían el Gólgota; el sol se había ocultado como s¡no quisiera contemplar la agonía de su Hacedor; las gentes, atemorizadas, sin saber explicarse aquel extraño fenómeno, se iban retirando silenciosas; pero María Santísima y los fieles amigos de Jesús, lejos de retornar a la ciudad deicida, se acercaron más a la cruz, acompañando al Divino Agonizante con sus amargas lágrimas, en elocuente silencio.
Y Jesús también callaba; como s¡necesitase prepararse para el trance supremo, le dirigía desde el fondo de su Corazón santísimo súplicas amorosas al Padre celestial.
De improviso, interrumpiendo sus tiernos soliloquios, pronunció Jesús, con voz clara, su palabra primera.
María y sus fieles acompañantes la oyeron conmovidos; pero los soldados y los judíos, que aun permanecían en el Calvario, deseosos de verle expirar, no las comprendieron.
¿Qué sabían ellos de las sublimidades del divino perdón? ¿Qué entendían ellos de la inefable misericordia de aquel Corazón santísimo que agonizaba de amor?
Tampoco Efraim —¡era tan niño!— pudo comprender del todo las admirables y misteriosas palabras que después pronunció Jesús, su celestial amigo, pero cuando dijo: "¡Sed tengo!", se sintió hondamente conmovido, primero; indignado, después, al ver que la impía soldadesca se mofaba de Jesús y le daba vinagre en vez de unas gotas de agua fresca.
Se desprendió de los brazos maternales sin que Ruth, en su aflicción profunda lo advirtiera, y tomó tan rápidamente como sus piernecitas se lo permitieron, el camino de la ciudad.
Poco después volvía Efraim al Calvario, fatigado, sudoroso, ensangrentados los piececitos, pero radiante de alegría porque le llevaba a Jesús un ánfora con agua cristalina; ya no tendría sed. Juan que era más alto, le acaricia a los labios exangües el agua, fresquita como la nieve» y, viéndole beber, él olvidaría su cansancio, las veces que cayó en su rápida carrera, las heridas de sus delicados pies... todo, todo lo daba por bien empleado y todo lo merecía su dulcísimo amigo.
—Toma, Juan, toma— le dijo al discípulo fiel, presentándole el ánfora—; he traído agua, dale de beber.
Juan le miró con cariño, acariciándole las rubias guedejas, y murmuró en un sollozo:
—¡Pobre pequeñuelo!... Es tarde ya; el Señor ha muerto...
Efraim se quedó como petrificado; era verdad, dolorosa verdad que él no había advertido; Jesús pendía inmóvil, sin vida, de la cruz, y su fatiga resultó estéril.
Cayó de rodillas junto al santo leño y se abrazó a él sollozando.
Entonces, de los pies taladrados del Señor, se desprendió una gota de sangre, como rubí, yendo a caer sobre la frente pura del niño.
En el mismo instante, Efraim se sintió otro; ya no experimentaba cansancio; sus piececitos quedaron curados y su espíritu, confortado, gozó inefables consuelos. No, no era estéril su fatiga; Jesús no gustó, es cierto, el agua que fue a buscar para él; pero, aunque muerto, conocía aquella prueba de su amor, y le premiaba con el conocimiento de su divinidad.
Y aquel pequeñuelo, porque era inocente y supo amar y ser fiel, esperaba en el Señor cuando los mismos apóstoles afligidos por su muerte afrentosa dudaban.
Y aguardaba con ansiedad la aurora radiante de la Resurrección.
Y le vio resucitado y glorioso. Efraim fue un fervoroso cristiano y un heroico mártir de Cristo.
La gota de sangre divina le había fortalecido para siempre y, en retorno de aquella celestial merced, él quiso derramar la sangre suya por confesar al Señor.
Mª Berta Quintero de Vallespín
Jesús coronado de espinas
Salid, hijos de Sión, y ved a vuestro rey de paz, coronado por vuestra madre y la suya, en el día que escogió desposarse para labrar vuestra redención y daros el nacimiento real y eterno de los hijos de Dios. Salid y ved su frente ceñida y sus sienes, con punzas que le hieren y espinas que traspasan su carne y le llegan hasta el alma. Vedle a El, vuestro rey y salvador, no de oro coronado, que brilla y regala, sino de espinas crueles que atormentan y acaban.
Porque resolvió acabar el Señor y Maestro divino con el imperio de la fuerza y de la iniquidad y fundar el reino de los tuyos sobre el trono duro y recio de la abnegación y del sacrificio, quiso que a él, rey de justicia y de derecho, se le ciñese la cabeza con espinas y corona de tormento, y en señal de burla y mofa, se pusiera en sus manos reales una caña por cetro. Porque han de saber los hijos de Dios, que no oro vano de superioridad y soberbia es el mando supremo; n¡motivo de propia satisfacción disponer del cetro, que rige, sino tormento profundo y alto, que toca en las entrapas y hiere en el alma de quien lo ejerce; tormento del pensamiento y de la frente noble, que parece por lo mismo bien coronada de espinas, cuando reina.
De ahí que no sufran ese tormento los opresores del inocente; no lo sufren los que persiguen y se vengan villanamente con el poder Lo sufre Jesús; el justo, el inocente, el creador de paz, de bien y de justicia; el salvador, el rey legítimo y verdadero; lo sufre el que tiene corazón para sufrir, y alma sincera para reinar, y pensamiento alto y digno para ser coronado con el sacrificio. Los otros, los que de esto carecen y mandan en consecuencia por la fuerza del número, o por la vanidad insana, o por la pasión grosera; los que no saben de virtud y de espíritu, tampoco saben, n¡se les concede la corona de espinas, que es corona de reyes inmortales. Venid, almas fieles, venid, hijos ínclitos de Sión, como Jesús coronados con las espinas del odio y de la persecución de los déspotas; venid vosotros solos, porque solos merecéis ver y adorar al rey inmortal de los siglos, con espinas coronado.
Leyenda de Dimas, el buen ladrón
Aun no había desaparecido de la ciudad el terror causado por el padre que, siendo jefe de una banda de facinerosos había llevado la ruina y desolación a cas¡todas las familias. Condenado a muerte, antes de subir al patíbulo llamó a su hijo Dimas, haciéndole jurar el exterminio y la muerte de cuantos contribuyeron a su condenación. Dimas, de un carácter violento, no necesitaba de la recomendación paterna para seguir la pésima vía ya emprendida. Todos sus contemporáneos le tendían, y nada más verle desde lejos, huían silenciosos, rehusando su encuentro, y cada cual se entraba en su propia casa. Se había hecho tan tristemente famoso, que el solo nombre de Dimas infundía miedo y terror.
La justicia le perseguía como a un criminal, y Dimas para burlar las miradas de la justicia se alejó de su ciudad, y vagabundo de pueblo en pueblo se asoció a otros compañeros asesinos como él formando una manada de bandidos, que reconocían por jefe a Dimas.
Para perpetuar mejor sus fechorías y quedar impunes, escogieron como campo de acción el desierto que separa y une la Palestina y el Egipto. En el seno de una duna abrieron una sima profunda que les servía de escondrijo y de atalaya. Al paso 'de los viajeros y negociantes que traficaban con sus mercancías entre el Egipto y la Palestina los bandidos salían de su covacha, sorprendían a los viajeros, les robaban cuanto llevaban, y para no verse descubiertos, bárbaramente y a mansalva, los asesinaban, ocultando los cadáveres bajo las arenas del desierto. Eran muchos los que así desaparecían sin poder dar con el sitio donde anidaba la banda terrorífica que de día en día se hacía más audaz y sanguinaria.
La Sagrada Familia, avisada por el Ángel de Dios que buscase en Egipto un refugio para escapar de la matanza decretada por Herodes para quitar la vida al Niño Jesús, penosamente atravesaba el gran desierto: San José apoyado en su báculo, María le seguía llevando el Niño entre sus brazos y el jumentillo cargado con el pobre equipaje.
Dimas, que en esta ocasión estaba de centinela, al divisar desde la atalaya los pacíficos viajeros, a largos pasos corrió hacia ellos, preparándose para atacarlos; pero según iba acercándose sentía despertarse en él un sentimiento de afecto que no sabía explicarse; y al encontrarse frente a frente con ellos, les saludó con respeto, ofreciéndoles hospedaje y dándoles cuanto les era necesario. Pero lo que mayormente le atraía era el Niño, a quien colmó de caricias afectuosas, y tomándole de los brazos de la Madre lo estrechó contra los suyos.
María, de corazón sebsible, se sentía llena de gozo y de agradecimiento, y al despedirse dio las gracias al hombre desconocido, prometiéndole una recompensa.
Jesús moribundo cumplió la promesa de la Madre. Dimas, estando en la cruz, recibió el premio de su buen comportamiento en el desierto. Ladrón y asesino mereció estar a la derecha de Jesús en el Calvario, y oír de los labios del Divino Maestro que en aquel día sería compañero suyo en la gloria del Paraíso.
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