Semblanza de San Antonio

La fantasía popular, nutrida de la más dulce piedad franciscana, ha labrado con el correr del tiempo una idea de San Antonio, que florece y brilla en nuestro ambiente y llena de sentido los deseos, las palabras y las obras que al Santo dedicamos. S¡quisiéramos apuntar una expresión adecuada de esta idea antoniana, hoy triunfante, ciertamente que todos aceptarían de buen grado el responsorio S¡buscas milagros..., en el que se percibe la esencia del Taumaturgo; pero del Taumaturgo a lo franciscano, que emplea su poder y virtud divina en favor del menesteroso, del enfermo, del niño inocente y de la doncella pudorosa, de las madres y de los infelices que se extravían.

Un poeta de nuestro tiempo, al que yo quiero desde ahora llamar el Poeta de San Antonio (1), ha vertido aquella idea y la ha encumbrado en sus versos regalados:

Le dice al Santo:

Esas tus manos preciosas
tienen mucho que admirar;
los dedos parecen fuentes,
no de agua, sino de pan.

Son manos iluminadas
que derraman bienestar
y curan a los enfermos
de cualquier enfermedad.

Son manos de Taumaturgo,
manos no vistas jamás,
manos de padre, de hermano
y de amigo celestial.

Son manos de misionero,
manos que anuncian la paz,
manos llenas de prodigios
que libran de todo mal.

Manos que atraen las almas,
como s¡fuesen imán,
manos que quitan pesares
y vierten felicidad.

En todas estas palabras y en todas las obras de la piedad antoniana, ora pasada, ora presente, que en todo tiempo y lugar ha sido piedad de todos, vemos que se mira y confiesa en San Antonio un poder y una virtud soberanos; pero virtud y poder, que brillan por su sello franciscano, es decir, porque se vierten con amor en obras de paz y beneficencia. A las veces, el Santo levanta y deja caer también su mano airada; pero es en defensa del inocente y del humilde oprimido para librarle del tirano y del poderoso que le oprime. Y n¡aun en estos casos falta la efusión generosa de gracia sobre el alma perversa, con el supremo fin de redimirla y salvarla; pues en ello muestra su mayor condescendencia el pecho caritativo y apostólico.

P. Antonio Torró
P. Antonio Torró
Doctor en Filosofía y Letras
Como se ve, la historia, el arte y la fantasía popular han hecho de San Antonio una semblanza llena de gracia y de bondad, que satisface por entero al sentimiento y al interés práctico. Se queda, empero, por debajo de la suprema y fidelísima visión antoniana, que nosotros ponemos en la cumbre del espíritu, diciendo que San Antonio significa el apex mentís, la primera esencia y razón mística de la Orden Franciscana. Le ha faltado a la visión histórica y popular la idea filosófica y la percepción sustantiva, que es la que cimienta y sostiene y eleva hasta el cielo, hasta los primeros principios, el pensar de los hombres.

Por que los datos del sentido, que son los históricos, y la forma estética que sobre ellos plasma la fantasía popular, representan los extremos y los límites del ser, los contrastes y las irisaciones que toma el ser al moverse; por lo que, s¡esto sólo se alcanza, y se deja por otra parte lo primero y principal, que es la intuición filosófica y sustantiva, la mente se está sin base n¡fundamento sujeta al cambio ligero del sentido y expuesta a la movilidad del aire sentimental.

Pase que así proceda el vulgo, cuya inteligencia es como el espejo, que refleja y lanza los rayos de luz y los colores que a él se llegan, sin retener en sí cosa alguna, n¡mejorar él su ser; pero de ninguna manera se ha de contentar con eso el varón sabio y de íntegro pensar, cuyo talento es como el foco de luz, que, aunque reciba de otro la energía eléctrica, como la mente humana el ser que conoce más no lanza de sí aquella luz y resplandor antes de venir a ser él aquello que de sí lanza, conviene a saber, luz y calor. La mente perfecta se remonta al pensar filosófico, que es pensar de lo real, y sobre esto reúne los hechos de la Historia y concibe la forma estética, que son sus destellos.

Como no hay rayos sin el foco ardiente, n¡olas movidas sin masa de agua, n¡flores, n¡frutas, n¡color en el rostro sin buena salud; así jamás llegará a nuestros ojos y corazón aquel parecer gracioso y fluir benéfico que admiramos en San Antonio, s¡se echara de menos en él la fuente de oro y el ser místico primero, que inspira en el tiempo y viene a resplandecer en la forma bella. La esencia es el principio unitario. Por lo mismo, sólo la percepción de ella puede ser el germen fecundo del pensar. Subamos a la esencia Antoniana, cuya vista magnífica constituye la semblanza fiel del Santo. No el saber empírico, n¡la creación estética, sino la Filosofía alcanza la verdad.

En un libro mío toqué de paso este punto, que los historiadores de San Antonio desconocen por completo. Unas palabras leídas al azar y algunos hechos importantes me hicieron pensar en ello. San Antonio es por encima de todo un alma mística, en el sentido propio y filosófico de esta palabra. Tal vez me digan los historiadores empiristas que precisa enfrentarse con toda la masa de los hechos antonianos para inducir aquella tesis tan egregia. Pero se equivocan.

La esencia primera y universal se muestra por todos los hechos individuales, en unos mejor que en otros, por lo que puede intuirse bien en uno sólo, mejor en el que más plenamente la muestre. N¡la suma n¡la multitud añade nada a la esencia. Por eso, después de ver y oír muchas cosas de m¡Santo, después de contemplar los cuadros de Murillo y las tallas sin cuento que se veneran por doquiera, y después de sentir las palpitaciones del alma popular, que, como he dicho, tiene sólo un sentido estético y utilitarista de San Antonio y lo concibe como un poder taumatúrgico y una virtud que se derrama en obras de gracia y beneficencia, la lectura de unas palabras de la Crónica de los XXIV Generales, me dio más intuición y más alto significado que ningún otro relato.

Ahí se percibe de verdad lo que es San Antonio y lo que significa en principio aquella virtud y ser taumatúrgico; pues dice la Crónica de esta manera con profunda comprensión: Dotado el espíritu de Antonio y encendido como por una llamita pura de amor, con deseo vehemente y mirada arrobadora, se levantó a la Mística Teología, alcanzando de ella copiosos raudales; de suerte que puede afirmarse del Santo lo que se escribe de San Juan Bautista: era una lumbre que calentaba y lucía; pues como ardiese interiormente por su amor brillaba asimismo por de fuera en su pensamiento, en su palabra y en su obrar.

El ser místico que tenía rebosaba y se vertía por sus potencias hacendosas. De ahí la faz histórica del Santo y también de ahí su forma estética; pues nada como el sublime ser místico de las almas, que es el espíritu más depurado, se lanza y proyecta tan. vigorosamente en las creaciones bellas n¡corre con tanta abundancia por las manos obradoras. Bien puso en labios de San Antonio su poeta estas palabras que le dice a Jesús:

Niño que me has robado
todos mis bienes,
s¡ya no tengo nada.
¿para qué vienes?

M¡corazón de fuego
¿no lo tomaste
y en el tuyo de amores
te lo encerraste?

Dame, dame que viva
siempre contigo,
y que tú siempre seas
m¡único amigo.

Y luego contarnos la hermosura del Santo, que es tanta que

—Siempre a mí me ha parecido
que sus labios son dos rosas.
—Y a mí dos lindos claveles
más rubios que la amapola.

Pero sépase bien, y todos pongan la mente en ello, que s¡Antonio se muestra así en la historia y en el arte la causa primera y principal está en el ser alto, recóndito y místico que le constituye y lleva metido en su esencia.

Causa extrañeza el notar cómo los historiadores han pasado tan por encima y sin tocar esto, que es lo más importante en la vida de San Antonio. Porque no se trata de una cuestión fútil y secundaria n¡de un hecho casual, sino de algo sustantivo que se adentra en lo más profundo del sujeto historiado. Los datos que apuntamos son luminosos y de suma trascendencia.

San Antonio, ya bien impuesto en la Teología Dogmática y tan capaz en ella que la podía enseñar a otros varones doctísimos de su tiempo, fue designado por el mismo Seráfico Patriarca y por su Capítulo General para aplicarse al estudio de la Teología Mística, ocupando luego en ello nada menos que cinco años con el mejor maestro que entonces se conocía, Tomás Gallo, Abad de Verceil, el cual, después de la muerte de su discípulo, dando testimonio de lo que aprovechó en su clase, decía que vino a ser Antonio el más erudito y el más inteligente de su tiempo en la ciencia mística, a la que llegó no sólo por su aguda inteligencia y capacidad, sino también porque mística por naturaleza y por gracia era su alma.

San Antonio representa, pues, y significa en el mundo un amor sabio, joven y creador que labra el primero en la Orden Franciscana el pensamiento místico que la distingue, siendo por lo mismo de hecho y derecho el primer maestro de nuestra escuela y de la filosofía que sustenta. Lo noté así, como he dicho, en mis estudios sobre los Místicos Españoles; trasladé este pensamiento a la semblanza del Santo que escribí en la obra ilustrada de N. P. San Francisco, y ahora veo con gozo que esta idea ha prendido en las almas investigadoras y ya salen a luz estudios sobre la mística del primer doctor de nuestra escuela franciscana (2).

Por eso cuando miro las actitudes contingentes y los modos con que los historiadores y los artistas nos representan a San Antonio, veo que tienen mucho de verdad los que le definen como Taumaturgo bienhechor, como Santo poderoso, que se derrama con gracia y reparte favores; pero entiendo acercarse más a la verdad y subir más en el pensamiento Esteban Murillo, que le pinta en éxtasis maravilloso, elevándose con tal ímpetu de amor que hasta su cuerpo parece seguirle; mientras por lo alto aparece Jesús en forma de niño, descendiendo a los brazos de Antonio, como atraído por la fuerza y por la gracia arrobadora del amor que exhala el pecho del Santo. Se intuye mejor en este cuadro famoso la idea que propugnamos.

Fr. Antonio Torró, ofm

(1) P. Juan Bautista Gomis. Florecillas de San Antonio.

(2) Véanse los últimos números del Antonianum.

El lirio de San Antonio

aA medio kilómetro de Quelio Teatino, en la iglesia de Santa María de la Asunción, hay una estatua de San Antonio de Padua. Un grupo de devotos trae cada año, el 13 de Junio, un lirio con un largo tallo y lo pone en la mano izquierda de la estatua. El lirio se seca poco a poco; pero unos quince días antes de la fiesta, que allí se celebra el 19 de Agosto, toma nueva vida, florece de nuevo, y a través del tallo una nueva savia llega hasta la flor, reavivándola.

El fenómeno se repite desde 1892 y ninguna explicación ha sido posible dar al maravilloso caso.

Este año la autoridad civil, de acuerdo con el Párroco-arcipreste, ha querido hacer un experimento público y solemne para comprobar el fenómeno. Se tomaron tres lirios que fueron puestos en las manos de las estatuas de San Antonio, de San Roque y de San Gabriel de la Dolorosa, situadas en tres hornacinas diferentes, que fueron después convenientemente selladas. Pues bien; sólo el lirio de San Antonio está aun fresco y con botones en el tallo, mientras los dos restantes están secos.

El Pan de san Antonio

¿Quién no conoce esta benéfica institución popular, extendida hoy por todo el mundo? ¿Y quién sería capaz de contar los millones de panes repartidos entre los pobres por las manos de San Antonio?

Millones, sí, porque son innumerables los centros de esta institución establecidos en todos los pueblos desde muchísimos años y aun siglos, siendo imposible calcular los panes y limosnas que con sus milagros ha recogido San Antonio de Padua para sus amados los pobres.

Pan de san Antonio

Y ved ahí un hecho singular, admirable, maravilloso, y no uno de esos hechos que han pasado ya a la historia, sino actual, de nuestros tiempos, evidente, que nadie puede negar y que todo el mundo ve con sólo abrir los ojos, pues se repite en nuestra presencia todos los días.

Y un hecho de trascendencia tal bien vale la pena que reflexionemos sobre él un poco y estudiemos ligeramente su origen, su desarrollo, su naturaleza, sus efectos, deduciendo algunas consecuencias práctica, instructivas para todos.

El origen de esta benéfica institución se remonta hasta el mismo siglo XIII y a la época en que vivió San Antonio.

En Padua se le cayó a una madre un hijo a un pozo, y cuando se apresuró a extraerlo era ya cadáver. Presa del más vivo dolor acudió aquella madre desolada a San Antonio, suplicándole con toda su alma que le resucitase a su hijo y prometiéndole dar a los pobres tanto peso de pan cuanto pesase su hijo difunto. Agradó al santo la oferta, y cuando más desconsolada se hallaba la madre junto al cadáver de su hijo vio que éste resucitaba, cual s¡despertara de un sueño, echándose en sus brazos y cubriéndola de besos.

Aquella piadosa mujer cumplió inmediatamente la promesa hecha a San Antonio, y repartió a los pobres tanto pan cuanto era el peso de su hijo; y desde entonces empezó a divulgarse el milagro por toda Italia con el nombre de El peso del niño, repitiéndose millares de veces la misma promesa del pan y acompañándola San Antonio con hechos milagrosos.

Transcurrieron así algunos siglos, hasta que a fines del pasado, en el año 1890, multiplicadas en todo el mundo las necesidades de los pobres, quiso Dios dar una nueva forma a tan benéfica institución, valiéndose para ello de un milagro realizado por San Antonio en favor de una fervorosa devota suya.
Vivía en Toulon (Francia), en una pequeña tienda, la señora Luisa Bouffier, muy devota de San Antonio.

Un día no pudo abrir la puerta de su casa por habérsele perdido la llave. Llamó al cerrajero, y por muchos esfuerzos que hizo no pudo conseguir lo que pretendía. Entonces la buena señora acudió a San Antonio, como abogado de las cosas perdidas, ofreciéndole cierta cantidad de pan s¡aparecía la llave o lograba que se abriese la puerta; y apenas hubo acabado de hacer tal promesa se abrió la puerta sin esfuerzo alguno, con grande admiración y pasmo de cuantos estaban presentes.

Cumplió gozosa su promesa la señora Bouffier, publicó agradecida tan singular prodigio, colocó la imagen de San Antonio en su tienda y desde entonces fue invocado nuestro santo en todas partes como abogado de cosas perdidas, ofreciéndole grandes cantidades de pan para los pobres cuantas personas alcanzaban las gracias solicitadas; y hoy se halla tan extendida esta devoción que han tenido que instalarse en todas las iglesias y capillas católicas de todo el mundo dos cepillos o cajitas: una para colocar las peticiones que se hacen al santo y otra para recoger las limosnas, que se invierten siempre en pan para los pobres.

Y solamente en nuestra España, según las últimas estadísticas de esta institución, se alimentan diariamente más de cien mil pobres con el milagroso pan de San Antonio.

Este es el prodigio, este es el hecho singular, este es el milagro diario que hace San Antonio de Padua en todo el mundo. Y al contemplarlo no podemos menos de exclamar, como siempre que presenciamos un hecho del orden sobrenatural: Digitus De¡est hic. (El dedo de Dios se ve aquí.)

Este es el prodigio, este es el milagro, repetimos; mas con ser esto en sí tan portentoso todavía hay algo más misterioso y oculto en el hecho que estamos estudiando, y es que el Pan de San Antonio no sólo es alimento para el cuerpo sino que es, además, alimento para el alma; no solamente es alimento material sino también alimento espiritual. Y así vemos que son innumerables los pobres y los obreros que juntamente con el Pan de San Antonio han recibido y reciben diariamente la paz y la tranquilidad en sus familias, la gracia de la conversión y el recobro de la fe los que la habían perdido, y la gracia especial de morir en el seno de la Iglesia Católica los que vivían fuera de ella. Prodigios de esta naturaleza se registran todos los días, y este es el fenómeno verdaderamente sobrenatural que realiza San Antonio, con su pan de los pobres, y que es mucho más asombroso y singular que la propagación y multiplicación de dichos panes.

Y este doble alimento, el sobrenatural y el natural, que proporciona San Antonio a los pobres es el alimento que repara y nutre a todo el hombre, es el alimento completo que el hombre necesita. Porque no de solo pan vive el hombre, dijo Nuestro Señor Jesucristo. El hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y no basta, no, que se alimente el cuerpo; es necesario, ante todo, que se alimente el alma, pues de lo contrario, en la lucha que siempre existe del espíritu contra la materia y de la materia contra el espíritu, s¡el alma no está debidamente nutrida con el alimento que necesita, según su naturaleza, triunfa la materia, el vicio, la corrupción, la bestia humana, y el alma pierde la fe, las creencias religiosas, la vida sobrenatural de la gracia, sobreviniendo de aquí todos los males y calamidades que aquejan hoy a toda la Humanidad.

Por lo tanto, s¡en esta lucha formidable se quiere que cada día sea menor el número de los vencidos, hay que proporcionar a todo el hombre medios eficaces para vencer. Y uno de estos medios es, sin duda alguna, la institución del Pan de San Antonio de Padua.

P Juan Botet
P. Juan Bta Botet
Licenciado en Filosofía y Letras

Porque en esta gran lucha, llamada por otro nombre cuestión o problema social, no se ha de obtener la victoria por la ciencia política n¡sociológica, n¡por la fuerza o por las armas, sino que se ha de alcanzar por la Religión del Crucificado y por la práctica de las virtudes cristianas, especialmente por la caridad y desprendimiento de los ricos y por la conformidad y paciencia de los pobres. Y no basta una sola de estas virtudes aislada y separada de la otra, sino que es necesario el concurso y unión de las dos, pues sin la caridad y desprendimiento de los ricos y patronos, los pobres y obreros no podrían trabajar n¡comer, y sin la resignación y paciencia de éstos, los ricos y patronos no podrían dirigir, mandar n¡gobernar.

Y esto es precisamente lo que hace prácticamente la institución del Pan de San Antonio: fomenta la caridad y limosnas de los ricos, por medio de sus portentosos milagros, y reparte pan a los pobres, pan bendito y espiritualizado por el Santo, juntamente con el cual les da paz y tranquilidad en sus almas, paciencia y conformidad en sus trabajos y concordia y armonía con los ricos y los patronos.

Así y solamente así es como se ha de resolver este pavoroso problema mundial.

Y así lo acaba de expresar paternalmente el actual Pontífice Pío XI en su última Encíclica, aconsejando a los cristianos de todo el mundo el desprendimiento y la limosna, el sufrimiento y el sacrificio, acompañados de la oración y la plegaria, como remedios necesarios para conjurar los males, físicos y morales, que aquejan a toda la Humanidad.

Ricos y patronos, pobres y obreros católicos, sigamos la voz del Sumo Pontífice, que es nuestro Padre común, y fomentemos y propaguemos todos la benéfica institución del Pan de San Antonio en todos los pueblos, y con ello contribuiremos eficazmente a la pronta solución del gran problema, cuyas funestas consecuencias a todos nos alcanzan. Y el glorioso Taumaturgo Paduano, cuyo doble centenario de su muerte y canonización celebra en este año toda la Cristiandad, nos alcanzará del cielo nuevos auxilios y alientos para continuar trabajando hasta conseguir la victoria.

Fr. Juan Bta. Botet, ofm