Índice del número 142
Noviembre de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- Todos Santos y Día de Difuntos. Fr. Manuel Balaguer, ofm
De almas... Casos y cosas. Juan M. Borrás Jarque
Fe, esperanza y caridad. Fr. Juan Bta Botet, ofm
Juan Duns Escoto. El héroe de la Inmaculada. Noel
A todos los Santos. Plegaria. Gustavo Adolfo Béquer - San Diego y los pobres. Fr. Juan de Dios Sala, ofm
El ángel del cementerio. Fr. Manuel Balaguer, ofm
El Amor Misericordioso (3). C. y C.
Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China). Fr. Fabián Castellá, ofm - Episodios del negrito Marabá (VIII). Fr. Manuel Balaguer, ofm
Crónicas.
Matices evangélicos.
Todos Santos y Día de Difuntos
No registra la Liturgia sagrada otro día más grandioso, conmovedor y sublime, para hacer ostentación de la Comunión de los Santos, que éste, en que la Iglesia nuestra Madre junta con solicitud y ternura inefable, como en un ágape, gigantesco, a las tres ingentes milicias de la fe: los Santos del cielo, las almas del Purgatorio y los fieles de la tierra.
Entre todas las magnificencias de la liturgia, al ritmo de los más triunfadores acentos del órgano, que parece haber robado sus ondas sonoras a las más altas y etéreas regiones de la inmortalidad, entre el suave aleteo de las plegarias, que tan bien conocidos tienen los caminos y el rumbo de lo infinito, entre nubes de incienso y el centelleo de ardientes cirios, con ropaje de gloria que centellea al ser herido por los llameantes e irisados resplandores del sol, la Iglesia contempla las puertas de la Jerusalén paradisíaca, y penetra en espíritu en la gloria de Aquel que todo lo mueve, la celeste gloria morada de los hijos de Dios, mansión de los Santos que, siguiendo el camino de Cristo, alcanzaron la corona feliz de la inmortalidad; y contempla en éxtasis divino las inefables delicias y grandezas de la morada de Dios, de la que tan grandes cosas se han dicho de ella, que n¡ojo vio, n¡oído oyó, n¡pudo comprender el entendimiento humano.

Que cuanto se proclame de ella es corto y es nada, respecto de lo que ella es... y la verdad de lo que es excede a todo lo que se puede imaginar; la patria de las almas que, como dice el padre Nierenberg, supera soberanamente a toda belleza y a toda bondad; en la que los bienaventurados encontrarán siempre nuevo gozo, sin poder agotarlo jamás, porque lo limitado no podrá agotar nunca lo que no tiene límites. Y en esas mansiones de luz infinita, de belleza incomprensible, de gozos inenarrables, quiere reconocer y se esfuerza en enumerar la Santa Iglesia Católica a todos los hijos de Dios, a los escogidos, a los Santos que sellaron su frente con el signo de la cruz; y después de contar los ciento cuarenta y cuatro mil que proclama el Apocalipsis de los señalados de Dios, duodecim millia signati, doce mil de cada una de las tribus de Israel, ve una grande muchedumbre, que nadie puede contar, de todas las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas, que estaban ante el trono, y delante del Cordero, revestidos de un ropaje blanco, con palmas en las manos...
Y escucha la voz del anciano que dice: "Estos que están cubiertos de vestiduras blancas, ¿quiénes son? ¿Y de dónde vinieron?" Y contesta la misma voz y dice: "Estos son los que vinieron de grande tribulación, y lavaron sus ropas, y las emblanquecieron en la sangre del Cordero; por esto están ante el trono de Dios y le sirven día y noche." Así lo canta el sub diácono en la Misa solemne de Todos Santos; y el regocijo inenarrable que experimenta la Iglesia ante esa grandiosidad de sus hijos en la gloria, parece que la hace volver en sí, para mirar benignamente a los fieles de la tierra, aquellos que gimiendo y llorando por este valle de lágrimas siguen el camino marcado con la cruz, y hace cantar al Diácono, para alentarles con la esperanza del reino de los cielos, el sublime Sermón de la montaña, predicado un día en la remota tierra del Oriente, en el idioma más ignorado entonces de los hombres, y cuya savia, fecunda, generosa, había de trastocar, de todo en todo, el sentido ético de la Humanidad.
Cuando a presencia de la muchedumbre que le seguía, silenciosa y atenta, comenzó a decir el Divino Maestro: "Bienaventurados los pobres de espíritu..., y los mansos, y los humildes, y los que lloran, y los que han hambre y sed de justicia, y los que padecen persecución por ella..., y los misericordiosos, y los limpios de corazón, y los pacíficos, que su recompensa es el reino de los cielos; y bienaventurado aquel a quien los hombres maldijesen y persiguiesen por m¡causa, y dijeron con mentira toda suerte de mal contra él... que se alegre y regocije, porque es muy grande la recompensa que le aguarda en los cielos." Fecunda semilla que ha llenado el cielo de Santos.
Pero entre el cielo y la tierra media un lugar de tormentos, son también los que hay allí los hijos de la Iglesia. Y he aquí que al llegar la tarde de Todos los Santos, a los himnos de triunfo que han henchido, como bandadas de inmortales esperanzas, los templos católicos, y a las aureolas cándidas y palmas inmarcesibles de rafagueante luz que parecían ver las almas, reemplazan en las vísperas de los Di/unios los más hondos y desgarradores acentos de dolor, la angustia llena de lágrimas, de abatimiento y de mortales congojas. Como rugido de león que hace estremecer el templo resuenan las lamentaciones del idumeo Job. ¡El libro de Job!
El monumento más sublime de todas las literaturas, el drama eterno que lo resume y compendia todo con sólo tres actores —¡qué actores!— Dios, el hombre y el destino, es la voz de la Iglesia para conmemorar lo efímero de la vida, los lamentos de las almas en pena, los rigores de la justicia de Dios y la resurrección a la vida eterna. ¡El libro de Job!, en el que el dolor clama, el orgullo murmura, la desesperación duda y desafía, la impiedad arguye, el delirio blasfema, la amistad falsa e impotente razona orgullosa y el hombre impío condena y niega a Dios; y el Dios negado, pero indestructible e inconmovible, se yergue a toda inconmensurable altura, y habla a la conciencia por su propia, terrible y omnipotente voz, y la omnipotencia visible atestigua y confirma la justicia invisible.
La Iglesia, pues, clama como Job en esa tarde de Todos los Santos, en que una extraña neblina invade el espíritu, y una voz muy íntima y querida está hablando dentro de nosotros, y se ve venir
por todas partes, espectralmente, la sombra de la muerte: "Cesad ya de apenarme, Señor, porque nada son los días de m¡vida —así clama la Iglesia como Job—. Mirad que ya voy a dormir en el polvo del sepulcro, y cuando mañana me busquéis ya no existiré... Tedio me da el vivir... Hacéis alarde de vuestro poderío contra una hoja que el viento se lleva, y perseguís a una paja seca... He de quedar reducido a pobre y a ser como una ropa roída por la polilla..
El hombre
nacido de mujer vive corto tiempo, y está atestado de miseria Brota como una flor, y muy pronto es cortado y se marchita; es como sombra que huye y se disipa, y nunca permanece en el mismo estado. ¿Por qué me sacasteis del seno de m¡madre? ¡Ojalá que yo hubiera perecido antes que ojo mortal me viera!... Dejadme, pues, lamentarme por un momento de m¡dolor, antes que me vaya allá de donde nunca volveré, a aquella tierra tenebrosa y cubierta de las negras sombras de la muerte; región de miseria y de tinieblas... donde todo está sin orden, y en horror sempiterno..."
Estos espantables alaridos de amarguras sin nombre, estos terrores y desoladas inquietudes acompañados del doliente tañido recio y acompasado de las campanas, tocando a muerto sobre los hogares y sobre las tumbas, tienen sumida a la inmensa multitud de los fieles en el triste recuerdo de los que fueron, de aquellos que tanto amaron, y ya no son, porque la muerte los ha borrado de la tierra. Mas he aquí que el mismo Job, iluminado en su desolación por un rayo del cielo, aviva su esperanza con este nuevo canto que le suministra la fe, y nos lo brinda en ese día para consolar nuestra amargura y avivar nuestra esperanza. "¡Oh! ¿Quién me diera — dice Job — que las palabras que voy a proferir se conservasen escritas? ¿Quién me diera el que se escribieran en libro, con punzón de hierro, o que se esculpiesen en planchas de plomo, o que con cincel se grabasen en el pedernal?... Porque yo sé que m¡Redentor vive, y que yo he de resucitar del polvo de la tierra en el último día, y que de nuevo he de ser revestido de esta piel mía. y en esta m¡carne veré a m¡Dios, a quien he de ver yo mismo en persona, y no por medio de otro, y a quien contemplarán los mismos ojos míos. Esta es la esperanza, que en m¡pecho tengo encerrada..."
"Qué inefable consuelo! Volveremos a vernos, volveremos a encontrarnos con aquellos que partieron de este mundo antes que nosotros —dice Van-Trich— y a quienes amaremos ya sin temores n¡zozobras, y en eterna paz; porque allí, en aquella región deleitosa y clara donde mora Dios y sus Santos, ya no hay n¡puede haber olvidos, n¡abandonos, n¡separaciones, n¡muerte..."
Volveremos a vernos, volveremos a encontrarnos, no en los hogares de la tierra, sino en aquel hogar paradisíaco donde todo es luz eterna, vida y amor.
Casos y cosa
De almas...
Lo que ahora voy a referir es terrible.
S¡algún lector es demasiado impresionable, s¡sus nervios padecen de irritabilidad excesiva, no pase adelante en la lectura de estos casos y de estas cosas que hoy van a saltar por los gavilanes de m¡pluma.
Ya se me figura que la advertencia no ha de ser atendida; y aun sospecho que servirá de acicate para la curiosidad. Menos mal que aquí no se podrá tachar esa curiosidad de malsana. Y miel sobre hojuelas s¡ello ha de llevar algún provecho... a alguno de esos espíritus curiosones que se sonríen de todo como s¡su sonrisa fuera capaz de volatilizar toda preocupación del "más allá"...
En fin; yo eché ya por delante m¡advertencia y nadie me venga con dimes y diretes. Que s¡esta introducción poco terrible parece, lo que sigue de veras lo es.
Y pues todos mis lectores están ya en vilo, allá voy a contar con suma brevedad —para evitar mayores estragos a los nerviosos...— tres casos verdaderamente horripilantes, cuyo recuerdo a mí, más de una vez, me ha dado calofríos.
* * *
El primero se lo oí contar al cura párroco de un pueblecito no muy apartado de la desembocadura del Ebro.
Le fueron a llamar unas vecinas para que viera s¡podía hacer "algo de su ministerio" con una pécora de mala vida que se acaba de morir...
—¡Bien!, cuando ya se ha muerto...— contestó el cura, contristado—. Remordimiento habrían de sentir ustedes avisando cuando no hay remedio.
—¡Verá usted, señor cura.. Ya se lo dijimos a ella; pero ella —¡ya sabe usted qué puntos calzaba la infeliz!— no quería o ir hablar de confesión. Y así se ha muerto.
—Pues, que la entierren...
—¡Claro!... Pero, es el caso... que estamos horrorizadas. Verá usted. Ella está muerta como una perra y por encima de la cama se pasean unos gatos enormes... No, señor; no. No ponga usted esta cara... No le engañamos. Véngase usted y lo verá...
Y cogió el manteo y allá fue.
—Y v¡los gatos...—nos contaba algunos años después—. No maullaban; se paseaban como rabiosos por encima de la cama donde yacía aquella desventurada. Las mujeres les hacían zape desde lejos con ademanes temerosos. Los gatos, como sino, continuaban su escalofriante paseo por encima de la muerta... Yo eché unas bendiciones y exorcismos sin éxito alguno...
—¿Serían diablos?—interrogó uno de la reunión con espantados ojos.
—Yo no sé lo que serían... Yo digo que v¡eso y que la muerta era una impenitente—contestó el cura.
Todavía me parece verlo —¡Dios lo tenga en la gloria!—con su expresión de sinceridad y verdad absoluta.
* * *
Y vamos con el segundo caso.
Este se lo he oído contar al propio hermano—que todavía vive y sea por muchos años—del protagonista. El cual era un masón de tomo y lomo, y por ello muy significado en su pueblo natal—una bonita ciudad levantina—en aquellos tiempos todavía demasiado cercanos en que esas odiosas sandeces vestían.
Cuando le llegó la hora de la verdad con harta pena de que no le librara de ella n¡el mandil, n¡la consabida h con sus tres flamantes puntos—, se halló con que tampoco le era dado conquistar su libertad—aherrojada entre las tres puntas de la fatídica estrella—, para hacer de su capa un sayo y ponerse bien con
quien de allí a poco le había de juzgar con estricta e irremisible justicia.
Y murió... impenitente.
Mientras velaban su cadáver, comenzó a esparcirse por la estancia un pestilente hedor a azufre que obligó a que todos de allí se salieran. Y luego se oyó dentro un horrísono ruido de hierros y golpetazos a los valientes correligionarios en fuga, llevados en alas del más inaudito pavor. Desde la calle se oía claramente el ruido tremebundo, comunicándose al vecindario el espanto del extraño suceso.
Con lo que los testigos no fueron pocos.
Algunos viven todavía.
* * *
El tercer caso... ¡Oh!, este caso tercero...
M¡alma se siente estremecida al recordarlo, y aunque hace bastantes años lo oí contar al mismo hijo de la desgraciada, tengo vivas en m¡cerebro sus palabras como s¡me lo acabara de contar hace un momento.
—M¡madre—refería el citado mozo— trabajaba en una fábrica de Barcelona. Vivía despreocupada de las cosas de Dios.
Y como "talis ita finis ita" su vida acabó tal como había sido. En su agonía... ¡es horroroso!... las personas que la cuidaban vieron un asno corpulento que se paseaba junto al lecho, de la cabecera a los pies, de los pies a la cabecera... Llamaron asustadas a m¡padre. Acudió m¡padre, presto, y todavía vio al horrible animal. Nadie se movió; todos se sentían petrificados. Cuando desapareció el asno, se acercaron todos, ansiosos, para auxiliar a m¡madre. ¡Pero m¡madre acababa de fallecer!
¡Oh!, recuerdo bien su última frase, terrible como ninguna, cual s¡la tuviera esculpida al fuego en m¡memoria... Dijo: —¡Tengo por seguro que m¡madre está en el infierno!
¿Conoce alguien algo más desolador que esa lacerante frase de aquel triste hijo?
El cual ignoro s¡vive aun. S¡vive y sus ojos desorbitados pasan por esas torturantes líneas, que me perdone en gracia al bien que ellas puedan hacer...
Y tal confío que él hará, pues consagró a Dios su vida en una benemérita Congregación de religiosos dedicados a la enseñanza.
Ya sé, ya, que a algunos no se les caen de la boca ciertas palabrejas brujas, tales como histerismo... sugestión... autosugestión... cuentos tártaros... fantasías...
—¡Bah! Yo les aseguro a los tales que cuanto acabo de contar no me lo he inventado; que lo oí ciertamente a quienes he dicho y que éstos eran personas normales.
Añadan a esto, que son tres casos con múltiples testigos. Es fácil dudar de uno; ¡pero afirmar que todos los que presencian algo anormal están locos! ¿No será que no esté en sus cabales el que tal afirme? Porque es mucha presunción querer uno sentar plaza de más cuerdo que muchos cuerdos... Y es demasiado tonto negar quien no estuvo presente, que los presentes vieran lo que vieron. Aquí lo del redomado ladrón que en vista de los testigos que ante el tribunal deponían contra él, porque le habían visto hurtar, exclamó : "Señor juez: contra estos diez testigos que me vieron, yo le presentaré diez mil que no me vieron"...
Después de esto no me resta más que invitar a los de la sonrisita escéptica para que vuelvan a leer esos tres casos... Y seguramente en el repaso sentirán algo más hondo que la superficial sonrisa.
Ahora, que los que no lo sintieren... tanto peor para ellos. "¡Malum signum!"
Como que el Día de Almas, siendo para todos, no todos lo pueden saborear... Lo digo por aquellos que no sienten su propia alma... o quizás diríamos mejor que no la quieren sentir y aun hacen por ahogarla... ¡pobretes!
Juan M. Borrás Jarque
(De La Hormiga de Oro.)
Cultura religiosa
Fe, esperanza y caridad
Reanudemos ya nuestras charlas familiares sobre Cultura Religiosa, por unos meses interrumpidas, por causas muy ajenas a m¡voluntad.
Hemos estado incomunicados, durante el pasado verano, mas no del todo, porque os he tenido muy presentes, he permanecido unido en espíritu con vosotros, no he dejado de recordaros, especialmente en nuestros días, en que tan rodeados os halláis de fuertes enemigos, del alma y del cuerpo, interiores y exteriores, contrarios a la Religión y a la sociedad misma. Y en presencia del enemigo hay que luchar hasta vencerlo o hasta ganarlo, que es la mejor de las victorias.
Y dejémonos de más preámbulos: sirvan estas breves palabras como de introducción y como de unión y enlace entre las pasadas y las actuales conferencias. Y ¿cuál va a ser el asunto de estas nuevas conversaciones familiares? ¿Me parece muy oportuno, y hasta necesario, que hablemos de la fe, de su naturaleza, necesidad e importancia, de sus cualidades, enemigos y peligros, como también de los medios para conservarla y aun aumentarla.
Son todos estos temas, hoy más que nunca, de palpitante actualidad, pues tiene hoy la fe tantos y tan formidables enemigos, son tantos los peligros en que se hallan, especialmente los jóvenes, de perderla, que es muy necesario mantener claro su concepto en nuestras inteligencias y firme el propósito de conservarla en nuestros corazones.
Siempre, en verdad, ha tenido sus enemigos la fe católica y siempre han existido peligros de perderla; pero hoy parece que estos enemigos y peligros se multiplican, se agigantan y ensoberbecen, pretendiendo arrancar esta virtud de las inteligencias y corazones de los cristianos. Por esto hemos de vivir muy prevenidos, y apartarnos de los peligros, y evitar las ocasiones, y recogernos en nuestro interior, como se repliegan los asaltados en la ciudadela de su plaza, para mejor resistir y defenderse contra los enemigos. Y sobre todo, hemos de pedir a Dios incesantemente que no permita se nos arrebate el tesoro de la fe. Antes morir mil veces, porque sin la fe es imposible vivir vida cristiana, y la fe es indispensable para alcanzar la eterna bienaventuranza.
"La fe, según San Pablo, es el fundamento de las cosas que esperamos", y s¡desaparece este fundamento, se pierde la esperanza en la vida futura; y sin la esperanza de otra vida mejor, esta vida resultaría un tormento, una desesperación continua, y la mayor de las desgracias que se puede sufrir en este mundo.
Sin fe y sin esperanza tampoco puede existir la caridad, la verdadera caridad cristiana, el verdadero amor a Dios y al prójimo; y sin esta virtud teologal que es la vida y la esencia del Cristianismo, la Humanidad sería una manada de fieras que se devorarían unas a otras, con mayor ferocidad con que las fieras se destruyen a sí mismas.
Por esto la primera condición de la fe es que esté informada por la caridad, es decir, que se traduzca en obras, que sea viva, porque la fe sin la caridad estaría muerta, no sería verdadera fe. "La fe sin las obras, dice San Pablo, es una fe muerta".
Se refiere de un pobre anciano, que llegó a ser tan extrema su pobreza que fue. necesario recogerlo en un Asilo de Hermanitas de los pobres en Madrid; pero era tan rico en fe, que la manifestaba en sus palabras y en sus obras.
Se hallaba un día en compañía de
otros pobres tomando el sol, en lugar
muy concurrido de la capital de España;
los muchachos vendedores de diarios gritaban anunciando publicaciones inmorales e irreligiosas. Nuestro viejo llamó en voz alta a uno de ellos que pregonaba uno de esos papeles indecentes y pornográficos que atacan a la vez a la Moral, a la Religión y al patriotismo. El muchacho llamado acudió presuroso y dio al anciano el periódico pedido, recibiendo su precio.
Muchos curiosos, que por allí abundaban, rodearon al viejo, quien no tenía trazas de periodista n¡aun de asiduo lector de diarios. Entonces el anciano, observando con gozo que era mirado por muchos, se sonrió, encendió con calma una cerilla y la aplicó al papelucho, que en un momento quedó reducido a pavesas, y exclamó en voz fuerte: ¡Así deben leerse estas infamias!
Y aquel acto de fe pública, practicado en un lugar tan concurrido, mereció los aplausos de muchos de los espectadores que admiraron la indignación cristiana de aquel anciano, tan pobremente vestido.
Ved ahí, mis queridos antonianos y jóvenes católicos, un acto público de fe viva, de fe informada por la caridad, por el celo de la gloria de Dios y del bien de las almas, como debe ser la fe de todo buen cristiano y católico práctico.
Y s¡queremos portarnos públicamente como verdaderos católicos, hemos de imitar el ejemplo del pobre anciano, hoy que tantos papeluchos indecentes se pregonan en calles y plazas, y en nuestra misma presencia, contra la Religión, contra la moralidad y contra la Patria.

El héroe de la Inmaculada
Juan Duns Escoto
La Orden Franciscana entre las grandes obras que la enaltecen y entre las gloriosas gestas que ha escrito con su vida de piedad y de amor en la historia de la Iglesia, cuenta la grandiosa epopeya de sus luchas y defensa de la Concepción Inmaculada de María. El amor a la Inmaculada nació en la misma cuna de la Orden. Francisco avivó ese amor y lo prendió en el corazón de sus hijos, y la Divina Providencia suscitó al héroe entre los humildes pastorcillos de las montañas de Duno en Escocia, como suscitó para rey de Israel a David en los campos de la tierra belemítica, cuando apacentaba los ganados de su padre. Ese héroe fue. Juan Duns Escoto.
Niño prodigioso de talento singular fue. llevado a la Orden Franciscana y Cuando comenzó a iniciarse en los abismos insondables del estudio, la inmensa luz que irradiaba su espíritu llegó a cegarle a sí mismo, cuando pretendió su inteligencia abarcar de una mirada los senos esplendorosos de las ciencias. Tanta luz le deslumbró, como se deslumbran dos grandes focos puestos frente el uno del otro. El resultado fue. abismarse en el desaliento y fue. necesaria otra grandiosa, pero suave luz, para guiarle por el camino del saber. Esa luz fue. la Virgen Inmaculada.
Escoto se rindió a los pies de la Señora, un campo de lirios le cercaba, que crecían en el huerto, como emblema del amor franciscano a la pureza de María, y entre lirios y rosas, cuando clamaba Escoto con el Dignare me laudare te Virgo sacrata, se le aparece la Inmaculada para confiarle la defensa de su sagrado misterio.
El héroe estaba ya consagrado por el destino del cielo, y sus gestas, desde entonces, fueron sorprendentes e inenarrables por todas las más famosas Universidades.
La Sorbona de Paris proclama su triunfo después de la más ruidosa lucha; y la carroza de la Inmaculada Virgen recorre triunfalmente por todos los centros del saber humano, aplastando a sus enemigos con el ruedo potente del Potuit, Decuit, ergo Fecit que lleva Escoto enarbolado en el banderín de su victoria.
¡Gloria al héroe de la Inmaculada cuya muerte gloriosa se recuerda en estos días, y quiera Dios que pronto lo veamos enaltecido con los brillos de su santidad!
Noel

A Todos los Santos (Plegaria)
Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.
Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.
Almas cándidas, Santos Inocentes
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó los niños a su lado
rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates
rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas,
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es raudal de ciencia inextinguible
rogadle por nosotros.
Soldados del ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquél que vive y reina entre vosotros.
Gustavo A. Béquer
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