La Acción Antoniana
El Santo de mi devoción
En una de aquellas noches de Junio, guardadoras de mil besos, que brillan en los inmensos y azulados cielos, vi pasar a dos ángeles habladores de cosas, que mucho llamaron mi curiosidad. Su conversación era muy animada, de asuntos importantes, en tanto que apenas se daban tiempo el uno al otro para expresar lo que sentía su corazón.
—Dirás tú lo que mejor te plazca —interrumpió el ángel más pequeño al mayo—, pero ten por cierto que desde que yo a él invoco me siento con ánimo y fuerzas para todo. Sí; él es el Santo de mi devoción. El es mi guía, mi guarda, mi protección; encomendándome a él todo me sale como deseo. Cuando estoy triste, a él acudo; en mis dudas y en todos mis apuros, a él invoco y a él voy, y, créeme, tengo de tal manera puesta en él toda mi confianza de que siempre está pronto para socorrerme que no puedo ni sé hacer cosa alguna sin que implore su auxilio.
—No seas tan niña —le contestó el ángel mayor—, no seas tan niña, siempre eres muy exagerada en sus cosas.
—Lo sea o no lo sea, yo te he de ser franca. Mira: tú bien sabes quién era aquel enfermo a quien me mandó la obediencia fuera a cuidar de noche ¡Pobrecillo! ¡Qué mal estaba! Sin esperanza de vida, desahuciado de los médicos, por momentos se moría. Era tísico y... sí, ¡aun más tísica su pobre alma! Los desatinos de su mocedad, lo malo de sus compañías y, lo peor, su indiferencia en materia de religión, había hecho de él una víctima del vicio, que se moría sin
consuelo, sin esperanza, sin Sacramentos. Nadie podía hablarle de religión, ni siquiera recordar; todo lo rechazaba; era ya insensible. ¡Pobre!
Pero verás: yo un día (fue el último de su vida), dejé caer adrede una estampita de San Antonio sobre las sábanas que le cubrían hasta el pecho, la tomé, la besé y dije con voz alta, para que él lo oyera: "¡Ay, Santo mío!" Entonces me miró y, con voz apagada, me dijo: "¡Qué buena es usted, Hermana!" Buena debiera y quiero ser; pero se me cayó el Santo de mi devoción y ¿qué cosa más natural si le di un beso?
—A ver, Hermana, a ver su Santo. Se lo entrego al instante..., lo mira, y... también le imprimió un beso. ¡Qué poderosos son los besos de los que se mueren!
Por la tarde, mi amado enfermo se moría, después de confesado y arrepentido de sus pecados...
¡Glorioso San Antonio, que a los tísicos que te besan te los llevas al cielo cuando se mueren, tú eres y serás siempre el Santo de mi devoción!
J.
La paganita y San Antonio
Amaya, jovencita pagana de Ceilán, era una de las recién llegadas a la Misión de las Hermanas Blancas. Una mañana, apenas había entrado en el taller, preparó el hilo, las agujas, los alfileres, dispuesta a comenzar inmediatamente su trabajo.
—¿Y mis tijeras?—exclamó de pronto.
Vedla buscarlas por el suelo, sobre el bastidor, en su delantal..., interroga a
sus compañeras... ¡Todo en vano!... Y... ¡unas tijeras es toda una fortuna para una pobrecilla como ella!
¿Qué hacer?
Aunque pagana, durante las fiestas de San Antonio, Amaya entró en la iglesia, vio la estatua de San Antonio rodeada de flores y luces, y oyó al predicador hablar de objetos perdidos..., del pan que promete..., del poder del Santo.
Unía inspiración le vino, y, momentos después, la obrerita estaba a los pies del gran Taumaturgo. ¡Momento de perplejidad!
—¿Cómo rezan los cristianos? ¡No tengo ni idea!
Amaya, no encontrando nada apropiado en sus fórmulas paganas, dijo sencillamente:
—San Antonio, tengo diez céntimos, es toda mi comida. Escucha, te los doy para tus panes; tú dame las tijeras.
¡Cándida fórmula, fe absoluta!
Cuando la obrerita volvió al taller, sus tijeras estaban allá, sobre el bastidor...
¿Quién las había puesto?
Sólo San Antonio podría decirlo.
La «señá» Petra y San Antonio
—Tome usted asiento—le dijo el señor Cura para sacarla de su azoramiento—y expóngame en qué puedo servirla, a fin de hacerlo inmediatamente.
—Pues venía—respondió la señá Petra, serenándose y tomando una silla—a decirle a su mercé que mi hijo Antonio, que es más güeno que la tierra y más trabajaó que er primer mozo der pueblo, porque tiene unas manos que ni dorás pa too lo que coge, lo mismo la hazá que la joz que la mancera, quiere casarse con Carmen la der tío Curro el arbañí, que Dios haya recibido en su santa gloria. Se van a juntá una pareja que ni jecha de encargo porque ella es una santa, y con esto está dicho too. Dies años tenía el angelito cuando murió la madre, y ella se encargó de casa, como una mujé, sin que se echara a vé la farta e la madre, na más que pá nombrarla; y en dege que ocurrió la desgracia de su padre y su hermano que ya ha gecho un año, no ha salió el arma mía na más que a misa, y está la pobre mu sólita, sin amparo de nadie.
—¿De manera que es huérfana de padre y madre?
—Sí, señó.
—¿Y qué desgracia es esa de su padre y su hermano a qué se refería usted?
—Su mercé, como lleva poco tiempo en er pueblo, no se habrá enterado; pues verá usted; er padre era arbañí y le enseñó al hijo el oficio; pero estando trabajando en casa der boticario, por cierto que ya iban a empezá a techarla, se cayó el andamio y el hijo murió enseguiita que le armenistraron er santoleo, y el padre queó mu destrozao; yo no me acuerdo der güeso que se rompió, porque tenía un nombre mu enrrevesao; ello es argo así como de colurna... en fin, el que sostiene to el peso del cuerpo y lo jace estar derecho. Resurtao que a los cuatro días... a ver... sí, a los tres días y pico estiró la pata.
Gracia que pude jacé que se confesara, porque el pobre, según me enteré después, recibía toos los días unos papeles que calurniaban a la Religión, y jacia tiempo que no ajustaba sus cuentas con Dios; aunque pa decí verdá, no fui yo quien lo jizo confesá, sino San Antonio bendito, que es er Santo que tiene más podé con Dios en er cielo, y jace los milagros como... los muchachos las pelotillas, aunque en mala comparación. Porque verá su mercé: cuando entró mi Antonio en quintas no dejaba yo de rezale a San Antonio pa que le tocara güen número; le rezaba al acostarme, al levantarme, por la mañana, al mediodía, por la tarde, en fin yo no era una mugé, sino una máquina de coser rezando Padrenuestros, jasta que rae puse ronca. ¡Como que era mu regrande lo que iba a pasar en mi casa, si se llevaban a mi Antonio, porque a su padre, que estaba de guarda en la degesa condá, le daba por aquel entonces un doló mu fino en sarva sea la parte (señalaba a los riñones) que casi no podía andá, y si se llevaban a mi hijo, que era er que guardaba el monte, estaba viendo yo que echarían a mi marío de la guardería, y dígame su mercé a dónde iba yo con hombre inútil.
Er tío Curro, que vivía enfrente de mi casa, se reía de mis rezos a más no podé, jaciendo burla y diciéndome que por rezarle a San Antonio, que no era más que un cacho de madera, mi hijo iría a serví al rey y su hijo sardría libre.
Yo me ponía mu enfadá al oir aquellas blasfemias, le reñía y confiaba en San Antonio. Vino, por fin, er día der sorteo y mi Antonio salió sordao y su hijo libre. Lo que yo pasé en aquellos días no es pá dicho; gracias que me consolaba pensando en que quizás San Antonio consentiría aquello pa nuestro bien, y así ha sucedido; porque antes que se fuera mi hijo se puso er padre güeno y no ha güerto a sentí er doló. A los tres meses me decía mi Antonio en una carta que estaba... como era... una cosa así como de mozo de un señó de los que mandan en los sordaos, que se había puesto mu gordo y mu lustroso, y que salía de paseo con los niños de su amo; y quince o veinte días después, precisamente cuando yo estaba curando ar tío Curro de su caída, se me entra por las puertas mi Antonio. Me morí señó cura, me morí de alegría tan grande que me dió. Pa abreviá, nos contó mi hijo que, estando de paseo con la familia de su amo, se cayó en el río uno de sus hijos, y mi Antonio que naa como un corcho se zambuyó en pos de él
pa sacarlo, y ar minuto ya lo tenía fuera. Entonces lo abrazó su amo y le pidió al rey que lo dejaran vení pa siempre, y se
lo habían concedío.
Tan apenas como acabó mi hijo de contalo me lié yo con el tío Curro, refregándole estos milagros de San Antonio por la geta, diciéndole que refrersionara como mi marío se había puesto güeno y mi hijo venía sano y sarvo a mi casa a la naa de haberse ido, jaciandole ver que San Antonio lo consentía pa librarlo quizás de algún mal, o de la muerte como le sucedía a su hijo, logrando así que se confesara; por eso le decía a su mercé que San Antonio era er causante de que se confesara er tío Curro.
—Bueno, bueno—le dijo el señor Cura—; tenga usted siempre mucha confianza en San Antonio, que él le conseguirá de Dios cuanto le pida, si es para provecho de su alma.
—Con que, si usted no tiene que disponer, se tomarán los dichos a fines de semana, pa que la boa sea er día de San Antonio.
—Por mí no hay dificultad; que vengan un día de estos y los examinaré de doctrina cristiana.
—Bueno, descuide su mercé que no faltarán. Que la salú no canse, y hasta otro día, si Dios quiere.
—Vaya usted con Dios.
Tipos como el de la señá Petra, lector amigo, abundan todavía, y ojalá no faltaran nunca en mi pueblo natal. Por el mal hilvanado bosquejo que de él te ha presentado, sin duda algunas habrás columbrado a la mujer sencilla y laboriosa, cristiana sobre todo y chapada a la antigua, digna por todos conceptos de pisar la tierra de María Santísima.
Manuel Alejos Benavente
Episodios del negrito Marabá (16)
La recolección
El día había sido fatigoso para la familia de Güezo. Se acercaba la temporada de las grandes lluvias, y era preciso acabar con la recolección de los campos. Ya se tenía depositado el arroz en los graneros; pero faltaba recoger el maíz, el sorgo, la patata y las judías, de las que se cultivaban varias especies. Aunque el trabajo del campo y de la labranza corría de ordinario, a cargo de los hombres, en la recolección, y cuando había mucho trabajo, ayudaban también las mujeres, por ello esos días acudían al campo toda la familia de Güezo; Inés, Lucila, María, y también Djerua con Marabá, y todos los demás niños. Era el último día de la recolección, y había sido en extremo caluroso.
De la parte del poniente soplaba un viento cálido que les agobiaba, parecía haber pasado por torrentes de fuego, y algo extraño debía ocurrir en lontananza, por lo que los hombres estaban preocupados, mirando sin cesar a unas nubes rojizas que ocultaban la puesta del sol, y encendidas como un reflejo de llamas de fuego.
El incendio del bosque
Güezo opinaba que algún voraz incendio había prendido en los bosques lejanos, y a esa opinión asentían los demás, y lo comprobaban las ráfagas de aquel viento cálido.
Al anochecer se observaba en lo más lejano del horizonte un punto luminoso, como una aureola rojiza que se agrandaba por momentos, y alumbraba el espacio. Ya no cabía duda, era el incendio; pero estaba a tal distancia que podían muy bien pasar la noche tranquilos; sin embargo, por precaución, quedó uno de los trabajadores en vela, por lo que pudiera ocurrir.
El viento sopló con más intensidad toda la noche, y el vigilante comenzó a temer, porque el fuego había tenido una derivación hacia aquel poblado, y podía temerse que le alcanzaran sus voraces llamas. El estrépito del voraz incendio ya
se percibía distintamente, junto con el confuso rumor de los aullidos de las fieras. Pero cuando tembló de verdad el vigía fue al escuchar muy cercano el rugido del león.
Güezo, que también lo había oído, se levantó con presteza y despertó a los otros trabajadores. El peligro se veía a las puertas; memos mal que ya comenzaba a amanecer. El temor no era infundado; los heraldos del incendio estaban a la vista; era una multitud de bestias salvajes, que, despavoridas, corrían huyendo de la quema que les había sorprendido en sus madrigueras, y por delante de los campos de Güezo se vieron pasar, como espectros aterrados, tigres, panteras, leopardos, bueyes, antílopes, cabras, serpientes gigantescas, que con grandes corcovos avanzaban confundidas entre la multitud de fieras, un sinnúmero de todos los vivientes de la selva y con ellos el león, cuyos rugidos hacían más tétrico y espantoso aquel pavoroso cuadro.
En la casa de Inés todos habían abandonado el lecho, todos estaban a la vista ante aquel espectáculo, y se tomaban precauciones ante el peligro de la invasión de las fieras y ante la proximidad del incendio.
Estos incendios eran ordinariamente provocados por los mismos habitantes, cercanos al bosque.
Cuando llegaba la época de las grandes lluvias se quemaban las hierbas, para preparar la siembra, lo que era muy peligroso, pues el fuego, que nada lo detiene, solía ser impulsado por los vientos hacia los hermosos bosques, causando grandes estragos; mas esto era una necesidad, pues en países en que la vegetación es tan exuberante, pronto no se podría caminar por parte alguna, si el fuego no despejara el terreno.
Por lo demás, un incendio como aquel, es un espectáculo magnífico. El fuego se arrastra primero bajo las hierbas, pero en breve devora las cabezas, se adelanta,
se extiende, sube la llama lamiendo hasta la copa de los árboles, corre y vuela, salta sobre los torrentes, y todo lo invade. Y ya en el bosque, donde estallan los árboles con siniestro ruido, explotan las piñas y bayas secas de sus frutos lanzándose al espacio, como proyectiles del incendio que propagan el fuego, pues donde caen prende la llama, y aumenta su radio devorador, que va escalando la montaña; y el monte, con su penacho de luz, alumbra repentinamente hasta lo lejos, como una antorcha enorme que ardiera en las manos de un gigante. Al mismo tiempo, espesas nubes de humo se elevan, como enormes culebras, hacia el cielo, mientras huyen las bestias salvajes en varias direcciones, llenas de espanto para librarse de la llama invasora. Algunas veces hasta los pueblos se ven amenazados, pero por lo regular se tiene cuidado de preservarlos desbrozando a su alrededor buena faja de terreno, u ocultándolos en espesos matorrales, siempre verdes, y cuya vida tenaz triunfa del incendio.
Afortunadamente el fuego se detuvo ante los campos roturados del cultivo, y una lluvia muy oportuna a los pocos días acabó de sofocar el rescoldo, para dar lugar bien pronto a la crecida de las hierbas y al renuevo de los árboles, muchos de los cuales sólo habían sido chamuscados por la llama.
Juego de imitación en los niños
Los acontecimientos de los pueblos tienen la virtud de evocar en los niños el instinto de reproducirlos en sus juegos, dándoles vida y carácter y fuerza educativa, para ser ellos modelados según las características peculiares de cada país; los niños son hombres pequeños, y su vida y costumbres son la parodia de los hombres grandes; por eso todo acontecimiento llamativo lleva tras sí en los niños una época de imitación para sus juegos, que suele avezarlos para cuando sean mayores. Este es el motivo porque, después del espectáculo de aquel voraz incendio, vemos entretenido a Marabá con los otros niños de la familia reproduciendo pequeños incendios con todas las características del fuego del bosque.
Pero aquí ocurre el deseo de averiguar el modo de que se valían Marabá y sus amiguitos para producir el fuego, pues todos sabemos que los pueblos salvajes, y más en épocas anteriores a la nuestra, no tenían el uso de los fósforos, ni cosa parecida, para encender el fuego. Esto nos obliga a dar una ligera noticia de la
manera cómo los negros del África se valen para encender, y es precisamente el medio de que se valían Marabá y sus amiguitos.
Sistema que utilizan los negros para producir fuego
No era del todo desconocido por aquellos pueblos, limítrofes de las grandes ciudades marítimas, el empleo de las cerillas de azufre y aún del fósforo, que fue descubierto el 1669 por Brand, comerciante de Hamburgo; pero eso era cosa rarísima, y sólo empleada en las grandes factorías francesas e inglesas. Algo más frecuente era el uso del pedernal y de yescas muy inflamables; pero lo más frecuente, y lo que todo negro sabía, porque era de uso primitivo, fue el sistema del roce que tenía varias derivaciones; siendo las principales: por el surco, por taladramiento y por aserramiento.
El sistema que han empleado siempre, y aun hoy, los negros salvajes del África, es el fuego por taladramiento. Para obtenerlo se practica en un palo seco un pequeño hueco, el cual sirve de punto de rotación a la varilla perforadora, que, por regla general, es de madera más dura que la del palo hendido, aunque no importa el que sean ambas del mismo material.
Se hinca entonces la varilla verticalmente en el hueco, teniendo el tablero fijo por medio de la rodilla o del pie, y se da vueltas vertiginosamente a la varilla con las manos planas. El extremo inferior de la varilla encaja al cabo de poco en la hendidura, y comienza entonces a salir por los lados un polvo fino, caliente por efecto del roce, que al caer sobre la yesca, que se prepara junto al taladro, la inflama. Cuando se produce la primera chispa, se deja de rodar la varilla, y se sopla suave, pero seguidamente, en el montoncito de aserrín, el cual se inflama rápidamente comunicando la llama a la yesca.
Y ya se tiene el fuego encendido, que lo prenden a manojos de hierbas secas, que arden con facilidad, y lo pueden así mantener largo tiempo.
Este era, pues, aquellos días, el juego de Marabá y sus amigos. Levantaban un bosque es miniatura con sus árboles, matorrales y bestias, para lo que utilizaban hormigas y otros insectos; prendían fuego a la hierba, y ardía el bosque; y preservaban las cabañitas cercanas a la selva limpiando un espacio de hierba o juntando a ellas ramaje verde y mojado; y ellos se divertían.
(Continuará.)
Fr. Manuel Balaguer, ofm
La caída de una niña
Hay sucesos en la vida que no pueden explicarse sin la directa intervención de la Providencia de Dios y de sus Santos. En Valencia, el día 14 del pasado mes de Junio, ocurrió un accidente que lleva todas las características de urna protección providencial.
La niña de cuatro años Josefina Martí Pérez cayó desde un quinto piso al suelo sin producirse más lesión que una pequeña contusión en la frente.
Cayó del último rellano de la escalera, antes de entrar en el terrado, al subirse sobre una silla, para asomarse por la baranda de la escalera, entonces se le venció el cuerpo hacia el hueco de la misma escalera, viniendo a parar al patio donde está la portería y tropezando necesariamente con los hierros de la baranda en su vertiginoso paso por los diversos rellanos de los cinco pisos.
Cuando los vecinos y familiares, consternados, acudieron a recogerla, vieron estupefactos que la pequeña no había perdido el conocimiento, y al reconocerla, los médicos le apreciaron sólo una contusión leve. Cuatro días estuvo en el Hospital en observación y cura, saliendo de allí como si nada le hubiera ocurrido.
Sus padres, doña Consuelo Pérez y don Emilio Martí, no acaban de salir de su asombro por este hecho tan prodigioso, viendo en ello la especial protección que ha mostrado Dios sobre su casa, y como un premio de su devoción a San Antonio, cuya festividad se celebraba el día anterior, y cuando aun por toda Valencia repercutía el eco de las campanas, que, en casi todas las iglesias de la ciudad, voltearon de gozo, confirmando la ferviente devoción de los valencianos a San Antonio de Padua.
Sea esto como una muestra de gratitud a la Providencia de Dios.
La manzana
Sabido tiene todo el mundo que la fruta más higiénica y nutritiva que existe es la manzana.
Químicamente está compuesta de fibra vegetal, albúmina, goma clorofil, ácidos málico y gálico, calcio, agua y fosfatos.
Constituye un alimento de la mayor importancia, digerible en 85 minutos y grato al paladar.
En la antigüedad, la manzana era considerada como el manjar predilecto para rejuvenecer y reconstituir el organismo humano.
Con el zumo de este fruto y agua se hace un licor medicinal.
A las personas de vida sedentaria conviene mucho comer manzanas de continuo, porque limpia el hígado, da fósforo al cerebro y vitalidad al sistema nervioso
En Galicia, Asturias y otros puntos de España se usa para combatir las enfermedades de los ojos y los párpados y da excelente resultado.
Los ingleses tienen la costumbre de comer siempre la carne de cerdo con salsa de manzana, lo cual tiente su lógica explicación, en que siendo de difícil digestión la carne de cerdo, la favorece notablemente la salsa de manzana.
Cocida con agua y un poco de azúcar y también con vino, es un excelente fruto para la cena en el invierno, sobre todo para los niños y para los ancianos.
Debe, pues, recomendarse el consumo de la manzana, que no es dispendioso, aún con la carestía actual, y puede proporcionarse cualquiera, por poco precio, un alimento tan agradable e higiénico.
Y debe recomendarse a los que cultivan las huertas que no dejen de poner manzanos entre los árboles frutales, para poder proporcionarse ellos este alimento y poder proporcionarlo a los consumidores.
El Ángelus y los Franciscanos
Está demostrado y probado, sin género alguno de duda, que las devociones más salientes, y especialmente las devociones marianas, son debidas al ferviente amor de los Franciscanos, nacidas al calor de aquel espíritu seráfico que abrasaba al gran Francisco, debelador incansable de las prerrogativas de la Santísima Virgen y devoto de tan gran Señora. Por lo que en todo lugar y tiempo han sido innumerables las devociones y prácticas inventadas por los Franciscanos para honrar a la Santísima Virgen, pero muy especialmente la conocida con el título del Ángelus Domini, o salutación angélica, por ser las palabras con que el ángel San Gabriel anunció a la Señora el gran misterio de la Encarnación del Verbo.
San Buenaventura, una de las más brillantes glorias de la Iglesia, que gobernó la Orden Franciscana desde el año 1257 a 1274, y cuya seráfica alma no vivía sino en el amor de Jesús y su Santísima Madre, fue el que estableció en todos los conventos la práctica del Ángelus, con que tres veces al día se saludaba ya a la Virgen: una al amanecer, otra al mediodía, y otra al anochecer, avisados por los tres toques de campana y en la forma siguiente:
V. Ángelus Domini nuntiavit Mariae.
R. Et concepit de Spiritu Santo. Ave María, etc.
V. Ecce ancilla Domini.
R. Fiat mihi secundum verbum tuum. Ave María, etc.
V. Et Verbum caro factum est.
R. Et habitabit in nobis. Ave María, etc.
Las personas que no saben latín, la rezarán en castellano como sigue:
V. "El Ángel del Señor anunció a María."
R. "Y concibió del Espíritu Santo". Dios te salve, María, etc.
V. "He aquí la sierva del Señor."
R. "Hágase en mí según tu palabra." Dios te salve, María, etc.
V. "El Verbo se hizo carne."
R. "Y habitó entre nosotros." Dios te salve, María, etc.
Se reza de rodillas todos los días, excepto en tiempo pascual y desde las vísperas del sábado hasta la tarde del domingo que se reza de pie.
Así fue establecido por el Capítulo General de Bolonia, presidido por el entonces Ministro General de la Orden, San Buenaventura, y a iniciativa suya, con la fórmula siguiente:
"Los aquí reunidos bajo la presidencia de Fr. Buenaventura, Ministro general por cuanto imploramos... la protección de la Inmaculada Virgen María y deseando honrar el Santísimo Misterio de la Encarnación del Verbo, ordenamos: que en todos los conventos de la Orden se salude a la Señora al toque de campana con las antífonas siguientes": y cita las referidas.
Gregorio XIII confirmó esta devoción en un consistorio celebrado en Pisa y la hizo extensiva a toda la cristiandad, enriqueciéndola con muchas indulgencias.
En muchas ocasiones ha manifestado la Santísima Virgen cuán de su agrado le es este obsequio, pero más particularmente a los Franciscanos, sus propulsores, como lo prueba el caso siguiente:
Por el año 1418 se hallaba la ciudad de Florencia sitiada por las fuerzas de los entonces suizos, que en auxilio de uno de los bandos beligerantes habían acudido en ocasión en que un lego franciscano andaba por la ciudad postulando, y, en ocasión también de hallarse en consejo el Podestá y principales de la ciudad deliberando sobre los acontecimientos de la guerra: al pasar el lego por las puertas del palacio señorial, oyó la campana que anunciaba el rezo del Ángelus, y descubriéndose la capucha, se arrodilló para rezar la salutación angélica; observado por los guardias, fue acusado de espionaje, pues, según ellos, estaba escuchando las deliberaciones del consejo debajo de las ventanas. En consecuencia fue puesto en prisión y condenado al horrible tormento de pasarle los oídos con una larga aguja de uno a otro. Al día siguiente de mañana se disponían a ejecutar tan bárbaro tormento en la plaza de la Anunciata, cuando se oyó de nuevo el toque del Ángelus, que el buen lego rezó devotamente de nuevo, encomendándose a la Señora, y he aquí que un ataque inesperado de los venecianos puso en precipitada fuga a los florentinos, quedando el humilde fraile libre y gratamente consolado, según refieren los Bolandistas.
Fr. J. T.
Por tierras bíblicas
El católico y piadoso editor José Alsina, Bordadores, 7, Madrid, va a publicar un libro de un religioso de nuestra Seráfica Provincia de Valencia, el P. León Villuendas, actualmente morador del Santo Sepulcro. Su titulo es: Por tierras bíblicas.
He aquí el índice de materias:
1. El porqué de esta publicación.
2. De Roma a Jerusalén
3. ¡Tierra Santa!
4. La Santa Ciudad.
5. Mi visita al Sión.
6. El Santuario de la Flagelación.
7. El Vía Crucis.
8. Una noche en el Santo Sepulcro.
9. Fuego santo y fuego diabólico.
10. Haram es-Xerif.—El recinto sagrado.
11 El llanto de los Judíos.
12. Por el valle de Josafat.
13. Por la falda del Oliveti
14. En el monte de la Ascensión.
15. La tranquila Betania.
16. Belén y sus alrededores.
17 Ain-Karem y el Desierto.
18. El Emaús Evangélico.
19. En los jardines de Jericó.
20. El río Jordán. |
21. El mar Muerto.
22. Por el desierto de la Judea.
23. Excursión a Betel y Silo.
24. La ciudad de los Patriarcas.
25. Por tierras de Sansón.
26. La llanura de Séfela.
27. De Jafa al Carmelo.
28. Por la Samaría.
29. La florida Galilea.
30. Sobre el monte Tabor.
31. La risueña Nazaret.
32. El lago de Tiberíades.
33. En la Transjordania.
34. Por tierras de Moab.
35. De Moab a Edóm.
36. Por la Siria.
37. Los Segundos Cruzados o los Frailes de la cuerda.
38. Pinceladas del cuadro mahometano.
39. Conclusión. |
El editor, en carta dirigida al autor, fecha 6 de mayo de 1933, dice:
"Desde el primer momento me ilusionó la publicación de esa obra porque en la lectura de la cuartilla que envió de modelo hallé ya, junto al valor literario, la emoción de los paisajes sagrados que conmueven el alma cristiana con impresión compartida por personas de piedad y competencia relevantes. Por ello con el mayor cariño emprendo la edición de la obra de usted y dentro de mis modestos medios y de la dificultad y adversidad de las circunstancias procuraré que resulte bien y que se difunda mucho, haciendo ya, al efecto, cuantas gestiones creo convenientes..."
Estas palabras del editor y el prologar la obra el célebre charlista, señor García Sanchiz, que nutre hacia el autor sincera y viva simpatía, nos da motivos más que suficientes para esperar que el libro de nuestro Hermano y coprovincial P. León Villuendas será bien recibido y obtendrá una larga difusión. Ya de antemano lo recomendamos a los lectores de La Acción Antoniana.
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