Índice del número 151
Agosto de 1933. Año 14. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- La Porciúncula. La indulgencia
Solemnes fiestas antonianas en Carcagente, Cocentaina,
¿Cual es la buena prensa?
Julín no veranea. J. le Brun
Las malas lenguas
Dios existe. A la juventud antoniana. Fr. Juan Bta Botet, ofm
La fe. Creer o negar. Poema. J. S. - El tiempo. Datos del primer semestre. Fr. Eusebio Arbona, ofm
Episodios del negrito Marabá (17). Fr. Manuel Balaguer, ofm
Nuestro destino en China. Ecos de las misiones. Fr. Fabián Castellá
Cómo se fabrica una calumnia. R. P.
Bibliografía.
La Porciúncula. La indulgencia
Santuario de todos los corazones es la Porciúncula, cuna del franciscanismo, corazón de Santa María de los Ángeles.
Lo que en ella, como en tantas otras partes, habían recogido los monjes benedictinos desde ella lo esparció por todo el mundo el Pobrecito.
Capillita solitaria y ruinosa, olvidada en el valle, en un bosque de encinas: Santa María de Josafat, o de los Ángeles, llamada de la Porciúncula, por la porcioncita de terreno que tenía anejo, decide Francisco restaurarla, como ha restaurado San Damián, y, si logra que los benedictinos se la cedan, establecerse en ella para llevar vida eremítica.
Porque aquella selva inmensa en el valle de Asís, cruzada por escasos arroyuelos y algunos senderos impracticables, gustó mucho a Francisco desde su conversión, y, cuando la capilla estuvo restaurada, en ella se retiraba el Santo después de sus largos viajes y fatigosas predicaciones para recobrar nuevas fuerzas.
La selva se ha convertido hoy en valle risueño y fértil, la capillita en la nueva Santa María de los Ángeles, nombre bello como el azul del firmamento, nombre que despide intenso perfume de rosas, basílica inmensa, soberbia, cuya cúpula domina la llanura esmeraldina, y que en su seno de piedra cobija la gloria más pura obtenida por hombre alguno en el mundo: la Porciúncula.
Verano del año 1216. En las tinieblas de la noche el santo Patriarca, arrodillado en su celda, un Crucifijo en las manos, una calavera a sus pies, ora con gran fervor.
En el momento en que aquel Serafín de la tierra implora con más anhelo la clemencia del Altísimo para con los pobres pescadores, oye una voz del ángel que le dice: "Francisco, a la capilla, a la capilla."
Se levanta inmediatamente y vuela a Nuestra Señora de los Ángeles, donde hiere sus ojos un espectáculo inaudito: en el altar, encima del tabernáculo, entre un destello sobrenatural, está el Verbo humanado, resplandeciente de gloria; a su derecha su Madre santísima, la gloriosa María, y ambos rodeados de una corona de espíritus angélicos. La luz inefable que llena el santuario no ciega como el brillo del sol, al contrario, a pesar de su brillo, es suave y dulce como los primeros rayos de la aurora. La mirada de Francisco se baña con delicia en aquel mar de luz.
Transportado de gozo se humilla el Santo, faz en tierra, y adora con los ángeles.
—Francisco—dice el Hijo de Dios—, conozco el celo con que tú y tus hermanos trabajáis por la salvación de las almas. En recompensa pídeme por ellas y por el honor de mi nombre la gracia que desees y te la concederé; porque yo te he dado al mundo para ser luz de las gentes y sostén de mi Iglesia.
Alentado por tanta bondad, el Patriarca le dirige esta confiada súplica:
—¡Oh Dios santísimo! Pues he hallado gracia a vuestros ojos, yo, que soy únicamente polvo y ceniza, el más miserable de los pecadores, os conjuro, con todo el respeto de que soy capaz, que os dignéis conceder a vuestros fieles esta gracia insigne: que todos aquellos que, confesados y contritos, visiten esta iglesia, reciban indulgencia plenaria y perdón de todos sus pecados.
Luego, dirigiéndose a María, prosigue: —Ruego a la Bienaventurada Virgen, Madre vuestra, abogada del género humano, que patrocine mi causa ante Vos.
María intercede y Jesús, que nada puede negar a su Madre, le dirige una mirada de amor, que vuelve en seguida a su siervo.
—Francisco— de dice—, mucho es lo que pides, pero obtendrás mayores mercedes. Te concedo la indulgencia que solicitas, con la condición de que será confirmada y ratificada por mi Vicario, el sólo a quien di en la tierra pleno poder de atar y desatar.
Después de estas palabras, se desvaneció la celestial visión.
Con fray Maseo de Marignano se presenta Francisco al Papa Honorio III, que a la sazón se hallaba en Perusa. Póstrasele a los pies y humildemente le suplica la aprobación de la gracia inmensa que le ha concedido el Cielo: indulgencia plenaria y gratuita en favor de todos cuantos visiten la devota iglesia de Santa María de los Ángeles.
El Pontífice, a vuelta de muchas vacilaciones, otorga a Francisco respuesta favorable, y Francisco, profundamente conmovido, le da gracias y se retira, sin otras garantías de la concesión de la augusta palabra.
—¿A dónde vas, hombre simple? —exclama entonces el Papa—. ¿Qué testimonio puedes presentar en prueba de una gracia tan grande?

Y responde sencillamente Francisco: —Padre Santo, tengo lo suficiente con vuestra palabra: si es obra de Dios lo que pedí Él se cuidará de hacerla manifiesta. En cuanto a mí no tengo necesidad de más garantías; me sirvan la Virgen Santa de documento, Cristo de notario y los Ángeles de testigos.
Durante el viaje de regreso se hospedan en el hospital de leprosos cerca de Colle. Francisco, despertando de plácido sueño, se pone en oración, y luego, volviéndose al compañero, exclama:
—¡Oh hermano Maseo! Te digo de parte del Señor que la Indulgencia concedida por el Papa ha sido confirmada en los Cielos.
Y en la capillita de la Porciúncula ti Seráfico Padre abre solemnemente aquel año, en presencia de siete obispos, el famoso Perdón de Asís, con aquellas palabras, conservadas por Zalfani, que traspiran todo el amor de Francisco por las almas que redimió Cristo Señor nuestro:
—¡Oh hermanos, quiero enviaros a todos al Paraíso! Y os anuncio la Indulgencia obtenida oralmente del Sumo Pontífice. Todos los que habéis venido aquí, y los que vendrán en lo venidero en tal día, si están de corazón contritos, obtendrán el perdón de todos sus pecados. Yo verdaderamente hubiera querido tal gracia por ocho días; pero no he podido obtenerla.
Como dice el Padre Facchinetti, dio el arte celebridad a la Indulgencia del Perdón de Asís; pero lo que más favoreció su renombre inmortal fue la devoción del pueblo y la piedad de los fieles nunca desmentida en el decurso de los siglos en orden al devoto santuario franciscano.
Cierto que no se ven hoy día—a causa de haberse extendido ahora a tantas otras iglesias, a tenor del espíritu del Santo, ansioso de almas y no de privilegios—, en nuestra sociedad tan escéptica y entregada a groseros placeres, muchedumbres innumerables peregrinando en este memorable día desde todos los pueblos de Italia hacia Asís y Santa María de los Ángeles para imprimir ósculos y verter lágrimas sobre los toscos y ennegrecidos muros de la reducida y prodigiosa iglesia; mas no por esto dejará de ser la amada Porciúncula meta de un cortejo maravilloso e invisible de almas, que a ella acudirán desde las más lejanas partes del mundo a deponer sus iras, odio y todo, a bañarse como en un místico baño de perdón, en un baño celestial de amor, y a enaltecer la bondad de María, la gloria de Dios y la caridad de su siervo Francisco.
Solemnes fiestas Antonianas
En Carcagente

Altar Mayor del Convento de San Francisco, de Carcagente,
adornado con motivo de las Fiestas Antonianas.
Solemne novenario
No podía faltar en Carcagente, tan enamorado de San Antonio de Padua, el grandioso novenario que en tantos pueblos y ciudades le consagran al glorioso Paduano. Dado el entusiasmo que existe en todas las Asociaciones Antonianas, lo mismo en la Pía Unión, que en la Juventud e Infancia de San Antonio, no se contentaron con un triduo, y ha sido necesario celebrar un novenario solemne que ha llamada justamente la atención en la ciudad católica de Carcagente.
Predicaron los PP. Francisco Lloréns y Bernardino Rubert. El altar estaba embellecido con adornos, luces y flores.
Fiesta de la juventud
Entre los solemnes cultos que Carcagente le ha dedicado a San Antonio no podía faltar la ofrenda y la devoción de la Juventud y la Infancia a su esclarecido Patrono.
Fue una grandiosa manifestación de pureza y amor, presenciada por enorme muchedumbre de fieles que llenaron por completo la capaz iglesia de San Francisco.
Fiesta del Santo
Enardecidos los ánimos de los hijos de Carcagente por todos los cultos religiosos y actos profanos que antecedieron a la fiesta y que fueron la preparación de la solemnidad mayor, llegó el día de San Antonio, en el que el entusiasmo y la explosión de fe constituyeron un verdadero acontecimiento de piedad y belleza.

Niños vestidos de San Antonio que figuraron en la procesión del Santo
Se repartieron abundantes limosnas en metálico y en especie, debido a la generosidad de su Presidenta doña Regina Amador y de la Pía Unión del Santo.
Las señoritas celadoras confeccionaron centenares de azucenas para la Infancia Antoniana y prestaron su ayuda a la incansable capillera Milagro Vidal, transformando con luces y flores el altar mayor en un trono de gloria, en el que resplandecía la imagen del Santo Paduano.
La Misa de Comunión y la Mayor estuvieron al consonante del ambiente de gran fiesta cantándose la partitura de Ravanello. Elogió las glorias del Santo el P. Francisco Ferrer, que tanto en la misa como por la tarde en la función vespertina fue escuchado con el cariño que en Carcagente se siente por él y con el agrado que promovía en el numeroso auditorio su autorizada y elocuente palabra.

Jóvenes antonianas de Carcagente confeccionando los lirios que se repartieron entre más de 300 niños que figuraron en la procesión del Santo.
Finalmente se organizó la procesión del Santo con las notas de ternura que causaba la corte de honor que hacían al Santo los niños vestidos con el hábito franciscano y adornados con los sagrados lirios.
En Cocentaina
Es proverbial la devoción de Cocentaina a San Antonio de Padua, El Santo de los milagros y la pureza es el ideal de virtud y santidad que atrae las ilusiones y el amor de la piadosa juventud contestana. Todos los meses la inocente voz de las señoritas celadoras, anunciando los cultos mensuales de San Antonio, pone en vibración hermosa el espíritu profundamente antoniano de este pueblo, y todos los meses también la generosidad del Santo de Padua se traduce en realidades consoladoras, en la multiforme caridad desarrollada en favor de los pobres, por los miembros distinguidos de la Junta Directiva de la Juventud Antoniana.
Como preparación a las fiestas que se han dedicado al glorioso Taumaturgo Paduano los días 30 de Junio y 1 y 2 de Julio, las señoritas de la Directiva dieron unas representaciones escénicas en el salón del Patronato de la localidad, alcanzando en el orden económico, artístico y cultural un éxito definitivo y categórico, justo premio a la labor y desvelos que la simpática juventud contestana se impuso en obsequio a San Antonio de Padua.
Se ha celebrado un Triduo solemne de preparación, con Misa de Comunión General, celebrada por el distinguido director de la Juventud P. Samuel Leal, y función vespertina a las seis y media de la tarde.
Los sermones del Triduo y fiesta han estado confiados a la elocuencia del P. Juan Bautista Gomis, Guardián de los Franciscanos de Benisa. La actualidad de los temas, y el acierto del P. Gomis en el desarrollo de los mismos, ha hecho un acontecimiento apostólico su paso último por el púlpito de Cocentaina.
En la Misa solemne del domingo, día 2, cantada a grande orquesta, ofició el P. Bernardo Verdú, Superior de esta Comunidad franciscana, y por la tarde dio realce a la grandiosa solemnidad final, oficiando en la reserva, el P. Conrado Ángel, Definidor Provincial, que tan justas simpatías tiene en Cocentaina.
Nota simpática de amor, de caridad, de juventud piadosa, fue el generoso banquete servido a los pobres de la población, por las amables y abnegadas señoritas de la Directiva, secundadas en su benéfica obra por los activos y simpáticos miembros de la Directiva de jóvenes. Un centenar de indigentes se sentaron a la mesa de San Antonio, y a todos ellos llegó con el lenitivo de la caridad, la unción celeste de la piedad y de la devoción.
Sin reserva alguna reciban la enhorabuena, por las fiestas celebradas, las Juventudes Antonianas de este pueblo y su virtuoso Director, junto con el Guardián y Comunidad franciscana de Cocentaina.
¿Cuál es la Buena Prensa?
1.° Es prensa buena la que, abiertamente y sin ambages, ostenta, al frente de sus números y publicaciones el nombre de católica y promete con sinceridad defender todo lo que la Iglesia defiende, y reprobar todo lo que ella reprueba, y en la misma forma, ateniéndose a las eternas normas de la verdad depositada en la Iglesia de Jesucristo.
2.° Es buena aquella prensa cuyos principios religiosos, científicos y político-sociales, están en todo conformes a los principios y máximas que en estos órdenes sustenta y enseña la Iglesia Católica, y que, a pesar de haber sido expuestos en diferentes ocasiones a las contradicciones y argucias de los hombres, nunca han podido ser argüidos de falsedad.
3.° Es buena aquella prensa que, cuando la malicia de los hombres hace incompatibles las comodidades de la vida y favor de la fortuna con la profesión y práctica de los referidos principios religioso-sociales, opta por éstos y su defensa, abandonando aquéllas con nobleza y santa libertad.
4.° Es buena aquella prensa que, cuando las exigencias de la malicia humana intentan mermar o amalgamar los principios católicos con el error de cualquiera especie, no permite la disminución de la verdad, y arrostrando la persecución con entereza y valentía y afrontando los reveses de la fortuna por amor a la verdad misma.
5.° Es buena aquella prensa que, cuando se levanta persecución furiosa o solapada, contra la Religión de Jesucristo y sus aplicaciones al orden práctico, está siempre al lado de ésta sin miramientos ni consideraciones humanas, sufriendo la misma suerte que los adoradores de Cristo.
6.° Es buena aquella prensa que, con criterio firme y sin vacilaciones, arranca al error y sus secuaces la máscara con que se cubren, poniendo de manifiesto toda su malicia y perversidad, y haciéndole odioso y detestable a los corazones rectos y sencillos.
7.° Tiene señales de buena aquella prensa que es objeto preferente y constante del odio de todas las sectas enemigas de Cristo, de su Iglesia y de sus enseñanzas; de modo que, aunque las sectas y sus órganos estén divididos entre sí, tienen de común el odio y aversión a la prensa que sigue a la Iglesia.
8.° Tiene señales de buena aquella prensa que se ve honrada y recomendada por la parte más sana y desinteresada de los adoradores de Cristo, y sobre todo de aquellos que vuelven la espalda a las dignidades y riquezas y honores del siglo, que tanto anublan el entendimiento y enloquecen el corazón.
9.º Tiene señales de buena aquella prensa cuyos redactores y colaboradores son católicos prácticos, de manera que se observa conformidad entre lo que escriben y lo que practican, aun en medio de la multitud de miserias humanas en que incurren los hombres.
10º. Sin duda es buena aquella prensa a cuyos principios y enseñanzas se adhieren aquellos que, llevados de sus malas pasiones y locos extravíos, fueron terribles y furibundos enemigos de Cristo y su Iglesia, y, al ser tocados de la gracia, se vuelven al camino bueno; y esta señal, aunque parezca de poca monta, debe tenerse muy en cuenta, porque así como antes el instinto de odio a Cristo impulsaba y llevaba a los últimos extremos del mal, y así ahora el auxilio de la gracia y el instinto del bien les llevan al terreno sano y francamente bueno.
11º. También tiene señales de buena aquella prensa que se ve abandonada y despreciada de todos los malvados y criminales; de todos aquellos que, separándose de Dios, emprenden la carrera de los vicios, y aun de aquellos que la hacen muecas y solapados desprecios cuando la ven incompatible con el medro personal que persiguen bajo pretexto especioso de que así hacen mejor el bien.
12º. También es cualidad exclusiva de la buena prensa el estar adherida constantemente a todas las empresas y obras católicas que tanto odian los impíos y sus aduladores, exponiéndolas, protegiéndolas y propagándolas de manera que produzcan el bien en todas partes, y esta es otra señal que, bien observada con espíritu recto, no deja ningún lugar a dudas ni equivocaciones.
(Del Boletín Eclesiástico de Plasencia, 1893).
Páginas de la vida
Julín no veranea
Julín es Julita, una rubia gentil que parece venir de un cuento de hadas. Como las hadas, hacía florecer la felicidad en torno suyo, y como ellas, era siempre madrina de todos los desgraciados que encontraba a su paso.
También como ellas se transfiguraba según las circunstancias, y tan pronto eran sus lindos ojos el más bello realce de una fiesta de aristocracia y de dinero, como se inclinaba, oculto el brillo de su linaje y de su cabellera bajo un modesto velo, allí donde había pobres que socorrer, tristes que consolar o enfermos que atender.
—¿Para qué soy rica? ¿Para qué tengo un simpatiquísimo papá que hace cuanto quiero? ¿Por qué me concedió Dios este atractivo y este ángel? No digo yo esto último, el Señor me libre, sino que estoy harta de oírlo en mis propios oídos y de leerlo en todos los cronistas de salones... Pues soy así, no para mí, sino para los otros; no para ser una egoistona y una orgullosa, sino para dar felicidad y repartir alegría y servir de algo...
Y al par de esos pensamientos de Julín, iban sus obras. Muchas mañanas y muchas tardes y muchas noches tenía que rechazar invitaciones de amigas y aun de papá también.
—No, no me esperéis...
—Pero, ¿dónde te metes?... ¿Qué ocupación urgente te reclama?...
Sí, algo más urgente para ella y más íntimo y bueno que el partido de tenis, o el paseo en auto, o el té con tango, o la sesión de cine, o los viernes de moda, reclamaban su actividad y sus entusiasmos juveniles.
—Doña Catalina — advertía en cualquier momento a su miss—, le agradeceré la mayor reserva de esto.
Y esto era que la damita rubia se había pasado un buen par de horas con los niños escrofulosos de un asilo o que había amortajado a una vieja desamparada y pobre o que andaba en la ingrata faena de crear un taller de verano para obreras de la aguja sin trabajo en los meses en que emigran las ricas.
—Y tú, Julín, a estas alturas de calor ¿no te vas? ¿Qué te retiene aquí? —le preguntaba papá con insistencia.
—Veré más adelante... Ahora no puedo... Márchate tú...
—Pero hija...
—Me quedaré con doña Catalina.
—¡Qué caprichosa y qué voluntariosa me salió la chiquilla!—le reprendía en falso, propicio a claudicar.
—¡Y qué papá tan bueno, tan mejor que todos los pasados, presentes y futuros me dio Dios!—gritaba ella colgándosele al cuello, segura de triunfar una vez más.
—¿Por qué no te casas? —le espetaba él para soliviantarla.
—Este verano, este verano... Me quedo para eso... ¡Tengo un novio, más novio!... Sólo que tiene miedo a los papás celosos y estamos esperando a que te vayas...
—¡Quita, quita, fantástica; no será verdad eso!
—¡Ah! ¿Lo deseas?... Pues mira, así estoy de galanes, si quisiera escoger.
Y plantándole las dos manos ante el rostro, juntaba en piña sus deditos de rosa.
Papá, atrapándolos, abrazaba a su mariposilla, y le decía:
—Aquí no hay más novio ni más galán que yo... ¡Tiene aún que nacer!...
Julín, sin darle tiempo para terminar la frase conocida, la remataba ella misma imitando la voz definidora de papá: "...el afortunado mortal que se lleve a mi hija!"
* * *
Y no era ciertamente un potentado quien disponía entonces de la voluntad y de las preocupaciones de Julita.
Se trataba de un triste obrero tísico, viudo, con hijos; dos niños y una niña, pequeños aún los tres.
El médico le recetaba Panticosa.
—¿De dónde ni cómo puedo yo ir a baños?
—Pues se muere usted, así, en crudo; se muere usted si no se va al momento.
—¡Imposible! — suspiraba el desgraciado.
¿Imposible?—interrogó Julín cuando conoció el caso por una providencial casualidad, como por casualidad, según decía ella, se enteraba de todo.
—No tengo dinero—arguyó el enfermo, esgrimiendo la razón suprema.
—Eso es lo de menos—respondió el hada madrina.
—No tengo quien cuide de los niños...
—¿No se encargará de eso algún pariente, alguna buena vecina?
—No tengo a nadie, y demasiado molesto a las vecinas.
Julín permaneció unos instantes pensativa.
El problema ofrecía difícil solución...
¿Dificultades a ella?
—¡Ya está resuelto!—exclamó alborozada—. Usted se marcha a Panticosa quince días, un mes, lo que haga falta, y no se preocupe de sus hijos. Yo me encargo de ellos.
—No, no puedo consentirlo.
—¿Me iba usted a privar de ese placer, con lo que a mí me encantan los pequeños?...
* * *
—¡Señorita! — comenzó a romancearle después la carabina, confusa y asustada.
—Pero ¿sabe usted lo que hace? ¿Ha pensado en la carga que se echa? ¿Comprende?
—Cállese, querida, que a grandes males, heroicos remedios, y ese hombre se nos muere.
—¡Se nos muere! —repuso alterada la infeliz—. Pero, ¿es algo de usted? ¿Es algo nuestro?
—Es nuestro prójimo, es nuestro hermano —contestó dulcemente la sin igual Julín—. ¿Le parece a usted poco?
—No creo que ese motivo obligue...
—Es cuestión de visual.
—En último caso ponga usted una monja o una mujer pagada que cuide de los chicos.
—No sería lo mismo... porque entonces faltaría la sal del sacrificio.
Y creyendo que había dicho demasiado, añadió encogiéndose de hombros, y como para quitar mérito a su acción:
—Aunque, después de todo, no me entusiasma el mar...
Así, pues, Julín no veranea este año.
J. Le Bruin
Las malas lenguas
La señora Fresia era una buena persona, pero tenía una malísima costumbre: pasaba su tiempo pelando al prójimo. Lo censuraba todo, lo criticaba todo.
En toda la comarca tenía la reputación de tener una lengua pésima.
Una mañana que estaba arreglándose para salir con su hijita Juanita, le dijo la niña:
—Mire, mamaíta, quisiera pedirle una cosa.
—¿Qué cosa, hijita?
—Pero tal vez me encontrará indiscreta.
—Dilo, no más.
—Pues bien...; quisiera ver la lengua de usted.
—¡Ver mi lengua!... ¡Qué cosa tan rara! No seas tonta, hija.
—¿No quiere, entonces?
—¡No!
—Pero, ¡mamaíta linda!
—Y, ¿por qué quieres ver mi lengua?
—Es que ayer he oído decir...
—¿Qué has oído?
—Bueno... Algunas de las amigas de usted que hemos visitado decían...
—¿Qué cosa decían?
—Que usted tenía una lengua de víbora, y yo quisiera saber cómo es eso, una lengua de víbora...
La mamá tuvo vergüenza. Sin embargo, riéndose, sacó la lengua.
—Tontita... hela aquí... mírala.
Y después salió apresuradamente de la pieza y se puso a llorar.
—Muy dura lección —dijo para sí la señora—, pero la aprovecharé; en adelante, evitaré la calumnia, las críticas y toda palabra contra la caridad.
Cumplió con su palabra.
Cultura religiosa
Dios existe
¿Quienes son los que niegan la existencia de Dios?
A esta pregunta respondió ya el real Profeta David, más de mil años antes de Jesucristo, con estas terminantes palabras: ''Dijo el necio en su corazón: no hay Dios." De modo que los necios, los insensatos, los que carecen de sentido común, son los que dicen que Dios no existe.
Y notad que no dice el santo Profeta que dijo esto el necio en su razón o en su inteligencia o en su pensamiento; sino en su corazón, en su deseo. Porque ningún ateo cree sinceramente que Dios no existe; pero desearía que no existiese, quisiera que no hubiese Dios, para así poder vivir mejor a sus anchas, sin ley ni autoridad, ni freno de ninguna clase, entregados enteramente al libertinaje, desoyendo los gritos del remordimiento y la voz de la conciencia, que les dice siempre y en todas partes que existe un Dios justiciero, en cuya presencia han de comparecer todos los hombres, buenos y malos, para darle estrecha cuenta de todos sus actos, y recibir el premio o el castigo que hubiesen merecido.
Únicamente, pues, los necios dicen que Dios no existe, y lo dicen sólo con los labios, con los sentidos, con los deseos; mas no con la razón y con la inteligencia, que no pueden nunca negar sinceramente una verdad, admitida siempre y en todos los tiempos por todos los pueblos de la tierra y proclamada unánimemente por todas las criaturas del universo.
Invitad a los que niegan la existencia de Dios a que den una mirada a toda la creación, y preguntadles quién ha dado el ser a los minerales tan ricos y variados que hay en la tierra, a las plantas y árboles que crecen en los campos, a los pajarillos que vuelan por los aires, y a todos los seres vivos que pueblan el universo.
Decidles también que cómo es que ninguno de los hombres, aun de los más sabios y poderosos, son capaces de producir una hierbecilla, la más pequeña, ni un insecto, el más insignificante, ni un pajarillo, el más diminuto. Y si ninguno de los hombres es capaz de formar alguno de estos seres, ¿quién los ha creado? ¿Quién los ha adornado con tan bellas y excelentes cualidades?
Os dirán tal vez que la Naturaleza lo ha creado todo. Pero les podríais replicar de nuevo: y, ¿qué es la Naturaleza? ¿Quién le ha dado un poder tan asombroso para sacar todas las cosas de la nada, y conservarlas a través de los siglos y multiplicarlas de manera tan prodigiosa? ¿Quién ha dado a la Naturaleza la inteligencia, la sabiduría y el poder necesarios, para formar las estaciones y la sucesión del tiempo, y distribuirlas durante el año, y para dirigir el curso de los astros, que siguen invariablemente sus órbitas, sin choques, ni adelantos ni retrocesos, con ese orden y armonía tan admirables, que son el pasmo y la admiración de los más grandes sabios y especialmente de lo más célebres y afamados astrónomos?
Veréis cómo no saben qué contestar a todas estas preguntas, y vosotros os confirmaréis una vez más en la verdad fundamental que profesamos en nuestra Credo, cuando decimos: "Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra."
Es necesaria, pues, la existencia de un ser, infinitamente sabio, infinitamente poderoso, infinitamente bueno, que haya sacado de la nada a todas las criaturas, y las conserve, y las dirija, ordene, gobierne y multiplique. Y esto no lo puede hacer nadie más que la inteligencia infinita, la sabiduría increada, la voluntad soberana y el amor sin límites de nuestro Dios, en quien profundamente creemos y a quien amorosamente adoramos y servimos.
Y en esta fe, en esta creencia, en este amor y servicio, queremos los católicos vivir y morir, digan lo que quieran los enemigos de nuestra fe y de nuestra santa Religión.
Bastante desgracia tienen los que no creen y tienen que inventarse seres quiméricos e imaginarios, para tratar de explicarse los fenómenos de la creación y los misterios del origen y del fin del hombre.
La fe. Creer o no creer
Hay hombres que se empeñan No olviden, los que piensan de este
modo, * * * A impulsos del vapor que en sí aprisiona, En su seno, se mueve aprisionada * * * El sabio, en su labor no interrumpida, Fiando en los recursos que atesora, |
Si el infeliz enfermo no tuviera * * * Creer, creer; creer de un modo u otro; * * * Es precisa la fe, porque, sin ella, * * * Fía el que duerme en quien su sueño vela; * * * Y si tiene la fe cuando es humana, Imposible; que el hombre fue creado El nombre de hombre su conducta afrenta, Esta excelsa virtud: la Fe Divina, |
J. S.
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