San Antonio al partir el tren

—¡Señores caballeros, al tren. Paramos cinco minutos.

Junto a la esquina del vetusto casal de la estación se veía un corro de tocas blancas como palomas azoradas e inquietas con el temblor de una aguda preocupación.

—Pero, madre, ¿qué hacemos? — Se atrevió a balbucear Sor Ángela, la más nerviosa de las cinco monjitas blancas.

—Ya os he dicho que no os preocupéis—repuso Sor Felisa, que ejercía entre ellas de superiora—. No tenemos dinero, ni el Administrador ha comparecido, como se nos había dicho, pero tomaremos el tren. Le he pedido a San Antonio que nos envíe un mensajero a sacarnos el billete...

—Pero, no llega, y es preciso marchar —murmuraba con inquietud Sor Ángela

—Señores caballeros, al tren; cuatro minutos.

—¡Dios mío!, y aquí nadie viene — se atrevió a decir otra monjita coreada por las demás.

—Hijitas, tened más fe. Dios sabe que es preciso partir: San Antonio no puede faltar a sus promesas; él vendrá a socorrernos. Tengamos fe—. Así trataba de aquietar a sus monjitas Sor Felisa, la superiora.

Desde el andén hacía rato que las estaba observando un hombre con gorra de galones de oro, y parecía preocupado por la suerte de aquellas monjitas a las que veía azoradas e inquietas por alguien que no venía, pues con frecuencia las veía dirigir ansiosas miradas hacia la avenida.

Supuso lo que les ocurría, pues no se acercaban a pedir billete; era el jefe de la estación, y se atrevió a acercarse a ellas, para averiguar la causa de su inquietud. Conocía a Sor Felisa.

—¿Por qué—le preguntó — no sacan ustedes billete?

—Mire usted, señor jefe, esperamos al administrador, pues no llevamos dinero.

—Pues el tiempo urge, hermana, y se van a quedar en tierra.

—No lo crea—repuso con fe Sor Felisa—; si no viene el administrador, San Antonio enviará a alguien que nos saque el billete. Se lo he pedido y lo cumplirá.

—Bien—repuso el señor jefe—, no veo yo por dónde les puede venir San Antonio.

—¡Señores caballeros, al tren; un minuto!...

El minuto llegó a su fin; el jefe, con el pito prendido en sus labios, iba a dar la salida del tren; mas al ver a las monjitas cabizbajas y tristes, y con cierta confusión en su esperanza, se detuvo, entró a su despacho, tomó cinco billetes para el destino a que iban las monjitas y entregándoselos a Sor Felisa las hizo subir al tren.

—Ya le decía yo, hermana, que no veo por dónde había de venirles San Antonio. Ya lo ha visto usted que no ha venido.

—Se equivoca usted, señor jefe; bien a la vista está que sí que ha venido. Nos ha venido por la persona del señor jefe. Le somos deudoras de este gran favor, que Dios le recompensará largamente. Pero no dude que ha sido usted mismo el enviado de San Antonio.

—Que le sobra a usted la razón, hermana—repuso el jefe alborozado—, y me complazco de haber sido el instrumento del favor de San Antonio, que no dudo redundará en mi bien. ¡Feliz viaje!

El pito sonó estridente, y la locomotora, con soberbios resoplidos, elevando su penacho de humo gris por el espacio y estremeciendo el ambiente con el estruendo de su rodar, comenzó a deslizarse por sus rieles llevándose a aquel corro de palomas blancas que, gozosas y agradecidas, daban su adiós al bondadoso jefe y elevaban sus ojos al cielo para dar las gracias a su Protector, el Santo de los milagros, que con tanta fidelidad supo acudir a la estación para no dejarlas burladas, ni defraudadas en su fe.

Fr. Manuel Balaguer, ofm


Episodios del negrito Marabá (18)

Misterioso alborear

Todo el bosque sombrío del poblado de Marbán reposaba en el mágico silencio de una tibia noche otoñal, agitada apenas por el soplo misterioso de las auras mañaneras. La luna, hundiéndose en los se nos recónditos de las selvas lejanas, había dejado las últimas crenchas de su luz enzarzadas entre los altos ramajes de los árboles gigantes, donde faltas de atento se extinguían lentamente; las estrellas, dando tenues reverberos, palidecían entre neblinas de luz que invadían el cielo impulsadas por el soplo del oriente, agitándose el bosque al morir las estrellas, como un aliento de tristeza, como un suspiro de pesadez, cuyo eco repercutía en las aguas del lago, cual si se estremecieran al impulso de una ráfaga de miedo.

Las fieras, cansadas de mugir y de corretear por la selva, habían vuelto a sus madrigueras, llevando consigo los últimos restos de sus presas, cazadas y comidas en el fragor de la noche; y como aun no amanecía, las aves aguardaban en silencio, en sus mullidos nidales, la venida del alba, para comenzar sus canturrias matutinas.

En la mansión cristiana de la familia de Inés ardían manojos de teas, para alumbrar los preparativos de marcha, que daban fin en esa hora precisa de majestad, de silencio y de penumbra, con la que se veían invadidos el bosque, la tierra y el lago.

Todos, hasta los niños, habían estado en vela, con una honda pena en el alma, por la inminente separación de aquellos dos seres que ya consideraban como propios, y que tanto se habían hecho amar por su docilidad y buenas prendas, pero todos sentían! en el fondo de su ser el eco de aquella voz imperante del destino que repetía sin cesar en el alma de Djerua y de Marabá: "Es preciso marchar"; y con ese ambiente de tristeza y de valor rompieron marcha todos hacia el seno de las piraguas.

El avetoro

Al abordar en las arenas del lago, el silencio de la noche se vio interrumpido por un graznido monstruoso y terrorífico que puso en espanto a la comitiva, sobre todo a los pequeñuelos; y hasta Djerua, que aún no se había acabado de desprender del predominio de la superstición fetichista, tembló con recelo, por si era aquello algún presagio de mal agüero. Mas Güezo, que no dejó de observar la huella de aquel mal presentimiento, los tranquilizó a todos diciendo: "No temáis; es el graznido del avetoro que está agitada por los celos, y es la hora en que acude a beber en la laguna."

Así era en realidad. El avetoro es una especie de garza o alcarabán a la que llaman los naturalistas Bofaurus stelaris. Se encuentra esta ave, desde primavera a otoño, en el centro de Europa y en Asia, y emigra luego hacia el África, aunque es poco regular en sus emigraciones. Habita en las orillas de los lagos y pantanos, siempre entre cañaverales o en sitios donde abunden los juncos o los mimbres, Es solitaria, vigilante, astuta e irascible, ataca furiosamente a todos los demás animales. Su marcha y su vuelo son lentos; vuela generalmente sólo de noche, lanzando un graznido parecido al del cuervo.

Durante el día permanece oculta en la espesura, adoptando posiciones muy singulares, generalmente con el cuello encogido y el pico levantado. Se alimenta de peces, ranas, serpientes, avecillas y pequeños mamíferos, que caza por la noche. Se reproduce hacia la primavera; y en la época del apareamiento el macho lanza, por la noche y en los crepúsculos cuando va a beber, un fuerte mugido parecido al del buey, al cual debe la especie su nombre de avetoro. Para producir este mugido sumerge su pico en el agua, engulle buena cantidad de líquido, y luego, alzando la cabeza, lo expulsa violentamente. Cuando es grande el silencio se escucha a dos y tres kilómetros de distancia, y llega a espantar a quien lo oye si no está advertido de ello.

Calmado, pues, por Güezo el temor producido por el mugido del avetoro, llegaron a las orillas del lago, donde ya estaban prevenidas las dos piraguas, la de Güezo y la de la princesa Djerua. La piragua de la princesa había sido transformada desde el momento que había quedado bajo la custodia del pescador cristiano.

Como había sido embarcación de los fetiches, para servicio de la casa del príncipe, estaba adornada con multitud de amuletos y de atributos reales y sagrados y emblemas de superstición; y todo eso fue borrado y sustituido con pinturas y adornos sencillos, propios de una barca pescadora; y ahora más, para el viaje, se había adornado con una cruz de palo que sobresalía en el extremo más alto de la proa. Otra cruz igual llevaba también la piragua de Güezo; y una y otra estaban ya cargadas con bastantes provisiones de viaje.

En las piraguas

La aurora comenzaba a verter sus tintes dorados sobre la plácida faz del tranquilo lago, cuando al borde de sus aguas podía contemplarse un cuadro enternecedor. Inés y Lucila abrazaban y besaban alternativamente a Djerua y a Marabá y también a María, porque era el caso que en consejo de familia se había decidido que María acompañara a los viajeros, para presentarse, juntamente con su padre, a los misioneros e interesarles en la misión que pretendían, puesto que ella, como verdadera catequista había continuado provechosamente la obra de los antiguos misioneros; y reclamaban el cumplimiento de la promesa del último misionero, que dejó, como prenda de la vuelta de sus hermanos, el cordón con que ceñía su cintura, el que Inés había guardado cuidadosamente y ahora lo había entregado a María, para que en su nombre lo presentara a los padres de la misión.

En el alma dolorida de Djerua volvió a resonar con más fuerza la voz de su destino, y dando un último abrazo a las dos virtuosas mujeres, dijo con resolución: "Es preciso marchar", y embarcó en su piragua, en la que ya estaba de pie Marabá, agitando sus manecitas hacia sus amiguitos de tierra, y aguardando también en ella, con el remo en el tolete. Gouldor, el criado más fiel, y también cristiano, de la familia de Inés.

María se había acomodado ya en la piragua de su padre, y con la señal de la cruz se iba a dar comienzo a la marcha, que por unos momentos se vino a interrumpir, atraídos por un espectáculo gracioso. Era la hora del alba, y en las enramadas de la selva millares de avecillas habían comenzado su concierto de alabanzas al Criador.

El campanero y el alción El «Ángelus» en el bosque.

En las copas más elevadas de los árboles gigantescos comenzó a desprenderse un sonido lento y vibrante parecido a una campana. Formando grata armonía con este son, se repetía el eco de la metálica nota en diversos árboles del bosque, como múltiple gama de armonía musical, semejando a un verdadero concierto de campanas. Era el pájaro campanero, hermoso pájaro blanco del tamaño del palomo que canta con notas acompasadas y de sonido metálico que semejan al tan tan de la campana. Canta al alba y al ponerse el sol, pero a veces deja escuchar su canto durante el día. ¿No pudiéramos decir que ha puesto Dios a ese pájaro en el bosque salvaje para que hasta en las selvas vírgenes del mundo desconocido sonara la campana que anuncia el Ángelus, que recuerda la hora sublime de la Encarnación del Hijo de Dios? Así parece que lo entendió Inés, que al oír al campanero saludó a la Virgen del cielo con las palabras del Ángel, que repitió con fervor toda la comitiva.

Parece que las aves se dieron cuenta, cuando otra sorpresa, no menos agradable, se desprendió del bosque, pues al deslizarse las piraguas por la superficie del apacible lago, al tierno adiós que se daban aquellos fieles amigos, se juntó, procediendo del bosque, el cascabeleo de una sonora y alegre carcajada. Era la voz del alción gigante, otro pájaro maravilloso que su cantar se parece a la risa, y canta a carcajadas que repercuten a distancias muy largas; y es curioso que sea también un remedo del Ángelus, pues acostumbra a cantar a la salida del sol, al mediodía y al ponerse el astro rey, razón por la cual muy bien se le podría llamar el reloj de la floresta.

La manió pródiga del Criador ha sembrado de maravillas el Universo; y parece que con la ostentación de tantas maravillas quiso, en aquella mañana, augurar felices éxitos y bienandanzas a aquellos piadosos viajeros, que cruzaban el lago y navegarían los ríos en busca de la verdadera fe, de la doctrina salvadora y de la cruz del Redentor.

(Continuará)

Fr. Manuel Balaguer, ofm

La mujer fuerte

Esto que voy a referir, sucedió no ha mucho en un pueblo de Aragón. Había en dicho pueblo una garrida moza, llamada Antonia, hija única del primer contribuyente, graciosa, instruida y, sobre todo, muy buena cristiana. Estaba la joven prometida con Nicanor, apuesto mozo, honrado trabajador y con esperanzas de tener una hacienda muy saneada el día que faltaran sus padres ya ancianos.

Todo iba a las mil maravillas, y sólo enturbiaba la felicidad de los futuros esposos el espectro del servicio militar, que por fin vino a interrumpir su ventura llevándose a Nicanor a las filas de un regimiento de infantería que operaba en la Comandancia de Melilla. Paso por alto todo lo que los jóvenes y sus familias sufrieron hasta el dichoso momento que Nicanor, licenciado, con dos heridas leves por fortuna, los galones de cabo y varias cruces, desembarcó en la modesta estación de su pueblo natal, donde le esperaban sus padres, Antonia y los suyos, el alcalde, el juez municipal y una porción de parientes y convecinos, incluso un grupo de mozos que aguardaban alegres y alborozados a su compañero de otros tiempos.

Tampoco puedo entretenerme en describir los pintorescos incidentes, ora tiernos, ora cómicos, de la llegada de Nicanor: sólo diré que Antonia, serena y sonriente, ofreció su mano al soldado, que la estrechó mudo de emoción. Entre el revuelto grupo de mozos, que armaba una algazara en la que nadie se entendía, se oyó una frase, dicha al parecer por Nicanor, que se perdió entre la gritería popular, pero que no se escapó a la joven, que al oírla, se quedó un instante como sobrecogida, si bien haciendo un esfuerzo dominó su turbación y prosiguió impávida escuchando las cariñosas frases de su prometido, hasta la puerta de su morada. De buena gana hubiera el joven prescindido de sus amigotes, quedándose en casa de la doncella: pero aquéllos tenían preparado un refresco de aguardiente, caña, ron y otros líquidos refrescantes, y no tuvo más remedio que irse con tales barbarotes, lo que hizo deplorándolo con frases enérgicas que nuevamente impresionaron a Antonia, que, pálida y descompuesta, entró en en su casa, mientras por sus bellas mejillas corrían dos gruesos lagrimones.

—¡Pus no es lo del ojo!—decía al día siguiente en el lavadero, la tía Golondra a la tía Panderetona. — Ya sabes que anteayer, cuando Nicanor se fue con los mozos a la alifara que tenían prepará, ella se puso mu malica; que tuvieron que llamar al meico y dijo que era mal de los nervis, y aluego va ella y no quiso que el chico entrara a verla y ayer tampoco, pus dice que si le ve, le da el patatús y corre peligro de largarse al otro barrio. Y agora viene la gorda, qui lo hi sabio, Colasa, la en frente de ca Nicanor, y es que la Tónica, le ha mandao una cartica diciéndole que ya han acabao pa siempre jamás amén, y se armao una que no sé. Nicanor anda por el lugar como un toro desmandao y su padre ha ido a buscar a Mosén Antón a ver qué se hace... ¡Asina, asina, como te lo digo!...
* * *
—¡Señor Cura—dijo Antonia, dirigiéndose al anciano Mosén Antón a cuyo alrededor se sentaban Nicanor y los padres de los novios: —no se cansen ustedes; soy aragonesa y no me vuelvo atrás. ¡Le he escrito a éste que no me puedo casar con él y no me caso, ni quiero noviazgos! ¡Ea, ya está dicho!

—Pero, Tónica—exclamó Nicanor—, ¿qué te ha dao? ¿Qué estrupicio es éste?

—Cállate—dijo Mosén Antón—, y dejad, me, a ver si nos entendemos. Hija mía, esa resolución tan irrevocable tendrá algún fundamento serio, algún...

—Es muy sencillo — interrumpió la moza con entereza—: no quiero casarme con Nicanor, porque padece una enfermedad grave y repugnante.

—¿Yo, enfermo?—repuso el muchacho con el mayor asombro—¡Si a mí no me duele nada!

—Sí, sí; estás atacado de un mal asqueroso que has adquirido en África, pues de continuo arrojas por la boca las inmundicias de tu vientre; y yo he sido testigo ayer en la estación y a la puerta de esta casa. ¿Me has entendido?

Todas las miradas se fijaron en el mozo, que balbuceó confuso:

—Estás loca, Tónica; con lo que yo te quiero...

—Yo también a ti; pero estoy muy cuerda, muy cuerda: y no quiero a un blasfemo por marido. Anteayer te oí pronunciar las frases más sucias y canallescas contra el Santo Nombre de Dios; por eso, aunque te tengo muchísima ley, prefiero mil veces que me entierren con palma, a tener a mi lado a un sujeto que padece cólico miserere del alma, con que continuamente me haría estremecer de horror con esas palabrotas tan cochinas, propias sólo de gentes perdidas, bestiales y sinvergüenzas. ¡Figúrense ustedes!, ¡qué horror!, tener un esposo de cuya boca aprendieran mis hijitos a maldecir a Dios! ¡Nunca, nunca!

—¡Grave y horrible es la cosa!—exclamó el buen Mosén Antón, mientras todos los presentes se miraban aterrados y confusos. De pronto, Nicanor se levantó pálido como un muerto, y arrodillándose a los pies de su novia, dijo con voz conmovida:

—Perdón, Tónica; perdón, señor Cura; perdónenme ustedes todos. Tiene razón Tónica; soy un miserable que he tenido a gala ese infame lenguaje, adquirido en los campamentos africanos; pero yo quiero a Tónica con toda mi alma, yo me enmendaré; yo haré todo lo que otro hombre pueda hacer en el mundo.

—Levántate, Nicanor, y óyeme —dijo la muchacha—. Si en el término de dos años contados desde el día de hoy, cortando, por supuesto, las relaciones como novios, no vuelves a insultar con espantosas blasfemias el Santo Nombre de Dios, de la Santísima Virgen y de la Sagrada Eucaristía, de suerte que te cures del todo ese horrible y grosero vicio, tuya seré y al altar iremos; pero si llego a tener noticia, y cree que pondré yo todos los medios oportunos para saberlo, que has blasfemado una vez siquiera, ¿oyes bien?, una vez siquiera, puedes buscarte otra compañía, porque Tónica Pérez ha muerto para ti, y esto entiéndelo tú y ustedes también sean testigos, y, ya basta de conversación, porque ya he dicho que soy aragonesa y primero faltará la luz del sol que me volveré atrás de lo dicho...

* * *

Yo, por mi parte, sólo diré que dos años después, día por día, Mosén Antón bendijo la unión de nuestros jóvenes, y al terminar la ceremonia, Nicanor, dando un abrazo a Tónica, le dijo:

—¡Bendito sea el Nombre de Dios, que te ha hecho tan cristiana y tan aragonesa! ¡Bendito sea el tesón que has tenido para curarme el vicio sacrílego de la blasfemia!

Augusto

La Iglesia y la familia

La Iglesia nació en el hogar

En una habitación familiar tuvo lugar la última Cena, la institución de la Eucaristía. En una estancia familiar se desarrollaron las manifestaciones más gloriosas de la Resurrección.

En una sala de un padre de familia, tuvo lugar la Pascua de Pentecostés.

Todos los misterios de la liturgia de la Iglesia tuvieron su desenvolvimiento entre las paredes del hogar, en las casas.

La Iglesia vivió en el hogar

En los Hechos de los Apóstoles se refiere que los cristianos de la Iglesia primitiva de Jerusalén se reunían diariamente, ya en una casa, ya en otra, para la fracción del pan, frase sacramental con que, tanto en las Sagradas Escrituras del nuevo Testamento como en los escritos de los Santos Padres, se designaba a la Sagrada Eucaristía.

Al banquete eucarístico seguía siempre un ágape o convite, en el que reinaba la más pura y grande alegría fraternal.

Los cristianos no cesaban de alabar a Dios, y eran la admiración de todos por la santidad de su vida.
Cuando el Apóstol San Pedro fue libertado de la cárcel de Jerusalén, se dirigió a Casa de María, Madre de Juan (San Marcos), donde estaban congregados muchos y oraban.

En una carta que San Pablo escribió a los Colosenses, al final les dice: "Saludad a los hermanos de Laodicea, y a Niceforo, y a la Iglesia que está en su casa."

En otra del mismo a Filemón, se expresa así: "Pablo, prisionero de Jesucristo, y Timoteo hermano, a Filemón, amado y cooperador nuestro, y a la Iglesia que se reúne en tu casa."

Y lo mismo que la casa de estos santos varones y piadosas mujeres, todas las demás de los cristianos, en las ciudades donde había adoradores de Jesucristo, estaban convertidas en iglesias, donde se celebraban los misterios eucarísticos y demás ceremonias del verdadero culto.

La Iglesia se desarrolló en el hogar

Tal es la relación entre la casa y la Iglesia, que ésta fue llamada por San Pablo más de una vez doméstica.

En la carta que desde Corinto envió a los cristianos de Roma, escribía: "Saludad a Prisca, y a su esposo Áquila y a su Iglesia Doméstica."

En esta Iglesia Doméstica de Prisca o Priscila tuvo sus primeras catequesis el Apóstol San Pedro. La silla donde se sentaba para explicar el evangelio es la misma que hoy se conserva, como preciosa reliquia, en el altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro del Vaticano.

La silla, forrada de bronce, está sostenida por cuatro estatuas gigantescas, en bronce también, que representan a cuatro padres de la Iglesia, dos de la griega y otros dos de la latina.

Las iglesias domésticas, a medida que aumentaban los fieles y las circunstancias lo permitían, fueron cada día más amplias, y recibían el nombre del titular, el patrono de la casa.

Y así, la Iglesia de Priscila y Áquila (Acilio, de una gran familia romana).

La del patricio y soñador Pudente, en título de Prudente, que destinó a Iglesia la mejor de sus Basílicas.
Las riquezas de los patricios romanos eran inmensas y sus palacios suntuosos y magníficos.

De las descripciones de Plinio el viejo y de Vitrubio, aparece que algunas habitaciones de esos palacios tenían cabida para miles de personas.

Dichas salas se denominaban basílicas, nombre que han conservado después las Iglesias más célebres del orbe cristiano.

Estas aulas patricias se designaron con el nombre de títulos que bastante posteriormente se transformaron en lo que hoy llamamos parroquias.

La Iglesia y el hogar no se desprenden

Desde la humilde choza del pobre, hasta la basílica del patricio, todas las casas cristianas fueron templo y hogar al mismo tiempo.

Así quiso la Providencia de Dios santificar a la familia. Y esta convivencia cristiana duró varios siglos, como si la Iglesia no acertara a separarse del hogar cristiano.

La primera catedral del mundo, San Juan de Letrán, fue el aula magna de un palacio de Constantino el Grande, donado al Papa Melchíades.

El hogar nunca dejó de ser Iglesia

Aunque el progreso rápido del cristianismo y la razón misma del culto público, debido al verdadero Dios, en la verdadera Religión, que es la católica, obligó a destinar a Iglesias edificios separados del hogar, éste no dejó nunca lo que fue en un principio: La Iglesia doméstica.

Esta verdad la demuestra la tradición que ha llegado, por ventura, hasta nosotros. ¿Qué eran las casas de nuestros abuelos? Una Iglesia doméstica, donde el sacerdote, que era el cabeza de familia, su voz dulce y paternal, congregaba a todos sus familiares por la mañana, al mediodía y a la noche, para rezar las oraciones y alabar a Dios. Los congregaba a todas las horas, cuando la campana los invitaba a rezar las Avemarías.

El hogar siguió siendo templo, porque en las estancias presidía el Crucifijo, como preside en el templo; en las paredes colgaban cuadros religiosos, no como adorno exclusivamente, sino como ejemplares de virtudes cristianas y de la más pura santidad.

Las Navidades, los Santos Reyes, la Pascua, el santo tiempo de adviento y la Cuaresma, las fiestas principales del año litúrgico, eran observadas en los hogares con la solemnidad que lo observan hoy los ministros sagrados en los templos.

El hogar recibió a la Iglesia en su nacimiento, pero la Iglesia, agradecida, dejó al hogar su espíritu divino de majestad y grandeza. Espíritu que vivificó a la familia cristiana de tal suerte, que no se le puede quitar sin descuajar al hogar y destruir la familia. ¡Acontecimientos históricos contemporáneos lo demuestran hasta la evidencia! ¡Triste realidad!

(Continuará)

Bibliografía

"Visita domiciliaria de Cristo Rey"

Pequeño opúsculo, aprobado y bendecido por Fr. Luis Amigó, Obispo de la Diócesis de Segorbe. Consta de 40 páginas y está editado en la Imprenta de José Suay. Segorbe.

Popularizada en estos tiempos la singular devoción de llevar por las casa de las personas piadosas las imágenes de su mayor devoción y practicar en tan satisfactoria visita algunos ejercicios piadosos, parece sumamente oportuna la introducción de estas Visitas domiciliarias con la imagen sacrosanta de Cristo Rey, puesto que el anhelo más grande de todas las almas piadosas es conseguir el establecimiento del reinado de Cristo en el inundo y sobre todo en España, donde palpita viva en todos los corazones cristianos la consoladora promesa del Sagrado Corazón de Jesús, que dijo: "Reinaré en España en más predilección que en otras partes".

Para fomentar, pues, este anhelo tan general y comenzar el reinado de Cristo en los hogares cristianos, como base del reinado universal, se ha introducido esta piadosa devoción, nacida en la Catequesis de los Padres Franciscanos del convento de Segorbe (Castellón), y se ha escrito para la mayor facilidad de su práctica este piadoso librito infiltrado de espíritu franciscano y nutrido de amor y devoción a Cristo Rey. y con un apartado especial para los niños, que, como porción predilecta del corazón del Divino Rey, se acostumbran desde su Catequesis a practicar la visita domiciliaria a su mejor amigo el Rey de Reyes y Señor de los que dominan.

Aconsejamos a todos nuestros lectores la adquisición de este librito y la introducción de esta devoción piadosa en todos los hogares cristianos. Segorbe. Catequesis de los Padres Franciscanos.

"Consuelos a los que sufren"

Nuevo mes ilustrado del Sagrado Corazón, por el P. Manuel Carcéller, Jesuita.

Oportuna es la obra que con este título anunciamos, encaminada principalmente a obtener de Dios el triunfo de la Iglesia en España y en todo el mundo.

Sabiendo que nuestras penas y aflicciones, cuando van unidas a las del Corazón de Jesús, tienen una fuerza maravillosa de valor inmenso, el presente librito se propone encauzar estas fuerzas y reunir
estos valores espirituales, y colocarlos en la balanza de la divina justicia, justamente irritada contra los crímenes del mundo, e inclinarla del lado de la misericordia.

Por esto se le ha dado al libro la forma de Nuevo mes ilustrado del Sagrado Corazón para dar al sufrimiento más valor, con la resignación aprendida en las enseñanzas e imitación del Corazón Divino, el cual nos dice: que la ley del dolor es una ley universal, necesaria, amorosa, justa, sapientísima y provechosa, enderezada siempre a nuestro mayor provecho y a mayor honra y gloria de nuestro Padre, que está en los ciclos, de la cual hemos de participar eternamente.

Déjese oír por todo el libro la Voz de Jesús, que nos declara esta ley del dolor en 30 consideraciones, y expone los motivos de consuelo al que sufre, haciéndole llevadero el dolor y aun amable; y le anima y fortalece para sacar de él gran utilidad y provecho. A cada consideración sigue una máxima sobre el dolor, escogida de autores insignes en santidad o en humana sabiduría.

Termina todos los días con la oración litúrgica, puesta en castellano, propia del oficio y misa recientes del Sagrado Corazón de Jesús. Cierra el libro la lista alfabética de los mencionados amadores de
la CRUZ.

La lucha de la vida

Muchos años hace, un ilustre varón de la Idumea se quejaba desde su lecho de dolor de los inmensos infortunios que sobre él habían caído y decía: "Milicia es la vida del hombre sobre la tierra." La tierra, en efecto, que el munido extraviado pretende convertir en paraíso de dulzuras, es un campo de lucha en que cada hombre es un combatiente y cada día, día de batalla: no hay tregua posible: la paz sería la felicidad, y la felicidad es para nosotros una prófuga, o al menos un huésped de paso, que va siempre de prisa, temiendo que nos familiaricemos con ella.

Hoy más que nunca resuenan en el aire voces de guerra; hoy más que nunca reconocen todos que vivir es luchar y hoy más que nunca, por consiguiente, se hace necesario revestir mi loriga santa de que nos habla San Pablo en sus cartas: la fe Ella no nos hace invulnerables, pero sin ella la caída es segura. La fe es valor, y, ¿quién lo pone en duda?, sin valor no hay energías para el combate: hay sólo postración, enervamiento. El primer embate arroja al suelo sin dignidad, sin honor.

Ora consideremos la falta de fe en una sociedad, ora la observemos en el individuo aislado, echamos de ver que, en su reemplazo, arde primero la sed de placeres, luego la llama concentrada del odio impotente, y más tarde quizás las iras rebeldes, las venganzas de sangre, que enlutan tantas naciones y llevaron la desolación a tantos hogares.

La fe habla al rico opulento y al pobre jornalero.

Dice al uno: ese que ves encorvado sobre el banco del taller es tu hermano, es tu igual. Sus manos están santificadas por el trabajo, su frente ennoblecida por una diadema de sudor, su alma buena y resignada. Ámale, no le compadezcas.

Dice al otro: ese que vive en el fausto es tu hermano, es tu igual. Entre él y tú media una sola diferencia: la posición social, y esa no es estable. No le envidies, sino respétale: no le odies. Y guiados por esa enseñanza pura, hemos visto ricos amables y pobres felices. La resignación endulzaba la vida de éstos, la caridad añadía timbres de nobleza al palacio de aquéllos. De este modo la lucha de la vida llegaba a perder su trágica solemnidad; no había víctimas.

En nuestros días la voz de la irreligión habló también al rico y al pobre. Al rico le dice: Vivir es gozar; no hay en el mundo igualdad posible. Cada uno tiene su destino. Los que están arriba son señores; los que están abajo son esclavos.

A su vez dice al pobre: Sufres injustamente. Y al son de estas palabras nefastas, ¡cuántas desgracias e infortunios no han venido sobre los pueblos!

La resignación abandonó el hogar del pobre y vino a reemplazarla el genio de la muerte con la tea incendiaria en una mano y el puñal en la otra.

¿No estamos viendo las consecuencias del destierro de la fe?

Luchemos también los católicos para restablecerla en los individuos, en los hogares y en< la sociedad.
El hombre sólo es grande cuando vive al lado de un Dios.

Ricos, amemos a los pobres; pobre, amemos a los ricos; en eso nos conocerán por verdaderos discípulos de Jesús: "en que nos amamos los unos a los otros".