El nacimiento de Jesús

Encanto del mismo Edén,
Jesús, nuestro hechizo,
sonríe al triste mortal
en forma de niño.

Él es la mística flor,
de aroma divino,
que brotar el mundo vio
de tallo virgíneo.

Tan aromática flor
igual no ha tenido;
que en su cáliz la beldad
se encierra Dios mismo.

¡Qué bueno es Jesús!
¡Qué gracioso y lindo!

Un volcán de puro amor,
su corazoncito,
de los cielos descender
por salvarnos le hizo;
y ejemplos bellos nos dio,

cual nunca se han visto,
de muy excelsas virtudes
y de sacrificios.

Su cuna un pesebre fue,
y el pobre otro abrigo
no tuvo sino un Portal
y pañales míseros;
que no le quiso hospedar
el mortal altivo.

¿Hasta cuándo ha de sufrir
ese tierno niño
del crudo invierno el rigor
y aun más tu desvío?

Ofrécele el corazón:
en él dale abrigo,
y así le verás nacer
de nuevo en tu hospicio.

¡Qué bueno es Jesús!
¡Qué gracioso y lindo!

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

Niño Jesús

Niño Jesús (De religión digital)

El Sol de Navidad

¡Navidad, si no fuera por ti, cuán triste sería el invierno!

El sol es la vida de todo cuanto existe; pero el dios Febo muchos días de invierno brilla por tu ausencia, no apareciendo en ese su regio trono del firmamento desde donde impera, dirige y prodiga alientos y vida a cuantos seres del Universo ve agitarse ante sus plantas, y en aquellos otros días en los cuales se digna dispensarnos las gracias de los besos y caricias de sus brillantes y cálidos rayos, cuán mezquino y huraño se porta al hacernos tal merced.

Se diría que, a la manera de un padre, en cuyo corazón se ha enfriado el amor que sentía por sus hijos, mira con indiferencia y desvío a los que él ha engendrado, así el sol, el padre del día y de la vida universal, en estos días invernales ha dado lugar a otros amores en su corazón de fuego, y sólo tiene para esta parte del mundo en que nosotros habitamos, una fría y glacial indiferencia, y si acaso nos mira y nos dispensa alguna caricia, es más que de prisa, de soslayo y como de paso.

Sin embargo, en el invierno, en que sufrimos tan malos tratos del sol material, tenemos en cambio, como en compensación, la grata nueva, la regocijante memoria, la dicha incomparable de ver aparecer en el cielo de nuestra vida del espíritu, y en medio de tantas estrellas brillantes de las grandes festividades religiosas del firmamento del Cristianismo, la tierna y simpática solemnidad de la Natividad del Señor, del Sol de Justicia, Cristo Jesús.

Ese Sol de las almas y de la vida de los espíritus, que con sólo aparecer en el mundo, convierte estos fríos, cortos y pálidos días de invierno en los más cálidos, largos y brillantes del más esplendoroso estío de la gracia. Ya que ese divino Sol, después de lucir brillantemente durante el día, sobre el mundo de los espíritus, prosigue prodigando sus luces y esplendorosos rayos también durante la noche, o mejor dicho, en estos días no existe la noche, es todo un día continuo, largo y esplendoroso; puerto que, durante estos días regocijantes y lucientes no se pone el Sol de la dicha y de la alegría, el Sol del amor y de la ternura, el Sol de Justicia y santidad, Cristo Jesús, el Divino Infante, el Niño de Belén.

He aquí por qué me he puesto varias veces a considerar en lo largo y frío que debe ser el invierno de los que no tienen encendida en su alma la llama pura, luciente y cálida del amor y fe en Cristo.

¡Oh, Jesús, Sol de las almas, que una noche, Noche Buena, bonísima por muchos títulos, apareciste en el mundo para alumbrar y darnos la vida de la gracia a cuantos desterrados en este suelo de desventuras y errores, vivíamos sumidos en tinieblas y en sombras de muerte! No ceses de enviar tus rayos de amor y de viva fe desde esa tu Cuna de Belén, durante estas Navidades, sobre todos los que en Ti creemos y vivimos en tu santo amor, y a cuantos tienen la desgracia de vivir en el frío invierno de la incredulidad y del error, dignaos concederles el don inapreciable de mostraros y apareceros en el cielo de su alma, cual otro sol ardiente y brillante, que disipe las nubes de su mente y derrita los hielos de su corazón.

Fr. Juan de Dios Sala, ofm


Episodios del negrito Marabá (21)

En la casa cristiana

El descanso, después de tan larga y penosa navegación y entre amigos de la misma ideología religiosa, fue no sólo oportuno, sino en extremo agradable para los viajeros del río Ogun.

Precisamente, días antes había estado el misionero católico en Katuna, hospedándose en aquella misma casa de Jetua y Tochenú, y sabían ellos muy bien todo el itinerario que debía seguir en su periódica visita a los diversos cristianos esparcidos por el bosque y en los múltiples caseríos y aldeas de la región de Lagos.

Era, pues, conveniente esperar, allí entre tan buenos amigos, hasta adquirir la certeza de la vuelta del misionero a su morada.

Referencia de los misioneros de Abeokuta

En toda aquella extensa región de Yorubas y golfo de Benin se habían establecido en diversas épocas algunas misiones católicas, llegando algunos misioneros, en atrevidas navegaciones por los ríos y lagos hasta Abeokuta, capital del pequeño estado de los Egbas, y que después de la destrucción del antiguo reino de Yorubas, en 1825, fue edificada por los fugitivos y se hizo pronto poderosa, hasta el punto de poder rechazar los ataques de los dahomeyanos. En esta ciudad, además de los miles de mahometanos que hay en ella, había un gran número de cristianos, porque los Egbas, retornados de la Liberia a la fundación de la nueva ciudad, introdujeron el cristianismo, que al principio fue favorecido por los jefes; pero en 1867 fueron expulsados todos los misioneros europeos, que forzosamente tuvieron que ir a albergarse en las colonias europeas de la costa, donde establecieron sus Misiones, y de donde partían frecuentemente hacia las aldeas del interior y aun hasta Abeokuta, donde por fin lograron poderse de nuevo introducir.

El misionero que nuestros viajeros iban a buscar era un religioso franciscano, de aquellos que en los años anteriores habían tenido su misión junto a la morada de Güezo, y cuyo último misionero, al morir, había dejado a la piadosa Inés, como prenda de la vuelta de otros misioneros, el cordón con que se ceñía.

Como era preciso permanecer en aquella casa, donde habían sido recibidos como de familia, trataron de acomodar su vida y consagrarse a los mismos trabajos de sus moradores.

Recolección del vino y del aceite de palma

Tochenú no sólo se dedicaba a la pesca, como los demás habitantes de Katuna, sino que con más intensidad trabajaba en tierra firme en el cultivo de la yuca y del maíz y en otras cosechas, como la del aceite y vino de palma. Esta última cosecha estaba en ciernes y Tochenú iba a encontrar unos decididos operarios en sus nuevo, huéspedes, que entretendrían sus ocios muy a gusto tomando parte en su recolección. Marabá no dejaría de tomar parte en ello con sumo interés.

Una buena mañana, cuando el alba enrojecía con irisaciones de púrpura la ondulada superficie del lago, partía de la choza flotante de Tocherú una bandada de ligeras canoas cargadas de cuencos, calabazas vacías y otros cascos grandes de fruta seca, cuerdas y demás utensilios para la recolección.

Toda la familia, con los huéspedes y algunos operarios, iba también montada en las piraguas, que hendían plácidamente las rizadas olas al compás de los cantos monótonos de los piragüero. El sol se miraba ya espléndido en el espejo gigante de las aguas, cuando los bateleros amarraban las canoas al tronco de los árboles del bosque que lindaban la orilla del lago, y cuando ya los expedicionarios llegaban, cargados de vasijas y demás enseres, a las posesiones de la familia de Tochenú. Atravesaron los campos de maizales coronados de esbeltos penachos en flor y cargados de abultadas y verdes mazorcas; y al pie de una esbelta colina, donde se alzaba una choza, hicieron alto, descargando su bagaje. Era el punto de destino.

Detrás de la choza se extendía un bosquecillo de palmeras bien cultivadas, que eran las que daban las ricas cosechas de vino y de aceite.

Antes del trabajo tomaron el almuerzo, en el que abundaron las panochas asadas del tierno maíz y las dulces bananas. Después de esto, las mujeres quedaron en la choza para aderezar la comida y los hombres se dirigieron a las palmeras para cosechar de ellas el agradable vino de palma.

Los operarios más ligeros y jóvenes tomaron a su cuenta las palmeras más altas, y las otras más bajas para los de más edad, y dieron comienzo a la operación de esta manera. Pasaban alrededor del tronco una cuerda, y con la misma se ataban a sí mismos con dos o tres vueltas, y apoyando las puntas de los pies contra el árbol, quedaban sentados en la cuerda, y valiéndose de este apoyo, subían los pies más alto, y cogiéndose con los brazos al tronco, elevaban la cuerda que se sostenía en las asperezas de la palmera, y así ganaban la cima con una ligereza pasmosa.

Ya en el copo de las palmas, hacían una incisión o corte en la yema del tronco, metiendo una pequeña cánula inclinada que vertía el zumo que iba huyendo de la herida en el recipiente, que eran las vasijas o calabazas que dejaban; colgadas debajo de la herida. Así unas tras otras fueron disponiendo todas las palmeras viníferas para volver a la caída de la tarde y vaciar aquellas vasijas, que con seguridad estarían llenas del sabroso líquido, y continuar llenándose durante la noche, para volverlas a vaciar por la mañana.

Esta savia, que fluye del árbol, fermentada, adquiere un sabor ácido picante, y en este estado se llama vino de palma. La palmera es la llamada raphia vinifera y para esta operación se emplean las palmeras macho. Cada pie da, si crece en sitio húmedo, unos 40 ó 50 litros en veinticuatro horas. Suele emplearse también este líquido, después de recogido, para consumo diario, y bien filtrado es un vino blanco y muy agradable, que suple en parte al vino de nuestras viñas.

Marabá no era ajeno a esta divertida operación, y con su peculiar destreza prevenía y suministraba a los operarios las cánulas y las vasijas, y acabó por atarse también la cuerda y encaramarse al copo de las palmeras para medir y averiguar la cantidad del vino recogido, anunciándolo con fruición a los operarios.
Como la seguridad del campo era al parecer bastante buena, se pernoctó varias noches en la cabaña para terminar la recolección, y durante los espacios del tiempo en que se llenaban las vasijas, se dedicaban a la recolección de las piñas del aceite.

Tenía Tochenú otro bosquecillo plantado todo de palmeras del aceite, llamadas por los indígenas abeidonan, que es la conocida en Botánica con el nombre de Aavora clacis guincensi. Estas palmeras producen unos grandes racimos en forma de piña, que miden unos 60 centímetros de largo por 60 a 90 centímetros de circunferencia, y de 12 a 16 kilogramos de peso, que contienen unos 600 a 800 frutos capsulares del tamaño de una nuez cada uno. Son drupas carnosas que en su interior contienen el hueso que encierra una almendra blanca. La carne de estas drupas es fibrosa e impregnada de materia grasa; sus nueces, conocidas también por capullitos del Zaire, son igualmente oleíferas. Por eso estos frutos producen dos clases de aceite: El de la drupa y el que se extrae de las almendras. Los frutos desprendidos en su madurez se amontonan en el suelo. Se produce así una fermentación bastante activa, y después se echan en cubos de hierro, donde hierven con agua bastante tiempo. Se machaca entonces el fruto en morteros de madera para separar la nuez de la corteza, y ésta se hace hervir de nuevo. El aceite de palma sobrenada entonces en la superficie del líquido y se separa con cucharas de madera. Resulta una masa casi sólida, butinosa, cuyas aplicaciones son muy varias.

La segunda clase de aceite de palma es la que se extrae de las almendras de este fruto, y es blanco y sólido y tiene mucha analogía con el aceite de coco.

En África los negros se dan fricciones en todo el cuerpo con aceite de palma, por su agradable perfume.

La recolección llegaba a su fin. Algo anormal había observado Tochenú por los alrededores de aquel bosque cuando, con tenaz insistencia, ordenaba a Marabá que no se ausentase de su compañía. Ya veremos luego cuán fundada era su preocupación.

(Continuará)

Fr. Manuel Balaguer, ofm

La Venerable Madre Ágreda en las Misiones

Es admirable y portentosa en todos los sentidos la vida de la Venerable Madre Sor María Jesús de Agreda, Religiosa Concepcionista Franciscana Recoleta. Sus virtudes en grado heroico asombran al más experimentado en los grados de santidad; sus tres noviciados espirituales y la muerte mística llegan al más alto ápice de la perfección, y su vida mariana no tiene rival en los anales de la Historia. Dejando la revelación y la parte histórica de su monumental obra la Mística Ciudad de Dios, que es sublime en la parte teológica, contiene doctrinas que ningún teólogo alcanzó ni explicó con tanta claridad y sabiduría en los misterios de la Encarnación, de la Eucaristía de la Redención y de las excelencias de Jesús, María y José.

Libros de mérito se han escrito considerándola como Teóloga, como Doctora como Misionera y como Santa, y hoy solo hablaremos de dos estupendos prodigios que se refieren de ella en las santas misiones de Méjico o Nueva España respecto de su Bilocación y de su Martirio.

Bilocación de la Venerable María Ágreda

Corrían rumores de que una Religiosa vestida con el hábito blanco y manto azul de Concepcionista, catequizaba y evangelizaba a los indios de algunas regiones de Méjico. Las sospechas recayeron en la Venerable Madre Sor María Jesús de Agreda, tan célebre en su santidad, y el Padre Provincial con testigos le obligó bajo juramento que declarase la verdad acerca de este portentoso hecho. No contentos con esto, el tribunal del Santo Oficio tomó parte en tan importante y portentoso asunto, y los Inquisidores le obligaron bajo pena de excomunión a decir la verdad.

Obligada la Monja Concepcionista Franciscana Recoleta de Agreda a manifestar su secreto declaró que por varios años, al mismo tiempo que estaba de Abadesa en Agreda, era trasladada a Méjico a convertir a aquellos salvajes y que después de catequizarlos, los mandaba a los Padres Misioneros que recorrían aquellas tierras. Esta era la causa de que llegasen a saber los Misioneros que por aquellas zonas andaba alguna religiosa Concepcionista Evangelizando a los indios, pues éstos contaban prodigios de la gran Misionera Franciscana. Con tantos datos y con la declaración bajo juramento y pena de excomunión que había dado la Venerable Madre Agreda a los Inquisidores, se averiguó con toda certeza, que el Señor había concedido a la virtuosa Monja el don de bilocación, esto es, el de estar a un mismo tiempo en dos lugares, milagro que se admite en San Antonio de Padua, en el venerable Fr. Pedro Bardesi, natural de Orduña, y en otros varios santos.

La naturaleza de esta Bilocación.—La Venerable Madre Sor María de Jesús dijo, que ella no sabía cómo se verificaba este prodigio, y que sólo sabía que a un mismo tiempo estaba en Ágreda y en Méjico. Para explicar este misterio los filósofos y los teólogos se dividían en distintos pareceres así como hoy querían explicarlo con telepatía, magnetismo y otros medios naturales. Pero como no cae bajo la razón natural un hecho tan prodigioso, reconocen la sobrenaturalidad de esta bilocación en cuanto al modo, algunos sólo admiten este gran milagro en espíritu o virtud de ángeles, mientras que la escuela franciscana, con Alejandro de Alés, Escoto y Comink admite bilocación real, corporal y circunscriptiva, y reconocen casi como cierta esta explicación Suárez, Belarmino, Madina y otros veinte autores que cita el sabio Dr. Royo contra los tomistas en su estudio "Una gran Misionera", página 28 y siguientes, refiriéndole a la Monja Concepcionista de Ágreda.

El martirio de la Venerable María Ágreda

Como Sor María de Jesús de Ágreda, según los testimonios jurados en el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, nos asegura que conocía en su don de bilocación las tierras, el clima y otros detalles materiales y sensibles de la Nueva España, es consiguiente que se admita en sus excursiones misioneras una bilocación real, corporal y circunscriptiva, y no puramente espiritual o imaginaria. Confirma este argumento el martirio o las heridas que padeció en defensa de la fe católica, porque algunos idólatras se levantaron contra ella, al ver que les arrebataba muchas almas del paganismo.

Y en verdad; según relación auténtica de la Venerable, recibió muchas heridas graves en su apostolado y fue coronada como mártir de la fe por los Santos Ángeles.

Ahora bien, ¿podemos por esto solo dar a la gran misionera Venerable María Agreda el título de Mártir? He aquí una cuestión muy intrincada que se ha debatido con ardor y entusiasmo en las Escuelas. Los maculistas, como Sor María de Jesús defendía en sus escritos el misterio de la Concepción, Inmaculada de María Santísima, se declararon en contra; pero los inmaculistas se declararon a favor del martirio de la Venerable.

Dejando todo criterio apasionado, sometamos a principios teológicos esta cuestión, que puede servir para gloria de Dios y de la Monja Concepcionista de Ágreda.

En primer lugar, es cierto que podemos llamar Mártir por cierta semejanza a los que han buscado con verdadero anhelo la palma del martirio por la fe de Cristo. La Iglesia ha consagrado estos anhelos con el nombre, mártir desiderio, mártir por el deseo. También la Iglesia llama mártires en sentido amplio a los que han muerto por alguna virtud eminente, como mártir por la caridad, mártir por la pureza, mártir por la vida religiosa, etc. San Jerónimo (Ep. Santa Paula), San Agustín (Sermón 250), San Bernardo (Sent. Brev.), el franciscano Pelbarto, Juan de Segovia y varios otros afirman, que para ser mártir no hay necesidad, de derramar sangre; y así justifican el martirio de la Virgen y de otros santos que padecieron suficiente para el martirio sin derramamiento de sangre.

Y si todos éstos merecen el título de mártir, está en mejores condicione; para ello la Venerable Madre Agreda, porque sufrió heridas mortales, derramó la sangre por la fe de Jesucristo y hubiera muerto en las misiones, si la mano de Dios no le hubiera sostenido la vida. Los autores antes citados, Cartagena, Suárez, San Antonino, El Cartujano, Laurea, Urritigoiti, Siveira y otros muchos afirman que no hay necesidad de morir en él acto de los sufrimientos para merecer la palma de mártir, sino que basta haber sufrido lo suficiente para dar la vida por la Fe. De donde se infiere, que la Venerable Madre Ágreda fue Mártir en las Misiones de los infieles de Méjico.

Y no solo pertenece a la Venerable Madre Sor María de Jesús de Ágreda la aureola, y la palma de Mártir, sino deben también adornarse sus sienes con la aureola de Virgen por su pureza angelical, y con la aureola de Doctora por su eminencia en las ciencias divinas, pues son sublimes la Mística Ciudad de Dios, y todos sus escritos.

Fr. Andrés de Ocerín, ofm

Los negros no carecen de ingenio y gracia

En el Congo, un blanco no quería inscribir en el registro el nombre de un cristiano indígena.

—Usted dispense —decía el indígena al blanco—; yo me llamo Alberto Mundeke. Yo soy hijo de Dios.

—A Dios —respondió el blanco— no le he visto jamás ni le conozco. ¿Dónde vive ese tu Dios?

—Sal de casa —dijo el negro al blanco— yo te lo enseñaré.

Salió el blanco y entonces el negro le señala al sol, que brillaba en su apogeo tropical. El blanco, deslumbrado, desvió la vista, y...

—Señor blanco —le dijo el negro con ironía—, ¿con que no puede ver la criatura y pretende usted ver al Criador?

El matrimonio en Palestina

III. Petición oficial de la esposa

Cuando el padre del esposo, después de serio examen y madura discusión, cree haber encontrado la perla preciosa procede a dar los pasos para su adquisición. Bajo mano y sirviéndose de alguna persona confidencial, entra en relaciones con el padre de la esposa e investiga con finura y delicadeza sus disposiciones respecto al proyectado matrimonio. Si estos tanteos y sondeos no dan buen resultado, se impone el cambio de programa. Cuando, por el contrario, el éxito es favorable, se preparan los tratos directos y se fija el día en el que se hará la visita oficial para pedir la mano de la esposa.

Llegado el tan suspirado día, el padre del esposo se dirige a la casa de la futura esposa, acompañado siempre de dos o tres amigos, personas por otra parte de estima e influyentes. Al umbral de la puerta son recibidos con mil zalamerías y agasajos por el padre de familia y con repetido áhlan ua sáhlan, tafáddalu, bien venidos, tengan la bondad, entren ustedes; los conduce al diván o sala de recibo, invitándoles a sentarse. Sentados todos sobre alfombras o esteras, se informan mutuamente acerca de la salud de cada uno de los presentes y de los parientes ausentes y el jefe de casa aprovecha con oportunidad las pausas, que suelen ocurrir en la conversación, para exteriorizar su gozo y profunda satisfacción por la visita, agradeciendo a sus huéspedes la feliz inspiración de venir a su casa.

Entre tanto se sirve el obligado y clásico café oriental, que, entre los beduinos y fellahin, prepara el mismo jefe de familia y en presencia de los visitantes, mientras que en las ciudades suele ser preparado en un cuarto contiguo y servido por uno de los jóvenes de casa. Tomado el café, se pasa a tratar el asunto que ha motivado la visita. En Oriente, cometería una falta de educación y sería reputado como un grosero, quien pusiese a discusión un negocio serio antes de haber sorbido y saboreado el imprescindible café. La tacita de café es la que en la sociedad oriental acompaña siempre los saludos de rúbrica y la que introduce a las conversaciones serias. El oriental tiene siempre a su disposición tiempo y paciencia, y tratándose de un negocio importante quiere discutirlo con la debida seriedad y sin prisas.

Así, pues, el padre del esposo, o uno de sus amigos, el más experto y elocuente, expone el motivo de la importante visita, poco más o menos en los siguientes términos:

"Oh padre de N. (ya Abu N.) (1), hemos venido para tratar contigo un importante asunto, del que vendrá, ciertamente, un gran bien. El objeto de nuestra visita es pedir la mano de tu hija N., en calidad de esposa, para el hijo de Abu N."

Se pasa después a tejer el panegírico tanto del joven cuanto de la muchacha, haciendo resaltar sus buenas cualidades; se exponen y peroran las ventajas que resultarían de la unión propuesta, y el padre de la esposa condesciende, finalmente, a la petición, diciendo con tono grave, a la vez que caballeresco: "Que todo se realice a medida de vuestros deseos. La muchacha es vuestra (el-bint, bintkum); ella está a vuestra disposición (hi ála kiskum). Los visitantes agradecen efusivamente al padre de la esposa y se procede después a discutir y, si es posible, a fijar el día en el que se han de celebrar los esponsales, que en Palestina revisten gran solemnidad.

Repetidos los más cordiales saludos, las mil zalamerías y cumplimientos, los visitadores se despiden y vuelven a sus casas, felices por el buen éxito de sus gestiones...

Fr. León Villuendas, ofm
Jerusalén y Noviembre 1933.

(Continuará.)

(1) El padre o madre de familia jamás son llamados con su propio nombre o apellido, sino que se pospone el nombre de su primogénito a la voz abu, umm, padre, madre; v. g.: si el primogénito de Ali se llama Mahmúd, Ali se llamará Abu-Mahmüd, es decir, padre de Mahmüd.