PARTE PRIMERA

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios

Convento de Pego

El edificio fue utilizado por el comité rojo de la localidad para albergue de refugiados, no sufriendo apenas deterioro material.

La hermosa iglesia y la sacristía, con todas sus dependencias, fueron devastadas por completo, no dejando ningún objeto de culto divino. Las campanas también desaparecieron: El jardín y la cruz de piedra de la plaza del convento fueron arrasados. En cambio, el huerto se encontró exactamente como lo dejaron los religiosos en 1936.

Dos religiosos sacerdotes de esta comunidad pagaron su tributo de sangre durante la revolución roja en nuestra Patria. A continuación damos noticias de ellos.

P. Buenaventura Botella González

P. Buenaventura BotellaCuando se disolvió la comunidad del convento de Pego, en abril de 1936, incorporose el P. Botella a la de Valencia, que todavía funcionaba normalmente, conservando la disciplina y la observancia regular. Ello no obstante, el piadoso P. Botella no alteró su vida ordinaria de trabajo, de oración y de recogida de materiales para escribir alabanzas en honor de la Santísima Virgen María. Esta era la obsesión del bonísimo P. Botella. Sordo, casi ciego, achacoso, con sesenta años bien trabajados, vivía al margen de cuanto acontecía a su alrededor; nada le interesaba, ni la política, ni la lucha de las pasiones humanas, ni los conflictos sociales. El P. Botella, ensimismado, encerrado en el castillo de su devoción a la Madre de Dios, sólo deseaba que todos la amasen, la reverenciasen y la glorificasen en la tierra. No pudiendo, por la torpeza de sus sentidos corporales, dedicarse al ejercicio de los ministerios sagrados, se consagró en cuerpo y alma a escribir, en estilo sencillo y apropiado a la generalidad del público piadoso, una serie de libritos de devoción, encaminados la mayoría de ellos a fomentar el amor a la Virgen María.

He aquí el título de algunos:

En la Orden ostentó, entre otros, los cargos de Maestro de novicios, Guardián y Definidor Provincial.
Cocentaina, patria de tantos franciscanos, fue la cuna del P. Botella, en febrero de 1873. Se le cuenta entre los primeros seráficos del Colegio de Benisa, donde cursó humanidades. En octubre de 1889 tomó el hábito en el Noviciado, y al profesar el año siguiente inició una carrera de estudios brillante, que coronó con el sacerdocio el 19 de septiembre de 1896.

La piedad verdadera, a base de una devoción filial a la Santísima Virgen, fue norma de su vida, incansable en el púlpito y confesonario, primero; en la dirección espiritual de religiosas, después, y con la pluma en la mano los últimos años de su vida. La labor realizada por el P. Botella es de las que dejan huella sobre la tierra y no se borran jamás.

Al ocurrir la Revolución y estallar la fobia antirreligiosa se encontraba, como hemos dicho, en Valencia. No teniendo allí incondicionales amigos que le protegiesen, determinó marchar a su pueblo natal para buscar en la familia el apoyo necesario en aquellas críticas circunstancias, pero teniendo el presentimiento de que sería víctima del populacho, como así sucedió. En camino hacia Cocentaina, en el trayecto de Játiva-Alcoy, entabló conversación con milicianos vestidos de paisano que también iban en el tren, y como hablaran en voz alta por su dureza de oído, alguien le dijo: " ¡No hable mucho, no sea cosa que le enredren!" Como así fue. Aquellos forajidos, de la conversación sostenida, sacaron la impresión de que era religioso. Con el pretexto de revisar la documentación a los pocos viajeros que iban en el tren, le hicieron bajar en la estación de Agres y subir a un coche, partiendo éste acto seguido en dirección a Muro de Alcoy, y al llegar a las inmediaciones de la villa, en el sitio llamado Ventas de Muro, le obligaron a descender del carruaje y, sin proferir palabra ni darle tiempo a nada, le dispararon un tiro de pistola en la cabeza, dejando abandonado su cuerpo ensangrentado sobre un montón de piedra. Esto ocurrió el 13 de agosto de 1936. Al día siguiente, conducido el cadáver al depósito del cementerio municipal de la villa, fue reconocido por un religioso, identificándole y dando al juez de Instrucción de Cocentaina noticia detallada de quién se trataba.

Sus restos mortales fueron depositados en un nicho de aquel cementerio. Tenía el P. Botella al morir sesenta y tres años de edad, cuarenta y seis de profesión y cuarenta de sacerdocio.

P. Antonio Ribera Puchol

P. Antonio RiberaLa característica principal del llorado P. Ribera fue la simpatía personal que despertaba. Todo en él contribuía a captarse el aprecio de cuantos le trataban, siquiera fuese una sola vez. Su gallarda presencia física, su cuerpo fornido, su mirada bondadosa, su voz agradable, la expresión mímica que daba a los menores detalles de su conversación, siempre amena; su espíritu de adaptación, la prodigiosa memoria con que recordaba lo que había visto, leído u oído; la amabilidad de su trato, la ingeniosidad de sus frases, su carácter franco y expansivo y la alegría que ponía en donde se encontraba, todo contribuía a ganarse la estimación de propios y extraños. De ahí los innumerables amigos con que contaba en todas partes, el elogio que de él hacían cuantos le conocían.

Fue sacerdote secular antes de ingresar en la Orden Franciscana. Durante veintiún años perteneció al clero parroquial de su ciudad natal, Sueca; en aquella Arciprestal disfrutaba de un pingüe beneficio, de patronato familiar, que le permitía vivir con alguna holgura económica. Pero enamorado durante toda su vida del ideal franciscano, relacionado de continuo con nuestros religiosos, que visitaban su casa como Hermano de Cartilla, y a los que proporcionaba una cordial acogida, Dios se valió para recoger del mundo aquella alma noble y desprendida de los egoísmos que el P. Ribera, como sacerdote, contemplaba en todas las clases sociales, y sintiéndose llamado por la gracia de la vocación se retiró algún tiempo a su amado convento de Santo Espíritu del Monte, y la resolución, que adoptó con firmeza después de unos Santos Ejercicios espirituales que él mismo se dirigió, fue abandonar el mundo y vestir el hábito seráfico a los cuarenta y siete años de edad.

El mismo año que emitió su profesión, que fue el de 1921, se dedicó de lleno al oficio de la predicación. El que durante su larga vida parroquial no había subido a otro púlpito que al de Sueca, para dirigir mensualmente algunas sencillas pláticas a la Asociación de Hijas de María que dirigía o hacer simples advertencias a los fieles de carácter general, una vez que se sintió religioso, creyéndose obligado a hacer más, desbordóse resueltamente por los púlpitos de la región valenciana con arrestos de apóstol y valentía de orador de prestigio. La misma simpatía personal que despertaba y las amistades que contaba con sus amigos, compañeros de ministerio, le abrían de par en par las puertas de los templos, 'e ingentes muchedumbres acudían a oír su cálida palabra, y lo mismo en las misiones y Ejercicios Espirituales, que en los sermones panegíricos de solemnes funciones religiosas. En su predicación cosechó frutos abundantísimos, que el Señor, con larga mano, le habrá recompensado en el cielo.

En los quince años que vivió en la Orden sólo desempeñó los cargos secundarios de Vicario de Santo Espíritu, Benisa y Pego, y el de Instructor de los Hermanos legos. A última hora regentaba la parroquia de Senija, confiada a los PP. Franciscanos.

Venido el Movimiento, se refugió en Sueca en casa de sus hermanos, creído que sus paisanos, con el prestigio de su apellido y por la caridad que siempre les dispensó, respetarían su persona; pero se equivocó y conoció de lleno la amargura de la ingratitud humana.

No solo él, sino otros dos hermanos suyos, fueron detenidos después que las turbas asesinas asaltaron violentamente la casa solariega de sus padres, y los tres hermanos sometidos a las más crueles torturas. Las tres víctimas, conociendo su próximo fin y siendo como eran hombres de sacrificio y de alto valor espiritual, se prepararon a morir como buenos cristianos, confesando en alta voz su fe y no quejándose de las bárbaras mutilaciones que los rojos les hicieron en sus robustos cuerpos.

Al P. Ribera, primero, le cortaron las manos en presencia de sus hermanos; luego, los dos brazos; finalmente, le dieron un tiro de pistola en la nuca que le desplomó en tierra instantáneamente. Durante el martirio no se lamentó lo más mínimo; sólo desahogaba su dolor llorando sin cesar y diciendo a los verdugos: "Saciad vuestra sed de venganza conmigo, matadme; pero no hagáis daño a mi hermano Romualdo, que tiene esposa e hijos". El género de muerte a que fue sometido el P. Ribera conmovió a toda la ciudad.
Cuando murió el P. Ribera tenía sesenta y tres años de edad, treinta y siete de sacerdocio y dieciséis de vida religiosa. Su cadáver reposa en su nicho de familia, en el cementerio de Sueca.

Son muchas las personas y familias que recuerdan con cariño al bondadoso P. Ribera, le han ofrecido cuantiosos sufragios y visitan el lugar donde descansan sus restos mortales. Para la Seráfica Provincia de Valencia fue una pérdida muy sensible.