PARTE PRIMERA

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y Martirios

Convento de Cullera

En esta población tenía la Seráfica Provincia de Valencia una residencia construida de nueva planta, y sus religiosos eran los custodios de la Patrona, Nuestra Señora del Castillo, venerada imagen cuyo santuario está sobre una colina que domina la ciudad, el mar y los fértiles campos de la rica ribera valenciana.

Al proclamarse la República en España, en abril de 1931, fueron expulsados los religiosos de este su convento, a pesar de los beneficios que en el orden escolar hacían a los niños de la población.

Después de la liberación la Seráfica Provincia tomó de nuevo posesión de esta residencia, que, desgraciadamente, dio una víctima de sangre a la odiosa revolución.

P. Manuel Alemany Campos

P. Manuel AlemanyAl ser expulsados nuestros religiosos de Cullera y clausurado por el primer Ayuntamiento republicano el edificio conventual, la Provincia Franciscana de Valencia, para no perder el derecho a la fundación canónica, acordó mantener en la ciudad una pequeña residencia, compuesta por un Padre y un Hermano donado. Así se hizo desde abril del 31 hasta julio del 36. Vivían en una casa particular' como adscritos al convento de San Lorenzo de Valencia, y el P. Alemany, agregado al clero parroquial, desempeñando el cargo de organista.

Al producirse el Movimiento y detener el comité rojo local a todos los sacerdotes, tuvo mucho interés en apoderarse del P. Alemany, creyéndole poseedor del tesoro perteneciente a la Virgen del Castillo, Patrona de la ciudad. Nada menos cierto. Dicho Padre no formaba parte de la comunidad que vivía en Cullera con anterioridad a la República; luego, subía sólo a celebrar al santuario; nada le interesaban las joyas de la Virgen; no guardaba las llaves de la iglesia; sólo limitaba su actuación ministerial al órgano y a lo que le indicaba el cura párroco. Sin embargo, los rojos exigieron al P. Alemany que les entregase la corona de oro y las joyas y dinero del santuario de la Patrona. Fueron inútiles sus protestas. Le amenazaron, primero, de palabra; después, de obra, y finalmente, con la muerte. Entonces comprendió el P. Alemany que se acercaba el fin de sus días. Desde aquel momento el buen Padre, que toda la vida había sido un perfecto religioso, humilde, sencillo, candoroso, observante y obediente, se dispuso a ofrecer a Dios el sacrificio de su vida, siendo mártir por su amor a la Santísima Virgen. Afortunadamente para él no iba sólo al sacrificio, le acompañaba por la misma causa y motivo otro virtuoso sacerdote que mereció también las iras del populacho marxista por creerle cómplice en la ocultación del joyero del santuario. Este sacerdote se llamaba don Antonio Renart Martí. Ambos sacerdotes se confesaron, se animaban, anhelaban morir por el triunfo de la fe; los dos querían derramar su sangre y ser mártires por una causa tan santa como la defensa de los bienes que los hijos de Cullera habían depositado a los pies de su Virgen.

El día 18 de octubre se sabe que fueron asesinados en las inmediaciones de la ciudad. Los cadáveres están sepultados en dos nichos del cementerio.

El P. Alemany vio la luz en Benirrama (Valí de Gallinera) en marzo de 1889. A la vez que profesaba en 1905, cursaba la carrera eclesiástica con los estudios de solfeo y órgano, para los que manifestó aptitudes especiales. Podemos decir que él solo aprendió, pues tenía una enorme fuerza de voluntad y una aplicación y constancia sin límites.

Característica principal de su vida fue la sencillez y humildad, la piedad y el espíritu de mortificación; y su mayor gusto pasar inadvertido en todas partes, sin tener más amistades que sus propios Hermanos de religión.

¡Dios habrá recompensado en el cielo estas hermosas cualidades de su fiel siervo, que inmoló su vida por la Santísima Virgen María!

Tenía a su muerte cuarenta y siete años de edad, treinta y uno de hábito y veintitrés de ordenación.

Es de justicia cerrar esta galería de mártires franciscanos, humildes y de escaso relieve social la mayoría de ellos, con el prestigioso nombre de

D. Manuel Simó Marín

No tratamos con ello de honrar al notable abogado, ni a la personalidad relevante en la política valenciana, ni al fervoroso católico. Tampoco lo hacemos por estar vinculado su apellido a una familia de insignes bienhechores nuestros, ni siquiera por ser el más destacado terciario de la Hermandad de Valencia; lo hacemos y le honramos por desempeñar entre nosotros el cargo de Síndico Apostólico Provincial, es decir, Administrador de nuestra Provincia Regular.

Por derecho propio, pues, debe figurar el nombre de don Manuel Simó, sacrificado por la horda, en esta lista de mártires que honran el Necrologio de la Provincia Franciscana de Valencia.

Era natural de Onteniente, donde nació el 8 de diciembre de 1868. Cursó el Bachillerato y la carrera de Derecho en Valencia, licenciándose en 1892 y comenzando seguidamente el ejercicio de la abogacía. Formó parte de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados. Fue cuatro veces Concejal del Ayuntamiento de Valencia y dos veces Diputado Provincial. En una legislatura representó a Valencia en las Cortes del Reino. Como jefe que fue de la Comunión Tradicionalista, para órgano de la misma fundó en 1911 el Diario de Valencia. Al surgir a la política en 1931 la Derecha Regional Valenciana se adhirió a ella, y en el Ayuntamiento presidió su minoría.

Su mayor actividad la desplegó en el campo católico, tomando parte como orador elocuentísimo en cuantas manifestaciones se le pedía su intervención. Su satisfacción más grande era presentarse ante sus auditorios ostentando el escapulario y el cordón de la Venerable Orden Tercera de Penitencia, a la que pertenecía; aprovechando cuantas circunstancias se le presentaban para hacer pública profesión de su amor a Nuestro Seráfico Padre San Francisco, a sus Hijos y a la Orden Franciscana, cuyo espíritu sentía hondamente. Este amor tradicional en su cristiana familia cristalizó de modo perenne al recibir el nombramiento de Síndico Provincial, con que le honró el Definitorio de nuestra Seráfica Provincia de Valencia, y que a su muerte le sustituyó su único hijo superviviente. En los días clásicos el señor Simó honraba con su presencia nuestra comida, y personalmente tenía gusto en servir a los religiosos.

Encarcelado a poco de iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional, saqueado su domicilio y su despacho, asesinados varios de sus familiares, tuvo el mismo fin en el "Picadero de Paterna" el 2 de octubre de 1936.