Solaces folklóricos

Las doce palabras retorneadas

—Un cuento de San José, agüelita, pa contárselo nosotros a mi madre el día de su Santo, que pa eso nos da bien de cosas ese día.

Y apoyó la petición de Isabelita, Vicentín con toda formalidad, alegando que no tenían sueño y estaban tan ricamente al amor del borrajo.

Y la bondadosa anciana de cabellos blancos les anunció que iba a contarles «Las doce palabras del mundo dichas y retorneadas».

—Pero ¿es de San José el cuento?

—De San José; así es que estaos quietos y haceos oídos.

—Ya estamos escuchando, agüelita.

—Pues allá va. Érase que se era un pobre viejo que iba de camino y le salió al encuentro el Malo.

—El diablo, ¿verdá, agüelita?—, inquirió la nietezuela.

—¡El diablo!, que es el malo entre todos los malos.

—Y el Feo también, agüelita, que yo le he visto pintao con cuernos y un rabo muy largo—, añadió Vicentín.

—¿Ya comenzáis a interrumpirme como las otras noches? Bien podéis callaos, porque si no os quedo con la boca abierta y os echo a la cama.

Y los simpáticos nietos cruzaron los bracecitos y clavaron los ojos en la cariñosa abuelita, que todo se la volvía amagar, amagar y no dar.

—Digo que el Malo salió al encuentro del pobre viejo caminante, y va y le dice: «¿Me dirás las doce palabras retorneadas?» Y contestó el caminante: «No las sé.» Y el Malo le amenazó diciéndole: «Pues si para las doce de la noche no las sabes, te llevo y te zambullo en las calderas.» Y desapareció.

—¡Qué malazo es el del rabo, agüelita!

—¿Otra vez?

—Calla, Vicentín.

—Quedó el pobre viejo todo asustado y entristecido, pero como era devoto de San José, se encomendó al Santo, y vio que se acercaba otro viejo muy venerable y muy cariñoso y se sonreía.

—¿A que era San José, agüelita?

—Pero ¿te quieres callar y estarte quieto, que pareces al azogue?

—Es que me da mucha alegría creer que era San José.

—San José era, y no seas curiosón, que todo lo sabrás. Pues como iba diciendo, llegó San José, saludó al viejo caminante y, sin darse a conocer, le dijo que no tuviese miedo, que él le guardaría y no le había de pasar nada. Y para animarle más, después de andar y andar, cuando llegaron a un mesón, le invitó a que cenase con él y después fueron a un pajar a dormir, y poco antes de dar las doce se presentó allí el Malo y figurándose que el que estaba a la orilla era el viejo caminante, le preguntó:

«¿Me dirás las doce palabras retorneadas?» —Te las diré, porque las sé muy bien—, contestó San José, sin saber el Malo con quien estaba hablando.

«Pues ¡oh, alma! amiga mía, dime la una.» —Amiga tuya, no de Dios, sí. La una te la diré porque la sé muy bien: la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las dos.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las tres.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las tres, las tres Marías; las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las cuatro.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las cuatro, las cuatro Témporas; las tres, las Tres Marías; las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las cinco.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las cinco, las cinco Llagas; las cuatro, las cuatro Témporas; las tres, las Tres Marías; las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las seis.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las seis, los seis cirios; las cinco, las cinco llagas; las cuatro, las cuatro Témporas; las tres, las Tres Marías; las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las siete.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las siete, los siete Gozos; las seis, los seis cirios; las cinco, las cinco Llagas; las cuatro, las cuatro Témporas; las tres, las Tres Marías; las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las ocho.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las ocho, las ocho Bienaventuranzas; las siete, los siete Gozos; las seis, los seis cirios; las cinco, las cinco Llagas; las cuatro, las cuatro Témporas...

Agüelita, nos deja decir a nosotros esto, que ya lo sabemos. Verá usté, agüelita: las tres, las Tres Marías; las dos, las dos Tablas de la Ley, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

—Muy bien, muy bien. Yo voy a continuar las doce palabras, y vosotros, desde donde lo sepáis, vais retorneándolas.

«Amiga mía, dime las nueve.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las nueve, los nueve meses; las ocho, las ocho Bienaventuranzas; las siete, los siete Gozos; las seis, los seis cirios; las cinco...

—...las cinco Llagas—, y continuaron los niños con gracioso sonsonete hasta la una, más hermoso el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las diez.» Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las diez, los diez Mandamientos; las nueve, los nueve meses; las ocho, las ocho Bienaventuranzas... —...la una, más claro el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las once.» —Amiga, tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las once, las once mil Vírgenes; las diez, los diez Mandamientos... —...la una, más hermoso el Sol que la Luna.

«Amiga mía, dime las doce.» —Amiga tuya, no; de Dios, sí. Sí te las diré, que las sé muy bien: las doce, los doce Apóstoles; las once, las once mil Vírgenes; las diez, los diez Mandamientos; las nueve, los nueve meses; las ocho, las ocho Bienaventuranzas; las siete, los siete Gozos; las seis, los seis cirios; las cinco, las cinco Llagas; las cuatro, las cuatro Témporas; las tres, las Tres Marías; las dos, las dos Tablas de Moisés, donde Cristo, nuestro Bien, puso los pies para subir a la Casa Santa de Jerusalén; la una, más claro el Sol que la Luna.

—Y el Sol significa al Niño Jesús, y la Luna, a su Santísima Madre la Virgen María.

—¡Qué bonitas son, agüelita, las doce palabras retorneadas. Yo casi las sé ya de memoria y tengo que acabarlas de aprender.

—¿Y qué dijo el Malo después que San José concluyó las doce palabras retorneadas?

—El que dijo fue el viejo caminante, que al conocer que era su Santo Abogado el que le había guardado las espaldas, se encaró con el Malo y le dijo:

«Doce ha dicho y trece aguarda:
revienta, ladrón, que San José me guarda.»

Y el Malo, enroscando el rabo, salió más que ahumando, dando pitadas, lleno de rabia.

Vicentín e Isabelita acogieron con palmadas dé alegría el estampido final del viejo caminante, y mientras se dirigían al cuarto de dormir, el avispado nietecito repetía con gracia el apostrofe del viejo, haciendo reír a la bondadosa abuela:

—Revienta, ladrón, que San José me guarda

A. de Coyanza

Consultorio religioso

Desearía que Fr. Agnello me dijese por qué Jesucristo, siendo Dios, nació en un establo.

Pues por estas tres principales razones que le voy a dar: para buscar a los hombres donde ellos se habían metido con sus pecados, para nacer donde nacían los corderos destinados en la Antigua Ley a ser víctimas expiatorias y para cumplir la voluntad del Padre celestial, que por medio de sus Profetas así lo había anunciado.

Dicen los Santos Padres que, habiéndose degradado el hombre por el pecado hasta asemejarse a las bestias, en la morada de éstas había de buscarle el Salvador para hacerle salir de ella y devolverle a su primera dignidad.

También dicen los Santos Padres que, viniendo Jesucristo al mundo como Divino Cordero destinado a expiar los pecados de los hombres, convenía que naciera donde nacían los corderos y los demás animales que en la Antigua Ley servían de víctimas y representaban al Redentor.

Mas la principal razón de que Jesucristo naciera en un establo es para que se cumpliese la voluntad del Padre Celestial, que así lo había anunciado por medio de sus Profetas.

Aunque María y José habitaban en Nazaret, Jesús había de nacer en Belén conforme a la clarísima predicción del Profeta Miqueas: «Y tú, Belén, que eres la última de las poblaciones de Judá, porque de ti ha de nacer el que ha de gobernar a Israel, mi pueblo.»

Esto lo predijo el Profeta inspirado por Dios; por consiguiente, para que esta profecía se realizara, María y José tendrían que trasladarse a Belén; v allí fueron para el tiempo en que la Virgen había de dar su Hijo a luz.

Esto fue lo que ocasionó el edicto imperial en el que se ordenaba que todos los súbditos se instalasen en el pueblo de su origen; v como María v José eran oriundos de Belén, allí tuvieron que ir para cumplir el edicto. De modo que no fue el edicto imperial la causa de que Jesucristo naciera en Belén, sino la voluntad de Dios, que se valió para ello del edicto imperial.

«¿Qué es lo que hacéis, príncipes de la tierra —exclama Bossuet—, al poner en movimiento a todo el mundo para que se forme un padrón de cuantos súbditos tiene vuestro imperio? Como queréis conocer sus fuerzas, sus tribus y sus futuros soldados, dais principio por un empadronamiento.

»Esto o cosa parecida es lo que intentáis realizar; pero Dios tiene otros designios, de que seréis, sin pensarlo, ejecutores al poner en práctica vuestros humanos intentos.

»Su Hijo ha de nacer en Belén, patria humilde de David, como lo hizo predecir por su Profeta hace más de setecientos años, y he aquí que todo el universo se remueve para dar a esta profecía cumplimiento. Jesús, hijo de David, nació en la ciudad de que David procedía, y su origen fue atestiguado por los Registros públicos; el Imperio romano fue testigo de la real descendencia de Jesucristo, y César, sin darse cuenta de ello, cumplió el mandato de Dios.»

Lo grande y lo pequeño, los vicios y las virtudes, la vanidad de Augusto y la obediencia de María, todo entra en las miras de la Providencia y concurre a la ejecución de sus designios adorables.

Jesucristo nació en un establo de Belén porque así lo dispuso la Divina Providencia.

Algo retrasada la contestación, pero, por fin, ¡llegó!... Y vamos a otra.

* * *

¿Es pecado hacer la "Comunión espiritual" si uno está en pecado mortal?

No; porque la Comunión espiritual consiste en el deseo de comulgar bien. Por consiguiente, si uno está en pecado mortal y hace la Comunión espiritual, desea salir de ese estado. Conviene, en este caso, hacer primero un acto de contrición perfecta, y luego la Comunión espiritual, y confesarse cuanto antes.

Fr. Agnello

El fanatismo no tiene cerebro, no puede pensar; no tiene corazón, no puede sentir. Cuando se pone en movimiento, es en cólera; cuando se detiene, es entre ruinas. Su oración es la maldición; su Dios, un demonio; su comunión, la muerte; su venganza, la eternidad; su decálogo, escrito con la sangre de sus victimas; y si se detiene por un instante su vuelo infernal, lo hace sobre una roca, para afilar sus garras de buitre para una más sangrienta desolación.

Daniel O'Connell.

A vosotras

Confidencias

¡Bien dicen que la experiencia es madre de la ciencia!... Atended hoy lo que la experiencia enseña a la mujer:

P. D. S.


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

XII. De paso por Egipto

Llegó el día de la marcha. A eso de las once las dos religiosas y Raquel subieron al tren en Lida, adonde les condujo un automóvil desde Belén. Ante sus ojos desfilaron villas y aldeas que recuerdan las bíblicas Jammia, Azoto, Ascalón, Gaza, Gerara, Rafia, el-Arich o torrente de Egipto; después, el molesto desierto con sus dunas dé arena, y finalmente, El-Kántara. Revisados los pasaportes y pagado el tributo a la aduana, pasaron el célebre canal de Suez, que pone en comunicación el Mediterráneo con el Mar Rojo.

Entre las siete y ocho de la tarde se acomodaron en el tren que de Port-Said va a El Cairo, y después de pasar la hermosa y reciente ciudad de Ismaelia y todo el territorio de Jesen —donde vivieron y se multiplicaron los descendientes de Jacob—, ya entrada la noche llegaron a la importante población Zagazig; más tarde, a Benha, renombrada por su miel, y por fin, hacia las once de la noche, a la capital de Egipto. En la estación les esperaban dos religiosas Misioneras Franciscanas de Egipto, en cuya casa de Kars-el-Nil debían encontrar caritativo alojamiento, preparado de antemano por los Franciscanos de Jerusalén.

Este Instituto religioso, aunque relativamente reciente, se halla muy propagado en Egipto y goza de generales simpatías. En los anales del mismo consta la extraordinaria protección que le otorgó el Virrey Ismail Bajá en la fundación de la primera Casa de El Cairo en Clot-Bey. Su fundadora fue la Madre Sor Catalina de Santa Rosa, nacida, en Giuliano di Roma, el 9 de febrero del año 1813. Pasó su niñez, tomó el hábito y profesó en el Monasterio de Santa Clara, llamado de la Caridad, en Firentino. A los cuarenta y siete años de edad y todavía dependiente de aquel Monasterio, llegó a El Cairo con otras siete religiosas, el 14 de septiembre de 1859, para abrir una Casa-Misión en Clot-Bey.

Negándose el convento de Firentino a sostener la misión, la Madre Sor Catalina, aconsejada y apoyada por varios Prelados, obtuvo de Roma, el 30 de junio del 1868, la erección canónica de su nuevo Instituto, a quien se le dio por regla la de la Tercera Orden Regular de San Francisco. La fundadora, que murió en la Casa-Madre Clot-Bey de El Cairo el 6 de mayo de 1887, tuvo la consolación de ver su Instituto en pleno desarrollo. En la actualidad cuenta con diez Provincias. Su actividad misionera se extiende a la enseñanza en pensionados y asilos, al cuidado de los enfermos en hospitales y a la ayuda de los misioneros en escuelas elementales, obras parroquiales, etc. En El Cairo, además de la Casa principal de Clot-Bey, tienen otra de más reciente fundación en el importante barrio de Kars-el-Nil, donde, como he indicado, se alojaron nuestras tres viajeras durante los tres días que permanecieron en la capital egipcia.

Mientras las dos religiosas del Hortus Conclusus agenciaban sus asuntos, la joven Raquel, siempre acompañada de una provecta religiosa de las Misioneras Franciscanas, visitó los monumentos principales de la cosmopolita ciudad, que cuenta un millón de habitantes.

Su primera excursión fue a la Ciudadela, construida por el célebre Saladino. Al contemplar desde aquella altura la inmensa ciudad de El Cairo con sus centenares de mezquitas y minaretes, con su ancho y caudaloso Nilo, con sus bosques de elevadas palmeras, y en lontananza sus famosas pirámides... Raquel, que hasta entonces no concebía otras grandezas que su pequeña y graciosa Belén, ni imaginaba otros panoramas que la pintoresca cañadita de Etam y los verdes campos de Booz, creyó salir de un letargo y apenas podía emitir el respiro. En su corazón entonó un cántico de alabanzas al Creador de tanta magnificencia, y de sus labios brotó un torrente de preguntas, a las que la religiosa que le acompañaba, y que conocía perfectamente la ciudad por haber morado en ella más de quince años, respondió con plena satisfacción.

Volvieron de la excursión alegres y encantadas: Raquel, por cuanto había contemplado con sus propios ojos y por cuanto había oído de la buena e instruida compañera; la religiosa, porque había observado la belleza del alma de la huérfana.

El día siguiente, 27 de abril, lo dedicaron a visitar el Viejo Cairo por la mañana y las Pirámides por la tarde; en esta excursión de la tarde tomaron también parte las dos religiosas, compañeras de viaje de Raquel.

Después de oída la Santa Misa y recibida la Sagrada Comunión en la bellísima iglesia de las Misioneras Franciscanas, Raquel, con la instruida religiosa del día anterior, hacia las nueve se dirigieron en tranvía al Viejo Cairo, con el único fin de visitar la iglesia Abu Sargha, situada en el barrio copto. Esta iglesia, venerable por su antigüedad, y cuya cripta, anterior al siglo VII, ocupa, probablemente, el lugar de otro monumento mucho más antiguo, es depositaria de una pía tradición, según la cual la Sagrada Familia se alojó en este local cuando, huyendo de las furias del sanguinario Herodes, anduvo peregrina por tierra de los Faraones. El recuerdo de que también Jesús, María y José anduvieron peregrinos por tierras extrañas, fuera de su amada Palestina, confortó el espíritu de Raquel, que tanto había sentido su alejamiento de la encantadora Belén.

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Pirámides y esfinge de Gizéh.

El paseo de las Pirámides impresionó extraordinariamente a Raquel. Ante todo los cuarenta minutos en tranvía ofrecen una serie de paisajes a cual más sugestivo: el magnífico puente sobre el Nilo al salir del barrio Kars-el-Nil; la isla de Ghesireh; la alameda de gigantescas acacias; las exuberantes vegas de algodón, azúcar, maíz y toda clase de legumbre; los soberbios Hoteles..., donde se deja el tranvía...; después, los arenales del desierto con los típicos camellos. A pocos kilómetros de distancia, las famosas Pirámides, la Esfinge... Ensimismada contemplaba Raquel aquellos monumentos funerarios de los antiguos reyes de Egipto, y apenas podía salir de su asombro cuando oía decir a la religiosa-guía que la Pirámide de Keops, al igual que las otras dos próximas, fue construida veintiocho siglos antes de Jesucristo; que mide 137 metros de altura y 233 de base; que se emplearon 2.300.000 bloques de piedra; que 100.000 hombres trabajaron en ella, durante veinte años por tres meses cada año... ¡¡Y todo eso para morada del feroz Keops después de muerto!!

No le maravilló menos la Esfinge, que representa un colosal león, acuclillado en tierra, con cabeza humana. Sus dimensiones son: 66 pies de alto por 187 de largo; cada oreja mide cuatro y medio
pies; la nariz, más de 5; la cara casi 14. Allí, cercana a las Pirámides y mirando hacia el Nilo, está la terrible Esfinge, imponiendo terror al famoso río para que no se desborde, según la creencia de los antiguos...

El día 28, último de su permanencia en El Cairo, fue de gratas impresiones para el delicado corazón de Raquel. Parece que las religiosas, con sentimiento dé caridad, se habían propuesto aliviar el espíritu, todavía abatido, de su huéspeda la huérfana de Belén. Un breve paseo en barca por el majestuoso Nilo, que mide 2.450 millas de largo y cuyas orillas están pobladas de esbeltas palmeras...; la amena excursión a la moderna Heliópolis —o ciudad del Sol—, de suntuosos edificios, de espaciosas calles y lindos jardines, que recuerda la antiquísima On de la Escritura. Fue la patria de Aseneth, que se casó con José, el hijo de Jacob; hoy, sobre sus ruinas, se yergue majestuoso el histórico Obelisco... Matariyeh, lugar encantador por sus jardines y más aún por sus viejas tradiciones y simpáticas leyendas, según las cuales por allí pasó la Sagrada Familia en su huida a Egipto, y un árbol les protegió con su sombra de los ardientes rayos del sol, de la tierra brotó fresca y cristalina agua para que apagaran su sed y para, que la Virgen lavase los pañales de su divino Hijo...

El día 29, de buena mañana, las dos religiosas y Raquel asistieron a la misa de Comunidad y recibieron la Sagrada Comunión, dieron las más efusivas gracias a las Misioneras Franciscanas, y antes de las ocho, siempre acompañadas de dos religiosas, ya estaban en la estación central de El Cairo, para llegar a medio día a la comercial Alejandría, adonde se dirigían las tres viajeras.

Los 210 kilómetros que separan a estas dos grandes ciudades, y que el tren recorre en cuatro horas, son de capital importancia para conocer la exuberante vegetación del Bajo Egipto, debida a la canalización de las aguas del Nilo. Todo el Delta forma un extenso abanico, cuyo botón es El Cairo y sus dos extremos: Port-Said, a Oriente, y Alejandría, a Occidente. Esta inmensa llanura, cruzada por varios canales, es fértil y produce caña de azúcar, trigo, maíz, cáñamo, lino, algodón y legumbres, irguiéndose sobre este mar de verdura la gentil palmera característica en Egipto. El Cairo... Benha... Tantah... Damanhur... Sidi Ga-ber... Alejandría. Son las doce; un automóvil conduce en pocos minutos a Raquel y sus dos compañeras a San Antonio, en la calle Nebi Daniel, donde las Misioneras Franciscanas tienen un floreciente Pensionado; van a ser de nuevo huéspedas de estas caritativas religiosas.

En los dos días escasos que se detuvieron en Alejandría —la Iskandariyeh de los árabes—, Raquel y las religiosas visitaron lo más importante de la gran ciudad, que cuenta medio millón de habitantes y que es el puerto de mayor tráfico del Mediterráneo oriental. Aunque Raquel no conocía el valor histórico de Alejandría, ni sabía que fue fundada por Alejandro Magno, ni que Tolomeo Soter, dos siglos antes de Cristo, la había embellecido con magníficos monumentos —verbigracia, el Templó de Serápidis «con sus mil columnas»—, ni que poseyó la famosa biblioteca de 400.000 volúmenes, ni que allí se hizo la versión de la Sagrada Escritura llamada de los Setenta, etc., sin embargo, le agradó mucho la gran plaza de Mohamed Alí, la histórica columna de Pompeyo, el palacio de verano Ras et Tan, del Rey de Egipto; sobre todo, admiró el paseo Abbas II, que suele llamarse la cornisa de Alejandría, a uno de cuyos lados se levantan los modernos palacios de la ciudad, en el centro el tupido arbolado, al otro lado el inmenso mar...

El día 1.° de mayo oyeron la Santa Misa y comulgaron en la grandiosa parroquia de Santa Catalina —servida por los PP. Franciscanos de la Custodia de Tierra Santa— e hicieron los últimos preparativos de viaje. Comieron por última vez con las Misioneras Franciscanas, a quienes agradecieron de corazón su bondadosa hospitalidad, y se dirigieron al puerto.

A las tres de la tarde ya estaban a bordo del coloso transatlántico que debía conducirles directamente a Buenos Aires...

Fr. León Villuendas, ofm

( Continuará)

Noticias

Nuevo General de la Orden Franciscana

Fr. Pacífico Perantoni que, desde el fallecimiento del P. Valentín Schaaf, por constitución venía rigiendo los destinos de la gran familia seráfica, por gracia especial de Su Santidad Pío XII ha sido nombrado recientemente Ministro General de la Orden Franciscana.

Nuestras Vocaciones

El día 25 de octubre del pasado año vistió el hábito de San Francisco en el Real Monasterio de Misioneros Franciscanos de Santo Espíritu del Monte el joven de Ador Juan Vidal Estruch, con el nombre de Hermano Pedro Bautista. Y el día 8 del pasado noviembre emitieron sus votos simples, en el mismo lugar y ante nuestro P. Provincial Fray Joaquín Sanchis Alventosa, los Hermanos legos Fr. Pedro Ares, Fr. Junípero Pérez Prieto y Fr. Felipe Zazo.

A la vez que felicitamos a todos cordialmente, les recordamos que «los que perseveraren hasta el fin, éstos serán salvos...»

El Premio Nobel a una terciaria franciscana

La Real Academia de Literatura, de Suecia, de acuerdo con los términos del testamento de Alfred Nobel, inventor de la dinamita, otorgó el día 16 de noviembre del pasado año el «Premio Nobel de Literatura de 1945» a la poetisa chilena Gabriela Mistral. Además de las 121.333 coronas suecas a que asciende la parte pecuniaria del premio, éste consagra al premiado como primera figura literaria de todos los países y de todos los idiomas y le sitúa automáticamente en el pináculo más elevado de la fama literaria.

Los franciscanos tenemos un nuevo motivo de regocijo frente a esta mundial consagración y galardón del talento literario de Gabriela Mistral, por pertenecer ella a la Venerable Orden Tercera de San Francisco.

Amenidades

Un señor fue a consultar con un famoso médico homeópata. Este le ausculta, le pasa un frasco por las narices y le dice:

—Respire usted.

El señor respira con fuerza, y dice el médico:

—Está usted curado.

El señor le pregunta:

—¿Qué le debo a usted?

—Mil pesetas.

El señor saca un billete de mil pesetas, se lo pasa por las narices al doctor y le dice:

—Está usted pagado.

* * *

—Hijo mío —dice el padre—, guárdate mucho de mentir, vicio que está muy feo en una persona bien educada.

En aquel momento llaman a la puerta.

—Ve a abrir —dice el padre—, y si son los del alquiler, les dices que no estoy en casa.

* * *

A la puerta de un Juzgado había gran número de personas, y el portero, para despejar, dijo en voz alta:

—Los señores que no tengan juicio, hagan el favor de retirarse.

* * *

El cura párroco examina a los niños de primera Comunión.

—Vamos a ver, Juanito, ¿cuántos Sacramentos hay?

—¡Ninguno!—, contesta el niño con aplomo.

—¿Cómo que ninguno? ¿No os he dicho mil veces que los Sacramentos son siete?

—Sí, señor; pero es que dijo usted antes que ayer le dio los últimos al señor Teodoro.

* * *

—¿Qué diferencia hay entre una sonámbula y un autor dramático?

—Que la sonámbula se gana la vida haciéndose dormir, y el autor dramático... haciendo dormir a los demás.