Índice del número 221

Mayo de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

III. Prodigiosos casos de bilocación de Fr. Humilde

La vida de Fr. Humilde no sólo ofrece, ejemplos de virtud, sino también casos maravillosos, inexplicables sin una intervención manifiesta de lo sobrenatural. Hoy referiremos dos casos fidedignos de bilocación. Ambos ocurridos en Oliva, la patria de Fr. Humilde.

Un día, por asuntos de negocios, discutían acaloradamente en su propia casa el padre de Fr. Humilde y un hijo soltero. En la discusión se propasaron de palabras, y parecía iba la cosa a tomar mal sesgo. En el momento crítico en que el hijo levantaba la mano contra su padre, apareció por la puerta Fr. Humilde como una bendición de Dios. A su vista se tranquilizaron los ánimos soliviantados y Fray Humilde devolvió la paz a la familia. Era esto al anochecer. A Ja hora acostumbrada se retiraron todos.

A la mañana siguiente, Fr. Humilde, sin abrir la puerta, desapareció de casa. Su cuarto, por otra parte, no daba señales de que nadie se hubiera acostado en él. Indagaron, y no hubo quien les diese cuenta de haber visto al religioso. Preguntaron al P. Guardián de Benigánim el día y hora en que llegara de vuelta Fr. Humilde, y el P. Guardián contestó que el hermanito no se había ausentado del convento. Todos quedaron convencidos de que se trataba de un hecho milagroso. Entre los que estaban presentes en la reyerta de padre e hijo y vieron entrar a Fr. Humilde, sé contaba su sobrino Fr. Pacífico Soria, todavía niño, hoy morador del convento de Carcagente.

El segundo caso de bilocación de que tengo noticia sucedió durante la enfermedad de Fr. Humilde en Benisa. Precisamente el día de su mayor gravedad viole el señor Cura de San Roque, de Oliva arrodillado ante el Santísimo Cristo que se venera en aquella parroquia. Le tocó el hombro y le dijo que luego se verían. Pero Fr. Humilde no se dejó ver. Nadie supo más de él. Ni por dónde había entrado en la iglesia, ni por dónde salido. ¿Qué significó esta visita y oración ante el Santísimo Cristo? ¿Era un gesto de despedida? ¿Era que acudía a consolar a su madre, que por aquellos días también estaba gravemente enferma? Sólo lo sabe Dios, que hace patente su poder en sus más humildes criaturas. A El sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

IV. Un hecho maravilloso ocurrido a Fr. Humilde con un mendigo

Los últimos años de su vida los pasó Fr. Humilde en Benisa atendiendo a la portería y a las demás obediencias que se le confiaban.

Como portero desahogaba su corazón compasivo dando limosna a los pobres y hablándoles de Dios y de la salvación de sus almas.

Un día se llegó a la puerta un mendigo pidiendo se le socorriese. Fr. Humilde le dijo se esperara un poco a que se repartiese la sopa. El mendigo contestó todo indignado, profiriendo palabras ofensivas al hermano y blasfemando con rabia. A las ofensas personales, el virtuoso portero replicó, exhortándole simplemente con humildes palabras, a tener calma y paciencia. Pero al oír las repetidas blasfemias, le amenazó con el castigo de Dios.

Las palabras del hermano aumentaron el coraje del desgraciado, que llegó a exclamar fuera de sí: «¡Que se me lleve el diablo!»

Apenas hubo dicho estas palabras cuando apareció envuelto en llamas. Fray Humilde entonces abrazó al mendigo, apagando con su contacto el misterioso incendio.

El caso fue presenciado por algunos vecinos, que dieron parte al momento al P. Guardián. La gente de Benisa, en verdad, ya no se extrañaba de las cosas más prodigiosas de Fr. Humilde. Todos le veneraban con secreta devoción, sabiendo que trataban con un santo.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Nuestra cotidiana penitencia

Llevamos siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús (San Pablo).

No sólo la Cuaresma, toda la vida del cristiano es, en verdad, tiempo de penitencia. Si la Iglesia nos dice en tiempo de Cuaresma que es llegado el tiempo de penitencia: advenerunt nobis dies poenitentiae, no lo dice de un modo exclusivo, sino por antonomasia, ya que la celebración litúrgica de los misterios de la Pasión de Jesucristo requiere y exige de los buenos cristianos que nos unamos a los dolores de Jesús, llevando con paciencia los nuestros y haciendo alguna mortificación voluntaria para honrar e imitar con ella a Jesús crucificado.

Mas tengámoslo muy presente: el cristiano debe imitar siempre a Cristo, y como Cristo hizo de su vida entera un sacrificio que, comenzando en la Encarnación, se consumó en la cruz, así el cristiano debe ofrecer a Dios su vida entera, desde la cuna al lecho mortuorio, mirando todos los trabajos y penalidades de la vida como partes de su sacrificio personal propio y aceptando la muerte de buen grado, como consumación de nuestro cristiano sacrificio. As! es como la fe nos enseña a mirar la vida y a vivirla. Así vivida no queda ella encerrada en los limites del tiempo, sino que tiene irradiación de eternidad. No vivida así se malogra miserablemente para la eternidad y quizá para el tiempo.

Dentro de esta concepción cristiana de la vida tiene capital importancia el fiel cumplimiento de nuestros deberes de estado. Exigen ellos continuos sacrificios que no podemos rehuir. Nos los pide Dios, a cuya santísima voluntad nunca es lícito resistir ni oponerse. Como Cristo vino al mundo a cumplir en todo momento la voluntad de su Padre Celestial, así quiere que en todo lance la cumplamos también nosotros. Por eso, enseñándonos a orar, puso en nuestros labios estas hermosas palabras, dirigidas a nuestro Padre Celestial: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.»

Ahora bien; ¿cuál es la voluntad de Dios respecto de cada uno de nosotros? Compendiosamente está de manifiesto en los mandamientos de Dios y de la Iglesia y en los deberes del propio estado. Dios es quien da las vocaciones para los diversos estados y profesiones que hay en la Iglesia de Cristo: casados, sacerdotes, religiosos, artesanos, comerciantes, médicos, agricultores, panaderos, sastres, militares, gobernantes; todos ellos son necesarios, y muchos más, para que la gente viva y se multiplique y prospere, y se perfeccione según el plan de Dios, autor de la naturaleza y de la gracia y de la gloria.

Con miras a este perfeccionamiento distribuye Dios las aptitudes y las aficiones para cada trabajo y empleo de la vida. ¡Cuántos hay que en los trabajos de su afición y gusto, o en el ejercicio de una profesión dentro de la cual nacieron y se desenvolvieron, se ocupan abnegadamente largos años a costa de grandes sacrificios! No se les pide más para que sean buenos cristianos. Con ese su trabajo profesional pueden elevarse a las cumbres de la virtud, a condición de que trabajen cristianamente, es decir, teniendo la conciencia limpia de pecado y trabajando por cumplir la voluntad de Dios.

Si los padres de familia, si los trabajadores del campo, si los obreros de las fábricas, si los empleados de oficina hicieran sobrenaturalmente lo que hacen por fines naturales, la gracia de Dios produciría en ellos maravillas de santidad, cual las produjo en Santa Isabel, Reina; en San Isidro, labrador; en San Sebastián, militar, y en nuestros días en Ozanam y Con tardo Ferrini, catedráticos de Universidad; en los estudiantes Pedro Jorge y Eduardo Caries, y en la niña, ahora elevada al honor de los alfares, Beata María Goretti. El trabajo hecho por Dios es un trabajo santificador, con el que, además de ganar honradamente el pan de cada día, podemos ganar inmensos tesoros para el cielo.

¡Lástima grande que hombres faltos de viva fe no vean en su trabajo profesional otra cosa que un medio de aumentar sus riquezas y de proporcionarse la satisfacción de sus gustos! ¡Qué pérdida tan deplorable la de gentes honradas que retardan ponerse en gracia de Dios cuando infortunadamente llegaron a perderla, y esterilizan así para la vida eterna sus buenas obras naturales!

Fe viva y resuelta decisión de vivir, según ella, es lo que necesitamos, y lo que debemos procurar con ahínco si no queremos malversar los dones y el tiempo que para la vida eterna, más que para la del mundo, nos concede Dios.

Se dirá que esto requiere abnegación propia y espíritu de penitencia. Lo requiere, en efecto, y nos exige Dios que lo tengamos. El que rehusare hacer penitencia no escapará de la sentencia fulminada por Jesucristo: «Perecerá irremisiblemente» (Lc 13, 5). Es forzoso haber hecho penitencia para poder entrar en el cielo, y nuestros deberes de estado nos proporcionan excelente ocasión de hacerla todos los días, expiando con ella nuestros pecados y creciendo en amor de Dios y en santidad. El cumplimiento de nuestros deberes es la mejor de las penitencias.

A este propósito decía el Papa en el pasado enero: «La única fuente de salvación es la fe católica; no una fe mutilada y anémica, sino una fe completa, pura y vigorosa, a la que hay que añadir la observancia de la ley de Jesucristo y de su Iglesia. Tanto en la vida privada como en las relaciones sociales, matrimonio, familia, profesión, debemos ajustarnos todos, hombres y mujeres, a la santa voluntad de Dios. ¡Afuera la pusilanimidad y el vano temor! Cuando Dios manda algo, da con el precepto la ayuda necesaria para cumplirlo.»

Terminemos recordando un amoroso aviso de la Santísima Virgen en su mensaje de Fátima. Luego de haberse dolido de los pecados del mundo y de que haya tan pocas almas fieles a Dios, nos dice como Madre lo que debemos hacer para que el Padre Celestial no se vea precisado a castigarnos de nuevo: Llevar una vida AJUSTADA A la OBSERVANCIA DE LA LEY de,Dios y al cumplimiento del deber de cada uno. Esta es la penitencia que AHORA PIDO Y EXIJO.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Nuestros misioneros en China

Muy R. P. Joaquín Sanchis, Provincial O. F. M.
Valencia

Muy amado y Rdo. Padre.

Por mis hermanos de Valencia me he enterado de que V. P. ha sido encargado de regir los destinos de nuestra amada Provincia Le doy la enhorabuena, le presento mis respetos y le prometo mis oraciones para que el Señor lo asista en la labor que supone la restauración, organización y dirección de ella, poniéndola sobre bases firmes de piedad, disciplina y celo y concordia que la permitan llevar adelante prósperamente la multitud de obras que Dios le ha confiado en su Providencia. Ella le depare una juventud dócil, que le permita realizar en ella el verdadero ideal franciscano.

Quería haberle escrito apenas tuve noticia de su nombramiento, pero preferí aguardar viniera por aquí el P. Severino para obligarle a ponerle un saludo.

Yo no sé si V. P. me conoce. A mí me parece haberle visto cuando, siendo Corista V. P. en Cocentaina y yo Secretario del entonces Procurador General P. Antonio Iglesias, pasamos ambos en automóvil por la carretera y bajamos un momento para saludarles. Si mal no recuerdo, fue allá por el año 1927, en octubre. Además he conocido en Roma y aquí muchos alemanes que me han hablado siempre con grato recuerdo de V. P., especialmente el P. Eduardo Roedefald (q. e. p. d.), que se hacía lenguas de sus predicaciones en alemán. Ya puede suponer la fruición con que oía tales elogios.

Yo, por aquí continúo muy bien con mis clases, músicas y trabajos, que me hace llevar una vida santamente distraída.

Tomo ocasión para saludar a todos los religiosos de la Provincia, especialmente mis conocidos. A todos los abrazo en el Señor.

De V. P. hermano, hijo y súbdito,

Fr. Gonzalo Valls, ofm

La Cruz de Cristo bandera de victoria

Al cielo, a la felicidad suprema, se va, hija mía, por el camino del cumplimiento de la divina voluntad. Así se lo dijo Jesús al joven del Evangelio cuando, al preguntarle qué debía hacer para alcanzarla, le contestó: Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos. Que es como si le dijera: si quieres ser feliz, si quieres entrar en el reino de los cielos, cumple en todo la voluntad de Dios.

El cumplimiento, pues, de la voluntad divina es el camino que conduce a la suprema felicidad, el camino que lleva al cielo. Mas el cielo no se alcanza sin violencia. La voluntad divina no se cumple si no vencemos nuestra propia voluntad. Para cumplir la voluntad santa y recta de Dios, que nos manda que despreciemos los bienes terrenos y temporales, es preciso que mortifiquemos y reprimamos nuestra propia voluntad; es preciso que venzamos nuestro yo para que triunfe Dios en nosotros; es preciso que nos neguemos a nosotros mismos y que cargados con la cruz que Dios nos envía, sigamos sumisos y alegres las huellas de nuestro divino modelo Jesucristo, que fue obediente hasta la muerte y hasta la muerte de cruz.

Sí, hija mía; el vencimiento de nuestra propia voluntad es el que nos lleva al cumplimiento de la voluntad divina, y el cumplimiento de la voluntad divina es el que nos lleva al cielo, a la suprema felicidad.
Pero nuestra voluntad es una inclinación, una tendencia, una fuerza..., y una fuerza no se vence y domina sino con otra fuerza mayor. ¿Cuál es, pues, la fuerza con que venceremos y dominaremos nuestra propia voluntad?...

Esta fuerza misteriosa, con la cual hemos de vencer nuestra propia voluntad, es la gracia: es la fuerza que dimana de la Cruz, es Jesucristo crucificado, el cual, con sus humillaciones, nos alienta en nuestras humillaciones; con sus afrentas, nos alienta en nuestras afrentas; con su pobreza, nos anima en nuestra pobreza; con sus dolores, nos anima en nuestros dolores; con su cruz, nos anima en nuestra cruz; con su vencimiento, nos anima a nuestro vencimiento, y con su victoria sobre sus enemigos, nos anima a vencer con heroísmo a nuestros enemigos. La Cruz de Cristo es la fuerza de nuestro vencimiento, la bandera de nuestra victoria.

Por esto San Pablo, enamorado de la Cruz, exclamó: Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y el Seráfico Padre San Francisco de tal modo amó y se abrazó a la cruz, que se transformó en imagen viva y perfecta de Cristo crucificado, pudiendo decir, con toda razón, como el apóstol: Ya no. vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

El mundo busca la comodidad y el bienestar material... El mundo huye del dolor y de la cruz... Es que ignora que en la cruz precisamente está la dicha y el bienestar... Es que no sabe que la Cruz de Cristo es la bandera de su victoria en la conquista de la suprema felicidad.

Cuando Constantino, en lucha contra Majencio, se dirigía a la conquista de Roma, se le apareció la Cruz de Cristo rodeada de un letrero, que decía: «Con este signo vencerás.» Puso Constantino el signo de la Redención en sus banderas, y mirando a la Cruz venció con heroísmo a sus enemigos y entró victorioso en Roma.

Hija, mía, pon tú también el signo de la Redención en tu corazón, y cuando venga la lucha de tu propia voluntad con la divina, mira atentamente la Cruz de Cristo, que también tú vencerás y entrarás victoriosa un día en la Gloria.

Fr. Antonio de Padua

Un monumento al venerable P. Pedro Vives

CatecismoLas cosas grandes y maravillosas suelen tener comienzos pequeños e insignificantes. Aquí en nuestra tierra turolense, en las Sierras Universales de Albarracín, hay una pradera, y en ella brota una fuente, llamada Fuente García, de tan exiguo caudal que, cuando las aves acuden raudas en el estío a beber sus aguas, parece que van a extinguir el pequeño arroyuelo que de ella fluye pobremente. Y sin embargo, aquella diminuta fuente es el origen del Tajo, al que cantaba Marcial llamándole río dorado, que refleja grandezas imperiales en Toledo y que, al llegar a Lisboa, no se sabe dónde termina el río y dónde comienza el mar.

De un modo parecido, el Señor, amante de lo humilde y pequeño, ha formado las grandes montañas con pequeñas partículas de tierra, los mares inmensos con gotitas de aguas y las llanuras imponentes de los desiertos con insignificantes granitos de arena. La obra grande de Dios se manifiesta así en los pequeños elementos empleados.

Por eso, cuando contemplamos el pequeño librito del Catecismo del P. Vives, franciscano, recordamos por analogía la pequeña fuente de la que brota un río caudaloso, o el granito de arena del desierto, o la gota de agua del océano inmenso, porque nos maravillaríamos, a buen seguro, si pudiéramos saber cuántas almas se acercaron a beber de sus puras ninfas el agua de la verdad a lo largo de dos siglos, a cuántos hizo pensar en el problema de la salvación, a cuántos formó en la doctrina cristiana y cuán grande fue su benéfico influjo en la niñez de las regiones que lo recibieron. Y sin embargo, empezó su difusión en medio de dificultades. La primera edición, hecha por el impresor de Valencia don José García en 1740, dio lugar a un proceso, porque la parroquia de San Miguel tenía a la sazón la exclusiva de imprimir y vender esta clase de libros por privilegio de la Real Audiencia de Valencia, contenido en despacho de 25 de enero de 1733. Fueron, pues, recogidos todos los ejemplares antes de que fueran difundidos, y por afortunada excepción se salvó uno sólo de esta edición príncipe, el que iba unido al proceso.

En el Real Convento de Santo Espíritu, que era entonces un esplendente faro de espiritualidad, de donde salían los santos y sabios misioneros para toda la región valenciana y turolense, no podía ser desconocido este privilegio. ¿Por qué, pues, se dio a la imprenta el Catecismo del P. Vives sin las licencias necesarias? Difícil fuera contestar satisfactoriamente a esta cuestión. Pero hemos de advertir que desde luego el Catecismo tenía la censura favorable de la autoridad eclesiástica, y aun varios prelados concedieron indulgencias a los que lo usaran. Tengo, pues, para mí que los religiosos de Santo Espíritu no atendieron al privilegio de la parroquia de San Miguel Arcángel porque el librito no iba destinado a la venta, sino a ser distribuido gratuitamente en las misiones franciscanas.

Ahora, después de dos siglos, en que el Catecismo del P. Vives se difundió por tierras valencianas, tortosinas, turolenses, etc., y cruzó los mares nos es grato recordar sus oscuros comienzos, para comprobar cómo el Señor da su gracia a los humildes y convierte el pequeño manantial en río y la figura de un sencillo religioso en personaje esclarecido de nuestra historia regional.

Los Caballeros Cruzados de Santo Espíritu del Monte van a erigir un hermoso monumento a la memoria del P. Vives. Es lo menos que puede hacerse por el gran pedagogo de la juventud cristiana de las tierras levantinas. Pero para que esta obra de arte tenga el valor simbólico que merece, es necesario que esté formada con el esfuerzo y aportación de todos los que en la niñez tuvimos en las manos el precioso Catecismo. Debes, pues, contribuir generosamente con tu donativo al proyecto, católico valenciano y turolense que aprendiste a rezar con este libro y bebiste la verdad en sus páginas, como las aves de .la serranía beben en la fuente humilde en que nace el Tajo caudaloso.

César Tomás Laguía

Estampas evangélicas

La última despedida de Jesús

Refiere el Evangelio que a la muerte de Jesús se reunieron sus discípulos en el Cenáculo, donde permanecían juntos, a puertas cerradas, por miedo a los judíos. Este lugar, santificado antes por la Cena pascual última de Jesús, lo fue después por las visitas del Resucitado. Ocurrió la primera el mismo día de la Resurrección, al caer la tarde; era la primera aparición a la Comunidad apostólica, presidida, sin duda, por la Virgen Santísima. Ocho días más tarde se volvió a repetir la visita de Jesús, hallándose presente Santo Tomás, ausente en la primera. Ignoramos si hubo más visitas a esta santa casa, fuera de la que tuvo lugar el mismo día de la Ascensión. Pero esta última, que debió ser más entretenida a juzgar por la narración evangélica, merece destacarse por ser como la despedida oficial de Jesús. Veámoslo.

Se hallaban sentados a la mesa tomando su refección matutina, cuando de repente se presenta el Resucitado con su habitual saludo: Pax vobis. Y luego, tomando asiento entre ellos, según parece desprenderse de los Hechos de los Apóstoles, les acompañó en la comida.

Una vez terminada la módica refección, cambió de tono Jesús, reprendiéndoles su pasada incredulidad ya que no habían dado crédito a aquellos que primero les habían anunciado su Resurrección. A continuación y en todo familiar, les fue abriendo el sentido de las Escrituras, sobre todo los pasajes mesiánicos, demostrándoles cómo fue preciso que se cumpliera cuanto de El estaba escrito en la Ley, los Profetas y los Salmos. Así adoctrinados, ya les podía confiar la misión de pregonar en todo el mundo el Evangelio: la fe y el bautismo en el nombre de Jesús, la penitencia para la remisión de los pecados. Y esta predicación debía ser universal, sin distinción de razas ni límite de fronteras. Es cierto que Israel había cerrado el paso al mensaje de Jesús; no obstante, en atención a los Patriarcas y Profetas, tenía que ser anunciada la Buena Nueva primero en Jerusalén, y partiendo de aquí, hasta el último rincón de la tierra.

Y aun de sobremesa, les hizo una promesa y un encargo. La promesa se refería a la próxima venida del Espíritu Santo, que el Padre les había de enviar en el nombre de Jesús. El encargo estaba relacionado con esta promesa, y era que los discípulos no debían alejarse de Jerusalén antes que viniera el Prometido del Padre, para robustecerles con su poder y virtud.

En diciendo esto salieron del Cenáculo hacia las afueras de la ciudad; por el mismo camino de la noche de la Pasión les condujo Jesús en dirección de Betania. La reducida comitiva se fue, sin duda, engrosando al enterarse los demás discípulos de la presencia del Maestro; y al oírle hablar del Reino de Dios, le interrumpen preguntando si era ya inminente la restauración del glorioso reino de Israel, al estilo del gran siglo de David y Salomón; pero una vez más Jesús les habla del carácter espiritual y ultramundano del reino mesiánico, del que ellos han dé ser los embajadores.

Ya habían llegado al punto más alto del camino de Betania, donde empezaba a resbalar por la pendiente oriental del monte, cuando el grupo se desvía hacia el Norte hasta llegar a la cima central del Olivete, poco distante del camino. El sol se acercaba ya a su cenit, y en este momento Jesús, después que hubo bendecido a los suyos, despegó suavemente del suelo, elevándose paulatinamente hacia arriba envuelto en una nube más luminosa que el mismo sol.

Los discípulos, cayendo al suelo, quedaron extáticos e inmóviles, hasta que dos ángeles, vestidos de blanca túnica, les sacaron de su éxtasis.

Lector piadoso, póstrate tú también a los pies de Jesús glorioso en su Ascensión y presta oído reverente a las palabras de esos ángeles, y recuerda que «ese mismo Jesús que ha subido a los cielos ha de volver un día a juzgar al mundo».

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Grupo de seminaristas ante la Virgen de la Escalera del Seminario de Benisa. Final del curso 54-55

A la Virgen de la Escalera del colegio seráfico de Benisa

No sé qué tiene mi Virgen,
la Virgen de la Escalera,
que si la miro amoroso
Ella me mira hechicera.
Por donde quiera bajar
siempre tropieza mi vista
con su mirar delicioso,
que el alma roba y conquista.
Tiene sus ojos tan claros,
tan tranquila es su mirada,
que al pasar he de pararme,
pues siento el alma hechizada.
Y he de decirle una gracia,
me brota un dulce requiebro,
y por más desahogarme
su dulce mirar celebro.
Le digo que su mirada
es como el iris del cielo;
le digo que allí en sus ojos
tiene cautivo mi anhelo.
Por donde yo voy me sigue
el fulgor de su mirada,
y si mi alma siente enojos
la deja tranquilizada.
Es su mirada profunda,
tranquila como los lagos,
como el remanso de un río
lleno de rumores vagos.
Me mira, y no sé de fijo
si su mirada me mira;
pero yo, al verla, deliro,
porque adonde voy se gira.
Sin saber por qué me atrae;
yo más me acerco a mirarla;
y cuando ya estoy cerquita
casi tiemblo al contemplarla.
¿Qué hay en ella? No lo sé:
es su mirada tan pura
que siento el alma contrita
ante tan dulce hermosura.
Algo debe haber del cielo
en esos ojos tan claros,
porque su luz y sus brillos
en este mundo son raros.
Son destellos de la gloria,
es virtud, delicadeza,
es la paz de los sencillos,
es la luz de la pureza.
Sí, ciertamente, que es eso,
porque Ella es la Virgen pura
y lleva en brazos al Niño
que allá en los cielos fulgura.
Mírame, pues, dulce Madre,
con esos ojos tan tiernos,
que si no basta el cariño
yo os daré amores eternos.

Fr. Manuel Balaguer, ofm


Magisterio de amor

Fray Juan de los Ángeles

I. El hijo espiritual de San Pedro de Alcántara

Los condes de Oropesa (Obispado de Ávila y Provincia de Toledo) profesaban amor singular y reverenciaban con reverencia suma al varón extático y penitente San Pedro de Alcántara, heredero de la riqueza espiritual franciscana. Para su consuelo le forzaban a que los visitase en su palacio. El santo, tan austero para sí como suave y complaciente para el prójimo, entraba en la villa de Oropesa cuando se le presentaba oportunidad.

Había en ella, patrocinado por los condes, un Colegio de Humanidades, y San Pedro no salía de la población sin visitarlo, es decir, sin saludar y conversar cariñosamente con los estudiantes. La imagen de Cristo, que con tanta viveza resplandecía en aquel hombre tallado según el corazón de Dios, atraía y enamoraba a los muchachos, que solicitaban su bendición y le besaban, emocionados, el cordón áspero y las manos sarmentosas.

Uno de los jovencitos más dispuestos y gallardos, apresuradamente besó la mano bondadosa del santo, quien con voz impresionante profetizó: «Este mancebo será religioso' antes de mucho tiempo.» El no hizo caso, por tener meditado otro destino, hasta que a muy pocos días se halló tan del todo mudado que, vistiendo el santo hábito, acabó la vida con ejemplos de virtudes y grandes señales de perfecto religioso. El apuesto doncel tenía entonces la florida edad de dieciocho mayos (1554) y se llamaba Juan Hernández Martínez. Antes, en el 46, cuando sólo contaba diez abriles, pudo haber sido acariciado por la voz y la radiante mirada de aquel forjador de santos.

Como quien le trató y le debía todo su ser espiritual, Fr. Juan de los recuerda y recoge una práctica suya y la transmite a la posteridad: «Nuestro Padre Fr. Pedro de Alcántara —escribió— se recogía con solas estas palabras: "Conviértete, alma mía, a vuestro descanso [al centro interior], que os espera allí vuestro bienhechor Dios'' (Salmo 1¿¿); y decía que con este verso su alma, como corrida y afrentada de andar callejera, se cerraba dentro de sí a la conversión de su Esposo.»

Tal padre de espíritu mereció del cielo un hijo que fue su remedo y su corona de gloria: Fr. Juan de los Ángeles.

II. El apóstol de la palabra y la pluma

En la Corchuela, lugarcillo anexo a la villa de Oropesa, vino al mundo español el niño Juan, que con el tiempo sería comparado más de una vez al de Patmos por la sublimidad de su doctrina y la perfección seráfica que alcanzó.

Fue hijo de padres tan humildes como sencillos y buenos. Campesinos entregados al trabajo y al comercio con la madre naturaleza, eran gente sana de cuerpo y de alma. El nombre del padre era Agustín Hernández; el de la madre, Ana Martínez. A él se le conocía por el apellido Martínez, caso no infrecuente en aquellos tiempos.

En el año 1553 estudió en Alcalá, emporio de ciencia, matriculado en la Sección de Estudios Griegos y Hebraicos. En sus escritos dará pruebas de que fue alumno aventajado.

Siempre sintió de si humildemente, tanto que, por boca del Discípulo por él creadq en sus escritos, confiesa: «En los [años] de mi mocedad no atendía más que a perderme*» Lenguaje de corazón humilde, pero que al propio tiempo nos recuerda el giro que dio su vida cuando el varón profético San Pedro de Alcántara le pronosticó su ingreso en el claustro.

Que no dilató muchos años en acogerse al seguro del claustro nos consta por confesión propia: .«Aun yo —dice—, con ser mozo y sin experiencia...»

Que antes lo pensó, lo estudió y fue madurándolo mucho, como paso trascendental en su vida, también nos lo dice: «En el estado secular fueron éstos [mis-propósitos y deseos] de entrar en Religión, donde Dios mucho se sirviese y mi alma se aprovechase. Oyólos su Majestad, por su misericordia infinita, como suele oír los de sus pobres, é hízome uno de ellos en la profesión.»

De tal modo hizo suyo el espíritu de San Francisco y de San Pedro de Alcántara, que con razón le ha llamado Menéndez y Pelayo hombre tan angélico como su nombre, y un contemporáneo suyo que le conoció, trató y examinó sus libros le llamó seráfica alma.

Fray Antonio de Santa María, varón ilustre, tanto en letras como en virtud y en prelacias, dijo:

«Si quieres conocer al que retrata
amor tan admirable y tan glorioso,
Juan es (cual el de Patmos tan famoso),
que supo retratar lo que aquel trata.»

Muchos fueron los cargos que se le confiaron en la Orden Franciscana: Guardián, Definidor Provincial, Visitador de la Provincia de Valencia y de la de San Gabriel, Comisario Provincial para fundar en Sevilla, Vocal para el Capítulo General; fue, además, Lector de Teología, Predicador General, censor de libros, Vicario y confesor de las Descalzas Reales, Predicador Primero de la Sacra y Cesárea Majestad de la Emperatriz María y confesor de la Serenísima Infanta Sor. Margarita de la Cruz, que alcanzó renombre de verdadera santa bajo su magisterio.

Tanto por razón de sus cargos como por afición y deseo nativo de conocer más y más personas, cosas, instituciones, bibliotecas, ciudades y países, para llenar su alma de verdades en provecho suyo y de las almas, recorrió y visitó muchos lugares no sólo de España, sino de varias naciones europeas. Honró con su presencia y perfumó con sus ejemplos de virtud y adoctrinó con su elevada sabiduría, las ciudades de Zamora, Salamanca, Toledo, Guadalajara, Valencia, Sevilla y, sobre todo, Madrid, donde su magisterio de la palabra y de la pluma consiguió un prestigio pocas veces superado. Viajó por Italia, Francia, Flandes y Portugal, deteniéndose particularmente en Roma, en Turín, en París y en Lisboa. En todas partes trababa amistad con las personas más espirituales y doctas. En Turín veneró y escrito la Sábana Santa, descubriendo en ella particularidades que los modernos creen haber visto ellos por vez primera, y en París vio «el pedazo de corona que en su Tesoro tiene el Rey de Francia y el de la iglesia catedral», siendo,.como dice, «buen testigo».

«El celo que siempre he tenido, por la misericordia de Dios, del aprovechamiento de las almas», le comprobó, primero, con «veinte y cuatro años de púlpito»; segundo con el manejo de la pluma, que no soltó hasta morir.

Alternaba, sin descanso, el trabajo de la lengua y el de la pluma: «Yo, Señora Excelentísima [condesa de Lemos doña Catalina de Zúñiga], lo he hecho ansí [he dejado otras ocupaciones por su mandato], y en lo más riguroso del año para los predicadores, que es Adviento y Cuaresma, ...recogí los Diálogos [Tratado de los Misterios de la Misa] que vuestra Excelencia verá.»

En su Orden, la Franciscana, fue Predicador General; en el siglo alcanzó la cima: Predicador Primero de la Sacra y Cesárea Majestad de la Emperatriz María. Si adelantamos que soportó graves dolencias, su esfuerzo fue heroico y digno de admiración.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm.

( Continuará.)