Índice del número 244

Abril de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

El camino de la Cruz

Es un hecho lamentable y de notoria evidencia, que la humanidad se ha desviado del Camino de la Cruz y va dando tumbos, de abismo en abismo, perdida la ruta de sus eternos destinos.

Triste, pero fatal herencia del pecado es el amargo, lastre del dolor que todos los hombres llevamos a cuestas; mas plugo a la misericordia infinita de Dios, ya que no era posible librarnos del tributo implacable, debido a su divina justicia, hacernos, por la Pasión y Muerte de Jesucristo, meritoria esta carga, en orden a la vida eterna, y aun aliviarla de tal modo que resulte suave y ligera para los que se aprestan a llevarla cok dócil y sencillo corazón.

Jesucristo acepta la cruz de nuestros pecados y la sube al Calvario, para morir clavado en ella; trazándonos así el camino real que todos los mortales hemos de recorrer si queremos hacer meritorios nuestros sufrimientos y escalar, mediante la humilde y resignada aceptación de nuestra propia cruz, las mansiones de la gloria.

Sea éste el fruto práctico que saquemos de la meditación de la Pasión y Muerte de nuestro divino Redentor en los días de la Semana Santa, que la Iglesia consagra totalmente a renovar su memoria: que enderecemos de nuevo y para siempre nuestros pasos por el Camino de la, Cruz, abrasados en la caridad de Cristo, de la que ya nada pueda separarnos, como a San Pablo, en el tiempo ni en la eternidad.

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Besemos la Cruz

Una amante madre cristiano ha querido tener el retrato de su hijita, angelito que tiene apenas dos años, y lo ha logrado a satisfacción con una excelente foto en que la niña, con semblante lleno de viveza, de candor y de gracia infantil, está besando un Crucifijo que sostiene con su manecita.

Su cristiana madre, que ha cuidado de que su hijita lleve siempre consigo un Crucifijo, recuerdo de familia, es quien se lo hace besar todos los días y quien ha tenido la cristiana y devota idea de que en actitud de besarlo quede retratada la niña. Merece plácemes por ello.

La cruz, en efecto, es la señal del cristiano, que todos hacemos cada día y que muchos ostentan en su pecho. Venerar la cruz y adorarla es práctica piadosa que la Iglesia Católica ha convertido en rito sagrado del Viernes Santo y de la administración de sacramentos. Besar la cruz es, por tanto, acción laudable. Si con el beso de los labios va también el beso del corazón, el besar la cruz es símbolo y expresión de toda una vida cristiana. Ser cristiano es ser discípulo de cristo, manteniendo la fe profesada en el bautismo y cumpliendo en servicio suyo la santa ley de Dios. El cumplimiento de esta ley y de los deberes que de ella derivan es cosa que exige frecuentes y aún diarios sacrificios. Aceptarlos por amor a Jesús, que por nosotros se sometió al sacrificio de la cruz, eso es la práctica de la vida cristiana y eso simboliza el beso que damos a la cruz de Cristo, inseparable de la cruz de nuestro deber.

No besaríamos la cruz si no hubiera estado Cristo en ella. Antes de Cristo, era la cruz un horrendo y repulsivo patíbulo, execrado y temido de todas las gentes; pero desde que clavado Cristo en ella nos redimió del pecado y del infierno, al precio infinito de su preciosa sangre, de sus inauditos dolores y de su angustiosa muerte; desde que Cristo demostró su amor al hombre muriendo por él en la cruz, es ésta para el cristiano objeto de amor y de veneración, porque es figura de Cristo, está santificada por Cristo, es inseparable de Cristo y a ella se extiende el amor y la veneración que a Cristo profesamos.

Por Cristo amamos la cruz, como por la salud se desea y busca la sajadura del bisturí. El que ama a Cristo crucificado no puede menos de amar la cruz de Cristo. El que besa a Cristo crucificado siente irresistibles impulsos de besar también su bendita cruz y de besar con ella la cruz viva de las tribulaciones y dolores que Dios nos envía como participación de la cruz y de los dolores de nuestro Señor Jesucristo.

No sería auténtico nuestro amor a Jesucristo si no llegara a amar por Cristo la cruz de nuestros trabajos y de nuestros sacrificios. Un cristiano que huye de la cruz que Dios le da, no es buen cristiano; sus obras dan a entender que no es discípulo de Cristo, puesto que se niega a seguirle por el camino de la vida cargado con su cruz. Es el mismo Jesucristo quien no puede reconocerle por suyo, porque no ha entendido todavía la primera lección del divino Maestro; la lección de la inmolación propia; la lección de la cruz. (Lc 14,27).

¡Cuán bien entendieron esta lección los santos y cuán fielmente siguieron a Cristo abrazados a su cruz! De la abundancia del corazón les salían inflamadas palabras de amor a la cruz y de estima de la cruz.
Escuchemos estas encendidas palabras para que, pegándosenos el amor a la cruz, lleguemos a amar de veras a Nuestro Señor Jesucristo.

«Mi anhelo dice San Pablo— es conocer a Cristo, participar de sus penas y asemejarme a su muerte. (Filip 3,10). Me gozo de lo que padezco, cumpliendo en mi carne lo que resta padecer a Cristo en sus miembros. (Col 1,24). Líbreme Dios de gloriarme en otra cosa que en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.» (Gal 6,14).

El Padre San Francisco de Asís cerró su exposición acerca de la perfecta alegría con estas sorprendentes palabras: «Sobre todos los bienes, gracias y dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el vencerse a sí propio y sufrir voluntariamente, por amor de Cristo, penas, injurias, oprobios y molestias; ya que de todos los otros dones de Dios no podemos gloriarnos, porque no son nuestros, sino de Dios; pero de la cruz de las tribulaciones y aflicciones podemos gloriarnos, porque es cosa nuestra en la que se gloriaba el Apóstol.» (Florecillas, c. 8).

Santa Margarita de Cortona expresaba a Jesús sus ardientes deseos diciendo: «Yo quisiera poder probaros con mi sangre el amor que os profeso. Concededme que muera yo de amor y sea con Vos crucificada.»

Santa Teresita confiesa de sí propia lo que quizá alguna vez hemos leído con extrañeza: «Estoy más gozosa y animosa cuando preveo más tribulaciones en las que podré demostrar mi amor a Jesús y salvar almas.»

San Felipe Neri sacó de su experiencia lo que quisiera que aprendiéramos todos: «No puede sucederle al cristiano cosa más gloriosa que el padecer por Cristo, pues no hay argumento más cierto del amor de Dios que las adversidades.»

L. Blosio enseña que «la menor molestia sufrida por Dios con buen ánimo le agrada inmensamente más que muchos ejercicios de buenas obras». Lo cual se cumple también cuando una intensa tribulación parece que nos deja como aplastados y sin valor para más. Si el corazón se mantiene entonces en paz, aceptando lo que Dios dispone, la ausencia de la alegría sensible no disminuye el mérito. Lo sabía y se aprovechaba de ello Santa Teresita: «Cuando me siento sin valor y sin fuerzas para obrar virtuosamente, me aplico a la obra por amor a Jesús y esto me facilita la empresa.»

Sor Isabel de la Trinidad, cuyos escritos a tantas almas atraen al recogimiento interior y a la entrega total del corazón a Dios, entiende que no pueden lograrse estos inapreciables bienes sin la aceptación generosa de la cruz: «Nunca fue tan grande mi dicha como desde que Dios se dignó asociarme a los dolores del divino Maestro. Ahora voy comprendiendo que el dolor es la mayor prenda de amor que Dios puede dar a su criatura. A cada nuevo dolor que siento, beso la cruz de mi buen Maestro, diciéndole: ¡Gracias!, no soy digna de ser tratada como Jesús lo fue por su Padre.» (Recuerdos, c. XIII.)

Pongamos por remate lo que ella dice a su madre: «No dejemos perder ni un solo sacrificio de los que se nos presentan cada día; recordemos entonces que con ellos podemos demostrar nuestro amor a Aquel que "tanto nos ha amado"; recordemos también que estos pequeños sacrificios se convertirán en el cielo en hermosos rubíes que adornarán nuestra corona de gloria.» (Recuerdos, c. XIV.)

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Estampas evangélicas

El poder de las tinieblas

«Y les dijo Jesús: ¿Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas, sin sandalias, os faltó alguna cosa? Y ellos dijeron: Nada. Pues ahora, el que tenga bolsa, tómela, e igualmente la alforja, y el que no la tenga, venda su manto y compre una espada...-»

Estas simbólicas palabras son las últimas que nos refiere San Lucas de Jesús estando aún en el Cenáculo y saliendo ya hacia Getsemaní. Los discípulos no las entendieron en su genuino sentido, sino según la corteza de la letra; por eso dijeron al punto: «Aquí hay dos espadas. Basta, concluyó el Maestro.» Y abandonaron el Cenáculo en dirección tal monte de los olivos. Pedro tenía una de esas dos espadas y se sentía tan valiente que aseguró firmemente al Maestro que jamás le abandonaría, fuere cual fuese la actitud de los demás.

El lugar de la cita y el camino eran de sobra conocidos, por frecuentados, y eso le valió al traidor para poder llevar a cabo sus planes con tanta seguridad y precisión. El pelotón de soldados y agentes oficiales que capitaneaba Judas tenía una consigna, pues aunque iban provistos de hachones y linternas no conocían bien a Jesús o, al menos, podían tomarle por otro en la obscuridad de la noche y el nerviosismo del momento. No os precipitéis, «es Aquel —dijo— a quien yo besare al saludarle; prendedle bien y sujetadle bien.» ¡Pobre Judas! Qué, ¿tiene, por ventura, Jesús menos fuerza que el héroe de Gaza, que rompía cuantas cadenas le ponían encima? ¿Es que no recuerdas cómo se deslizó, hace poco, de las manos de sus enemigos que iban a prenderle? ¡Desgraciado Judas, que tan mal negocio has hecho!

Tú no eres más que un instrumento de la divina Providencia, escogido para que se cumplan los altísimos designios de Dios. Sí, no eres más que el más vil instrumento de la Pasión, la más negra sombra de esa noche tenebrosa en que tuvo cumplimiento aquello del profeta Zacarías, traído por San Mateo: «Y me valoraron en treinta siclos de plata...» Ese era el precio de un esclavo. ¿Tan bajo es el precio de tu Maestro para ti? Oye, pues, la valoración de ti hecha por el Maestro: «Más le valiera a este hombre no haber nacido.»

* * *

Eran, aproximadamente, las doce de la noche y por el cauce seco del torrente Cedrón subía un grupo de hombres, armados con palos, espadas y lanzas. Iban silenciosos y se dirigieron en derechura hacia el olivar donde se encontraba Jesús con los once; llevaban ánimo de sorprenderles dormidos y lo hubieran conseguido a no haberles despertado a tiempo Jesús de su profundo sueño. «Vamos —les dijo—, levantaos, que ya es llegada la hora en que el Hijo del Hombre se entregue en manos de los pecadores.» Y esto diciendo llegaba al mismo vallado de la finca la escolta enviada por los príncipes de los sacerdotes y senadores.

Judas, el capitán de esa guardia, se adelanta y con paso firme y resuelto se llega hasta Jesús y le saluda diciendo: «Salve, Maestro», al tiempo qué le da el ósculo ritual. Cumplida la consigna se abalanza sobre Él la chusma armada, que retrocede al instante, cayendo al suelo, al solo oír las palabras «YO SOY».

Pedro, semidormido aún y sorprendido por la trágica escena, se restriega nerviosamente los ojos, para cerciorarse si es sueño o realidad lo que ve y oye. Situado junto al Maestro y echando mano de la espada, aguarda la orden de contraataque; pero en vista de que nada ordena Jesús, gritan ellos, ante la gravedad del momento: «¿Señor, les arremetemos con la espada?» Pedro la desenvaina sin esperar respuesta y se abalanza sobre el primero que tiene por delante, cortándole la oreja.

Jesús le desautoriza al punto «porque quien mata con espada, a espada muere». No necesitaba Jesús esas armas, pues de haber necesitado defensa, el Padre le hubiera enviado más de doce legiones de ángeles. Se trataba sólo de dar realidad a las profecías, a los designios misericordiosos de nuestra Redención.

«Si me buscáis a mí —terminó el Maestro— dejad ir en paz a éstos.» Y al momento desaparecieron Pedro y los otros compañeros, dejando solo a Jesús en poder de sus más despiadados enemigos. «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas», había profetizado también Zacarías; y su profecía acababa de cumplirse.

«Así, con espadas y bastones, cual si se tratara de ladrón, habéis salido a buscarme... Con nosotros frecuentaba el templo y no me prendasteis... Pero, ¡ah!, es que ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.»

He aquí una visión de la sierva de Dios, Ana Catalina Emmerich, a propósito de esta escena: «Tuve, con motivo de la apostasía de los discípulos, una grande visión aclaratoria, que estoy demasiado enferma para contar.

Vi dentro de dos esferas el reino de Satanás y el reino de Jesús. Vi una ciudad de Satanás y una mujer; la ramera babilónica y los profetas de aquél y sus profetisas, sus taumaturgos y apóstoles: envuelto todo en grande esplendor y mucho más magnífico, rico y lleno que el reino de Jesús.

Vi correr hacia aquél, con caballos y carros, a reyes, emperadores y hasta numerosos sacerdotes. Tenía Satanás un soberbio trono.

Pero el reino de Jesús en la tierra lo vi pobre, deslucido, lleno de aflicción y tormento. Y vi a María como la Iglesia, y también cómo la Iglesia, a Cristo crucificado, y una entrada por la herida del costado.»

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Viernes Santo

Ha expirado el Señor, Jesús ha muerto;
cesaron sus estragos y dolores,
se agostaron las hierbas y las flore
s del monte en que tendió sus brazos yerto.

Anoche aun, sudó sangre en el Huerto
por los delitos de los pecadores;
hoy la ciudad que le rindió loores
escuchará su funeral concierto.

Ha muerto porque a todos quiere hermanos,
ha muerto por la Paz del mundo en guerra;
y era tu alma, pecador, su anhelo.

Y por eso, clavados pies y manos,
dejó escapar su sangre hacia la tierra
¡y te compró por ese precio el Cielo!

Rafael M. Castillo

Camino del Calvario

Camino del Calvario

Quiero trenzar los sones que exhalan los murmullos
que en su camino aciago tejió nuestro Señor;
pero no encuentro joyas, ni flores, ni capullos
para engarzar en ellos las perlas de mi amor.

Abrojos, llanto y pena, trenzados con espinas,
entre mis dedos gimen, rimando su cantar;
las notas de mis trovas, no son suaves ni finas...
son lágrimas, gemidos, constante suspirar.

¿Cómo cantar podría, mirando al Nazareno,
cargado y sudoroso, con la pesada Cruz,
subiendo hacia el Calvario, de pena y muerte,
lleno, donde se ciernen sombras y nunca brilla luz?

Las notas temblorosas que brotan de mi canto
sabrán rimar los sones que trenza el corazón...
Serán estrofas tristes de pena y de quebranto,
serán lánguidos sones de llanto y de aflicción.

Jesús, pausado, asciende, la cumbre del Calvario.
Sobre sus hombros lleva pesada y tosca Cruz;
su rostro ensangrentado, con gesto funerario,
entre sayones fieros, irradia viva luz.

Sus fúlgidas pupilas despiden sus destellos
por entre sombras negras, de llanto y de dolor;
y miran compasivas lanzando rayos bellos,
a quienes le contemplan, pasmados de terror.

No buscan que le ayuden en su pesada carga;
ni anhelan que suspiren, uniendo su cantar,
a la canción que brota sentida, triste, amarga,
del fondo de su pecho, que gime sin cesar.

Tan sólo a todos miran, con lágrimas de pena,
para que en ellas vean, de amor, dulce lección;
y al recibir en vida, la Cruz, de acíbar llena,
jamás brote en sus pechos, la negra rebelión.

Jesús carga en sus hombros el tosco y vil madero
para que el mundo nunca se queje en su sufrir...
La vida es un Calvario sangrante, duro y fiero,
y con la Cruz cargados, lo habernos de subir.

Nadie se encuentra exento de cruces y torturas...
Las flores y sonrisas, sueños de espuma son...
Por cada rosa, brotan miles de espinas duras
que hieren y desangran al triste corazón.

Jesús Maestro excelso de celestial doctrina,
cargado y sudoroso por la pesada Cruz,
sabe trazar al mundo la senda que ilumina,
por ser ella, entre sombras, la que despide luz.

Y cariñoso y tierno, pronuncia dulcemente
estas graves palabras de santa perfección:
«Quien quiera a Mi seguirme, tome la Cruz, paciente,
y venza su carácter, y oprima, al corazón.»

Podía con su esfuerzo , heroico era el deseo
hasta el Calvario abrupto con tosca cruz llegar;
pero quiso que fuera Simón el Cirineo
el que en su carga inmensa pudiérale ayudar.

Profundo simbolismo de mística enseñanza:
la vida nos sonríe, florece la ilusión;
radiante de esplendores se cierne la esperanza;
pero jamás se aleja del pecho la aflicción.

Y es que la Cruz es prenda que ostenta el mundo entero...
Para gozar del cielo, tenemos que escalar
calvarios de torturas, de pena y llanto fiero...
No es por fragantes flores, por donde hemos de andar.

Jesús en el sendero de espinas y torturas
que llévale al Calvario, para morir de amor,
nos dice que suframos las penas y amarguras,
con mansedumbre santa, con fe, piedad y ardor.

No despreciemos nunca la gracia de su beso,
—flor bella, con espinas, sonrisa boreal—;
El beso de su boca —perfume y embeleso
de amores regalados— la CRUZ es divinal.

Este es el canto triste que brota de mi lira:
«Divino NAZARENO, cargado con la CRUZ,
cubierto entre tinieblas de llanto y dolor,
mira mi pecho atribulado, y brillará tu luz.»

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Semana Santa, 1949.

El estudio bíblico Franciscano y la Biblia china

La Iglesia Católica, fundada sobre el Magisterio vivo y fiel secular de Cristo, cuyo distintivo era «evangelizar a los pobres», se había preocupado en China de multiplicar sus misioneros sin perder de vista, por eso, de verter a la lengua china el depósito sagrado de la Sagrada Biblia como Verbo Escrito de Dios. No obstante sus esfuerzos, a través de los siglos, aun en 192, el Concilio de Shangai lamentaba la falta de la Biblia completa y formulaba el voto de que se formara pronto una comisión de peritos que llenara aquel vacío. Algunos años más tarde el Papa Pío XI, en conversación con un neoconsagrado Obispo franciscano, para China lamentaba aún la falta de aquella versión.

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Bto. Gabriel Allegra
[De Wikipedia]

Entre tanto, un corista franciscano, el hoy P. Gabriel Allegra [1], que en Roma se preparaba para las Misiones de China, habiendo oído de labios de otro franciscano chino, el P. Juan Bta. Ka-Kao, que la Iglesia Católica aún no poseía en su patria la Biblia completa, después de tanto s siglos de apostolado en aquellas tierras, mientras los Protestantes, con un solo siglo de existencia allí, ya habían hecho varias ediciones, se sintió inflamar de celo por la Palabra de Dios escrita, y concibió la idea de dedicar toda su actividad a llenar aquella laguna. Para ello se dedicó con ardor al estudio de todo aquello que pudiera serle útil para tal empresa. Se especializó en los estudios bíblicos y en las lenguas hebrea, griega y siria, y, aprovechándose del cosmopolitismo de aquel Colegio internacional, aprendió diversas lenguas modernas hasta hablarlas con facilidad.

El año 1931 tuvo que interrumpir aquellos estudios para ir a China a cubrir una plaza vacante de Rector de Seminario. No obstante las nuevas ocupaciones que le imponía el cargo, no cejó en su empeño primitivo, hermanando con aquellas el perfeccionamiento de sus estudios y lenguas bíblicas, así como el aprendizaje y dominio de la lengua china, para la cual estaba dotado de especial capacidad. Al mismo tiempo, se posesionaba de toda la literatura bíblico-protestante en China, gracias a la ayuda que para ello le prestó su obispo Mons. Pallatei.

Después de cuatro años de intenso trabajo preparatorio, en 1935 comenzó la proyectada versión, haciéndola directamente sobre los textos originales y teniendo en cuenta las antiguas versiones, ya que, como decía el P. Guimbretiére, la lengua china, siendo más afín al hebreo, podía reflejar mejor el pensamiento del autor sagrado que no haciéndola de la Vulgata o de alguna otra versión moderna.

Hasta 1939 pudo hacer la traducción del Pentateuco y Ruth. Libros históricos, a excepción de Samuel y los Profetas menores.

Agotado y extenuado con tanto trabajo, los Superiores le obligaron volver a Italia, su patria, a descansar y reponer sus fuerzas. Aprovechó aquel viaje para visitar la Tierra Santa y amplificar con ello sus conocimientos topográficos, localizando todos los hechos bíblicos. También en este tiempo continuó algo su comenzada versión china, traduciendo Josué, Jueces y Samuel.

Vuelto a China después de un año y destinado como capellán a la Delegación italiana de Pekín, allí pudo continuar más fácilmente la interrumpida versión, traduciendo el Salterio y Libros Sapienciales, los Cuatro Profetas Mayores, los Macabeos. Tobías y Judit. Ester lo tradujo durante los días en que los japoneses lo concentraron en T' ai van fu.

De este modo el año 1945, después de diez años de trabajo, en su mayor parte hecho bajo los bombardeos, todo el Antiguo Testamento quedaba traducido al chino.

Los manuscritos quedaban dispersos entre Hengyang, Roma y Pekín, salvándose milagrosamente y pudiendo por medios extraños llegar a manos del traductor. Sólo una nota para demostrarlo.

Se estaba en plena guerra. Las comunicaciones con Italia y Roma estaban cortadas y los deseados manuscritos no podían venir de allá. Un fraile de Roma, habiendo sabido que unos marinos alemanes de un submarino debían emprender un viaje de fortuna al Japón, rogó a uno de ellos llevara a Shangai un paquete sin declararle su contenido. Aceptó y después de varios meses de viaje, el consabido paquete llegaba a las manos del interesado. De este modo, mientras en Alemania Hitler luchaba por extinguir el Catolicismo, sus submarinos salvaban llevando a otras tierras el tesoro más preciado de aquél.

Traducido el Antiguo Testamento, la versión del Nuevo no urgía por existir ya una completa. Faltaba aún el trabajo de corrección y anotación de lo nuevamente traducido, trabajo para el cual no bastaba un hombre. Por este motivo el P . Allegra propuso y obtuvo de los Superiores la formación de una comisión de peritos chinos franciscanos. De estos, unos eran ya laureados en literatura china, otros se habían especializado en Teología, y todos estaban suficientemente adiestrados en el conocimiento de las lenguas bíblicas. Con ello quedó constituido el «Studium Biblicum» que comenzó a funcionar el mismo año 1945, con ánimo de publicar cada año un volumen y en el curso de siete años acabar la primera edición del Antiguo Testamento en chino.

Fieles a su propósito, en 1946 salía ya el volumen de los Salmos, y en 1947, el de los Libros Sapienciales. Entre tanto, habiendo llegado los otros manuscritos que se esperaban, en 1948 pudo salir el Pentateuco.
Todos los trabajos de la edición se han realizado hasta ahora en Pekín. Dada la inseguridad de aquella capital y la falta de comunicación con fuera, se creyó oportuno el traslado del «Studium Biblicum» a Hongkong, donde se instaló en octubre último, y donde se prepara con gran celo el volumen de Josué, Jueces, Ruth y Libros Históricos, para el corriente 1949.

De esta traducción se ha ocupado ya varias veces la Radio Vaticana y el Osservatore Romano, en Diciembre último publicaba un largo artículo con las fotografías del frontispicio del Salterio y un Salmo íntegro. El Santo Padre, informado del trabajo, lo ha calificado de gigantesco y atrevido y ha mandado su paternal Bendición Apostólica a la obra y a sus colaboradores directos e indirectos.

Las dificultades con que se ha tropezado y se tropieza no son pocas; pero todas ellas se han superado con el auxilio de la Santísima Virgen, bajo cuya protección se ha puesto la edición entera. Las dificultades no arredran a los editores, antes bien los animan, pues saben que ellas son la contraseña de las obras de Dios.

Una de esas dificultades es la de financiar la edición, pues no se cuenta con subvención alguna para sufragar los gastos que supone. Tratándose de una obra de tanta importancia como es la primera edición y versión completa de la Biblia Católica en chino, a cargo de los franciscanos, obra de tanta gloria para la Iglesia en China, y que tanto honor dará a la Orden Franciscana en los siglos venideros, ¿no habrá almas amantes del Verbo de Dios escrito que quieran ayudar a los Hijos del Seráfico Padre en esta magna empresa?

Fr. Gonzalo Valls, ofm
Hongkong, 4 febrero 1949.

[1] El P. Allegra murió en Hong Kong el 26-I-1976, y fue beatificado el 29-IX-2012. Puede ver su biografía en la web Directorio franciscano.

Clero indígena

Día del Clero indígena

El domingo 1.° de mayo se celebrará en toda España «El día del Clero indígena», para dar a conocer la finalidad de la Obra pontificia de San Pedro, apóstol, para la formación del Clero indígena y contribuir a su sostenimiento. Y con ese motivo queremos llamar la atención de nuestros lectores.

«Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» Así dijo Jesús a sus discípulos (Mc 16,20). A su mandato se esparcieron por todo aquél. Y la Iglesia, pequeña al principio como grano de mostaza, se ha convertido en árbol gigantesco que cobija bajo su sombra a millones de creyentes de toda raza y condición. Pero después de 2.000 años de Religión cristiana, aún hay más de 1.000 millones de seres humanos que no conocen a su adorable Redentor y viven en abyección moral practicando religiones absurdas.

A sacarlos de su estado se dedica la Iglesia por medio de los misioneros que, abandonando patria y comodidades, no dudan en trabajar en países inhospitalarios y salvajes para ganar almas a Dios. La mies ahora, como en tiempo de Jesucristo, es mucha y los trabajadores pocos. Y «siendo la Iglesia de Dios, católica y propia de todos los pueblos y naciones, es justo que haya en ella sacerdotes de todos los pueblos» (Benedicto XV). Pero, además, por la especial idiosincrasia de los pueblos, mejor comprende su carácter, su modo de ser, un sacerdote indígena que uno extranjero, aunque lleve muchos años entre ellos. Y los indígenas de todas las razas, por lo que Chateaubriand llama «instinto de la patria», estiman más lo que es de ella y a ella se refiere, que lo de tierras ajenas, aunque brille con el fulgor de una superior civilización.

No es extraño, pues, que los Romanos Pontífices alentaran y aprobaran la feliz iniciativa de dos damas francesas, creadoras de la Obra de San Pedro Apóstol, para la formación de sacerdotes indígenas en los países de misión. La señora Estefanía Cottin-Brigard y su hija fueron las que con celo apostólico emplearon su cuantiosa fortuna, aún en vida, y toda su actividad en sostener aquella piadosa Asociación que habían fundado. Benedicto XV la aprobó y la elevó a la categoría de pontificia. Y desde entonces se ha difundido por todos los países y llega a todas las diócesis por voluntad expresa de los Sumos Pontífices.

Gracias a esta Obra, los 870 sacerdotes indígenas y los 2.700 seminaristas que había al nacer la Obra, en 1889, se convirtieron a los 50 años en 7.500 sacerdotes y 20.000 seminaristas, de los cuales sostiene aquélla a 13.575. Diecinueve seminarios regionales y veinticuatro menores, de nueva planta, y ciento dieciséis, en parte, le deben su creación.

Obra tan benemérita a los ojos de Dios, bien merece la ayuda de los buenos católicos, que a ella deben cooperar. La cooperación debe ser: Primero, con la oración individual o colectiva (de comunidades, asociaciones, centros, etcétera); segundo, con ayuda material o económica. Esta puede prestarse de varios modos:

Con cuota de socio, de 2 ptas. al año, como mínimo, o de socio perpetuo, de 200 pesetas por una sola vez.

Con adopciones colectivas: donativo de 500 pesetas, que muchos suscriben con carácter permanente para cada año.

Mediante becas, para ayudar a la carrera de un seminarista: cantidad mínima, 12.000 pesetas.
Por donativos para ayuda a las necesidades generales.

Es preciso, por tanto, si nos preciamos de buenos católicos, que contribuyamos con nuestras limosnas a sostener obra tan meritoria, teniendo en cuenta que como prometió Jesucristo Nuestro Señor, se dará el ciento por uno y la patria celestial a los que en su nombre hagan obras de misericordia.

La Redacción

La Crucifixión

Llegaba a su término la dolorosa Pasión de nuestro Redentor Después de las angustias y desfallecimiento mora! de Getsemaní; de los puñetazos, bofetadas y salivazos en casa de Caifás y de la cruel flagelación del pretorio en que los soldados romanos le azotaron despiadadamente con correas terminadas en huesecillos, o con cadenillas de hierro que acababan en bolas metálicas, es conducido al Calvario. De constitución perfecta y delicada debió sentir vivamente los dolores corporales. Y siendo de corazón noble y generoso sufrió en el alma las humillaciones, desprecios e ingratitudes de los hombres.

La pérdida de sangre, el insomnio y la falta de alimento, junto con el sufrimiento moral, habrían, producido la muerte a Jesús si hubiera sido sólo hombre; pero su» omnipotencia como Dios la evitó, pues quiso apurar hasta las heces, el cáliz de dolor que le preparara su Padre.

Ya crucificado, no cesó de sufrir. Un piadoso médico francés, el doctor Le Bec, afirma que sus sufrimientos fueron horrorosos. Por quedar inmovilizadas las costillas, así como el diafragma, la respiración le era muy difícil y experimentaba una sofocación progresiva, sin el menor alivio. Al tener los brazos fijos y levantados, el corazón trabajaba forzadamente, para enviar la sangre hasta las manos. Los latidos eran precipitados, pero débiles. Este debilitamiento, hacía que la impulsión fuera menos enérgica en todo el cuerpo, y, por lo tanto, que se estancara la sangre en todos los vasos.

Al ser la oxigenación cada vez peor en los pulmones, había exceso de ácido carbónico en la sangre, y como consecuencia excitación de. las fibras musculares y una especie de estado tetánico general que llegaría hasta el debilitamiento paralítico. El cerebro, por su parte, no recibiendo sangre pura sufriría una congestión intensa de la substancia nerviosa y de las membranas cerebrales; esto le ocasionaría una cefalalgia violenta, comparable al dolor que causaría un círculo de hierro apretando el cráneo.

Y, sin embargo, todo lo sufrió por nuestro amor. Sobreponiéndose al dolor demostró ser señor de la vida y de la muerte, pues murió cuando lo determinó por su propia voluntad. Antes habló con su madre y San Juan, dio esperanza al ladrón, pronunció palabras que le atribuían profetas antiguos y dio por terminada su vida cuando quiso, dando una gran voz, impropia de un reo debilitado por crueles sufrimientos. Sus últimos momentos mostraron una serena majestad de tal valor, que hasta a un incrédulo como Rousseau le obligaba a exclamar: «Si la muerte de Sócrates es la de un sabio, la vida y muerte de Jesucristo son de un Dios.»

Cualesquiera que sean las convulsiones que el mundo experimente, Cristo siempre vencerá. Creador en la tierra del cielo de las almas puras, las congojas de su alma provocarán nuestro amor. Las olas de dolor del corazón humano se desharán ante sus plantas benditas, y todos los afligidos besarán con resignación en todo tiempo, sus pies ensangrentados. Digno es por el amor que nos mostró, de presidir los destinos del mundo. Terminemos, con Renán: «Tu nombre, gloria y orgullo del humano linaje, va a ser bendecido durante millares de años. Lábaro de nuestras contradicciones, Tú serás la bandera en torno de la cual se librará la más grande de las batallas.

¡Mil veces más vivo, mil veces más amado después de la muerte que durante los días de tu peregrinación en la tierra, llegarás a constituir de tal modo la piedra angular de la humanidad, que borrar tu nombre de este mundo sería conmoverle en sus cimientos!

Entre Tú y Dios no habrá distinción. Toma, pues, posesión de tu reino, sublime triunfador de la muerte, de ese reino adonde te seguirán por 1a ancha vía que Tú les trazarás, siglos y siglos de adoradores.»
Y El haga que no la abandonemos jamás, los que lo somos.

Arturo Fosar Bayarri

Fecundidad la sexta palabra da Cristo en la cruz

Piadoso lector: Aprovecha la ocasión, que te doy en esta líneas para meditar con fruto las tres ideas capitales que, a mi ver, encierra la sexta palabra que nuestro adorable Redentor pronunció desde la Cruz al despedirse de este mundo para volver a su Padre Celestial:

«¡Todo está terminado!»

Tres cosas principales abarca la obra grande e inefable que el Padre Eterno encomendó a su Divino Hijo para salvar a la humanidad privada de la bienaventuranza sobrenatural, para la que había sido creda por Dios, por el pecado de nuestros primeros padres: la reparación de la ofensa que el género humano infirió, por la desobediencia de Adán y Eva, a la Divina Majestad; la elevación del hombre, otra vez, al estado sobrenatural perdido por la culpa de nuestros progenitores, y la fundación de la Iglesia, con su jerarquía, magisterio y sacramentos, para que diera gloria a Dios, santificara las almas y transmitiera a todas las gentes, hasta la consumación de los siglos, los frutos y méritos de la Redención.

Pues bien, cada una de estas cosas habían sido ya realizadas por Jesús con infinita perfección. Por eso en aquella hora solemne en que, cumplida su misión redentora, iba a despedirse del mundo para volver a su Padre celestial, exclamó con júbilo y satisfacción: «¡Todo está terminado!» Es decir:

Terminada está ya la expiación del pecado de la humanidad.—Ya he saldado su orgullo con mi humildad; ya he pagado su desobediencia con mi obediencia hasta la Cruz; ya he cancelado su muerte con mi muerte. Todo lo que la Sagrada Escritura ha predicho del Redentor; todo lo que los profetas vaticinaron del Salvador; todo lo que el Padre me exigió para salvar a la humanidad, desde el anonadamiento en la Encarnación hasta gustar el vinagre en la sed del Calvario, todo se ha cumplido ya en Mi. «¡Todo está terminado!»

Terminada está ya la elevación del hombre a la vida divina.—Ya le he dado con mi sangre mi propia vida; ya le he devuelto con mi muerte la bienaventuranza sobrenatural que por el pecado perdió; ya le he merecido con mi sacrificio poder gozar nuevamente de la visión beatífica de Dios: «¡Todo está terminado !»

Terminada está ya la fundación de la Iglesia.—Ya he dejado en el Evangelio la luz que ha de disipar todos los errores y ha de ilustrar todas las inteligencias; ya he dejado en los Sacramentos el manjar que ha de confortar y santificar las almas; ya he dejado en el Sacrificio del Calvario ejemplos de virtudes heroicas capaces de hacer subir a los hombres hasta clavarse en mi Cruz. «¡Todo está terminado!» Está ya acabada la obra de la redención.

¡Qué fecunda es esta palabra del Redentor! Ella sola encierra más ciencia, más verdad y más fuerza que todas las palabras que han escrito los sabios y han pronunciado los hombres. Sólo el que la pronunció, que con su mirada infinita abarca, todos los mundos, todos los horizontes y todas las generaciones, comprende bien todo el sentido que ella encierra.

Dios, al darte la existencia, te encomendó la salvación y santificación de tu alma. Si mueres ahora, ¿podrías decir con júbilo: todo está terminado?

Lo que Jesús hizo como Cabeza de la Iglesia lo has de hacer tú como miembro vivo de Ella: has de expiar tus pecados, por la mortificación; has de elevarte al orden sobrenatural, por el Bautismo y la Penitencia; has de santificarte por la recepción de los Sacramentos y práctica de las virtudes.

Manos, pues, a tu obra. Abrázate con alegría a la Cruz de tus deberes cristianos; camina con entereza y valor por la vía dolorosa de los trabajos y tribulaciones que te envíe el Señor y sube con heroísmo hasta la cumbre del calvario de tu vida, para que, en la hora solemne de abandonar este mundo para rendir cuenta de tu misión al Creador, puedas decir también con satisfacción como Jesucristo: «¡Todo está terminado!»

Fr. Pacífico Torres, ofm