Índice del número 250

Octubre de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

  1. Miniaturas. Artísticas. José Mª Bayarri
    Un extraño juicio en la medieval Asís. Fr. Joaquín Sanchis, ofm
    Plegaria a la Virgen del Pilar. Fr. Bernardino Rubert, ofm
    Domingo de misiones. Arturo Fosar Bayarri
    Pío XII y la España misionera.
    Episodio misional. Fr. Angélico
    Noticias

En pro de las misiones

Si todos los buenos católicos han de mirar con cariño la obra misionera de la Iglesia, y prestarle el apoyo permanente de sus oraciones, sacrificios y limosnas, con mayor razón hemos de hacer otro tanto nosotros, hijos y devotos del Seráfico Patriarca de Asís, Que tanto y tan admirablemente trabajó en la dilatación del Evangelio, por ganar almas para Cristo.

Todos sabemos cómo San Francisco, inclinado más bien al reposo de la oración en deliciosa y apacible soledad, quiso consultar la voluntad del cielo, antes de abrazar aquel género de vida que tanto le agradaba, y recibida la respuesta del Altísimo, resolvió, como hermosamente canta la Iglesia en su oficio litúrgico, "non sibi solí vivere...'", no vivir para sí tan sólo, sino más bien, abrasado su corazón por el celo de la gloria de Dios, entregarse por completo al provecho de los demás.

Y de la expansión de aquel corazón seráfico, tan hambriento de Dios y de almas para Dios, brotaron los retoños de sus órdenes, humildes y pequeñuelas a sus ojos, pero que pronto alcanzaron la frondosidad de los grandes árboles, porque llevaban en sus raíces la rica y jugosa savia del Evangelio, que San Francisco asimiló a la perfección y transmitió a sus obras con sencilla y encantadora fidelidad.

Él fue, además, el que inició personalmente la Custodia de Tierra Santa, esa misión admirable y hermosa, que un gran Pontífice no vaciló en calificar como la perla y joya más preciosa entre todas las misiones católicas del mundo.

Trabajemos, pues, queridos lectores y amigos de La AA en favor de las misiones, y en este domingo misional de 1949, no nos quedemos atrás, sino más bien redoblemos nuestras oraciones, intensifiquemos nuestros sacrificios y aumentemos nuestras limosnas hasta el límite que nuestras posibilidades nos permitan, seguros de que con ello agradaremos a Dios y atraeremos sobre nuestras almas las bendiciones más efusivas de las manos y el corazón, llagados de' amor, del Seráfico Padre San Francisco.

El Domund del Año santo

Todos los años el DOMUND trae el alegre ímpetu de la universalidad cristiana. Su mensaje, dulce y fuerte a la vez, conmueve violentamente el corazón mismo de la cristiandad. Dios sabe bien que en cuanto suena la llamada anual del Pontífice en favor de la Obra de la Propagación de la Fe, una alta ejemplaridad de desprendimiento y espiritual elegancia: gallardea durante toda la campaña de la gran jornada misionera como una bandera jubilosa y audazmente erguida sobre una parda tierra reseca, difícil, ensombrecida por el egoísmo y el odio.

Este año, el DOMUND trae, en alas de la catolicidad, un especial mensaje. Todo el ámbito de la Santa Iglesia Católica, desde Alaska hasta la Cruz del Sur, desde Sudáfrica hasta el Mar del Japón, se halla invadido por la caliente y expectante emoción del Año Santo, dedicado a Pío XII, buen pastor del rebaño de Cristo en esta amarga hora, cargada de amenazas, de persecuciones y bañada en sangre de martirio.

Desde estas jornadas hasta el final del año 1950, la Iglesia entera adoptará un estilo peregrinante, buscando por la tierra, por el mar y por el aire los claros caminos que llevan a Roma, para dejar a los pies del Papa una cálida ofrenda de corazones rendidos y de reconfortantes esperanzas.

El DOMUND que siempre fue jornada del Papa, y hasta ha sido designado con este nombre en algunos territorios, afirma este año con mayor fervor su signo pontificio y quiere convertir el fruto espiritual, propagandístico y económico del próximo 23 de octubre en el encendido homenaje misional, que España, misionera por fe, por tradición histórica y por ingénito ímpetu ecuménico, quiere ofrecer a Su Santidad el Papa con motivo del Año Santo.

Y ningún cauce mejor para esta ofrenda, que la gran Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe, órgano oficial del Papa, eje diamantino de la unidad y de la catolicidad para atender a las ingentes necesidades de la empresa misionera. Este año una luz suave, como la mirada por el cordial afecto y la filial ternura, envolverá las ofrendas misionales de los católicos españoles hasta que lleguen a las manos ungidas del Papa libres de todo interés egoísta, con la gracia impoluta y sobreangélica de aquel pensamiento del Señor, que el apóstol de la universalidad recogió en los Hechos de los Apóstoles: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (Hech 20, 35).

España que tantas cosas necesita en el orden material y religioso, sabe de antiguo que es mejor «dar que recibir», y por eso hace de la bella sentencia de Jesús mote y consigna para esta jornada, y no tendrá desde ahora más que una ilusión y un desvelo: darse al Papa, desbordando todas las fronteras del egoísmo personal y colectivo para sobresaturar, en lo posible, el corazón de la Iglesia con sacrificios y plegarias, y las arcas de Propaganda Fide, con esos imprescindibles medios económicos, sin los cuales es normalmente imposible la implantación de la Iglesia en el mundo.

El reconocido afecto y la insobornable fidelidad que los españoles han tributado secularmente al Papa envuelven al DOMUND de 1949, ya de antemano, en un transparente aire optimista, de triunfal jornada. Es como si la misma mano de Pío XII se convirtiera en la ingenua hucha del negrito de la colecta callejera, de la postulación o de la mesa petitoria. Es el Papa quien pide y no pide para sí. Nuestro mejor homenaje es darle con generosidad para la mejor empresa: la Propagación de la Fe.

La epopeya del violín

250_01Promediaba el último cuarto del siglo XVI (el siglo de Oro de nuestra historia en las artes, en las letras, en la milicia, en la santidad), cuando se embarcó en un puerto de España rumbo a las tierras del Nuevo Mundo, formando parte de una expedición de doce franciscanos, el Padre Francisco Solano, alma grande, corazón de niño, hombre totalmente de Dios, que pretendiendo huir de la fama de santidad, que sus virtudes y milagros empezaban a propalar por la península, se vino a América, para esconderse y pasar desapercibido en estas inmensas regiones, recién descubiertas, que el genio de España incorporaba a la civilización a fuerza de heroísmos.

A bien poca cosa se reducía el equipaje de este pobre fraile menor para tan larga travesía. Un crucifijo y un violín eran sus armas y sus tesoros. El crucifijo era el imán que atraía todas las fibras de su corazón, puro como un lirio, humilde como una violeta, ardiente como un volcán, y hacia el cual anhelaba también llevar a todas las almas de estas nuevas tierras de América. El violín, que manejaba con ágil destreza y delicada maestría, le servía para hacer volar al cielo en alas de una música íntima y suave, las trovas que, cual galán enamorado hasta los huesos, dirigía a la Dama de sus amores, la siempre pura y limpia Virgen, Santa María, Madre de Dios y de los hombres.

Oyendo a este juglar de la Virgen cantarle sus endechas era difícil no contagiarse de su ternura. El fuego de su alma, andaluza de buen cuño, se le salía por los ojos, sus labios destilaban leche y miel, y las notas que brotaban de aquel mágico instrumento más bien parecían arpegios arrancados a las liras de los ángeles que cadencias sonoras de este triste valle de dolor.

Llegada la expedición a Panamá, encalla la nave en un banco de arena, y un furioso temporal la parte en dos, por lo que tienen que salvarse a nado los viajeros. Fray Francisco, decidido y valiente, nada también, pero no en dirección a la costa, para ponerse cuanto antes a salvo de la furia del temporal, sino mar adentro, contra la dirección del oleaje, porque éste le ha arrebatado el hábito, y cuando alguien intenta reprocharle su locura, exclama que el Hábito de San Francisco no se puede perder, por lo cual no ceja en su empeño, hasta que logra rescatarlo con gravísimo riesgo de su vida.

Su primer cuidado, una vez a salvo en tierra firme, es levantar un pequeño oratorio a la Madre de Dios y colocando en él una imagen de la Señora, que los había acompañado durante el viaje, darle gracias, encomendarse a su protección, celebrar los divinos oficios y bautizar a los negros paganos que viajaban con él y a quienes había previamente adiestrado en las verdades de la fe cristiana.

Así empezaba en estas tierras de América, bajo los auspicios de la Reina del cielo, el apostolado de este valiente paladín de la Fe, cuyos pies descalzos recorrieron cientos y cientos de leguas de Panamá a Lima, y de Lima a Jujuy, Salta, Santiago del Estero, La Rioja, Catamarca, Santa Fe, Córdoba, el Gran Chaco, Paraguay, Uruguay, Buenos Aires y de nuevo a Lima. Hay que conocer siquiera sea con alguna aproximación, la inmensidad de estos territorios, para poder apreciar la magnitud de semejante epopeya.

Veintiún años de intenso caminar por abruptas cordilleras, por valles abrasados, por desiertos agotadores, por selvas enmarañadas y tupidas, soportando climas de extremada violencia, ora fríos glaciales, ora calores de asfixia; veintiún años de fatigas, de hambre y sed, de cansancio y angustia; veintiún años rondando peligros de muerte, domesticando las fieras de los bosques y aplacando las iras de los indios salvajes, a quienes ansiosamente buscaba, para platicar con ellos y ganarlos para Cristo.

La dulzura de su voz, su ingenua sencillez; como de niño, la ardiente caridad que derramaba a manos llenas, todo ello acompañado por las notas más angelicales que humanas del violín, inseparable compañero en todas sus correrías, obraba el milagro permanente de que las fieras de los bosques y los indios más feroces de las tolderías no sólo no atacaran a aquella criatura indefensa, sino que más bien gustaran de su compañía y la defendieran y protegieran a todo trance.

A propósito de esto es altamente expresiva y conmovedora aquella declaración que hizo un famoso indio en el proceso de canonización de nuestro héroe: «El Padre Francisco se sentaba en el suelo a nuestro lado y nos llamaba HERMANOS...»

Incansable mensajero de la paz y del bien, de sus manos escuálidas de gran taumaturgo brotaban los milagros más estupendos, como brotan del copioso manantial los hilos de agua cristalina. Su voz resonó por todos los ámbitos de esta joven América, para predicar a Cristo y para cantar con juvenil y renovado ardor las glorias y alabanzas de María Inmaculada.

Siempre austero consigo mismo y amable, sonriente y benigno con los demás, pasó Francisco Solano por este dilatadísimo continente, como un nuevo Francisco de Asís redivivo, dejando por todas partes una estela de admiración de gratitud y de afecto, que no se ha borrado todavía, a los tres siglos y medio de haber ocurrido su gloriosa y santa muerte, que enmudeció para siempre su bien timbrada voz y apagó las melodías de aquel violín maravilloso, que amansaba las fieras, aplacaba el furor de los indios, preparaba sus almas para elevarlas a Dios y arrebatando su dulzura a las arpas de los ángeles, llevaba al corazón de la Reina de cielos y tierra los íntimos y abrasados afectos de uno de sus más fervorosos y enamorados hijos.

Ved cómo el amor de un alma seráfica al impregnar el arco y rozar las cuerdas de un sencillo violín, obró la epopeya de apostolado más espléndida y maravillosa que han visto las tierras del Nuevo Mundo: estas tierras anchas y generosas, que dedican precisamente durante estos días, cultos solemnes a su excelso evangelizador, con motivo del IV centenario de su nacimiento.

Jesús Galbis
Buenos Aires, 21 de julio de 1949.

 

En Santo Espíritu del Monte

Jornada mariana

El día del Santo Patrono de España, el apóstol Jacobo, en el Real Monasterio de Santo Espíritu del Monte, Colegio de Misioneros franciscanos, con inusitada solemnidad se celebró el bello y conmovedor acto de la consagración de un altar de animada espiritualidad, nuevo trono a la Virgen Madre de la Divina Gracia, Patrona del seráfico Colegio, que desde remotos años se venera en aquel histórico Monasterio, de soledad augusta y fecundo en santos e ilustres varones.

La mañana es solemne. La iglesia monacal supo acrecentar su luminosidad. En andas, llena de flores, está la imagen de la Madre de la Divina Gracia, con ternura infinita, graciosamente, contemplando en sus brazos a su Hijo Dios. Al mirar la excelsa figura el espíritu se tonifica y recibe sensible temblor de espirituales alegrías.

Virgen de GraciaUna nutrida comunidad de religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús asiste a la ceremonia. El venerable Padre fundador de estas religiosas, en los últimos momentos de su existencia, bajo los maternales auspicios de la Virgen Patrona del Colegio, entregó su alma al Creador.

Los Caballeros Cruzados de Santo Espíritu, el Monasterio centro espiritual de sus fervores, ocupan buen espacio del templo, con visibles muestras de arraigada fe y amor a la delicada advocación de la Virgen de los misioneros. Sobre su pecho ostentan la santa Encomienda de la Hermandad de la Cruz. La víspera de la festividad mariana dedicaron el día en santo retiro espiritual, signo de veneración profunda a la Madre dulcísima, dirigidos por el Padre Ministro Provincial de la Orden Franciscana de esta Provincia regular de Valencia.

Devotos llegados de la capital y pueblos limítrofes al Monasterio, concurren con el mismo objetivo: venerar a la Reina y Señora de los cristianos.

Las campanas vibrantemente comunicaron sus palpitaciones marianas al verde y soleado valle del recoleto apartamiento franciscano, al comenzar el reverendo Padre Guardián, Bernardino Cervera, la Misa de Comunión, en la que pronunció admirable plática preparatoria al banquete del manjar divino. Las religiosas teresianas adornaron con bíblicos motetes el Santo Sacrificio del Altar.

Más tarde, a media mañana fue la selemne Misa mayor, siendo el celebrante el muy reverendo Padre Provincial, ayudado por dos señores sacerdotes del pueblo de Puzol y del reverendo Padre Guardián.
Terminada la Santa Misa se organizó la procesión, sencillo y emocionante acto. Tuvo caracteres algo inenarrables. Llenaba de gozo el espíritu y derramaban lágrimas los ojos. La sagrada Imagen es llevada a su nuevo trono. El primitivo, hijos infieles, en la pasada contienda civil lo destruyeron.

La procesión paseó a la Virgen por arcos formados de copudos cipreses y esbeltas palmeras que pueblan la valencianísima plazoleta ricamente engalanada del Monasterio. Con razón ha dicho el poeta Bayarri:
"La suavitat de Sant Espirit, Senyora, pren de vostra fairó la maravella..."

Los frailes cantan el Ave Maris Stella y otros cantos que los fieles secundan con mística devoción. El P. Provincial al pie del altar reza las oraciones litúrgicas y la bendice, siendo colocada la bellísima estampa de la Virgen Madre de la Divina Gracia en su trono. A continuación, con gran elocuencia, claridad y sencillez desgranó emocionante alocución de extraordinarios vuelos, un canto soberbio a la Madre de la Divina Gracia, que contrajo el corazón de los oyentes. Rebosante de gratitud, dio las gracias a los asistentes, a la comunidad, a las religiosas teresianas, a los Caballeros Cruzados, a los padrinos don Miguel San-chis y señora, y al artista realizador del trono, obra de arte, don Inocencio Cuesta.

La Salve, cantada seguidamente por todos, de pie, con alma vibrante, cerró el acto esplendoroso de la jornada.

Cuán dulcemente recordaremos los que tuvimos el privilegio de asistir a estos actos, que alcanzarán eco eterno, dedicados a la Madre ele Dios, Principal Misionera del Colegio de Santo Espíritu en el día festividad del Apóstol Santiago.

José Mª Calvo

Valencia a Sant Francesc

Esta és Valencia, franciscana i bella,
bon pare Sant Francesc,
tan versemblant del vostre Asís mitííic
que encontrar-vos pensem
en qualsevol placeta recoleta
en torn de Sant Llorenç.

Esta és Valencia, Patriarca auguste,
que vos pren i reprén
com a íar i model de vida i somnis
de poesía i fe,
quan fa via i destría sa conducta,
cap a Jerusalem.

Esta és Valencia, Sant Francesc piíssim,
bon pare Sant Francesc,
que gaudix de Tres Ordens franciscanes
—caravana a Belem—
els ulls posats en vos i en el Crist l'ánima
camí del Cel, celest.

Esta és Valencia...i quan l'Octubre es daura
en el seu bell començ,
i vos, o Pare Sant Francesc modélic,
amant nos visiteu,
s'obri de braços i de cor i llança
"vítols" a ¡Sant Francesc!

J. Mª Bayarri
4 Octubre de 1949

a

El Crucificado del Alvernia

El amor explica el martirio y hasta podríamos decir que tiende hacia él, lo desea y lo busca. Quien ama de veras no se contenta con entregar al amado parte de lo que es y posee, sino que tiende a dársele por entero, anhelando ofrecerle la prueba suprema del amor, o sea el sacrificio de la propia vida, según aquello que enseña Jesucristo: «Nadie tiene mayor caridad que aquél que da la vida por sus amigos.»

Esta propiedad o exigencia del pobre amor humano se halla infinitamente más acentuada en el amor divino, primero, porque Dios reúne en sí todos los motivos de amabilidad que imaginar podamos, y luego, porque Él nos ha amado tanto, en frase de San Juan, que nos ha entregado a su propio Hijo, quien por nosotros fue hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz, como dice San Pablo.

Por eso los chispazos de pasión humana que abrasan los corazones de los que se aman, no son nada comparados con las llamaradas vivas de amor divino que encienden las almas de los santos y las empujan hacia Cristo, hasta inmolarse por Él, mediante el martirio de sangre o con aquel otro martirio lento y permanente del sacrificio de cada día, de la oblación total de cada minuto en aras del beneplácito divino.

¿Quién será capaz de medir la fuerza del amor de Dios en esas almas privilegiadas, que desasidas de todo lo terreno hacen de la Cruz el ideal de su vida, sacrificándola por entero a Jesús y derramando por El su sangre, si es preciso, para corresponder, en la medida de sus fuerzas, a las grandes y delicadas finezas del Redentor?...

Grande y maravillosa es la acción del amor divino en todos los santos, que precisamente por serlo, sienten que se les abrasa el corazón en ese fuego, a cuyo impulso no sólo desprecian los bienes materiales y las glorias mundanas, sino que también crucifican su propio ser en la cruz que Cristo les señala, y con ella le siguen, negándose a sí mismos, como pregona Jesús en el Evangelio.

Mas entre todos los santos, cabe presentar como modelo del perfecto enamorado de Cristo y fiel seguidor de su divina Cruz, al Serafín de Asís, de cuyo corazón brota un incendio de amor que aún perdura en el mundo y que está llamado a traer muchas almas a Jesucristo.

En la humilde iglesita de San Damián, Francisco mira a Cristo clavado en la Cruz. Por sus ojos se le escapa el alma entera, hecha ascua viva de amor... Cristo mira también a Francisco y le habla. Aquella mirada de Jesús, corno la que dirigió a Pedro en la trágica noche de su Pasión, debió atravesar el alma de Francisco y abrasarla en el fuego de su divina caridad, porque desde aquel instante, su pecho es horno vivo donde se fraguan tantas maravillas de amor como va obrando el Pobrecillo de Dios por donde pasa, y sus ojos son manantiales de lágrimas que vierte con amargura el humilde entre los humildes, mientras clama su voz a los cuatro vientos: "El Amor no es amado... El Amor no es amado..."

Desde entonces el amor pule y aquilata. día por día, en el cuerpo y en el alma de Francisco, la imagen de Cristo y de Cristo crucificado... El se ha desprendido ya de todos los bienes de este mundo, hasta desposarse en místicas nupcias con la Dama Pobreza; ha inmolado también su carne para ofrecer al Divino Cordero el lirio de la pureza; se ha lanzado con fogoso denuedo a predicar el Evangelio a los musulmanes, con dos anhelos, a cual mayor: convertirlos a Cristo y derramar su sangre por el amor de Jesús; ha impreso y sentido en su corazón de tal manera los dolores de la Pasión del Redentor, que sus ojos de tanto llorarla quedan ciegos a la luz de la humana claridad; en una palabra, ha hecho de su corazón un inmenso volcán, para amar sólo a Cristo y hacer sentir su amor a todos los hombres, y no sólo a éstos, sino también a la creación entera...

Ahora toca a las finezas del amor de Jesús completar la obra.

Francisco sube al Monte Alvernia con la misma mansedumbre con que Jesús asciende al Calvario. Allí, un día y otro día le sorprende el lucero de la mañana meditando y llorando la Pasión del Señor. Quiere sentir en su cuerpo y en su alma, de la manera más aproximada y perfecta que sea posible, los dolores del Salvador. Anhela con vivas ansias estar crucificado con Jesús, de la misma manera que Jesús lo está por él...

Tantas lágrimas y tales anhelos conmueven el Corazón de Cristo, que un día, al rayar el alba, se le aparece crucificado en forma de Serafín Frente a Jesús, Francisco se levanta y extiende también sus brazos en cruz, preso de un ansia infinita de transformarse en el Amado... Entonces brotan del costado, manos y pies del Redentor cinco dardos de fuego agudos y maravillosos, que rasgan las carnes de Francisco y penetran por su costado, manos y pies, abriendo allí esas hermosas y frescas llagas que son la última pincelada puesta por el divino artífice en esta copia viva de Cristo que es el humilde y seráfico Pobrecillo de Asís.

Vuelto en sí Francisco del inefable éxtasis se mira todo salpicado de sangre, pero le inunda un gozo celestial, porque ya no es él quien vive, sino Cristo el que vive en él...; y así permanece aún por espacio de más de dos años en este triste valle de dolor, alegrando al cielo y vivificando a la tierra, que al menos por aquel corto tiempo se vio regada por una sangre que, a hechura de la del Calvario, es prenda sublime de amor y semilla fecunda de bien y de paz.

Fr. Pacífico Torres, ofm

Despedida

¡Oh mis buenos amiguitos
de mi Benisa adorada,
que amáis a mi Virgencita
como los ángeles la aman!

No la dejéis nunca sola,
jamás ceséis de obsequiarla
con dulces cantos de amor,
sacrificios y plegarias.

Donde quiera que yo esté,
con vosotros he de amarla
predicando sus bondades
e incansable en su alabanza.

Me tendréis a vuestro lado
con el corazón y el alma,
y en dulce unión con vosotros
haré lo que a Ella le plazca.

Cumpliremos su mensaje
con amor y con constancia,
y haremos que otras almitas
hagan lo que Ella demanda:

Oración y penitencia por
reparar tantas faltas

con que los hombres excitan
la ira de Dios justa y santa.

Salvaremos así al mundo
del diluvio que amenaza
abrasarlo todo en fuego
de potencia no soñada.

Esa Madre de ternura
en eso nos acompaña,
incansable peregrina
siempre en busca de las almas.

¡Ay! si no fuera por Ella,
ha tiempo que nuestra raza
de esta tierra sin ventura
hubiera sido borrada.

Aplaquemos al Señor
cual las tres víctimas santas
que vino a buscar la Virgen
en las montañas de Fátima.

¡Oh, si también en nosotros
Ella su vista fijara!
Como a Portugal aquéllos,
salvaríamos a España.


Escuché la palabra de Dios
cuando todo el mundo me ofrecía riquezas

Semblanza del personaje

...Los lectores que conocen el Convento recordarán ese rincón que tiene aspecto de salita confidente y que lo decoran cuadros de santos, tallas en madera, imágenes gastadas por el tiempo y lo amueblan, en torno a amplísima mesa redonda, cuatro sillas centenarias de amplios brazos y dura vaqueta. Allí, en ese sitio encantador, donde los franciscanos tienen un receptor de radio y conversan largamente sobre cosas eternas y cosas perecederas, discurre nuestra charla con el padre Mojica, que es un hombre atlético, fuerte deportista, que resume frescura espiritual y material. En rigor, parece desprendido de esa pintura tan sugestiva y encantadora que reúne a tres monjes en franca convivencia dentro de una bodega de añejos y que sirve de etiqueta a los famosos productos de cierta destilería europea de vinos a consagrar.

Sobre Fray José de Guadalupe Mojica se ha escrito mucho para saciar la curiosidad de los lectores. De su vida de artista se han dicho inexactitudes porque a este sacerdote franciscano no le gusta hablar de esos tiempos para la publicidad. Al formular una pregunta sobre esos tópicos nos dice:

—Realmente, en estos días preliminares del magno acontecimiento católico como es el Congreso Eucarístico Bolivariano no queda bien hablar de un aspecto de mi vida completamente desaparecido. Todo el mundo sabe, que fui protagonista de películas y que me tocó en suerte encarnar el personaje principal de la primera película hablada en español, de largo metraje. A esa circunstancia, a ser la primera obra cinematográfica totalmente hablada en español y realizada en Méjico, creo que se debió el éxito que pude tener en la pantalla. Pero ahora mi misión es otra y sólo quiero concretarme a ella.

La llamada de Dios

Fr. José Mojica—¿En qué momento y cómo despertó su vocación sacerdotal, sintió usted, Padre, la «llamada de Dios»?, preguntamos:

—Sobre este punto he visto versiones muy curiosas y hasta humorísticas. Algunos creen que ello ocurrió de sopetón, repentinamente, durante una especie de aparición celestial. Absolutamente. Ello fue fría y largamente pensado y razonado. Cuando era artista ya era Hermano Tercero y bajo las ropas propias del papel que desempeñaba llevaba el cordón franciscano y el escapulario. Siempre, desde pequeño, tuve vocación sacerdotal. Demoró mi entrada al Convento al ser hijo único. Cuando mi madre murió, que era realmente lo único que me ataba al mundo de los seglares, apresuré el arreglo de mis cosas para ingresar a la Orden Franciscana, la predilecta de mi corazón por lo que implica renunciamiento a la totalidad de los bienes temporales y desposorios con la pobreza y el sacrificio.

En 1942, José Mojica vistió el hábito en Arequipa. Había llegado de Méjico, su país, había dejado las hermosas tierras de Jalisco que lo vieron nacer. (Y que hoy recordó al descubrir el Valle desde el avión, pues se parecen mucho, aunque éstas son más hermosas, dice). Tuvo un año de noviciado en Lima, seis años de estudios en la Recoleta del Cusco, y finalmente, el 13 de julio del año pasado recibió las órdenes sacerdotales en la catedral de Lima de manos del Cardenal Guevara, Primado del Perú. Desde ese entonces hasta ahora ha desempeñado el secretariado de la Obra Vocacional, cumpliendo una intensa labor apostólica en el empeño de despertar vocaciones y reclutar jóvenes para el servicio sacerdotal.

El general de la Orden

En este punto de la entrevista Fray Mojica nos dice que está para llegar a Cali el Padre General de la Orden Franciscana, Fray Pacífico Perantoni, quien será, dentro de los jerarcas que reúne el Congreso Eucarístico en nuestra ciudad, la primera persona después del Legado Papal. El Padre Perantoni se encuentra en estos momentos en Lima, a donde llegó procedente de Buenos Aires. En la capital argentina concurrió al Congreso Asuncionista. Los presidentes Perón y Odría, este último del Perú, lo han colmado de honores y le confirieron condecoraciones especiales. Precisamente fue el Padre general, a solicitud del superior colombiano Padre Serna, quien concedió el permiso para que Fray Mojica concurriera a las grandes festividades de Cali.

El Congreso Eucarístico

—He venido —dice el virtuoso sacerdote— a contribuir con mi grano de arena a la mayor solemnidad de este gran acontecimiento católico. Entiendo que hay acordado un programa coral en el que actuaré y que se me han asignado algunos solos de canto. Lo que ordenen. Estoy a la entera disposición del Padre Guardián del Convento y a él debo absoluta obediencia. Estoy convencido de que este Congreso será millonario en frutos de fe para la catolicidad colombiana. Su primera consecuencia es el fortalecimiento moral de las masas correspondientes a todas las clases sociales y establece en la sociedad cristiana el vínculo de una paz efectiva y permanente.

Es un privilegio para Colombia ser sede de esta magna realización. Y muy merecido, porque su pueblo no ha abjurado de Dios y se ha mantenido fiel a la tradición española que fue y sigue siendo católica. Los_ pueblos que, como Colombia, conservan su estructura hispana —insiste con énfasis el Padre Mojica— se salvan de la penetración comunistoide y de la infiltración de las ideas disolventes y desmoralizantes. De la siembra del Congreso Eucarístico Bolivariano cosecharán, todos los países católicos del orbe, porque las repercusiones del suceso constituyen de por sí una expresión de fuerza cristiana. Cali será durante los días eucarísticos centro de preocupación mundial.

La situación en el Perú

250_02El diálogo se desvía un poco y aprovecha el reportero para preguntar a Fray Mojica sobre la situación política actual del Perú:

—El gobierno militar —declara— está integrado por elementos profundamente católicos. Hoy más que nunca las ideas religiosas están protegidas en el Perú. Esto no quiere decir que el ex presidente Bustamante no fuera un cristiano convencido. Pero se resentía de cierta blandura, de cierta contemporización con elementos desafectos. Yo he dejado en el Perú una situación política clara, definida, absolutamente normal. Hay un gobierno que manda y un pueblo que trabaja. El Apra se dejó influir por dirigentes comunistoides y por eso perdió su situación predominante. Ese es un partido en liquidación por voluntad del mismo pueblo que formó en sus filas. Las relaciones con Colombia son absolutamente cordiales y el incidente de los guardias frente a la embajada quedó satisfactoriamente aclarado, dice finalmente el Padre Mojica.

Su trabajo en Lima

Preguntamos al distinguido franciscano si dirige en la actualidad el Coro de su comunidad en Lima y nos desengañó diciéndonos:

—No, mi querido periodista. Hago cosas más importantes. Como secretario de la Congregación Vocacional tengo mucho trabajo. Durante el año pasado hice 48 emisiones radiales de propaganda católica, de proselitismo sacerdotal. Son unos programas que divierten, con música, castañuelas, canciones, bailes regionales y típicos, charlas, tómbolas, rifas y, de vez en cuando, un sermón. Se trasmiten por la Radio Nacional y han contado en muchas ocasiones con la colaboración de damas de la primera sociedad de Lima, de niños seráficos y de músicos de renombre. Eso es por temporadas. Una semana, un mes continuo y luego a descansar y a preparar la nueva programación. Y créamelo que los resultados han sido satisfactorios. Nuestra población seráfica ha crecido y hemos despertado más vocaciones que en cualquier otro tiempo. Este es un apostolado. Hay que llamarlo con este nombre, porque eso es en realidad: un apostolado.

Cuando Fray Mojica habla de su labor en la Congregación Vocacional su palabra es vehemente, hay ardor en el verbo y casi transfiguración en el rostro. Su fe movería una montaña. Por el río invisible de su convicción circula una especie de contagioso arrobamiento, que el ambiente sedante del Convento relieva como aureola de promesa. Y en verdad que se enciende una misteriosa luz en torno al monje. Es una luz muy distinta a la proyectada por los fanales de los escenarios y las tramoyas que un día lejano aprisionaron entre sus redes de encanto al que es hoy siervo del Señor.

Jaime Correa López
para el "Diario del Pacífico", de Cali (California)

Una rosa, por amor deshojada

Parece una paradoja, una antinomia, el caso y la circunstancia que el nostálgico y tristón octubre, en el. transcurrir de sus variables días, dorados por un sol de descolorido oropel nos ofrece. El, que arrebata de los jardines las rosas mientras la fronda suspira de melancolía; él, que roba de los pensiles las más hermosas gardenias mensajeras, de afecto envuelto en perfume; él, que trunca los dulces idilios de amor entre las flores y las brisas, mientras el arroyuelo les desgrana las últimas notas de su queda balada cuajada de ternura; él, que viste el cielo azul de purísimos cendales; él, nos brinda gozoso y amable una «rosa bermeja de caridad», por «amor deshojada».

Y esta «rosa», que ha perfumado y perfuma el mundo con su dulcísimo aroma de suavidad, no es otra que Santa Teresita del Niño Jesús, aquélla que pasó su vida en un «lento y continuo deshojarse por amor a los pies del Amado». Y no sólo nos brinda octubre la figura lírica y poética de la «Santita representativa de la santificación por amor», aquélla que deshojaba rosas y cantaba endechas de cariño, en noches de plata cuajadas de luna limonera junto al Tabernáculo. Sino que también nos ofrece en las hojas de su almanaque la «maestra infalible y elocuentemente grande de la vida espiritual».

Su escuela no se fundamenta en la mortificación severa, en el continuo martirio del cuerpo ni en grandes y extraordinarios actos de ascética. Sino que por el contrario, su medio o modo de santificación es dulce. amable, ligero, es... «el amor». Todas las cosas pequeñas hechas con perfección y con amor constituyen e integran su programa de justificación.

Programa que te brinda rodeado de flores —que entre sus brazos arrulla—, pero circundado de las espinas que ellas poseen —sacrificio, abnegación, humildad, sencillez pureza— coronado a la vez por la cruz enseña de paz, dulzura y amor. ¿Que te asusta la santidad, ya que para alcanzarla ves ante tus ojos las escuelas severas y rígidas de San Jerónimo o de los Santos Padres...? Ella te ofrece otra mucho más sencilla: «La escuela del amor

Ama mucho a Cristo, y por su amor, haz las cosas pequeñas con toda perfección. y arrulladas con el blando céfiro de la caridad. Hazte pequeño, ¡«muy pequeño»!, tanto, que no tengas más remedio —como el niño para subir al regazo de su padre— que valerte de los brazos de ÉL.

Además, ella que gozó llamándose «alma pequeñita, incapaz de subir la angosta cuesta de la santidad, sino por un camino sencillo y confiado», lo buscó, y después de hallarlo, te lo ofrece. El es florido sendero, donde por florido no falta la cruz trenzada con punzantes espinas. espinas que el amor convierte en rosas sangrantes de caridad; y Cruz que recibe los besos del alma en alas de la resignación y de la humildad. Él es veredita hermosa donde una estrella se torna canción para arrullar nuestro caminar, y donde la luz se cuaja en diamantes por iluminar con destellos de Cielo nuestros pasos. Ella lo llamó «Camino de infancia espiritual» y te invita a que lo sigas. El único bagaje que necesitas para cruzar este «Caminito» es el «Amor». ¡Y quién no ama a Dios, después de ver y meditar sus dilecciones para con nosotros...!

Sólo amor reclama Cristo de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino de nuestro amor. Él (Salmo 49, 9, 12, 14) nos declara que no necesita decirnos «si tiene hambre», no se desdeña de «mendigar» un poco de nuestro amor, un poco de agua a la Samaritana... ¡¡Tenía sed!! Mas al decir «Dame de beber» (Jn 4, 7), reclamaba el Creador del Universo el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor. Mi piadoso lector. desde estas sencillas líneas te invito a que endereces tus pasos por el sencillo y seguro camino de la «Infancia espiritual» que Santa Teresita. Teólogo del amor, te ofrece. Si así lo haces, yo te digo: «que tus pasos son certeros y pronto sabrás de las dulzuras que reporta el practicar el bien y las satisfacciones que el amor de «Dios brinda al alma.»

Y será tanta tu dicha, y tanto será tu gozo, que mientras tu alma feliz paladea rendida las mieles del fervor, cual nuevo «místico-poeta» te hará exclamar:

Mi alma se ha empleado
y todo su caudal en su servicio:
Ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que sólo ya en amar es mi ejercicio.

Enrique Marzal Boluda