Índice del número 250
Octubre de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- En pro de las misiones. Editorial
El Domund del año mariano
La epopeya del violín. Jesús Galbis
Jornada mariana en Santo Espíritu del Monte. José Mª Calvo
València a Sant Francesc. Poema. José Mª Bayarri
El Crucificado del Alvernia. Fr. Pacífico Torres, ofm
Escuché la Palabra de Dios. Jaime Correa López
Una rosa, por amor deshojada. Enrique Marzal Boluda
- Miniaturas. Artísticas. José Mª Bayarri
Un extraño juicio en la medieval Asís. Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Plegaria a la Virgen del Pilar. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Domingo de misiones. Arturo Fosar Bayarri
Pío XII y la España misionera.
Episodio misional. Fr. Angélico
Noticias
En pro de las misiones
Si todos los buenos católicos han de mirar con cariño la obra misionera de la Iglesia, y prestarle el apoyo permanente de sus oraciones, sacrificios y limosnas, con mayor razón hemos de hacer otro tanto nosotros, hijos y devotos del Seráfico Patriarca de Asís, Que tanto y tan admirablemente trabajó en la dilatación del Evangelio, por ganar almas para Cristo.
Todos sabemos cómo San Francisco, inclinado más bien al reposo de la oración en deliciosa y apacible soledad, quiso consultar la voluntad del cielo, antes de abrazar aquel género de vida que tanto le agradaba, y recibida la respuesta del Altísimo, resolvió, como hermosamente canta la Iglesia en su oficio litúrgico, "non sibi solí vivere...'", no vivir para sí tan sólo, sino más bien, abrasado su corazón por el celo de la gloria de Dios, entregarse por completo al provecho de los demás.
Y de la expansión de aquel corazón seráfico, tan hambriento de Dios y de almas para Dios, brotaron los retoños de sus órdenes, humildes y pequeñuelas a sus ojos, pero que pronto alcanzaron la frondosidad de los grandes árboles, porque llevaban en sus raíces la rica y jugosa savia del Evangelio, que San Francisco asimiló a la perfección y transmitió a sus obras con sencilla y encantadora fidelidad.
Él fue, además, el que inició personalmente la Custodia de Tierra Santa, esa misión admirable y hermosa, que un gran Pontífice no vaciló en calificar como la perla y joya más preciosa entre todas las misiones católicas del mundo.
Trabajemos, pues, queridos lectores y amigos de La AA en favor de las misiones, y en este domingo misional de 1949, no nos quedemos atrás, sino más bien redoblemos nuestras oraciones, intensifiquemos nuestros sacrificios y aumentemos nuestras limosnas hasta el límite que nuestras posibilidades nos permitan, seguros de que con ello agradaremos a Dios y atraeremos sobre nuestras almas las bendiciones más efusivas de las manos y el corazón, llagados de' amor, del Seráfico Padre San Francisco.
El Domund del Año santo
Todos los años el DOMUND trae el alegre ímpetu de la universalidad cristiana. Su mensaje, dulce y fuerte a la vez, conmueve violentamente el corazón mismo de la cristiandad. Dios sabe bien que en cuanto suena la llamada anual del Pontífice en favor de la Obra de la Propagación de la Fe, una alta ejemplaridad de desprendimiento y espiritual elegancia: gallardea durante toda la campaña de la gran jornada misionera como una bandera jubilosa y audazmente erguida sobre una parda tierra reseca, difícil, ensombrecida por el egoísmo y el odio.
Este año, el DOMUND trae, en alas de la catolicidad, un especial mensaje. Todo el ámbito de la Santa Iglesia Católica, desde Alaska hasta la Cruz del Sur, desde Sudáfrica hasta el Mar del Japón, se halla invadido por la caliente y expectante emoción del Año Santo, dedicado a Pío XII, buen pastor del rebaño de Cristo en esta amarga hora, cargada de amenazas, de persecuciones y bañada en sangre de martirio.
Desde estas jornadas hasta el final del año 1950, la Iglesia entera adoptará un estilo peregrinante, buscando por la tierra, por el mar y por el aire los claros caminos que llevan a Roma, para dejar a los pies del Papa una cálida ofrenda de corazones rendidos y de reconfortantes esperanzas.
El DOMUND que siempre fue jornada del Papa, y hasta ha sido designado con este nombre en algunos territorios, afirma este año con mayor fervor su signo pontificio y quiere convertir el fruto espiritual, propagandístico y económico del próximo 23 de octubre en el encendido homenaje misional, que España, misionera por fe, por tradición histórica y por ingénito ímpetu ecuménico, quiere ofrecer a Su Santidad el Papa con motivo del Año Santo.
Y ningún cauce mejor para esta ofrenda, que la gran Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe, órgano oficial del Papa, eje diamantino de la unidad y de la catolicidad para atender a las ingentes necesidades de la empresa misionera. Este año una luz suave, como la mirada por el cordial afecto y la filial ternura, envolverá las ofrendas misionales de los católicos españoles hasta que lleguen a las manos ungidas del Papa libres de todo interés egoísta, con la gracia impoluta y sobreangélica de aquel pensamiento del Señor, que el apóstol de la universalidad recogió en los Hechos de los Apóstoles: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (Hech 20, 35).
España que tantas cosas necesita en el orden material y religioso, sabe de antiguo que es mejor «dar que recibir», y por eso hace de la bella sentencia de Jesús mote y consigna para esta jornada, y no tendrá desde ahora más que una ilusión y un desvelo: darse al Papa, desbordando todas las fronteras del egoísmo personal y colectivo para sobresaturar, en lo posible, el corazón de la Iglesia con sacrificios y plegarias, y las arcas de Propaganda Fide, con esos imprescindibles medios económicos, sin los cuales es normalmente imposible la implantación de la Iglesia en el mundo.
El reconocido afecto y la insobornable fidelidad que los españoles han tributado secularmente al Papa envuelven al DOMUND de 1949, ya de antemano, en un transparente aire optimista, de triunfal jornada. Es como si la misma mano de Pío XII se convirtiera en la ingenua hucha del negrito de la colecta callejera, de la postulación o de la mesa petitoria. Es el Papa quien pide y no pide para sí. Nuestro mejor homenaje es darle con generosidad para la mejor empresa: la Propagación de la Fe.
La epopeya del violín
Promediaba el último cuarto del siglo XVI (el siglo de Oro de nuestra historia en las artes, en las letras, en la milicia, en la santidad), cuando se embarcó en un puerto de España rumbo a las tierras del Nuevo Mundo, formando parte de una expedición de doce franciscanos, el Padre Francisco Solano, alma grande, corazón de niño, hombre totalmente de Dios, que pretendiendo huir de la fama de santidad, que sus virtudes y milagros empezaban a propalar por la península, se vino a América, para esconderse y pasar desapercibido en estas inmensas regiones, recién descubiertas, que el genio de España incorporaba a la civilización a fuerza de heroísmos.
A bien poca cosa se reducía el equipaje de este pobre fraile menor para tan larga travesía. Un crucifijo y un violín eran sus armas y sus tesoros. El crucifijo era el imán que atraía todas las fibras de su corazón, puro como un lirio, humilde como una violeta, ardiente como un volcán, y hacia el cual anhelaba también llevar a todas las almas de estas nuevas tierras de América. El violín, que manejaba con ágil destreza y delicada maestría, le servía para hacer volar al cielo en alas de una música íntima y suave, las trovas que, cual galán enamorado hasta los huesos, dirigía a la Dama de sus amores, la siempre pura y limpia Virgen, Santa María, Madre de Dios y de los hombres.
Oyendo a este juglar de la Virgen cantarle sus endechas era difícil no contagiarse de su ternura. El fuego de su alma, andaluza de buen cuño, se le salía por los ojos, sus labios destilaban leche y miel, y las notas que brotaban de aquel mágico instrumento más bien parecían arpegios arrancados a las liras de los ángeles que cadencias sonoras de este triste valle de dolor.
Llegada la expedición a Panamá, encalla la nave en un banco de arena, y un furioso temporal la parte en dos, por lo que tienen que salvarse a nado los viajeros. Fray Francisco, decidido y valiente, nada también, pero no en dirección a la costa, para ponerse cuanto antes a salvo de la furia del temporal, sino mar adentro, contra la dirección del oleaje, porque éste le ha arrebatado el hábito, y cuando alguien intenta reprocharle su locura, exclama que el Hábito de San Francisco no se puede perder, por lo cual no ceja en su empeño, hasta que logra rescatarlo con gravísimo riesgo de su vida.
Su primer cuidado, una vez a salvo en tierra firme, es levantar un pequeño oratorio a la Madre de Dios y colocando en él una imagen de la Señora, que los había acompañado durante el viaje, darle gracias, encomendarse a su protección, celebrar los divinos oficios y bautizar a los negros paganos que viajaban con él y a quienes había previamente adiestrado en las verdades de la fe cristiana.
Así empezaba en estas tierras de América, bajo los auspicios de la Reina del cielo, el apostolado de este valiente paladín de la Fe, cuyos pies descalzos recorrieron cientos y cientos de leguas de Panamá a Lima, y de Lima a Jujuy, Salta, Santiago del Estero, La Rioja, Catamarca, Santa Fe, Córdoba, el Gran Chaco, Paraguay, Uruguay, Buenos Aires y de nuevo a Lima. Hay que conocer siquiera sea con alguna aproximación, la inmensidad de estos territorios, para poder apreciar la magnitud de semejante epopeya.
Veintiún años de intenso caminar por abruptas cordilleras, por valles abrasados, por desiertos agotadores, por selvas enmarañadas y tupidas, soportando climas de extremada violencia, ora fríos glaciales, ora calores de asfixia; veintiún años de fatigas, de hambre y sed, de cansancio y angustia; veintiún años rondando peligros de muerte, domesticando las fieras de los bosques y aplacando las iras de los indios salvajes, a quienes ansiosamente buscaba, para platicar con ellos y ganarlos para Cristo.
La dulzura de su voz, su ingenua sencillez; como de niño, la ardiente caridad que derramaba a manos llenas, todo ello acompañado por las notas más angelicales que humanas del violín, inseparable compañero en todas sus correrías, obraba el milagro permanente de que las fieras de los bosques y los indios más feroces de las tolderías no sólo no atacaran a aquella criatura indefensa, sino que más bien gustaran de su compañía y la defendieran y protegieran a todo trance.
A propósito de esto es altamente expresiva y conmovedora aquella declaración que hizo un famoso indio en el proceso de canonización de nuestro héroe: «El Padre Francisco se sentaba en el suelo a nuestro lado y nos llamaba HERMANOS...»
Incansable mensajero de la paz y del bien, de sus manos escuálidas de gran taumaturgo brotaban los milagros más estupendos, como brotan del copioso manantial los hilos de agua cristalina. Su voz resonó por todos los ámbitos de esta joven América, para predicar a Cristo y para cantar con juvenil y renovado ardor las glorias y alabanzas de María Inmaculada.
Siempre austero consigo mismo y amable, sonriente y benigno con los demás, pasó Francisco Solano por este dilatadísimo continente, como un nuevo Francisco de Asís redivivo, dejando por todas partes una estela de admiración de gratitud y de afecto, que no se ha borrado todavía, a los tres siglos y medio de haber ocurrido su gloriosa y santa muerte, que enmudeció para siempre su bien timbrada voz y apagó las melodías de aquel violín maravilloso, que amansaba las fieras, aplacaba el furor de los indios, preparaba sus almas para elevarlas a Dios y arrebatando su dulzura a las arpas de los ángeles, llevaba al corazón de la Reina de cielos y tierra los íntimos y abrasados afectos de uno de sus más fervorosos y enamorados hijos.
Ved cómo el amor de un alma seráfica al impregnar el arco y rozar las cuerdas de un sencillo violín, obró la epopeya de apostolado más espléndida y maravillosa que han visto las tierras del Nuevo Mundo: estas tierras anchas y generosas, que dedican precisamente durante estos días, cultos solemnes a su excelso evangelizador, con motivo del IV centenario de su nacimiento.
Jesús Galbis
Buenos Aires, 21 de julio de 1949.
En Santo Espíritu del Monte
Jornada mariana
El día del Santo Patrono de España, el apóstol Jacobo, en el Real Monasterio de Santo Espíritu del Monte, Colegio de Misioneros franciscanos, con inusitada solemnidad se celebró el bello y conmovedor acto de la consagración de un altar de animada espiritualidad, nuevo trono a la Virgen Madre de la Divina Gracia, Patrona del seráfico Colegio, que desde remotos años se venera en aquel histórico Monasterio, de soledad augusta y fecundo en santos e ilustres varones.
La mañana es solemne. La iglesia monacal supo acrecentar su luminosidad. En andas, llena de flores, está la imagen de la Madre de la Divina Gracia, con ternura infinita, graciosamente, contemplando en sus brazos a su Hijo Dios. Al mirar la excelsa figura el espíritu se tonifica y recibe sensible temblor de espirituales alegrías.
Una nutrida comunidad de religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús asiste a la ceremonia. El venerable Padre fundador de estas religiosas, en los últimos momentos de su existencia, bajo los maternales auspicios de la Virgen Patrona del Colegio, entregó su alma al Creador.
Los Caballeros Cruzados de Santo Espíritu, el Monasterio centro espiritual de sus fervores, ocupan buen espacio del templo, con visibles muestras de arraigada fe y amor a la delicada advocación de la Virgen de los misioneros. Sobre su pecho ostentan la santa Encomienda de la Hermandad de la Cruz. La víspera de la festividad mariana dedicaron el día en santo retiro espiritual, signo de veneración profunda a la Madre dulcísima, dirigidos por el Padre Ministro Provincial de la Orden Franciscana de esta Provincia regular de Valencia.
Devotos llegados de la capital y pueblos limítrofes al Monasterio, concurren con el mismo objetivo: venerar a la Reina y Señora de los cristianos.
Las campanas vibrantemente comunicaron sus palpitaciones marianas al verde y soleado valle del recoleto apartamiento franciscano, al comenzar el reverendo Padre Guardián, Bernardino Cervera, la Misa de Comunión, en la que pronunció admirable plática preparatoria al banquete del manjar divino. Las religiosas teresianas adornaron con bíblicos motetes el Santo Sacrificio del Altar.
Más tarde, a media mañana fue la selemne Misa mayor, siendo el celebrante el muy reverendo Padre Provincial, ayudado por dos señores sacerdotes del pueblo de Puzol y del reverendo Padre Guardián.
Terminada la Santa Misa se organizó la procesión, sencillo y emocionante acto. Tuvo caracteres algo inenarrables. Llenaba de gozo el espíritu y derramaban lágrimas los ojos. La sagrada Imagen es llevada a su nuevo trono. El primitivo, hijos infieles, en la pasada contienda civil lo destruyeron.
La procesión paseó a la Virgen por arcos formados de copudos cipreses y esbeltas palmeras que pueblan la valencianísima plazoleta ricamente engalanada del Monasterio. Con razón ha dicho el poeta Bayarri:
"La suavitat de Sant Espirit, Senyora, pren de vostra fairó la maravella..."
Los frailes cantan el Ave Maris Stella y otros cantos que los fieles secundan con mística devoción. El P. Provincial al pie del altar reza las oraciones litúrgicas y la bendice, siendo colocada la bellísima estampa de la Virgen Madre de la Divina Gracia en su trono. A continuación, con gran elocuencia, claridad y sencillez desgranó emocionante alocución de extraordinarios vuelos, un canto soberbio a la Madre de la Divina Gracia, que contrajo el corazón de los oyentes. Rebosante de gratitud, dio las gracias a los asistentes, a la comunidad, a las religiosas teresianas, a los Caballeros Cruzados, a los padrinos don Miguel San-chis y señora, y al artista realizador del trono, obra de arte, don Inocencio Cuesta.
La Salve, cantada seguidamente por todos, de pie, con alma vibrante, cerró el acto esplendoroso de la jornada.
Cuán dulcemente recordaremos los que tuvimos el privilegio de asistir a estos actos, que alcanzarán eco eterno, dedicados a la Madre ele Dios, Principal Misionera del Colegio de Santo Espíritu en el día festividad del Apóstol Santiago.
José Mª Calvo
Valencia a Sant Francesc
Esta és Valencia, franciscana i bella, Esta és Valencia, Patriarca auguste, |
Esta és Valencia, Sant Francesc piíssim, Esta és Valencia...i quan l'Octubre es daura |
J. Mª Bayarri
4 Octubre de 1949

El Crucificado del Alvernia
El amor explica el martirio y hasta podríamos decir que tiende hacia él, lo desea y lo busca. Quien ama de veras no se contenta con entregar al amado parte de lo que es y posee, sino que tiende a dársele por entero, anhelando ofrecerle la prueba suprema del amor, o sea el sacrificio de la propia vida, según aquello que enseña Jesucristo: «Nadie tiene mayor caridad que aquél que da la vida por sus amigos.»
Esta propiedad o exigencia del pobre amor humano se halla infinitamente más acentuada en el amor divino, primero, porque Dios reúne en sí todos los motivos de amabilidad que imaginar podamos, y luego, porque Él nos ha amado tanto, en frase de San Juan, que nos ha entregado a su propio Hijo, quien por nosotros fue hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz, como dice San Pablo.
Por eso los chispazos de pasión humana que abrasan los corazones de los que se aman, no son nada comparados con las llamaradas vivas de amor divino que encienden las almas de los santos y las empujan hacia Cristo, hasta inmolarse por Él, mediante el martirio de sangre o con aquel otro martirio lento y permanente del sacrificio de cada día, de la oblación total de cada minuto en aras del beneplácito divino.
¿Quién será capaz de medir la fuerza del amor de Dios en esas almas privilegiadas, que desasidas de todo lo terreno hacen de la Cruz el ideal de su vida, sacrificándola por entero a Jesús y derramando por El su sangre, si es preciso, para corresponder, en la medida de sus fuerzas, a las grandes y delicadas finezas del Redentor?...
Grande y maravillosa es la acción del amor divino en todos los santos, que precisamente por serlo, sienten que se les abrasa el corazón en ese fuego, a cuyo impulso no sólo desprecian los bienes materiales y las glorias mundanas, sino que también crucifican su propio ser en la cruz que Cristo les señala, y con ella le siguen, negándose a sí mismos, como pregona Jesús en el Evangelio.
Mas entre todos los santos, cabe presentar como modelo del perfecto enamorado de Cristo y fiel seguidor de su divina Cruz, al Serafín de Asís, de cuyo corazón brota un incendio de amor que aún perdura en el mundo y que está llamado a traer muchas almas a Jesucristo.
En la humilde iglesita de San Damián, Francisco mira a Cristo clavado en la Cruz. Por sus ojos se le escapa el alma entera, hecha ascua viva de amor... Cristo mira también a Francisco y le habla. Aquella mirada de Jesús, corno la que dirigió a Pedro en la trágica noche de su Pasión, debió atravesar el alma de Francisco y abrasarla en el fuego de su divina caridad, porque desde aquel instante, su pecho es horno vivo donde se fraguan tantas maravillas de amor como va obrando el Pobrecillo de Dios por donde pasa, y sus ojos son manantiales de lágrimas que vierte con amargura el humilde entre los humildes, mientras clama su voz a los cuatro vientos: "El Amor no es amado... El Amor no es amado..."
Desde entonces el amor pule y aquilata. día por día, en el cuerpo y en el alma de Francisco, la imagen de Cristo y de Cristo crucificado... El se ha desprendido ya de todos los bienes de este mundo, hasta desposarse en místicas nupcias con la Dama Pobreza; ha inmolado también su carne para ofrecer al Divino Cordero el lirio de la pureza; se ha lanzado con fogoso denuedo a predicar el Evangelio a los musulmanes, con dos anhelos, a cual mayor: convertirlos a Cristo y derramar su sangre por el amor de Jesús; ha impreso y sentido en su corazón de tal manera los dolores de la Pasión del Redentor, que sus ojos de tanto llorarla quedan ciegos a la luz de la humana claridad; en una palabra, ha hecho de su corazón un inmenso volcán, para amar sólo a Cristo y hacer sentir su amor a todos los hombres, y no sólo a éstos, sino también a la creación entera...
Ahora toca a las finezas del amor de Jesús completar la obra.
Francisco sube al Monte Alvernia con la misma mansedumbre con que Jesús asciende al Calvario. Allí, un día y otro día le sorprende el lucero de la mañana meditando y llorando la Pasión del Señor. Quiere sentir en su cuerpo y en su alma, de la manera más aproximada y perfecta que sea posible, los dolores del Salvador. Anhela con vivas ansias estar crucificado con Jesús, de la misma manera que Jesús lo está por él...
Tantas lágrimas y tales anhelos conmueven el Corazón de Cristo, que un día, al rayar el alba, se le aparece crucificado en forma de Serafín Frente a Jesús, Francisco se levanta y extiende también sus brazos en cruz, preso de un ansia infinita de transformarse en el Amado... Entonces brotan del costado, manos y pies del Redentor cinco dardos de fuego agudos y maravillosos, que rasgan las carnes de Francisco y penetran por su costado, manos y pies, abriendo allí esas hermosas y frescas llagas que son la última pincelada puesta por el divino artífice en esta copia viva de Cristo que es el humilde y seráfico Pobrecillo de Asís.
Vuelto en sí Francisco del inefable éxtasis se mira todo salpicado de sangre, pero le inunda un gozo celestial, porque ya no es él quien vive, sino Cristo el que vive en él...; y así permanece aún por espacio de más de dos años en este triste valle de dolor, alegrando al cielo y vivificando a la tierra, que al menos por aquel corto tiempo se vio regada por una sangre que, a hechura de la del Calvario, es prenda sublime de amor y semilla fecunda de bien y de paz.
Despedida
¡Oh mis buenos amiguitos No la dejéis nunca sola, Donde quiera que yo esté, Me tendréis a vuestro lado Cumpliremos su mensaje Oración y penitencia por |
con que los hombres excitan Salvaremos así al mundo Esa Madre de ternura ¡Ay! si no fuera por Ella, Aplaquemos al Señor ¡Oh, si también en nosotros |
—¿En qué momento y cómo despertó su vocación sacerdotal, sintió usted, Padre, la «llamada de Dios»?, preguntamos:
El diálogo se desvía un poco y aprovecha el reportero para preguntar a Fray Mojica sobre la situación política actual del Perú: