Índice del número 253

Enero de 1950. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

Feliz año santo 1950

Efectuada la solemnísima apertura de la Puerta Santa, durante la Noche Buena de diciembre último, llegamos los católicos a los umbrales de este año del Señor 1950, con el alma henchida de esperanza e iluminados los ojos de nuestra fe por el extraordinario fulgor de gracia de los Años Santos.

Año Santo de 1950, que los anhelos paternales del Papa quieren que sea "año de perdón y de amor, que uniendo a todos los hombres entre sí y con Dios, su creador, los conduzca marchando con más ardor y resolución hacia un futuro de santidad y de paz".

Año de santidad y de gracia, en que todos y cada uno de nosotros siguiendo las normas que nos traza la inagotable caridad y el celo evangélico ardentísimo de nuestro amado Pontífice, nos dediquemos con todo ahínco "no sólo a la expiación de nuestros pecados y a la enmienda de nuestros errores, sino también a la lucha por la conquista de la virtud y la santidad... ; pura que este gran Jubileo prepare felizmente el retorno general hacia Cristo"...

He aquí trazado nuestro programa y expresados nuestros mejore e deseos para todos y cada uno de los lectores y amigos de La Acción Antoniana: expiación de nuestras faltas, enmienda de nuestros errores, restauración cristiana de nuestras costumbres, empuje decisivo y varonil en la lucha cotidiana para adquirir las virtudes que nuestro carácter de cristianos reclama insistentemente de nosotros... Y corno savia vivificante de nuestro espíritu y germen animador de todas nuestras actividades, un amor encendido y perenne, que atraiga a nuestras almas la misericordia de Dios y, al propio tiempo, haga florecer en nuestros labios y en nuestros corazones la rosa del perdón hacia nuestros hermanos...

Sólo así este Año Santo será el año de lo paz y de la felicidad del mundo, como tan ardientemente lo desea nuestro santísimo Padre, el Papa Pío XII, y lo pedimos también con incesante y fervoroso clamor quienes nos gloriamos de ser los hijos más fieles y sumisos del corazón del Vicario de Cristo.

Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia, cap XXI

Fr. Pascual Nadal, artista, profeta y mártir

Nuestros lectores extrañarán, sin duda, que no nos hayamos ocupado aún del siervo de Dios Fr. Pascual Nadal en estas "Florecillas". También al humilde hermano ha llegado su hora. Comenzamos publicando un artículo aparecido en una revista chilena y que lleva el título que hemos dado a esta "florecilla".

El Ministro general de los Franciscanos abrió la correspondencia del día y a la vuelta de otras consideraciones, leyó: «Reverendísimo Padre: Por amor de Jesucristo y en recuerdo de m¡amadísima madre, muerta leprosa, le suplico y espero que Su Paternidad me destine a la fundación de la leprosería de Mosimien en el Tibet.»

Fray Pascual NadalHay ruegos que, por humildes que sean, al expresarlos tienen toda la fuerza de imperio y orden. ¿Qué superior rechazaría esta súplica tan apremiante? El firmante era un leguito franciscano, misionero en Shansi, provincia norteña de China. Su nombre, Pascual Nadal.

En 1929, un grupo de franciscanos se hacía cargo de la parroquia de Mosimien y tomaba pacífica posesión del valle del mismo nombre. En él debían fundar, a ruegos del Obispo Giraudeau y su Coadjutor monseñor Valentín, la leprosería, que ambos confiaban a la gran Familia Seráfica. Venía como guardián el P. Plácido Albiero, quien a los 17 años profesó, cerca de Venecia, la estricta reforma de S. Pedro de Alcántara. Al mismo soy deudor de la cas¡totalidad de los datos que suministro y otros muchos que callo. Fray Pascual era el único lego de la expedición. Era valenciano, y como tal, artista y, además, místico: y no sé s¡artista por ser místico.

Comenzaron las obras con decisión amurallar la leprosería, levantar el convento de las enfermeras, misioneras Franciscanas de María, construir la iglesia con atrio, estilo español, y diversos pabellones. El arreglo más fácil fue la transformación de una casita china en conventillo de los frailes. El P. Plácido a fuer de fiel discípulo de los Pobres de Asís y Alcántara, y por la virtud creadora de la santa pobreza, erigió así un
nuevo Pedroso, rival del Alcantarino. En el mismo redacto este suelto.

Fray Pascual, entre tanto, diseñaba planos, ordenaba y dirigía en calidad de arquitecto, trabajaba al igual de último peón y cruzaba el valle de Mosimien y sus cañadas buscando, a imitación del Seráfico Padre, y curando a los infortunados leprosos. Las familias de no pocos, víctimas de prejuicios inveterados, cerraban con frecuencia las puertas a la caridad del abnegado samaritano e incluso le maldecían e injuriaban.

Cierta mañana, él y el P. Plácido vieron construir una pira de pinos secos, sobre la que inhumanos parientes extendieron a un leproso adormecido, no muerto, con brebaje narcótico... De la pira se levantó negra columna de humo y luego voraz llama que incineró vivo al pobrecito hermano leproso. «¡Qué dolor el de Fray Pascual!»

De allí a poco los prejuicios y calumnias se desvanecieron: comenzaron a afluir los primeros enfermos a la leprosería y luego llegaron las religiosas enfermeras y nuevos frailes. Ya podía el artista franciscano, sin descuidar las curas, consagrar gran parte del día a creaciones artísticas y a la oración.

La construcción y embellecimiento de la iglesia, poblada de estatuas y simbolismos, le llevó cas¡un lustro. Suyo es el majestuoso altar mayor, suyo el gran Vía Crucis en altorrelieve, suyos los ángeles que coronan el atrio, ostentando el premio eterno debido al dolor cristiano. Y ¡qué estatuas tan bellas brotaron del corazón y del cincel del imaginero valenciano! Uno de sus gustos preferidos era el reproducir al Seráfico Padre prodigando sus cuidados a los leprosos.

Cierto día dice al P. Plácido, fijando su mirada penetrante y beatífica: «P. Guardián, m¡postrera obra será una estatua de la Sma. Virgen. Sí, ya lo verá Vuestra Reverencia.»

Es un fenómeno espiritual: todos los místicos sueñan y anhelan por el martirio. Y de hecho todos pasan el suyo espiritual. Fray Pascual lo conoció también, muy prolongado y cruciante. La obediencia fue en él su guía y la oración su sostén. Pasaba gran parte de la noche en vela. ¡Cuántas se levantaba a las dos de la madrugada para hacer su escolta al Gran Rey en su trino eucarístico! Y cuando los frailes acudían a la meditación de la mañana, el bendito Hermano dormitaba en su escaño, vencido por la vigilia. Oraba entre sus leprosos, entre los peones y mientras manejaba el buril y el pincel. «¡Qué extraño que sus esbozos, estatuas e imágenes respiren un ambiente tan espiritual y sean como la concreción de sus plegarias!».

Sus papeles nos hablan, sobre todo, de la perfecta conformidad a la voluntad divina. Entre sus libros predilectos, bien contados por cierto, hallé tres: Una curiosísima Historia Sagrada, los escritos de S. Pascual Bailón y «La Práctica del Amor», por S. Alfonso, de la que le hizo regalo el P. Guardián.

Pero el frailecito artista trabaja entre tanto y en silencio una bellísima corona, pero no tan a escondidas que no lo supiera la doble familia franciscana. Cien y mil veces repetía que suspiraba y obtendría como fin de sus días el martirio sangriento. Llegaron en los primeros meses de 1935 nuevas de que un ejército rojo chino, alejándose de la provincia meridional de Yunan, partía hacia el noreste de China. Se daba por descontado, primero, que no le dejarían acercarse a las tierras fértiles de Szechuan, y segundo, que no le destruirían. La conclusión no era menos evidente y cierta: la banda comunista pasaría por el valle de Mosimien. Aquí el júbilo del místico franciscano rayó en exaltación. Coro con él hacía ahora el Padre Epifanio Pegoraro, un gigante veronés de todas las dimensiones... No es hipérbole esta afirmación. Medía un metro 98 cm. de alto. Pero entre los miembros de ambas comunidades se repetía: «Estos místicos se harán decapitar.» A oídos de monseñor Valentín llegaron estos rumores y prohibió que nadie se presentara de grado al martirio. El P. Guardián renovó el precepto y puso a salvo cas¡todas las religiosas, escondidas en la fragosidad de la montaña.

El 26 de junio aparecieron las primeras columnas comunistas por las altas crestas y antes del mediodía ocupaban «El Pedroso de Mosimien». Faltaba Fray Pascual. Id a llamar a Fray Pascual en nombre de la santa obediencia. Se halla esculpiendo la estatua de la Madonna.

Fray Pascual dejó el cincel y echando una postrer mirada a la imagen de María con el Divino Niño en brazos, se fue camino del martirio. Al tercer día se dictó sentencia. El P. Plácido Albiero quedaría solo en rehenes. Fray Pascual peroró tan bien en pro del anciano y enfermo Guardián, que obtuvo de los comunistas permiso de acompañarle. El P. Perogaro no fue menos elocuente y afortunado y todos tres quedaron en cautiverio. El 29 de junio dejaban el valle la retaguardia del ejército rojo. Días después el P. Albiero obtenía la libertad con salvoconducto del generalísimo Mac Tse Tung. «Que sepan todos —le dije éste— que los comunistas veneramos a los ancianos.» El ex cautivo agrega por su parte: «Mao Tse Tung es hombre de buenos sentimientos, amante de la disciplina e inteligente.»

Una semana después ambas comunidades se habían reintegrado a sus conventos, exceptuados el P. Enifanio Pegoraro y Fray Pascual. En la leprosería una monja china sufrió malos tratos y dos leprosos cristianos por defenderla derramaron su sangre, faltando muy poco para ser fusilados... En el convento de los franciscanos todo había sido robado; sólo la biblioteca y unos enormes zapatos del P. Pegoraro se hallaron tirados en el patio.

El cautiverio de los dos franciscanos fue duro, por lo que contaron testigos oculares. En la ciudad de Mong Kung, a unes 240 kilómetros al norte de Mosimlen, los pocos cristianos no evadidos contemplaron un día al P. Pegoraro y al Hermano Pascual entrar en la desierta iglesia, de la que salieron después de orar largo rato. Caminaban despacio, descalzos, barba y cabello descuidados y sucios, ambos muy demacrados, máxime el Hno. Pascual, que parecía arrastrarse. Caminaban escoltados, pero no atados. Poco más sabemos de su larga pasión. El Padre Pegoraro prestó sus servicios como intérprete, pues era eminente políglota. Se supone que ambos hicieron de enfermeros.

El otoño en aquellos parajes es durísimo. Como les víveres escaseaban al entrar el invierno, el ejército comunista tentó con éxito ganar regiones más hospitalarias. Para ello avanzó en diversas columnas más al norte y luego se dirigió al este. En una de estas marchas obtuvieron los hijos de San Francisco la palma del martirio... He aquí lo cine se sabe de cierto.

El jefe de un destacamento de jóvenes comunistas disponía ahora de los cautivos. Cruel y animado de odio antirreligioso, buscaba cómo acabar con ellos. pero no ignoraba que Mao Tse Tung los protegía y en modo alguno quería matarlos. Aprovechando la confusión del avance hacia el nordeste, el jefecillo de marras hallóse solo con su columna.

unos 400 kilómetros al norte de Mosimien, en el paraje denominado "Confluencia de los dos Torrentes" Leang Ho Kow. Existe allí un reducido poblado, en frente del cual los decapitó, en presencia de algunos curiosos. Un piquete los condujo a la orilla del torrente. Fray Pascual cayó el primero de rodillas y un soldado le cortó la cabeza con vieja cimitarra. Rodó el venerable y sangriento despojo al torrente y lo arrastró cosa de 200 metros, quedando luego en la orilla. A continuación fue decapitado el Padre Epifanio Pegoraro: su cabeza, con todo, no cayó al torrente.

Cuando hubieron desaparecido los últimos comunistas de la comarca, un sexagenario chino, que presenció el martirio, recogió la cabeza del Hermano Pascual y junto con su cuerpo le dio sepultura. formando, a la usanza china, un pequeño túmulo de tierra. En la misma forma y por separado enterró al P. Pegoraro al lado de Fray Pascual.

Todos estos pormenores los debemos al mencionado y caritativo anciano. El martirio tuvo lugar en los primeros días de diciembre del dicho año 1935.

iGloria a Fray Pascual Nadal, artista, profeta y mártir!

EUSEBIO ARNAIZ, C. Ss. R. Leprosería de Mosimien. 8 de agosto de 1940.