Cuento

Noche de Reyes

Créeme: sal de tu casa una noche de luna, vete al campo y levanta tus ojos al cielo.

El astro de los poetas apacienta en el azul innúmeras estrellas. El Camino de Santiago, eso que los astrónomos han dado en llamar la Vía Láctea, ofrece a tus miradas una ruta de ensueño. Un velo de niebla envuelve con blancos vellones los árboles y las cosas, como s¡quisiera convertirlas en crisálidas espirituales; que dejen de ser materia...

Murmura un riachuelo sus secretos a los árboles que lo escoltan. Pasa una nube frente a la Luna; la Luna la bendice y ella sigue entonces su lenta marcha por el ancho cielo...

Has de sentir como nunca, tu pequeñez... Y notarás también un corazón sensible, como nunca imaginaste. Un corazón capaz de comprender los milagros que se realizan en el seno de la noche. Los milagros, sí...

Haz lo que te digo. Ya me contestarás s¡son posibles los milagros en una noche; así, en esta casa de Dios donde moramos temporalmente.

Todo te ha de parecer posible... ¡Ah pero s¡la noche elegida es una NOCHE DE REYES!

Malo, lo que se dice malo, no lo era. Además, ¿quienes somos nosotros para juzgar a nadie? Sólo Dios Nuestro Señor tiene la palabra en estas cosas. Pero bueno, bueno; lo que se dice bueno, tampoco lo era el boticario solterón que nos ocupa.

Sólo verle aquella cara, cuando despachaba las recetas, le daban a uno ganas de morirse. Más gente mataba con la hosquedad de su rostro que con los recetados venenos que expendía.

Pues bien: este boticario. todo y siendo un creyente a machamartillo, tenía a gala ostentar en su desdentada boca una sonrisa de escepticismo. Todo y teniendo un corazón de oro, así de grande, tenía singular empeño en que lo creyesen de latón y del tamaño de un guisante. ¡Nuestro hombre era así!

Claro que, fuera de estas cosas —y fuera también de aquella envidia que le roía los huesos por la suerte del otro boticario que en el pueblo había, con ocho retoños de pareja alzada que el Señor le había deparado—, fuera de esto, digo, ¡un buen hombre!

Y ocurrió que, aquella noche, al irse a dormir, abrió un momento el balcón y se asomó un instante...

Allá arriba fulgían las estrellas. La plata de la Luna, desleída en frío, se agarraba a las sienes. Sentía como un vago deseo de bondad que le hinchaba el pecho... Y sentía también, la nostalgia inconfesable de su remota infancia, para siempre ida...

Pero mira tú por dónde, pasaron en aquel preciso momento su rival y la consorte cargados de juguetes conque fomentar la ilusión de sus ocho gazapillos...

¡Adiós, buenos deseos... ! Cerró furioso la ventana y escupió la bilis con un gruñido. Que a más no debía atreverse... por prudencia. ¡Bonito era el otro! También la ocasión llegada, no tenía inconveniente alguno en manifestar la belicosidad fomentada por un humor de dos mil pares de demonios...

Así que... ¡a la cama se ha dicho! Pero, ¿quién es el valiente mortal que concilia el sueño, con tamaña disposición de espíritu? ¡No había manera!

Media noche era pasada cuando al fin pudo dormirse. Y soñó... Verás que sueño.

Pues nada: soñó que, su odiado colega había muerto. Así: que se había muerto. En lo sucesivo, nadie podría impedir que rebañase las economías de sus convecinos como le viniese en gana.

Compró por cuatro cuartos la botica del difunto. El negocio es el negocio y no había por qué hacer caso de lágrimas de viuda n¡de la angustia reflejada en ocho caritas infantiles...

El mismo se asombraba de la dureza de su corazón. Y hasta se complacía al pensar interiormente: «¡buenos Reyes Magos tendrán este año éstos ocho mocosos!» Porque la misma víspera de los Reyes hubieron de abandonar el pueblo... Y él les vio partir, sin que se conmoviera ninguna fibra de su espíritu...

¡Ah!, pero llegada la noche, mientras se regocijaba acariciando lucrativos ensueños, bajó de las praderas azules del cielo un ángel... Un ángel de alas tan blancas que, el sol, cuando las besara, se tornaría pálido.

Nuestro hombre sintió una leve inquietud. Aquello no le daba buena espina.

Y el ángel se le llegó. Con un gesto imperceptible le indicó que le siguiera. Quiso el boticario dárselas de no enterado; como s¡aquello no fuese con su persona... Mas no pudo esquivar la indicación y, cuando vino a darse cuenta... ¡ya andaba por los aires!

-¿Dónde me llevas? —se atrevió a preguntar.

Y el ángel, mirándole con unos ojos tan tristes que le ablandaban el corazón:

— Ante el Juez Supremo.

— ¡Anda —pensó—, pues voy arreglado! Y exclamó:

— ¿Y eso...?

— Eso es que, has muerto y he de llevar tu alma al Señor para que la juzgue.

Aquello se ponía feo. ¡Lucido papel el suyo, cuando compareciese delante del Señor! Se puso a temblar... En un instante pasaron por su mente todas las malas acciones realizadas en el transcurso de su vida, los malos pensamientos habidos, las ambiciones, los odios, las envidias...

Y como un negro nubarrón —¡eso sí que era grave!— su proceder con la desgraciada familia de su colega, aquella insensibilidad suya para con el infortunio, el íntimo regodeo de saber fastidiados a los pequeños, con la privación de los tradicionales juguetes del día de Reyes...

Las obras buenas —s¡alguna hubo en su vida—, apenas s¡podrían nada con el peso de sus maldades...

Pensaba en ello y un terrible pavor se apoderaba de su espíritu... Y quiso gritar, pero nada salió de su garganta que semejaba tapizada de corcho. El ángel se daba cuenta de la inquietud que le embargaba. Pero, ¿qué puede hacer un ángel en tan solemnes instantes? ¿No habría, Señor, un resquicio de esperanza por el que, un alma atribulada pudiese otear su salvación?

El ángel le tiró del brazo.

—¡Apártate! —dijo—. Ahí viene el cortejo de los Magos que se dirige a la Tierra...

Se le llenaron de lágrimas los ojos... Los Magos avanzaban sembrando de estrellas el camino...

Venía Melchor, imponente de majestad, con su barbaza blanca, con su mirada dulce. Y luego Gaspar, ya un tanto viejo él, pero arrogante y solemne. Al pasar le miraron severamente; tan severamente que... no se atrevió a decirles su angustia n¡a suplicarles por su salvación...

Ya se acercaba Baltasar con su rostro de ébano, en el que resplandecía el marfil de los dientes asomados al ancho balcón de su sonrisa franca...

—Majestad —se atrevió a decir.

Y Baltasar se detuvo. Y, hasta parece que le miró compasivamente... Y es que, Baltasar el negro, comprendió con sólo mirarle, toda la angustia que le embargaba.

—Majestad —tornó con voz temblorosa—. Acordaos que llené de chucherías unos zapatitos que aguardaban inútilmente vuestros regalos... Unos zapatitos que no visteis... Acordaos, Majestad... Acordaos... ¡y salvadme!

Y Baltasar detuvo sus pasos. Un instante estuvo pensando y al fin exclamó:

—¡Toma: pues es verdad!

Y abrió su manto de armiño, sacó de su pecho una cajita de oro y se la entregó diciendo:

—Escóndela en lo más hondo de tu corazón...

Y él la tomó, la llevó a su pecho y... ¡sintió que se disipaban todas sus inquietudes, que un suave calorcillo se le difundía por todo el ser y le llegaba hasta los ojos...

Despertó con los ojos llenos de lágrimas...

La del alba sería —como gustaba decir a don Miguel de Cervantes— cuando abandonó el lecho y salió presuroso por esas calles de Dios, dispuesto a realizar lo que llevaba metido entre ceja y ceja.

Llegado frente al pueblerino bazar, aporreó las puertas a placer y aun escandalizó, como él sabía, al dormido vecindario.

Al salir, iba tan cargado de juguetes que no podía con ellos...

Llegóse luego, frente a la casa de su rival. Unos momentos de indecisión y... nuevo aporreo de puertas.

Cuando éste asomó, dispuesto a partirle las narices a quienquiera que fuese, viendo al boticario cargado de aquel modo, se quedó un instante perplejo...

Y más se asombró, cuando manso y humilde le oyó decir:

—Haga el favor de no mirarme de ese modo... No; no me mire así... Quiero reconciliarme con ustedes; que ahora mismo acabe nuestra enemistad... Yo quisiera ...Verá usted ...traigo unos juguetes... Estos juguetes... Se alegrarán los pequeños ¿no?... Yo los traigo para ellos... Para que todos me perdonen...

Y el odiado colega le perdonó. Pues qué: ¿por qué no iba a perdonarle? Y hasta le dio un muy fuerte abrazo, para de algún modo premiar el inconcebible gesto...

Sentía en el corazón, un suave calorcillo. Parecía como s¡llevase en el pecho, el obsequio de Baltasar. Una, cajita de oro cuyo interior encerraba una semilla de bondad, un ansia de ser bueno... ¡Un calorcillo parejo al sentido algunas veces, allá en su remotos días infantiles... !

Ahora... no me exijas te asegure la veracidad de m¡relato. Todo, sin embargo. es posible. Y más, s¡es en una NOCHE DE REYES, mientras la luna apacienta innúmeras estrellas y bendice a la nube que surca la anchura del cielo y un riachuelo te murmura sus secretos...

Eduardo Soler ¡Escruch
Escritor y profesor

Eduardo Soleriestruch

 

D. Eduardo Soleriestruch, fue profesor de matemáticas en el colegio San Antonio de Padua de Carcagente, del que era antiguo alumno. Flor natural en los Juegos Florales celebrados en Játiva. Se jubilo en 1977.

Puede leerse una semblanza de D. Eduardo Soleriestruch, Soler y Estruch, escritor