Estampas evangélicas

El Centurión del Calvario

El Centurión que estaba allí presente, viendo que había expirado con tan gran clamor, dijo: Verdaderamente que este hombre es Hijo de Dios (Mt 16, 39).

En la milicia romana llamábase centurión al capitán que mandaba una compañía de cien hombres. En la historia del Nuevo Testamento varias veces se mencionan los centuriones. Así, por ejemplo, san Mateo hace memoria del buen centurión de Cafarnaúm, cuya fe obtuvo la curación milagrosa de su criado paralítico, y mereció del Salvador los mayores elogios: «En verdad os digo que n¡aún medio de Israel he hallado fe
tan grande» (Mt 8,5-13). S. Lucas nos habla en su historia (Hech 10) del centurión Cornelio que mandaba en Cesarea una cohorte de la legión itálica, el cual, por su edad y limosnas, se hizo digno de que Señor le enviase un ángel y de que Pedro le bautizase, abriendo así a la gentilidad las puertas de la religión cristiana. Otro centurión, el que por oficio presenció la trágica escena del Calvario, fue quien hizo el más sublime elogio del Redentor, proclamándole ante la faz del mundo verdadero Hijo de Dios (Mc 15,39).

Al darle un lugar en nuestras paginas indicaremos los motivos que indujeron al centurión romano a proclamar la Divinidad de Jesucristo. Fueron estos:

a) Las maravillas que presenció

No fue el odio satánico de los escribas y fariseos el que condujo al Centurión a la cumbre del Calvario; no fue la sed de venganza de los ancianos y sacerdotes; n¡siquiera la curiosidad de gran parte de la plebe; el Centurión, al mando de un pelotón de soldados, acompañó a Jesús del Pretorio al Gólgota para guardar el orden y hacer ejecutar la sentencia de muerte pronunciada por el Procurador Poncio Pilatos, a cuyo servicio estaba por disposición superior.

Eran las tres de la tarde. La hora final había llegado. Jesús miró por última vez a la tierra, a Jerusalén y a la muchedumbre, y, abriendo su boca, gritó como s¡conservara aún todas sus energías, como s¡tuviera una vida pujante: «Todo ha concluido». Aquella voz, que estremeció toda la naturaleza, tocó también el corazón del leal Centurión. Y al ver que el sol se obscurece, y que se rajan los peñascos, y que los vientos gimen, y que los muertos resucitan, y que el velo del Templo se rasga, y que el mundo sufre un tremendo desmayo..., mientras la muchedumbre corría desolada a encerrarse en sus casas, y los que habían quedado en el Calvario bajaban apresuradamente golpeándose el pecho, el Centurión, conmovido por aquel cataclismo, levantando el brazo y señalando a Jesús, que acababa de expirar, dijo en alta voz: «Verdaderamente. éste era Hijo de Dios». Fueron las últimas palabras pronunciadas en la tragedia de la Pasión, y las dijo un gentil: El Centurión del Calvario (Mt 27,45-54; Mc 15, 33-39; Lc 23, 44-48).

b) El comportamiento de Jesús en la cruz

No cabe duda que los fenómenos extraordinarios y terribles acaecidos durante la crucifixión y muerte del Redentor, impresionaron fuertemente al Centurión romano; pero lo que le llegó a lo más más hondo de su espíritu, lo que le transformó y convirtió fue, ciertamente, el espectáculo que le ofreció Jesús pendiente de la cruz. Dice el Evangelista, que el Centurión estaba en frente de Jesús (Mc 15,39).

Él no ha perdido un detalle de la crucifixión. Ha visto al Crucificado, obediente y manso, como un corderillo, en medio de los rabiosos lobos que le devoraban; le ha contemplado silencioso y humilde entre sus más crueles enemigos, los cuales le injuriaban con mil denuestos y sarcasmos, mientras Él agonizaba; le ha oído proferir dulces palabras de perdón y amor para sus mismos verdugos, los cuales, no contentos con haberle enclavado en el infame patíbulo, se ensañaban como hienas en su víctima indefensa; ha observado su amorosa mirada al buen Ladrón, al prometerle que, el mismo día, estaría con él en el Paraíso... ; todo esto revela a la inteligencia del Centurión un ser extraordinario, una dignidad soberana, una incomparable grandeza. Por último, el Centurión, que ha visto mil veces que los crucificados morían por agotamiento, al ver que Jesús, al cerrar sus ojos e inclinar su cabeza, dio un gran grito, no pudo menos de exclamar: «Verdaderamente que este hombre era Hijo de Dios.»

Y aunque esta frase «era Hijo de Dios» en la boca de un pagano, acaso no signifique cuanto nosotros entendemos con ella, y sea equivalente a la otra de San Lucas: «Verdaderamente este hombre era un justo» (Lc 23,47), es bien cierto que en la opinión del Centurión, Jesús, muerto en la cruz, no sólo era inocente de cuantos crímenes se le habían imputado, sino que, a juzgar por cuanto había visto y oído, era un hombre extraordinariamente justo y amado de Dios.


Una tradición, admitida por el gran Crisóstomo, sostiene que el Centurión, tocado por la gracia, abrazó después la religión cristiana, en obsequio de la cual derramó su sangre. Será verdad que semejante tradición no cuenta en su apoyo un sólido fundamento, como afirman muchos. A mí bástame el testimonio de San Lucas: «Viendo el Centurión lo que pasaba, glorificó a Dios», para poder afirmar que su admiración no fue inútil como la del cobarde Pilatos, sino que tuvo por desarrollo final la glorificación de Dios y, sin duda, su propia justificación. Sabía el Centurión que Jesús había sido condenado al suplicio de la cruz, principalmente por haberse apropiado el título de Hijo de Dios; por lo tanto, gritar sin ambages n¡rodeos «Verdaderamente este hombre es justo. es Hijo de Dios», era lo mismo que acusar públicamente a los sacerdotes del deicidio, condenar la injusticia del Procurador, vituperar la criminal actitud de todo un pueblo, provocar contra sí el odio de los escribas y fariseos y exponerse al peligro de la degradación, de la cárcel y hasta de la muerte. Pero el Centurión no teme: cuanto ha visto y oído en la ensangrentada cima del Calvario hale transformado, convirtiéndole en admirador entusiasta del Nazareno crucificado. Por eso, con la franqueza y energía del soldado, puestas al servicio de Cristo, exclama ante la faz del mundo: «Verdaderamente este hombre era susto, era Hijo de Dios.»

Principiaba a cumplirse la profecía de nuestro amarlo Redentor, el cual pocos días antes de su Pasión, dijo a ciertos gentiles que se entrevistaron con Él: «Cuando yo sea levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mí.» (Jn 12,32)

Fr. León Villuendas, ofm
Obispo de Teruel

Al Cristo de la Buena Muerte

Cristo de la Buena Muerte. Catedral de Valencia

Cristo crucificado, escultura de madera policromada atribuida a Alonso Cano o a Juan Muñoz, estilo barroco castellano del siglo XVII. Procede de la desamortización del monasterio agustino de Nuestra Señora del Socorro (el Socós). Catedral de Valencia.

¡Ángel mío de llantos y dolores!,
pulsa las cuerdas tristes de m¡lira.
Hoy no encuentro cadencias n¡fulgores
y sólo el corazón gime y suspira.

El destello de luz que en tu pupila
se anegaba irradiando rayos bellos,
se eclipsó, y me dejó el alma intranquila
al robarme tus lúcidos destellos.

Es la sombra m¡triste compañera.
El dolor es quien hiere el alma mía,
y la tortura negra, aciaga y fiera,
me hace trenzar el son de m¡elegía.

Elegía fatal, triste y sentida
al ver en brazos de la amarga muerte.
Al que es la Luz, Aliento, Ser y Vida
y ahora se halla sin vigor e inerte.

CANCIÓN

¡Oh Jesús mío!, que en un vil madero
apareces clavado y dolorido,
sin tener en tus ojos n¡un lucero,
n¡en tus labios un beso florecido.

¿Eres Tú, el que encendías la luz pura
en el fúlgido y claro firmamento,
Tú que te hallas envuelto en sombra obscura
sin vigor, energía, sin aliento?

¿Eres Tú quien al mundo diste vida
y te encuentras en cruz clavado y muerto,
mientras buscas un alma arrepentida
que dé fuerza a tu cuerpo frió y hierto?

¿Eres Tú el sembrador de la alegría,
y el que ahuyentaste, con tu voz, la muerte
de quien en brazos de la parca fiera
sólo anhelaba alegre poseerte?

Sí, Jesús mío; sí, Tú eres el mismo
que dijiste: «Yo soy Camino y Vida»
pero entre aciago y negro paroxismo
ya no vislumbro tu beldad florida.

La muerte te ha robado los fulgores,
la belleza, la gracia, luz y hechizo;
y envuelto de torturas y dolores
Varón de penas y dolor, te hizo.

Eres el Cristo de la Buena Muerte...
pero es la muerte... la que a T¡te priva
de la vida, y te deja muerto e inerte
convertido de sangre en llaga viva.

La muerte aleja encantos y dulzuras...
la muerte encierra penas y tormentos...
la muerte cava firmes sepulturas,
y siembra en derredor tristes lamentos.

En T¡la muerte enciende luz divina
de gloria, de beldad y de esperanza,
y con lluvia de gracia diamantina
el cielo esplendoroso nos alcanza.

La muerte en T¡nos da gloriosa vida
que no se acabará en el almo cielo,
y la felicidad santa y cumplida,
a nuestro ser dará dicha y consuelo.

En T¡la muerte ahuyenta los dolores
y siembra en la existencia la alegría,
hace florezcan mágicas las flores,
y al corazón lo llena de ambrosía.

Eres por eso el Cristo de la Buena
Muerte santa, fecunda y bendecida,
que dejas de esperanza al alma llena,
y tras la muerte das la eterna vida.

ORACION

¡Oh, Cristo mío de la Buena Muerte!
el de brazos clavados, fríos, hiertos,
que para en T¡gozar y poseerte
los tienes sin cerrar y siempre abiertos.

Haz sean para mí nidos de flores,
do cante día y noche el alma mía,
y cesarán mis penas y dolores,
y libaré tu gracia y tu ambrosía.

 

Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm