El Santo de los milagros
Así se designa comúnmente a San Antonio de Padua, no porque sólo él haga milagros, sino por los muchos que hace incesantemente.
Dios es el verdadero autor de los milagros por ser el Creador y Conservador de todo cuanto existe, y el Gobernador y Regidor de cuanto se mueve, actúa y vive en el mundo visible y en el invisible. Dios es omnipotente, y en su mano están todos los seres reales y los posibles y no no hay nada que pueda resistir al imperio de su voluntad. Dios es la perfección suma infinita; nada puede adquirir de nuevo, nada puede perder, de nada n¡de nadie necesita para realizar cuanto plazca a su voluntad omnímoda y santísima, se basta cumplidamente a sí mismo; pero el Amor Creador se complace en honrar a sus criaturas asociándolas a su actividad. Pudiendo llenar con nuevos seres los huecos que por desgaste o por vejez van dejando los antiguos, ha querido dar muestras de su providente sabiduría asociando los seres existentes a la producción de los que han de sucederles: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra», dijo la palabra divina en los primeros días de la creación del mundo. «Predicad el Evangelio a todas las gentes», dijo Jesucristo al fundar su Iglesia sobre la firme roca de Pedro y de los Apóstoles, y añadió: «Los que creyeren, harán milagros: en m¡nombre lanzarán demonios, hablarán nuevas lenguas, manosearán las serpientes, s¡bebieren algún veneno no les hará daño, y curarán los enfermos poniendo sobre ellos las manos» (Mc 16, 15-18)

San Antonio reparte el pan a los pobres
El milagro viene a ser la firma auténtica de Dios que con ella acredita la verdad de una cosa o la santidad de una persona. Por eso la Iglesia nunca canoniza un santo sin que conste que por su intercesión y medio se han hecho milagros verdaderos, concienzudamente estudiados y comprobados.
A San Gregorio se le llama el Taumaturgo por los muchos y grandes milagros que obró. San Vicente Ferrer dijo en su última enfermedad a persona de su confianza que creía haber realizado no menos de dos mil milagros en su vida. De hecho, en su proceso de canonización se presentaron más de seiscientos milagros históricamente comprobados. San Antonio de Padua pasa de vuelo a estos taumaturgos, no sólo por sus cuantiosos milagros en vida y numerosísimos después de su muerte, sino porque continúa haciéndolos todavía. La institución y funcionamiento del Pan de los Pobres es palmaria demostración de esto. No hay pueblo conocido donde no tenga devotos el Santo de todo el mundo como llamaba a San Antonio León XIII; y apenas hay devoto de San Antonio que no pueda contar algún hecho prodigioso obrado en su favor par el Santo de los milagros, particularmente en lo que se refiere al hallazgo de cosas perdidas.
Permítaseme narrar unos casos de cuya verdad histórica puedo dar auténtico testimonio.
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María Luz es una piadosa señora que ejerce ahora de enfermera en el hospital de San Lázaro de Barcelona; estuvo en sus mocedades al servicio de una acomodada familia, y luego se consagró voluntariamente al servicio de los leprosos en Fontilles. Aquí me vio ella con ocasión de la visita que hice a la famosa Leprosería antes de la guerra. Me vio pasar por las amplias y aseadas avenidas que conducen a los distintos pabellones, y se me acercó a saludarme alegre y cortésmente No me conocía; pero le bastó ver por allí un religioso franciscano para acercarse a él movida interiormente por la veneración que siente a San Francisco y a los frailes de su Orden.
Me habló del trabajo en que se ocupaba; de los diarios ejercicios de piedad que hacía; de su tierna devoción al Niño Jesús, cuya imagen guardaba en su cuarto, y de lo agradecida que estaba a San Antonio por los muchos beneficios que de él había recibido.
—Pero, ¿está usted segura de que San Antonio le concede a usted esos favores y beneficios?
—¡Vaya s¡estoy segura! Lo sé de modo tan cierto que no puedo dudar de ello. Le contaré un caso que me sucedió siendo yo muchacha de unas señoritas muy buenas.
«Iba yo entonces todos los días al mercado para hacer la compra, y aprovechaba la ocasión para entrar en una iglesia y rezar a San Antonio ante una devota imagen del Santo que allí se veneraba. Me parecía que tras esta visita me cundía más la faena y me salían las cosas mejor. Sentía como s¡me faltase algo el día que no había podido hacer m¡visita a San Antonio. Llegué un día con la compra del mercado; dejé m¡cesta donde acostumbraba, y me entretuve más a sabor que otros días con San Antonio. Me pasó el tiempo sin sentirlo Cuando me d¡cuenta de que se me hacía tarde, salí a escape de la iglesia, y me fu¡volando a casa de mis señoritas; pero, al llegar allí, me d¡cuenta de que no llevaba la cesta. —Me la he dejado olvidada en la iglesia—, me dije, y volví apresuradamente a recogerla; pero la cesta no estaba donde yo la dejé. Miré por allí... y nada vi. Pregunté, y nadie me supo dar razón. —Adiós m¡cesta—, me dije afligida; y me fu¡al altar de San Antonio a rezarle el responsorio. Lo estaba rezando cuando levanté los ojos a la imagen del Santo, y v¡con sorpresa que llevaba una cesta colgada al brazo, y me pareció que aquella cesta era la que yo había llevado al mercado. Me froté los ojos, me acerqué al altar, miré con todo cuidado, y me convencí de que aquélla era m¡cesta. Quise apoderarme de ella; pero la imagen estaba alta, y n¡aun subiendo sobre el altar hubiera podido llegar a ella. Me fu¡a la sacristía; pregunté qué broma era aquélla, y me dijo el sacristán que nada había hecho él n¡nada sabía. En definitiva; que el sacristán tuvo que valerse de una escalera para descolgar la cesta del brazo de San Antonio que por maravilla no se había roto con el peso de la cesta. A mí no me cabe duda de que fue San Antonio quien me libró del disgusto que hubiéramos tenido s¡se me llega a perder la cesta con lo que había comprado para aquel día.»
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Allá por el año 1930 acompañé a mis hermanos a la iglesia del Patriarca de Valencia. Después de haber adorado al Santísimo Sacramento, visitamos los altares admirando sus imágenes y los frescos de los muros. Viendo abierta la escalera del coro, por ella nos subimos con afán de turismo. Nos estuvimos un rato en el coro y nos bajamos luego; pero nos habían cerrado entretanto la puerta. Quisimos abrirla y no pudimos. Encendimos una cerilla porque escaseaba la luz; intentamos de nuevo abrir, y nos convencimos de que habían cerrado con llave. ¿Qué hacer? Dimos golpes en la puerta, y un profundo silencio fue la única respuesta. Tocamos por segunda y por tercera vez sin lograr que nadie se acercara a la puerta. Anochecía; y nos veíamos en peligro de quedar sin cena y sin cama, acurrucados en un escalón mientras nos andarían buscando con ansiedad nuestros familiares. Triste presentimiento al que no veíamos humano remedio.
—«Acudamos a San Antonio para que nos auxilie; recémosle el responsorio.»
Luego, de rezarlo tentamos en vano la puerta y volvimos a dar golpes en ella. A poco oímos pasos lejanos que se iban acercando; repetimos los golpes de llamada; sonó ruidito de llaves; se introdujo una llave en el cerrojo; rodó la llave, y quedó abierta la puerta con estupor nuestro y del mismo que nos la abrió.
Suplicamos perdón intentando disculparnos, y nos dijo el portero que, ignorando que allí estuviésemos, había cerrado como de costumbre todas las puertas, y estaba ya en la calle camino de su casa, cuando se acordó de la lámpara del Santísimo Sacramento, dudando s¡la había arreglado, duda que jamás se le había ocurrido como entonces, y volviendo a la iglesia para mirar la lámpara, que por cierto estaba bien cebada, había oído los golpes de la puerta y vino a abrirla. Dimos las gracias al amable portero; pero las dimos más de corazón a San Antonio, de Padua.
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Una sobrinita mía salió con su madre y las de otras niñas amiguitas suyas a jugar con ellas en el campo el día de Pascua. Habiendo jugado y merendado muy a gusto, advirtió su madre que faltaba a la niña el pendiente de una oreja. La niña n¡siquiera se había dado cuenta de ello. Se buscó cuidadosamente por el patio de juego, y no se pudo dar con el pendiente. La madre quedó apenada al perder la esperanza de recuperar la alhaja. Una amiga quiso consolarla y le dijo: «recemos el responsorio de San Antonio; siempre que yo lo rezo encuentro las cosas.» Se rezó a San Antonio; se buscó de nuevo el pendiente por donde jugaron las niñas; y, no hallándolo, sentáronse con inquietud en el alma a la vera del camino sobre unas piedras, sin dejar de comentar el suceso. Con la mirada vaga y triste, y con acción más espontánea que deliberada, removía entretanto la madre las piedrecitas que tenía a su alcance, cuando, sin esperarlo, advirtió de pronto que entre ellas estaba el pendiente cuya pérdida deploraba. Dio un grito, mezcla de alegría y de estupor, temiendo fuese ilusión el hallazgo. Todos los ojos se volvieron hacia el lugar señalado, y allí vieron en efecto el pendiente, sin que pudieran explicarse cómo estaba allí, n¡cómo pudieron verlo cuando ya habían dejado de buscarlo.

S¡no son esto milagros en el sentido teológico de la palabra, son ciertamente hechos que hallan mejor explicación en la intercesión amplia y poderosa de San Antonio que en los pobres recursos humanos. N¡se diga que esto son casualidades, porque la casualidad tiene siempre su causa suficiente aunque se nos
escape y nos sea desconocida. Es innegable que el mundo de los espíritus y de los santos está en profundas relaciones con el mundo de la materia y de los sentidos, aunque nosotros ignoremos el modo de su comunicación; como es cierto que las almas sencillas y creyentes consiguen con el recurso a los santos lo que no se puede lograr por los medios humanos.
Sírvanos lo narrado para, acudir confiadamente en nuestros apuros a San Antonio de Padua, el Santo de los milagros.
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