Flagelación del Señor

Visión de pena, angustia y de terrores
la que ofrece el Pretorio de Pilatos...
Allí delante de pérfidos e ingratos
seres, se ve al Varón de ¡os Dolores.

Jesús, cual inocente corderillo
atado y firme a la Columna, espera
caiga sobre El, inmensa torrentera
de golpes que le roben gracia y brillo.

Sus carnes puras, santas y turgentes
aparecen delante de los ojos
de quienes sembrarán viles abrojos
con golpes inhumanos e insolentes.

Con mirada serena y compasiva
contempla cómo tiene en sus manos
sus armas, —los cordeles inhumanos—
que su espalda abrirán en sangre viva.

Ha inclinado la espalda mansamente...
los sayones con ojos encendidos,
y crispados los puños maldecidos,
van llagando a la Víctima inocente.

Cada golpe en la carne inmaculada
ha hecho abrir una rosa purpurina,
que ha exhalado perfume y gracia fina
de perdón y piedad honda y sentida.

Bajo lluvia cruel de golpes fieros
el pecho de Jesús gime y suspira,
mientras su sangre en tierra mira... y mira,
y se empapan sus pies en sus regueros.

¡No tienen compasión tales sayones... !
y laceran su carne inmaculada
que la dejan marchita y maltratada...
¡No tienen compasión... n¡corazones...!

Para cobrar vigor y fortaleza
se cambian unos y otros... Solamente
permanece la Víctima inocente
que recibe los golpes con fiereza.

Y Jesús calla y sufre... Bellas flores
de gracia y luz divina, y esperanza,
para la Humanidad toda le alcanza,
al taladrar a su alma, esos dolores.

Y al quejido amoroso y resignado
que su cuerpo ha exhalado intensamente,
redoblan su furor cruel y ardiente
los sayones con brazo y puño airado.
............ ... ... ... ... ... ... ... .. ... ... ...
Dejad de lacerar, viles sayones,
esas carnes turgentes y divinas
que despiden fragancias peregrinas,
y encierran de la gracia santos dones.

Esas carnes sin mancha de pecado,
encendidas de luz y de pureza,
son las rosas de mística belleza
que brotaron del cielo, en verde prado.

No marchitéis su gracia y lozanía
con duros golpes de furor insano;
respetad el cuerpo soberano
de esa Víctima santa, noble y pía.

Ella ha asumido el crimen y el pecado
que vosotros hacéis en ese instante....
Golpead vuestra carne maleante...
y dejad ese cuerpo lacerado.

¡Oh, Jesús, que en tus carnes flageladas
has querido ofrecernos luz y guía
haz guardemos la gracia y lozanía
que en las nuestras pusiste un bello día
hasta entrar en las célicas moradas!

Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm
Semana Santa, 1951.

San Antonio y la Asunción

La regla del amor

La Asunción en cuerpo y alma de la Virgen y la Concepción son verdades y misterios modernos, cuya elaboración nos toca a nosotros, decía el ilustre tridentino Fray Luis de Carvajal y también su hermano en Religión, Fray Juan de Quirós (1). Y lo decimos con más razón los que vivimos en esta hora feliz en la que hemos alcanzado la Definición de las dos verdades hermanas y hemos visto a San Antonio citado como autoridad en la Bula Pontificia. Tratemos, pues, dialoguemos sobre tema tan sublime como la Asunción de la Virgen María que nos hace antonianos en el pensar y nos eleva de la común materia a la gloria celeste. Vayamos en busca de la «regla de amor».

...«en una noche le acometió el enemigo [el demonio a San Antonio], y apretándole la garganta, intentó ahogarle; a punto de morir se vio el Santo; en la postrera agonía invocó como pido a la Santísima Virgen, que había tomado por valedora desde sus primeros años; pronunció en esta aflicción las palabras de aquel himno: ¡O gloriosa Dómina!. Socorrió a su devoto y capellán esta soberana Reina. Con su luz huye el demonio, queda libre nuestro Santo y de nuevo agradecido y obligado a la Emperatriz del cielo, en cuya devoción fue siempre singularísimo y en la de los misterios de su vida, en especial de su sagrada Asunción.
Habiéndose de leer en los Maitines de esta fiesta ciertas lecciones que, con poco fundamenta, quisieron algunos prohijarlas a San Jerónimo, en que se dudaba de ser llevada a la Eternidad en cuerpo y alma esta Señora no se atrevió Antonio a hallarse presente, por no oír dudas sobre verdad que en su alma tenía tan asentada. Quedáse orando en su celda, y agradóse tanto la soberana Princesa del afecto, que se dignó visitarle y le aseguró por infalible lo mismo que creía el Santo, de que en entrambas las sustancias fuera colocada en su Trono, y seguramente podía continuar en predicarlo; y así lo recibió siempre la Iglesia Universal, dedicando a este misterio día propio y solemnidad común, como tan fundado en la nobleza de tal Hijo y méritos de tal Madre; y s¡bien Padres y Escolásticos volvieron por esta verdad, fue Antonio parte muy valiente para asegurarla, pues, como Maestro de tantas Letras, la defendió; como insigne predicador, la persuadió a sus oyentes v como santo mereció su revelación.

Nuestro Santo, nuevo Salomón para este misterio, con mayor fundamento reconoció la verdad de él,

arguyéndola por el amor

que tendría un Hijo que era Dios y que no se contentaría menos que con tenerlo- toda en el Cielo de Ella fue discípulo Antonio en este punto y Maestro nuestro en el mismo» (2).

Purifiquemos los sentidos, rectifiquemos el amor, para que hallemos el sentido unívoco y volador que tiene, y, hallado, habremos ingresado en la Escuela de San Antonio, «Maestro nuestro» en el amor científico y sublimante. San Antonio, «Maestro nuestro», ha sido reconocido y aclamado como tal por los Maestros de la Orden (3).

Pero subrayemos la clase del Magisterio antoniano; es el Magisterio franciscano del amor ético que a sí mismo se convierte autonómicamente en ley, regla, máxima o principio de amor. Con todos estos nombres se conoce hasta en el mismo Doctor Eximio P. Francisco Suárez, citado también en la Bula de la Asunción. Es igual a la Ley universal de Mariología aplicada por el genio de ella Juan D. Escoto: Quod excellentius, attribuere Mariae. Entre dos opiniones predicables de la Virgen, atribuirle la más excelente. ¿Por qué razón? No por inteligencia sino por la voluntad que le tenemos, mientras los guías de la Mariología no lo impidan: la Tradición, la Iglesia, la Sagrada Escritura. «El criterio que yo sigo en hacer Mariología es el voluntarista; no el de una voluntad patológica, única que conoce el intelectualismo exagerado; es la voluntad racional, atenta siempre a las indicaciones de la Iglesia. Entre los extremos amor o ciencia, aunque las pruebas no me lo evidencian, oh Concepción y Asunción Santísimas, yo os venero» (4).

Con dos alas, pues, se ha de volar por el mundo azul celeste de María Santísima: con el ala de la inteligencia y con el ala de la voluntad. El método rige aún, como se ve por la intuición genial, y coincidente con el franciscanismo, del gran poeta Gabriel y Galán:

«¡Lo amaba, lo amaba!
¡El amor es un ala del genio!
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Lo intuyó cuando estaba dormido,
porque sólo en las sombras del sueño
se nos dan los sublimes visiones
se nos dan los sublimes conceptos.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
¡Lo amaba, lo amaba !
nacióle en el pecho.
No se puede soñar sin amores,
no se puede crear sin su fuego.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
volar sin sus alas, vivir sin su aliento.
El sublime Vidente dormía
del Amor y de Arte los sueños,
¡los sueños divinos
que duermen los genios!

(G. y Galán: El Cristo de Velázquez.)

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Cfr. Glorias de María, Rosario Inmaculado, Juan de Quirós y Declamatio Expnstulatoria, Diluciones. Los clásicos mariólogos (siglos xv¡y xvii) llevaban los dos dogmas a la vez, como dogmas «modernos». A la objeción de los contrarios de que dogmas «modernos» no hay, contestaba con gracia Carvajal: «Lo que es moderno, con el tiempo será antiguo».

(2) Cfr. Epitome de la vida, accionas y milagros de San Antonio (fols. 62. v. y 64, r. v.), Miguel Pacheco en 1647.

(3) Cfr. Glorias de María, t. 1.- Rosario Inmaculado (parte II. fol. 83. d.) y A. y Astorga. Militia contra Malitiam, col. 112.

(4) Cfr. Glorias de María. t. I.- Rosario Inmaculado. Dedicatoria, al fin.