Flagelación del Señor
Visión de pena, angustia y de terrores Jesús, cual inocente corderillo Sus carnes puras, santas y turgentes Con mirada serena y compasiva Ha inclinado la espalda mansamente... Cada golpe en la carne inmaculada Bajo lluvia cruel de golpes fieros ¡No tienen compasión tales sayones... ! |
Para cobrar vigor y fortaleza Y Jesús calla y sufre... Bellas flores Y al quejido amoroso y resignado Esas carnes sin mancha de pecado, No marchitéis su gracia y lozanía Ella ha asumido el crimen y el pecado ¡Oh, Jesús, que en tus carnes flageladas |
Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm
Semana Santa, 1951.
San Antonio y la Asunción
La regla del amor
La Asunción en cuerpo y alma de la Virgen y la Concepción son verdades y misterios modernos, cuya elaboración nos toca a nosotros, decía el ilustre tridentino Fray Luis de Carvajal y también su hermano en Religión, Fray Juan de Quirós (1). Y lo decimos con más razón los que vivimos en esta hora feliz en la que hemos alcanzado la Definición de las dos verdades hermanas y hemos visto a San Antonio citado como autoridad en la Bula Pontificia. Tratemos, pues, dialoguemos sobre tema tan sublime como la Asunción de la Virgen María que nos hace antonianos en el pensar y nos eleva de la común materia a la gloria celeste. Vayamos en busca de la «regla de amor».
...«en una noche le acometió el enemigo [el demonio a San Antonio], y apretándole la garganta, intentó ahogarle; a punto de morir se vio el Santo; en la postrera agonía invocó como pido a la Santísima Virgen, que había tomado por valedora desde sus primeros años; pronunció en esta aflicción las palabras de aquel himno: ¡O gloriosa Dómina!. Socorrió a su devoto y capellán esta soberana Reina. Con su luz huye el demonio, queda libre nuestro Santo y de nuevo agradecido y obligado a la Emperatriz del cielo, en cuya devoción fue siempre singularísimo y en la de los misterios de su vida, en especial de su sagrada Asunción.
Habiéndose de leer en los Maitines de esta fiesta ciertas lecciones que, con poco fundamenta, quisieron algunos prohijarlas a San Jerónimo, en que se dudaba de ser llevada a la Eternidad en cuerpo y alma esta Señora no se atrevió Antonio a hallarse presente, por no oír dudas sobre verdad que en su alma tenía tan asentada. Quedáse orando en su celda, y agradóse tanto la soberana Princesa del afecto, que se dignó visitarle y le aseguró por infalible lo mismo que creía el Santo, de que en entrambas las sustancias fuera colocada en su Trono, y seguramente podía continuar en predicarlo; y así lo recibió siempre la Iglesia Universal, dedicando a este misterio día propio y solemnidad común, como tan fundado en la nobleza de tal Hijo y méritos de tal Madre; y s¡bien Padres y Escolásticos volvieron por esta verdad, fue Antonio parte muy valiente para asegurarla, pues, como Maestro de tantas Letras, la defendió; como insigne predicador, la persuadió a sus oyentes v como santo mereció su revelación.
Nuestro Santo, nuevo Salomón para este misterio, con mayor fundamento reconoció la verdad de él,
arguyéndola por el amor
que tendría un Hijo que era Dios y que no se contentaría menos que con tenerlo- toda en el Cielo de Ella fue discípulo Antonio en este punto y Maestro nuestro en el mismo» (2).
Purifiquemos los sentidos, rectifiquemos el amor, para que hallemos el sentido unívoco y volador que tiene, y, hallado, habremos ingresado en la Escuela de San Antonio, «Maestro nuestro» en el amor científico y sublimante. San Antonio, «Maestro nuestro», ha sido reconocido y aclamado como tal por los Maestros de la Orden (3).
Pero subrayemos la clase del Magisterio antoniano; es el Magisterio franciscano del amor ético que a sí mismo se convierte autonómicamente en ley, regla, máxima o principio de amor. Con todos estos nombres se conoce hasta en el mismo Doctor Eximio P. Francisco Suárez, citado también en la Bula de la Asunción. Es igual a la Ley universal de Mariología aplicada por el genio de ella Juan D. Escoto: Quod excellentius, attribuere Mariae. Entre dos opiniones predicables de la Virgen, atribuirle la más excelente. ¿Por qué razón? No por inteligencia sino por la voluntad que le tenemos, mientras los guías de la Mariología no lo impidan: la Tradición, la Iglesia, la Sagrada Escritura. «El criterio que yo sigo en hacer Mariología es el voluntarista; no el de una voluntad patológica, única que conoce el intelectualismo exagerado; es la voluntad racional, atenta siempre a las indicaciones de la Iglesia. Entre los extremos amor o ciencia, aunque las pruebas no me lo evidencian, oh Concepción y Asunción Santísimas, yo os venero» (4).
Con dos alas, pues, se ha de volar por el mundo azul celeste de María Santísima: con el ala de la inteligencia y con el ala de la voluntad. El método rige aún, como se ve por la intuición genial, y coincidente con el franciscanismo, del gran poeta Gabriel y Galán:
«¡Lo amaba, lo amaba!
¡El amor es un ala del genio!
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Lo intuyó cuando estaba dormido,
porque sólo en las sombras del sueño
se nos dan los sublimes visiones
se nos dan los sublimes conceptos.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
¡Lo amaba, lo amaba !
nacióle en el pecho.
No se puede soñar sin amores,
no se puede crear sin su fuego.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
volar sin sus alas, vivir sin su aliento.
El sublime Vidente dormía
del Amor y de Arte los sueños,
¡los sueños divinos
que duermen los genios!
(G. y Galán: El Cristo de Velázquez.)
Fr. Domingo Savall, ofm
(1) Cfr. Glorias de María, Rosario Inmaculado, Juan de Quirós y Declamatio Expnstulatoria, Diluciones. Los clásicos mariólogos (siglos xv¡y xvii) llevaban los dos dogmas a la vez, como dogmas «modernos». A la objeción de los contrarios de que dogmas «modernos» no hay, contestaba con gracia Carvajal: «Lo que es moderno, con el tiempo será antiguo».
(2) Cfr. Epitome de la vida, accionas y milagros de San Antonio (fols. 62. v. y 64, r. v.), Miguel Pacheco en 1647.
(3) Cfr. Glorias de María, t. 1.- Rosario Inmaculado (parte II. fol. 83. d.) y A. y Astorga. Militia contra Malitiam, col. 112.
(4) Cfr. Glorias de María. t. I.- Rosario Inmaculado. Dedicatoria, al fin.
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