Función expiatoria del dolor

El corazón cristiano se complace en considerar a la Virgen dolorosa entretenida quitando las espinas de las sienes de su Hijo y limpiando sus llagas redentoras, mientras sostiene entre sus brazos aquel divino tesoro, «depuesto de la Cruz por José y Nicodemo». A la Madre de dolor se asocian en esta divina escena las almas santas allí presentes. El «cuadro de la Piedad» resulta así la imagen de la primera solemne «Hora santa» de reparación, y nos está enseñando la función expiatoria del dolor.

Expiar es componer el desorden moral introducido por el pecado y consolar el corazón oprimido por la ofensa.

Sabemos que la Pasión del Señor no ha terminado todavía. El mundo se empeña en prolongar con sus pecados la agonía de Cristo. Continuamente está asestando golpes y dirigindo ballestas contra su Dios. La expiación es, por lo mismo, un divino arte que nunca puede pasar de moda. Cada época ha tenido su santo; personificación humana de la obra reparadora de su generación. Esto fué Nuestro Padre San Francisco, con sus milagrosos estigmas, para su tiempo.

También el nuestro tiene sus «estigmatizados». Unos con llagas maravillosas; otros con las llagas del dolor voluntariamente ofrecido en expiación al Padre. En este número podemos figurar todos.

¿Cómo? El Señor lo enseñó a Santa Margarita María al decirle: «Yo te he escogido para ofrecer a m¡Padre sacrificios ardientes, para aplacar su justicia y para rendirle un tributo de gloria infinita en esos sacrificios, uniendo a ellos el de todo tu ser para honrar el mío».

Luego el dolor tiene la virtud de desarmar al Padre y de consolar al Hijo de Dios cuando lo unimos al sacrificio infinito de la Cruz.

Esta divina teología tenía bien aprendida un joven de quince años que en un hospital veía consumirse su vida en flor. Sonriente asistía al trágico espectáculo de su propio holocausto. Sabía que no había de levantarse del lecho de su prolongada agonía, y se gozaba en ello; y cuando alguien le compadecía o le quería engañar infundiéndole falsas esperanzas de recobrar la salud, él le miraba con ojos de compasión, como diciéndole que no entendía el misterio de aquella lenta consunción.

¡Qué consuelo: pensar que nuestras penas tienen eficacia para aplacar al Padre, para aliviar el dolor de Cristo paciente y para remediar el mundo! Oímos con frecuencia de boca de personas enfermas o ancianas la queja: Y, ¿yo para que estoy ya en el mundo? ¿Qué hago aquí sino dar pena? Esta manera de hablar es pagana. También los inválidos, los tullidos, los ancianos imposibilitados, los enfermos tienen una misión altísima que cumplir. Con la oblación de su vida, consumida por el dolor, pueden dar más fruto que el hombre con la salud más vigorosa.

No tuvo Cristo muy en cuenta el valor de la salud para la salvación del mundo cuando ofreció su vida subiendo al patíbulo en el pleno vigor de sus fuerzas, a los treinta y tres años; n¡nos quiso redimir viviendo, sino muriendo, consumando sobre el ara de la cruz la oblación de su vida hecha ya en el primer instante de su existencia.

He aquí el camino: Morir con la muerte lenta del dolor. aceptado resignada y hasta alegremente. No nos es difícil seguir este sendero ; sólo necesitamos de amor y de generosidad. Así seremos capaces de transformar una vida lánguida en un manantial de energía eterna. El dolor será el medio de transformar una existencia opaca en una vida cuajada de asombrosa fecundidad. Con él quedaremos crucificados en la Cruz (le Cristo y transformados, a semejanza de María, en corredentores.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

El pitirrojo en la Cruz

Tradición

El Salvador, clavado en esa cruz que se trocó después en símbolo de nuestra redención, agonizaba en la cumbre del Gólgota. Su figura, pálida y triste, tenía esa calma y belleza conmovedoras que son como la recompensa de la resignación y del martirio, mientras que algunas gotas de sangre, bañando su bellísimo rostro, caían de su frente coronada de espinas sobre esta tierra ingrata para lavar sus manchas... ¡Sublime y doloroso bautismo! Su cuesrpo iba desangrándose por cinco llagas, fuentes misteriosas de donde brotaban el perdón y la esperanza de una vida mejor.

El cielo, cubierto de negras y espesas nubes, parecía querer ocultar el mundo en los pliegues de un velo fúnebre y evitarle el espectáculo de esta agonía empapada en lágrimas. Oíanse en los aires como gritos de combatientes mezclados con el estrépito del rayo, cuyo surco de fuego venía por intervalos de las profupdidades del firmamento entreabierto a iluminar la montaña con una viva y amarillenta claridad; muchos muertos salieron de sus sepulcros; la tierra se estremeció hasta en sus entrañas, y los ríos, abandonando sus lechos, retrocedieron con sus corrientes.

Esclavos rendidos y sumisos, los elementos lloraban la muerte del Maestro amenazando a sus verdugos.

Los Apóstoles, despavoridos, habían desaparecido, y los judíos, llenos de terror, se preguntaban:

—¿Será éste, pues, el Hijo de Dios?

Jesucristo hubiera gestado solo, solo con los soldados encargados de vigilar la ejecución, a no ser porque al pie de la cruz se distinguían algunas formas indecisas, fantasmas melancólicos que se cuidaban poco de la tempestad. Ellos hacían la vela fúnebre y parecían suspensos en su dolor, como Adán, desterrado, en los umbrales del Paraíso terrenal.

Eran éstos la Virgen de Belén, Madre del Salvador, María Cleofás, y Juan, el discípulo muy amado de Jesús, que habían encontrado en sus corazones una fortaleza que había faltado a ese pueblo bastardo, ya sin nación, puesto que pertenecía al imperio romano, y a quien no quedaba valor sino para llenar de ultrajes a un Hombre cautivo y sin defensa.

Allí estaba también la arrepentida Magdalena, apoyada la frente en los pies de su Amado, que tenía abrazados, y bañándolos con sus lágrimas, bálsamo más precioso y mucho más puro que los olorosos perfumes de que otras veces los había cubierto.

En medio de esta terrible escena, dos avecillas vinieron a posarse sobre el Arbol de la redención.
La que paró en el brazo izquierdo de la cruz era una urraca, la cual, con su charla disonante, parecía querer insultar la agonía del paciente, acrecentando sus tormentos.

Así como Satán antes de su caída era el más bello de los ángeles, del mismo modo antes de la maldición divina era la urraca la más hermosa de las aves. Parecía que Dios había agotado los recursos de su poder reuniendo en ella sola las bellezas v las maravillas de la creación. Las doradas tintas de la alborada se fundían en sus alas con el azul de los crepúsculos. Ninguna flor tenía el afelpado colorido de su brillante cuello, y los más puros diamantes, las piedras más preciosas, en vano hubieran unido sus aguas y sus fuegos para igualar el brillo de su cresta.

La otra avecilla, muy mezquina y de oscuro color, llegó, arrastrada sin duda por la tempestad, a dejarse caer como una hoja muerta sobre el brazo derecho del madero, para pedir abrigo y protección al que se inmolaba por el universo entero. Sacudió sus mojadas plumas, dando de vez en cuando dulces píos de tristeza y de sufrimiento; aproximándose después al Crucificado, revoloteaba alrededor de su pálido rostro; enjugaba con sus tiernas alas las lágrimas que brotaban de sus ojos, y se esforzaba en arrancar con su piquito las espinas de su corona, cuando una gota de sangre desprendida de la divina frente, cayendo sobre su cuello, coloreó para siempre su modesto plumaje.

—Yo te bendigo, pobre avecilla —dijo el Señor—; por todas partes donde dejes oír tu canto dulce y melancólico llevarás la dicha y la paz. ¡Dichoso el techo donde. construyas tu nido! Tus huevecitos tendrán el azul del firmamento, y serás en todas partes el ave del buen presagio, el ave de Dios.

—Y tú —dijo a la urraca—, tú que no te has compadecido de mis dolores y que has llenado de amargura mis últimos momentos, tú serás una ave maldita. De hoy en adelante no poseerás esta belleza que tanto te enorgullece; agorera de la desgracia, tus colores serán en lo sucesivo de luto y de tristeza; ya no ostentarás esa corona, poco ha insignia de su real belleza. Cubre, cubre tu nido; jamás podrás preservarlo del agua del cielo.

Estas palabras de Cristo moribundo han tenido su efecto:

El pitirrojo, a pesar de su timidez, habita entre los hombres buscando un abrigo en los techos de las casas; su llegada es tenida como señal de alegría, y en todas partes se le recibe con complacencia. A los primeros rayos del sol deja oír su canto en el borde de la ventana o en el espino del huerto; es, en fin, el compañero inseparable del bogar.

La descarada y parlanchina urraca en vano pide por todas partes abrigo que todos le niegan, y rechazada con desprecio, viene a posarse tristemente sobre las ramas del árbol desnudo de hojas y cubierto de escarcha.

La estrella de los Reyes Magos

Una fulgente estrella nueva, arriba...
el camino en el suelo...
pintadas aves habren tenues alas,
con gazoso revuelo.

La estrella es farolillo, que no hace humo;
que inflama las heridas
abiertas en las carnes del camino
con idas y venidas.

Enhebrado y asido a su fulgor
pasa —polvo y fatiga—
un cortejo oriental, que al hablar deja,
en las gentes la intriga...

Entre ellos solo hay tres que alcurnia ostentan.
la estrella esplende un guiño..
Se han parado a la entrada de una cueva;
ha sollozado un niño...

Dudaron..., más la estrella es un milagro
y entregan su tesoro
con amantes afectos encendidos
—incienso, mirra y oro—.

Para ellos, asomó el viejo camino
de Belén tras la cueva.
¡Que suerte —se oyó— Niño todo cielo!
¡Oh bella, estrella nueva...!

Fr. David Cervera, ofm
Carcagente, 6 enero 1951