Patronato por oposición

Su Santidad León XIII, el día 28 de noviembre de 1879 dio a San Pascual Bailón, humilde lego franciscano, el honroso título de peculiar «Patrono celestial de los Congresos Eucarísticos». Y se lo dio porque lo merecía.
El sabio jesuita P. Alberto de Castro, en su conferencia apologética «Revelación de la Hispanidad», dada en el Cinema Villarreal Teatro, el día 23 de octubre del año pasado, pronunció estas palabras que hacemos nuestras: «El título de Patrono de los Congresos Eucarísticos no le fue dado a San Pascual por simple decreto, sino que lo ganó en verdaderas oposiciones.»

Y iqué opositores tan excelsos concurrieron a la cita! Grandes y valiosos Santos, como el mártir de la Eucaristía San Tarsicio, el sabio teólogo Santo Tomás de Aquino, autor del oficio divino del Corpus Christi; la loca del Sacramento, Santa Micaela; el Beato Juan de Ribera y tantos otros que aspiraban a la primacía.
Y ¿qué razones presentaba nuestro humilde San Pascual para merecer este título? Las da el mismo Sumo Pontífice: «Poseía un espíritu inclinado a las cosas celestiales, y mereció, siendo pastor, y abrazado, más tarde, a la vida austera franciscana, la contemplación del Sagrado Banquete. Poseía tal ciencia infusa, que, siendo rudo y sin estudio alguno, pudo responder a cuestiones difíciles sobre la fe en la Eucaristía y aun escribir libros piadosos. Sufrió muchas y graves persecuciones, entre los herejes hugonotes, por haber afirmado la presencia real de Jesucristo en el Sacramento. Conservó este amor eucarístico, aun después de muerto, abriendo los ojos su cadáver a la doble elevación de las sagradas especies.»

San Pascual Bailón fue un perfecto modelo de adoradores. Ávido de intima comunicación con Dios, recibía con ardores seráficos el alimento de la Sagrada Eucaristía; prolongaba cuanto le era posible las horas de oración ante el Sagrario; absorto y olvidado de sí mismo, se le veía con la mirada fija en el Tabernáculo como en éxtasis elevadísimo. Hasta tal punto fue ardiente su devoción a Jesús Sacramentado, que, mientras se celebraba la misa exequial por el bendito Siervo de Dios, estando de cuerpo presente, a la elevación de la Sagrada Hostia y del Cáliz, abrió los ojos el cadáver del Santo y los fijó en el Augusto Sacramento, para volverlos a cerrar después de este acto de adoración, con gran sorpresa de todos los allí presentes.

Si hoy surgieran nuevas oposiciones para ese título, las ganaría de nuevo San Pascual, ya que a tantas razones sumaría la que el P. Alberto de Castro manifestaba en su mencionada conferencia: «Le faltaba vivir sacramentado —decía—: Y para asemejarse a Jesús Eucaristía, aprovechó la oportunidad de nuestra impotencia para defenderle cuando la revolución marxista, consintiendo fuese quemado su cuerpo incorrupto, para permanecer oculto bajo el velo de sus cenizas, como si fuesen éstas sus especies sacramentales.»

Con sobrada razón podemos llamar a San Pascual, como lo hace la Iglesia, celestial Patrono de los Congresos Eucarísticos.

SAN PASCUAL BAILON, PATRONO DEL XXXV CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL
El Papa León XIII así lo declaró, con fecha 28 de noviembre de 1879: «En virtud, de Las presentes, con Nuestra suprema autoridad, declaramos y. constituimos a San Pascual Bailón, peculiar Patrono celestial de los Congresos Eucarísticos, así como de las asociad mes eucarísticas existentes, o que en lo sucesivo se instituyan»

San Antonio, Apóstol de la Eucaristía

San Antonio de Padua fue, sin duda, uno de los Santos más fervorosos amantes de Jesús Sacramentado. Y Jesús le recompensó este afecto eucarístico valiéndose de él para comprobar con un gran milagro el Dogma de su presencia real en el Sacramento del Altar.

Los herejes patarinos habían, entre otros, desfigurado completamente el Dogma de la presencia real, reduciendo la Eucaristía a una simple cena conmemorativa. Con esto herían a la Iglesia en lo que le era más vital, ya que la Eucaristía es precisamente el centro del corazón de la Iglesia, y de este Sagrado Corazón le fluye la sangre y la vida, se irradia la luz de la verdad, la llama del amor y se derivan todas las gracias.
Rímini, situada junto al Adriático, entre los ríos Marechia y Ansa, era una de las ciudades principales de Italia donde los mencionados herejes se habían hecho más fuertes. Allí fue a predicar San Antonio de Padua e ilustró tan plenamente la realidad de la presencia de Jesús en la Hostia Santa, que aquellos herejes se hubieran convertido con sólo la predicación del Santo de no haberlo impedido algunos jefes de aquella secta.

Bonvillo, que por su posición social, formación y elocuencia gozaba de gran prestigio entre ellos, levantando al aire el grito de protesta, dijo a San Antonio:

—No queremos razones, queremos pruebas. Solamente creeremos que Jesucristo está real y verdaderamente presente en la hostia que tú dices santa si con un milagro lo pruebas.

—¿Un milagro pides para creer? —contestó San Antonio—. Pues conforme. Elige el milagro que tú quieras.

—Mira —repuso Bonvillo—, yo tengo en casa una mula. La tendré tres días continuos sin comer ni beber. El tercer día nos juntaremos en la plaza: tú, con la eucaristía que dices está Cristo, y yo, con la mula y una ración de cebada. Si la mula, hambrienta, al presentarle la cebada deja el pienso y adora la eucaristía, entonces creeremos y nos convertiremos a vuestra fe.

—Acepto tu propuesta —contestó San Antonio de Padua, plenamente confiado en que Dios obraría el milagro pedido para hacer triunfar su Causa.

Talmente como si fuese un reguero de pólvora corrió la noticia de lo convenido entre Bonvillo y Antonio de Padua. Este se retiró inmediatamente a hacer penitencia y oración, para más obligar a Dios a realizar el milagro que los herejes pedían como condición para creer en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Aquél corrió a someter a su mula a riguroso ayuno.

Llegó el tercer día. La plaza la llenaba una multitud de gente sobre toda ponderación. Bonvillo entró en ella entre los gritos aclamadores de sus correligionarios, llevando a su mula ayuna de tres días y una ración de cebada. Antonio hizo su entrada acompañarlo de algunos religiosos y católicos, humilde, modesto, y llevando con reverencia y fervor en sus manos la custodia con la Eucaristía.

El milagro eucarístico de Rímini

El milagro eucarístico de Rímini. Manuel Diago.

Antonio y Bonvillo se acercan y se ponen frente a frente. Cesa el vocerío y se hace un silencio sepulcral. Todos los ojos están clavados en la custodia y en la mula A una señal convenida, Bonvillo presenta la ración de cebada a la mula Entonces, San Antonio, rompiendo el silencio, y dirigiéndose al hambriento animal, le dice:

—En el nombre del Señor, a quien yo tengo en mis manos, te mando que vengas a hacer reverencia a tu Criador, para que todos entiendan la verdad de este altísimo Sacramento y sepan que hasta las criaturas irracionales están sujetas a su Criador.

¡Cosa admirable! La mula olfatea el cesto del tan apetecido pienso, y, en vez de probar la cebada, se vuelve de repente hacia la parte de San Antonio, dobla las rodillas delanteras e inclina la cabeza en señal de adoración a la Eucaristía, en la que está su Criador.

Una verdadera tempestad de vítores y aplausos se levantó en medio de aquella plaza, mientras Bonvillo, los demás herejes y todos los concurrentes, cayeron de rodillas y adoraron con fe y con amor a Jesús Sacramentado.

Este milagro fue verdaderamente el golpe dado a la herejía por nuestro Santo. Para perpetuar su memoria, en 1518, se erigió un templete de forma octogonal, que aún se conserva, en la plaza donde tuvo lugar el suceso, llamada plaza del Mulo.

Que el recuerdo de tan estupendo milagro, con ocasión del XXXV Congreso Eucarístico Internacional, avive nuestra fe y encienda en nuestros corazones la llama del amor y de la gratitud a Jesús Sacramentado.

Fr. Pacífico Torres, ofm