El XXXV Congreso Eucarístico internacional de Barcelona
Si ya expresó emocionadamente el cardenal Tedesehini, legado del Papa para este Congreso, que era inenarrable lo que veía en el acto del recibimiento y en los que sucedieron, y que era difícil que Su Santidad pudiera formarse exacta cuenta de tantas grandiosidades, nosotros, pobres periodistas, al tener que dar cuenta en ACCION ANTONIANA del Congreso para nuestros lectores y para constancia futura en nuestra revista, del gran acontecimiento, nos confesamos incapaces de constatar la inmensa emoción y las extensas ejemplaridades y el entusiasmo de las multitudes en el amor de nuestra Patria y del mundo a Jesús Sacramentado, que han florecido y fructificado estos días, desde el 27 de mayo al 1 de junio de 1952 en Barcelona. Hemos de ceñirnos a estas pocas páginas.
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Amor y agradecimiento al Papa, que eligió nuestra Patria y Barcelona para esta exaltación internacional eucarística. Aunque ya decía un congresista irlandés que nuestra nación venía preparando este Congreso cuatrocientos años...
Por eso, qué bien decía un cronista:
"BARCELONA, LUZ PARA CRISTO
La Iglesia de Cristo ha celebrado en la capital de Cataluña su XXXV Congreso Eucarístico Internacional, del 27 de mayo al 1 de junio del año del Señor de 1952. Cerca de un tercio del Sacro Colegio Cardenalicio y más de doscientos cincuenta obispos de todo el mundo, con quince mil sacerdotes y dos millones de fieles, se han congregado en esta auténtica asamblea de paz que durante cinco días ha sido el ejemplo del mundo.
Barcelona, a quien el Papa, en el discurso de clausura del Congreso, ha llamado «espléndida y próspera», ha correspondido a su esplendidez y a su prosperidad. Nunca se ha visto tal derroche de luz en honor de causa tan digna. Cruces luminosas en las plazas y en las calles, en los edificios públicos y en los privados, iluminaciones especiales de la Catedral, de la Sagrada Familia, del Palacio nacional y de otros monumentos importantes. Y todos los balcones adornados, con más o menos elegancia, pero indicando que sus dueños estaban compenetrados perfectamente con los ideales del Congreso. Banderas de España y del Papa en todas las calles. Y hasta los árboles de los pueblecitos cercanos de Barcelona lucían cuidadosamente pintados en su tronco, los colores amarillo y blanco de la bandera pontificia." Y así todo y en todos; con fervor y con exaltación inenarrables.

INAUGURACIÓN
El mismo día 27 de mayo quedó inaugurado el XXXV Congreso Eucarístico Internacional con un solemnísimo acto en la Catedral. Hablaron el obispo de Barcelona, doctor Modrego, organizador colosal del Congreso; monseñor Vachon, arzobispo de Ottava y presidente del Comité de los Congresos Eucarísticos Internacionales y, por fin, el cardenal legado, quien, entre otras cosas, dijo: «En el mundo se celebran muchos congresos; en el presente año se celebraron ciento noventa congresos internacionales, pero ¿qué es todo esto con el que hoy inauguramos? Nunca más se verá el entusiasmo de hoy por el Papa, quien nos acompaña en su afecto.»
Antes había caldeado los ánimos el pregón por las mágicas palabras de García Sanchiz, y ellas y los distintos actos se transmitieron por ochocientos altavoces y doscientos micrófonos en las lenguas de las cuarenta naciones representadas.
Exposiciones de arte religioso eucarístico; de custodias; la de rosarios; la del libro; la de belenes.
Inauguración de nueva potente emisora.
Los actos del Programa fueron culminantes, y se desarrollaron espléndida y fervorosamente. Incalculables los diversos actos de entidades y personalidades y particulares que han tenido espiritual provecho, como los de amor a Jesús Sacramentado: ¡Recepción del cardenal legado! La exposición del Señor en la Catedral. El día de la Eucaristía y la paz familiar.
ORDENACION DE 820 SACERDOTES
A las nueve de la mañana del sábado 31 de mayo, miles de fieles ocupaban el estadio de Montjuich, bajo un sol de expiación. Veintiún altares se alzaban sobre el césped, que esta vez había de ser escenario del más trascendental campeonato con el torneo definitivo del amor. A las nueve y cinco entraron en el estadio los ochocientos diáconos, acompañados de los veintiún obispos que habían de ordenarles.
En el altar situado frente al estrado ofició el obispo de Barcelona, doctor Modrego, cuyas palabras eran transmitidas por los altavoces. Un locutor iba explicando los detalles de la ceremonia, después de pedir a los fieles «se unieran todos pidiendo al Espíritu Santo por esta multitud sacerdotal».
La ceremonia duró tres horas.
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La representación del auto de Calderón «Pleito matrimonial entre el cuerpo y el alma», y el «Passio», de Esparraguera.
El «Día Universitario», que congregó profesores de todos los centros de Cultura, el día 28.
El de la Eucaristía y la paz individual, con la comunión de doscientos mil hombres en la noche del 29, memorable. La comunión de los niños, en la que la recibieron por primera vez más de diez mil. La hora santa en la Catedral para la Acción Católica. La concentración de los trabajadores en Montjuich. La jornada de la Iglesia del Silencio con la imagen de la Virgen de la Merced, por los cautivos —¡oh, el sitial vacío del cardenal Mindszenty!—. El acto ante el templo de la Sagrada Familia «por la paz del mundo». El día 31, la ordenación de los ochocientos veinte diáconos, por veintiún obispos, y en los veintiún altares instalados en las explanadas de Montjuich, fue culminante. Finalmente, la solemnísima procesión eucarística por las calles de Barcelona, con la incorporación del Caudillo, Generalísimo Franco, que antes había leído la consagración de España a la Eucaristía, y dos millones de almas en encendido amor a Cristo, que allí le aclamaban.
Y colofón admirable, mentido, emocional, el mensaje del Papa, que difundían todos los micrófonos. La palabra del augusto Pontífice Pío XII, que comenzaba recordando el anterior Congreso de Budapest y terminaba bendiciendo «a la ciudad condal, a España y al mundo entero», delirantemente aclamado y bendecirlo y en todas las oraciones de todos los corazones y los labios encomendado al Señor de cielos y tierra. ¡Inenarrable, inenarrable el espectáculo! Dios miraría a nuestra Patria en esos momentos con especial predilección, y derramaba infinitas gracias en todas las almas, en todas las familias y entidades y sacerdotes y particulares, que a millones estaban alabándole, adorándole, uniéndose a él en comunión verdadera y perfecta.
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No, no; el XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona no puede narrarse. Su recuerdo será vitalicio entre los que concurrieron y en los católicos del mundo en su repercusión, por los penosos acontecimientos de guerras frías y de guerras ardientes que vivimos.
Sólo en Cristo está la paz, y, como expresó el arzobispo de Nueva York, cardenal Spellman, «no hay en la hora mundial actual otra elección: o comunión, o comunismo».
¡Alabado sea y adorado el Santísimo Sacramento del Altar!
En el cielo
Cuento por Soleriestruch
La Tierra era apenas una chispa de luz sobre un sendero de estrellas...
Una nube muy blanca le llevaba sin esfuerzo alguno por el infinito azul. Y de pronto se encontró a las mismas puertas de !a Gloria. ¡Quedó maravillado! Unas manos invisibles las abrieron de par en par; fue cosa de segundos. Apareció entonces un ángel:
—¿Quién eres, pequeño?—le preguntó.
Apenas pudo responder con un Millo de voz:
—Me llamo Luis...
Se les acercaba un viejo de venerables barbas, llevando en la mano dos gruesas llaves. El ángel le informó:
—Acaba de llegar ahora mismo.
—¿Gente nueva? —exclamó el viejo—. Bueno, hombre, bueno... Tráeme el libro de su vida, que nos enteremos...
Y el ángel se fue para regresar al punto con lo que el Santo había pedido. Venia contento; había en sus ojos un brillo luminoso y una sonrisa en sus labios. A Luis le nació una leve esperanza.
—Aquí tenéis el libro de su vida, glorioso San Pedro.
—Veamos qué hizo en vida esta buena pieza —dijo el Santo a tiempo que lo cogía. Pero apenas abrirlo y fijarse en él, arrugó las cejas, exclamando: ¡Hum!
—¡Señor San Pedro!—interrumpió el pobre chico asustado.
—Sí, sí... Miedo, como todos; eso es lo que tienes. Me lo sé de memoria... Cuando aparecéis por aquí todo son lamentos. Es lo único que sabéis hacer al veros apurados: en cambio, maldito el caso que hacéis de las advertencias... cuando aun es tiempo.
Seguía San Pedro pasando páginas y más páginas...
—¡Pues sí que traes tú bonita libreta! Y con todo lo que aquí aparece, a lo mejor aún confías entrar en el Cielo...
—¡Dios es misericordioso!—se atrevió el chico a objetar.
—¡Claro que lo es!... ¡Pues sí que ibais vosotros arreglados de no ser así! Pero el Señor tiene innumerables mundos de qué preocuparse para perder el tiempo lastimosamente en los que, como tú, venís de una pella de barro sin importancia alguna.
—Todos somos sus criaturas; él no puede abandonamos.
—Oye, tú —exclamó el Santo amoscado—, ¿sabes que sabes mucho?
—Estudiaba cuarto de bachiller.
—¿Ah, sí? Pues nada; mejor que mejor. Entonces se te pueden decir las cosas claras. Voy a hablarte en plata. Has de saber que el Señor es tan bueno, ¡tan bueno... que se pasa de bueno! Y abusáis, claro... Creó vuestro mundo y todo iba bien. Luego, os creo a vosotros... ¿Y qué? Pues no habéis sabido hacer otra cosa que ofenderle. Y os quiere sin embargo, os quiere... Hasta os envió a su propio Hijo... Pero dejémoslo estar y vente ahora conmigo. Anda, vamos... Quienes han de juzgarte estarán aguardando...
—¿Van a juzgarme?
—Como a todos los que vienen por aquí. No hay quien se escape.
—¿Quiénes forman el tribunal?
—Pues allí están los Profetas, los Santos Padres... Gente severa, severa... Ellos son la voz del Señor.
—¿Podrá uno elegir a quien le defienda y le valga?
—Desde luego. ¿Tienes alguna preferencia?
—Me gustaría tener a mi lado a San Francisco...
—¿El Santo de Asís?
—Sí; el Santo de Asís...
—Bueno, ¡yo no sé quién habrá corrido la voz! Todo el mundo busca a San Francisco en estos trances...
—Le he querido siempre. Él me conoce y querrá defenderme.
—¡No sé qué quieres que te diga! No es Santo que sirva como abogado; es Santo de pocas palabras. Además, San Francisco no juzga nunca: sólo sabe perdonar. Ni se deja ver por la Sala del Juicio como no reclamen su presencia... No le miran bien; casi me atrevería a decir que disgusta su presencia. Todo el mundo se siente molesto cuando aparece con el hábito hecho una lástima. Santa Clara se lo remienda de vez en cuando: la de pacientes zurcidos que lleva hechos la pobre! Es inútil le den hábito nuevo; tres le dio la Virgen y le duraron horas; los entrega al primero con quien se tropieza para vestir sus harapos de nuevo... Pero presta atención: ¿oyes?
Había en el aire una dulce armonía.
—¡Ahí viene la Santísima Virgen!—advirtió San Pedro.
Se fue acercando enmarcada de luz. Dos ángeles sostenían su amplio manto de un azul esplendoroso... Santas y Vírgenes portaban bellísimas guirnaldas. Los pies de la Virgen dejaban unas huellas pobladas de rosas... La Virgen, al pasar, me miró con dulzura; era una mirada de madre que le ahuyentaba todos los temores...
—Tienes suerte, pequeño —dijo San Pedro—. Te ha mirado la Virgen y creo que te salvas... Pero anda, démonos prisa. Vamos, vamos...
Y llegaron a la vasta sala del Juicio. Imponía aquello, de verdad... Altísimas columnas de jaspe rematadas con áureos capiteles sostenían la inmensa bóveda azul poblada de luceros. Había miles y miles de Santos con albas vestiduras inmaculadas; estaban también los eremitas y los anacoretas, de secas facciones y curtida piel, con las barbas llenándoles el pecho... Le miraban todos con tremenda severidad... Impasibles y mudos fueron pasándose el libro que San Pedro les entregara... Se levantó por fin uno de ellos.
—Aparecen sus días llenos de terribles pecados... Tiene corrompido el corazón, manchada el alma... Pido se le condene...
De buena gana habría roto a llorar el pobre Luis...
—Ha sido siempre un desvergonzado...
—Pero ayudaba a sus compañeros—terció San Juan, el Evangelista.
—Claro que ayudaba —replicó el acusador—, pero ¿a qué? A realizar fechorías...
—Curó a un perro maltratado— indicó humildemente San Roque.
—¡Un perro, un perro...! ¿Y qué importancia tiene un perro?—rebatieron todos los demás.
—Un perro es una criatura salida de las mismas manos que nos hizo a todos—insistió San Roque nuevamente.
—A callar todo el mundo —gritó Moisés con las Tablas de la Ley en sus recias manos—. Examinemos punto por punto todos los actos de su vida; no quiero que nunca ni nadie diga que aquí hacemos aquello que mejor nos parece... ¡La Ley es la Ley...! Juzguémosle con arreglo a ella...
Sin habla estaba el pobre chico, aquello atemorizaba al más pintado... Sintió de pronto que un trinar de pájaros le diluía la tremenda angustia... Llegó entonces un gorrión para posarse en su hombro y decirle...
—Ya viene... Nada temas... No te ocurrirá nada... He dicho a San Francisco que me salvaste un día ya lejano... El Santo se acerca; no tengas miedo...
Moisés, mientras tanto, fruncido el ceño, miraba y remiraba el libro de la vida de Luis... Levantó la cabeza al percibir como un lejano tañer de campanas jubilosas. Suspendió un instante su tarea... Luego, torció el gesto viendo que se acercaba San Francisco precedido de una bandada de gorriones que le llenaba las manos, se paraba en sus hombros, en su hábito de Divino Pordiosero.
Y llegó el Santo de Asís... No dijo nada... Puso blandamente la llagada mano sobre la cabeza del muchacho, miró a los terribles jueces con aquellos sus ojos de maravilla, con aquellos ojos que amansaban a las fieras, con aquellos ojos que infundían confianza a las avecillas del cielo... ¡Y Moisés se hundió en el asiento y se le escaparon de las manos las Tablas de la Ley:
—¡Puede más que nosotros! —se dolió con amargura el caudillo del Sinaí—. No hay Ley que valga con este soñador, amigo de los pájaros, que llama sus hermanos a los gusanos y a las estrellas... Para él, importará siempre más el gorjeo agradecido de un pájaro que todas nuestras justas palabras...
Y Luis reclinó blandamente la cabeza en el hombro del Santo...
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Se despertó con los ojos llenos de lágrimas.
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