El hogar se desmorona

por F. M. Morales, terciario franciscano

Hemos leído en la prensa de estos días que la ciudad de Venecia, la fantástica «ciudad de los canales», fundada sobre ciento veinte islotes en la gran laguna de su nombre, está amenazada en sus cimientos por la fuerza corrosiva y el movimiento de las aguas marinas, y se proyecta un presupuesto internacional para salvarla de una futura catástrofe.

La noticia nos ha hecho volver la mirada hacia una catástrofe de mayor importancia, porque es universal y de trascendencia, moral: el derrumbamiento del hogar cristiano, que es el soporte de nuestra civilización.
Dos agentes demoledores están minando la familia para derrumbarla; uno es exterior, en dos formas: el espectáculo de sala, cine y teatro, y el lujo espectacular y público, a toda luz y reclamo, que se llevan de calle a la familia, disgregándola. Pero de este agente «a la vista», ya se ocupan los periódicos y aquellas autoridades a las cuales interesa y duele entrañablemente los desvaríos de la moral pública, que, debiendo ser escuela de honestas costumbres, está amenazada de ser suplantada por otra de costumbres no españolas.

El otro agente demoledor no es espectacular, es interior, que trabaja en la intimidad de la misma familia. Nos referimos a la escasez del servicio doméstico, el auténtico, el tradicional; pues el actual, el moderno, cada día es menos doméstico y menos servicio. De esa falta de servicio antiguo, cuyas bajas no se reponen ya, y del abuso del moderno, están resentidos la mayoría de los hogares, desde el más humilde hasta el de mayor alcurnia.

No vemos, n¡en la prensa diaria n¡en revistas llamadas a ello, algo que tienda a levantar una campaña sistemática y orientadora que pueda alumbrar un remedio a este pavoroso problema, el más urgente y fundamental, porque es, a un mismo tiempo, religioso, social y político.

En la relación entre señores y sirvientes, que es jerárquica, ha de haber una trabazón que, sin quebrantar la jerarquía, acerque a unos y otros en un mismo ambiente de respeto recíproco, correspondencia de atenciones y hasta de justicia y caridad. Sólo así han sido posibles esos magníficos ejemplares, hoy tan raros, de aquellos sirvientes que, a fuerza de ejemplar señorío en los dueños y leal servicio en los domésticos, pasaban éstos de padres a hijos, en muchas familias, como una herencia de noble servidumbre; que también hay nobleza en los humildes y humildad en los señores.

No había entonces intermitencias en la vida de familia, tan sosegada como fecunda; pues no hay fecundidad sin sosiego y paz. La presencia de los señores era permanente, sin rigideces n¡exigencias; los sirvientes se notaban más estimulados y protegidos que vigilados, y el trato era cristianamente casero, familiar y religioso.

Las prácticas piadosas eran comunes; a ciertas horas, se trabajaba en labores de ropa y aun de adorno en ambiente de taller doméstico, y había prácticamente escuela de hogar, hasta de primores, que las criadas aprendían de sus señoritas, animándose estos trabajos con inocentes conversaciones, lecturas amenas y canciones honestas, sin faltar la lectura religiosa, de ordinario el «Año Cristiano»; y el rezo del Santo Rosario «en familia», que lo mismo guiaba un familiar que algún sirviente.

Esta ejemplaridad era corriente en ciudades, pueblos y en el campo; y la garantía de este ambiente estaba en el modelo santísimo de la Familia de Nazaret, de la que todos se consideraban «vecinos o allegados», donde las Tres Personas eran, a la vez, servidos y servidores, a pesar de la jerarquía.

Levantada, de pronto, la consideración de esos ejemplares a los modernos, espanta el abismo que los separa, y pone nostalgia en el corazón de los que hemos vivido aquella sana tradición y nos empeñamos en sostenerla, en una lucha de verdadero naufragio.

S¡la ruina material de una ciudad bien vale la pena de una conmoción internacional, ¿qué no valdrá la ruina moral de la familia en el ámbito de la civilización cristiana que ella sostiene, con tantas ciudades ilustres, cuyos tesoros materiales y espirituales caerían con la misma familia, sin la cual no hay civilización, como se ha visto a todo lo largo de la Historia, desde el Diluvio hasta Hiroshima y Nagasaki, pasando por Sodoma, Pompeya y San Pedro de la Martinica? Todas esas ciudades vinieron a ruina porque desbordaron el vaso de la iniquidad; así como hubo misericordia para Nínive porque reaccionó con penitencia a la voz de Jonás.
Hagamos descanso, hasta el próximo número de esta nuestra Revista, en el Portal de Belén y en la Casita de Nazaret; y pidamos a la Sagrada Familia luz y acierto para encontrar el remedio al derrumbamiento del hogar cristiano.

La Inmaculada Concepción

Luminosa y riente se presenta esta festividad de la Inmaculada Concepción de María, en medio de los suspiros del Adviento y próxima al Nacimiento de Cristo. Este misterio ideal nos hace gustar por adelantado, y gozarnos un día anticipadamente en el encanto del nacimiento de Jesús.

aEs María, pura siempre y limpia de todo pecado aun original, quien con el recuerdo de su privilegio nos hace concebir la idea más completa de Aquel que, para encarnarse y nacer dignamente, quiso prepararse una Madre así, Porque s¡todos los descendientes de Adán, por vía de generación natural, contraemos, al ser concebidos, la culpa, original, sólo María, en atención a su futura dignidad de Madre de Dios, y por los méritos previstos de su propio Hijo, fue redimida con una gracia singular, que la preservó de la culpa de origen.

Por eso se sintió llena de gozo al conocerse vestida de la gracia en el primer momento; por eso, inseparablemente unida a su Hijo Divino, fue en ¡a mente de Dios Creador el ejemplar y fin secundario que inspiró y a quién ordenó las maravillas de la creación; por eso es la gloria del cielo, la alegría de la Iglesia, la honra de la humanidad; por eso es la escogida y bendita entre las mujeres, la llena de gracia, la inseparable de Dios: y por eso la rogamos que, como preservada del pecado original, nos libre a nosotros de toda culpa y sane las heridas que nos infligió el primer pecado.

Y como Ella quebrantó la cabeza del dragón infernal, que es el que continuamente tiene al hombre uncido al carro de la guerra, apartándolo de la verdadera paz, que es la del espíritu, por eso es que también debemos pedirle siempre, y mucho más ahora en que la paz brilla por su ausencia, que nos consiga de su divino Hijo aquella paz que los ángeles prometían en la noche de su nacimiento y que María oyó cantar en la gruta de Belén: «Paz a los hombres de buena voluntad.»

Por medio de María Inmaculada, que siendo Virgen y Madre, nos dio al Rey de la Paz, conseguiremos, s¡a ella acudimos la paz tan deseada para el mundo entero.

Mons. Eduardo Martínez

[entre 1951-1970 fue obispo de San Sebastián]

Belén

¿Será verdad que la luz del Paraíso, la luz de gracia y de amor, que, huyendo de las sombras del pecado, cuando el hombre prevaricó, comprimiéndose toda ella en un fúlgido lucero, se remontó a los espacios y quedó flotando en ellos hasta que el dedo de Dios la empujó hacia un secreto lugar de la tierra? El Paraíso se entenebreció, y una refulgente luz se mostró allí en las alturas; era la luz de Dios que juzgó a nuestros padres y les dio la sentencia de morir por su pecado y de andar peregrinos por la tierra, esperando al Redentor, que nacería en el mundo de una pura e inmaculada Virgen, hija de la luz de gracia, esa luz que flotaba en los espacios y que para Ella la reservó el Señor. «Pondré enemistades entre t¡y la mujer —dijo Dios a la serpiente—; pero ella aplastará tu cabeza.» La serpiente quedó arrastrada por tierra; nuestros padres, en pena de su pecado, fueron arrojados del Paraíso.

Y Dios, dando una última mirada a aquel delicioso Edén, emitió un soplo de su divino poder y el Paraíso quedó borrado de la tierra. Levantó su mirada y, al ver flotando en el espacio aquel globo de la luz de gracia y de amor, le dio un suave empuje de su misericordia y lo hizo bajar a la tierra. En el suelo donde cayó fue inundándose poco a poco, como un riego de fecundo rocío, y como era rocío de luz y de gracia, la tierra se empapó de fecundidad divina, santificando aquel lugar, quedando allí como depósito de aquella gracia del Paraíso, para surgir poderosa cuando quiera Dios dar cumplimiento a su promesa del Redentor. En el cielo sonó una voz: «Efrata» («Tierra fértil, fructuosa»), «Bethlehem» («Casa de pan»). Y allí quedaron grabadas, como en una lápida invisible, aquellas palabras que más tarde había de descifrar el profeta Miqueas para, advertírselo al mundo: «Y tú, Belén, Efrata, no eres ciertamente la menor entre las numerosas ciudades de Judea, porque de t¡saldrá el que ha de ser dominador de Israel, cuyos orígenes son antiguos desde los días de la eternidad.» (Miq 5,2).

Esto es terminante y revelador de la preferencia y destino que desde la eternidad tuvo Dios de aquel recinto de gracia, en cuyo seno reservó Dios el manantial de la vida, que había de darnos el Pan divino, sustento del alma, y la felicidad de la gracia para dar vida al espíritu; todo lo cual nos lo había de traer Jesús al nacer en Belén.

Belén, Efrata, nombre de alto simbolismo: Belén, casa de pan; Efrata, tierra fértil y fructuosa. Y sabido es el trascendental significado que había de tomar el pan en el Nuevo Testamento desde el milagro de los panes y los peces hasta la Sagrada Eucaristía, tan fértil, tan fructuosa, que no sólo es el principio y origen de toda gracia y merced, sino que contiene al propio autor y dispensador de estos dones.

a¿No hay razón para creer que la gracia del Paraíso la dejó Dios depositada en Belén cuando, huyendo de las tinieblas del pecado, quedó flotando en el firmamento, esperando el soplo, de Dios para que sin perder su eficacia quedara reservada en un lugar de la tierra, concentrándose luego en él aquellas súplicas fervorosas del pueblo de Dios, cuando con suma ansiedad cantaba el pueblo al son de tímpanos y salterios, y repetían con dulce voz los coros de sus doncellas: Rorate coel¡desuper et nubes pluant Justum; aperiatur terra et germinet Salvatorem. «Rasgaos los altos cielos y lluevan las nubes al Justo; ábrase la tierra y germine al Salvador.» Los cielos llovieron al Justo y quedó encarnado en el seno inmaculado y puro de la más pura doncella de Israel. Y se abrió la tierra de Efrata, fecundada con la gracia del Edén, y el espíritu de Dios nos dio el Pan sabroso, Hijo del cielo, que brotó de la tierra de Belén. Por eso Belén es como la querencia de Dios desde toda la eternidad y el blanco de sus ternezas, como punto cardinal de sus eternos designios sobre los hombres, en el que ha hecho Dios resaltar acontecimientos de gran trascendencia en los anales del mundo. En el Antiguo Testamento aparece más de cien veces su nombre como centro de hechos memorables que envuelven los designios de Dios sobre la redención de la Humanidad.

En Belén nos muestra el Libro Santo la tierna historia de la piadosa Ruth, que vivió y vino a espigar en los campos de Booz, ascendiente de Cristo. Booz la tomó por esposa, y de su matrimonio nació Obed, que fue padre de Isaí, y de éste nació David; y sabido es que David, como los antiguos patriarcas, apacentaba los rebaños de su padre por los campos fértiles de Efrata, Belén, y de allí fue escogido y ungido como rey para regir los destinos de Israel, de cuya dinastía procede Cristo con sus derechos reales al trono de Judá, pues es considerado como hijo de David, de quien desciende, viniéndole esta gloria de los campos de Belén, donde David fue ungido como rey.

En otro tiempo lejano fija sus ojos el profeta, jeremías en los campos fértiles de Rama, tierra da Belén, y se siente sorprendido por los ecos lúgubres de una triste voz, y ve el campo de Belén teñido en sangre inocente y clama, también dolorido: Vox in Rama audita est. Una vez se oyen en Rama (Belén) lamentaciones y gemidos grandes. Raquel llora a sus hijos, y rehúsa ser consolada porque ya no existen. Y los aplica San Mateo a la emocionante historia de los Santos Inocentes, primicias de la redención que ofrece Cristo en Belén, apenas nacido, al Padre Eterno, como víctimas inocentes de la humanidad para atraer su misericordia a la tierra. ¿Y por qué llora Raquel en ese campo de gracia? Porque ella, madre del pueblo de Dios, tuvo la gloria de ser enterrada en Belén, donde había de dar comienzo el nuevo reino de la gracia por los hijos espirituales de Raquel. Por eso Dios, que desde la eternidad tiene puestos los ojos en Belén, había dispuesto que Raquel hallara su sepulcro en los campos de Efrata, campos de gracia, como lo cuenta Jacob a su hijo José cuando le dice que, volviendo de Padán-Arán (Mesopotamia), había muerto Raquel en el camino de la tierra de Canaán, cerca de Efrata, y allí la había sepultado, en Efrata, tierra de Belén, mansión de paz.

La gloria mayor, la gloria de Belén, la deja ver Dios ya más definida al profeta Miqueas, setecientos años antes de la venida de Cristo, cuando predice su magnificencia anunciando que de ella saldrá el Jefe dominador de Israel; y la realidad de ese anuncio culmina la grandeza de Belén con el nacimiento del Hijo de Dios, como lo canta el Martirologio Romano: In Bethlehem Judae. Jesucristo, eterno Dios e Hijo del Eterno Padre, queriendo con su piadosa venida consagrar y salvar al mundo, concebido por el Espíritu Santo y pasados nueve meses después de su concepción, nace de María Virgen, hecho hombre.

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EN BELEN, NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO HECHO HOMBRE

Ninguna ciudad del mundo puede cantar esa gloria. La predilección de Dios sobre Belén ha culminado con este sublime acontecimiento: Belén es la cuna del Hijo de Dios hecho hombre. En Belén se ha cumplido la promesa que Dios hizo al hombre en el Paraíso de dar al mundo un Redentor.

La luz y la gracia del Edén, acumulada toda ella en los campos de Efrata por la predilección de Dios, ha dado su fruto; se abrió su tierra, engendrando al Salvador, Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, como tierno niño nace en Belén. Por esto Belén, para todo corazón cristiano, está lleno de dulzura y de ternezas, y sólo su nombre conmueve los más dulces sentimientos del alma. Allí, en Belén, empieza la vida maravillosa de Jesús; y entre todas las etapas de su santa vida, su estancia en Belén es la más dulce y tierna, la más íntima y más suave, la que está llena, de encantos; y todo ese cortejo de emociones y recuerdos es lo que nos trae a la mente y al corazón ese nombre dulce y mágico: Belén. Toda la vida del Divino Maestro puede reducirse a estos nombres: Belén, Nazaret, el Lago, Jerusalén.

Después de Belén está Nazaret. Nazaret significa misterio; el Lago significa el trabajo; Jerusalén significa el combate; y todo esto junto es la vida, es el día con sus actividades y sus ardores.

Belén es la mañana, es la frescura de las auroras, es la primera sonrisa del cielo, es el soplo puro y ligero que lleva al alma no sé a qué ambiente o cielo azul, la llena no sé de qué perfumes, como aquellos que surgen en nuestros ensueños cuando soñamos con aquel Paraíso feliz que perdieron nuestros padres.

¡Belén! Hay siempre un aire de fiesta en este nombre. Él evoca una multitud de rumores lejanos, como de cantos angélicos, de suaves roces de alas. Cuando nuestro corazón lo evoca y la lengua lo pronuncia, al momento la imaginación suspende en él todos los carrillones o repiqueteos de la fiesta de Noel y todas las impresiones gozosas de la infancia. Al mismo tiempo, la razón y la piedad descubren en él las suaves y dulces enseñanzas que para la vida nos ha dejado impresas el Divino Niño en aquella dichosa cueva de Efrata, tierra fértil y fructuosa, y en el sublime establo de Belén, casa de pan.

Gloria a Dios, que nos ha reservado su divina gracia y la luz del Paraíso en Belén, y paz a los hombres, la que nos trae el Divino Niño para las almas de buena voluntad que creen en él.

Fr. Manuel Balaguer, ofm