Reportajes de Irlanda

Su catolicismo

Muchas cosas simpáticas tiene Irlanda para el forastero. Algunas de auténtico valor y otras que, por ser exóticas, se introducen fácilmente en la atención. Una de esas cosas de auténtico valor es su catolicidad. Es tanto de admirar su catolicidad, cuanto que en el siglo pasado aun había muchos irlandeses militando en el protestantismo. Hoy es tan ineficaz la minoría de los protestantes, que sólo se vuelve hacia ellos los ojos para ponderar la labor realizada por el catolicismo en la masa del pueblo.

No obstante todo ello, el protestantismo aun no ha traspuesto las lindes del país irlandés y todavía, aunque enfermizamente, quedan vestigios de lo que fue palenque de la Iglesia cristiana, como ellos llaman a la protestante. Muy posiblemente sea este el aspecto que revele el carácter peculiar del catolicismo irlandés. Con ello no quiero acusar n¡denigrar su conducta, sino sólo señalar, a manera de información, el módulo que dirige la actividad católica.

La santa misa se lleva toda la importancia y así corresponde. Desde las siete de la mañana, que principia la primera misa, hasta las once, aun en días ordinarios, la inmensa mayoría de fieles llenan las naves de sus iglesias. De esos asistentes ordinarios comulgan diariamente más del 50 por 100, de modo que s¡recibieran a un mismo tiempo resultaría una espléndida comunión general. Aparte de las confesiones entre semana, el sábado se le dedica al sacramento de la Penitencia y durante todo el día va y vuelve una interminable hilera de penitentes, de los que no se puede decir que sean los jóvenes los que predominan, o, por el contrario, que sean los viejos, como ocurre frecuentemente en nuestra región. Lo hará el carácter lento y calmo, o la necesidad de asirse fuertemente a lo católico para que no haya ningún resquicio abierto al cercano protestantismo; lo cierto es que para el 80 por 100 de los irlandeses, la religión tiene un imperativo absoluto, y s¡hay que trabajar para con el producto adquirir el sustento y s¡hay que darle solaz al cuerpo como beleño al cansancio, también y en su medida hay que nutrir de religión, de piedad, el substrato sobrenatural del hombre. Parece ser que con esto ya puedo llegar a afirmar, sin miedo a ser incomprendido, que la religión tiene trazas de ser más positiva y ser mayor el convencimiento en ellos que en nosotros.

Da gozo ver el ámbito de las iglesias lleno en los domingos por la tarde, con esa «postura convencida», como quien está a gusto, observando lo de santificar las fiestas, luego o antes se irá a los cines y se tendrá la visita de los amigos, pero cuando suenen doblando las campanas, se suspenderá todo para cobijarse en el techo común de la iglesia. La impresión que se recibe es que no hay otra cosa de más urgencia, en ninguno de los aspectos sociales, que se pueda contraponer y desplazar los cultos divinos. Y ¡cuántos son los que repiten en el transcurso del día su visita, al Señor, cuando van a sus negocios o vuelven de su trabajo! El más adinerado aparca con su coche en la calzada inmediata, el obrero apoya en el reborde de la acera su bicicleta como lo hace la oficinista y el muchacho que casualmente pasa: todos se detienen para contarle algo al Señor y recibir su consuelo divino.

Sólo siguen indiferentes los extranjeros. ¿Se podrá conjeturar de esto que es simple rúbrica o un formalismo más que sólo le da colorante a flor de piel? Yo me inclino por lo contrario. Esos minutos hurtados al negocio y a la ocupación no pueden tener por causa externas miras, sino una arraigada convicción de que esos minutos se les aprovecha digna y fructíferamente. S¡así no fuera, no serían tantas las personas que quemasen en los bancos de la iglesia el incienso de unos minutos. ¿Más pruebas de que hay un auténtico catolicismo en Irlanda? Esenciales y convincentes como las anteriores, no las hay. Pero queda aun otro muy significativo. La devoción a la Virgen con el rezo diario del Santo Rosario. S¡practicásemos un sabotaje en la gente que transita desprevenida por las calles, hubiéramos de comprobar que en alguno de sus bolsillos lleva el rosario, que rezará en un momento de reposo.

Con todo y siendo uno el catolicismo hay algunas modalidades temperamentales que distinguen el catolicismo practicado allí y el que nosotros practicamos.

Las iglesias no son, por lo general, n¡muy holgadas n¡muy aderezadas. En ese punto he sentido un verdadero desencanto. Esto de la desnudez de las iglesias, pues que sólo hay una mesa de altar, en la que se yerguen unos estilizados candeleros y la efigie de un gran Cristo, es todo el retablo, se repite cas¡por igual en todas las iglesias. Mas eso no sólo es en Irlanda, sino en todos los países, en los que se construye el objeto religioso bajo los cánones modernistas de retorno a una más auténtica liturgia.

Así como es sencillo el objeto litúrgico, así lo es también el canto, que aun entre lo gregoriano, se escoge lo unilineal, lo raso. Hay pocos momentos que lo de la Iglesia hable a los sentidos; el arte religioso desbordante de España está allí diluido; lo que aquí habla de paciencia, habla allí de velocidad.

En la calle, el culto tiene unas mismas manifestaciones de reserva; la religión se presenta como un pequeño, como algo incipiente que carece de autonomía. Mí compañero —el padre Carlos Sáez—, cuando veía desfilar por las calles de Galway el coche conduciendo el féretro y detrás muchas bicicletas con otros coches de los familiares y deudos, me decía, contrayendo censurante el rostro: «No sé, pero... aquí la religión no es oficial.» Efectivamente, parecía un simulacro de los entierros en nuestra tierra, donde van los clérigos con la solemne capa pluvial y abriendo paso la marcha fúnebre la cruz. Tampoco hay estos actos magníficos de nuestras procesiones patronales, donde las calles y plazas son unas prolongaciones más de la Iglesia y hacen mejor papel al dejar en libertad los sollozos y el manantial cálido del corazón. Otra huida de esta realidad de la Iglesia en la calle es que, exceptuando los franciscanos, todos los demás sacerdotes están obligados a andar sin su hábito talar. Es un disfraz que vale para católicos y protestantes.

¡Cuántas veces me abstuve de saludar a algún sacerdote por no constarme que era católico! Los mismos hermanos no nos conocíamos.

No obstante, es el catolicismo una fuerza en progresión y una luz cenital por la que el pueblo irlandés nos aprecia y del que se debe esperar mucho.

Fr. David Cervera, ofm

El Beato Escoto, autor místico

Aun dicen que Escoto no es autor «devoto», decía el escotista independiente del XV, Pedro Tartareto, y contra los detractores del Maestro. En consecuencia, anotaba textos y explicaba pasajes de la obra escotista para demostrar que el Sutil era también el Seráfico, s¡San Buenaventura no ocupara tan dignamente este sitio (1). Esta polémica antigua se ha renovado modernamente entre el detractor de Escoto, M. Landry, y el benemérito P. Longpré (2). También el gran escotista contemporáneo colecciona textos y explicaciones para un estudio sobre el pensar místico de nuestro autor querido.

A guisa de insignificante cooperación, vayan algunas observaciones sobre lo ya explorado, aunque no del todo reducido a conquista. El venerable autor de La Mística Sobrenatural Infusa, Fray Andrés de Guadalupe, interpreta muy bien los textos escotistas, y dos de ellos los utiliza como base científica incomparable, para levantar su teoría de cómo pueda realizarse en esta vida la comunicación mística sobrenatural infusa (3).
Y no sólo la infusa, sino la adquirida y la ascética ganan claridad y trascendencia bajo la pluma sutil del Doctor seráfico-sutil y mariano. El ha creado la ética de la Lógica (4). Él, con ocasión del pecado de los ángeles, ha depurado de tal manera la Psicología humana que no hay más que decir en la purificación de la filautia inmoderada, dispuesta así para un filoteismo puro y desinteresado de todo amor sensible y mundano (5).

En esta Psicología cristiana, depuración de la aristotélica neopagana, se inspiran nuestros místicos del amor de Dios. Fray Juan de los Ángeles tiene méritos y votos de psicólogo por eso, porque se inspiró en Escoto y en los escotistas fray Alonso de Madrid y fray Diego de Estella, y todo al servicio de la Mística.
Las cien razones o Meditaciones del Amor de Dios, de procedencia claramente escotista, pasaron a San Francisco de Sales, Doctor Universal de la Iglesia, y con él ha sido canonizada la Mística escotista.

Cerremos estas breves indicaciones de lo místico en el Beato Escoto con las palabras autorizadas del Obispo Samaniego: «Con ser este admirable Doctor, sin controversia, de los mayores ingenios que ha conocido el mundo, y entre los escolásticos, por antonomasia, el Sutil, hizo mayor estima de lo enamorado que de lo entendido. En todas las controversias —de preeminencia entre la voluntad y el entendimiento— está por la voluntad.» Ahora bien, en la voluntad radica la innata justicia, cuyo complemento y perfección es la caridad, que es el más perfecto poseer a Dios en este mundo y en el otro (6).

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Cfr. Samaniego, Vida del Sutil Doctor Escoto, 1. II, c. III.

(3) La Philosophie du B. Duns Scot, París, 1924.

(3) Cfr. m¡art. La Asunción da la Virgen, según el P. Andrés de Guadalupe, «La Voz de San Antonio», año LVI, número 1.350, p. 171 y sgs. (1951.)

(4) Cfr. m¡art. en El Eco Franciscano sobre la Lógica del P. Isoya (sig. 17).

(5) Cfr. mis Apuntes impresos, Las dos Banderas, Onteniente (1944).

(6) Samaniego, o. c, I, II., c. III.. p. 71, citando a Escoto en Sent. IV, d. 49, q. lat. y q. 4.

Cuento navideño

Pascualiyo es el crío más resalao del barrio de la Pesquería, en Cádiz. Frisa en los cinco años. Rechoncho, no precisamente de lo que se alimenta en casa, sí de cuanto le procura su ingenio, notablemente despierto por la necesidad. Siempre ligero, no lleva a cuestas más que un triste pantalón, verdadero mosaico por la diversidad de piezas que lo componen, que en sus buenos tiempos debió tener algún tinte; lo sujeta un caprichoso tirante de goma, cuero y paño. Del color del rostro, preguntemos a su madre cuál fue; hoy —es ya ley— lo conserva de azabache castizo, con dos ojos minúsculos y graciosos, que luciérnagas parecen.

Su cara jamás quiso relaciones con el agua, tan sólo en el Bautismo y cuando algún golpe hace saltar de sus azules ojos unas perlas blancas que dan en llamar lágrimas. Su habitación, como los pájaros, muy alta. Buhardilla de sexto piso, cuya distancia todas las mañanitas salva el chico, más arrojado que un obús. Allí entrega el cuerpo al cuidado de Morfeo, para que rice los inocentes bucles de su primorosa cabellera; sube por lo común una vez al día, a no ser que el señó Juan o la señá Gervazia hayan sentido deslizarse en sus callosas manos moneda contra costumbre. Que entonces es su casa el «finis terrae» de la opulencia.
Vedle ahora —lo más frecuente— jugando, luego en el muelle y, más de una vez, suspenso ante un puesto en la plaza o mercado, cuando no besando, ensimismado, el cristal de un escaparate de pastelería.

—¿ Qué haces, Pascualín?

—Ya ve ozté. A ver s¡la señá zo bruja eza, echa argo de comer, pue m¡eztómago anda más regüelto que una lagartija. Y como no yuevan dinero...

Muchas personas, al par que una caricia, le dan algunas perras, con que el niño puede calmar los ardores de su apetito.

* * *

Pero en su quinto año de llamarse Pascualín se han aproximado las Navidades.

Diciembre. Atardecer del 24. El cielo, queriendo velar el misterio inmaculado, cubre a Cádiz de blanco cendal. Las estrellas acuden puntuales a la cita, bailando danzas festivas y complicadas. Nuestro peque ha abandonado el juego y puesto a pensar. Porque ha oído hablar de un niño, pobre, como él, que hoy viene a hacernos ricos y cómo varios amigos van a comprarlo. El corre tras todos. Y llegado a la tienda:

—Maestro —dice—: ¿qué niño e eze que viene hoy y lo vende ozté?

—El Niño Jesús, que llega esta noche por hacemos ricos.

—¿Y quién e eze?

—Dios que todo lo ha hecho y de él es el mundo entero. Este que ves aquí—, dice señalando una rústica cuna con un precioso bebé.

—Vamos, hombre. No venga ozté con juerguesiyas. Guapiyo e, pero más pobre que yo; n¡ziquiera tié calzone.

—No importa, pequeño. Esta noche a las 12 viene. Pídele cuanto quieras que te dará.

—iPero... y ¿a dónde lo pueo ver, maestro ?

—En la Catedral estos días todos. En un pesebre.

—¿Na má? Grasia, maestro. Adió.

Despedíase ya la aurora dejando caer su último beso sobre la frente del chiquillo, cuando éste se levantó. Como día extraordinario, pidió a su madre le arreglara más decentillo. Se vistió una camisica blanca, unos pantaloncicos —por ser de gala sólo tenían dos cuadrantes— y unos zapaticos muy monos (traje este que guardaba para la procesión de Semana Santa). Hasta se lavó el niño. Bueno, ¡s¡se lavó! Metió la linda cabeza en el cubo de agua que su madre empleaba para el fregado de la escalera. Listo, aprisa, fue a la iglesia Catedral. Luego de encontrado, se plantó ante el pesebre, que le causó infinito gozo, traducido en alta voz: «Y no zon tan pobre, que tien un buey y un burro. "S ezo zerán zu pare. ¡Ay! ¡M¡Juan y Gervazia! Y eze er Niño Jezú. Etá mu guapo y ze me ríe. Pue le voy a pedir ahora.»

Y cogiéndolo entre sus manos, entre mil besos, le dijo otras tantas sencillas ternezas: «Y miá que tamo pobre y daño de comer, a mí, a m¡pare y m¡mare. Y de veztir. Y caza mejor. Y a mí mucha coza. Yo vendré toico lo día. Y z¡no me da lo que te pío...»

No pudo decir más. Un tremendo pellizco le sacó de su abstracción; era el viejo sacristán que le insultaba:

—¡Deja eso, gitano, y fuera de aquí!»

—Calle ozté, mal ángel, zo ladrón, con eza barba que paese la ezcoba de un barrendero... Ozté ha robao la ropa ar Niño Jezú. Yo diré ar guardia.

Y dirigiendo una mirada al pesebre y guiñando al Niño, salió.

* * *

Oyera Dios la súplica, y por circunstancias que no son del caso, creció su casa en suerte y fortuna.

Vedle ahora a Pascualín, mejor trajeado, con un libro bajo el brazo, marchar a la escuela.

—Adiós, Pascualín.

—Anzí premita Dió, como me envió de comer, reviente er esaborío que no me dise PASCUALIYO DER NIÑO JEZU.

Fernan

IN MEMORIAM

P. Luis Ángel Roig, ofm

P. Luis Ángel RoigHoy, las páginas de LA ACCION ANTONIANA aparecen orladas de luto. Debemos dar la triste noticia de la muerte de este valioso, constante y uno de los primeros colaboradores de esta revista antoniana. Desde que apareció el primer número hasta el día de su muerte, 23 de octubre, el idilio de su corazón, además de su amor encendido hacia la Virgen de Fátima, fue la revista, en cuyas páginas volcó los afectos de su numen inspirado y las ternuras de su corazón encendido. Precisamente, entre los originales que se recibieron para el presente número, unos días antes de fallecer, se hallaba una poesía suya, llena de ardores seráficos. Y es que nació a la Orden Seráfica entre fulgores de poesía y amores marianos y antonianos.

Entró jovencito en el Colegio Seráfico de Benisa, y desde su pueblo natal, Fuente Encarroz, se dirigió a ese nido del franciscanismo valenciano para dar muestras desde esa tierna edad de las excelsas condiciones que tenía para captar la belleza y encerrarla en maravillosas composiciones poéticas. Entró en el Noviciado de Santo Espíritu el 14 de noviembre de 1889. Y apenas profesa, el 29 de diciembre de 1900, además de estudiar la carrera eclesiástica, en la que logra excelentes calificaciones, se dedica a la literatura, en la que tenía que sobresalir, por su delicadeza suma, y por el sentimiento fino que supo imprimir en todos sus trabajos poéticos. Antes de ser ordenado de sacerdote, que fue el 6 de octubre de 1907, le vemos actuar en una solemne velada literario musical que, con motivo del quinquagéslmo aniversario del dogma de la Concepción de María, se celebró en todos los conventos de la Provincia.

Su poema, cincelado con arte y con suma belleza, a pesar de ser el padre todavía joven, mereció valioso premio al cabo de los años en las Bodas de Oro del Colegio de Onteniente. No fue inconveniente para que escribiera sin cesar, haber ejercido el ministerio docente en los Colegios de Onteniente, Benisa, Teruel y Carcagente.

N¡ que su estancia en San Remo, en donde se perfeccionó en el francés, de cuya asignatura fue largos años excelente profesor, pues hablaba perfectamente dicho idioma, para que sus trabajos poéticos fueran engrosando el tomo que, con el título «La Flor de m¡ vida», deja manuscrito.

N¡ mucho menos, los continuos cargos que ostentó, siendo Guardián de Azul (Argentina); de Benisa, dos veces; de Carcagente, dos veces; y bastantes Vicario de Teruel, Benisa y Pego, en cuyo convento le sobrevino la muerte cuando menos lo esperábamos, y mientras todavía, lleno de ilusiones por propagar más y más la devoción a la Virgen de Fátima, esperábamos que daría fin a los innumerables trabajos líricos y dramáticos que tenía escritos y que pretendía ponerlos en las debidas condiciones-para que vieran la luz pública.

Estamos seguros de que la Virgen de Fátima, a quien tanto propagó en vida, le habrá dado la gloria y la bella poesía del cielo, pues fue siempre ejemplar religioso, asiduo constante al coro y metódico en gran manera en toda su actuación de 52 años de religioso fervoroso y trabajador. A pesar de ello, confiamos que los lectores de LA ACCION ANTONIANA le tendrán presente en sus oraciones, ya que supo el padre Luís amar con frenesí la revista y la supo, además, embellecer con sus inspiradas composiciones.

A su hermano, padre Conrado, Guardián de Pego y Lector General de Sagrada Teología, y a sus familiares, nuestro sentido pésame.