Reportajes de Irlanda

El medio ambiente

Una de las primeras impresiones que archiva el que pasa por Irlanda, es la constante en gris de su clima. De todo cuanto emerge en la esfera de las novedades, es el clima lo que más deprime al visitante mediterráneo. Los de aquellas latitudes viven a la sombra, sin contraste n¡forma en las cosas. Nosotros, a quienes nos templa el potente natural soplele y que por él vemos los ángulos y aristas en los objetos, sin rebordes n¡biselamientos, nos defrauda esa perspectiva sin planos, adulterada por la superposición de cosas inconcretas, como s¡por la superficie de la cosas se hubieran extendido láminas de plexiglás, que ensucia en su transparencia. Los montes aparecen más lejos de lo que están y la arboleda y el poblado huyen del espectador entre hilachas flotantes de húmeda neblina.

Y en esta misma digresión queda el color. La gama más completa y viva al mismo tiempo es la del verde. Todo parece que contribuya a incubar las tonalidades del verde. Los plataneros y acacias, apostados a uno y otro lado de la carretera. Los entecos juncales orlando el río y el henchido césped asaltando las extensiones y les rincones. Pero, ¿y el encarnado, el amarillo, el morado? ¿Es que no hay claveles, nardos, dalias y, por consiguiente, ningún ramo —natural pebetero— que arome las estancias? A m¡parecer, bastaría la ausencia de estas flores y el no percibir sus colores para imponer la emigración forzosa. Sí; hay flores, pero acariciadas en los invernaderos; no en esta libertad vivificadora que lo están en nuestros balcones o en la magnificencia del campo abierto, sorprendidas por el roció.

Y puesto que ahora hablo de flores, sé positivamente que no tienen claveles. Lo supe porque se lo tuve que explicar a quien me preguntaba el vocabulario y luego tuve ocasión de averiguarlo en otras ocasiones. Como a mí se me antoja singular el clavel, les dije que era un destrozado corazón, requemado por su insaciable pasión al sol. Pero, sin embargo, es un pueblo goloso por las flores.

En la inmensa mayoría de las caras se asoman los ramos desde el soporte interior de la ventanas hacia afuera, punto de intersección de las miradas de los que pasan y de los que quedan dentro. Y uno de los artículos traídos diariamente del mercado son unos cuantos gladiolos, algún pensamiento para tocar la sien de un alto pedestal o el centro de un velador. Sin duda que para ellos ha de ser un placer concentrado el ver las flores en su casa, por eso mismo que no las pueden tener con la variedad pimpante de nuestros jardines.

En ese ambiente descolorado no hay verdaderos contrastes, de luz restallante, de luz mitigada, con los que se puedan crear frescas acuarelas. ¡Cuántas cosas se las ha de buscar en el medio ambiente s¡se las quiere comprender!

Una sonrisa es como el parpadeo gozoso del alma, y así como éste nos descubre que hay vida en el hoja, ésa nos revela que hay vida nueva en el alma.

Pues, allí, una sonrisa se queda en guiño, no porque haya cambiado el valor de la sonrisa, sino porque el cuadro donde ella se expone es tan amorfo, tan sin color, que desplaza la posición de los labios y desdibuja la sonrisa. En Irlanda se ha de pagar a buen precio una sonrisa, porque el medio ambiente es desfavorable al agradable conjunto externo, bajo cuyo influjo se insinúa el alma en los labios.

Sin embargo, ese medio ambiente encierra su belleza, su gracia, su lado estimable. Hay momentos que nos fastidia el color vertido en crudo sobre la faz de las cosas. Llega a cansarnos tanta luz, que se entromete en ocasiones en lo más secreto de las dependencias. Entonces, ¡qué dulce es la sombra y con cuánta satisfacción se presiente el roce de las ideas cuando el exterior se vela!

Este medio ambiente es propicio para la intimidad; ninguna cosa vocifera afuera con la implacable ansia de delatar. Todo tiene un miramiento de respeto a su vecino. El viento que rebota en los aleros va sin prisa. El, como sabe que llegará al final, tampoco salta n¡retoza mucho. Las gaviotas, que revuelan todo el día, se balancean suavemente como s¡en cada momento se fueran a dejar caer. La vacada que repela las pocas hierbecillas que se escaparon el día anterior, se sientan sobre sus traseras, en cualquier parte, porque allí el sol n¡nadie le molesta. Las gentes hacen la vida en casa, charlando por arriba de la radio, que es un hilito de voz, y contemplando la lluvia, que en ese ambiente místico, tranquilo, recata sus estridencias y es un simple arrastrarse por los cristales y las puertas.

Ambiente íntimo porque las cosas afuera no distraen n¡preocupan.

Ambiente religioso, las voces de las campanas se oyen claras y distintas.

Ambiente de melancolía y dulzura hueca, porque el piano parece friccionar con aceite el corazón.

Fr. David Cervera, ofm
Carcagente, 1-12-1952.

Leyendas navideñas

Las flores de almendro en la huida a Egipto

Tiene José un huertecillo
allí junto a su taller,
y con tierno amor lo riega
al punto de amanecer.

En el huerto hay un almendro
siempre cubierto de flor,
porque Jesús lo bendice
con las gracias de su amor.

Flores de suave blancura,
cual florecieron un día
los almendros del desierto
por los ruegos de María.

Y salvaron a Jesús,
como la histeria lo cuenta,

de aquella muerte que Herodes
darle con furor intenta.

Por eso plantó José
aquel almendro florido
en su huertecillo ameno,
por mostrarse agradecido.

Y son las flores de almendro,
blancas, de suave pureza,
las primeras que florecen
cuando a amanecer empieza;

y es la ofrenda de ternura
de todas las bellas flores
que sube de la natura
hasta el Dios de los amores.


Y era una viejecita la que encontramos un día, al punto de amanecer, con un ramo de flores blancas, flores puras y olorosas, aun saturadas de rocío, que la viejecita venía de recoger de los almendros floridos que crecerían frondosos junto al reguero de la fuente. ¿De dónde viene la madre, tan madrugadora, a estas horas? Y nos responde amorosa:

—¿No lo sabes? De hacer flores de almendro para el Santo Tabernáculo, donde está Jesús oculto y encendido noche y día, huyendo de los hombres malos, que le persiguen a muerte, como Herodes el malvado.

—¿Y es preciso que sean flores de los almendros floridos?

—Ya lo creo. ¿Qué no sabes que los almendros le cubrieron con sus flores para ocultarle de los fieros herodianos?

—¿Y cómo lo sabe usted?

—Porque a mí me lo contaron mis padres, ya siendo viejos; y a ellos otros padres, y otros a otros y a otros lo contaron, hasta llegar a ellos mismos, Jesús, María y José. Me extraña no lo supierais vosotros.

—Es que, rodando, rodando, aun no nos ha llegado el turno.

—Pues yo os lo contaré.

—Sí; siéntate, madre buena, en ese banco de piedra, que aunque está de madrugada, ya gozamos buen ambiente y no hay peligro que se pueda resfriar...

Y la buena viejecita se sentó, y nos sentamos también para escuchar su leyenda, ya de tantas bocas relatada, que, por fin, también a nosotros nos llegó. Y comenzó la mujer...

a

Era una noche fría en las tierras de Israel, y por senderos ocultos y traviesas poco andariegas, caminaban silenciosos Jesús, María y José. Herodes les perseguía; quería matar al Niño, porque era hijo de reyes, y temía y recelaba que s¡aquel Niño era Rey, podría hacerse poderoso y venir a destronarle de aquel reino que no le pertenecía. Y para que no se escapara, dio orden de matar a todos los niños de Belén, de dos años para abajo. Avisado José por el Ángel, huyó al destierro de Egipto, llevando consigo a María y a Jesús.

—Eso, madre, ya lo sabíamos también nosotros.

—Pero, cállate —dice la vieja—, que ahora viene lo que hace al caso. Andando ya muy cercanos a los caminos de Efrata, se oyeron lastimeros unos llantos y lamentos que sonaban, al parecer, por los campos de Rama, donde está el sepulcro de Raquel, como lo anunció el Profeta. Era Raquel, que lloraba la muerde de sus hijos, los niños betlemitas, que el fiero furor de Herodes sacrificaba a sus recelos. Escuchando esos lamentos, la Madre estrechaba al Niño cual s¡quisiera esconderlo, dormido en su blando seno. Con temores van siguiendo por el lóbrego camino, callado como el silencio en aquella noche oscura, impregnada de tinieblas, y en aquel oscuro ambiente, sin rayos de luz alguna, como la mente de un ciego.

Ya empezaba a clarear, y entre densos nubarrones que van huyendo, huyendo, al empuje de los brillos del alba pura del día, se iban tiñendo los montes y los cerros y los valles con fuegos del rosicler, y la tibia luz del día iba marcando las formas de los indecisos objetos de todo su alrededor. Y anda que andarás, caminaban nuestros santos viajeros. En pobre cabalgadura, que llevaba José del ronzal, iba montada la Virgen con su Niño dormido en su dulce y suave seno, más hermoso que un capullo que empieza a abrir sus pétalos, a quien los rayos del alba le venían a besar, purpurando sus mejillas y su frente de puro nardo y jazmín. Temblorosa está la Virgen; pensativo y preocupado va José ante la idea de lo que le traerá el nuevo día.

Una ráfaga del viento, que sube desde Gaza y de Belén, detiene a los viajeros.

Allá lejos, muy lejos, se perciben extraños rumores, que sólo el temor de una madre los puede reconocer. «¿Oyes, José» —le dice María—; el el galopar de caballos; nos van siguiendo, no hay duda», gimió temblorosa la madre, y abrazando al tierno Niño, cual s¡quisiera incrustarlo dentro de su amante pecho, y mirando a su amado esposo, que está yerto en el camino, como la estatua del miedo, le dice, mirando a su alrededor: «Allá, en aquel bosquecillo de almendros, en aquella espesura, escondámonos, por Dios...»

Pasaron unos momentos, y llegaron al bosquecillo. Retirada la borriquilla, se sentó la Virgen con el Niño y entre los troncos de aquellos almendros, y José, puesto en acecho, se escondió también entre sus ramajes.

El galopar de los caballo; sonaba cada vez más recio. La Virgen se siente morir sin aliento, y entre angustias de Calvario, apostrofa a los almendros, diciendo: «¡Arbolitos de Dios! Por el Dios que os ha creado, os suplico con amor y os ruego que sirváis de escudo a m¡Niño. ¡Defendedlo, ocultadlo!» Aquel bosquecillo de almendros, que, rígidos y desnudos, más parecen esqueletos que árboles, al momento entrecruzan sus ramas, se cubren de verde fronda, y abriendo sus yemas, de repente florecieron con tanta multitud de flores, de pétalos de blancura como nieve, que recubren el santo grupo como una grande bola de hielo. Pasan rápidos los jinetes de los esbirros de Herodes ante aquella bola de nieve y, pareciéndoles residuos de la nevada, no descubrieren el rico tesoro que en aquel frío cielo se esconde. ¡Jesús se ha salvado! Los almendros florecidos han sido su escudo y su amparo.

Desde entonces, en las frías mañanas de enero, a pesar de los fríos, sienten los almendros el empuje de sus yemas y comienzan a florecer porque pasa entre ellos el buen Jesús para bendecirles en prueba de su gratitud.

A la vuelta de Egipto, al pasar junto a aquellos almendros, descansó la Sagrada Familia bajo sus, ramas; y José, escogiendo de ellos un verde retoño, lo llevó y lo plantó en su huertecillo Desde entonces las flores. de almendro son las preferidas de María y de Jesús, y sus aromas embalsaman, agradecidas, la Santa Casita de Nazaret

Fr. Manuel Balguer, ofm

Ideal antoniano

El amor al Niño Jesús

¡Qué amable se muestra Dios a los hombres en la figura del Niño! El Verbo de Dios quiso tomar nuestra carne, vestirse de nuestra mortalidad, para salvar al mundo y redimirlo del pecado y de la esclavitud del demonio. Pudo hacerse hombre tomando el cuerpo perfecto como Adán cuando fue creado; pero no quiso, sino que, para hacerse más amable y manifestarnos más claramente su tierno amor, se encarnó en el purísimo seno de María, y nació en forma de niño.

San Antonio, al considerar este misterio, experimentaba un júbilo inexplicable y sentía arder en su alma un volcán activísimo de amor al divino Infante. Él, más dichoso que la Esposa de los Cantares, pudo estrechar contra su pecho! a su Amado divino e imprimir en su bellísima frente ósculos tiernos de apasionado amor; él pudo sentir, como el Evangelista amado, los latidos deíficos del Corazón sacratísimo de Jesús, y ser partícipe de sus divinas misericordias; él pudo percibir la voz de su Dios, que le hablaba; sentir el cariño de su amor, siendo digno de que Jesús estrechase su cuello con sus divinas manecitas ¡Ah! Sus ansias eran todas satisfechas cuando tenía la dicha incomparable de poseer en la figura de niño, a su tesoro y su amor.

Entonces su corazón amante se convertía en un volcán abrasador que no respiraba sino llamas; entonces encontraba aliento en sus trabajos y alivio en sus pesares; entonces aprendía aquellos altísimos conceptos del amor divino con que él inflamaba después los corazones de los hombres, reduciéndolos al buen camino con la eficacia activa de su celo apostólico.

Y ¿nosotros somos amantes del Niño Jesús como lo era el glorioso paduano? No; nuestro corazón se conmueve tal vez algún tanto al considerar el amor que Jesús nos tuvo al hacerse niño; sentimos, puede ser, una devoción externa al contemplar la caridad tan grande del Salvador en este misterio de amor, pero todo es pasadero; la devoción se evapora como el humo, y como pequeña nube se disuelve; y sucede así porque, no es devoción verdadera que nace de amor fuerte del alma, sino una simple moción de nuestra alma que, sensible, se mueve al considerar tan grande misterio. Imitemos a San Antonio cuyo amor al Niño Divino era un amor racional, que mereció ser premiado también con devoción sensible, pero que tenía, por objeto unirse más íntimamente con Dios, cumplir perfectamente su voluntad en todo, y no perdonar sacrificio alguno por su amor. Así debe ser nuestro amor al Niño Dios.