Leyenda navideña
La vuelta de Egipto
La hora de Dios había sonado en el cielo. Un ángel tendió sus alas hacia el universo mundo llevando un mensaje del Eterno Padre. Revoloteando sobre la tierra quedó planeando, fija su mirada hacia una populosa ciudad de Egipto. Toda ella se veía envuelta de densas tinieblas; sólo de un pobre tugurio, próximo al caudaloso río, surgía una luz espléndida, luz de gracia y de celestial pureza, que remontaba hacia el cielo como empujada por unas auras de cálido fervor, que era el respiro de los moradores de aquella dulce mansión. Allí se acercó el ángel, y con el suave rozar de sus alas, suscitó el tranquilo sueño del Santo Patriarca, Padre feliz de aquella santa familia. El ángel con voz armoniosa y dulce le dice: «José, hijo de David, levántate y toma al Niño y a su Madre y volveos a tierra de Israel, porque ya han muerto los que atentaban contra la vida del Niño.» José, al momento, le comunicó a María la orden del cielo, y se pusieron a preparar todo el equipaje y cuanto necesitaban llevar para un viaje tan largo.
Cuentan las leyendas que José y María habían logrado varias amistades, atraídas por su grande bondad, y entre ellas la de un gran señor, príncipe de las dinastías de Egipto, llamado Afrocio, y tanto él como su señora e hijas, gozaban del trato de María y José, y sobre todo enamorados de la belleza y candor del gracioso Niño Jesús, y con grande amor fueron los protectores de aquella sagrada familia. Creyeron conveniente José y Myrian, cual la llamaban ellos, participar su partida a dichos señores, y al mismo tiempo les consultaría José qué camino les sería más oportuno tomar para evitar las molestias del desierto; y dio la casualidad que aquella familia estaba preparando su viaje por mar a Pelusio y a Palestina, y precisamente habían de salir el mismo día.
Oyó el príncipe con disgusto la noticia de su marcha e intentaba disuadirles, pero le dice José que el Ángel del Señor le había mandado, en el sueño, que tomara al Hijo y a su Madre y volviera a la tierra de Israel. Oyendo Afrocio que el Ángel de Dios le había hablado en sueños, se sintió conmovido y se inclinó hacia él con actitud de veneración. Siempre había formado de él un gran concepto de hombre bueno, y al escuchar que Dios le enviaba su Ángel para hablarle, aunque pagano, se sintió conmovido y le mostró veneración.
«No se hable más —le dice el príncipe—; vosotros os vendréis conmigo por el mar. Precisamente estamos a punto de partir, y m¡señora y mis hijas gozarán en extremo de vuestra compañía, y yo tendré gran placer de conversar con el Niño, que es m¡encanto; y es m¡gran pena saber que se aleja de nosotros y pensar s¡ya no os volveremos a ver.»
«Dios hará —dijo José— que no os falte nunca la influencia de nuestras oraciones y recuerdo para que entréis en el seno de la verdad.»
«Iré al momento a dar aviso a Myriam y al Niño. ¡Cuánto se alegrarán Myriam y el Niño de hacer el viaje por mar, y precisamente con vosotros, a quienes tanta gratitud y cariño os debemos por la protección que nos habéis dispensado! Van a venir para despedirse y tendrán la sorpresa de saber que iremos con vosotros, y precisamente por el mar, que aun no tuvieron ocasión de haber visto el mar n¡de embarcarse.»
Al recibir la noticia Myriam y el Niño se gozaron en extremo. ¡Volver a Israel, precisamente por mar y en compañía de tan buenos amigos! El Niño se contuvo unos momentos, y pensativo y conmovido, dijo a la Madre:
«Mamá, tengo sed.»
«Hijo mío —le dice Myriam—, acabas de desayunar, y has bebido, y ¿ahora tienes sed?»
El Niño se inclinó hacia la Madre y, quedito y amorosamente, le dice: «Tengo sed de almas ¡Son tan buenas esas almas para nosotros!»
Myriam, también conmovida, le responde:
«Hijo mío, en tus manos está.»
«Lo quiero —dice el Niño regocijado—, Las auras del mar llevarán a sus almas la gracia.»
Seguidamente fueron a la casa del príncipe amigo a agradecerle sus favores y quedar conformes en la partida... Sobre la tersa y tranquila superficie del anchuroso río Nilo se balanceaba un hermoso velero, tendidas ya las velas al aíre, y, al parecer, con el suave balanceo que le daba el empuje de las aguas, parecía mostrar sus ansias de romper las amarras para correr hacia el mar. No tardó en verse libre de su lazo: un bote, que se lanzó ligero a las aguas, llevaba el último pasajero, que, al subir al barco, dio la orden de soltar el cable. Era el señor, el amo del velero. La nave comenzó a deslizarse majestuosamente sobre las aguas; un viento ligero daba empuje a las velas, y el barco fue tomando velocidad. Era la embarcación de Afrocio que, junto con su familia, llevaba hacia la mar a la Sagrada Familia, José Myriam y su Hijo, el Niño Jesús.
Iba ya con viento en popa y con ligereza hacia la mar, y las auras que iban rozando el velero, iban captando unas dulces armonías que surgían de aquel barco y las esparcían por el ambiente. Eran las notas de un arpa egipcia que sonaba en la embarcación, y quien las movía y agitaba eran los puros dedos de nardos y jazmines de la hermosa y siempre pura Myriam. Es de saber que en el tiempo en que María estuvo internada en las aulas del templo aprendió, entre otras artes y labores, los cantos del sacrificio y a tañer el arpa, como buena hija de David, de quien descendía y heredaba sus buenas calidades y aficiones. Por esto, al saberlo Afrocio, le hizo el regalo de un arpa egipcia para que cantara los salmos a su Dios.
La nave iba descendiendo ligera, impulsada por los vientos y por el empuje de la corriente en su descenso hacia la mar; pero ya no se escuchaban las tiernas armonías del arpa egipcia, sino que entre el susurro del correr de las aguas se mezclaba el eco de tiernas voces, de aun más dulce armonía, que surgían del centro de la nave: era la voz suave de Myriam, unas veces, y era, otras, el timbre armonioso y angelical del Niño, que conversaba con Afrocio de tan interesante manera, que el buen señor no osaba n¡respirar para no interrumpir aquella charla divina que le tenia cautivado, escuchándole con embeleso; otra cosa parecida producía en el alma de la señora y las niñas aquellos sublimes misterios que brotaban suavemente de aquella arpa divina de los labios de Myriam. El misterio de estas emociones estaba en aquellas palabras que había dicho el Niño a su Madre: «Mamá, tengo sed.» Era la sed de ganar aquellas almas, para que la gracia descendiera del cielo y les diera a conocer el buen Dios.
Por fin el velero vino a deslizarse en el delta del río, llegando por su brazo oriental a Pelusio, para de allí entrar de lleno en el mar.
En Pelusio se dieron al descanso, pues Afrocio tenía que atender a sus negocios. Ya amanecido, el barco izó sus velas y se dio a la mar. ¡La mar! ¡Qué emoción para el Niño verse e internarse en plena mar! ¡La mar! ¡Obra inmensa salida de sus manos! ¡Qué encanto y qué ilusión para Myriam contemplar por vez primera aquella obra grandiosa de la creación! ¡Ella, que con el tiempo sería llamada la Estrella de los mares! Todos estaban emocionados. Afrocio y su familia contemplando, gozosos, la emoción de sus huéspedes: José, fija su mirada en lontananza, donde le parecía ver ya el templo de Dios y la tierra prometida, la tierra de sus padres, que dejó para cumplir la voluntad de Dios. El Niño, sumido en los recuerdos eternos de la creación, y Myriam, repasando en su mente las obras de Dios Creador, en cuya evolución y desarrollo le parecía verse, según aquellas palabras de los Proverbios a la Sabiduría, y que la Iglesia había de aplicarlas a Ella. Cum eo eram cuncta componens (Prov 8,10). «El Señor me tuvo consigo al principio de sus obras, disponiendo todas las cosas, cuyo recuerdo y cuya grandeza le puso en ansias de alabar al Señor.» José, que había comprendido sus deseos, le presentó el arpa, y se unió a ella para entonar el Cántico de los tres jóvenes Ananías, Azarías y Misael, que en el horno de Babilonia invitan a todas las criaturas para alabar al Señor: Benedicite omnia opera Domin¡Domino; laudate et super exaltate eum in saecula.
Sonó el arpa sus más dulces arpegios; José, en actitud reverente; Jesús, sentadito a los pies de su Madre, y Myriam, sublimada como en éxtasis ante las grandezas de Dios, formaron un coro sublime de alabanzas a su Dios, y parece que hasta los vientos enmudecieron, las aguas callaron sus rumores, se aquietaron las olas, el sol se sintió sorprendido y los ángeles, los cielos, las aguas, los astros y todos los se agolparon al navío para unir, acordes a sus voces y a las dulces notas del arpa, sus cantos y bendiciones al Dios Creador. Espectáculo tan sublime acabó de reducir las almas conmovidas de Afrocio, de su señora y sus niñas al conocimiento y veneración al verdadero Dios. Todos ellos, postrados ante el sublime cuadro de Myriam, de José y de Jesús, confesaron su fe al Dios de Israel, para ser luego regenerados con la venida del Redentor. Jesusito había saciado su sed de almas en esta conquista.
La nave, que ganaba espacios sin cesar, se presentaba ya cercana a Israel, cuyas costas estaban a la vista. Era preciso decidir el punto de su desembarco. La nave haría detención en Gaza; luego subiría hasta Tiro y Sidón. ¿Dónde habían pensado bajar? José, que desde un principio había ido adquiriendo noticias del Estado de Israel, supo que en Judea reinaba Arquelao, uno de los perseguidores de Jesús, y temió bajar en Gaza, de los confines de la Judea. Ante esa preocupación, recibió, en sueños, el aviso del Ángel que fueran a Galilea; así comunicó a Afrocio que les convenía bajar en Haifa, tierra de Galilea. En Haifa se detuvo la embarcación, y es de suponer la despedida afectuosísima de tan buenos amigos, y la promesa firme de los nuevos prosélitos a la fe del verdadero Dios, que Jesús confirmaría con una gracia abundante de perseverancia final... En Haifa, junto al promontorio del Carmelo, se vieron tres, al parecer extranjeros de Egipto, postrados en tierra y besando !a tierra de Israel: eran Jesús, María y José.
Repuestos de aquella primera emoción, propuso José subir al Monte Carmelo. Muy gozosos aceptaron la Madre y el Niño por venerar aquel lugar, recuerdo del Profeta Elías Llegados a la cumbre, les salieron al encuentro unos ermitaños, que dijeron ser los sucesores de los discípulos de aquel gran Profeta; y, muy oficiosos, les fueron explicando los recuerdos del Profeta Elías, que desde aquella cumbre había visto, el Vidente de Dios, aquella nubecilla blanca, indicio y pronóstico de la deseada lluvia y que prefiguraba a la mujer dichosa, destinada a ser la Madre del Salvador. Oyeron, con reverencia, estos relatos, que hicieron sonreír al santo Niño, al mirar a su Madre, que, sin inmutarse, correspondió a su Hijo con un tierno beso. Luego les mostraron su eremitorio, donde dijeron que vivían consagrados a venerar en espíritu a la futura Madre del Redentor. Volvió a sonreír el Niño viendo a su Madre un poco ruborizada, la que, por ocultar su rubor, dio un fuerte abrazo a su Hijo. Habiendo tomado allí un poco de descanso y refrigerio, emprendieron luego, a pie, el camino de Séforis, donde esperaban tener noticias de la casa de sus parientes Zacarías e Isabel y conocer el estado en que habían quedado los viñedos y su casita de Nazaret que quedaron a cargo del viejo Mathusa, antiguo pastor de la casa de Joaquín, padre de Myriam, y que no dejó de atender y de cuidar esas pequeñas posesiones en aquella larga ausencia.
En Séforis pernoctaron aquel día, y al amanecer del día siguiente se dirigieron a Nazaret. Al mediar el camino, pasando junto a un reguero de aguas turbias, volvió a repetir el Niño:
«Mamá, tengo sed.»
«No bebas, Hijo mío, de esas aguas turbias, que pueden probarte mal; cerca está el huerto de Zacarías y en él hay hermosos naranjales y con su fruto podrás saciar la sed.»
Calló el Niño, y bien pronto llegaron al pie de un frondoso naranjo. Al llegar a él, todo el árbol se cubrió de blancas flores de azahar, que esparció sus aromas, envolviendo a los santos viajeros, cual s¡fuera el incienso de la Naturaleza que prestaba adoración a su Rey y Señor. Entre tanta flor mostraba el árbol sus lindas naranjas, como fruto de oro, dispuesto a saciar su sed. La Virgen tomó tres naranjas; pero el Niño quiso tomarlas por su cuenta, y donde tomaba una, el árbol producía otra mayor; bien pudo saciar su sed y proveerse de ese fruto sin perjuicio de su amo.
Por fin llegan ya junto a la fuente de Nazaret, donde reposan de su cansancio. Dispone Myriam una ligera refección a la sombra de un oloroso terebinto, cercano a la fuente, y aun no habían terminado su refección, cuando una bandada de palomas blancas, como atraídas por el más puro ambiente que expedía de sí la más pura y tierna de las vírgenes de Nazaret, volaron sobre ellos y revolotearon a su alrededor con tiernos arrumacos de su inocente cariño y amor. Serían tal vez de las blancas palomas que anteriormente criaba María en su lindo palomar. Ella esparció por el suelo los restos de la comida para las palomas, pero el Niño gozaba más de irlas alimentando por su mano, a lo que accedían, gustosas, las palomitas. Dieron gracias a Dios, mientras tanto se acallaron las palomas, y luego las bendijo el Niño y levantaron el vuelo.
«Mamá, tengo sed —volvió a repetir el Niño—; tengo sed de almas blancas como las palomas; así lo serán todas las almas que vengan a beber de la fuente de tu pureza.»
Así regresaron a su casita de Nazaret Jesús, María y José, según cuentan las leyendas.
Noticias
ÓRDENES SAGRADAS
El señor Obispo de Teruel, Fr. León Villuendas Polo, ofm, confirió órdenes, el día 20 del pasado diciembre, en la iglesia de los PP. Franciscanos de la dicha ciudad. Recibieron el orden del diaconado, Fr. Eloy de Prado Bajo y Fr. Francisco Javier María Pons; el exorcistado y el acolitado, Fr. Anselmo Martí y Fr. Hipólito Barrachina; y la tonsura y las dos primeras órdenes menores, Fr. José Luis García y Fr. Jerónimo Gómez. A todos nuestra cordial felicitación.
PROFESIONES SOLEMNES
El día 6 de enero del año en curso, en la iglesia de nuestro Coristado de Teología de Teruel, emitieron sus votos solemnes, en manos del P. José Antonio Arnau Martínez, Ministro Provincial de la Seráfica de Valencia y de Aragón, los estudiantes teólogos franciscanos Fr. Hipólito Barrachina y Fr. Jorge Sanchis y el Hermano lego Fr. Simpliciano Montón. Reciban nuestra enhorabuena los tres neoprofesos.
ASAMBLEA GENERAL Y RENOVACION DE JUNTAS DE LA VENERABLE ORDEN TERCERA DE VALENCIA
El día 18 de enero, después del ejercicio de la tarde, se celebró la Asamblea general de la V. O. T. de esta ciudad, presidida por el Sr. Obispo Auxiliar, D. Jacinto Argaya, Terciario Franciscano.
Después de las palabras de saludo y exhortación del P. Visitador, el Hermano Secretario, D. Emilio Andreu, leyó la Memoria del trienio 1950-1953, que produjo verdadera satisfacción en todos.
A continuación dirigió la palabra a la Asamblea el P. Provincial, Fr. .Antonio Arnau; saludó y felicitó a la Hermándad y recordó a la Tercera Orden el acontecimiento del centenario de la muerte de Santa Clara, que hemos de conmemorar con solemnes actos religiosos, aumento de la devoción a la Segunda Orden, que tanto beneficia al mundo con su oración, y, sobre todo, con una profunda y mayor veneración y amor a la Santa Eucaristía.
Por último, el señor Obispo saludó a los presentes, elogió la labor y vida de la V. O. T. y presentó las provechosas consignas que hemos de recordar y cumplir este año, a saber: Intensidad en la labor de proselitismo. Reforzar la vida espiritual con los ejercicios espirituales. Entusiasmo y cooperación interior y exterior al centenario de Santa Clara. Y restauración del auténtico espíritu y práctica cuaresmal, siguiendo el ejemplo de nuestros antepasados.
Fueron leídas a continuación las Juntas de Hermanos y Hermanas para el trienio 1953-1956, y con el himno nacional de la V. O. T. fue cerrada la Asamblea, que tan grato recuerdo ha dejado en todos los terciarios de esta capital.
BENDICION DE LOS CUADROS DEL NUEVO DECORADO DE LA CAPILLA DE LA COMUNION EN CULLERA
El domingo, 28 de diciembre, tuvo lugar en el Santuario del Castillo la solemne bendición de los mismos por el P. José Antonio Arnau, Ministro Provincial, siendo padrinos en tan solemne acto, don José María Barber Adam, abogado, y doña María de los Desamparados Castells, viuda de Altal. Predicó el P. Provincial, quien, de una manera magistral, fue describiendo las maravillas que encierra la capillita, pues parece el mismo cielo por el fervor y devoción que dichas pinturas inspiran. Gracias, sinceramente, a todos los que han contribuido para el esplendor de la capillita Luego del besamanos a la Virgen del Castillo, se terminó la fiesta.
PRIMEROS SACRAMENTOS A MARINOS NORTEAMERICANOS EN VALENCIA
Con motivo de la visita de los buques norteamericanos al puerto de Valencia, el día 11 del pasado enero, en la Basílica Metropolitana, siete marinos norteamericanos, después de haber hecho la profesión de fe, ante el Sr. Arzobispo de Methymna y ante un público inmenso que presenció con interés la ritual ceremonia, recibieron las aguas bautismales.
Les confirió el bautismo su capellán, P. Widowitz, y les apadrinaron el señor Alcalde, don Baltasar Rull, y señora.
Acto seguido, el mencionado Arzobispo administró el Sacramento de la Confirmación a estos neófitos y a diez compañeros más.
In memoria
P. Juan Bautista Gomis Casanova
El día 27 del pasado diciembre falleció en Santo Espíritu del Monte el R. P. Juan Bta. Gomis. Con él ha perdido LA ACCION ANTONIANA uno de sus más asiduos y competentes colaboradores. La vio cas¡nacer, y desde los primeros años ha llevado la revista, en sus páginas, huellas de su pensamiento. Por eso hoy lamenta su «partida» de este mundo e implora de los suscriptores una oración por el eterno descanso de su alma.
Nació el benemérito Padre en Confrides el 9 de diciembre de 1892. Sintiéndose, todavía muy niño, llamado por Dios, ingresó en el Colegio Seráfico de Benisa, donde cursó sus estudios de Humanidades. El 15 de junio de 1909 vistió el hábito franciscano en Santo Espíritu del Monte. Después del año del Noviciado estudió Filosofía y Teología en los Coristados de la Provincia, siendo ordenado presbítero en 1918.
Su primer campo de apostolado fue la Argentina. Vuelto a la Provincia, ejerció el cargo de Rector en el Colegio de Onteniente, de 1927 a 1930, y en el Colegio Seráfico de Benisa, de 1930 a 1933. Poco tiempo después era destinado al Convento interprovincial de San Francisco el Grande, de Madrid.
Allí le cogió la revolución marxista. Pudo escapar de la furia revolucionaria y guarecerse en casa de sus familiares de Alicante. De allí se pasó al campo nacional, huyendo en una barca que le llevó a Mallorca.
Después de la revolución regresó a San Francisco el Grande, de cuya Comunidad fue Discreto de 1940 a 1943. Es uno de los cofundadores de la revista «Verdad y Vida», de la que fue vicedirector y en todo tiempo redactor.
En el viaje que el pasado año realizara a Italia con el fin de ofrecer a S. S. el Papa un cuadro del genial artista valenciano don José Benlliure, tuvo un contratiempo muy serio en su salud, que le obligó a hospitalizarse en Florencia, luchando varios días entre la vida y la muerte.
La ciencia médica logró salvarle de aquel trance extremo, y dos meses después era trasladado a Madrid, aunque para continuar hospitalizado, inútil ya para toda actividad.
Buscando un clima más propicio para el enfermo, a principios del pasado diciembre fue llevado a Santo Espíritu del Monte, y el 27 rendía su alma al Creador, dejándonos ejemplo con su vida de una actividad pasmosa.
Esa actividad tuvo un doble campo: la oratoria sagrada y la producción literaria. Como orador, era conocido en muchos pueblos de la región valenciana y de la meseta castellana. Como escritor, ha dejado muestras de su genio polifacético en un gran número de obras en presa y en verso. Tiene publicados más de veinte libros y otros tantos estudios y folletos! In ellos, a más de literato y pensador, se muestra buen crítico y gran conocedor de nuestra literatura.
Entre sus cualidades morales destaca su amor al franciscanismo. A promover las glorias de su Orden dedicó los impulsos de su carácter combativo y de su espíritu luchador. El Seráfico Padre le habrá premiado seguramente sus afanes franciscanos defendiéndole con no menor tesón ante el Divino Juez.
Descanse en paz.
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