San Antonio, Abogado para todas las causas

S¡se hiciera una encuesta sobre la asiduidad con que son invocados los santos por los fieles en toda la Iglesia es muy probable que alcanzara las mayores cifras San Antonio de Padua.

Algunos santos tienen monopolizados algunos asuntos espirituales o materiales, como San Francisco de Asís el librar de accidentes y percances en medios de transporte; Santa Bárbara, de tormentas; San Blas, de enfermedades de garganta; Santa Rita, de todo lo que tenga viso de «imposible», y así otros muchos. San Antonio de Padua tiene montada una agencia multiforme y polifacética que, pese a la variedad, es regida a gusto de los demandantes.

San Antonio de Padua es un experimentado buscador de novios para sus jóvenes devotas; posee una habilidad suma para depararles temas fáciles en los exámenes a los estudiantes; es el consuelo seguro de los pobres, para los que no se cansa de pedir e instigar a los que favorece; ¿quién le discutirá su aguda especialidad de encontrar todo lo perdido, lo olvidado y aun lo robado?

Es una verdadera oficina agenciadora, pues, a lo antes dicho, se le podrían añadir sus intervenciones admirables en enfermedades, en peligros de mar y tierra y en toda clase de solicitudes que no se pueden enumerar por ser difícil agruparlas, pero que van incluidas en esas listas interminables que dicen «por una gracia recibida».

S¡todas cuantas cosas se le piden o en todas las ocasiones que se le requiere ha de t¡abajar nuestro Santo, es muy probable que se le habrá de fatigar y desvelar más de lo debido. Por esto que San Antonio, como hacen las buenas agencias entre nosotros, cobre caro y tenga tarifa especial de impuestos para sus gestiones. Lo digo esto porque he oído machaconamente comentar que San Antonio «es muy pesetero» (por decirlo textualmente), que «le gustan los donativos», y yo veo una explicación clara a todo ello, pues por algo ofrece suma garantía a todas sus intervenciones, que recaban interminables peticiones que ha de ir atendiendo según la clase de sus devotos, atendida la piedad, la urgencia de la demanda o al volumen del donativo. Sí, lo recalco, según el volumen del donativo, ¿por qué no?

Nadie, sin embargo, debe pensar que trabaja por el lucro, pues como fraile franciscano —distintivo de pobreza—, del que no se habrá despojado en el cielo, y bajo la mirada de un San Francisco de Asís —extremadamente pobre—, no cabe tal deshonor o claudicación de ideales. S¡es caro San Antonio y es pedigüeño, lo es no tanto para él como para sus pobres. Sus pobres, por los que siente una predilección evangélica, entusiasta. Este puede ser otro motivo para asegurarle en su persona el título de Doctor Evangélico. Difícilmente se insiste más en el Evangelio sobre otras virtudes y deberes morales que en este de la caridad para con los humildes y los pobres. Llega a centralizarse este rasgo como signo de legitimidad apostólica.

A tal estado ha llegado a popularizarse el San Antonio consuelo de pobres, que cuantas veces se le distingue en las iglesias, se le sorprende vigilante ante los suplicantes cirios, como oraciones modeladas en cera. Y con cepillos petitorios para almacenar en sus huecas entrañas la infinita procesión de donativos.

Quizá tampoco sea la intención del Santo cobrar sus gracias, pero los devotos le han acostumbrado a ello. N¡se defienda que San Antonio no atiende los deseos hasta que no se le inclina con la cantidad servil del dinero. Porque s¡al final lo ha de invertir con los pobres, bien pudiera él presentarles un pan al pobre en el momento de la necesidad. Con lo que conseguiría antes su intento, antes que aconsejando el cerrado corazón de la mayor parte de los hombres.

Que San Antonio es un magnífico abogado para todas las causas, a las que acompaña siempre con los éxitos más codiciados, es algo manifiesto que corrobora incuestionablemente una vuelta por las iglesias de varios países y del aprecio que se le tiene por gentes diversas. Quizá a algún lector le interese saber por qué San Antonio tiene tan amplios poderes, pues ha sido también una cuestión que yo he vivido y que sentiría que se me la formulase, pues la solución habría de ser arbitraria. Una vez presenté el crucifijo a una gitanita que me imploró una limosna, y al preguntarle quién era el del crucifijo, me dijo que era San Antonio. Claro, diréis, como la gitanilla no tiene cultura, habla de lo que oye; está bien, pero ¿quién le ha hablado a ella de San Antonio? ¿Será que entre los suyos goza de predilección?

Otra vez ocurrió entre un joven matrimonio inglés, que me preguntó s¡yo era de la Orden de San Antonio, y yo les contesté, con la misma sencillez que me preguntaron, lo que era del caso; éstos eran católicos, y por lo visto, de los que iban a cumplir. Y como éste yo he experimentado otros casos bien parecidos, que en vez de hacerme suponer una exagerada divulgación por parte de los míos u otros predicadores, explico que es por la simpatía que despierta San Antonio por todas partes. «Adquiere fama y échate a dormir»; pues así ocurre con el Paduano: su fama, su auténtica clase, «simpatía que tiene uno», lo hacen Abogado de todas las causas.

Fr. David Cervera,ofm

El "breve" de San Antonio

Según refiere Rigauld, el origen de este Breve data del siglo XIII, reinando en Portugal Don Dionisio el Justo (1261-325), y es como sigue:

Vivía en Portugal una mujer muy atormentada del demonio, por lo cual era también maltratada por su marido. Cansada de tantos sufrimientos decidió arrojarse al río Tajo. Cuando marchaba a ejecutar su mal propósito encontró en el camino una iglesia de franciscanos, entrando a rezar su última plegaria. Era precisamente la fiesta de San Antonio la mujer se acercó y arrodilló ante el altar del Santo. Oprimida por el pensamiento triste de la muerte se quedó como dormida a los pies del altar; durante el sueño se le apareció el Santo, diciéndole: Levántate, toma esta póliza y te verás libre de las molestias del demonio. Al despertarse halló en sus manos un pequeño pergamino en que estaban escritas las palabras que forman el llamado Breve de San Antonio, y que en nuestra lengua dicen así: He aquí la Cruz del Señor; huid los enemigos porque ha vencido el León de la tribu de Judá, la raíz de David, Aleluya, sintiéndose completamente libre de la obsesión de Satanás y viendo renacer la paz en su familia.

El marido, conocedor del hecho, lo divulgó, y llegando la noticia al rey Don Dionisio, pidió que le enseñasen la cédula milagrosa, quedándose con ella. La pobre mujer, privada de la santa escritura, cayó de nuevo bajo la opresión del demonio, y no se vio libre hasta que los Frailes Menores le procuraron una copia del original precioso, que el Rey quiso conservar en el tesoro de la Corona.

Los Franciscanos, testigos del prodigioso acontecimiento, propagaron el Breve, aconsejando a los fieles a llevar siempre consigo el escrito taumaturgo como remedio eficaz no sólo contra las tentaciones diabólicas, sino también contra el contagio de la peste y de todas las calamidades, el cual, extendido por todo el mundo, ha dispensado extraordinarios favores a los devotos de San Antonio.

El nombre de Breve parece que sea por la brevedad de las palabras, o también porque en la Edad Media llamaban Breves todos los documentos importantes.