Florecillas de Santa Clara, 5-8:
El tío Monaldo
Ortolana había quedado viuda con cuatro hijas casaderas, pero no estaba sola. Los hermanos de su difunto marido, tíos de las niñas, se preocupaban de ellas, particularmente el mayor, tío Monaldo. Este y sus hermanos buscaban con empeño un buen partido para sus sobrinas bien entendido que, siendo aquéllas de familia noble y rica, ricos y nobles debían de ser los esposos de las hijas de Favarone.
Aunque huérfanas, no había en Asís jovencitas más estimadas que Penenda, Clara, Inés y Beatriz. Tíos y primos velaban constantemente por aquellas hijas sin padre.
Por lo mismo, cuando supo el tío Monaldo que Clara había huido, sintió sobre sí la mayor afrenta, como si acabara de recibir en la plaza pública una bofetada del peor de sus enemigos.
«Ese aventurero Francisco —decía—, no contento con haber robado a su padre, acaba de robar en mi propia casa; después de ultrajar al comerciante, ultraja ahora al noble; tras haber empobrecido a Bernardo, arruina ahora a Clara.»
Monaldo reunió de prisa a toda su parentela, y antes de medio día habían penetrado ya armados en el bosque de la Porciúncula. Pero Francisco, apenas hubo desmochado la hermosa cabellera de Clara, la había confiado a las monjas de San Pablo.
Un monasterio de mujeres era entonces una fortaleza inexpugnable, pues nadie podía entrar en di por la fuerza.
Monaldo amenazó, rugió de ira, mas viendo que nada lograría por la violencia, cambió de tono y trató de acariciar a su sobrina. Le hizo saber, en primer lugar, cuánto dolor había causado a su madre y cuánto daño estaba acarreando a sus hermanas. Le prometió amplio perdón y grandes dones por añadidura.
Solicitó, por fin, hablar con ella, y Clara consintió, escogiendo la iglesia para tal entrevista. Cerca del altar estaría más segura.
Monaldo, sus parientes y criados entraron en la iglesia, habiendo antes dejado fuera las armas. Trataron de encubrir su indignación bajo la apariencia de mansedumbre. Se arrodillaron a los pies del altar e hicieron la señal de la cruz, y cuando salió Clara del coro, se levantaron.
La joven subió ágilmente las gradas y asió fuerte con su mano derecha la blanca toalla del altar. Era el gesto de aquellos que en ocasiones de peligro pedían a la Iglesia el derecho de asilo.
Como se siente un niño seguro prendido del vestido de su madre, así el fugitivo y el perseguido se sentían y estaban realmente seguros si conseguían tocar un orla del vestido de la madre Iglesia, simbolizado en la toalla del altar.
Ninguna fuerza humana hubiera podido arrancar a Clara de aquella tenue toalla. Monaldo y los suyos comprendieron todo el alcance del gesto y esperaron que hablara al menos. La fugitiva, empero, asida siempre su mano al extremo de la tela, removió al fin el paño negro que cubría su cabeza, y al aparecer ésta monda de sus doradas trenzas se abatieron aquellos hombres bajo un sentimiento de pena y coraje.
Así descubierta la cabeza, miró Clara en torno como queriendo causar estupor, y al fin se echó de nuevo el velo sobre la frente y desapareció fugazmente en la penumbra del coro.
Inés
San Pablo era el monasterio de monjas a quienes fue confiada Clara, de momento, por Francisco. Pero a los pocos días salió de allí y fue llevada a las monjas del Santo Ángel de Panzo, en las estribaciones del Subasio. Allí se llegaba su hermana menor Inés a visitarla todos los días; pero un día no volvió a casa, haciendo saber que también ella quería quedar en el convento.
El tío Monaldo montó de nuevo en cólera.
Clara tenía dieciocho años, pero Inés contaba sólo quince y se hallaba, por tanto, bajo la patria potestad.
Y sin más marchó otra vez el tío con la escolta de sus criados armados por la niña, que arrancaron fácilmente a golpes y empellones, mientras ella gritaba: «Ayúdame, hermana Clara, ayúdame.»
Clara no movió siquiera un dedo, y se hubiera dicho que nada le importaba ver a su hermana arrastrada tan brutalmente fuera del convento; pero ella oraba.
Echaron a andar los raptores a campo traviesa entre piedras y maleza; y empujaban cruelmente a la niña, que dejaba en cada piedra una mancha de sangre y un cabello rubio en cada zarza.
Y después de largo trayecto cayó Inés por tierra desfallecida por el cansancio y los malos tratos recibidos.
Monaldo ordenó al instante que fuera levantada y llevada entre cuatro. Trataron si de levantarla, mas no pudieron lograrlo los robustos brazos de aquellos hombres, que decían al enderezarse: «Esta niña ha debido comer plomo durante toda la noche.»
De hecho el cuerpo de Inés, más pesado que el plomo, no pudo ser removido del suelo en donde yacía.
Encolerizado el tío Monaldo, levantó el puño en ademán de golpear a la sobrina, pero quedó su brazo en alto paralizado. Gritaba a todo pulmón Monaldo por la tortura de su brazo, y a la vista del castigo huyeron sus criados a todo correr. Emprendió también la fuga el tío Monaldo, mientras lanzaba al aire gritos de angustia y de dolor.
El cuerpo de Inés quedó solo, como muerto, entre los matorrales, abandonado de todos. Y he aquí a Clara que sale ahora del convento y, siguiendo las huellas de- sangre y los cabellos que brillaban entre la maleza, llega adonde yacía su hermana. La toma piadosamente por la mano y le dice: «Levántate, hermana Inés, vayamos a servir a nuestro dulce esposo Jesús.» E Inés se levantó de tierra limpia y fresca como si hubiera dormido toda la noche en su lecho y despertase ahora al primer alborear del día.
La dama pobreza
Pasado algún tiempo sacó también Francisco a su discípula Clara del monasterio del Santo Ángel y la encerró en San Damián.
En la iglesia medio arruinada de San Damián había hablado a Francisco el Crucifijo en estos términos: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia que amenaza ruina.»
Creyó el joven al principio que se trataba de la reparación material de los muros y se dio con gran fervor a restaurarlos con cal y piedra. Mas luego comprendió que las palabras de Cristo tenían otro sentido, que la Iglesia era el cuerpo de Jesús agonizando en la cruz.
Arrojó al instante toda riqueza, renunció a la mundana ambición, se hizo voluntariamente pobre y humilde; en una palabra, desposó la dama pobreza.
San Damián, aunque restaurado por las manos inexpertas de Francisco, continuó siendo un lugar pobre. La iglesia era semejante a la de Santa María de los Ángeles, ojival, pequeña y oscura. El edificio adjunto podía adaptarse para convento de pocas mujeres, sobre todo mujeres pobres.
Así nació en San Damián la segunda Orden Franciscana, la Orden de Mujeres llamadas «damas pobres». «Damas pobres» llanamente, sin otro título.
«Damas pobres» que vivían de limosna, comían pan mendigado y ayunaban con frecuencia.
Francisco había desposado voluntariamente la pobreza; Clara quiso ser la misma pobreza, la pobreza en persona. En este sentido, ella se unió a Francisco en la pobreza absoluta, voluntaria, aceptada y seguida por amor del pobre y dueño del universo, Jesús.
La vetusta iglesia, en la que destacaba el gran Crucifijo, empezó a verse adornada con flores silvestres.
Detrás del ábside se hallaba el coro de las «damas pobres», hecho de tablas sin labrar; un palo fijo en el pavimento sostenía un facistol rudimentario que giraba en torno a aquel y era alumbrado por una lámpara de aceite.
Una reja comunicaba el coro con la iglesia, y aquellas mujeres, cual si fueran reclusas, recibían a través de aquellos hierres la Santa Comunión.
De un pequeño claustro sostenido por pilastras sin capitel se pasaba al refectorio bajo y oscuro, en el que había unas toscas mesas donde las «damas pobres» comían dando gracias a Dios de las cosas recibidas en limosna.
Clara sentía predilección por los mendrugos de pan. Un pan entero le parecía demasiada riqueza.
En el piso superior una sala única servía de dormitorio a las «damas pobres»; era un cuarto desmantelado y frío bajo la desnuda techumbre. Por toda cama un haz de sarmientos, y por almohada un tronco de leño. Las
sábanas eran de cáñamo basto, y las mantas, pedazos embastados
Pies desnudos en todas las estaciones del año; gruesos vestidos, ceñidos al cuerpo con una cuerda ; la cabeza rapada y cubierta con un paño blanco y otro negro. He ah! cómo vivían las «damas pobres».
No se podía imaginar mayor pobreza que ésta. Clara quiso en San Damián el primado de la pobreza. No quería que hubiese en el mundo mujer más pobre que ella. Nada era suyo; todo lo recibían de prestado y toda dádiva era libre.
Pobreza voluntaria no sólo aceptada, sino deseada como el más ambicionado privilegio. Pobreza alegre, gozosa; pobreza festiva, no repugnante ni lastimosa.
Pobreza llena de espinas, pero florida como el rosal, sonreía, exultaba bajo el sol de la Gracia.
Ni un lamento, ni un suspiro, se oía en San Damián. La pobreza no dolía en aquel tugurio; ni había languidez por la penuria de la mesa, ni congoja por la incomodidad del lecho.
Clara quería ser la misma pobreza ; cuanto más pobre, más contenta se vela; cuanto más humilde era su estado, más alegre se sentía.
La comida en el bosque
Francisco iba y volvía a Santa María de los Ángeles, en tanto que Clara se hallaba siempre encerrada en San Damián. Ella sabía que no andaba mal viviendo de día en día más pobre ; pero deseaba consultar con Francisco, a quien llamaba su padre y sostén.
Cuando se enteraba que Francisco se encontraba en Santa María de los Ángeles, le rogaba que visitase San Damián. Francisco, empero, pasaba de largo; quería evitar que la gente se escandalizase de sus entrevistas con aquellas mujeres.
Sin embargo, Clara sentía particulares deseos de comer una vez con Francisco. No hay amigo o pariente que deje de sentir este deseo de comer con el pariente o amigo.
Esta necesidad de comer es, en verdad, humillante para el hombre espiritual; mas cumplida en compañía, viene a ser un rito que hermana y eleva. El mismo Jesucristo aceptó la invitación de comer con los publícanos, y a sus discípulos les dejó su misma Persona como manjar común en la Mesa Eucarística.
Clara deseaba comer una vez con Francisco, mas éste aplazaba indefinidamente la fecha hasta tal punto que los compañeros de Francisco sintieron compasión por Clara y hablaron a aquél en tono de reprensión: «Padre —le dijeron—, no nos parece conforme a la caridad este tu proceder. Clara abandonó todos los bienes del mundo y es una planta de tu jardín espiritual. ¿Por qué no quieres acceder en una cosa insignificante como es tener una refección contigo?»
Francisco reconocía su rigor excesivo, pero quería el consejo de los amigos. Temía que su simpatía por Clara nublara la razón. Por eso les preguntó: «¿Os parece a vosotros que deba yo acceder?» «Sí, Padre. Clara merece éste y otros muchos más consuelos.» «Pues si os parece así a vosotros, a mí también.»
Pero no fue San Damián el lugar escogido, sino Santa María de los Ángeles «Ella —dijo Francisco con ternura de padre— se halla en San Damián desde mucho tiempo. Creo que le gustará salir fuera un poco y volver a ver de día el lugar donde se le cortó de noche el pelo. Comeremos en el bosque en el nombre de Jesucristo.»
Y Clara pudo al fin bajar a la Porciúncula. Se arrodilló delante de la Virgen y recorrió luego el sitio sembrado de cabañas a la sombra del bosque. Clara caminaba con los pies desnudos por aquellos senderos pedregosos. Se llegó hasta el vallado que marcaba los lindes y se paró junto al pequeño torrente.
El sol filtraba penosamente su luz en la selva, y balanceaba el viento las copas de los pinos, y celebraban festivos los pajaritos el arribar de la primavera.
Llegada la hora de comer, se sentaron en tierra en torno a una piedra lisa. El compañero de Francisco y la compañera de Clara sirvieron los mendrugos de pan y un jarro de agua fresca.
Antes empero de probar bocado habló Francisco del Señor y de su santo amor. Este amor de que hablaba Francisco fue algo así como una llama que prendió al punto en el alma de los comensales, arrebatándoles en éxtasis, y luego se extendió por el bosque con tal claridad que fue oscurecida la del sol.
La Porciúncula apareció envuelta en un gran resplandor que desde Asís parecía un tremendo incendio. Acudió la gente de lejos para extinguir el incendio, pero observaron, con admiración, que nada ardía en el bosque, aunque estaba envuelto en gran claridad.
Se adentraron en la espesura en busca de aquella potente luz irradiada, y encontraron, en torno a la mesa, a Clara, Francisco y los compañeros de ambos arrebatados en éxtasis. Un globo de luz les envolvía por completo, y la selva, como atónita, se hallaba en el mayor recogimiento, y los pajaritos encantados e inmóviles sobre los árboles.
Pasado algún tiempo fue atenuándose poco a poco la luz, hasta que se extinguió. Se dispersó la gente con respeto; se mecieron de nuevo suavemente los árboles; volvió a correr el agua del torrente y los pájaros reanudaron su vuelo entre los árboles.
Al fin se levantaron Clara y Francisco sin haber probado una migaja de la comida allí presente, pero saciados del manjar espiritual que les regaló el cielo.
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