Florecillas de Santa Clara, 9-12:
El beso a la «Sirvienta»
De vuelta a San Damián, comenzó Clara a irradiar luz en torno suyo. Sus amigas bajaban a visitarla desde la ciudad, y ella les repetía siempre las palabras de Francisco: «La pobreza pisotea todas las cosas y es reina de todas ellas.»
Y eran muchas las que iban quedándose con ella en el convento. La primera fue Pacífica de Guelfuccio, su compañera en la noche de su fuga. Mientras Clara quedó recluida en San Pablo, ella volvió a la ciudad, sin hallar sosiego en su corazón desde aquel momento.
Llegó luego el turno a otras dos jovencitas hermanas, bienvenida y Felipa, hijas de Leonardo de Ghislerio, ricas también y hermosas.
A éstas se unieron Iluminada, Angelita, Cristiana. Lucía, Benita y Beatriz.
Las familias más distinguidas de Asís estaban en vilo. Las jóvenes de mejores atractivos al mundo no se resistían al reclamo de San Damián. Regalaban sus dotes a otras jóvenes pobres, se descalzaban, ofrecían sus hermosas cabelleras a las tijeras y se encarcelaban en el conventucho.
Dentro de aquellos muros gustaban en la pobreza más estricta la alegría antes buscada en vano en los banquetes; hallaban la paz que el mundo les había negado. Se sentían felices. Vivían como hermanas, sin envidia ni celos.
Francisco las había bautizado con el nombre de «Damas pobres», pero el pueblo las conocía con el de «damianita» o «clarisas», por ser realmente Clara su guía y capitana.
Y llegó el momento en que Francisco quiso que las damas pobres tuvieran regla de vida y asumiera Clara la autoridad de abadesa; pero ella rehusó el cargo durante tres años por considerarse demasiado joven, hasta que cumplidos los veintiún años tuvo que ceder.
Clara halló en tal cargo la manera de aumentar el sacrificio de su vida. Impuso a las Hermanas el deber de dejarse servir por ella en el refectorio y en el dormitorio.
Y valiéndose de su autoridad, se levantaba primero que las otras, barría y lavaba. Cuidaba de las enfermas, velando de noche a las más graves; y se reservaba, en suma, los servicios más humildes y repugnantes.
Recabó como Superiora dos privilegios, trabajar más y comer menos.
Obligaba a las Hermanas a comer hasta el último mendrugo de pan cuando era escasa la limosna; pero ella quedaba en ayunas.
Era también incumbencia suya lavar los pies de las llamadas «Sirvientas», es decir, las Hermanas adscritas a los servicios externos. Al volver éstas al convento con los pies descalzos sucios o polvorientos, se arrodilla
delante de ellas, les lavaba los pies, los secaba luego y les daba al fin un cálido beso.
Un día quiso una de las «Sirvientas» substraer por vergüenza su pie al beso de la abadesa, y al retirarlo bruscamente dio inadvertida un fuerte puntapié en la boca de Clara, que sangró en seguida. Confusa la sirvienta, pidió perdón, pero Clara sonreía a pesar de las lágrimas, que involuntariamente escapaban de sus ojos; y por toda respuesta, tomó de nuevo el pie de la Hermana y, después de acariciarlo, aproximó sus labios y lo besó, pero esta vez en la planta callosa.
Las rosas
Hubiera querido Clara entrevistarse más a menudo con Francisco. ¡Tenía tantas cosas que decirle!... Podía fácilmente prescindir de la refección material, pero no de la espiritual que encontraba en la palabra de Francisco.
Este, en cambio, se mantenía lejos de San Damián. Solía decir a sus frailes: «Guardaos del dulce veneno de la familiaridad con las mujeres.»
Clara no era veneno ni podía ser una tentación para Francisco, hombre de penitencia. Pero Francisco quería dar ejemplo a los demás, y por eso se alejaba y esquivaba la compañía de las «damas pobres».
Se lamentaba de esto Clara, y sus lamentos eran elevados a Francisco. «No creáis —decía Francisco— que yo no la quiera con perfecta dilección. Sólo quiero daros ejemplo a vosotros para que me imitéis.»
Amaba Francisco a todas las «damas pobres» que seguían su doctrina, pero sobre todas amaba a Clara y oraba por ella para que fuera siempre fiel a Cristo y a la pobreza.
Clara era su obra maestra; era la estrella espléndida de su firmamento, y como estrella tenía que ser admirada desde lejos.
No obstante, tenía Clara necesidad, al principio sobre todo, de ser guiada; ella temía no saber dirigirse a sí misma en el camino de la perfecta pobreza. Por esta razón rogaba al maestro la visitase.
Francisco iba de tarde en tarde, y sus visitas a San Damián era fugaces; tocaba a la puerta, saludaba con las palabras «Paz y Bien» y daba luego un vistazo, alegrándose al ver que el convento era la «fortaleza de la soberana pobreza». Nada había en él de inútil; nada superfluo; pero nada tampoco triste ni repulsivo. Era, en suma, la pobreza alegre y limpia, la serenidad acogedora.
Todo era nítido donde se hallaba Clara; todo gracioso donde reinaba la gracia de Dios.
Iba a partir Francisco un día de invierno como había venido, sin querer aceptar otro alivio que el que había recibido de la perfecta pobreza y la perfecta alegría que reinaba entre aquellas jóvenes reclusas. Le instaron a que tomara una refección, pero Francisco, sin más, se dirigió a la puerta.
Fuera silbaba el viento, volviendo y revolviendo las ramas de los olivos. Se arremolinaba la nieve en la plazoleta; y sin embargo, salió Francisco y hundió sus pies descalzos en la nieve.
Clara le siguió algunos pasos; pretendía detenerlo; deseaba conseguir, al menos, la promesa de una próxima visita.
Se caló Francisco la capucha hasta la frente y dijo:
—Hermana Clara, conviene, por respeto al mundo, que nos separemos. Te dejo a tus cuidados.
Se sintió Clara extraviada, a pesar de la luz que reflejaba la nieve, y exclamó:
—¿Y qué podré hacer sin ti que me guías e iluminas?
Francisco levantó sus ojos hacia el cielo plomizo y respondió:
—El Señor te guiará.
—¿Y no nos volveremos a ver?—, replicó Clara.
Se detuvo entonces Francisco y miró alrededor, y viendo el tallo espinoso de un rosal cubierto de nieve, dijo:
—Nos volveremos a ver cuando florezcan los rosales.
Ocurría esto al principio del invierno. Francisco señalaba el plazo de una estación del año para la próxima entrevista.
—Que se cumpla tu voluntad y la del Señor—. Fueron las últimas palabras de Clara al tiempo que inclinaba su cabeza.
Francisco trató de alejarse rápido, pero le detuvo al momento un insospechado punto rojizo: aquel tallo espinoso cubierto de nieve habla florecido, apareciendo en él milagrosamente un ramo de rosas.
Sonreía Clara bajo su doble velo, y cuando hubo desaparecido Francisco entre la nevisca en dirección a Spello, volvió ella a San Damián llevando un manojo de rosas, que depositó a los pies del Crucifijo.
Ortolana
Ortolana de los Fiumi, viuda de Favarone, habla soñado para sus hijas un matrimonio conveniente a su nobleza.
Tenía preparado en su gran palacio del Subasio un arcón para cada una de ellas repleto de ropa blanca, recamada «a punto umbro», mientras en otro grande arcón guardaba sobrada lana, rociada con pimienta, que había adquirido en los almacenes de Pedro Bernardone.
Sus hijas, en cambio, siguiendo el ejemplo de Clara, habían abandonado una tras otra la casa, dejándola sola a ella para guardiana de tanta riqueza.
Clara, Inés y Beatriz habían escogido tesoros que la polilla no podía menoscabar ni las larvas deteriorar.
Aquellos ricos arcones semejaban en su gran palacio arcas de muertos, al par que en San Damián la más espantosa pobreza exhalaba perfume de vida santa.
Y llegó un día en que también la viuda de Favarone distribuía a los menesterosos los tesoros tan celosamente guardados; renunció a su estado social, abandonó su palacio y salió por la puerta con los pies descalzos. Bajó por el camino que serpentaba entre olivos, tocó a la puerta de San Damián y pidió a su misma hija la merced de acogerla como una hija.
De esta suerte vino a ser Clara Madre de su propia madre; una Madre servicial y llena del mayor cariño, pero siempre inflexible en lo tocante a la Regla.
Ortolana, aunque vieja en comparación de su hija, parecía una niña aturdida y vergonzosa. En el mundo había contraído hábitos y costumbres que a veces afloraban bajo el velo.
Clara la amonestaba con dulzura acerca de la necesidad de estar siempre sobre aviso contra el insolente orgullo y la retozona ambición de la nobleza de sangre.
Había anejo al convento un pedazo de tierra, y «aquel terreno —rezaba la Regla— no se cultive sino como huerto para la necesidad de las Hermanas».
Ortolana fue encargada de aquel minúsculo terreno, viniendo a ser de hecho lo que había sido hasta ahora de nombre. Pronto se encallecieron sus aristocráticas manos y su rostro delicado fue presto tostado por los rayos del sol; pero al fin floreció en las arrugas de su frente anciana la alegría de su alma, como germinaban las plantas entre los surcos abiertos en la tierra del huerto.
A veces se desazonaba Ortolana por una plantita secada por el hielo o una rama tronchada por el viento, mas Clara la animaba a echarse en brazos de la Providencia.
En el huerto se renovaba de continuo el milagro de la creación, como tenían lugar otros milagros en el convento debidos a la fe ciega y absoluta de Clara en la Providencia del Señor.
Había sonado ya una noche la hora de cenar y sólo había un pan en el convento; la Hermana encargada del refectorio no se decidía a sonar la campana y Clara averiguó la razón de aquel retraso:
—Tendremos que ayunar esta noche —dijo la Hermana—, pues no tenemos más que un pan y no habrá bastante siquiera para los dos frailes que se hallan fuera.
—Ve, hija mía —dijo Clara—, y pártelo. Da la mitad a los frailes y la otra mitad divídela en cincuenta raciones, cuantas somos nosotras.
—Y ¿cómo será posible desmigajar en cincuenta pedazos medio pan? —respondió la Hermana—. No habría más que una miga para cada una.
Pero Clara, segura de sí misma, reiteró la orden:
—Ve, hija mía, haz lo que te he dicho y confía en la Providencia de Dios.
Y mientras partía el pan la Hermana, Clara oraba y el pan iba en aumento, de suerte que hubo suficiente para saciar el hambre de cincuenta jóvenes Hermanas.
Había siempre fuera del convento algunos frailes encargados de la limosna, y escogidos entre los más fieles, enviados por Francisco. Era el más asiduo Fr. Bentivenga.
Este se asomaba por el muro del huerto y preguntaba qué cosa necesitasen.
—Estamos sin aceite—, le dijo un día Ortolana.
—Preparadme el recipiente y dejadlo debajo del muro, ya pasaré más tarde a recogerlo.
Fue Clara en persona quien lo limpió con agua hirviendo y ceniza y lo puso debajo del muro. Al poco rato volvió por allí Fr. Bentivenga a recoger el recipiente. Trató de cogerlo, pero notó que pesaba más de la costumbre, y mirando dentro, observó que estaba repleto de aceite finísimo y trasegado. Una hojita tierna de olivo sobrenadaba por encima de tan preciado líquido.
Las cenizas
Instaba Clara a Francisco para que visitase a menudo las «damas pobres» de San Damián. Su convento era la fortaleza de la humildad, de la pobreza y de la castidad. Los tres votos franciscanos eran observados allí en la forma más perfecta y constante. La fidelidad de Clara a Francisco estaba cifrada en la guarda perfecta y alegre de esos tres votos que las «damas pobres» observaban con la más exquisita delicadeza.
No lo ignoraba Francisco. Conocía la integridad de su «paloma argéntea» —como llamaba a Clara—, imagen acabada de su ideal evangélico. Este ideal exigía una mujer capaz de grandes sacrificios y total entregamiento; y esa mujer era Clara.
Desde el momento en que la hija de Ortolana había traspasado el umbral de su casa jamás rozó su mente la menor incertidumbre o indecisión.
Seguía segura y expedita el camino de perfección en que Francisco la había iniciado, y Francisco estaba seguro y contento de ella. Pero Clara sentía la necesidad de ser guiada e instruida por él.
Pedía constantemente sus consejos; deseaba su asistencia espiritual. La falta de pan la tenía sin cuidado, y del vino, ni se preocupaba. El depósito de aceite que retiraba del muro Fr. Bentivenga, siempre volvía lleno por la caridad de los bienhechores o por la misericordia de Dios. Pero sentía la necesidad de una palabra de Francisco, sufría por falta de una asistencia espiritual más asidua.
Francisco parecía, al contrario, querer dejarla cada vez más sola con su penitencia y su oración, confiada de lleno en las manos de Dios. Clara había abandonado las playas del mundo y podía navegar tranquila en el inmenso mar de la Providencia.
Y no sólo dejó de visitar Francisco a su predilecta hija, sino que ordenó a sus frailes diferieran más la asistencia espiritual a las «damas pobres».
Continuaba, sí, Fr. Bentivenga asomándose por el muro del huerto, pero sólo para averiguar qué cosa les hiciera falta.
Y Ortolana seguía entregando con diligencia la espuerta para el pan y el depósito de aceite; pero un día decidió Clara no recibir en adelante nada de manos de los limosneros: «Si logramos —dijo con firmeza— poder vivir privadas del pan espiritual, también podremos pasar sin el corporal.»
La ciudadela de la soberana pobreza levantó de esta suerte todo puente levadizo con el mundo.
No escapó a Francisco el significado de este gesto. Clara y sus compañeras esperaban de él una lección de Vida espiritual. Querían oír de sus labios uno de aquellos discursos que encendían en amor las almas. Tal vez esperaba ver renovado entre los olivos de San Damián el prodigio del incendio místico del bosque.
Y emprendiendo el camino que subía a San Damián, llegó allí presto y tocó a la puerta. Al momento corrió por toda la casa la noticia de que el Padre se había por fin conmovido y acababa de llegar. Las «damas pobres» lograban así reunirse en torno a su maestro.
Francisco, mudo y abstraído en medio de las Hermanas, parecía meditar.
Clara hizo señal a las compañeras para que se sentasen, mientras esperaba salieran de la boca del Padre palabras que «penetrarían la medula de los huesos».
Francisco no tenía dotes de orador. Su lengua parecía trabada cuando empezaba a hablar, mas luego se enfervorizaba y saltaba con los pies descalzos como si quemara la tierra. Sus palabras eran entrecortadas y premiosas. Sólo cuando pronunciaba el nombre de Jesús adquiría su voz un tono extraordinariamente dulce. Se relamía los labios, como si encontrara en aquel nombre sabor a miel.
Clara esperaba que brotasen de repente las palabras de Francisco con incontenible fuerza. Sin embargo, Francisco permanecía mudo y absorto; parecía como aguardar la inspiración del cielo; y ésta llegó por fin.
Como sacudiéndose después de su larga abstracción, pidió ceniza, y con ella trazó un círculo en el pavimento, y rociando luego su cabeza con la sobrante, entonó, con voz compungida, el salmo Miserere: «Piedad de mí, Señor; según tu gran bondad y misericordia, perdona mi pecado. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mi pecado.»
Terminado que hubo el salmo, salió rápidamente de en medio de aquel círculo de ceniza y, a todo correr, desapareció del convento.
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