Florecillas de Santa Clara,13-16:

El rostro en el pozoEl rostro en el pozo

Clara aprendió la lección; también Francisco no era más que ceniza, y ceniza era ella, aunque clara y casta.

La soberbia espiritual podría convertirse en polilla para las almas penitentes, para los corazones amantes de Jesús.

Al entonar Francisco el Miserere había reconocido su miseria y debilidad. El hombre más grande y fuerte nada puede sin la ayuda del Señor. Precisaba por tanto orar para que el orgullo abandonado al salir del mundo no volviera a tentar al alma en la región de lo espiritual.

Por eso oraba Clara: oraba en el coro, durante las horas canónicas; oraba durante el trabajo; oraba comiendo, y oraba de noche, interrumpiendo el descanso, en su lecho de sarmientos.

Y la oración continua proyectaba en su rostro reflejos luminosos: «Cuando volvía de la oración —escribe una compañera—, su rostro parecía más claro y bello que el sol.»

Eso quería Francisco, quien, aunque lejos de San Damián, pensaba en Clara y en las otras «damas pobres», temiendo fuese velado su brillo, nublado su esplendor.

Sabía él que no bastaba haber renunciado al mundo. Era forzoso renunciar también a Satanás; y Satanás es, ante todo, orgullo.

El primer voto franciscano no es precisamente el de pobreza ni el de castidad; es el de la humildad, que bien entendida incluye los otros dos como consecuencia natural. Y la humildad no podía conservarse sino con la oración ferviente y perseverante.

Por eso había entonado Francisco en San Damián el salmo Miserere, esto es, la plegaria de humildad y de penitencia: «Reconozco mi iniquidad y mi pecado, está siempre delante de mí. Contra Ti he yo sólo pecado y obrado el mal en tu presencia.»

Después de esta lección de las cenizas aumentó Clara sus penitencias e intensificó su oración.

Oraba también Francisco por ella, a fin de que su claridad fuese cada vez más nítida.

Cuando de noche se levantaba a orar, alzaba sus ojos hacia las estrellas y pedía al Señor para sus «damas pobres» el resplandor de aquellas luminosas criaturas.

Pero el cielo brillaba muy alto. Mirar hacia arriba podría ser presunción.

Y fue mirando hacia abajo cómo quedó Francisco cerciorado de la perfecta humildad y pureza de Clara.
Sucedió así: atravesaba una noche de plenilunio la región de Sena en compañía de Fr. León, «ovejuela de Dios», y llegaron cansados a un pozo abierto en el campo. Se asomó Francisco y estuvo largo rato apoyado sobre el brocal mirando hacia abajo, en el fondo oscuro.

Cuando se alejó de allí parecía extático, y sin beber continuaron el camino cantando y loando al Señor.
Y como si adivinase el estupor de Fr. León, que caminaba detrás, se paró luego y dijo:

—Fray León, ¿qué crees tú he visto yo en el pozo reflejado en el agua?

—Padre mío —respondió Fr. León—, habrás visto seguramente la luna que luce en el cielo.

—No, Fr. León, he visto el rostro de nuestra Hermana Clara, que temía se hallase atribulada y en tentación.

Ella, empero, se halla resplandeciente y en perfecta paz. Por esto se ha serenado mi corazón y me siento lleno de gozo y gratitud hacia el Señor.

Clara, en la humildad de la oración, cobraba más claridad. Podía, pues, con razón, decir Francisco: «Después de Dios y el firmamento, Clara.»

La voluntad de DiosLa voluntad de Dios

Sin embargo, era Francisco ahora quien acudía a Clara para recibir su consejo y opinión. Había llegado a ser fuente de tales luces, que Francisco veía en ella destellos de la divina Sabiduría.

Como recibe la luna su blancura del sol, así Clara recibía su resplandor de la gracia de Dios.

Cuando quería saber Francisco cuál fuese la voluntad del Señor, lo consultaba con la reclusa de San Damián.

Francisco estuvo luchando desde el principio de su conversión entre si darse a la contemplación o al ministerio de la predicación. No le sonaba clara la voz de Dios: ¿Le quería el Señor ermitaño o misionero? ¿Le llamaba a la vida contemplativa o a la activa? ¿Debía vivir solitario en los bosques y riscos o predicar en las plazas y castillos?

Esta duda le. asaltaba de vez en cuando así en la soledad, donde recogía abundante fruto su alma contemplativa, como entre las turbas de hombres, donde cosechaba rica mies de penitencia.

Para resolverse y acabar de una vez con la duda quería una señal precisa del cielo. Hubiera podido pedirla a Dios directamente, mas prefirió dirigirse a Clara, seguro que ella sería la mensajera de la voluntad del Señor.
Llamó a este propósito a Fr. Maseo y le dijo: «Ve a Sor Clara y dile que ruegue a Dios con alguna de sus compañeras más espirituales para que se digne revelarle qué deba yo hacer: predicar o entregarme a la oración. Luego irás a Fr. Silvestre y le propondrás lo mismo.»

Silvestre era el único sacerdote entre los primeros compañeros. Pasaba los días entregado a la oración en una brecha del Subasio, por lo cual sentía Francisco gran veneración por él.

Se dirigió Maseo a San Damián a llevar la embajada a Clara. Esta escogió las compañeras y se puso en oración delante del Crucifijo que había hablado a Francisco. Luego subió al Subasio en busca de Silvestre, a quien comunicó el mensaje.

Este había tenido algunas visiones, de las cuales se podía colegir fácilmente cuál fuese la misión de Francisco: se hallaba en oración un día y vio salir de la boca de Francisco una cruz, que se prolongaba y dilataba tanto que, tras abrazar el mundo entero, subía hasta el cielo. Esto significaba que la predicación de Francisco debía extenderse por toda la tierra.

La respuesta de Silvestre fue explícita: «Esto dice Dios que comuniques a Fr. Francisco: el Señor no le ha llamado para sí mismo, sino para las almas que se han de salvar por él.»

Bajó Fr. Maseo del Subasio y se encaminó a San Damián. También Clara había recibido la respuesta igual
que la de Silvestre: «Dile al Padre que Dios le quiere predicador por medio del mundo.»

Cuando volvía Maseo a la Porciúncula le salió Francisco al encuentro con suma solicitud. Le lavó los pies, le preparó una refección para rehacerse del cansancio y le sirvió con humildad.

A continuación le llevó a un lugar solitario en medio del bosque ; se arrodilló delante de él; se caló la capucha y cruzando los brazos ante el pecho no le preguntó por la respuesta de Clara ni de Silvestre, sino dijo llanamente: «¿Qué me manda mi Señor Jesucristo?»

Para él, Clara y Silvestre no eran más que oráculos de Jesús. Respondió Maseo: «El Señor ha revelado a Clara y a Silvestre su voluntad: que vayas a predicar por el mundo porque Dios no te ha escogido para ti sólo, sino también para salvación de los demás.»

Se levantó al punto Francisco y dijo resuelto a sus compañeros: «Vayamos en el nombre de Dios.»

Y empuñando el bastón empezó a caminar en dirección a Montefalco.

Fr. Gil y la predicaciónFr. Gil

Al fin y al cabo podían las «damas pobres» pasar sin la visita de Francisco, pero no sin la de los sacerdotes, confesores y directores espirituales.

Todas las mañanas oían misa desde el coro y a través de la reja pasaba la Eucaristía, verdadero pan de sus almas.

Francisco tenía muy en cuenta destinar a tal servicio a los sacerdotes más dignos y a los confesores más delicados.

Después de la muerte del Padre fue confiada la dirección espiritual de las «damas pobres» a un inglés de extraordinaria ciencia y finísima intuición. Se llamaba Alejandro de Alés, en cuyos ojos azules se translucía la serenidad de un alma contemplativa.

Hablaba de manera muy correcta y sosegada y usaba imágenes lúcidas, en cuyo terso espejo podían reflejarse las almas delicadas de Clara y sus compañeras.

Cuando hablaba en la iglesita oscura de San Damián, parecía el cielo transparente a través de la ahumada bóveda y los lirios del altar parecían despedir aroma de paraíso.

Solía acompañarle Fr. Gil, ingenuo campesino italiano que, invitado por Francisco a seguirle hallándose en el campo, se unió al grupo de los primeros franciscanos, llevando a él el rudo pero buen sentido común del campo.

Hombre inculto, contrastaba con la extraordinaria ciencia de Alejandro; tosco y rudo, era una antítesis de la delicadeza de Alejandro de Alés. No podía escogerse mejor pareja para demostrar cómo el ideal evangélico podía hermanar hombres de tan diversa índole y educación.

En una sola cosa parecían convenir, en el fervor de su alma, que en Alejandro se traducía en un lenguaje delicado y exquisito, mientras en Fr. Gil se reflejaba en dichos vulgares y sentencias de pueblo.

Cuando hablaba el inglés se retiraba Fr. Gil a un rincón de la iglesia, y allí, sentado con las piernas cruzadas, ponía la cabeza entre las rodillas. Parecía que durmiese, pero, en realidad, escuchaba y meditaba. La palabra meliflua de Alejandro tenía tal dulzura espiritual que le henchía de gozo, y temiendo que las mujeres reclusas sintiesen demasiado consuelo, le interrumpía de repente diciendo: «Deja de hablar, maestro, que yo también quiero hablar.»

Se levantaba entonces del suelo pesadamente y, entre gestos desgarbados, soltaba alguna sentencia como ésta: «El camino para ir hacia arriba, es ir hacia abajo.»

Otras veces exclamaba con voz cascada de villano: «Deberíamos llevar todos a cuestas una piedra de molino para tener siempre inclinada la cabeza.»

O también: «Cuando quisiere alguien litigar contigo, pierde si quieres vencer. Por tanto el camino para vencer, es el de perder.»

A veces se acordaba de su estado anterior de campesino, y decía: «Este mundo es parecido a un campo, de modo que el que posee mayor porción, la tiene peor.»

Dirigiéndose, por fin, a las Hermanas encerradas tras la reja, les gritaba: «Nuestra carne es el bosque donde el diablo hace leña.»

Alejandro de Alés interrumpía con humildad su alocución para dar paso a las sentencias del campesino. Alguna vez le parecía que Fr. Gil andaba algún tanto equivocado en su rústica sabiduría, como al decir: «Yo escogería entre todas las virtudes la santa castidad». Y entonces intervenía discretamente el docto maestro: «¿No será mayor acaso la virtud de la caridad?»

Pero rebatía con aire socarrón el fraile rústico: «¿Y qué cosa hay más casta que la caridad?»

Alejandro de Alés terminaba por inclinar la cabeza y sonreír ante las ocurrencias de Fr. Gil.

La más hermosa lección que dejaba a las «damas pobres» de San Damián era precisamente la de humildad obedeciendo al campesino y escuchando sus refranes sencillos, inspirados en una sabiduría que hacía doctos a los hombres más rudos.

El llanto de Santa ClaraEl llanto de Clara

Cuando Francisco tardaba más de la cuenta en llegarse a San Damián recurría Clara al Maestro de los maestros, al Señor de las almas.

Se arrodillaba delante del Crucifijo y meditaba en las cinco lecciones de sus llagas ensangrentadas. También en esto era fiel al ejemplo de Francisco. Más aún, parecía adivinar por milagroso instinto que aquellas llagas quedarían impresas en el cuerpo de su maestro en la tierra y serían como el sello del franciscanismo.

La Pasión de Jesús era el texto en el que Clara leía y estudiaba de continuo la lección de la santidad.

Aun trabajando y comiendo tenía siempre a la vista la imagen de Cristo paciente. Revolvía en su mente los tormentos de la Víctima divina y ardía en deseos de sufrir con Cristo.

Por la tarde, sobre todo, entre la hora de sexta y nona, era más aguda y dolorosa su participación en la Pasión de Jesús. Era la hora en que Jesús agonizaba en la Cruz.

Reinaba gran silencio entre los olivos de San Damián; se aquietaba todo rumor en el recinto del convento y, en medio de tan recoleto silencio, sentía Clara la secreta necesidad de llorar sobre la cabeza inclinada del Redentor.

Redoblaba entonces sus penitencias, apretaba más su cruel cilicio y daba rienda suelta a su piedad compasiva: «Sus ojos —escribe el primer biógrafo— parecían dos fuentes de agua. Lloraba meditando la Muerte de Jesús, gemía delante del Crucifijo y su rostro y pecho quedaban empapados en sus propias lágrimas.»

Se enrojecían sus hermosos ojos, marcando poco a poco las lágrimas dos surcos en sus mejillas. De aquí tomó pie el tentador creyendo poder encontrar en Clara un residuo de vanidad femenina.

Se le apareció bajo la forma de niño y con voz dulce le dijo: «¿Por qué lloras tanto? Mira que tus ojos se marchitan y vas a quedar ciega.»

Clara respondió: «Nunca podrá quedar ciego quien a Dios tiene en su alma.»

Lloraba también de noche en su lecho, apoyada la cabeza sobre el leño que le servía de almohada, y tan copioso era su llanto que llegaba a quedar bañado aquél.

Tampoco entonces la dejaba tranquila el tentador y en la oscuridad del dormitorio susurraba a sus oídos: «¿Por qué lloras tanto? Lo que vas a conseguir es que se pudra tu cerviz y te salga por las narices. De este modo quedará desfigurado tu rostro y tu mente sin sesos.»

Contestaba Clara a tan insinuante susurro: «Yo he de llorar sin cesar la Pasión de mi Señor, y no se podrirán mis sesos, ni sufrirá menoscabo mi lucidez, si la gracia de mi Señor y Creador me asiste en mi dolor y llanto.»

Las lágrimas eran para su alma un baño saludable 9ue la mantenía pura en la gracia. Y en su rostro, bello por don natural, aparecía cada vez más luminosa y apacible su belleza sobrenatural.

Lloraba Clara, y entre sus lágrimas brillaba, como el sol en la lluvia de primavera, su alma enamorada de Jesús.

Y como viese el maligno que nada aprovechaban seducciones tan sutiles, recurrió a la violencia material. Un día que Clara lloraba con más fervor contemplando las llagas del Redentor, le dio un tremendo bofetón, diciéndole: «Llora una vez al menos de dolor físico.»

Fue tan cruel el golpe que sangró al instante por oídos, nariz y boca. Pero al contrario de lo que pretendía el maligno, empezó a sonreír Clara de alegría.

Se hallaba contenta de haber recibido una ofensa material infligida directamente por el enemigo de su alma.