Florecillas de Santa Clara, 17-20:

El cántico de las criaturasEl cántico de las criaturas

Oraba Clara y lloraba delante del Crucifijo.

Y Francisco era ya crucifijo viviente. Hacia el fin del verano de 1224 había recibido las llagas en el monte de la Verna, adonde se había retirado a meditar la Pasión de Jesús. Las cinco llagas del Redentor quedaron en él grabadas en sus manos, pies y costado, de las cuales manaba sangre de continuo.

Así herido bajó del monte sentado sobre un asno, y tan lenta y dolorosamente como pudo se dirigió hacia Asís: «Adiós, monte del Señor; adiós, monte santo; adiós, monte Alverna. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo te bendiga. Quédate en paz, que ya no volveremos a vernos.»

Estas palabras las pronunció, desde el monte Casella, de cara a la Verna, pero con la mirada vaga, pues ya casi no veía.

Aquello que dijo el tentador a Clara se verificaba en Francisco. Sus ojos, abrasados y dolientes, habían quedado semiciegos.

Llegó medio moribundo a Foligno, adonde tuvieron que ser llamados varios médicos de la Corte pontificia residente en Rieti. Uno de los cirujanos creyó poder curarlo cauterizando las sienes, y Francisco se dejó atormentar sin una queja. Sólo dijo antes al fuego: «Sé benigno en este momento; pórtate bien conmigo, pues yo siempre te he amado en el Señor.»

Ningún alivio recibía de las curas, y todo su cuerpo, el «hermano asno», era objeto de dolor. Le dolían los ojos como si raspasen sus pupilas con un cristal; le dolía el pecho, rasgado por la herida; el estómago, destrozado por los ayunos, y el hígado, por la fatiga; le dolían las manos llagadas, las piernas hinchadas y los pies atravesados del dorso a la planta.

Reducido a estas condiciones, deseó Francisco, en el verano de 1225, retirarse a San Damián. Ahora que era semejante al Crucifijo podía llegarse sin temor a sus «damas pobres». Ecce Homo podía repetir de sí mismo.

Clara le vio llegar extenuado, macilento, herido y a tientas, en medio de un sol deslumbrador que apagaba la débil centella de luz que le quedaba.

Francisco no podía quedar hospitalizado en el convento de las «damas pobres», por lo cual hizo levantar Clara en el huerto una cabaña de cañas, donde no quiso Francisco por cama más que un poco de paja.
Allí, bajo los olivos, era curado Francisco por Clara, mientras cantaban recio las cigarras con su monótona estridencia. Durante el día se veía rodeado de las «damas pobres», que trataban de aliviarlo; mientras Francisco sonreía aceptando sus cuidados.

Pero de noche eran crueles sus tormentos. Cuando se cerraban por obediencia a la Regla las puertas del convento, quedando fuera sólo Francisco, no hallaba reposo en su cabaña rústica.

Ratones hambrientos salían de bajo la paja y roían las puntas de sus dedos.

Se volvía de un lado sin encontrar alivio; y sin embargo, no se lamentaba, antes bien sentía inundada su alma de grande alegría. Todo dolor se le cambiaba en gozo porque venía del Señor que tanto había sufrido por la salvación de todos.

Todas las cosas eran buenas y hermosas, como obras de Dios, y aun el dolor y la enfermedad eran santos aceptados en el nombre de Jesús y de su Pasión.

Sufrir con Jesús era el privilegio que daba a Francisco un contento indecible.

Una mañana, después de la noche pasada con mayores dolores que de costumbre, al despuntar el día, entre los olivos de San Damián recibía Francisco a Clara, a la entrada de la cabaña, con el cántico de gratitud coreado por toda la creación.

«Altísimo, Omnipotente, mi buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor
y toda bendición.

A Ti sólo, Altísimo, pertenecen
y ningún hombre es digno de traerte en mención.

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
en especial por el hermano Sol,
el cual es día y por él nos alumbras;
es hermoso y radiante con sumo esplendor
y de Ti, Señor, recibe su significación.

Loado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las estrellas
que en el cielo has plasmado luminosas, preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por el hermano Viento
y por el aire y firmamento,
así nublado como sereno,
por el cual a todas las criaturas das sustento.

Loado seas, mi Señor, por la hermana Agua,
que tan útil es, humilde, buena y casta.

Loado seas, mi Señor, por el hermano Fuego,
con el que iluminas la noche y es alegre, robusto, fuerte y bello.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
produciendo variados frutos con flores multicolores y hierba.»

Quizá Clara, que, arrebatada, escuchaba a Francisco loando a Dios en sus obras, se veía brillante como las estrellas, humilde y casta como el agua.

Y cuando más resplandecía su alma en aquel plácido amanecer, proseguía Francisco su canto con voz quebrada por el llanto:

«Loado seas, mi Señor,
en aquellos que perdonan por tu amor
y sufren enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que lo soportan en paz,
pues por Ti, Altísimo, coronados se verán.»

He ahí la gran lección que recibía Clara con inmensa alegría y con gran fidelidad practicaría: perdonar por amor de Jesús; sufrir con paz tribulación y enfermedad.

La última estrofa del cántico era como la consigna que daba a todos los suyos, en particular a Clara:

«Load y bendecid a mi Señor, y dadle gracias
y servidle con grande humildad.»

Empezaba a despertar el convento de San Damián, y en aquel rincón de paraíso las «damas pobres» de Clara servirían siempre al Señor con grande gozo y humildad.

La última visitaLa última visita

Aunque ciego y enfermo, Francisco no podía estar parado. Y partió de San Damián solo. Querían acompañarle, pero él hizo desistir a sus compañeros diciendo: «Vi un día a un ciego que llevaba por guía un perro, y yo no quiero ser más.» No podía caminar sino con gran dificultad y dolor. A su cuerpo cansado y rendido decía: «Alégrate hermano asno y perdóname. Dentro de poco ya descansarás.»

Y llegó al camino que subía hacia Asís. Venía a morir en su ciudad, y en ella fue huésped por aquellos días del Obispo. Y mientras aguardaba la muerte cantaba.

Pero al sentir ya vecina a la hermana muerte, rogó le llevasen a la Porciúncula. Quería morir en Santa María de los Ángeles.

Le colocaron sus compañeros en una camilla y le llevaron fuera de la ciudad, camino de Santa María. A la mitad del camino pidió ser depuesto en tierra y vuelto cara a la ciudad, a la cual bendijo.

Cuando se enteró Clara que Francisco estaba de nuevo en la Porciúncula para morir allí, sintió vivas ansias de asistirlo en su agonía. Ahora sí le parecía una cárcel San Damián. Hubiera querido abrir la puerta y escapar por el bosque hacia Santa María de los Ángeles, como la noche de su fuga de casa.

Pero Francisco se mostró inexorable; e imaginando el dolor de Clara y de las «damas pobres», encargó a un fraile de visitarla con este mensaje: «Ve a la Hermana Clara y dile que no se duela ni entristezca por no poder venir a verme. Ella y sus Hermanas me verán después de muerto y experimentarán gran consuelo.»

Sin embargo, manifestó deseos de que viniera a la Porciúncula otra mujer, la viuda romana de los Settesoli. Para Francisco eran Clara y Jacoba lo que fueron para Jesús María y Marta. Clara era mujer de oración y contemplación; Jacoba, mujer de acción y de asistencia. Francisco recibía de ella regalos de paño, cera y algunos dulces amasados con harina y miel. Era toda una mujer varonil, y mientras a Clara llamaba Sor Clara, a la matrona romana la distinguía con el nombre de Fr. Jacoba.

Antes de entrar en agonía quiso Francisco le despojaran de la túnica y le tendieran desnudo en el suelo. Pero el Guardián de la Porciúncula ordenó luego que fuera otra vez vestido, y Francisco obedeció, pidiendo de limosna un hábito. Quería morir sin nada propio encima. Y de esta suerte, tendido en tierra, renovó las bodas con la pobreza.

Era al ponerse el sol del 3 de octubre de 1220 cuando expiró Francisco, y en ese preciso momento se vio la campana de la Porciúncula envuelta en una nube de alondras que llenaban el aire con sus trinos.

Francisco había amado siempre a esas criaturas por parecerle imagen de sus frailes. Vestidas de plumaje pardo, s¡n ornato alguno, se cobijaban en tierra, pero apenas asomaba el sol por el Oriente levantaban el vuelo locas de alegría. También sus frailes, vestido de tosco sayal color oscuro, debían vivir pobremente en el mundo y cantar con fervor y alegría el himno de la gratitud al Señor, sol del alma.

Fray Jacoba arregló el cadáver de Francisco y cubrió su rostro con un lienzo recamado.

Clara lloró y oró toda la noche en el rústico coro de San Damián.

Al día siguiente hubo gran concurso de gente en Santa María de los Ángeles. Venían de los lugares vecinos y de Asís. De allí bajó pueblo y Clero. Empezaba de esta suerte la glorificación del pobre voluntario.

Su cuerpo fue llevado inmediatamente a la ciudad; pero en vez de seguir el camino por donde bajara pocos días antes en la camilla, se dirigió el cortejo fúnebre por otra parte, pasando por San Damián.

Francisco había prometido a Clara que le vería de nuevo, y helo ahí que viene hacia ella con los pies por delante, seguido del clero con antorchas encendidas y del pueblo con ramas desgajadas de los árboles.

Esperaban en San Damián las «damas pobres». Clara, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, miraba fijamente hacia la puerta de la iglesia.

Ya llega el eco de los cantos fúnebres. De momento una pausa, y el féretro llega a la vista de San Damián y avanza hacia la iglesia.

Clara contempla los pies heridos, mira las manos llagadas, se fija en el costado abierto, contempla el rostro de cera con la expresión de la paz solemne de la muerte.

Gimen las «damas pobres» detrás de la reja y al instante son removidos los hierros para dejar paso en el coro al cuerpo de Francisco. Clara acaba de tener la última visita de su crucificado en la tierra. Ya no llora.

Pálida bajo el velo negro, besa las llagas de los pies de las manos y la del costado, y luego se retira, dejando paso a las «damas pobres», que hacen otro tanto.

Y cuando vuelve en sí de su mudo dolor se encontraba la iglesia vacía.

Aun se oye lejano el pisar fuerte del cortejo que va subiendo hacia la ciudad.

Pero San Damián no quedó desierto. Se encuentra aún allí Jesús crucificado. Francisco, es verdad, ha muerto; pero su Maestro y Salvador agoniza aún en la cruz para siempre y por todos los hombres.

La defensa de la pobrezaLa defensa de la pobreza

El Papa se encontraba en Asís. Habla venido a proclamar al mundo entero desde esta ciudad que Francisco, hijo de Pedro de Bernardone, era un Santo.

Nos hallamos en 1228. Sólo habían transcurrido, por tanto, dos años desde que, tendido en la dura tierra, moría en la Porciúncula el perfecto pobre voluntario.

Bastaron dos años para abrir y cerrar el proceso de beatificación. No tuvo la Iglesia necesidad de más tiempo para declarar de modo infalible la santidad de Francisco.

Y aun necesitó menos el pueblo, que empezó a venerar a Francisco desde el momento en que su cuerpo, «Fr. Asno», era llevado a la iglesia de San Jorge.

En aquel cuerpo estaban patentes los sellos de la santidad, impresos por el mismo Jesús, las cinco llagas de las manos, pies y costado; los llamados estigmas de la Pasión.

Y ahora había venido de propósito el Papa para confirmar con autoridad infalible aquellos sellos milagrosos y elevar a la gloria de los altares al pobre juglar de Cristo.

Sólo hacia un año que era Sumo Pontífice Gregorio IX. Antes había sido Cardenal, el Cardenal Hugolino, de la familia de los Orsini. Como Cardenal había conocido a Francisco y le había ayudado en la redación y aprobación de la Regla. Le conocía a fondo, lo mismo que a Clara y sus «damas pobres».

Quiso visitar San Damián. Quiso ver personalmente los efectos de aquella Regla de pobreza llevada a la práctica, y que tanto había discutido con Francisco.

Siempre habían parecido en Roma muy atrevidas las demandas de Clara y de Francisco. Mientras tanta gente pedía favores y privilegios, Francisco y Clara no solicitaban más que vivir pobres.

Cuando fue presentada la demanda de Clara para sí y sus «damas pobres», es decir, el privilegio de no poseer nada y de vivir de limosna, exclamó Inocencio III, Papa entonces: «Nunca se pidió a la Sede Apostólica tal cosa, vivir en semejante pobreza.»

Y ahora era otro Papa, Gregorio IX, quien bajaba por entre los olivos a ver personalmente cómo se podía vivir en tal estado de penuria. Venía acompañado de Cardenales, Prelados y Caballeros y llamó a la puerta del convento.

Se abrió la puerta y entró el Pontífice seguido de su noble cortejo.

Clara servía de guía: «Esta —dice— es la iglesita restaurada por Francisco con sus propias manos; ahí está el coro cuya reja fue removida para que pudiesen las «damas pobres» besar las llagas del Santo. Este es el claustro con el pozo, junto al cual se halla el refectorio; allí arriba está la enfermería, y junto a ella el dormitorio.»

Le acompaña finalmente al huerto, grande y espacioso como un pañuelo.

Gregorio IX va observando y meditando: se fija en los asientos del coro, de madera sin labrar; observa las mesas toscas del refectorio; los sacos de sarmientos, en vez de camas; los troncos de leño por almohadas. Observa los limpios vestidos, pero llenos de retales y remiendos; los pies desnudos las manos deformadas. Mide el huerto, donde sólo se ven dos matas de romero y algunas ramitas de salvia.

—¿Cómo —se dice el Papa— se puede vivir en semejante estado de pobreza? ¿Y de dónde pueden mantenerse estas pobres mujeres? Todos los monasterios y conventos han tenido siempre campos y propiedades con las rentas necesarias para la vida de las religiosas. En San Damián, en cambio, nada tienen las «damas pobres» fuera del muro de clausura.

Y este mudo diálogo se exterioriza bien luego.

—¿Cómo podéis vivir?

—De limosna, Santo Padre.

—Pero si llegan tiempos difíciles, guerras, carestías, ¿quién os podrá sustentar?

—La Providencia, Beatísimo Padre.

—Vuestra Regla es demasiado estrecha. La Madre Iglesia no puede permitir que sus hijas predilectas se vean expuestas a la necesidad sin defensa alguna.

—Nuestra defensa es Cristo crucificado y su Vicario en la tierra.

Gregorio IX fija la mirada en el rostro intrépido de Clara como queriendo escrutar un pensamiento oculto, y le dice pausadamente para dar tiempo de reflexionar a esta mujer fuerte.

—Hija, si temes por el voto de pobreza ya hecho yo te puedo absolver. Tú sabes bien que Jesús ha conferido a su Vicario en la tierra el poder de absolver y de atar ; y lo que absuelve en la tierra, queda absuelto en el cielo.

Cardenales y Prelados se hacen señas de anuencia, pues hallan muy puesto en razón el discurso del Papa. Es preciso, dicen, suavizar la Regla.

También los Caballeros de la escolta se tranquilizan por haberles parecido extraordinario el espectáculo de pobreza admirado. Es necesario mitigar, dicen, la aspereza de vida de estas mujeres.

Clara, empero, palidece ante las palabras del Papa como ante una amenaza. Se le anublan los ojos en lágrimas como si hubiera recibido un castigo, y cayendo en tierra, de rodillas ante el Papa, con voz quebrada por la emoción implora:

—Santo Padre, yo no temo por el voto ya hecho y sé que podéis absolverme de él...

Y después de una pausa, añade con más firmeza:

—Padre Santo, absolvedme de mis culpas, pero no del privilegio de la santa pobreza, de la cual jamás quiero ser absuelta.

Y todas las «damas pobres» fieles a Francisco se muestran de acuerdo con Clara. Piden a coro al Vicario de Cristo la absolución de sus pecados y la confirmación del voto de pobreza.

La cruz en el panLa cruz en el pan

Gregorio IX se entretuvo algún tiempo en Asís, y antes de partir de allí quiso volver a San Damián.

Se encontraba la ciudad repleta de frailes llegados de todas partes para asistir a la glorificación de su padre Francisco.

La Iglesia reconocía oficialmente la virtud heroica del pobrecillo de Asís.

Francisco era un Santo. En torno a la cabeza del hijo de Pedro Bernardone brillaba la aureola del paraíso.

Y como esta aureola resplandecía en toda la Iglesia, así los seguidores de él se hallaban esparcidos por toda la tierra. En pocos años se difundió por toda la faz del mundo la Orden de los Menores, llamados comúnmente "franciscanos".

Eran muchísimos los que seguían con los pies descalzos las huellas de Francisco. Y sobre todos y mejor que nadie le seguía Clara, fiel a la doctrina del Santo en la guarda de la más estricta pobreza.

El Papa Gregorio IX había meditado muchas veces sobre el diálogo mantenido con Clara en San Damián, especialmente sobre aquellas palabras: «Padre Santo, absuélveme de mis pecados, pero no del voto de pobreza.» Esto significaba que Clara entendió perfectamente el espíritu de San Francisco y se identificó con su ideal evangélico.

El Papa no podía abandonar Asís sin volver por los olivares de San Damián, donde se respiraba el aire puro del franciscanismo.

Avisada a tiempo, pudo esta vez Clara, ayudada de sus compañeras, adornar con flores la iglesia y dar una mano de aceite a las mesas del refectorio. Enramó asimismo con fronda de olivo la senda que bajaba al convento.

Aunque pobre, quiso honrar así al Vicario de Cristo. Mas ¡ay si la perfecta pobreza le hubiese dado ocasión de jactancia! La pobreza soberbia e insolente es como el pan enmohecido, que en vez de nutrir envenena.

El Papa bendijo a las «damas pobres» y les dirigió una paternal alocución.

Clara le escuchaba como extática. Aunque muy entrada en la vida de piedad y devoción, le parecía un don inestimable la palabra del Pontífice. El Papa era para ella Jesús en la tierra. Así se lo había enseñado San Francisco en su inquebrantable adhesión a la Santa Iglesia. Y Clara, verdadera hija de San Francisco, llamaba a Gregorio IX Padre Santo.

Gregorio IX, de su parte, deseaba oír hablar a Clara, y la escuchó con admiración hablando de «las cosas celestiales y divinas».

Y en estos coloquios pasó fugazmente el tiempo, y advirtió Clara que, muy rebasado ya el medio día, no era
conveniente que volviera a comer a la ciudad el Sumo Pontífice.

Confusa, pero con toda serenidad, hizo preparar al instante la mesa. Sólo había pan duro y de limosna.

Clara ordenó colocaran los panes sobre las toscas mesas del refectorio y, arrodillada, rogó al Papa que bendijese la mesa.

Repuso el Papa:

—Hermana Clara fidelísima, yo quiero que bendigas tú este pan haciendo la señal de la cruz de Cristo sobre él.

—Santísimo Padre —dijo Clara—, perdonadme, pero sería digna de reprensión si delante del Vicario de Cristo osase yo, pobre mujer, hacer esta bendición.

Y el Papa de nuevo:

—Para que. no sea presunción tuya, yo te mando por santa obediencia que hagas sobre estos panes la señal de la cruz, bendiciéndolos en el nombre de Dios.

No pudo resistirse Clara al mandato del Pontífice, y puesta de pie trazó con la mano derecha en el aire una gran cruz invocando el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Al momento vio el Papa, y lo vieron también los Cardenales y Prelados del cortejo, así como las «damas pobres» allí presentes, que en cada pan apareció, por milagro, una cruz como incrustada en la dura corteza del pan.