Florecillas de Santa Clara, 21-24:

El pan de los ÁngelesEl pan de los ángeles

La comida en San Damián era a menudo un poco de pan con aceite. Y aun esto faltaba a veces, a menos que interviniera Clara con algún milagro.

Pero lo que nunca faltaba era el pan de los ángeles, la Santa Eucaristía.

Clara podía pasar sin el pan común, pero no sin Aquel que consagraba el sacerdote sobre el altar y distribuía a través de la reja.

También en esto era Clara perfecta discípula de San Francisco, quien no se cansaba de decir y escribir a sus hermanos: «Os ruego con todo ahinco y besándoos los pies que rindáis toda la reverencia y el honor posible al Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo.»

Decía aún a sus compañeros: «Si me ocurriera encontrarme al mismo tiempo con un Santo bajado del cielo y un pobre sacerdote, haría primero los honores al sacerdote besándole las manos, y diría al Santo: "Oh, tú, espera un poco, pues las manos de éste poseen un poder sobrenatural."»

¿Y Cuál es el poder sobrehumano de los sacerdotes? El cambiar un pedazo de pan en el Cuerpo de Jesús y administrar la Santa Eucaristía.

Clara sentía gran devoción a la Eucaristía y suma veneración por los sacerdotes, a quienes confirió Jesús en la última Cena el poder de consagrar el pan y el vino.

Cuando se hallaba enferma hacía la sentaran encima de su lecho de sarmientos y paja, y así recostada pedía lino e hilaba, tejía y cosía, confeccionando corporales que luego regalaba a los sacerdotes pobres.

Dejar una Comunión significaba para Clara gran tortura, sobre todo los días de fiesta.

Un año se dio la triste circunstancia de no poder recibir la Eucaristía la noche de Navidad. Esta fiesta era para ella, lo mismo que para Francisco, la más conmovedora y tierna del año porque Dios, Señor del universo, se hizo aquel día pobre entre los pobres al nacer en un establo.

A propósito de esta fiesta decía San Francisco: «Si me fuera dado hablar con el Emperador, yo le instaría a dar un Decreto a fin de que esparcieran cuantos pudieren grano y piensos por los caminos el día de Navidad para que los pajaritos encontraran abundante comida en día tan solemne.»

Y al igual que los pajaritos, ávidos de picar granitos de trigo, ardía Clara en deseos de ir a la iglesia aquella noche de Navidad para recibir el alimento del alma, la Santa Eucaristía. Pero aquel año se hallaba gravemente enferma. Y a pesar de esto no permitió que nadie se quedara para asistirla. Todas las «damas pobres» de San Damián pudieron ir a la iglesia a los Santos Oficios de aquella santa noche para recibir el pan de los ángeles.

Clara quedó sola en el frío y desmantelado dormitorio, tendida sobre su incómodo lecho, con los brazos cruzados ante el pecho y sus irresistibles ansias de participar en las funciones litúrgicas de la Nochebuena.

Sonaban las campanas en el profundo silencio nocturno, aumentado por la nieve que caía copiosa; pero parecía su sonido más dulce que de costumbre. Es que llamaban a la gente distante invitándola al Aleluya de la gran fiesta. Clara escuchaba el sonido lento y jubiloso de las campanas con el alma henchida de amor hacia el Niño Jesús y se trasladaba en espíritu a Greccio, en que San Francisco quiso hacer revivir en una gruta del bosque la mismísima escena de Belén.

Su oración era un ferviente acto de amor a Dios misericordioso, que venía al mundo a sufrir para liberar a los hombres del pecado.

Repetía con los ángeles, llorando de júbilo, el cántico de gratitud y de esperanza: «Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad.»

Pasaron las horas, se extinguió el tañido de las campanas y después de largo rato percibió Clara los pasos ligeros y cautelosos de las compañeras que volvían, precedidas de una lamparilla, al gélido dormitorio. Parecían rebosar de alegría por la emoción vivida en los oficios divinos: «Oh madre nuestra, Sor Clara, qué grandes consuelos hemos experimentado esta santa noche! ¡Pluguiese a Dios que hubierais vos misma asistido con nosotras!»

Y Clara contestó, sonriendo: «Gracias y loa al Señor, carísimas Hermanas, porque yo he recibido mayores consuelos que vosotras. Yo he asistido por intercesión de nuestro P. San Francisco a las solemnes ceremonias de esta dichosa noche. Con mis oídos he percibido el canto, la voz y todo el Oficio de la misa. He visto a la Santísima Virgen y a San José. He asistido al nacimiento del Niño Jesús en el pesebre de Belén. Y aun he recibido una gracia mayor, pues el Señor ha colmado mis vivos anhelos dándome la Santa Comunión. Sea por siempre bendito por la gran bondad que usa con esta su sierva enferma, a quien se dignó saciar esta noche con el alimento espiritual.»

Los sarracenos de Federico II

Asís no fue sólo la cuna de la pobreza franciscana, fue además el nido de la soberbia gibelina.

Se ha dicho que en la antigua fuente bautismal de la vetusta Catedral de Asís fue bautizado después de Francisco, hijo de Pedro Bernardone, Federico, hijo de Enrique y nieto del emperador Barbarroja.

Más aún; se decía que el joven príncipe alemán estuvo hospedado en el castillo de Asís bajo la tutela del Papa. De hecho tenía el Papa gran cariño por aquel tierno y delicado vástago de los Barbarroja. Le defendió de sus enemigos y cuidó celosamente que recibiera una esmerada educación, logrando al fin hacerle coronar a los dieciocho años de edad.

Pero el joven soberano, arrastrado por su ambición desmedida, ni fue agradecido ni respetuoso con el Papa, ya que pronto se revolvió contra la Iglesia, convirtiéndose en cismático, hereje e infiel.

Era inteligente por demás y cultivaba con gusto la poesía amorosa. Sus admiradores le llamaban «el gran clérigo».

Y a la par de su ambición iba su valentía y arrojo, por lo cual le motejaron sus enemigos «martillo del mundo».

De sangre germana, pero enamorado de Italia, soñaba con un gran reino del sol en la parte meridional de la península, desde la Apulia a Sicilia. Ambicionaba establecer una potencia gibelina; un estado en el cual su voluntad fuera ley, y su querer, sagrado.

Tenía a sus órdenes un ejército de veinte mil sarracenos, guerreros tan disciplinados como crueles, infieles al verdadero Dios, pero fidelísimos al Emperador, unían al sadismo frío de los sajones la sanguinaria ferocidad de los africanos.

De blancos dientes, ojos azules, color aceitunado, barba rala, relevante estatura y agilidad de miembros, no había guerreros más temibles que aquellos sarracenos que Federico II empujaba desde Sicilia hacia Roma y más allá.

Cuando hacia el año 1240 llegó la noticia de que estos bárbaros subían desde el valle de Espoleto, la ciudad de Asís fue sacudida por un estremecimiento de terror. Se cerraron precipitadamente las puertas, después de dar cobijo a todos los que buscaban refugio, y se prepararon para la defensa.

Vigilaban los centinelas desde lo alto de la ciudadela espiando el dilatado valle. Sólo las «damas pobres» de Clara habían quedado en San Damián sin defensa alguna.

Sin duda, antes de embestir contra los muros de Asís, habrían pasado estos sarracenos por el pobre conventito perdido entre los olivos sin respeto alguno ni consideración al lugar santo ni a sus devotas moradoras.

Los sarracenos eran guerreros infieles de un soberano cismático. No podía, por tanto, esperarse de ellos miramiento ni sentimiento alguno de piedad.

Recostada sobre el Subasio y cerrada por sus muros de piedra caliza, aparecía la ciudad ahora más pálida que nunca. Y en el valle, ya despoblado, la fronda de los olivos parecía más de color ceniza que de costumbre.

Por doquiera se difundía el terror de las huestes sarracenas y el pánico de los hombres parecía hallar reflejos en el paisaje.

Ya se veía subir al cielo la humareda de los incendios, al par que llegaban las más tétricas noticias de saqueos, robos y matanzas.

Pero dentro de San Damián ayunaban las «damas pobres» a la vez que oraban.

Yacía gravemente enferma Clara cuando le anunciaron la llegada de los sarracenos.

No pasó mucho rato cuando entre el balanceo suave de los olivos se percibía ya el brillo de los yelmos ojivales y las fulgurantes lanzas de los bárbaros.

Un poco más y ya han llegado a San Damián. Se asoma por el muro del huerto algún rostro cetrino, de ojos fríos y gruesos labios, y de improviso sacuden recios golpes la puerta del convento que despiertan a Clara de su sopor.

Y enterada de lo que ocurre, se levanta con fatiga, al tiempo que ordena le lleven la teca de marfil y plata donde se guardaba la Eucaristía. Y arrastrándose con pan consagrado en las manos, se asomó a la ventana de la fachada y enseñó a Jesús sacramentado a los guerreros infieles del ejército anticristiano.

Mientras tenía en alto la Eucaristía decía: «Te ruego, Señor mío, no permitas caigan estas tus pobres siervas en las manos crueles de infieles y paganos... Te ruego, Señor mío, que guardes también a esta ciudad y a sus habitantes, los cuales nos ayudan por tu amor v nos sustentan.»

No se hizo esperar la respuesta, salida de la custodia de marfil y plata como voz de un niño: «Yo os guardaré siempre por tu amor.»

Y en breve desaparecieron los sarracenos de alrededor del convento. Se apagaron poco a poco los fulgores de los yelmos y el brillo de las lanzas y volvió como antes el color de los olivos.

Largo rato estuvieron aguardando los centinelas de Asís el asalto a los muros, pero ningún alarido ni grito de guerra turbó la paz de aquella noche, y a la mañana siguiente podían ser de nuevo abiertas las puertas de la ciudad como si nada hubiera ocurrido.

Una mano misteriosa dispersó, gracias a la intervención de Clara, a los sarracenos, enviándolos en otra dirección.

Enfermedad y tribulaciónEnfermedad y tribulación

Parece que hubiera pensado en ella Francisco antes de morir cuando entonaba en el jardincito de San Damián:

«Loado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor
y sufren enfermedad y tribulación.»

De hecho Clara estuvo enferma durante veintiocho años, desde los treinta y dos hasta los sesenta.

Temían constantemente perderla las Hermanas jóvenes de San Damián, pero ella las tranquilizaba diciendo: «Hijas mías, Dios no quiere que muera todavía; he de estar con vosotras por algún tiempo en este miserable cuerpo.»

Su camastro había venido a ser la cátedra desde la cual enseñaba prácticamente la resignación y la paciencia.

San Damián se había convertido en un imán irresistible para muchas almas. Un autor de este tiempo escribe en estos términos: «Las jovencitas que corren a San Damián son más numerosas que las abejas que en primavera van a posarse sobre las flores.»

Su primera compañera fue Pacífica de Guelfuccio; después su hermana Inés; luego Bienvenida de Perusa, y después Balbina, Cecilia, Felipa, Amada, Cristina, Angelucha, Lucía, Beatriz, Benita, Iluminada, Anastasia, Jacobina, Mansueta, Bienvenida, Bienrecibida, Consolata, Clarella, Pacífica, Verterá, Masariola y al fin Ortolana y otras más.

Pero no sólo en Asís y alrededores, sino en todo el mundo, se difundía el nombre de Clara y su atractivo desde el lecho de dolor.

Del mismo autor citado son estas otras palabras: «No había reino ni nación donde no hubiese sido levantado un monasterio bajo la regla y enseñanzas de Clara.»

Por amor a la pobreza se hizo cortar sus doradas trenzas y ciñó la cuerda franciscana la rubia Inés, hija del Rey de Bohemia y prometida de Federico II.

Clara le escribía a Inés: «Virgen pobre, acércate a Cristo pobre.» Y de Inés es esta respuesta: «Feliz pobreza que vales eterna riqueza a los que te abrazan.»

Llegó luego el turno a otra Reina, Isabel de Hungría, que tomó el hábito franciscano como terciaria; y luego a Ermentrudis de Colonia, que fue clarisa.

Nada hubiera significado la pobreza para Clara si no hubiera ido acompañada de la enfermedad. Era de ver el ejemplo que ofrecía de cómo se debe sufrir pacientemente "enfermedad y tribulación».

Oraba de continuo y trabajaba siempre, a excepción de cuando era arrebatada en la contemplación.

A su discípula, la enfermera que la cuidaba, había dado este encargo: «Cuando te parezca que estoy demasiado fuera de mi no me toques, a no ser que me creas en trance de muerte.»

Eran los viernes sobre todo, cuando meditando la Pasión de Jesús, quedaba como ebria de dolor y arrebatada en éxtasis. En cierta ocasión quedó fuera de sí todo un día, y al llegar la noche se le acercó la joven enfermera, con una vela encendida, en el preciso momento que despertaba a la vida:

—¿Por qué vienes con esa luz?—, le preguntó.

—Madre mía —respondió la enfermera—, pasó ya el viernes y nos encontramos en la noche del sábado, así que habéis dormido todo un día.

Clara miró alrededor y, lanzando un suspiro, dijo: «Bendito sea, hija mía, este sueño.»

No había sido sueño, como no lo eran tampoco las cosas que veía durante sus éxtasis. Es así como supo que no moriría antes de ver otra vez al Papa, que se hallaba en viaje por Francia.

Volvió, al efecto, Inocencio IV y se llegó a Génova. De aquí pasó a Milán; luego a Bolonia, y finalmente, a Perusa, en noviembre de 1244.

Al enterarse que Clara se hallaba gravemente enferma, envió primero al Cardenal de Ostia, y luego se dirigió él mismo en persona a visitarla en San Damián. Se acercó al lecho, y al darle a besar la mano: «No, mi señor —dijo Clara—; no me deis la mano, pues sois el Vicario de Cristo, sino el pie, si queréis hacerme la merced de que lo bese.»

Al ver el Papa su gran devoción quiso complacerla, y se sentó junto al lecho de manera que pudiese la enferma besar su pie.

Clara lo besó por encima y debajo, mojándolo con sus lágrimas, y luego pidió al Papa la absolución de sus pecados diciendo con grande humildad: «Tengo tanta necesidad de esta absolución...» Mas el Papa respondió:

«Pluguiese a Dios que hubiera yo tanta necesidad de ello.»

Tanta humildad de Clara contagió al mismo Pontífice, arrancándole esta frase de humildad.

La bula pontificiaLa Bula pontificia

Clara pedía al Papa dos cosas cada vez que la visitaba en San Damián: la absolución de sus pecados y la confirmación de su estado de pobreza.

La Superiora de San Damián deseaba obtener del Papa una Bula, es decir, un documento oficial escrito sobre pergamino, con el sello pontificio. La Bula que Clara anhelaba tener debía contener la aprobación de la Regla profesada por ella en San Damián, la Regla franciscana que imponía la perfecta y absoluta pobreza sin excepción ni atenuaciones.

Diecisiete días hacía que Clara no comía y se hallaba reducida a algo menos que un cuerpo diáfano, donde sólo parecían animados sus dos grandes ojos, como en espera de la última gracia.

Se encontraba aún en Asís la corte pontificia y bajaban todos los días a San Damián Cardenales y Obispos para ver y oír a la hija predilecta de San Francisco.

Clara les acogía con una dulce sonrisa, al tiempo que clavaba su mirada en las manos de ellos por ver si le traían la ansiada Bula. Y al no verla, ladeaba su cabeza, cerraba los ojos y musitaba una súplica al Vicario de Cristo: «Ven y ayúdame.»

Ella quería dejar en herencia a sus hijas antes de morir la Bula del Papa para que nadie después de su muerte se atreviera a asaltar con las armas de la humana compasión el castillo de la pobreza. Hasta ahora se había mantenido firme ella rechazando todos los ataques a su Regla. Había rehusado privilegios y concesiones. Su absoluta fidelidad a San Francisco la había vuelto invencible.

Mientras estuvo al frente de la dirección de San Damián, aunque enferma y atribulada, ningún asalto de piadosa seducción la había acobardado, aunque tendida en el lecho. Siempre había desdeñado considerar la pobreza como un peligro o una debilidad. Antes bien, la pobreza absoluta constituía para ella, como para San Francisco, el arma invencible y la fuerza irresistible de la santidad.

Mas ahora que sentía junto a su lecho la hermana muerte, ahora que ya estaba para abandonar el puesto de mando y de combate, quería dejar a sus hijas otra arma que no fuese sólo su inflexible voluntad.

Deseaba que la autoridad del Vicario de Cristo reemplazase a su férrea voluntad. Anhelaba tener un documento oficial por el que fuese confirmada la Regla en toda su integridad. Esperaba, en una palabra, la Bula pontificia.

Por esto dirigía instintivamente sus ojos a las manos de los Cardenales y Obispos que venían a visitarla, y al no ver el pergamino, con el sello pontificio colgando de la cinta, inclinaba su cabeza, cerraba los ojos y repetía una muda oración.

Iban también a visitarla los viejos compañeros supervivientes de San Francisco: Fr. León, «Ovejuela de Dios» ; Fr. Ángel, «soldado de Cristo», y Fr. Gil, «caballero de la mesa redonda».

A éstos preguntaba Clara: «¿Me traéis alguna noticia del dulce Jesús?»

Les pedía alguna palabra caldeada en el amor de Cristo, como eran capaces de hallar en su ingenuo misticismo los viejos compañeros de San Francisco.

Clara pedía finalmente que rogasen por ella aquellos descalzos y rugosos frailes, que eran como los troncos del primer bosquecito franciscano de Santa María de los Ángeles.

Ella no podía morir antes de que llegase a San Damián la Bula del Papa. Y llegó por fin el documento pontificio, un día después de su firma. Era el día 10 de agosto de 1253.

Cuidadosamente enrollado, con el sello intacto, fue llevado al lecho de la moribunda. Clara besó el sello por ambas partes y ordenó que abrieran y leyeran el documento, mientras ella cerraba los ojos para mejor fijarse en su contenido.

La Bula decía así:

«Inocencio, Obispo, siervo de los siervos de Dios, a sus carísimas hijas Clara, Abadesa, y demás Hermanas del Monasterio de San Damián, en Asís, salud y apostólica bendición.

«Vosotras habéis suplicado humildemente que sancionásemos con nuestra apostólica autoridad la forma de vida que os dio San Francisco y habéis espontáneamente abrazado, abligándoos a vivir en comunidad, en unión de almas y con el voto de la altísima pobreza.

»Y Nos, deseosos de condescender con los deseos de vuestra piedad, plenamente ratificamos y con nuestra apostólica autoridad lo confirmamos.»

Clara volvió a abrir los ojos; dos lagrimones dilataban sus pupilas. Parecía extática.

Y seguía el texto:

«A nadie sea permitido quebrantar este acto de nuestra autoridad o contravenirlo con osadía temeraria.

«Mas si alguien osara atentarlo, incurrirá al instante en la indignación de Dios omnipotente y de sus Apóstoles Pedro y Pablo.»

Clara examinó el documento; admiró en el sello de plomo las efigies de San Pedro con las llaves y San Palo con la espada. En adelante, dijo para sí, ellos defenderán a San Damián y al privilegio de la pobreza.

Por fin se leyó la fecha:

«Dado en Asís, a 9 del mes de agosto de mi décimo año de nuestro Pontificado.»

Y colocando sobre el pecho el pergamino, cruzó sobre él, apretando, sus brazos.

La hora de su muerte era ya llegada.