Florecillas de Santa Clara, 25-26:

El cortejo de las VírgenesEl cortejo de las vírgenes

Clara podía ya morir con la Bula de la santa pobreza estrechada contra su pecho.

Podía cantar ya su Nunc dimittis una vez que el Papa había confirmado su Regla de vida pobre.

Ahora se le oía dialogar con frecuencia en estos y parecidos términos: «Sal en paz y ve con alegría al encuentro de Aquel que te creó, te santificó y siempre te ha amado. Vete a Aquel que te ha guardado.»
Una de las Hermanas que se encontraba junto al lecho le preguntó ansiosa:

—¿Qué decís, Madre santa? ¿Con quién habláis?

—Yo hablo con mi alma—, respondió Clara.

Un instante luego volvía a hablar: «Bendito seas Tú, mi Señor, que me creaste y con tu preciosa sangre me redimiste para la vida eterna, la cual eres Tú mismo.»

Y volvióse sonriendo a dicha Hermana diciendo: «¿Ves tú al Rey de la gloria como le veo ya?»

Arrodilladas las «damas pobres» en torno al lecho de su Madre lloraban de dolor y de consuelo.

Clara había recibido la Bula pontificia el día 10 de agosto, fiesta de San Lorenzo.

Una lluvia intensa de estrellas parecía haber regado la pasada noche con un llanto misterioso.

Ahora empezaba a alborear el nuevo día y desaparecía toda traza de dolor.

Por las ventanas abiertas al campo entraba a raudales la luz de una espléndida mañana, y Clara la recogía en sus pupilas esplendentes. Mas no era luz natural la que entraba ahora por la puerta del dormitorio. Clara se volvió hacia aquella parte, y con ella todas las Hermanas, arrebatadas más que atónitas.

Asomaba por la puerta un cortejo de vírgenes vestidas todas de blanco y ciñendo en sus sienes sendas coronas de oro. En medio de ellas iba una Virgen de mayor prestancia y más gloriosa. Su corona brillaba más que el sol en todo su esplendor.

La Reina de las vírgenes se adelantó y llegóse al lecho de Clara. Se inclinó hacia la moribunda y la abrazó dulcemente. Y teniéndola así abrazada, hizo ademán para que trajesen el palio o túnica de oro y pedrería que llevaban algunas vírgenes sobre el brazo.

La Reina del cortejo celestial envolvió en aquella vesta de gloria al alma bendita de Clara, que dejó al punto su pobre cuerpo exánime sobre el lecho de sarmientos.

Y partió seguida del cortejo celeste hacia !a fiesta eterna del paraíso.

Santa ClaraSanta Clara

En el correr de aquel día se esparció por doquiera la noticia de la muerte de Clara.

Y del campo como de la ciudad corría la gente hacia San Damián aclamándola todos a una voz: «Oh Santa Clara, ruega a Dios por nosotros.»

Quiso el mismo Papa honrarla con toda su corte en su sepultura, y aun llegó a decirse que hubiera querido el Vicario de Cristo para Clara el oficio de vírgenes en vez de las honras fúnebres corrientes. Parece ser el Cardenal de Ostia quien frenó el entusiasmo del Papa, aconsejándole la ceremonia ritual mientras se instruía el proceso de beatificación.

Aceptó el Papa la sugerenciá y encargó al propio Cardenal de Ostia la oración fúnebre en honor de Clara, a quien el pueblo llamaba santa.

Entretanto había bajado el Concejo de la ciudad con infantes y caballeros y el convento había quedado rodeado de hombres armados que daban guardia día y noche al venerado cuerpo.

Francisco estuvo poco tiempo en la Porciúncula. Los de Perusa podían arrebatarlo en cualquier momento con un golpe audaz de fuerza, y el cuerpo del Santo valía más que un tesoro.

Por eso se apresuraron sus compañeros después del tránsito a levantar el cadáver y llevarlo en procesión, pasando por San Damián y entrando por la puerta Nueva en la ciudad.

Y quedó depositado en la iglesia de San Jorge.

Dos años después el cuerpo de San Francisco era trasladado a la nueva basílica levantada por voluntad de Fr. Elias fuera de la ciudad, pero fortificada con bastiones y murallas.

Los mismos temores y recelos hubo para el cuerpo bendito de Clara. San Damián se encontraba en campo abierto, sólo vallado por una débil cerca de huerto. Era necesario, por tanto, que fuese guardado por hombres armados.

Los Señores de Asís, al montar tan fuerte guardia, recelaban no les fuese arrebatado aquel estimado tesoro.

Y bien presto decidieron su traslado dentro de los muros de la ciudad.

La pequeña iglesia de San Jorge se encontraba de nuevo libre. Donde había estado el Padre, podía reposar ahora la hija.

Y así como Clara había seguido en vida las trazas de Francisco, muerta ahora seguía también de cerca las huellas de su Maestro.

También ella, con los pies por delante, llevada por Prelados y seguida por toda la Corte Pontificia, subió la pronunciada cuesta y entró por la puerta Nueva mientras tañían a gloria todas las campanas de Asís.

Y quedó depositada en San Jorge, donde dos años había reposado Francisco.

Siempre detrás de él la mujer fiel; siempre con él la mujer fuerte. Así en la vida como en la muerte, en la pobreza y en la gloria, juntos para siempre.

Y andando el tiempo se levantó también sobre la pequeña iglesia de San Jorge una gran basílica hermosa, bellísima y luminosa como el nombre de Santa Clara, a quien era dedicada.

Una última viñeta

Termina este número extraordinario de la Acción Antoniana con una viñeta que no trae ninguna explicación. Supongo que es el nombre del fraile que realizó estas viñetas para una edición italiana. Asegura lo hizo en honor de Santa Clara. Y la fecha es 1952.

Viñeta final