Esplendores del cristianismo

El Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María en la Iglesia Oriental

II y último

Según los más versados historiadores, pacientes investigadores, particularmente monjes recluidos en el silencio de sus monasterios, bibliófilos eminentes y, sobre todo, aquellos amantes de los estudios orientales, nos alumbran en sus obres, antiguas y recientes, que de los tiempos remotos y en los siglos XIV y XVII existen recopilaciones de sermones, traducidos de la lengua griega, donde se encuentra afirmada la fe en la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen.

«Hacia la mitad del siglo xiv —nos dice un texto— el Metropolitano Macario (1542-64) unió todos estos escritos en una gran colección que contiene "todos los libros santos y los escritos edificantes que existían en Rusia en aquel tiempo". Dispuestos en orden cronológico, encontramos allí, entre otros, las homilías de San Andrés de Creta y de San Juan Damasceno. El privilegio mariano fue siempre afirmado allí. Se trata de escritos originales, como traducidos de! griego, que estuvieron en gran circulación, y de los cueles se servían los sacerdotes y los fieles. Así, pues, si ninguno contradecía lo que ellos contenían sobre la inmaculada Concepción, significa que la fe unánime la admitía.»

Siguiendo el luminoso escrito encontramos la siguiente afirmación: «Si pasamos de la simple afirmación de la fe a la doctrina de los teólogos, nuestra satisfacción no será menor. Nos interesa ante todo el centro principal de cultura, esto es, la Academia de Kiev. Nos es imposible citar a todos los teólogos de Kiev que han enseñado el dogma de la Inmaculada Concepción; nos es suficiente decir que empezando por Pedro Moghila (1596-1647) hasta Esteban Javorskij, que fue Rector de la Academia de Kiev desde 1727 a 1731. Esto es, hasta la mitad del siglo xviii, los rectores y teólogos de esta escuela superior teológica enseñaban claramente el privilegio de la exención de María del pecado original.»

Igualmente en el Concilio de Moscú, en 1666, los obispos unánimemente aprobaron la obra magna de Simeón Polotski, y en el cual se afirmó textualmente: «María fue exenta del pecado original, empeñado en su Concepción.» En el siguiente año 1667, ya presentes los Patriarcas orientales, el Gran Concilio de Moscú aprobó de nuevo la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. El P. Gagarín nos ilustra el por qué los jerarcas de la Iglesia Oriental obraron así: «porque juzgaron conforme con sus propias tradiciones y porque encontraron su testimonio en sus propios libros litúrgicos».

Otros autores sacros afirman que en la liturgia de los cristianos orientales se encuentra igualmente una constante afirmación del dogma de la Inmaculada Concepción. En el Oficio de María Virgen se admiran espléndidas descripciones y aclamaciones poéticas dirigidas a la Madre del divino Salvador concebida sin pecado. El citado Oficio de la Iglesia rusa lo celebran el día 9 del mes de diciembre, y la Virgen es llamada continuamente Santa, Gloriosísima, Inmaculada.

Más adelante leemos : "El coro de Profetas predijo durante mucho tiempo una Virgen pura e inmaculada; fue ella concebida por Ana la estéril, la que cantamos con alegría nosotros que hemos sido salvados con su intercesión, la que es únicamente Inmaculada."

No obstante esta unánime afirmación del privilegio de María, no tardó en encontrar una oposición, a pesar de ser muy grande la resistencia en admitir las reformas litúrgicas del Patriarca Nicón; pero las infiltraciones extranjeras en Rusia nos explica la causa de ello y dan una idea clara de la desviación histórica y teológica. Los orientales cristianos iban camino de la negación del dogma. No obstante, en 1841, los staro-vejeri, esto es, los viejos creyentes rusos, siguen afirmando: «... La Madre del Creador de todo el universo no sólo no ha participado para nada en la mancha original, sino que permaneció siempre pura y bella como el cielo.»

Pero la doctrina empapada de luteranismo de Teofán Prokopovic ganó terreno y desde aquel tiempo en los Seminarios germinaron las ideas negativas del teólogo de Kiev. Mientras Oriente negaba, Occidente afirmaba rotundamente, y a España le cabe la gloria de haber recibido con la fe de sus mayores el conocimiento e interpretación del misterio de María Inmaculada, Madre de Dios, como revelado el dogma en el sagrado Libro del Génesis, y ya desde el siglo vil, según Schwane en su libro Historia de los Dogmas, se celebró y ensalzó la Concepción de la Gran Señora.

No obstante, en el siglo XII comienza a ser combatido en Occidente el especialísimo privilegio de la Virgen, por creer que exaltando a la Madre se restaba gloria a Jesucristo. El propio San Bernardo fue refutado,
así como otros esclarecidos varones, en sus piadosas controversias, legítimas y plausibles, puesto que la Santa Iglesia Católica aun no había definido el misterio augusto dé María declarándolo dogma de fe. Entre
estas insignes figuras aparecen San Pedro Damián, Pedro Lombardo, San Alberto Magno y, entre otros, Santo Tomás de Aquino. Surge la llamarada de defensores de la Concepción Inmaculada, y Raimundo Lulio en nuestra patria y Duns Escoto en el extranjero, en el propio siglo XII que comentamos, pronuncia aquellas memorables palabras : decuit, ergo fecit, refiriéndose a la Omnipotencia de Dios: que era conveniente y lo pudo hacer, luego lo hizo.

Después del franciscano Escoto, sumo honor de su Orden, la solución teológica sobre el misterio fue cada vez más clara y perfecta. En favor del dogma de la Inmaculada Concepción son innumerables los hijos de San Francisco de Asís, entre ellos, franceses, los PP. Aureolo y Mayrón, el escocés Bassolis, y junto al español el Beato Raimundo Lulio, Guillermo Rubión y otros muchos esclarecidos teólogos pertenecientes a diversas naciones; llegando por fin la ansiada definición por el Pontífice Pío IX, en la magna fecha del 8 de diciembre de 1854, rodeado de cincuenta y cuatro Cardenales, cuarenta y dos Arzobispos, noventa y ocho Obispos de todo el mundo y una inmensa muchedumbre que inundaba las amplias naves de San Pedro.

Hecha en la Ciudad Eterna la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Oriental mantuvo sus reparos y hasta protestas contra el dogma. «Los más grandes teólogos —leemos en El Oriente Cristiano—, como Filareto de Moscú, Macario Bulgakof y Filareto Gumilavskij, observan profundo silencio...» Este silencio es precursor de grandes esperanzas, y como hemos podido ver, el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María ya estuvo bien entronizado en los corazones de los orientales, que tienen muy arraigada la devoción a María Madre de Dios y Madre de los hombres; hoy bien oculta, por la dominación roja, en lo más íntimo de sus conciencias cristianas, ortodoxas; que algún día, sin duda, volverán a ser ecuménicas, universales, reconociendo y acatando al Romano Pontífice como el Jefe Supremo de la Iglesia de Cristo.

Enrique Moya Casals
Cruz Pro Ecclesia et Pontífice

La felicitación sabatina

A la memoria del venerable sacerdote don Juan García Navarro,
fundador de la Felicitación Sabatina,
en el primer centenario de esa piadosa devoción.

Su dulce pecho se convierte en lira
para cantarle su genial tonada
a la humilde Doncella Inmaculada,
por cuyo amor filial tanto suspira...

Tiernísima piedad su voz inspira,
y al cielo sube, igual que llamarada,
que a la Reina purísima le agrada
y atrae la bondad con que nos mira...

El hondo y fino amor que Biar profesa
a la Virgen, de toda mancha ilesa,
le abrasa a Juan García el corazón...

Y en arpegios de límpida ternura
le dedica a la Madre, siempre pura,
su ardiente y bella Felicitación...

Jesús Galbis

Soneto a soneto

A C. Merle Plana

Celebro que la meta de tu vida
se cifre en conocer al Creador,
en servirle con singular fervor
y en amarle sin tasa y sin medida.

Ninguna otra ciencia es más subida,
ningún otro saber tiene valor,
ni hay ni magnetismo ni calor
al margen de esta senda escondida.

Búscale cual «paloma enamorada
que no sabe alejarse de su nido»...;
sea tu pecho viva llamarada,

que viviendo en su amor «embebecido»,
tiene Dios su palabra empeñada
de llevarte a su "reino prometido".

Fr. Atanasio Jordá, ofm
Serrano (Córdoba) R. Argentina

Toda hermosa...

Hermosa como la luna,
deslumbrante como el sol;
más fuerte y más poderosa
que ejército arrollador.

Aromática azucena
sin mancha en tu Concepción;
entre todas escogida
para ser Madre de Dios...

Tus manos desbordan gracias
y tus ojos compasión;
el corazón te rebosa
de dulzuras y de amor.

Madre de los pecadores,
pecadora ruin soy yo...
que a tus pies me postro humilde
para alcanzar el perdón...

Concha Merle Plana