Concebida llena de gracia

 

Por Fr. Luis Colomer, ofm

P. Luis Colomer MontésExaminada la santidad negativa de la Bienaventurada Virgen María, toca considerar su santidad positiva.

Los privilegios que la Virgen recibió en el primer instante de su concepción, en orden a ser hermoseada con eminente hermosura sobrenatural, son: plenitud de gracia y virtudes naturales y sobrenaturales perfectisimas.

Vamos a considerar este primer privilegio: la Virgen fue concebida con plenitud de gracia.

Ya dimos a conocer a nuestros lectores que la Virgen fue concebida sin pecado original, es decir, con la gracia santificante que como a Madre de Dios le corresponde. Ahora sólo nos resta declararles cuánta gracia derramó en su Madre, en el momento de su concepción, la fuente infinita de la gracia.

Es la gracia propiamente la vida divina comunicada a la criatura inteligente Aunque es en sí infinita la vida divina, su comunicación a la criatura es imposible que lo sea. Necesariamente tiene que ser una participación real limitada. De ahí que quepan grados en la participación y que podamos hablar de medida en la gracia.

Se distingue en ésta la creada y la increada. Según el sentir común, casi general, de los teólogos, es la creada una cualidad sobrenatural, infundida en el alma, que la confirma con el vivir de Dios y lleva presencia vital de las divinas Personas en el alma justa. No faltan quienes rehúsen admitir por innecesaria tal cualidad creada, que no es la misma vida de Dios hecha vida del alma, sino a modo de disposición y condición previa para que la vida divina se embeba vitalmente en el alma. La cuestión no carece de serias dificultades; pero necesite la vida de Dios disponer al alma con alguna cualidad que la capacite inmediatamente al toque vivificante de la vida divina o baste la presencia vital de ésta en el alma, la participación de la vida de Dios por la criatura es participación limitada, que empieza en el tiempo, obra renovación divina en el sujeto creado y lo deja hábil para vivir a lo divino, que por exceder a toda potencia creada y creable, es necesariamente sobrenatural. Por las inexcusables condiciones que van anejas a la participación de la vida divina por la criatura, cabe llamar gracia creada a esa presencia vital de Dios en el sujeto santificado, y gracia increada a la misma vida divina en sí, mayormente en cuanto es don de la misma persona del Espíritu Santo al alma justa y con El el don de las otras dos divinas Personas.

Explíquese, pues, como se quiera, hay participación limitada de la vida de Dios por la criatura y don de la misma Persona del Espíritu Santo con el Hijo y el Padre a la criatura en gracia. Eso es la gracia. Se da para que la criatura viva la vida propia de Dios, ahora entre las sagradas oscuridades de la fe; más tarde, acabada la vida de prueba, en los claros resplandores de la gloría. Dios pudo crearnos y dejarnos en el orden de la naturaleza. Pudo hacerlo así ciertamente; pero quiso y obró maravilla más alta: nos llamó a la participación y goce de su vida. Con ello la creación era levantada al orden sobrenatural, y las criaturas capaces de la vida divina eran llamadas a un ministerio más encumbrado que el que hubieran ejercido puestas en el orden natural. De ahí la necesidad de que Dios dé a cada criatura inteligente el don de la vida sobrenatural en consonancia con el ministerio que en ese orden divino le encomienda.

La elección de la criatura a él no se apoya en sus excelencias naturales de ella, sino en la libre voluntad de Dios. No puede tener otro punto de apoyo tal elección o predestinación. Esto supuesto, decimos que Dios quiso encentrar todo el orden sobrenatural en Jesucristo y hacer que la expansión y ejecución de él fuese tributaria de los méritos de Jesús. Hecho el don inmenso de la unión hipostática a la sagrada Humanidad, todo lo demás, que es desenvolvimiento y expansión del orden divino del mundo encerrado en Jesucristo, se deriva y mana de los méritos de Jesús. Luego la predestinación de las criaturas y las donaciones de gracia a cada una según el ministerio que han de ejercer, se apoyan en los méritos de Jesús, al par que en la libre voluntad de Dios.

Concebida llena de gracia

¿Hay o puede haber en pura criatura dignidad sobrenatural más eminente ni ministerio más elevado que el ministerio y la dignidad de la Madre de Jesús? Imposible es que los haya. Luego imposible es que a pura criatura se le dé mayor comunicación de vida divina, mayor caudal de gracia, que a la Virgen.

La proporción escogida entre el ministerio sobrenatural y la gracia que lo vivifica, pide en la Virgen esta singularísima eminencia en la participación de la vida divina. Ni en el cielo ni en la tierra hay ni cabe que haya criatura más próxima a Dios en la dignidad, más allegada a El en el ministerio de vida eterna. Luego no cabe que ninguna otra haya recibido mayor comunicación de gracia, que es la vida que le debía animar en el ejercicio de su altísimo ministerio.

Así miradas las cosas, no hay dificultad alguna en reconocer que la gracia inicial de la Virgen hubo de ser mayor y más intensa que la gracia primera de ninguna otra criatura. Si cada ángel u hombre, bañados por los esplendores de la vida divina, es a manera de una cumbre sagrada dorada por el sol eterno, ninguna cima alcanza la eminencia de la santa Madre de Dios. Es un monte que desde el principio se levanta sobre esos vivientes collados eternos de las criaturas angélicas o humanas santificadas.

Pero en esta materia hay más que considerar. La gracia puesta en las criaturas humanas se hinca en la medula del espíritu y es allí principio de vida del sujeto santificado. De suyo esa vida tira a invadir, dominar y rehacer divinamente todo el sujeto en gracia, como levadura sobrenatural que hace a su condición toda la masa en que prende. Pero en la masa humana, viciada por el pecado, hay obstinadas resistencias a la expansión y penetración entera del sujeto por la gracia. Hasta en los santos más generosamente entregados a la vivificante acción de Dios hay puntos muertos y regiones de sombra donde no entra la gracia. Esfuerzos heroicos se necesitan hasta que la naturaleza quede domada y dominada por la gracia de Dios. Aun entonces, en profundidades a que no llega el brío de la acción humana ayudada por la gracia, hay fondos de involuntaria resistencia. No son culpables de ella las almas que la padecen pero son esos fondos capas empedernidas de ruindad nativa de la naturaleza adonde aun no ha entrado triunfadora la acción del espíritu. En algunas almas llega la mano de Dios con medios extraordinarios a vivificar esas capas resistentes a la vida; pero no a quitar del todo la miseria que ha dejado el pecado en la naturaleza estragada. Nadie vuelve a la sosegada y casta templanza de la carne inocente del primer hombre antes de pecar.

En la Virgen acaecieron las cosas muy de otra manera. Dios la eximió de las miserias de la concupiscencia. Su ser humano era tan armonioso y puro, tan sosegado y limpio en sus afectos como el de nuestro primer padre inocente. Aun tenía una excelencia más. Era accesible al dolor, pero el dolor que una voluntad generosa aceptaba y convertía en heroico tributo religioso al dador de todo bien.

Ni en la alegría ni en el dolor se desviaba de la recta norma del humano obrar la vida de la Virgen. Aún más, no cabía en Ella tal desviación pecaminosa. El Señor la sostenía con luces y auxilios triunfadores que alejaban enteramente a su Madre de los riesgos de la culpa. Podía ser tentada y probada desde fuera por el enemigo; pero no tenía en su ser ninguna secreta simpatía por el mal ni ninguna aviesa inclinación a él. No podía su voluntad echarse del lado de la culpa, desconocidos por Ella los derechos sagrados de Dios. La Virgen era impecable, al par que rectísima en su ser. La vida divina no hallaba ni podía hallar en Ella tropiezos ni resistencias. En su ser no había puntos muertos ni regiones de sombra en su vida. La luz divina lo iluminaba todo en Ella. En el vasto campo de su conciencia no se levantaban plantas torcidas ni había frutos emponzoñados. Todo en Ella era santo y rebosante de jugo de vida. La gracia la invadía toda y vivificaba su ser entero, sin que nada quedase en él ni en su obrar no penetrado por la vida sobrenatural.

Eso no se ha repetido en ninguna criatura humana. En la Virgen no se daban ni cabían esas íntimas luchas, a veces desgarradoras y dolorosísimas, del alma que quiere el bien y siente dilacerante en sí la mordedura del mal. En la Virgen no crecía poco a poco entre combates dolorosos y vaivenes arriesgados el círculo del dominio de la gracia en la naturaleza. En Ella toda la naturaleza fue desde el principio posesión pacífica y sin resistencias de la gracia. Si en intensidad de vida divina comunicada nadie puede andar en balanzas con la Virgen, tampoco en dócil y sosegada sumisión de la naturaleza a la gracia y en ilimitada penetración de la vida divina en el sujeto humano. Por uno y otro respecto es la Virgen la primera en la gracia entre todas las criaturas. Los ángeles no conocían tampoco la rebeldía de una naturaleza estropeada; pero pudieron pecar todos en la prueba y pecaron soberbiamente muchos de ellos.

La Virgen ni sentía las rebeldías de la naturaleza ni podía pecar. Dios la asistió con tal abundancia de luz y de fuerza que hizo irrealizable en Ella el desfallecimiento y el vértigo de los ángeles rebeldes. Adán, inocente, tampoco llevaba el peso muerto de una naturaleza estropeada por la culpa; pero podía, con entero dominio de sus fuerzas, inclinarse del lado del mal, como lo hizo. La Virgen no tenía esta funesta potencia de entrega al pecado. Estaba desde el principio confirmada en gracia. Luego en la intensidad en la vida divina, en la amplitud de penetración de ésta en la naturaleza y en la firmeza de la posesión de la gracia, es la Virgen superior a los ángeles en la prueba, a Adán inocente y a cuantas almas santas han venido después. Es única en el grado y en el modo de posesión de la vida divina. Por este aspecto supera a los mayores santos llegados a la madurez de la vida espiritual. Nadie, en la posesión de la vida de la gracia, llegó en la santidad consumada a la plenitud y firmeza con que empezó en ella la Santísima Virgen.

Los teólogos aun van más adelante. Se preguntan si la gracia de la Virgen supera y vence a la de los ángeles y santos juntos. Unos reconocen esta excelencia en la gracia consumada de la Madre de Dios; otros atribuyen también tal preeminencia a la misma gracia inicial o primera de la Virgen. Digamos dos palabras acerca de esto.

Es indudable que en la gracia primera de la Virgen iban embebidas y como en germen las miríficas virtudes de Ella, que luego se fueron desenvolviendo en el curso de su vida. Lo que diríamos el plan vital de su eminente y singularísima donación, encerraba en virtud la inmensa pujanza de vida que corriendo los años alcanzó la gracia en la Virgen hasta arrebatarle el alma en su dichosísima muerte de amor. Ahora bien; la gracia colmada de la Virgen, su vida sobrenatural del todo desenvuelta y cumplida, es, sin género de duda, superior a la de todas las criaturas santificadas juntas. Por la asociación de la Virgen al ministerio universal vivificante de Jesús, todas ellas son tributarias de la gracia de la Virgen. Ella es el inmenso venero de donde todas toman sus aguas. Lo que en las criaturas hay de vida divina y de fuerzas sobrenaturales, en la Virgen está de modo mucho más excelso y encumbrado. La Virgen, unida a Jesús y a él subordinada, es como el foco potentísimo de vida; las criaturas santificadas, como los claros rayos salidos de ese vivísimo foco.

Pero por encima de su ministerio vivificante respecto de las criaturas y como raíz primera de él y su razón honda, está la inmensa dignidad suya de Madre de Dios, esencialmente sobrenatural y título apremiante de gracia al nivel de tal dignidad que frisa con lo infinito. Luego si Dios siempre concede la gracia con la dignidad y ministerio en el orden sobrenatural, necesariamente a dignidad que sobrepuja a todas las otras del orden sobrenatural, aunque se junten en una, corresponde gracia que en su intensidad v brío supere a la de todos los santos y ángeles unidos.

Pero esto, que fácilmente se admite para la gracia final o consumada de la Virgen, no parece a todos tan concluyente respecto de su gracia inicia!, cuando las maravillosas virtualidades suyas estaban aún encogidas y en ciernes en aquella gracia primera del primer momento de su concepción inmaculada. Sin embargo, de estas vacilaciones de no pocos teólogos de nota, es muy fundado el sentir de los que con Vega, Contenson, San Alfonso de Ligorio, y modernamente Monsabré, Hugón y otros, afirman también de la gracia inicial esa inconcebible pujanza de vida que vence la consumada de todas las criaturas santificadas juntas. Si en aquel punto de su concepción su gracia se hubiera trocado en gloria, la posesión gloriosa de Dios por la Virgen hubiera sido intensivamente mayor que la suma de gloria de todas las criaturas juntas que moran y han de morar en el cielo. ¿Es esto verdad? Si la gracia primera de la Virgen es mayor que la cumplida de todos los santos juntos, indudablemente, porque la gloria es la misma gracia plenamente poseída y conscientemente vivida en luz de gloria.

Todo el toque está en la eminente intensidad de la gracia de la concepción. ¿Puede sostenerse su ventaja sobre la suma de la gracia consumada de todas las criaturas santificadas miradas en uno? Nos parece que sí por razón de la dignidad de la Virgen. Escogida desde el principio para Madre de Dios, todas sus excelencias naturales y sobrenaturales obedecen a este gran designio de la divina maternidad. Su gracia primera, aunque germinal y destinada a desenvolverse, hubo de corresponder a la dignidad de la criatura a quien se comunicaba. Toda otra gracia inferior no hubiera guardado proporción con tal dignidad, ni todas las otras gracias juntas tampoco, porque ni juntas ni separadas pueden equipararse todas las demás dignidades y ministerios sobrenaturales a la cuasi infinita dignidad de la Madre de Dios.

Luego si la gracia y dignidad han de guardar correspondencia en el orden sobrenatural del mundo, la primera gracia de la Virgen hubo de ser ya entonces superior en intensidad y poderío vital a todas las gracias juntas, aun llegadas a la plenitud, de todas las demás criaturas. Como por la dignidad aventaja la Virgen a todas las criaturas juntas, por la gracia que desde el principio acompañó a tal dignidad ha de ser más excelente que todas ellas asociadas en una. La gracia de la Virgen, por el punto y modo de su infusión, por lo firmemente arraigada que Dios la puso en el admirable sujeto humano que milagrosamente le dispuso, por la misteriosa pujanza evolutiva que en sí llevaba y por su pasmosa opulencia, inasequible a todas las criaturas que no fueran la misma Madre de Dios, es innegablemente más eminente que todas las gracias derramadas por el Señor en ángeles y hombres y la efusión mayor que de sí ha hecho Dios, después de la unión personal suya con la sagrada Humanidad de Jesucristo.

Por la dignidad y por la gracia está la Virgen en un orden aparte, que no entra en la línea de las demás criaturas santificadas. Es como el refulgente resplandor de la cima sagrada de la Encarnación, donde entra Dios mismo en la Persona del Verbo en ese orden eminente y único.

Tal fue la gracia inicial de la Santísima Virgen.

A nadie como a Ella ni por tan excelsos y firmes títulos se le pudo decir, aún entonces, llena de gracia. Así fue desde su concepción : llena de gracia intensivamente por la acabadísima proporción entre la gracia que se le daba y el ministerio a que en aquella celestial criatura se enderezaba; llena de gracia extensivamente, puesto que no había en el sujeto humano de la Virgen punto ni fibra no vivificados por la gracia; llena de gracia en la firme seguridad de su posesión, puesto que no la podía perder y sí acrecentar maravillosamente; llena de gracia, porque su estar llena es un mar sin riberas comparada con la gracia y la plenitud de las demás criaturas.

Años adelante, cuando el celestial mensajero del gran misterio de la Encarnación la saludó, la llamó llena de gracia: Ave, gratia plena. Llena de gracia era entonces; pero es estar llena empezó en la primera gracia y fue creciendo siempre sin intermisión, como un vaso maravilloso rebosante de rara esencia en el que crece de continuo sin cesar el copiosísimo y exquisito licor de vida al mismo tiempo que se dilata el vaso que lo encierra. La Virgen fue ese vaso espiritual que crecía incesantemente en capacidad de gracia y en vida que llenaba hasta los bordes el ánfora viva de su alma.

(Del libro La Virgen María del P. Colomer)

Para servir de modelo de la Inmaculada

En cierta ocasión trataba un pintor de dibujar una imagen de la Inmaculada. Iba al efecto reparando en los semblantes de algunas jóvenes con el objeto de hallar alguna que le sirviera de modelo, y en efecto, vio una que completamente satisfacía al ideal que él se había forjado.

Se acercó, pues, a ella y le preguntó si gustaría pasar por su taller al objeto de servirle de modelo para la imagen de una Virgen que estaba componiendo. La joven se llenó de una extraña confusión al oír la propuesta ; y luego que se serenó un poco dijo al artista:

—Hoy no puede ser; pero mañana iré a tal hora.

Al día siguiente se presentó en el estudio del pintor. Después de los saludos de costumbre, dijo la joven:

—Ayer no me atreví a servir de modelo para una imagen de la Inmaculada porque había caído en pecado mortal. Esta mañana he ido a confesarme y por eso ahora, menos indignamente, podía servir para este objeto.

Este ejemplo nos enseña que si que. remos imitar a la Santísima Virgen hemos de empezar por purificar nuestras conciencias de toda mancha de pecado por medio de una buena confesión.