Los últimos días de nuestro P. Severino en China

Muy reverendo y amado Padre Provincial:

Como ya sabe por mi telegrama y mi carta desde Hong-Kong, el P. Severino González ha sido librado de la cárcel y expulsado de China, y yo le he dado ya mi primer abrazo en hombre de todos nuestros hermanos de la Provincia.

No podían tener un final más glorioso sus veintitrés años de China, primero, como misionero en la diócesis de Ienanfu por cuatro años; luego, como profesor por dos años en el seminario de Fengsianfu, y los diecisiete restantes en la archidiócesis de T'ai-guan-fu como misionero, profesor y rector del Seminario Menor, y finalmente como ermitaño y Custodio del célebre santuario de la Virgen en los montes de You-shan. En todas partes había sido querido, admirado y hasta venerado por su amabilidad y por su espíritu de sacrificio con que prodigaba sus servicios a cualquiera que los solicitara, aún a los mismos comunistas, como yo mismo fui testigo.

Hasta el verano de 1952 y en pleno régimen rojo, él gozaba de total libertad de movimiento, cosa de que carecían los mismos sacerdotes indígenas. Entonces impidieron las fiestas veraniegas que anualmente se celebraban en el santuario y a él le prohibieron ejercer la medicina —bajo cuyo pretexto asistía espiritualmente a los cristianos— y salir de casa... Pero como todas las cristiandades circunstantes habían quedado sin un sacerdote que las atendiera, él, de noche y a escondidas del mismo personal del santuario, salía muchas veces para extremauciones, viáticos, etc... Los del Gobierno le seguían la pista y llegaron a saber algo, por lo que molestaban a los cristianos, aunque a él nada dijeron.

El último verano de 1953 los cristianos se propusieron celebrar a toda costa las tradicionales fiestas de la Porciúncula y de la Asunción en el santuario, esquivando y burlando todas las trabas y dificultades que los rojos les opusieran, y lo consiguieron plenamente, reuniéndose allí más de cinco mil personas tan llenas de fervor y entusiasmo que jamás se había visto un triunfo tan colosal.

Los rojos se mordían los puños de rabia ante tamaña derrota y maduraban secretamente el modo de vengarse del P. Severino, a quien atribuían aquella espléndida manifestación de piedad mariana.
El 7 de noviembre último, hacia las seis de la tarde, cuando el P. Severino terminaba sus trabajos reglamentarios de cada día en el campo, se le presentaron dos oficiales del Gobierno, a quienes él recibió con todas las atenciones ofreciéndoles té y cigarrillos. Creyendo el Padre que venían a informarse de! estado de la recolección, él mismo se anticipó a hablarles del asunto. Llevarían ya una hora de charla cuando se presentaron otros tres oficiales y al poco rato cinco soldados. Le dieron la orden de levantar las manos, y sin decirle el motivo del arresto le pusieron las esposas, le agarrotaron los brazos y le dieron la orden de seguirlos.

Serían las ocho de la noche cuando se puso en marcha acompañado de aquel cortejo civil y militar. Comenzaba a llover y la lluvia iba intensificándose a medida que bajaban del monte. Lo conducían por barrancos y precipicios, evitando de propósito el paso por poblados para impedir que la gente que lo conocía y amaba se diera cuenta e improvisara alguna manifestación de simpatía al detenido.

Al llegar a un recodo solitario y escondido el jefe de la expedición dio orden de pararse, diciendo que «aquel lugar era el señalado...» ¿Para qué? No lo dijo, pero el arrestado creyó que era para su ejecución; y así, después de dirigir una mirada suplicante a su Virgencita del santuario, le encomendó su alma disponiéndose a morir...

Al rato el mismo jefe ordenó reanudar la marcha, y a las cuatro de la madrugada llegaron a Huang-tze, la estación ferroviaria más cercana del santuario. Habían caminado ocho horas, haciendo el trayecto que se recorre en solas cinco ordinariamente.

Llegado el tren a las cuatro y media, lo subieron a él, y siempre acompañado de aquellos guardianes, lo llevaron a T'ai-yuan-fu, la capital de la provincia, y lo pusieron en la Cárcel Modelo.

Unos días después de su encarcelamiento unas muchachas cristianas, a quienes él había ayudado en sus estudios de Magisterio, le llevaron algo de ropa, y más tarde el Vicario General de la archidiócesis le mandó una colchoneta y varias veces vestidos y comestibles.

Entre tanto los comunistas iban preparando los ánimos de los cristianos y paganos de toda la región en donde el P. Severino había ejercitado su ministerio para el gran juicio popular que debía condenarlo.

El 16 de enero de 1954 volvieron a ponerle las esposas, pero esta vez con las manos a la espalda y brazos y pecho envueltos en sogas. En esta forma lo llevaron a Húang-tze, y al día siguiente, domingo, por la mañana, lo trasladaron a Hung-kow-tze, punto central donde habían congregado unos 1.500 representantes de los distintos pagos de aquel distrito. Y a las tres de la tarde, colocado en medio de aquella asamblea, el reo debía oír en silencio, con la cabeza baja y la mirada en el suelo, lo que despotricaran contra él..

Entre los acusadores distinguió la voz de personas conocidas a quienes él había beneficiado y que ahora declaraban haber tenido siempre gran estimación del imputado creyéndolo un sacerdote integérrimo, pero ante la serie de delitos que el Gobierno había descubierto en su vida, habían cambiado de opinión y formulaban sus acusaciones. En casi todas las denuncias se notaba el embotellamiento previo de la perorata y hasta casi se oía al apuntador en toda aquella comedia.

El acusado en tanto se encontraba como ausente a lo que allí sucedía. Sea por el sufrimiento moral ante la traición de algunos cristianos, sea por las ataduras que oprimían su pecho y le dificultaban la respiración, o tal vez por su debilidad orgánica y por la enfermedad que arrastra de varios años, sentía que le faltaban las fuerzas, y así lo advirtió a los guardias que estaban a su lado, los cuales no quisieron creerlo y con gritos y empellones lo constreñían a mantenerse en pie hasta que él se desplomó en tierra casi sin sentido.

El interesado no ha sabido decirnos si el iniciado juicio se disolvió o si continuó en ausencia del reo; lo único que ha sabido decir es que a los dos días y tras varios interrogatorios lo devolvieron a la cárcel de T'ai-yuan-fu, donde permaneció hasta su expulsión.

El 8 de mayo lo llamaron al aula judicial y le leyeron todo el capítulo de acusaciones:

1.° En tiempo de la ocupación japonesa se había provisto de un salvoconducto de los invasores (como lo teníamos todos los misioneros extranjeros).

2.° En una salida de los soldados nacionalistas contra los comunistas, que se encontraban refugiados en el santuario, dos de los rojos cayeron muertos en la reyerta.

3.° Que trabajó por medio de un Padre chino contra el movimiento (cismático) de la Iglesia Nacional Progresista.

4.° Que en varias ocasiones habló contra el comunismo.

5.° Que manifestó desagrado por el encarcelamiento del Arzobispo e inculcó a los cristianos oraran por su liberación.

6.° Que había declarado inmoral el divorcio entre los esposos cristianos ; y

7.° Que fomentó la Legión de María...

Se le pidió que firmara todas aquellas acusaciones, y como en ellas no había nada de criminal, él no tuvo dificultad en firmar el documento. Con ello se dieron por satisfechos y se le leyó la sentencia de expulsión perpetua del paraíso comunista chino.

Inmediatamente se dio ejecución a la sentencia, y acompañado de dos guardias y un delegado del Gobierno lo pusieron en el tren. ¡Era sábado 8 de mayo, fiesta de la Virgen de Pompeya!

En una estación de paso subieron a otro Padre franciscano, Bernardo Stacchini, también expulsado después de varios meses de prisión, y ambos fueron conducidos sin hablarse hasta Tientsin, donde los pusieron en la nave que debía llevarlos a Hong-Kong. Ya libres, en el buque se confesaron mutuamente con gran consuelo.

Después de un feliz viaje llegaban, en la mañana del 18 de mayo, a Hong-Kong, donde los esperábamos con ansia, teniendo todos la satisfacción de abrazarnos.

Del puerto los llevamos al próximo «Centro Católico» para obsequiarlos con un refresco; pero antes fuimos todos a la capilla para dar gracias a Jesús Sacramentado. Silenciosas lágrimas de gratitud y alegría surcaron las mejillas de algunos. ¡Seis meses sin visitar a Jesús! ¡Qué encuentro!

Fr. Gonzalo Valls, ofm

Extracto del relato del Capítulo VI de la
«Historia del Real Monasterio de la Puridad, de Valencia»

Estaba una noche recogida en su celda la muy noble y venerable abadesa Sor Damiana Mompalau y tuvo un dulce sueño, en que se le representaba estar orando ante el sagrado retrato de la Santísima Virgen en su oratorio y que la pedía la Purísima Reina procurase colocarlo en lugar más decente y público, porque era de su soberano agrado la venerase el cristiano pueblo por medio de aquella imagen suya con el precioso título de su Purísima Concepción, y que en demostración de que este culto era para ella de su mayor aprecio, se hallaría en el dorso del retrato significada la excelencia del estupendo privilegio de su Concepción sin mancha con aquellas sagradas palabras: Tota pulchra es: Eres toda hermosa. Despertó la venerable abadesa, y con la eficaz y viva impresión de aquella especie, la tuvo más que por fantástica por divina revelación; por que aun después del referido sueño, estando ya en vigilia y muy sobre sí misma, le parecía, y no se engañaba, que la sagrada imagen con suave violencia la impelía, como puesta la mano en sus espaldas, para que dejase el lecho y pusiese en ejecución aquel mandato.

No pudo resistirse a tan soberano impulso, y acudió a la presencia de la soberana imagen y reconocido al dorso, halló en él las sagradas palabras que se la daban por seña; prodigio con que acabó de entender el divino beneplácito, pues hasta aquel dichoso punto no estuvo la referida inscripción en el retrato la que al presente miraba y admiraba, alabando a Dios que la puso, encaminando por medio de tan alto prodigio el culto con que quería fuese obsequiada su Purísima Madre bajo el glorioso título de su mayor triunfo.

Participó a sus monjas la maravilla para que alabasen a Dios maravilloso en sus santos, pero más que en todos juntos en su Inmaculada Madre; y de común acuerdo de esta Real Comunidad, se labró en la iglesia una primorosa capilla, donde colocó con gran decencia el sagrado retrato para que fuese venerado del cristiano pueblo con el glorioso título de la Purísima Concepción. Luego que se puso en público, se esparció la fama del referido prodigio por toda la ciudad y empezó a aumentarse por puntos la devoción al soberano misterio de la Concepción en gracia de la Madre de Dios, obrando su Majestad Divina muchas y grandes maravillas, obligado de las devotas plegarias que le hacían ante la sagrada imagen de su Purísima Madre.

En los fervorosos pechos de las reales clarisas de este Monasterio se acrecentó tanto la llama del divino amor y celo del sagrado culto del dulcísimo misterio de la Inmaculada Concepción de la ínclita Reina que en su candidísima consideración se hallaban como sagradamente embelesadas, y en demostración de sus amantes finezas la saludaba en comunidad todos los sábados cantando ante la sagrada imagen con sonora solemnidad la Salve Regina y la antífona Tota pulchra es Maria, etc. Con la misma solemnidad se cantaba la misa de la Purísima Concepción, acudiendo el pueblo como desalado a tan delicioso culto y con devota emulación se ofrecían particulares devotos que a propias expensas hacían cantar la misa con mucha solemnidad y acorde música de sonoros instrumentos con regocijos valencianos.

Es imponderable el gozo que resultaba al piadoso corazón de la abadesa viendo subido a tan alto punto el católico culto del sacratísimo misterio de la Purísima Concepción de la Madre de Dios, y para zanjar en los corazones la tierna devoción de los fieles a este prodigio de la gracia escribió en nombre de su Monasterio al Papa Alejandro VI, de feliz memoria, suplicándole fuese servido conceder a la santa nueva capilla la institución de una Cofradía con el título de la Purísima Concepción de María Señora nuestra y algunas indulgencias y gracias para sus cofrades.

Recibió el Pontífice con paternal agrado la religiosa súplica y expidió sus letras en el año mil quinientos dos, dando no sólo su consentimiento para la fundación de la mencionada Cofradía, sino concediéndole muchas gracias e indulgencias, haciéndola participante de las concedidas en Roma a la capilla de San Juan de Letrán; y para mayor expresión del católico celo (era valenciano) con que anhelaba los soberanos Cultos de la Purísima Concepción de la Madre de Dios, quiso llevase su devoto corazón la primacía, escribiéndose el primer cofrade.

Tuvo noticias el rey Don Fernando el Católico del heroico devoto acto de este supremo Pastor, y emulándole sagradamente en la devoción de tan alto misterio, singular trofeo del divino Brazo, mandó también escribirse cofrade en la misma cofraternidad y fue el segundo, concediendo en reverente obsequio de la Purísima Reina muchos privilegios y gracias. Al fervoroso ejemplo de estos dos coronados astros corrieron con la misma emulación los nobles y gentes populares de la ilustrísima ciudad de Valencia, mandándose escribir , en dicha Cofradía en reverente amor de la Purísima Reina.

Escrito ya cofrade este católico Rey, en demostración de su fervoroso afecto al soberano misterio de la Purísima Concepción enviaba todos los años un hachón de blanca cera, y en él grabadas sus reales armas, para que ardiera en la erigida capilla ante la imagen de la Purísima Reina. En la ofrenda de este real hachón, que hoy se mantiene, sucedió un caso que se tuvo a gran prodigio, y fue que en el mismo día en que se trataba en el Sagrado Concilio de Trento del purísimo candor y justicia original con que privilegió el Divino Poder a María Madre de Jesús en el primer instante de su ser, se desprendió de lo alto de la referida capilla de la Purísima Concepción en elevación de veinte palmos y con ser su de grandes dimensiones, que tenía nueve palmos de altitud y dos de circunferencia, quedó en el suelo recto, elevado y firme, como si lo hubieran asegurado de intento.

La reconocieron muy despacio y hallaron grabada en su centro la imagen del católico Rey con una vela en su mano derecha, que la ofrecía a la Purísima Reina. En los extremos alto y bajo del mismo hachón se hallaron dos escudos, uno en cada uno, y en ellos cuatro águilas, en cuyos pechos se pueden ver grabadas las armas del magnánimo Rey. Qué nos pudo significar este suceso acaecido en el tiempo que se trataba en el Concilio Tridentino de la soberana inmunidad de la Ínclita Reina María respecto de la original culpa, sábelo Dios; pero dejándose conocer muchas veces los divinos arcanos por los experimentados efectos, no me parece violenta reflexión conjeturar que el desprenderse de la capilla de la Purísima Concepción el regio hachón y quedar a pie firme en el suelo, con el aparato de sus reales armas, que circuían la grabada imagen de su real persona, con la ofrenda que consagraba a la original pureza de María en tiempo y ocasión que en honra suya trataba de este misterio el Sagrado Concilio, y era como dar a entender el cielo que este católico Príncipe, en defensa de la original justicia de María Madre de Jesús en su Concepción, exponía el alto valor de sus armas y la vida si fuera menester en protestación de lo mucho que veneraba a la Ilustrísima Cofradía de la Purísima Concepción, le hizo muchas mercedes, y entre otras prerrogativas, expidió un Decreto en la ciudad de Barcelona, día 26 de septiembre de mil quinientos dos, en que manda, que en la ciudad de Valencia y en sus arrabales no se pueda fundar convento, iglesia, ni Cofradía con el título de la Inmaculada Concepción de La Madre de Dios; expresando ser su real ánimo el que con el referido glorioso título sea única la del Real Monasterio de Santa Clara.

Este mismo real privilegio confirmó con otro expedido en la ciudad de Segovia. Cuando vino el apostólico Decreto del Papa Alejandro VI, en que daba facultad de instituir la Cofradía, de la Purísima Concepción en la iglesia del Real Monasterio de Santa Clara, el Vicario General del Arzobispado, queriendo poner con el mayor gusto en ejecución el Decreto del Papa, mandó antes publicarle en todas las iglesias de la ciudad celebrándole a son de repiqueteos de campanas, como se hizo con admirable júbilo de todos los valencianos.

La fidelísima y católica ciudad de Valencia, no siendo menos interesada y devota de la original pureza de María que el pueblo y su Rey católico, mandó se publicase el soberano Decreto del Pontífice a son de clarines y timbales y otros músicos instrumentos con solemnísima pompa, transformándose aquel festivo día en universal gozo de las almas que desataban sus devotas lenguas en hacimientos de gracias al Altísimo porque así se dignaba engrandecer y adelantar el culto y devoción de la Purísima Reina de todo lo creado.

Fundada ya esta Ilustrísima y Real Cofradía de la Purísima Concepción de la Reina de los Ángeles con tan altos pontificios y regios indultos y devota universal aclamación de la coronada ciudad de Valencia, determinó de unánime consentimiento la Real Comunidad de Santa Clara suplicar al Papa Clemente VII se dignase derogar los antiquísimos títulos de su iglesia, que eran Santa. Isabel y Santa Clara, y honrarla de nuevo con el único y más glorioso de la Purísima Concepción de la Madre de Dios.

Concedió benigno el Pontífice en la súplica, y siendo devotísimo de este soberano misterio, dio su Decreto Apostólico en el año mil quinientos treinta y cuatro, en que mandaba quedasen abolidos los antiguos títulos y se intitulase dicha iglesia en adelante con el admirable, glorioso y dulcísimo de la Purísima Concepción de la Madre de Dios.

Se recibió esta sagrada Bula, que respiraba delicias, que bañaban los corazones de aquellas seráficas y reales clarisas, día de nueve de diciembre del año mil quinientos treinta, y cuatro y se celebró una solemne fiesta, consagrada al nuevo altísimo título de la Concepción, en concurso de la nobleza de la ciudad, siendo tantos y tan devotos los júbilos de las religiosas que siendo estrechos cauces sus amorosos pechos revertíanse con tiernas lágrimas a los ojos.

Se hizo una gravísima y solemnísima procesión, con magnífica pompa de festivas luminarias, sonora música e innumerable concurso de la ciudad, y terminada en la iglesia de estas reales Señoras, subió el preste sobre la mesa del altar mayor y apartando por sus propias manos los sagrados simulacros de Santa Isabel y Santa Clara colocó en su lugar como nuevo titular el de la Purísima Concepción, que hoy permanece, con admirable culto, devoción y ternura de las señoras religiosas de esta Real Casa.