María Inmaculada, reina del Universo
L'Osservatore Romano del 20 de junio próximo pasado anunciaba que el día de Todos Santos, coincidiendo con la clausura del Congreso Mariano Internacional, que tendrá lugar en Roma, S. S. el Papa proclamará solemnemente la fiesta litúrgica de la Realeza de María.
Ya el día 14 del mismo mes Mons. Montini había comunicado tan fausta nueva al ilustre franciscano P. Carlos Baliç, Presidente de la Academia Mariana Internacional. La noticia no nos sorprendió del todo. Los Padres Provinciales de España, reunidos en San Francisco el Grande, de Madrid, elevaron en este sentida una petición a Su Santidad el 24 de abril del corriente año. A su vez, toda la Orden Seráfica había expresado el mismo deseo al Sumo Pontífice por boca del reverendísimo P. Ministro General con su Definitorio.
Por eso mismo la sorpresa nos fue tanto más agradable.
Es esta la simbólica corona que la Orden Franciscana sueña ver en las sienes de la Virgen Santísima en este primer centenario de la proclamación dogmática del misterio de su Inmaculada Concepción.
A su vez, es el corolario lógico de la glorificación que, tres años antes y en la misma fecha, recibiera Nuestra Señora. Después de contemplarla subiendo gloriosa a los cielos, cumple que reconozcamos gozosos su dominio y proclamemos bien alto su realeza.
Fijémonos en la trabazón lógica de estos conceptos: Inmaculada-Asunta-Reina coronada. Por ser carne inmaculada la suya no pudo ver corrupción, y fue llevada en cuerpo y alma a los cielos para reinar desde aquellas alturas sobre todo lo que hay bajo los pies de su Hijo. Inmaculada-Asunta-Reina coronada: trilogía de dignidades que siguen una única línea de pensamiento.
En nuestro breviario y misal ya figura desde hace algunos años la fiesta de la "Inmaculada Reina".
Es título que le dieron nuestros Doctores, fundados no sólo en razones devotas, sino en argumentos de la más pura teología.
Apuntemos los principales títulos de realeza de nuestra Reina:
1. Titulo de excelencia.— Lo define su soberana hermosura, por la que avasalla los corazones. A la verdad, si Ester fue elegida reina «porque era muy hermosa y de increíble elegancia», María, «llena de gracia», era y es un reverbero de la Suprema Beldad. «Por lo que —dice San Buenaventura— puede aplicársele aquello del Eclesiástico (cap. 24): "En Mí está toda la gracia..."»
2. Título de dignidad.— María es la Madre del Rey de los siglos. «En Ella, en efecto, se sentó y descansó el Señor para constituirse en nuestro Príncipe... La Madre del Señor no puede ser esclava, sino Señora y Reina; Reina, en verdad, de todas las cosas, terrenas y celestiales, a las que se extiende el imperio de su Hijo» (San Buenaventura). María viene a encarnar, por lo mismo, en un sentido no sólo honorífico, sino también efectivo, el título de Reina-Madre. San Bernardino dice: «Si la carne de María no fue diversa de la de Jesús, ¿cómo puede la Madre ser ajena de la monarquía del Hijo? Así es que entre ambos la dignidad real no es simplemente común, sino una misma.»
3. Título de nobleza.— Según la escuela franciscana, María fue predestinada en un mismo decreto con Cristo antes que ninguna otra criatura e independientemente de toda relación a criaturas. Por lo que quedó constituida «Primogénita de todo lo creado», «Cabeza secundaria de los ángeles y de los hombres» y consiguientemente declarada Reina, a cuyo universal dominio, que ejerce con su Hijo, se deben todos someter.
4. Título de elección.— Según la Venerable María de Jesús de Ágreda, la Virgen, como Primogénita con el Verbo humanado de todas las criaturas, fue presentada por el Padre a los ángeles para que la reconociesen como su Reina y Señora. Y fue precisamente aquí donde tropezó la soberbia de Luzbel, que no quiso postrarse ante una pura mujer. Este orgulloso espíritu y cuantos con él no reconocieron el supremo dominio de María, fueron precipitados en aquel mismo momento al infierno, donde, muy a su pesar, han de doblar sus rodillas al oír su dulce y celestial nombre, como las doblan al nombre de su Hijo, el Rey inmortal de los siglos; y
5. Título de adquisición.— Asociada María enteramente a la obra de la Redención, con su función de Corredentora contribuyó positivamente a la adquisición de las gracias que, en el correr de los tiempos, se habían de conceder al Cuerpo místico de Cristo; y esto tanto por el consentimiento que dio al misterio de la Encarnación como por lo estrechamente unida que estuvo a Cristo en su oblación desde la Cruz. He aquí por qué María interviene positivamente en la distribución de todas las gracias y es dueña del divino tesoro. Y como todo don viene de Cristo, a María compete el imperio universal sobre todo lo creado.
El hijo amante de María paladea y saborea estos conceptos, hallando en cada uno de ellos nuevas razones para glorificar a su Madre. Por esto es tanto mayor el júbilo con que espera el momento solemne en que el Vicario de Cristo ciña las sienes de la Inmaculada Madre con la corona de su realeza universal.
El P. Carlos Baliç, promotor de esta cruzada de glorificación de la «Inmaculada Reina», lanzó la idea de hacer sensible y dar cuerpo al título litúrgico de «Reina Inmaculada», que quedará oficialmente como recuerdo de este centenario, mediante un acto impresionante. Tras una brillantísima procesión mariana que, saliendo del templo franciscano de Araceli, en Roma, desembocase en la magnífica plaza de San Pedro, Su Santidad coronaría solemnemente una imagen de la Inmaculada como Reina del universo, reiterando en ese apoteósico momento ante peregrinos de todas las naciones la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón.
Acariciamos la secreta esperanza de que esta sugerencia del P. Baliç halle eco en el Vaticano y con ello pueda tener la cristiandad el singular gozo de presenciar, en un acto de tan vivo simbolismo, un homenaje tan justo y debido a nuestra Reina (1).
Lo esperamos. Pero aún más que esperanza es un anhelo inquietante el que nos invade. Se comprende fácilmente. La soberana majestad del Rey se tempera con la encantadora y aquietante dulzura de la Reina. En el reparto de los oficios soberanos a Cristo ha tocado el juicio; a María, la misericordia. Así lo proclama San Buenaventura en su Salterio mariano. En el salmo 72 leemos esta deprecación: «Señor, da tu juicio al Rey y tu misericordia a la Madre del Rey.»
Esta consoladora doctrina la lleva muy metida el cristiano en el fondo de su alma. Sabe que María es «Reina de misericordia». Por eso todo cuanto tiende a proclamar su poder le ensancha el alma; porque sabe que vierte en su propio bien y provecho.
Sí; el reinado de María es reinado de Madre. No lleva esta Reina cetro de justicia, sino un corazón lleno de piedad y clemencia. No quiere pesar la responsabilidad de sus hijos y vasallos, sino apoyar su flaqueza. Es la «Puerta del cielo», y no es capaz de cerrar a nadie aquellas moradas. Es abogada, es defensora. Sólo usa de su poder para librarnos del mal y alcanzarnos la protección divina; para atacar a nuestros enemigos los demonios y para favorecer y ayudar en sus intentos a los ángeles buenos que el Señor puso en nuestro camino con el fin de que nos sirvan de guías.
¡Oh, qué gozo, sentirnos regidos por brazos maternales; protegidos por la Emperatriz de" cielos y tierra, vasallos y súbditos de la Reina de misericordia; disfrutando de su reinado de amor... !
En tiempos ya lejanos algunas abadesas mitradas poseían el privilegio de librar de la muerte a los criminales que, conducidos por la Justicia, pasasen por frente a las puertas del Monasterio. Cuando los encargados de administrar justicia tenían empeño en que el reo no fuese indultado, ve veían precisados a conducirlo por calles alejadas de aquel terreno de indulgencia. Por su parte, el condenado esperaba anhelante conocer la ruta de su camino al patíbulo; y si, por suerte, pasaba por junto al Monasterio, su voz se elevaba suplicante para conmover las entrañas de la poderosa prelada. Cuando no obtenía pronta respuesta, sus gritos eran cada vez más desgarradores; ni se apagaban sus lamentos hasta que ya no podía ser oído en el Monasterio, o conseguía afortunadamente doblegar la firmeza de la abadesa y enternecerla, logrando que doblegase el cetro de su poder a su favor y le declarase indultado de la pena capital.
Para el vasallo de María todos los lugares son terreno de indulgencia; la Reina Inmaculada no tiene límite alguno en su función maternal. Ni hay sitio desde donde no puedan llegar a sus oídos los clamores dé los desterrados en este valle de lágrimas. Ni es posible que su Corazón deje de ablandarse ante las súplicas de sus fieles hijos.
Verdaderamente María es Reina y Reina de misericordia. Bendigámosla con fervor; declarémonos sus vasallos perpetuos, sus esclavos más sumisos; amémosla con delirio, y dediquemos nuestras energías todas a propagar su reinado sobre la tierra. Qué todos los cristianos lleguen a gustar el secreto regalo escondido en aquella salutación que tan frecuentemente brota de nuestros labios: Salve, Regina, Mater misericordiae.
(1) La esperanza que manifiesta el autor del artículo va a convertir~e en hermosa realidad, según anunció la prensa del 18 de agosto último.
Consagración de la Provincia
al Inmaculado Corazón de María
¡Oh Inmaculado Corazón de María, tesoro inagotable de todas las gracias y molde viviente para nuestra acabada formación en Jesucristo!

Día 8 de septiembre de 1954. Coronación de la Inmaculada existente en la iglesia de Santo Espíritu. Ofició en ella el P. Provincial, Fr. José Antonio Arnau; presbítero asistente, el P. Luis Colomer, Custodio; diácono y subdiácono los PP. Definidores, Pacífico Sendra y Juan Mª Nadal.
Todo lo recibimos del corazón de Dios por tu Inmaculado Corazón. Lo que Dios hace por sí mismo creando Tú lo quieres y por tu Corazón pasa como un don henchido de tu fragancia. Es querido por Ti y en atención a Ti nos lo da la fuente del ser y de la vida. Y esa primera gracia natural se nos da para que seamos miembros vivos de Jesucristo y en El alcancemos la plenitud de nuestra vida sobrenatural en Dios. Toda la acción divina empieza en Dios y acaba en Dios por Jesús sobrenaturalmente poseído. Su designio ha sido, Madre Inmaculada nuestra, que Tú fueras, de una manera u otra, el acueducto de todas las gracias de Dios en nosotros y el canal que las lleve todas a nuestra plenitud sobrenatural en Dios por Jesucristo.

Al ofertorio el honorable Síndico Apostólico de la Provincia, D. Manuel Simó Atard, presentó al sacerdote oferente la corona con que se había de coronar a la Virgen.
Eres nuestro inmediato enlace con Jesús y tu única función es darnos la vida de Jesús hasta nuestra plenitud en Ti en la integridad de su Cuerpo místico. Función vivificante más alta, más honda y más vasta no la hay ni la puede haber en pura criatura. Eres la Madre sobrenatural de todos los hombres en Jesús y la divina formadora de todos los miembros de Jesucristo. Tu santa acción no nos desampara jamás. Tu amor nos acoge al apuntar nuestro ser humano; nos atrae y conduce, a veces por caminos misteriosos, a la gracia; cuida de que no la perdamos, y que perdida, la recuperemos a tiempo; soporta nuestras infidelidades, lleva con infatigable paciencia nuestras aberraciones y no nos deja hasta que para siempre nos asegura en Jesucristo. En el purgatorio continúa tu ejercicio de Madre misericordiosa hasta que tu corazón nos da a luz para siempre en los esplendores de la gloria. Ese es tu ministerio permanente en esta vida desde que comenzamos a ser y ese tu afán infatigable hasta que lleguemos a la plenitud santa y gloriosa de nuestro ser.

Terminada la Consagración el honorable Sr. Síndico Apostólico D. Manuel Simó entregó la Corona al P. Provincial, quien la puso sobre las sienes purísimas de la Inmaculada.
Imposible es que notemos ahora el abrasado contacto de tus entrañas maternales. Decimos que es todo lo que la Madre de Dios puede ser y que nada en el mundo cae fuera de esa maternal asistencia en nosotros. Que en ella entran todas las familias para que sean según Dios y sus miembros lleguen a serlo del Cuerpo místico de Jesucristo. Que en el orden sobrenatural quiere nuestra Madre del cielo que las familias religiosas vivan henchidas del espíritu de Jesús y que su actuación sea poderosa irradiación de Jesucristo en el mundo. Sabemos que conoces nuestras miserias, flaquezas e infidelidades y que quieres en todos la unidad en la fe, en el amor y en la acción santamente fecunda. Sabemos que tu amor maternal nos persigue con inmenso cariño y que no cejas ni cejarás hasta que vivamos todos dóciles al querer de Jesús en tu Corazón Inmaculado.

El canto del "Te Deum", volteo de campanas, disparo de bombas y tracas dio lugar a festiva expansión de tantos sentimientos represados en la solemne ceremonia.Siguió después devota procesión con la imagen de la Inmaculada ya coronada. Más de sesenta religiosos hacían escolta a su Reina, mientras cantaban en tono festivo el "Magnificat".
Señora y Madre nuestra, también nosotros queremos que sea así, no obstante nuestros descarríos e ingratitudes. Queremos seria, sincera y firmemente que así sea y con todo el afecto de nuestro pobre corazón queremos que todo nuestro ser sea tuyo desde ahora y para siempre, con todas nuestras fuerzas, con todos los dones que Dios ha puesto en nosotros, con todo nuestro hacer y padecer en el curso de nuestra vida, con todo lo que el Señor sea servido disponer en nosotros y de nosotros en la vida y en la muerte. Todo es tuyo en el plan divino y todo lo queremos enteramente para Ti.

PP. José Antonio Arnau, Luis Colomer, Pacífico Sendra y Juan Mª Nadal
Por tanto, Santa ¡Madre de Dios y de los hombres, con toda el alma nos consagramos a tu Inmaculado Corazón en este Año Mariano, en particular como religiosos y en común como miembros de la Seráfica Provincia de Valencia. Que esta consagración sea principio de renovación espiritual en todos sus hijos y de una acción ferviente y fecunda en esta santa unidad de caridad en nuestra Seráfica Provincia. Que se difunda y penetre profundamente en nosotros el abrasado espíritu de nuestro Padre, para que se encienda en el amor de Dios cuanto toquemos y seamos en lo hondo del corazón, sólo conocido a Dios y a Ti, Inmaculada Madre nuestra, el granito de incienso que se consume todo él por amor de Dios en olor de suavidad en la divina presencia.

Otro momento de la procesión
Así lo esperamos con toda el alma, y de tu Inmaculado Corazón esperamos que supla nuestra deficiencia y provoque en nuestra voluntad el firme y sincero querer de ser enteramente tuyos para nuestra plenitud en Jesucristo en el tiempo obrando y padeciendo santamente y al fin gloriosamente en la eternidad. Así sea.

Y en testimonio perenne de esta nuestra consagración y humilde reconocimiento de tu Realeza te ofrendamos esta Corona formada con los afectos más puros de tus hijos y siervos los Franciscanos de esta Seráfica Provincia de Valencia.

Los franciscanos en torno a su Reina.
Día 8 de septiembre en Santo Espíritu del Monte... Momento emocionante cuando nueve jóvenes novicios emiten sus votos religiosos... Perlas y rubíes engastados en la corona ofrendada a María Inmaculada, Reina de la Orden de Menores... Lágrimas de seres queridos que reverberan como brillantes en la misma corona... Después consagración de la Provincia Franciscana de Valencia al Inmaculado Corazón de María... Culmina la emoción cuando el P. Provincial coloca sobre las sienes purísimas de María la rica corona que le presenta el Síndico Apostólico, don Manuel Simó...
...Ya coronada, pasea como Reina, mientras sus vasallos le recuerdan su cántico, el Magníficat, y dan gracias al Eterno con los acentos del Te Deum... Ahora se sienten gozosos cobijados bajo la mirada de tal Reina, que es su Madre...

La Inmaculada franciscana retrata admirablemente el carácter belicoso del Misterio de la Concepción sin mancha de María. La Virgen, como aparece en este grabado, aplasta con su virgínea planta la cabeza del astuto reptil, al que mira humillado bajo su pie, mientras que el Niño Jesús que lleva en sus brazos asesta con la lanza un golpe mortal a la odiosa serpiente, según aquello del Génesis: «Enemistades pondré entre ti y la Mujer y entre tu prole y la suya. Ella aplastará tu cabeza.» (Génesis, 3, 15)
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