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Profesión solemne
Fray Odorico Prieto Taboada, ofm, hizo su profesión solemne, en manos del P. Provincial Fr. José Antonio Arnau, en el convento de San Lorenzo, de Valencia, el día 12 de septiembre del Año Santo Mariano 1954. Nuestra cordial felicitación.
Profesiones simples
El día 8 de septiembre, Natividad de Nuestra Señora, emitieron sus votos simples, en manos del P. José Antonio Arnau, Ministro Provincial de la Seráfica de Valencia y Aragón, en el Monasterio de Santo Espíritu, del Monte, los coristas fray Antonio Porturas Plaza, Fr. Juan José Sáez Peretó, Fr. Antonio Mª Barceló Hernández, Fr. Joaquín María Aparisi Sendra, Fr. Otón Flúder Pérez, Fr. Francisco Baselga Esteve, Fr. Luis Jover González, Fr. Filiberto Mir Cogollos y Fr. Valentín Martínez García. Que Dios conceda a los nueve la santa perseverancia.
Tomas de hábito
El día 7 de septiembre del año en curso vistieron el Santo Hábito de San Francisco, en nuestro convento de Santo Espíritu, los Hermanos de coro Juan Calatayud Calatayud, Vicente Rubio Navarro, Antonio Rivas Lobato, José Mª Gómez Domingo, Jaime Pérez Montaner, Manuel Orihuel Morales y José Sendra Masanet.
Actuó en la solemne ceremonia el P. Provincial Fr. José Amonio Arnau.
Deseamos a los siete feliz año de prueba.
Peregrinación al Santuario de Nuestra Señora del Castillo de Agres
El da 19 de septiembre tuvo lugar una magna peregrinación al santuario de Nuestra Señora del Castillo de Agres (Alicante), organizada por los Padres franciscanos de la Seráfica Provincia de Valencia, con motivo del Año Santo Mariano. Acudieron millares de peregrinos de todo el reino de Valencia, principalmente de Onteniente y de los demás pueblos circunvecinos. La presidieron el Sr Obispo Auxiliar don Jacinto Argaya y el P. Provincial Fr. José Antonio Arnau.
El P. Gonzalo Valls de nuevo entre nosotros
Después de treinta y siete años de ausencia, el P. Gonzalo Valls Gadea, ofm, tan apreciado y amado en el mundo misional franciscano por su abnegada y sabia labor en el profesorado y formación de misioneros franciscanos esparcidos por todo el mundo y también de nuestros lectores por sus correspondencias informativas desde China, llegó a Vaencia el 7 de septiembre, reintegrándose a nuestra Seráfica Provincia.
L
os primeros diecisiete años los pasó en Roma enseñando Teología a los jóvenes europeos que se preparaban a las Misiones. En el año 1934, habiendo la Sagrada Congregación de Propaganda Fide confiado a la Orden Franciscana tres Seminarios regionales en China, los Superiores generales le destinaron allá para la enseñanza y formación de los indígenas. Al ,año y medio de llegar allí, en 1946, ya tuvo que abandonar dos veces el convento-seminario para poner al seguro los jóvenes de las garras comunistas que merodeaban aquellos parajes.
Siguieron luego la invasión y prolongada guerra japonesa —durante la cual estuvo concentrado— y el cerco de dos años de los rojos, con la consiguiente hambre. Después, ante la presión roja y obligado por orden del Excmo. Internuncio, quien mandó expreso un avión, tuvo que emigrar de Tai-Yuan-Fu, peregrinando por Pekín, Tientsin, Shanghai, Hong-Kong y, por fin, Macau, llevando consigo hasta cien seminaristas, de los cuales, gracias a Dios, después de cinco años de destierro se han ordenado ochenta y dos sacerdotes. Ahora, por no quedar ya más seminaristas a causa del comunismo, ha tenido que volverse a nuestra patria.
Los Superiores de nuestra Seráfica Provincia, en atención a sus muchos méritos apostólicos y a sus especiales dotes de enseñanza, le han nombrado con satisfacción de todos Definidor Provincial y Maestro y profesor de nuestros estudiantes teólogos.
La Acción Antoniana le felicita por tan merecida distinción y le da la bienvenida entre nosotros. ¡Por muchos años!
Stabat Mater. Leyenda de Fr. Jocopone da Todi
Era una tarde espléndida, llena de sol y de perfumes, momento en que la tierra, siempre fecunda, parece participar de la fuerza majestuosa y serena de Dios, que evoca la fe y la esperanza en el Creador. Por todas partes se elevaba el aroma vivo que exhalaba la tierra caliente; era el odor agri pleni, el olor del campo lleno, que alegraba a los antiguos patriarcas, pastores; era el conjunto de aquellos mi! efluvios misteriosos con que todas las cosas en los campos, desde el árbol secular hasta el más humilde tallo de hierba, elevan hacia el cielo el olor santo de millares de incensarios de la creación. ¿Será esto poesía? Tal vez.
Porque todas les cosas de este mundo tienen dos modos de mirarse: el uno con la fría mirada de la razón, que todo lo rebaja, como la luz de la bujía, y el otro con la ardiente y simpática mirada del corazón, que todo lo dora y vivifica, como el sol de Dios. Esta vista del corazón se llama Poesía. Felices aquellos que teniéndola la expresan en palabras armoniosas; y más felices aún los que la conservan y entretejen en la vida práctica, en la que se cree inútil y aun nociva por los que no la comprenden, siendo un don del cielo.
Esta felicidad la tuvo, y la ostentó de un modo excelente en aquella tarde, un santo varón, un frailecillo franciscano que la exuberancia de amor a Dios !e enloquecía, viendo su me no maravillosa en todas aquellas gracias de la naturaleza. No cabe duda, era un poeta, un gran poeta que ha dejado pasmado al mundo con algunas de las maravillosas producciones de su numen poético. Era Jacopone de Todi, cuya leyenda intentamos recordar aquí como prueba de su amor acendrado a la Virgen Inmaculada y de su inmenso dolor al verla llorosa al pie de la cruz.
Aquella tarde exuberante de luz y de aromas salió Fr. Jacopone de Todi a reposar de su trabajo en las avenidas y parcelas del jardincito del convento. Saturado del amor divino, su corazón se desbordaba a la vista de tanta belleza que allí puso la mano de Dios. Besaba las flores con mil requiebros a su hermosura y subidas alabanzas al maravilloso poder del Creador. Llamaba a las avecillas de la arboleda invitándolas a cantar alabanzas al Señor; y a los pajarillos que anidaban en los aleros del viejo campanario les recordaba la divina Providencia que tan cariñosamente cuidaba de ellos. Luego a una señal de sus manos bajaban, bajaban unos y otros, los del campanario y los de la arboleda, y venían a picotear en sus manos y comer el sabroso grano de la cebada y del trigo, que ya con prevención traía para ellos el bondadoso y enamorado poeta de las maravillas del amor de Dios.
Satisfecho ya este desahogo de su amor a las criaturas de Dios, quedaba tranquilo con la alegría y apacibilidad de las almas buenas, de los limpios de corazón, que ven a Dios en todo lugar y con El hablan porque Dios vive en ellos; y así gozaba prematuramente, de las delicias del cielo.
Otro amor ardiente inundaba su alma: era el amor a la Virgen Inmaculada; y en esa tarde apacible, después de gozar en la contemplación de las maravillas puestas por Dios en sus criaturas, vino, como de costumbre, a postrarse ante la imagen de la Inmaculada, que suele tener un altarcito, como allí lo tenía, en un recodo o albergue de aquel huerto.
El amor a la Virgen Inmaculada es como innato, es una gloriosa herencia en todo corazón franciscano. Fr. Jacopone la amaba en delirio, y aquel recuerdo del misterio sublime de su concepción inmaculada le hacía desahogar el alma y vertía de su corazón los más dulces y enamorados coloquios para alabarla y ensalzar su inmaculada pureza.
Pero he aquí que de repente se ve entenebrecido el cielo ¡ la imagen de la Virgen Inmaculada se ve como cubierta de un halo de tristeza, que también invade el alma de su devoto frailecillo. La Pasión del Señor se presenta a su vista perturbada por el dolor, y ya no ve más que a Cristo en la cruz clavado, y al pie de la cruz a su dolorosa Madre, sufriendo y soportando en su alma atravesada por la espada de Simeón, como si aquellos verdugos se esforzaran en hundirla hasta el puño. Un llanto amargo comenzó a verter por sus ojos toda la ternura de su corazón, al propio tiempo que brotaban de sus labios estas dolidas palabras: «¿Por qué Vos siendo Virgen pura e inmaculada, en quien jamás hubo pecado, sois víctima de las penas que merece el pecador?» Anonadado por la inmensidad de la pena en que ve envuelta a su Inmaculada Reina, se levanta y corre lloroso a encerrarse en su pobre celda...
Cerrada ya la noche, de la celda de un pobre fraile se escapan quejas y lamentos. Palabras entrecortadas dejan percibir alguna estrofa armoniosa llena de dolor. Se perciben acentos como interrogando a la Virgen Inmaculada la causa de su amargura, siendo así que no ha pecado, que es pura, Inmaculada desde el primer momento de su concepción. ¿Por qué Ella ha de sufrir las penas del pecado? Nuevos lamentos y suspiros entrecortados con frases armoniosas llenas de dolor.
La comunidad se ha dado cuenta; pisadas y corridas se escuchan por los claustros del convento. Los frailes acuden a las puertas del Hermano dolorido; se cuchichea, se quiere averiguar; el Padre Guardián está en la puerta, impone silencio a todos; por fin les manda retirarse. El quedará de guardia. Pasados unos momentos sus inquietos oídos dejan de escuchar ya los lamentos. Parece haya luz y esplendor dentro de la celda. Le parece al Padre Guardián que ha escuchado el eco de una voz dulce y armoniosa que no era la del fraile. Este vuelve a repetir: «¿Por qué siendo sin pecado, siendo pura, Inmaculada, por qué habéis de sufrir los castigos del pecado?» De nuevo el eco dulce de la misteriosa voz se deja oír. Todo queda en silencio... Momentos después, con aliento tranquilo y sosegado, se oye la voz de Jacopone, que va deslizando estrofas y más estrofas de una ternura divina que deja ya tranquilo, admirado, al Padre Guardián...
Llegado el nuevo día el (Padre Guardián manda al Hermano Jacopone que escriba aquellas frases que iba repitiendo de tanto dolor y luego de tanta armonía y lo explique a los frailes para que les sirva de provecho y de gozo. Y cuenta la leyenda que después de contar a los Hermanos los motivos de su llanto le manifestó la Virgen Inmaculada el motivo de estar al pie de la cruz, porque estaba destinada a ser corredentora de la humanidad, y al pie de la cruz sufría y unía sus dolores a los padecimientos de Cristo, su divino Hijo, para tomar parte en la redención del hombre: que para eso, Ella pura e inmaculada, concebida sin pecado, era Ella la única que podía unir su sacrificio al sacrificio de Cristo y cooperar a la redención de la humanidad, precisamente por ser Inmaculada.
Luego cuentan que escribió todas aquellas frases de tiernísimo dolor en unas hojas de palma y las iba recitando a los frailes con voz temblorosa, al ritmo de las aguas del reguero de la huerta, que parece acompañar con su correr silencioso el llanto del fraile poeta, que parece concentrar en las lágrimas de la Madre su poder redentor. Dejándonos en el canto sublime del Stabat Mater dolorosa la confianza en su eficacia de corredentora con esta estrofa final.
Al término de mi vida,
cuando llegue la partida,
por tu Madre, oh buen Jesús,
concededme la victoria
y del empíreo la gloria
en la región de la luz.
Tríptico a María Inmaculada
I. Madre del Amor
Vuelve, Madre, a nosotros con presteza
tus ojos, de dulzura manantiales,
que iluminan las sombras terrenales
con un fulgor de mágica belleza...
Sostén con tu virtud nuestra flaqueza,
y al llegar el clamor de nuestros males
a conmover tus fibras maternales,
cambia en gozo y en luz nuestra tristeza...
Sembrado está de espinas punzadoras
de nuestra vida el áspero camino,
y son asaz amargas nuestras horas...
Por eso confiamos el destino
de nuestras pobres almas pecadoras
a Ti, la Madre del Amor Divino...
II. Reina de la hermosura
Feliz se humilla el cielo ante tu planta,
por tu hermosura sin igual vencido...
La misma Omnipotencia no ha podido
crear nada más bello, Virgen Santa...
Tu corazón es un joyel que imanta,
de flores y luceros revestido,
al pecho humano, por la culpa herido,
que tu belleza sin mancilla canta...
Perfuman los alados serafines,
con esencias de lirios y jazmines,
de tus benditos pies las leves huellas...
Tus labios son panales de dulzura;
en tu mirada el mismo sol fulgura,
y coronan tu frente las estrellas...
III. Iris de la Paz
La pobre humanidad, de muerte herida
por la ambición y el odio, instintos fieros,
se pierde y se derrumba por senderos
de orgullo y de maldad, enloquecida...
Tú sola puedes darle a nuestra vida
la visión de horizontes placenteros,
y trocados de lobos en corderos
volvernos a la calma apetecida...
En medio de las olas turbulentas
que levantan fatídicas tormentas,
tus pobres hijos, en compacto haz,
anhelamos con ansia ver abierto
tu Corazón de Madre, que es el puerto
de salvación y el iris de la paz...
Jesús Galbis
Medellín (Colombia), mayo 1954.
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