Paralelismo

La Virgen Inmaculada, Reina del mundo


El día 15 de enero de 1899 llegó al Vaticano una carta firmada por Sor María del Divino Corazón Droste zu Vischering, Superiora del convento del Buen Pastor, de Oporto.

Era el segundo mensaje que aquella humilde religiosa dirigía a S. S. León XIII. Le rogaba en él que consagrara el género humano al Sagrado Corazón de Jesús.

Su lectura causó profunda impresión en el ánimo del Pontífice. «Voy a hacer —dijo refiriéndose a la futura consagración— el acto más trascendental de mi pontificado.»

María ReinaAntes quiso informarse bien sobre la persona que se presentaba como inspirada. Las noticias que de ella tuvo fueron muy favorables.

Parecía ya todo preparado y resuelto; pero el Papa encargó al Cardenal Mazella, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, que examinara despacio el escrito. Cuando el Cardenal se mostró convencido de que andaba por medio la mano de Dios, todavía le advirtió León XIII:

—Pues bien, señor Cardenal, dejad esa carta en los archivos. No debe contar para nada en este asunto.

Y dispuso un estudio detenido del mismo a la luz de la Sagrada Teología y de la tradición católica.

Fruto de este trabajo fue la encíclica Annum Sacrum (25 de mayo de 1899), en la que se disponía la consagración de todo el orbe al Sagrado Corazón, fijando para ella la fecha del 11 de junio siguiente.

Fundaba el Papa su decisión en la realeza de Cristo. La encíclica probaba que Jesucristo es Rey, Príncipe y Soberano Señor, de tal suerte que su imperio no se extiende sólo sobre los católicos y bautizados, sino que abraza también a cuantos no participan de la fe cristiana. Todo e! género humano tiene que estar sometido al imperio de Cristo nuestro Señor.

«Consagrándonos a Él —se decía en la encíclica— no sólo aceptamos abierta y gustosamente su imperio, sino también testimoniamos prácticamente que, si fuese nuestro lo que le ofrecemos, se lo daríamos gustosos, y que le pedimos que no lleve a mal recibir de nosotros eso mismo, aunque sea totalmente suyo.»

Murió León XIII. Pío X mandó que se repitiera la consagración todos los años; pero faltaba un complemento, y éste lo vino a poner Pío XI en su encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925), cuando, fijos los
ojos en el laicismo reinante, instituyó la fiesta de Cristo Rey.

Equivalía a poner delante de un modo formal el establecimiento del Reinado de Cristo en la tierra por el camino del amor, por el de su Sagrado Corazón; un descorrer los designios de Dios respecto de los hombres en la tierra, e indicarnos en qué debemos emplear nuestros esfuerzos para secundar la obra divina.

Nos lo dirá muy claramente el mismo Pontífice Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor (8 de mayo de 1928):

«Al hacer esto —la institución de la fiesta de Cristo Rey— no sólo pusimos de manifiesto el supremo poder que Cristo tiene sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y doméstica, sobre cada uno de los hombres, sino también saboreamos de antemano los goces del día soberanamente fausto en que el orbe entero obedecerá de todo corazón al dominio de Cristo Rey. Por lo cual, juntamente dispusimos entonces que, con ocasión del establecimiento de dicha fiesta, se renovara cada año esta misma consagración, para conseguir con más seguridad y abundancia el fruto de ella y para unir, con la cristiana caridad y paz, a todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los que dominan

Es decir, que, según el pensamiento del Papa, Jesucristo es Rey siempre; se instituya o no se instituya la fiesta de su realeza; le acaten o le blasfemen los hombres; le amen o le odien, Jesucristo es Rey y verdadero Señor. Pero no quiere el Hombre Dios, que es Amor; el Rey de la corona de espinas y el cetro de caña; la Víctima clavada en un madero en el Gólgota por amor a los hombres; la misma del sacrificio del altar y de la Sagrada Eucaristía, que su reino se establezca por la fuerza o por sólo derecho, sino que su yugo sea aceptado por los pueblos y los hombres con todo amor, ya que nos amó primero y se entregó por nosotros.

* * *

La Virgen Santísima, Reina también y Madre del Rey, sigue en su reinado sobre los hombres un camino paralelo y subordinado al del reinado de Cristo nuestro Señor.

También un día desde el mismo Portugal llegó al Vaticano la expresión de un cierto deseo, que parecía ser de la Santísima Virgen desde Cova de Iría. Deseaba la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón.
Pío XII cumplió con este deseo. Así se dio origen a un movimiento de consagraciones en toda la Iglesia: consagraciones de las diócesis, parroquias, asociaciones, familias y fieles.

Pero como León XIII en la consagración al Corazón de Jesús se había fundado en la realeza de Cristo, así Pío XII fundamentó la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María en la realeza de la Santísima Virgen.

Por eso en el mismo mensaje que le sirvió para hacer la consagración (31 de octubre de 1942) llama el Papa a la Santísima Virgen Reina del mundo.

Todavía aparece con mayor claridad este empeño en la coronación de la Virgen de Fátima (mayo de 1946), que le ofreció una ocasión de poner de relieve de modo entusiasta, admirable y sintético, los fundamentos de la realeza de la Virgen Inmaculada. He aquí sus palabras:

«... en esta hora de triunfos incomparables de María Santísima, surge en nuestro espíritu la imagen de mayores multitudes, de más ardientes aclamaciones, de triunfos más divinos; evoca una hora' eterna, y solemne, en el día sin ocaso de la eternidad, en que la Santísima Virgen entró triunfante en la patria celestial y fue sublimada, a través de las jerarquías celestiales de los coros angélicos, hasta el trono de la Trinidad Beatísima, que ciñó sus sienes con una triple corona de gloria y la presentó ante la corte celestial, sentada a la diestra del Rey inmortal de los siglos y así coronada como REINA DEL UNIVERSO.

»Y el empíreo vio que realmente era digna de recibir el honor, la gloria y el imperio porque estaba más llena de gracia, era más santa, más hermosa, incomparablemente más divinizada que todos los grandes santos y más sublimes ángeles, juntos o separados; porque estaba —en el orden de la unión hipostática— misteriosamente emparentada con la Trinidad Beatísima, con Aquel que solamente El es el que es: Majestad infinita por esencia, Rey de los reyes y Señor de los señores. Por ser la Hija primogénita del Padre, Madre cariñosa del Verbo y Esposa predilecta del Espíritu Santo; la Madre del Rey divino; a quien desde el seno materno dio el Señor Dios el trono de David y la realeza eterna en la casa de Jacob.

»El mismo Dios que había dado a Cristo todo poder en los cielos y en la tierra fue el que decretó para la celestial Madre la gloria, la majestad y el imperio de su realeza.

»Y Ella, que fue asociada, como Madre y Ministro, al Rey de los Mártires, fue también asociada, por siempre y con un poder inmenso, a la redención divina y distribución de las gracias.

»Si Jesús es Rey de los siglos eternos por naturaleza y por conquista, María es Reina, con Él, por Él y subordinadamente a Él, por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Y su reino es vasto como el de su Hijo Dios: nadie se excluye de su imperio.

»Por eso la Iglesia la saluda como Señora de los ángeles y santos, de los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, confesores y vírgenes; por eso la proclama Reina de los cielos y de la tierra, digna Reina del universo, gloriosa Reina del mundo, clara luz que brilla en el firmamento a través de las lágrimas de este destierro.»

Concluyamos: Como Jesucristo es Rey independientemente de la voluntad de los hombres, así también la Santísima Virgen es Reina por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección.
Pero, ¿es posible que Ella, Madre al mismo tiempo que Reina, se contente con una sumisión forzosa o indiferente por parte de sus hijos? Su reinado es también de amor.

María Reina

Por eso se hacía necesaria la aceptación libre y querida por parte de sus súbditos. A llenar esa necesidad vinieron las consagraciones. Hoy falta un complemento: la institución de la fiesta de María Reina del mundo y la repetición en ella de la consagración del género humano al Inmaculado Corazón de María, para que de modo formal y al mismo tiempo social, sin perder la vista de conjunto, con la voluntad puesta en la vertida del reinado de Jesucristo, se pueda acelerar y lograr la plenitud del crecimiento del Cuerpo místico, puesto que «por la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo, por Ella debe reinar en el mundo», como afirma San Luis María Grignion de Montfort. Bien entendido que no se trata de vivir primero un reinado y luego otro. La Inmaculada no puede reinar si no reina su divino Hijo. Obtendremos el reinado del Corazón de Jesús en y por el reinado del Corazón de su Madre Santísima. y por su impetración. Sirve de medio, pero de hecho coinciden los dos.

Esto es lo que exige el paralelismo perfecto y subordinado entre el Rey de los siglos, Jesucristo, y la Reina Inmaculada.

De ahí que desde principios de siglo, en la mayoría de los congresos de mariología que se han celebrado, se haya aprobado la conclusión de pedir la institución de la fiesta de la realeza de María. Incluso se ha fundado en Italia una Liga internacional con este mismo fin.

¡Qué preciosa ocasión se le presenta a España —la nación eminentemente mariana y defensora del dogma de la Inmaculada— en el Año Mariano para impulsar un movimiento en este sentido!

¡Cómo vibrarían los españoles si les fuera dado romper la marcha en el desfile de las naciones que proclamen a la Santísima Virgen Reina del mundo y la acepten como tal!

Recordemos aquella bienaventuranza que formuló así Pío XII: «¡Feliz el pueblo cuyo Señor es Dios y cuya Reina es la Madre de Dios!»

Andrés Aristegui, S. J.

El año que acaba

El año 1954 nos ha regalado con cosas de suma amargura. La prensa y la radio no han hecho más que sembrar la tristeza con sus editoriales y noticiarios cargados de pesimismo, haciéndonos ver la realidad de un mundo de confusión para e'. que humanamente no se ve solución alguna.

Dos fuerzas encontradas, representativas cada una de la mitad del mismo, se disputaba la hegemonía. Y la Iglesia, voceadora del mensaje de Cristo, trabaja y se prodiga para imponer entre los hombres un pacto de constante actuación de buena voluntad, prenda de paz al modo divino.

Y ¿qué hacen los hombres?

Oyen y se encierran en sus egoísmos, en sus individualidades, en su soledad de intereses, en la tradicional cobardía para apoyar y sumarse a lo que el P. Lombardi, con estilo mil novecientos, predica en nombre del Papa: la revolución de la virtud.

Es cierto que por falta de presencia oficial general de ésta el mundo vive como nunca muy alejado de Dios, que es amor, según la definición de San Juan Apóstol, y cada vez camina más frío, desconectado del calor divino a causa del mal ejemplo.

Se habla, en plan de remedio, de un movimiento, en pro de la moral perfección, de abajo arriba.

¿No es éste el método de las revoluciones subversivas?

¿No se trata en nuestro caso de la revolución de la virtud?

En mi pequeñez opino que ésta debe ser de arriba abajo para ser eficaz, haciéndonos ver que todos somos jerarquía en el arreglo del mundo y que cuanto más seamos más humildes debemos ser para amar en verdad, para servir, para convencer ejemplarizando, para arrastrar a la observancia con una vida sin tacha, privada y pública, cuanto sea posible a nuestra humana flaqueza; que en nuestra conciencia podamos estar seguros de que podemos impulsar a ser perfectos a los demás por la seguridad de que ponemos esfuerzo en ser imitadores de Jesucristo.

Los santos (sin sistema al parecer) siempre han alcanzado más los objetivos en este sentido que los sabios y poderosos del mundo. El secreto está en la irradiación que ofrecieron; no en planear bien, sino en ofrecer la convicción, dando la prueba con la buena conducta por todos los caminos que, en cumplimiento de la voluntad de Dios, anduvieron.

Que Fr. Ejemplo es el mejor predicador ya lo dijo San Francisco de Asís. El predicaba en todas partes; donde estaba, desde que se convirtió, dio buen ejemplo. El pudo siempre exigir, porque procuró siempre obrar bien e hizo el bien siempre que pudo. A él nunca le faltó la esperanza, porque tenía evidencia de su entrega. Su mensaje Paz y Bien fue, por asimilación del de Jesucristo, el mismo que pregonaron los ángeles del cielo a los sencillos pastorcitos de Belén: en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.
No hay otro, fuera de éste, que seguir para el arreglo del mundo
.

A fin de que haya paz es preciso hacer el bien y hacerlo bien en todas las direcciones; inundar el mundo de bien. Reclutar hombres de "buena voluntad en todos los sectores de la vida y, sobre todo, para los cargos de altura; que por falta en las alturas de hombres de buena voluntad se está perdiendo el mundo. Hoy se oye mucho en la gente de abajo: No podemos ser buenos porque los de arriba no nos dan ejemplo; ellos se arreglan y a nosotros nos abandonan.

Aires señoritiles para mandar no encajan en la escuela de Jesucristo; han de ser de verdaderos amantes, de verdadera fraternidad cristiana, que al empujar al que manda a la entrega, a la generosidad y al desprendimiento en pro del bienestar de los demás, hacen ver al que debe obedecer en él la irradiación de la bondad bienhechora de Dios.

¡Qué difícil será encauzar por vías de rectitud al mundo actual, tan apóstata de Dios, si los hombres de altura no se le aproximan más viviendo y, en consecuencia, irradiando a Jesucristo!

¡Menos clamar y más amar! Exigir lo que se debe dando lo que se debe es el método más seguro para alcanzar. La falta de humildad en cualquier cristiano apunta falta de fundamento de virtud; la soberbia en las personas de mando estrangula su dignidad y hace a los súbditos odiosa su autoridad.

¿Cómo podrán acercar a Jesucristo los que por el hecho de haber sido elevados unos codos sobre los demás se alejan de su espíritu? Es harto frecuente ensoberbecerse apoyándose en los cargos de mando y hasta despreciar, cuando se llega a ellos, a los demás; desearlos para vivir mejor según el espíritu del mundo y no para entregarse a la siembra del bien para edificar la paz.

A todos nos vendrá bien meditar que Jesucristo mandó en plan de servicio, de mansedumbre y de humildad de corazón, de sujeción a la obediencia hasta morir muerte de cruz. Que San Francisco de Asís advirtió a los Superiores de su Orden moderación en las funciones de su cargo obligándoles a ejercerlo con el gozo no diferente del que lava los pies a otros.

Sea el año que acaba un espolazo fuerte en orden a la práctica de la virtud y el aguijón de una mayor conciencia del deber que nos movilice a todos en pro de un mundo interior y exterior mejor. La poderosa intercesión de nuestra Madre la Virgen Santísima, cuyos privilegios hemos meditado con firme esperanza durante el mismo año, esfuerce nuestra débil voluntad para trabajar por el reino de Dios y su justicia, ya que ésta es el firme sostén del mundo mejor que propugnamos.

Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Solemne Quinario a San Francisco de Asís en Pego

La Venerable Orden Tercera Franciscana de la Muy Noble Villa de Pego un año más ha honrado con solemne quinario a su Padre y Patrono Seráfico del 20 al 23 de octubre. Los cultos se ajustaron al siguiente programa:

Días 20, 21, 22 y 23 de octubre. — A las ocho de la tarde, Exposición, Corona Franciscana,Canto de las Llagas, Sermón y Reserva Solemne.

Día 24. — Fiesta a N. P. San Francisco. A la una de la madrugada, canto, de la Aurora por las calles de la villa.

A las ocho y media, bendición del estandarte de nuestra V. O. T., en la que actuaron como padrinos el Hermano Ministro y la Hermana Ministra. Conjuntamente se bendijo la imagen de San Buenaventura, que fue apadrinada por don Fernando Ortolá y doña Rosita Camps.

Seguidamente dio comienzo la solemne misa cantada de Comunión general.

Finalizada la misa solemne tuvo lugar el emotivo acto de las vesticiones y profesiones.

A las cuatro de la tarde, último día del quinario. A continuación se organizó ¡a solemne procesión, presidida por las Autoridades de la villa y del distrito.

Seguidamente se dio a besar la reliquia del Serafín de Asís.

Los sermones estuvieron a cargo del P. Jesús Sanjuán, ofm.

Nuestra cordial felicitación.

El Siervo de Dios Casimiro Barello y San Francisco de Asís

En el siglo XIII apareció en Asís y recorrió la poética y dulce Umbría un hombre extraordinario. Fue el Poverello, el peregrino, el penitente, el enamorado de Cristo Crucificado, el cual, con su pobreza, con su penitencia, con su amor a Dios y a los hombres, renovó la sociedad de entonces. Fue Francisco de Asís, el gran santo de la Edad Media.

En el siglo XIX otro hombre, nacido en Cavagnolo (Italia) el 31 de enero de 1857, peregrino, penitente, terciario franciscano y enamorado de la Eucaristía, recorrió Italia, Francia y España predicando con el ejemplo, sobre todo en nuestra querida patria, y en los dos últimos meses de su vida en la hermosa e incomparable región valenciana.

Era yo estudiante franciscano en Cocentaina, y aunque habían pasado ya veinte años de su santa muerte, todavía recordaban los contéstanos su edificante paso por Cocentaina. Y es que, como el Serafín de Asís, así el terciario franciscano era la imagen de Cristo, el predicador silencioso y mortificado de la perfección evangélica; por todas partes dejó vivos recuerdos de todas las virtudes; fue, sobre todo, modelo de sobrehumana mortificación y de amor a la Eucaristía.

Fue la industrial y piadosa Alcoy la predestinada para ser el precioso estuche de tan rica joya. Bastaron sólo catorce días para que los alcoyanos conocieran y admiraran el celestial tesoro que Dios les había confiado. Así lo demostraron en los breves días que se hospedó en casa del comerciante don José Valero; en su extática adoración eucarística en la parroquia de Santa María; en el extraordinario concurso de fieles cuando fue viaticado; al expirar, como víctima de expiación por Alcoy, el día 9 de marzo de 1884.

El pueblo ya lo canonizó con su veneración al ser expuesto su cadáver en la iglesia de San Jorge; lo canonizó cuando se le dio apoteósica sepultura en el cementerio; lo canonizó cuando diez años más tarde, el 5 de octubre de 1894, trasladó sus restos a la cripta de la iglesia de San Jorge.

Que Dios nos conceda el insigne favor de que el proceso informativo de la Curia Valentina para su beatificación, ya entregado en Roma a la Sagrada Congregación de Ritos, prospere y que la Suprema Autoridad, el Papa, coloque en los altares para venerar al peregrino, al penitente, al enamorado de la Eucaristía, al terciario franciscano, al Siervo, de Dios Casimiro Barello. ¡Dios lo quiera y el Papa lo haga!

+ Fr. León Villuendas, ofm.
Obispo de Teruel